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Full text of "Iota Unum Estudio Sobre Las Transformaciones En La Iglesia En El Siglo XX Romano Amerio"

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IOTA UNUM 


Romano Amerio 


(Versión corregida. Septiembre 2011) 


II 


La crisis 

Aclaraciones sobre léxico y método 

Negación de la crisis 

Error del cristianismo secundario 

La crisis como inadaptación 

Adaptaciones de la oposición de la Iglesia al mundo 
Más sobre la negación de la crisis 

El Papa reconoce el desastre 

Pseudo-positividad de la crisis. Falsa teodicea 
Nuevas confesiones de la crisis 

Interpretaciones positivas de la crisis. Falsa teodicea 
Más sobre la falsa teodicea 


Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 

Las crisis de la Iglesia. Jerusalén (año 50) 

La crisis de Nicea (año 325) 

Las desviaciones de la Edad Media 

La crisis de la secesión luterana. Amplitud ideal del cristianismo 
Más sobre la amplitud ideal del cristianismo. Sus límites 
Negación del principio católico en la doctrina luterana 
Más sobre la herejía de lutero. La bula Exsurge, Domine 
El principio de independencia y los abusos de la Iglesia 
Por qué la casuística no constituyó una crisis de la Iglesia 
La revolución francesa 

El principio de independencia. La Auctorem Fidei 

La crisis de la Iglesia en la revolución francesa 

El Syllabus de Pío IX 

El espíritu del siglo. Alessandro Manzoni 

La crisis modernista. El segundo Syllabus 

La crisis preconciliar y el tercer Syllabus 

La Humani Generis (1950) 


La preparación del Concilio 

El Concilio Vaticano II. Su preparación 

Paradójica resolución del Concilio 

Más sobre el resultado paradójico del Concilio. El Sínodo Romano 
Más sobre la resolución paradójica del Concilio. La Veterum Sapientia 
Los fines del Concilio Vaticano 1 

Los fines del Vaticano II. La pastoralidad 


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6.10 


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Las expectativas en torno al Concilio 
Las previsiones del Card. Montini. Su minimalismo 
Las previsiones catastrofistas 


El desarrollo del Concilio 

El discurso inaugural 

El discurso inaugural. Poliglotismo y polisemia textuales 

El discurso inaugural: nueva actitud ante el error 

Rechazo del Concilio preparado. La ruptura de la legalidad conciliar 
Más sobre la ruptura de la legalidad conciliar 

Consecuencias de la ruptura de la legalidad 

La actuación del Papa en el Vaticano II. La Nota preevia 

Más sobre la actuación papal en el Vaticano II 

Síntesis del Concilio en el discurso de clausura de la cuarta sesión 


El post Concilio 

La superación del Concilio. El espíritu del Concilio 

La superación del Concilio 

Hermenéutica del Concilio de los innovadores 

Más sobre la hermenéutica innovadora del Concilio 
Caracteres del post Concilio. La universalidad del cambio 
Más sobre el post Concilio 

Imposibilidad de variación radical en la Iglesia 

Más sobre la imposibilidad de una renovación radical 
Denigración de la Iglesia histórica 

Crítica de la denigración de la Iglesia 

La falsa retrospectiva sobre la Iglesia de los primeros tiempos 


La Iglesia postconciliar. Pablo VI 

Santidad de la Iglesia. El principio de la apologética 
La catolicidad de la Iglesia 

La unidad de la Iglesia postconciliar 

La Iglesia desunida de la jerarquía 

Desunión de la Iglesia en torno a Humanae Vitae 


Más sobre la desunión de la Iglesia en torno a la Encíclica de Pablo VI 


El cisma holandés 

La desistencia de la autoridad. Una confidencia de Pablo VI 
Paralelismo histórico entre Pablo VI y Pío IX 

Gobierno y autoridad 


93 
96 
97 


99 
99 
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108 
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113 
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119 


IV 


91 
072 
9.3 
9.4 
9.5 
9.6 
94 
9.8 
3 
9.10 
914 


Más sobre la desistencia de la autoridad 

El carácter de Pablo VI. Autorretrato. Cardenal Gut 

Sic et Non en la Iglesia postconciliar 

Más sobre la desistencia de la autoridad. La reforma del Santo Oficio 
Crítica de la reforma del Santo Oficio 

Variación de la Curia Romana. Falta de rigor 

Más sobre la transformación de la Curia Romana. Fallos culturales 
La desistencia de la Iglesia en las relaciones con los Estados 

Más sobre la revisión del Concordato 

La Iglesia de Pablo VI. Los discursos de septiembre de 1974 
Intermitente irrealismo de Pablo VI 


La crisis del sacerdocio 

La defección de los sacerdotes 

La legitimación canónica de la defección sacerdotal 

Intentos de reforma del sacerdocio católico 

Crítica de la crítica del sacerdocio católico. El P. Mazzolari 
Sacerdocio universal y sacerdocio ordenado 

Crítica del adagio «el sacerdote es un hombre como los demás» 


La Iglesia y la juventud 

Variación en la Iglesia postconciliar en cuanto a la juventud 
Características de la juventud. Crítica de la vida como alegría 
Los discursos de Pablo VI a los jóvenes 

Más sobre la juvenilización de la Iglesia. Los obispos suizos 


La Iglesia y la mujer 

Iglesia y feminismo 

Crítica del feminismo. El feminismo como masculinismo 
La teología feminista 

La tradición igualitaria de la Iglesia 

La subordinación de la mujer en la tradición católica 
Apología de la doctrina y de la praxis de la Iglesia en torno a la mujer 
Elevación de la mujer en el catolicismo 

La decadencia de las costumbres 

Filosofía del pudor. La vergúenza de la Naturaleza 

La verguenza de la persona. Reich 

Documentos episcopales sobre la sexualidad 


121 
123 
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126 
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deal 
173 
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Ares 
181 
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10 

10.1 
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10.8 


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1.1 
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12 

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12.3 
12.4 
12.5 
12.6 
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12.8 


Somatolatría y penitencia 

La somatolatría moderna y la Iglesia 

El deporte como perfección de la persona 
El deporte como incentivo de fraternidad 
La somatolatría en los hechos 

Espíritu de penitencia y mundo moderno 
La nueva disciplina penitencial 

Etiología de la reforma penitencial 
Penitencia y obediencia 


Movimientos religiosos y sociales 

Abandono de la acción política y social 

Desaparición o transformación de los partidos católicos 

La desistencia de la Iglesia en la campaña italiana 

La Iglesia y el comunismo en Italia. Las condenas de 1949 y 1959 
La Iglesia y el comunismo en Francia 

Más sobre los cristianos comprometidos 

Debilidad de la antítesis 

Principios y movimientos en la Pacem y Terris 

Sobre la existencia de un socialismo cristiano. Toniolo. Curci 
La doctrina del P. Montuclard y la desustanciación de la Iglesia 
Paso de la opción marxista a la teología de la liberación 

Juicio sobre el documento de los diecisiete obispos 

Más sobre las opciones de los cristianos. Mons. Fragoso 
Examen de la doctrina de Mons. Fragoso 

Apoyos a la doctrina de los diecisiete obispos 


La escuela 

La escuela en la Iglesia postconciliar 

Necesidad relativa de la escuela católica 

El documento del 16 de octubre de 1982 

Rechazo católico a la escuela católica. Mons. Leclerq 
Pedagogía moderna. La catequesis 

La nueva pedagogía 

El conocimiento del mal en la doctrina católica 
Enseñanza y autoridad. La catequesis 


187 
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239 
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242 


VI 


13 

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14 

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15 

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16 

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17 

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1%:2 
17,3 
17.4 
17.5 
17.6 


La catequesis 

La disolución de la catequesis. El sínodo de obispos de 1977 

La disolución de la catequesis. Padre Arrupe. Cardenal Benelli 
La disolución de la catequesis. Le Du. Charlot. Mons. Orchampt 
Renovación e inanición de la catequesis en Italia 

El congreso de los catequistas romanos en torno al Papa 
Antítesis de la nueva catequesis con las directrices de J. P. II 
La catequesis sin catequesis 

Restauración de la catequesis católica 


Las órdenes religiosas 

Las órdenes religiosas en la Iglesia postconciliar 

La alteración de los principios. La estabilidad 

La variación de fondo 

Las virtudes religiosas en la reforma postconciliar 
Pobreza y obediencia 

Nuevo concepto de la obediencia religiosa 
Enseñanza de Rosmini sobre la obediencia religiosa 
Obediencia y vida comunitaria 


El pirronismo 

Fundamentación teológica del discurso 

El pirronismo en la Iglesia 

La invalidación de la razón. Sullivan. Rechazo de la certeza 
Más sobre la invalidación de la razón 


El diálogo 

Diáolog y discusionismo en la Iglesia postconciliar 

Filosofía del diálogo 

Falta de idoneidad del diálogo 

Los fines del diálogo. Pablo VI. El secretariado para los no creyentes 
Sobre si el diálogo es siempre enriquecimiento 

El diálogo católico 


El movilismo 

El movilismo en la Filosofía moderna 

La crítica del movilismo. Ugo Foscolo. Kolbenheyer 
El movilismo en la Iglesia 

Movilismo y mundo de la huida. San Agustín 

El movilismo en la nueva teología 

El movilismo en la escatología 


245 
245 
246 
248 
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2393 
297 
257 


259 
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291 
291 
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298 


18 

18.1 
18.2 
18.3 
18.4 
18.5 


19 
19.1 


20 

20.1 
20.2 
20.3 
20.4 
20.5 
20.6 


21 

21.1 
21.2 
21.3 


22 

22.1 
222 
22.3 


23 
23.1 


24 

24.1 
24.2 
24.3 
24.4 


25 
25.1 


VII 


La virtud de la fe 

Rechazo de la Teología Natural. Card. Garrone. Pisoni 
La virtud teológica de la fe 

Crítica de la fe como búsqueda. Lessing 

Crítica de la fe como tensión. Los obispos franceses 
Motivo y certeza de la fe. Alessandro Manzoni 


La virtud de la esperanza 
Hibridación de fe y esperanza 


La virtud de la caridad 

Concepto católico de la caridad 

La vida como amor. Ugo Spirito 

El amor y la Ley 

La negación de la Ley Natural. Sartre 
Apelación a la doctrina católica 
Majestad y vilipendio de la Ley Natural 


La Ley Natural 

La Ley Natural como tabú. Card. Suenens. Hume. Crítica 
La Ley como creación del hombre. Duméry 

Rechazo de la Ley Natural por la sociedad civil 


El divorcio 

El divorcio. Mons. Zoghbi. El patriarca Máximos IV en el Concilio 
Más sobre Máximos IV. La expresión «humanamente hablando» 
El valor de la indisolubilidad 


La sodomía 
La sodomía 


El aborto 

La formación del feto 

La nueva teología del aborto. Los jesuitas de Francia 

Más sobre la nueva teología del aborto 

Raíz última de la doctrina del aborto. Teoría de la potencia y el acto 


El suicidio 
El suicidio 


299 
299 
301 
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307 


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319 
319 
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323 
323 
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331 
331 


333 
333 
339 
337 
339 


343 
343 


VIII 


26 

26.1 
26.2 
26.3 
26.4 


27 

2 
2062 
27.3 
27.4 
27.5 
27.6 


28 

28.1 
283.2 
28.3 
28.4 


29 

29.1 
292 
29.3 
29.4 


30 

30.1 
30.2 
30.3 
30.4 
30.5 


31 

31.1 
31.2 
31.3 
31.4 


La pena de muerte 

La pena de muerte 

La oposición a la pena capital 

Variación doctrinal de la Iglesia 

Inviolabilidad de la vida. Esencia de la dignidad humana. Pío XII 


La guerra 

El cristianismo y la guerra 

Pacifismo y paz. Card. Poma. Pablo VI. Juan Pablo II 

La doctrina del Vaticano II 

Las aporías de la guerra 

La aporía de la guerra moderada 

Remoción de la aporía de la guerra en la sociedad etnárquica 


La moral de situación 

La moral de situación 

Crítica de la creatividad de la conciencia 

La moral de situación como moral de intención. Abelardo 
Sobre si la moral católica impide el dinamismo de la conciencia 


Globalidad y gradualidad 
La moral de la globalidad 
Puntualidad de la vida moral 
Crítica de la globalidad 

La moral de gradualidad 


La autonomía de los valores 

Teleología antropocéntrica de Gaudium et Spes, 12 y 24 
Crítica de la teleología antropocéntrica. Prov. 16,4 

La autonomía de los valores mundanos 

El sentido auténtico de la autonomía natural 

Donde se resuelve una objeción 


Trabajo, técnica y contemplación 


Antropocentrismo y técnica. El trabajo como dominio de la tierra... 


La técnica moderna. La manipulación genética 
La llegada del hombre a la Luna 
Nuevo concepto del trabajo. La encíclica Laborem excercens 


345 
345 
346 
347 
3590 


393 
393 
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396 
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371 
371 
372 
3713 
3715 


317 
317 
378 
379 
380 
382 


389 
389 
386 
388 
389 


31.5 
31.6 
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31.8 


32 

32.1 
32.2 
32.3 
32.4 
32.9 
32.6 
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33 
33.1 
33.2 
33.3 
33.4 
33.0 
33.6 
33.17 
33.8 
33.9 
33.10 
33.11 


34 

34.1 
34.2 
34.3 
34.4 
34.5 
34.6 
34.7 
34.8 
34.9 


IX 


Cristo como hombre del trabajo. Crítica 

El trabajo como autorrealización del hombre. Crítica 
Distinción entre lo especulativo y lo práctico 
Superioridad de la contemplación sobre el trabajo 


Civilización y cristianismo secundario 

Civilización de la naturaleza y civilización de la persona... 
Civitas diaboli, civitas hominis, civitas Dei 

El cristianismo secundario. Confusión entre religión y civilización 
Crítica del cristianismo secundario 

Iglesia y civilización en el postconcilio 

Catolicismo y jesuitismo 

El mito del gran inquisidor 


La democracia en la Iglesia 

Los principios de 1789 y la Iglesia 

Variación de la doctrina en torno a la democracia 
Examen del sistema democrático. Soberanía popular. Competencia 
Examen de la democracia. Sofisma de la sinécdoque 
Examen de la democracia. Mayoría dinámica. Partidos 
Iglesia y democracia 

Influjo de la opinión pública en la vida de la Iglesia 
Nueva función de la opinión pública en la Iglesia 
Conferencias episcopales. Sínodos 

Sínodos y Santa Sede 

Espíritu y estilo de los sínodos. El foro helvético de 1981 


Teología y Filosofía en el postconcilio 
Filosofía y Teología en el catolicismo 

La desfiguración del Tomismo. Schillebeeckx 
Actualidad y perennidad del Tomismo. Pablo VI 
Rechazo postconciliar del Tomismo 

El Tomismo teológico en la Iglesia postconciliar 
El pluralismo teológico en la tradición 

El pluralismo teológico de los innovadores 

El dogma y sus expresiones 

Teología y magisterio. Hans Kúng 


391 
392 
394 
395 


397 
397 
398 
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402 
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407 
407 
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420 


423 
423 
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427 
429 
430 
432 
434 


35 
39.1 
39.2 
39.9 
39.4 
39.0 
39.6 
39.1 
39.8 
39.9 
35.10 
39.11 
39.12 
39.13 
35.14 
39.15 
35.16 


36 

36.1 
36.2 
36.3 
36.4 


37 
37.1 
As (Bs 
37.3 
37.4 
37.9 
37.6 
37.1 
37.8 
37.9 
37.10 
37.11 


38 

38.1 
38.2 
38.3 


El ecumenismo 


La variación en el concepto del ecumenismo. La Instructio de 1949 


La variación conciliar. Villain. Card. Bea 


El ecumenismo postconciliar. Pablo VI. El secretariado para la unión 


Consecuencias del ecumenismo postconciliar 

Carácter político de la ecumene 

Incongruencia del método ecuménico 

Deslizamiento hacia la ecumene de los no cristianos 
Carácter naturalista del ecumenismo para los no cristianos 
Teoría de los cristianos implícitos en el nuevo ecumenismo 
Crítica del nuevo ecumenismo 

Conversión de la religión en civilización 


Influencia de la psicología moderna sobre el nuevo ecumenismo 


La summa del nuevo ecumenismo en dos artículos del O.R. 
Crítica del nuevo ecumenismo 

Debilidad teológica del nuevo ecumenismo 

Estado real del ecumenismo 


Los sacramentos. El bautismo 

Variaciones en la teología de los sacramentos 

La práctica del bautismo a lo largo de los siglos 
Tendencia innovadora a la subjetivización del bautismo 
Bautismo «in fide parentum» 


La Eucaristía 

La Eucaristía en el dogma católico 

Teología de la Eucaristía 

Nueva teología de la Eucaristía 

La desaparición de la adoración 

Culto eucarístico extralitúrgico 

La degradación de lo Sagrado 

Lo «venerandum» y lo «tremendum» de la Eucaristía 
Sacerdocio y sinaxis eucarística 

Análisis del artículo 7 

La degradación del sacerdocio en la Eucaristía. Card. Poletti 
Preponderancia de la sinaxis sobre el Sacramento 


La reforma litúrgica 

La reforma litúrgica 

Latinidad y popularidad de la liturgia 
Los valores de la latinidad en la Iglesia 


437 
437 
438 
440 
442 
443 
445 
445 
447 
449 
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452 
453 
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456 
458 
458 


463 
463 
464 
465 
467 


469 
469 
A7O 
471 
472 
473 
474 
476 
478 
480 
481 
482 


485 
485 
486 
487 


38.4 
38.0 
38.6 
38.7 
38.8 
38.9 
38.10 
38.11 
38.12 
38.13 
38.14 
38.15 
38.16 
38.17 
38.18 


39 

39.1 
39.2 
39.3 
39.4 
39.5 


40 
40.1 
40.2 
40.3 
40.4 
40.5 
40.6 
40.7 
40.8 
40.9 
40.10 
40.11 
40.12 
40.13 
40.14 


XI 


Inmutabilidad relativa. Carácter selecto del idioma Latino 
La neovulgata litúrgica 

La neovulgata litúrgica. Variaciones léxicas. Aires pelagianos 
Neovulgata litúrgica. Anfibologías dogmáticas 

Derrota absoluta del Latín 

Crítica de los principios de la reforma litúrgica 

El principio de creatividad 

Paso de lo Sagrado a lo teatral 

Paso de lo público a lo privado 

Biblia y liturgia 

Exceso y deformidad de la neovulgata 

Altar y mesa en la reforma litúrgica 

El altar cara al pueblo 

La nueva arquitectura sagrada 

Resumen sobre la reforma litúrgica 


El sacramento del matrimonio 

Nuevo concepto del amor conyugal y del matrimonio 

Lo primario y lo secundario en los valores del matrimonio 
Prevalencia del fin procreador en la doctrina tradicional 
Matrimonio y anticoncepción 

Crítica de la teología de la anticoncepción 


Teodicea 

Nueva teodicea 

Nueva concepción de la causalidad divina. Obispos de Francia 
Variación en la doctrina de la oración 
Providencia y calamidades 

Origen moral del dolor humano 

El mal de la muerte 

Preparación a la muerte y olvido de la muerte 
La muerte imprevista. Pío XI 

La muerte como juicio 

Justicia y misericordia en la muerte cristiana 
Olvido de la idea del Juicio 

Dignidad de la sepultura en el rito católico 
Degradación de la sepultura 

La cremación 


490 
491 
492 
494 
495 
498 
900 
902 
905 
906 
909 
910 
511 
913 
915 


917 
917 
919 
920 
5922 
924 


927 
927 
928 
929 
931 
932 
5934 
5934 
936 
937 
938 
540 
541 
943 
944 


XII 


41 

41.1 
41.2 
41.3 
41.4 


42 
42.1 
42.2 
42.3 
42.4 
42.5 
42.6 
42.7 
42.8 
42.9 
42.10 
42.11 
42.12 
42.13 
42.14 
42.15 
42.16 
42.17 
42.18 


Escatología 

Consumación de la axiología. El infierno 
Apología del infierno 

La eternidad de las penas 

El infierno como pura justicia 


Epílogo 

La variación como «elección». Verdad concebida y verdad sentida 
La invariabilidad del dogma 

La sustancia transcrita por los innovadores como modalidad 

La pérdida de la unidad en la Iglesia 

Oposición al dogma e indiferentismo 

Pérdida de la unidad de culto 

Pérdida de la unidad de régimen. Desromanización del Sacro Colegio 
Sinopsis de la Iglesia en el mundo contemporáneo 

Crisis de la Iglesia y crisis del mundo moderno 

Decadencia del influjo social de la Iglesia en el mundo 

Decadencia del influjo vital de la Iglesia en el mundo internacional 
La Iglesia, desbordada por el cristianismo secundario 
Oscurecimiento de la escatología. Ecumene humanitaria 

Leyes del espíritu del siglo. Lo agradable. El olvido 

Los olvidos de la Iglesia contemporánea 

Deducción metafísica de la crisis 

Diagnóstico y pronóstico. Dos conjeturas finales 

El Oráculo contra Duma 


947 
947 
549 
S01 
993 


997 
997 
998 
999 
962 
963 
966 
969 
971 
9715 
5978 
979 
982 
584 
5987 
990 
992 
594 
998 


Estudio sobre las 
transformaciones en la Iglesia 
en el siglo XX 


Porque en verdad os digo: antes pasarán el cielo y la tierra que pase una 
sola ¡ota (¡ota unum) o una tilde de la ley, sin que todo se verifique (Mateo 
5,18) 

Advertencia al lector 

No existe una diversidad de claves (como se dice hoy) con las que pueda 
leerse este libro. El sentido que se le debe atribuir es el sentido que posee 
tomado unívocamente en su inmediato significado literal y filológico. 

Por tanto no existen en él intenciones, expectativas u opiniones distintas 
de las que el autor ha introducido, y tras de las cuales alguien pudiese estar 
buscando. La intención del autor del libro en nada difiere de la intención de 
su libro, salvo en aquellos lugares donde, como puede suceder, pudiese haber 
escrito mal: es decir, dicho lo que no quería decir. 

El autor no tiene ninguna nostalgia del pasado, porque tal nostalgia im- 
plicaría un repliegue del devenir humano sobre sí mismo, y por consiguiente 
su perfección. Tal perfección terrenal es incompatible con la perspectiva so- 
brenatural que domina la obra. Tampoco las res antiguae a las que se refiere 
la frase de Ennio que abre el volumen son cosas anteriores (antiquus viene de 
ante) a nuestra época, sino anteriores a cualquier época: pertenecen a una 
esfera axiológica considerada indefectible. Si hay una referencia en este libro, 
es solamente a dicha esfera. No pretenda el lector buscar otra. 

Debo y manifiesto un vivo agradecimiento al Dr. Carlo Cederna y al 
Prof. Luciano Moroni-Stampa, que me han ayudado con los ojos y con la 
inteligencia en la revisión del borrador y en la composición tipográfica de 
este libro. 

Tabla de abreviaturas y algunos documentos utilizados 


= Apostolicam Actuositatem (Concilio Vaticano II, decreto sobre el apos- 
tolado de los seglares) 


XIII 


XIV 


0. Estudio sobre las transformaciones en la Iglesia en el siglo XX 


AAS Acta Apostolicae Sedis 

CIDS Centro informazione documentazione sociale 
DENZ Enchiridion symbolorum Il, 195 831 

DC Documentation Catholique 


Dei Verbum (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la 
divina Revelación) 


Gaudium et Spes (Concilio Vaticano Il, Constitución pastoral sobre la 
Iglesia en el mundo actual) 


Humanae Vitae (encíclica de Pablo VI de 25-7-68 sobre la regulación 
de la natalidad) 


ICT Informations Catholiques Internationales 
Inf Infierno, Cantiga 1 de la Divina Comedia de Dante 


Lumen Gentium (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre 
la Iglesia) 


OR L'Osservatore Romano 


Optatann Totius (Concilio Vaticano Il, decreto sobre la formación sac- 
erdotal) 


Par Paraiso, Cantiga 111 de la Divina Comedia de Dante 
Purg Purgatorio, Cantiga II de la Divina Comedia de Dante 
RI Relazioni Internazionali 


Sacrosanctum Concilium (Concilio Vaticano II, Constitución sobre la 
sagrada liturgia) 


Unitatis Redintegratio (Concilio Vaticano II, decreto sobre el ecumenis- 
mo) 


Capítulo 1 


La crisis 


1.1. Aclaraciones sobre léxico y método 


En la precisión del vocabulario estriba la salud del discurso. En efecto, 
discurrir es pasar de una idea a otra, pero no de cualquier manera ni mediante 
nexos fantásticos, sino de un modo establecido y mediante nexos lógicos. Por 
tanto, la declaración preliminar de los términos es un principio de claridad, 
coherencia y legitimidad en la argumentación. 

Para la portada de este libro he preferido el término transformación al 
de crisis por dos razones. Primera, porque crisis (como lo dice la misma 
palabra) es un hecho puntual incompatible con la duración. Los médicos 
contraponen el día crítico o decretorio a la lisis, proceso que se desenvuelve 
con una duración. Sin embargo, el fenómeno sobre el cual versa este libro 
es un fenómeno diacrónico que tiene lugar a lo largo de décadas. Segunda, 
porque crisis es un momento de resolución entre una esencia y otra, o entre 
dos estados distintos por naturaleza. Tales son por ejemplo el salto entre la 
vida y la muerte (en biología) o entre la inocencia y el pecado (en teología). 
Por el contrario, no es crisis la variación accidental dentro de una misma 
cosa. El hecho que da origen al zigoto es una crisis, pero el cambio de color 
de la hoja del verde al marrón no lo es. 


Por consiguiente, para hablar con exactitud solamente debería utilizarse 
el término crisis cuando se verificase un extraordinario movimiento histórico 
capaz de dar a luz un cambio esencial y de fondo en la vida humana. Una 
variación puede constituir una crisis, pero el punto de partida de nuestra in- 
vestigación no es que las transformaciones estudiadas en este libro puedan ser 
identificadas como tales. Pese a ello, y siguiendo el uso común, denominare- 
mos también crisis a aquellos fenómenos que, aun no respondiendo al con- 
cepto así delimitado, sin embargo se le aproximan. Para huir de la acusación 


2 1. La crisis 


que pudiese planteársenos de haber realizado una selección interesada dentro 
de cantidad tan grande de pruebas y documentos, hemos fijado el siguiente 
criterio: puesto que debíamos demostrar las transformaciones de la Iglesia, 
no hemos fundamentado nuestro discurso sobre una porción cualquiera de las 
casi infinitas publicaciones concernientes a ella, sino sólo sobre los documen- 
tos que más ciertamente expresan la mente de la Iglesia. Nuestras citas son de 
textos conciliares, actas de la Santa Sede, alocuciones papales, declaraciones 
de cardenales y obispos, pronunciamientos de Conferencias Episcopales, y 
artículos del Osservatore Romano. 

Todo lo incluído en nuestro libro son manifestaciones oficiales u oficiosas 
del pensamiento de la Iglesia jerárquica. Naturalmente, y aunque siempre 
de modo secundario, también hemos citado libros, discursos y hechos ajenos 
a ese ámbito, pero sólo como demostración de la prolongación y expansión 
de posiciones ya expresadas o contenidas (virtual pero necesariamente) en la 
primera categoría de alegaciones. El objeto de nuestra investigación es parcial 
(¿cuál no lo es?), pero nuestra perspectiva, no. 


1.2. Negación de la crisis 


Algunos autores niegan la existencia o la singularidad de la actual des- 
orientación de la Iglesia, * aduciendo la dualidad y antagonismo existentes 
entre la Iglesia y el mundo o entre el reino de Dios y el reino del hombre, 
antagonismo inherente a la naturaleza del mundo y de la Iglesia. Pero tal 
negación no nos parece correcta, porque la oposición verdaderamente esen- 
cial no tiene lugar entre el Evangelio y el mundo entendido como totalidad 
de las criaturas (a quienes Cristo viene a salvar), sino entre el Evangelio y el 
mundo en cuanto in maligno positus (1 Juan 5, 19), marcado por el pecado 
y orientado hacia el pecado, y por el cual Cristo no reza (Juan 17, 9). 

Dicha oposición esencial podrá ampliarse o reducirse según que el mun- 
do como totalidad coincida más o menos con el mundo del Maligno, pero 
jamás debe olvidarse esa distinción ni creer esencial una oposición que, con 
extensión e intensidad diversas, es solamente accidental. 


1.3. Error del cristianismo secundario 
A causa de dicha diversidad de intensidad y extensión queda excluída la 


opinión de quienes niegan haber existido un tiempo en el cual la Iglesia haya 
penetrado el mundo mejor que en otros, y el Cristianismo tenido más éxito 


Ver la gran encuesta de la revista Esprit, agosto-septiembre 1946. 


1.4. La crisis como inadaptación 3 


(es decir, actualizado mejor las potencialidades que le son propias) ?. Tales 
habrían sido los tiempos de la Cristiandad medieval, precisamente en relación 
a los de la era moderna. 

Quienes niegan la existencia de esos siglos privilegiados se apoyan princi- 
palmente en la persistencia, tanto entonces como ahora, de guerras, servidum- 
bres, opresión de los pobres, hambre e ignorancia, consideradas incompatibles 
con la religión y de cuya ineficacia constituirían incluso una prueba. Como 
dichas miserias han existido y siguen existiendo en el género humano, pare- 
cería no haber sido éste redimido ni ser redimible por el Cristianismo. 

Ahora bien, posiblemente esta opinión cae en ese error que llamamos 
Cristianismo secundario: se juzga a la religión por sus efectos secundarios 
y subordinados en orden a la civilizacióón, haciéndolos prevalecer y sobre- 
poniéndolos a los sobrenaturales que la caracterizan. Subyacen aquí los con- 
ceptos mismos de civilización y progreso, tratados más adelante ($830.3-30.4 
y 8$32.1-32.3). 


1.4. La crisis como inadaptación 


Más común es la opinión según la cual la crisis de la Iglesia es una crisis 
de inadaptación a los avances de la civilización moderna, consistiendo su su- 
peración en una apertura o, según el lema de Juan XXITI, un aggiornamento 
del espíritu de la religión para hacerlo converger con el espíritu del siglo. 

A este propósito conviene observar cómo la penetración del mundo por 
obra de la Iglesia es connatural a la Iglesia, levadura del mundo (Luc. 13, 
21), y puede comprobarse históricamente que procedió a ocupar todos los 
órdenes de la vida temporal: ¿no regía incluso el calendario y los alimentos? 

A tal extremo llegó dicha ocupación, que contra ella se levanta la acusación 
de haber usurpado lo temporal, y se exige su separación y su purgación. En 
realidad la acomodación de la Iglesia al mundo es una ley de la religión (que 
proclama a un Dios hecho hombre por condescendencia) y de la historia (que 
muestra una constante mescolanza, unas veces progresiva y otras regresiva, 
de la Iglesia con las cosas del mundo). 

Sin embargo, la acomodación esencial de la Iglesia no consiste en confor- 
marse al mundo (nolite conformari huic seculo (no os acomodéis a este siglo), 
Rom. 12, 2), sino en modelar su propia contraposición al mundo según las 
diversas circunstancias históricas, así como en ir modificando, y no supri- 
miendo, esa contraposición esencial. 


2(N. del T.) El autor juega con el significado de los verbos riuscire (tener éxito) y uscire 
(salir, en este caso con el sentido metafísico de pasar de la potencia al acto) 


4 1. La crisis 


De este modo, frente al Paganismo, el Cristianismo sacó a relucir una 
virtud opuesta, rechazando el politeísmo, la idolatría, la esclavitud de los 
sentidos, o la pasión de gloria y de grandeza: en suma, sublimando todo 
lo terrestre bajo una mirada teotrópica, ni tan siquiera barruntada por los 
antiguos. No obstante, al practicar tal antagonismo hacia el mundo, los cris- 
tianos vivían en el mundo como si en él estuviese su destino. En la Epístola a 
Diognete aparecen como indistinguibles de los paganos en todas las costum- 
bres de la vida ? . 


1.5. Adaptaciones de la oposición de la Igle- 
sia al mundo 


De modo similar, ante los bárbaros la Iglesia no asumió la barbarie, sino 
que se revistió de civilización; y en el siglo XIII, contra el espíritu de vio- 
lencia y de avaricia, asumió el espíritu de mansedumbre y de pobreza con 
el gran movimiento franciscano; y no aceptó el renaciente aristotelismo, sino 
que rechazó con energía la mortalidad del alma, la eternidad del mundo, la 
creatividad de la criatura y la negación de la Providencia, contraponiéndose 
así a todo lo esencial de los errores de los Gentiles. 

Y siendo aquéllos los artículos principales de la filosofía de Aristóteles, 
puede decirse que la Escolástica consistió en un aristotelismo «desaristoteli- 
zante». Esta operación la ve Campanella alegóricamente simbolizada en el 
cortar la cabellera y las uñas a la bella mujer a la que se hace prisionera (Deut. 
21, 12). Y más tarde no se acomodó al subjetivismo luterano subjetivizando 
la Escritura y la religión, sino reformando, es decir, dando nueva forma, 
a su principio de autoridad. Finalmente, no se amilanó ante la tempestad 
racionalista y cientificista del siglo XIX diluyendo o cercenando el dato de fe, 
sino que, al contrario, condenó el principio de la independencia de la razón. 
Tampoco acogió el impulso subjetivista renacido en el modernismo, antes 
bien lo contuvo y lo castigó. 

Por tanto puede decirse en general que el antagonismo del catolicismo con 
el mundo es invariable, variando solamente sus modalidades, y haciéndose ex- 
presa la oposición en aquellos artículos y en aquellos momentos en los cuales 
el estado del mundo exige que el antagonismo sea declarado y profesado. 
De hecho la Iglesia proclama la pobreza cuando el mundo (y ella misma) 
se prosterna ante la riqueza, la mortificación cuando el mundo sigue los en- 
gañosos halagos de las tres concupiscencias, la razón cuando el mundo se 


3ROUET DE JOURNEL, Enchiridion patristicum, 97. Ed. Herder. Barcelona-Friburgo- 
Roma, 1959. 


1.6. Más sobre la negación de la crisis 5 


dirige al ilogicismo y al sentimentalismo, la fe cuando el mundo se extasía 
ante la ciencia. 
La Iglesia contemporánea, por contra, va buscando algunos puntos de 


convergencia entre el pensamiento de la Iglesia y la mentalidad característica 
de nuestro tiempo (OR, 25 julio 1974). 


1.6. Más sobre la negación de la crisis 


No faltan, aunque a decir verdad son poco frecuentes, quienes niegan la 
actual desorientación de la Iglesia, e incluso quienes contemplan este articulus 
temporum como renovación y florecimiento. 

Esta negación de la crisis podría apoyarse en algunas alocuciones de Pablo 
VI, pero éstas se encuentran compensadas y sobradamente superadas por 
tantas o más en sentido contrario. Un testimonio singular del pensamiento 
papal es el discurso de 22 de febrero de 1970 * . Después de haber admitido 
que la religión está retrocediendo, el Papa sostiene sin embargo que es un 
error detenerse en el aspecto humano y sociológico, porque el encuentro con 
Dios puede nacer de procesos alejados de cálculos puramente científicos: el 
futuro se escapa a nuestras previsiones. 


Aquí parece confundirse aquello que Dios puede mediante potencia abso- 
luta, como dicen los teólogos, con lo que puede mediante potencia ordenada, o 
sea, dentro del orden de naturaleza y de salvación instituido por Él mediante 
libre decisión y único realmente existente ? . 

A causa de tal confusión, el problema de la crisis resulta eludido. En reali- 
dad, introduciendo el concepto de una acción que Dios realizaría fuera del 
orden querido de facto por ÉL, aquello que se deplora en la religión considera- 
da históricamente (la crisis) resulta imposible de deplorar. Es muy cierto que 
el encuentro con Dios puede producirse a pesar de una actitud hostil hacia la 
religión, pero nihil ad rem. 

Si se contempla lo que Dios puede hacer mediante su potencia absoluta 
se desemboca en la taumaturgia, y entonces puede llegarse hasta obviar la 
contradicción y sostener, como hace el Papa en otra alocución, que cuanto 
más indispuesto está el hombre moderno hacia lo sobrenatural, más dispuesto 


está. ¿Por qué no habría de estarlo, considerando la potencia absoluta de 
Dios? 


“Los discursos papales serán citados siempre con la fecha con la que aparecieron en el 
OR. 
Summa theol., I, q. 25, a. 5 ad primum. 


6 1. La crisis 


1.7. El Papa reconoce el desastre 


En muchos momentos en los cuales su espíritu recusaba el loquimini nobis 
placentia * (Is. 30, 10), Pablo VI definió con fórmulas dramáticas el declive 
de la religión. 

En el discurso al Seminario lombardo en Roma del 7 de diciembre de 1968 
dijo que la Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor 
dicho, de auto demolición. Es como una inversión aguda y compleja que 
nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente 
golpeándose a sí misma. 

No insistiré en el famoso discurso del 30 de junio de 1972, en el cual el 
Papa afirma tener la sensación de que por alguna rendija se ha introducido 
el humo de Satanás en el templo de Dios. Y proseguía: También en la Iglesia 
reina este estado de incertidumbre. Se creyó que después del Concilio vendría 
una jornada de sol para la historia de la Iglesia. Ha llegado, sin embargo, una 
jornada de nubes, de tempestad, de oscuridad. 

Y en un pasaje posterior igualmente célebre, el Papa encontraba la causa 
del desastre general en la acción del Diablo (de la fuerza del mal, que es 
persona de perdición), refiriendo así todo su análisis histórico a una línea 
etiológica ortodoxa, para la cual el princeps hutus mundi (aquí mundus se 
refiere a la oposición auténtica mencionada en 4) no es una metáfora del 
pecado puramente humano y del kantiano radikal Bóse, sino una persona 
realmente actuante y coadyuvante con la voluntad humana. En el discurso 
del 18 de julio de 1975 el Papa pasaba del diagnóstico y la etiología a la 
terapia del mal histórico de la Iglesia, demostrando comprender bien cómo 
en mayor medida que un asalto exterior, aflige a la Iglesia una disolución 
interior. Con vehemente y afectuosa conmoción exhortaba: ¡Basta con la 
disensión dentro de la Iglesia! ¡Basta con una disgregadora interpretación 
del pluralismo! ¡Basta con la lesión que los mismos católicos infligen a su 
indispensable cohesión! ¡Basta con la desobediencia calificada de libertad! 

Esta desorientación continúa siendo atestiguada por sus sucesores. Juan 
Pablo II, con ocasión de un congreso para las Misiones populares, describió en 
estos términos la situación de la Iglesia (OR, 7 febrero 1981): Es necesario 
admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cris- 
tianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e inclu- 
so desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con 
la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y 
propias herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, 
rebeliones; se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el relativismo 


S«Habladnos de cosas agradables» 


1.8. Pseudo-positividad de la crisis. Falsa teodicea 7 


intelectual y moral, y por esto en el permisivismo, los cristianos se ven tenta- 
dos por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por 
un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva. 


1.8. Pseudo-positividad de la crisis. Falsa teo- 
dicea 


Algunos llegan mucho más allá de la negación de la crisis, intentando con- 
figurarla como un fenómeno positivo. Se basan para este fin sobre analogías 
biológicas, hablando de fermento y de crisis de crecimiento. Son circiteris- 
mos " y metáforas que no pueden formar parte de un discurso lógico ni de 
un análisis histórico. 

En cuanto a los fermentos (convertidos en lugar común de la literatura 
postconciliar por quienes pretenden «vestir a la mona de seda»), aunque 
puede adoptarse la analogía biológica, es necesario distinguir entre fermentos 
productores de vida y fermentos productores de muerte: no se confunda, por 
ejemplo, el saccaromycetes aceti con el saccaromycetes vini. 

No toda sustancia que fermenta da origen a un plus, o a algo mejor. 

También la putrefacción cadavérica consiste en un vigoroso pulular de 
vida, pero supone la descomposición de una sustancia superior. 

Y en cuanto a decir que es una crisis de crecimiento, se olvida que también 
las fiebres de crecimiento son un hecho patológico contra el cual se combate, 
pues el crecimiento natural de un organismo no conoce tales crisis ni en el 
reino animal ni en el reino vegetal. Además, quien abusa de esas analogías 
biológicas gira en un círculo vicioso, al no estar en disposición de probar que 
a la crisis vaya a seguir el crecimiento (como mucho, eso se sabrá en el futuro) 
y no la corrupción. 

En el OR de 23 julio 1972, introduciendo otra analogía poética, se escribe 
que los actuales gemidos de la Iglesia no son los gemidos de una agonía, sino 
los de un parto, mediante el cual está llegando al mundo un nuevo ser: es 
decir, una nueva Iglesia. 

Pero, ¿puede nacer una Iglesia nueva? Tras una envoltura de metáforas 
poéticas y un batiburrillo de conceptos, se oculta aquí la idea de algo que 
según el sistema católico no puede suceder: que el devenir histórico de la Igle- 
sia pueda ser un devenir de fondo, una mutación sustancial, una conversión 


"Me parece necesario este término para dar cuenta de una característica del mundo 
contemporáneo dentro y fuera de la Iglesia. Deriva del adverbio latino circiter (que significa 
«aproximadamente», «más o menos»). Dicho término fue abundantemente utilizado por 
GIORDANO BRUNO en los Diálogos. De él lo retomamos como perfectamente adecuado 
a nuestro objeto. 


8 1. La crisis 


de una cosa en su contraria. Al contrario, según el sistema católico el devenir 
de la Iglesia tiene lugar a través de unas vicisitudes en las cuales cambian 
las formas accidentales y las coyunturas históricas, pero se conserva idéntica 
y sin innovación la sustancia de la religión. 

La única renovación admitida por una eclesiología ortodoxa es la reno- 
vación escatológica, con una nueva tierra y un nuevo cielo; o dicho de otra 
manera, la final y eterna reordenación del universo creado, liberado en la 
vida eterna de la imperfección (no de la inherente a su limitación, sino de la 
del pecado) mediante la justicia de las justicias. 

Existieron en el pasado otros esquemas que consideraban esta reorde- 
nación como un acontecimiento propio de la historia terrena y una instau- 
ración del reino del Espíritu Santo, pero tales esquemas pertenecen a las 
desviaciones heréticas. La Iglesia deviene, pero no muta. No se da en ella 
ninguna novedad radical. 

El cielo nuevo y la tierra nueva, la nueva Jerusalén, el cántico nuevo, el 
mismo nuevo nombre de Dios, no son realidades de la historia de este mundo, 
sino del otro. La tentativa de impulsar al Cristianismo más allá de sí mismo 
hasta una forma desconocida de religión, una religión que nadie hasta hoy 
ha podido imaginar ni describir, como no se recata en escribir Teilhard de 
Chardin $ es un paralogismo y un error religioso: un paralogismo, porque 
si la religión cristiana debe transmutarse en algo totalmente distinto resulta 
imposible dar a las proposiciones del discurso idéntico sujeto, y desaparece 
la continuidad entre la Iglesia actual y la futura; un error religioso, porque el 
reino que no es de este mundo conoce mutaciones en el tiempo (que es una 
categoría accidental), pero no en la sustancia. 

De esta sustancia, ¿ota unum non praeteribit: ni siquiera un ápice cam- 
biará. Teilhard no podría preconizar un caminar del Cristianismo hasta más 
allá de sí mismo si no fuese porque olvida que caminar hasta fuera de sí mis- 
mo, o dicho de otra forma, traspasar la frontera (ultima linea mors) ? , 
significa morir: y así, el Cristianismo debería morir, o más bien morir para 
no morir. En 885.7-5.8 volveremos sobre este argumento. 


1.9. Nuevas confesiones de la crisis 


La entidad de cada ente coincide con su unidad interna, tanto en un 
individuo físico como en un individuo social y moral. Si se desmembra y 


8Ver la edición de sus obras completas, vol. VII, p. 405. Expresiones como surhumaniser 
le Christ, métachristtanisme, Dieu transchrétien y similares, demuestran tanto la aptitud 
del ilustre jesuita para el neologismo como su debilidad de pensamiento. 

“La muerte es la última meta (Horacio). 


1.10. Interpretaciones positivas de la crisis. Falsa teodicea 9 


escinde el organismo, el individuo muere y se transforma en otro distinto. 
Si las intenciones y las voluntades de las mentes asociadas divergen o están 
divididas, concluye entonces la convergencia ¿in unum de las partes y desa- 
parece la comunidad. Por tanto también en la Iglesia, que indudablemente 
es una sociedad, la disolución interna produce una ruptura de la unidad y 
consiguientemente de su ser. 

Esa ruptura de la unidad está ampliamente reconocida en el discurso de 
Pablo VI del 30 de agosto de 1973, lamentando la división, la disgregación 
que, por desgracia, se encuentra ahora en no pocos sectores de la Iglesia, 
y proclama inmediatamente que la recomposición de la unidad, espiritual y 
real, en el interior mismo de la Iglesia, es hoy uno de los más graves y de los 
más urgentes problemas de la Iglesia. 

Y en el discurso del 23 de noviembre de 1973 el Papa se refiere también a 
la etiología de semejante desorientación y reconoce el error, admitiendo que 
la apertura al mundo fue una verdadera invasión del pensamiento mundano 
en la Iglesia. Esta invasión arrebata a la Iglesia su fuerza de oposición y anula 
en ella toda especificidad. Y es dramático en este discurso el uso equívoco del 
pronombre de la primera persona del plural. Tal vez hemos sido demasiado 
débiles e imprudentes, dice. ¿Cuál es el sujeto de esta frase? ¿Nosotros o Nos? 


1.10. Interpretaciones positivas de la crisis. 
Falsa teodicea 


Ese optimismo espurio con que se contemplan la decadencia de la fe, la 
apostasía social, la deserción del culto y la depravación moral, nace de una 
falsa teodicea. Se dice * que la crisis es un bien porque obliga a la Iglesia a una 
toma de conciencia y a la búsqueda de una solución. En estas afirmaciones 
late implícita la pelagiana negación del mal. Si bien es verdad que los males 
ocasionan bienes, éstos siguen siendo sin embargo reduplica de tales males, 
y en cuanto tales no causan ningún bien. La curación es indudablemente un 
bien en relación a la enfermedad y condicionado por ella, pero no es un bien 
que le sea inherente ni tiene su causa en la enfermedad. 

La filosofía católica no ha caído jamás en tal confusión, y Santo Tomás 
(Summa theol I, II; q.20, a.5) enseña que eventus sequens non facit actum 
malum, quí erat bonus, nec bonum, quí erat malus Y, 

Solamente por el hábito mental del circiterismo propio de nuestro siglo 
puede estimarse positiva la crisis considerando las cosas buenas que se seguirán 


1Por ejemplo, en ICI, n. 285, p. 7 (1 de abril de 1967). 
1E] efecto resultante de un acto no hace a éste malo si era bueno, ni bueno si era malo. 


10 1. La crisis 


de ella. Las cuales, por cierto, como expresa avisadamente Santo Tomás, no 
son efectos del mal (al cual sólo pertenecen defectos) sino puramente suce- 
sos. Éstos son efectos de otras causas, y no del mal. Las causas de eventuales 
consecuencias buenas de la crisis no pertenecen a la línea causal de la crisis, 
sino a otra línea de causalidad. 

Aquí está obviamente implicada toda la metafísica del mal, en la cual 
no nos compete internarnos; pero es importante dejar claro contra dicho 
optimismo espurio que aunque a la crisis estén ligados sucesos venturosos 
(como a la persecución el martirio, al sufrimiento la educación -según Esquilo- 
, la prueba el aumento del mérito, o a la herejía la clarificación de la verdad), 
éstos no son efectos, sino un plus de bien del cual el mal es por si mismo 
incapaz *? . 

Atribuir a la crisis el bien, que es extrínseco a la crisis y proviene de una 
fuente distinta, supone un concepto imperfecto del orden de la Providencia. 
En éste, el bien y el mal conservan cada uno su intrínseca esencia (ser y 
no ser, eficiencia y deficiencia), aunque confluyen en un sistema bueno; pero 
lo bueno es el sistema, no los males que lo conforman, si bien se pueda 
entonces mediante una catacresis denominarlos males buenos, como hace 
Niccolo Tommasseo. 

Esta visión del orden providencial permite ver cómo el mundo de arriba al 
bajo torna (Par. IX, 108): es decir, cómo también la desviación de la criatura 
respecto al orden (e incluso la condenación) es insertada por la Providencia 
en el orden final, que constituye el fin último del universo: la gloria de Dios 
y de los elegidos. 


1.11. Más sobre la falsa teodicea 


Las cosas buenas subsiguientes a la crisis de la Iglesia son por tanto al- 
go a posteriori, no cambian su carácter negativo ni mucho menos la ha- 
cen deseable, como algunos se atreven a afirmar. Dicho optimismo espurio 
está equivocado, porque atribuye al mal una fecundidad solamente propia 
del bien. San Agustín ha dado un expresión felicísima a esta doctrina en 
De continentia VI, 15 (PL. 40, 358): Tanta quippe est omnipotentia etus ut 
etiam de malis possit facere bona, sive parcendo, sive sanando, sive ad util- 
itatem coaptando atque vertendo, sive etiam vindicando: omnia namque ista 


12SANDRO MAGGIOLINI, en OR de 12 enero 1983, comete el error de decir que el 
mal es el bien porque da ocasión al bien, llegando a escribir que todo es gracia, incluso 
el pecado. No es así: aunque la gracia aplica sobre el pecado y nos libera de él, no es el 
pecado. 


1.11. Más sobre la falsa teodicea 11 


bona sunt 1% . No es el mal quien, en un momento posterior, genera a partir 
de sí mismo el bien: solamente una entidad positiva y distinta (en última 
instancia, Dios) tiene esta potencialidad. 

Es evidente además, en el último de los casos mencionados por San 
Agustín (la justicia vindicativa), que aunque ordenados por la Providencia 
los males no pueden transformarse en bienes. Es un bien que los pecados 
sean castigados con la condenación, pero no por ello son buenos los pecados 
castigados con la condenación. 

Por eso, según la teología católica, los santos gozan del orden de justicia 
en el cual la Providencia ha colocado a los pecadores, pero no de sus pecados 
en sí mismos, que siguen siendo males. La dependencia de ciertos bienes 
con respecto a ciertos males es una relación sobre la cual se fundan algunas 
virtudes, precisamente condicionadas a la existencia de defectos. 

Así, la penitencia supone el pecado, la misericordia supone la miseria, y 
el perdón supone la culpa. Lo cual, sin embargo, no hace que el pecado, la 
miseria y la culpa sean buenos, como sí lo es la virtud condicionada por ellos. 


ISPorque es tan grande la bondad omnipotente, que de los mismos males puede sacar 
un bien conveniente, ya perdonando, ya sanando al pecador; ora adaptando y trocando el 
pecado en beneficio del justo, sancionándolo con justicia. Todo esto es bueno. 


12 


1. La crisis 


Capítulo 2 


Resumen histórico. Las crisis 
de la Iglesia 


2.1. Las crisis de la Iglesia. Jerusalén (año 50) 


Es una costumbre contemporánea contemplar los fenómenos de nuestro 
siglo como fenómenos totalmente nuevos, sin comparación ni por su género ni 
por sus dimensiones con acontecimientos pretéritos. De este modo, la actual 
crisis no tendría análogos en la historia de la Iglesia, e igualmente tampoco 
los habría para la presente renovación. 

Ya veremos más adelante si este discurso tiene sentido, pero ahora con- 
vendrá hacer referencia a las anteriores crisis de la Iglesia reconocidas por los 
historiadores. En primer lugar creemos que debe mencionarse el Concilio de 
Jerusalén del año 50. Se trata de la primordial y fundamental crisis (es decir, 
separación) en la religión, que tuvo lugar entre la Sinagoga y el Cristianis- 
mo; y puesto que toda separación excluye el sincretismo opuesto, el famoso 
decreto llevado por Judas y Silas a la comunidad antioquena de cristianos 
provenientes del Paganismo cortó de raíz el sincretismo que, en la confusión 
del Evangelio con la Torah, habría sustraído originalidad y trascendencia a 
la Buena Nueva. 

Pero también bajo otra consideración puede decirse que el Concilio de 
Jerusalén fue eminentemente crítico, y es porque separó para siempre el juicio 
teórico del juicio práctico, el formulado sobre los principios y el formulado 
sobre sus aplicaciones: adaptando a las flexibles situaciones no los principios, 
sino la relación de éstos con aquéllas (adaptación llevada a cabo en la religión 
bajo la inspiración de la caridad). De hecho, el célebre enfrentamiento entre 
Pablo y Pedro en Antioquía, después de que en Jerusalén los dos Apóstoles se 
hubiesen mostrado de acuerdo en dar por abolida la anticuada (es decir, su- 


13 


14 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


perada) ley judía, giraba en torno a conversationis vitium, non praedicationis 
(Tertuliano, De praescript. haeret., 23): sobre las deducciones del principio, 
no sobre el principio. 

Fue la actitud de Pedro, condescendiente con la sensibilidad ritual de 
los hermanos venidos de la Sinagoga (actitud disconforme con la del mismo 
Pedro hacia los hermanos venidos de la idolatría), la que fue reprobada por 
Pablo, y después por Pedro y toda la Iglesia. Son discrepancias sobre la 
conducta práctica y, si se quiere, errores derivados de no ser inmediatamente 
comprendido, o serlo incorrectamente, el vínculo entre un principio y un 
hecho histórico concreto. 

Son disparidades y errores como los que existieron siempre en la Iglesia: 
el de Pascual II al desdecirse del concordato firmado con Enrique V, el de 
Clemente XIV al suprimir la Compañía de Jesús e invertir el non possumus de 
sus predecesores, o el de Pío VII al retractarse de los acuerdos con Napoleón 
(error por cual se acusó públicamente de haber dado escándalo a la Iglesia, 
y se castigó a sí mismo absteniéndose de celebrar Misa). 

Esta distinción entre la variable esfera disciplinar, jurídica y política, y 
la invariable del porro unum est necessarium, se inicia ciertamente en el 
Concilio de Jerusalén, y constituye la primera crisis de la Iglesia: la esfera de 
la historicidad resulta definitivamente separada de la del dogma. 


2.2. La crisis de Nicea (año 325) 


La crisis de Nicea significa la separación de lo dogmático respecto a lo 
filosófico y la orientación del Cristianismo como religión sobrenatural y del 
misterio. De hecho, el Arrianismo fue un intento de quitar sustancia al keryg- 
ma primitivo e introducirlo en el gran movimiento gnóstico. 

Éste, haciendo de la gradación de los entes desde el Hylé al Nous esquema 
general de la realidad, suprimía la creación y acababa con la trascendencia. 
Que el Verbo no fuese consustancial, sino similar al Padre, tranquilizaba las 
exigencias de la inteligencia humana, pero acababa con la especificidad de la 
fe, la cual anuncia la existencia de un ser que puede ser sujeto de estas dos 
proposiciones: este individuo es hombre y este mismo individuo es Dios. 

Con las definiciones conciliares de Nicea y con las subsiguientes de Éfe- 
so (431) y Calcedonia (451), la Iglesia se separa de la concepción antigua 
del dios como perfección del hombre y de la religión como culto de valores 
intramundanos y excluyente de todo lo sobrenatural. 

Jesucristo no podía ser dios a la manera de César, o de los Augustos 
divinizados, o de los inmortales dioses de Epicuro: perfectos santos, pero de 
una sustancia homogénea con la del hombre. 


2.3. Las desviaciones de la Edad Media 15 


No podía ser aquello más allá de lo cual nunca se habían adentrado los 
sistemas filosóficos: debía ser algo totalmente distinto pero no extraño, que 
ninguna filosofía había imaginado o que, concibiéndolo con la imaginación, 
había considerado una locura. En suma, Dios deja de ser el grado más inac- 
cesible de una perfección común al hombre y al dios, para ser una esencia 
que sobrepasa todo lo humano. 

Y Cristo no es llamado hombre-Dios a la manera de los gentiles, es decir, 
por aproximación máxima a la perfección de Dios o por una especie de in- 
timidad moral con Dios (Nestorio); y ni siquiera a la manera de la paradoja 
estoica según la cual el sabio es semejante a Dios o incluso superior a Él, 
porque Él es santo por naturaleza, mientras que el sabio se hace santo a 
sí mismo. Cristo es ontológicamente hombre y ontológicamente Dios, y así la 
constitución ontológica teándrica constituye su misterio. 

Que dicho misterio no contradice a la razón se deduce del concepto, in- 
augurado por la nueva religión, del ser divino como Trinidad, en cuyo seno 
el infinito piensa y se ama a Sí mismo como infinito y por lo tanto se mueve 
más allá de los límites dentro de los que opera la inteligencia creada. 

Por consiguiente, si la razón se niega a someterse a la Razón resulta 
ultrajado su derecho a lo sobrenatural. En sentido estricto, la negación del 
sometimiento impide a la razón conocerse a sí misma, al no poder reconocerse 
como limitada ni por tanto reconocer nada más allá de su propio límite. 

De tal forma la crisis de Nicea es un verdadero momento decisivo en la 
historia de la religión, y puesto que (como toda crisis) por una parte separa 
una esencia de lo que es heterogéneo a ella y por otra conserva la esencia de 
lo que le es propio, puede decirse que en Nicea se ha conservado simpliciter 
la religión cristiana. 


2.3. Las desviaciones de la Edad Media 


No fueron verdaderas crisis las muchas y graves perturbaciones padecidas 
por la Iglesia en los siglos medievales, porque en ellos la Iglesia no corrió el 
peligro de cambiar su sustancia y disolverse en otra. La corrupción de las 
costumbres clericales o el ansia de riqueza y de poder desfiguran el rostro de 
la Iglesia, pero no alcanzan a su esencia separándola de su fundamento. 

Y aquí conviene formular la ley misma de la conservación histórica de 
la Iglesia, ley que resume el criterio supremo de su apologética. La Iglesia 
está fundada sobre el Verbo encarnado, es decir, sobre una verdad divina 
revelada. Sin duda, también ha recibido las energías suficientes para aco- 
modar su propia vida a esa verdad: es dogma de fe (Denz., 828) que la virtud 
es posible en todo momento. Sin embargo, la Iglesia no peligra en caso de no 


16 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


acomodarse a la verdad sino en caso de perder la verdad. 

La Iglesia peregrinante está por sí misma condenada a la defección prácti- 
ca y a la penitencia: a un acto de continua conversión, como se dice hoy. 
Pero no resulta destruida cuando las debilidades humanas la ponen en con- 
tradicción (esta contradicción es inherente al estado viador), sino solamente 
cuando la corrupción práctica se eleva hasta cercenar el dogma y formular 
en proposiciones teóricas las depravaciones que se encuentran en la vida. 

Los movimientos que turbaron la Iglesia en los siglos medievales fueron 
combatidos por la Iglesia, pero sólo fueron condenados cuando, por ejemplo, 
el pauperismo se transformó en teología de la pobreza al descalificar total- 
mente los bienes terrenales. Por tanto no fue verdadera crisis la decadencia 
de las costumbres eclesiásticas, contra las cuales se desplegó gallardamente 
el movimiento reformador del siglo XI. Ni lo fue el conflicto con el Imperio, 
si bien la Iglesia trató de liberarse tanto de la servidumbre feudal ligada a 
la dominación política de los obispos como de la servidumbre implícita en el 
matrimonio de los sacerdotes. 

Ni fue verdadera crisis la del movimiento de los Cátaros y los Albigenses 
en el siglo XIII, y de sus epígonos los Fraticelli. En realidad estos movimien- 
tos, provocados por amplias ebulliciones sentimentales y entremezclados con 
impulsos económicos y políticos, sólo raramente se traducían en fórmulas es- 
peculativas. Y cuando lo hacían, como por ejemplo en la regresiva doctrina 
que preconizaba el retorno a la simplicidad apostólica, o en el mito de la 
igualdad de los fieles nivelados en el sacerdocio, o en la teología de Joaquín 
de Fiore sobre la Tercera Edad (la del Espíritu Santo, que reemplazaría a 
la del Verbo, que a su vez lo habría hecho con la del Padre), todas estas 
desviaciones dogmáticas encontraban a la Iglesia jerárquica pronta y firme 
en el ejercicio de su oficio didáctico y correctivo; y a menudo era apoyada 
en éste, a causa de la solidaridad entre las estructuras sociales, por el poder 
temporal. Hubo ataques, pero no ruptura, de las verdades de fe, y no faltó la 
formación magisterial. 


2.4. La crisis de la secesión luterana. Ampli- 
tud ideal del cristianismo 


El gran cisma de Oriente dejó intacto todo el sistema de la fe católica. Ni 
siquiera la doctrina de la primacía del obispo de Roma fue atacada en primera 
instancia por los Bizantinos, hasta el punto de que en 1439 pudo firmarse en 
Florencia la reunificación. Y tampoco fueron capaces de ponerla en peligro y 
transformarla en algo distinto a su naturaleza los movimientos heréticos que 


2.4. La crisis de la secesión luterana. Amplitud ideal del cristianismo 17 


pretendían una purga de las adherencias humanas en la Iglesia. La verdadera 
crisis acaeció con Lutero, que cambió la doctrina de arriba abajo al repudiar 
su principio. 

El gran movimiento de la revolución religiosa de Alemania es poco inteli- 
gible en sus razones históricas si no se lo contempla en sus relaciones con el 
Renacimiento. El Renacimiento es a menudo representado como restauración 
del principio pagano de la absoluta naturalidad y mundanidad del hombre 
y por consiguiente como mentalidad incompatible con el Cristianismo, que 
consistiría en el desprecio del mundo. Pero a nosotros nos parece que tal 
visión monocular no responde a la naturaleza del Cristianismo. Éste, cuyo 
origen está en un hombre-Dios restaurador y perfeccionador, más que res- 
tringir, amplía la mentalidad del creyente para aceptar y elevar todo lo que 
es conforme con el designio creador, cuya finalidad es la glorificación (tanto 
de Dios como del hombre unido a Dios) en el Cristo teándrico. La civilización 
medieval, gracias a la pujanza del sentimiento místico, expresó ciertamente 
un momento esencial de la religión: la relativización de todo lo mundano y su 
proyección teleológica hacia el cielo. Pero dicen algunos que la fuerza con la 
cual ese momento fue vivido llegó hasta más allá de la justa medida, apocando 
y mortificando valores que no deben ser mortificados, sino coordinados entre 
sí y subordinados al cielo. Es lo que pienso yo. 

El hombre medieval parece no haber sabido concebir la idea de lo cris- 
tiano si no es encarnada en el fraile franciscano * . Sin embargo, si no se 
olvida la amplitud de la idea cristiana, parece claro que el Renacimiento fue 
precisamente un caso de retorno a esa amplitud, gracias a la cual la religión 
comprendió el parentesco que la unía con las civilizaciones muertas, dentro 
de las cuales dormían sepultados los valores de la sabiduría natural, de la 
belleza ideal y de la milicia mundana: yacían el Fedón y la Metafísica, la 
Venus de Cnidos y el Partenón, Homero y Virgilio. En realidad, la potencial 
virtud de la religión es mucho más amplia de lo que aparece en sus actua- 
ciones históricas concretas: se manifiesta sucesivamente en un devenir que no 
siempre se yergue con rectitud, pero que en su conjunto tiene un carácter 
proficiente y perfectivo. Por otra parte, esto es lo que insinúan la parábola 
evangélica de la semilla y la paulina del organismo que crece hasta la per- 
fección. Y no debe creerse que tal asimilación de la civilización gentil haya 
comenzado con el Renacimiento o con los Griegos que huían del Islam, porque 
fue precedida desde mucho antes por la conservación de los autores griegos 
y latinos por obra de los monjes en la profundidad de los tiempos bárbaros. 
Y ocurrió así no porque en Virgilio y Horacio encontrasen los monjes algún 
incentivo o alimento para su piedad, sino precisamente por un instinto ideal, 


1LUIGI TOSTI Prolegomeni alla storia universale della Chiesa, Roma 1888, p. 322. 


18 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


distinto de la inspiración ascética, que todo lo penetraba: instinto que, aun 
no siendo ascético, también es religioso, pues (como ya dije) a la vez que 
el Cristianismo nos dirige hacia el cielo, concede valor a la tierra. Por otra 
parte, la simbiosis de la civilización antigua con la idea cristiana había tenido 
lugar antes del Renacimiento en esa forma primordial del desarrollo intelec- 
tual que es la poesía: se trata del poema de Dante, en el cual los mitos y 
aspiraciones de la Gentilidad se agregan firmemente a la mentalidad cristiana 
en una síntesis audaz. El limbo de los adultos, donde resplandece la luz de 
la sabiduría natural, que no salva, pero preserva de la condenación, es una 
singular invención del genio medieval, conocedor de la espaciosidad ideal de 
la religión, que incluye, pero sobrepasa, el mundo ascético del claustro. 


2.5. Más sobre la amplitud ideal del cristia- 
nismo. Sus límites 


Esta amplitud ideal del Cristianismo, debida a sus componentes en esta- 
do de latencia destinados a manifestarse históricamente, se extiende a toda 
especulación, y teológicamente está ligada a la unidad entre el ciclo de la 
Creación y el ciclo de la Encarnación: en ambos está presente el mismo Ver- 
bo. Pero sin elevarnos a razones teológicas de tal amplitud, bastan razones 
históricas para hacerla evidente, puesto que en un mismo espacio se encuen- 
tran escuelas y estilos contrapuestos. Así por ejemplo, Bellarmino y Suárez 
fundamentan teóricamente la democracia y la soberanía popular, mientras 
Bossuet, por el contrario, justifica la autocracia regia; el ascetismo francis- 
cano predica el abandono de los bienes de este mundo (temporales o intelec- 
tuales), mientras que el realismo jesuítico edifica ciudades, organiza Estados 
y moviliza ad maiorem Dei gloriam a todos los valores terrenos. Los Clunia- 
censes ornamentan con colores, oro y piedras preciosas hasta el pavimento de 
las iglesias, mientras los Cistercienses reducen el edificio divino a la desnudez 
de la arquitectura. Molina exalta la libertad y la eficacia autónoma de la 
humana voluntad (capaz de hacer fracasar la divina predestinación) y rebaja 
la ciencia divina a la dependencia con respecto al evento, mientras los Tomis- 
tas defienden la eficacia absoluta del designio divino. Los Jesuitas anuncian 
la vía ancha de la salvación, mientras los Dominicos el pequeño número de 
los elegidos. Los casuistas agrandan el papel de la conciencia individual con 
respecto a la ley, mientras los rigoristas exaltan ésta por encima de la hu- 
mana estimación del acto. El mismo franciscanismo, con la bendición dada 
por el Fundador tanto al hermano Elías como a San Bernardo, contiene dos 
espíritus diversos que se extienden y se concilian en una superior inspiración 


2.5. Más sobre la amplitud ideal del cristianismo. Sus límites 19 


y explican las luchas internas de la Orden ? . 


Si se pierde de vista esta esencial amplitud, la distancia entre una ortodox- 
ia y otra resultará tan grande que podrá parecer la distancia entre ortodoxia 
y heterodoxia. Y exactamente eso le parecía a los partidarios de las escuelas 
opuestas (de lo que recíprocamente se acusaban), pero no así al Magisterio 
de la Iglesia, que intervino siempre para prohibir esas imputaciones mutuas 
y custodiar la superior elevación de la religión. Lo mismo ocurría con Sainte- 
Beuve, a quien, como no comprendía esa amplitud, le maravillaba que el 
mismo nombre de cristiano se aplique igualmente a unos y a otros. (se re- 
fería a los laxistas y a los rigoristas) No hay elasticidad que pueda llegar tan 
lejos ?. 

De un modo muy acusado, Chesterton ha hecho de esa amplitud el criterio 
principal de su apologética católica. Y a este respecto podemos citar las 
palabras proféticas de Jacob: Vere Dominus est in loco isto, et ego nesciebam 
(Verdaderamente Yahvé está en este lugar y yo no lo sabía) (Gén. 28, 16). 


Sin embargo, es necesario precisar los límites de esta generosa visión de 
la religión católica, que también a nosotros nos parece un criterio histórico 
decisivo. Esta generosa visión no puede conducir al pirronismo omnicom- 
prensivo que asimila y coordina no solamente cosas diferentes, sino cosas 
contradictorias. 


Se puede hablar de visión generosa cuando se contemplan ideas distintas 
formando un conjunto coherente en el cual verdaderamente existe una plu- 
ralidad de ideas y una idea no queda destruida por su contradicción con otra. 
Pero es imposible para la mente humana (más bien para cualquier mente) 
hacer coexistir términos contradictorios, es decir, lo verdadero y lo falso * . 


Esta coexistencia sólo sería posible si se verificase una condición imposi- 
ble: que el pensamiento no se dirigiese al ser de las cosas, o que ser y no 
ser fuesen equivalentes. El catolicismo antepone la lógica a cualquier otra 
forma del espíritu, y su amplitud abraza una pluralidad de valores, todos los 
cuales tienen cabida dentro de su verdad, pero no una pluralidad compuesta 
de valores y no-valores. Este concepto espurio de la amplitud de la religión 
conduce a la indiferencia teórica y a la indiferencia moral: a la imposibilidad 
de conferirle un orden a la vida. 


2AGOSTINO GEMELLI, El franciscanismo. Barcelona 1940. 

3Cit. en FRANCESCO RUFFINL. La vita religiosa di Alessandro Manzoni, Bari 1931, 
vol. 1, p. 416. 

“Sobre este punto, ver la carta de MANZONI al pastor ginebrino Cheneviére en Cartas, 
edición de Cesare Arieti, Milán 1970, 1, p. 563, y cuanto digo sobre ello en mi edición de 
la Moral católica, Milán 1966, vol. III, pp. 57-58 


20 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


2.6. Negación del principio católico en la doc- 
trina luterana 


Lo que queremos ver es cómo la doctrina de Lutero no podía entrar a 
formar parte del amplio ámbito del sistema católico, y por tanto cómo su 
ataque ponía en cuestión no este o aquel corolario, sino el mismo principio del 
sistema. Puesto que consiste en un rechazo del principio, la herejía luterana es 
teológicamente irrefutable. Frente a ella, la apologética católica se encuentra 
en una posición claramente dibujada por Santo Tomás (Summa theol., 1, q.1, 
a.8): puede vencer las objeciones del adversario pero (por así decirlo) no al 
adversario, ya que éste rechaza el principio con el cual se argumenta para 
refutarle. 

No rechaza Lutero este o aquel artículo del conjunto dogmático del catoli- 
cismo (aunque, naturalmente, también lo hace), sino justamente el principio 
de todos los artículos, que es la autoridad divina de la Iglesia. Para el creyente, 
la Biblia y la Tradición tienen una autoridad precisamente porque la Iglesia 
está en posesión de ellas: no sólo de la posesión material, sino también de la 
posesión del sentido de ambas, que va desvelando históricamente de modo 
paulatino. 

Lutero, sin embargo, pone la Biblia y el sentido de la Biblia en manos del 
creyente, recusa la mediación de la Iglesia, y lo confía todo a la inteligencia 
privada, suplantando la autoridad de la institución por la inmediatez del 
sentimiento, que prevalece por encima de todo. 

La conciencia se sustrae al Magisterio de la Iglesia y la aprehensión indivi- 
dual, máxime si es viva e irresistible, funda el derecho de opinión y el derecho 
a la manifestación de lo que se piensa, por encima de cualquier norma. Lo 
que el pirronismo antiguo supone en el ámbito del conocimiento filosófico, lo 
supone el escepticismo protestante en el ámbito del pensamiento religioso. 

La Iglesia (individualidad histórica y moral del Cristo hombre-Dios) re- 
sulta desposeída de su esencia como autoridad, mientras que esa viveza de 
la aprehensión subjetiva es llamada fe y convertida en don inmediato de la 
gracia. La supremacía de la conciencia quita fundamento a todos los artícu- 
los de fe, puesto que éstos valen o no valen según la conciencia individual 
consienta en ellos o no. 

De este modo resulta extirpado el principio del catolicismo, la autoridad 
divina, y con ello los dogmas de fe: ya no es la autoridad divina de la Iglesia 
quien los autoriza, sino la aprehensión subjetiva individual. 

Y si la herejía consiste en creer una verdad revelada no porque sea rev- 
elada, sino porque consiente en ella la percepción subjetiva, se puede decir 
que el concepto de fe se convierte en el luteranismo en el concepto de herejía, 


2.7. Más sobre la herejía de Lutero. La Bula Exurge, Domine 21 


porque la palabra divina es acogida solamente en cuanto que reciba la forma 
de la persuasión individual: no es que la realidad obligue al asentimiento, sino 
que es el asentimiento quien da valor a la realidad. Que después, por lógica 
interna, la crítica del principio teológico de la autoridad divina se transforme 
en crítica del principio filosófico de la autoridad de la razón, es cosa que puede 
inferirse a priori por exigencia lógica, y ha sido atestiguada a posteriori por el 
desarrollo histórico del pensamiento alemán hasta las formas más completas 
del racionalismo inmanentita. 


2.7. Más sobre la herejía de Lutero. La Bula 
Exurge, Domine 


La semilla de la formidable conmoción religiosa causada por Lutero está to- 
talmente contenida en los 41 artículos condenados en la bula Exurge Domine 
del 15 de junio de 1520 por León X, ciertamente desconocedor de hasta 
qué punto se había elevado la rebelión del pensamiento humano. 

En realidad, como ya hemos dicho, el principio del libre examen está im- 
plícito en toda herejía, y la Iglesia (incluso cuando no lo condena explícita- 
mente) lo condena implícitamente cada vez que se pronuncia contra alguna 
doctrina teológica contraria a la fe. Sin embargo, en este caso, el principio 
del libre examen está formulado expresamente al menos en un artículo de los 
condenados. 

Es difícil, en esta serie de proposiciones reprobadas, discernir cuáles pre- 
tende la bula condenar como heréticas, porque según la costumbre de la Curia 
romana, después de expuestos los 41 artículos la bula rechaza conjuntamente 
todos y cada uno de ellos tanquam respective haereticos, aut scandalosos, aut 
falsos, aut piarum aurium offensivos, vel simplicium mentium seductivos ?. 

Esta promiscuidad hace difícil discernir cómo se distribuyen las censuras, 
y abre el campo a las disputas de los teólogos: son cosas distintas una afir- 
mación herética (que ataca al dogma) y una afirmación que resulte engañosa 
para las gentes sencillas (lo cual es un pecado contra la prudencia y la caridad, 
pero no contra la fe). 

Las proposiciones incluyen desarrollada la doctrina sobre la penitencia, 
enseñando Lutero que toda la eficacia de la penitencia sacramental consiste en 
el sentimiento que tiene el penitente de haber sido absuelto. Algunos artículos 
debilitan el libre albedrío, sustituido totalmente por la gracia y mantenido 
de solo titulo. Otros se refieren a la prevalencia del Concilio sobre el Papa, 


5... respectivamente, según se previene, como heréticos, escandalosos, falsos u ofensivos 


de los oídos piadosos, o bien engañosos para las mentes sencillas. 


22 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


a la inutilidad de las indulgencias, a la imposibilidad de obras buenas, o a 
la consideración de la pena de muerte para los herejes como contraria a la 
voluntad del Espíritu Santo. 

Hay sin embargo un artículo (el 29) en el cual la herejía (espíritu indivi- 
dual de elección de las creencias) es abiertamente profesada por Lutero. Este 
artículo, que enuncia el verdadero principio de todo el movimiento, resulta 
ser la única tesis verdaderamente memorable: Vía nobis facta est enervandi 
auctoritatem Conciliorum et libere contradicendi eorum gestis et confidenter 
confitendi quidquid verum videt uno ? . 

Aquí se manifiesta la raíz más profunda y el criterio más allá del cual 
no se puede llegar: el espíritu individual dando valor a todo aquello que nos 
parece. De los dos aspectos presentes en el acto de la mente cuando capta el 
ser objetivo mediante su acto subjetivo, ya no es el ser objetivo aprehendido 
lo que prevalece, sino la misma aprehensión. Para expresarlo con los términos 
de la Escuela, el ¿1d quo intelligitur predomina sobre el id quod intelligitur. 

Si después (en el artículo 27) Lutero arranca de las manos de la Iglesia el 
establecimiento de los artículos de la fe y de las leyes morales, ello no es sino 
la traslación del artículo 29 desde el ámbito individual hasta el orden social 
de la religión. 

En conclusión, el alma de la secesión luterana no eran las indulgencias, 
la Misa, los sacramentos, el Papado, el celibato de los sacerdotes, la predes- 
tinación y la justificación del pecador; era una insuficiencia que el género 
humano llevaría inmersa e inherente en su naturaleza y que Lutero habría 
tenido la valentía de manifestar abiertamente: la insuficiencia de la autoridad. 

La Iglesia, por ser el cuerpo histórico colectivo del hombre-Dios, recibe 
su unidad orgánica del principio divino. ¿Qué puede ser entonces el hombre 
sino la parte que vive en conjunción con ese principio y en obediencia a él? 
Quien rompe tal vínculo no puede sino perder el principio informante de la 
religión. 


2.8. El principio de independencia y los abu- 
sos de la Iglesia 
Planteada la cuestión de la crisis en estos términos, resulta secundaria, 


aunque importantísima, la consideración de las imperfecciones morales de 
los prelados y de la contingente corrupción de las instituciones, que fueron 


S Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir li- 
bremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca 
verdad... 


2.9. Porqué la casuística no constituyó una crisis en la Iglesia 23 


el pretexto histórico de la reivindicación del libre examen. Es cierto que los 
abusos en lo sagrado por parte de los ministros de la Iglesia fueron enormes, 
y puede citarse como ejemplo monstruoso el de Alejandro VI amenazando a 
su concubina con la excomunión si no volvía ad vomitum ” . Pero dejando 
aparte que la condena del abuso no justifica el rechazo de aquello de lo 
cual se abusa, ocurre que la reforma de la Iglesia debía venir y vino por 
la vía de la ortodoxia, gracias a hombres como S. Francisco de Asís, Sto. 
Domingo Guzmán, Sta. Catalina de Siena y todos los fundadores de órdenes 
religiosas de los siglos XIV y XV que consideraron siempre imposible para los 
católicos caminar por el camino recto sin la aprobación y el sello de aquellos 
mismos hombres de Iglesia de quienes reconocían la autoridad y cuyos vicios 
criticaban. 

Y la razón por la cual la corrupción de los pastores no llegó a dar lugar a 
una crisis, sino sólo a una desviación, es que la prevaricación práctica no fue 
erigida en dogma teórico, como sin embargo hizo Lutero. Contrariamente a 
la praxis (siempre limitada), el dogma teórico es ilimitado, ya que contiene 
en su universalidad una potencial infinidad práctica. Por lo cual, salvado 
el dogma teórico, se salva en él toda la práctica y permanece incólume el 
principio de la salud. 


2.9. Porqué la casuística no constituyó una 
crisis en la Iglesia 


No podemos continuar sin mencionar el fenómeno de la casuística, que 
no fue una verdadera crisis en la Iglesia, aunque así opinen (incluso con- 
siderándola origen del declive del catolicismo) Gioberti y algún otro autor 
contemporáneo * . 

No fue una verdadera crisis, ante todo, porque el fundamento de la ca- 
suística es completamente razonable, o más bien necesario. De hecho, como 
disciplina que indica al hombre cómo aplicar a la acción concreta la nor- 
ma ética (que es por naturaleza universal), la casuística teológica tiene una 
misión análoga a la casuística jurídica y nace como algo necesario y que se 
realiza constantemente en la vida moral. Su desarrollo fue consecuencia del 
Concilio de Trento, que al definir que en el sacramento de la penitencia el 
sacerdote ejercita su acto per modum tudicii suscitó la necesidad de una doc- 
trina que tradujese en soluciones prácticas, revestidas de la concreción del 


"La carta de amenaza está publicada por GIOVANNI BATTISTA PICOTTI en Rivista 
di storia della Chiesa ín Italia, 1951, p. 258. 
BL. R. BRUCKBERCER, Lettre á Jean Paul II, París 1979, p. 101 


24 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


caso singular, la regla moral y el precepto de la Iglesia. Y en esto no puede 
alegarse contra la casuística nada reprensible. 

Reprensible era, sin embargo, su tendencia a quitarle aspereza al deber 
moral haciendo fácil la observancia de la ley evangélica y acomodándola a la 
fragilidad humana. Era del mismo modo reprensible el principio filosófico y 
racional de la probabilidad que ponía el libre albedrío y el juicio individual 
por encima del imperativo de la ley. Según Caramuel, llamado por San Al- 
fonso príncipe de los laxistas, se debe permitir una variedad de opiniones en 
torno al bien y al mal, y todas ellas son admisibles siempre que tengan un cier- 
to grado de probabilidad, y son todas útiles porque (son sus palabras) divina 
bonitas diversa ingenia hominibus contulit, quibus diversa inter se homines 
iudicias rerum ferrent, et se recte gerere arbitrarentur ? . 

Ciertamente hay aquí una sombra de la luz privada luterana contra el 
principio católico de la autoridad. Sin embargo, esta teoría de los casuistas 
que daba la primacía a la aprehensión subjetiva en la determinación de la 
propia elección moral era después relativizada al someter la conciencia de los 
penitentes a la autoridad del confesor, y por tanto de alguna manera a la au- 
toridad de la Iglesia. Además, la casuística era más un fenómeno del estamen- 
to clerical en su función de guía que un fenómeno difuso de degradación de la 
conciencia popular. La gran mayoría de los libros de casuística aparecidos en 
aquel siglo son Praxis confessariorum, y raramente Praxis poenitentium. Con 
todo, era fácil pasar de un criterio benigno para juzgar las acciones ya rea- 
lizadas, como fue en principio la casuística, a un criterio relajado para juzgar 
las acciones aún por realizar. La casuística no se convirtió en crisis porque 
no fue jamás formulado expresamente el principio de que la libertad pudiese 
escoger la ley con la cual determinarse. Por eso las muchas proposiciones 
condenadas por Alejandro VII en 1665 y 1666 contienen soluciones de casos, 
pero no enuncian un error de principio. Por consiguiente, de la reprobación 
de la casuística por parte de la Iglesia no se sigue que fuese capaz (como 
pensó Pascal) de introducir en el catolicismo un verdadero y propio estado 
de crisis. 


2.10. La revolución francesa 
La Revolución Francesa, sean cuales sean los actos violentos e inicuos que 


la mancillaron, puede identificarse con justicia con los principios de 1789. En 
realidad, no serían principios si fuesen solamente promulgaciones de derechos. 


%¿La divina bondad ha dado a los hombres índoles diversas que les conducen a juicios 
diversos sobre las cosas, pensando que actúan correctamente». Véase en la citada edición 
de la Moral católica, vol. Il, pp. 96-98, y vol. 111, pp. 161-165. 


2.10. La revolución francesa 25 


Son sin embargo verdaderos y auténticos principios: verdades asumidas que 
no deben ser juzgadas, sino con las que se juzga todo. 

Son proposiciones antitéticas al principio católico de la autoridad. Bajo 
este aspecto es imposible pensar el 1789 francés de modo histórico si no es 
en cuanto precedido por la fijación de las tesis luteranas en aquella vigilia de 
Todos los Santos de 1517; y no porque fuesen destructivas aquellas noventa y 
cinco tesis tomadas artículo por artículo, sino porque lo era el spiritus agitans 
molem. Este espíritu era capaz de dar a luz todo lo que alumbró, pero no por 
perversidad de los hombres, ni por la terquedad de los prelados corruptos, 
ni por la ineptitud de las jerarquías, sino por la más terrible de las energías 
motrices y reguladoras del pandaimonion humano, que a mi entender es la 
necesidad lógica. 

Muchos dicen ser extraordinariamente rico y desbordante el compuesto 
de ideas que embistió contra el catolicismo en la Revolución Francesa, y que 
no todas las causas fueron filosóficas y religiosas. Lo mismo pienso yo, al 
igual que de la Reforma protestante. Sin embargo, si consideramos la con- 
frontación desordenada de las ideas no como un proelium mixtum, sino más 
bien como una psicomaquia o una lucha de esencias, habrá que reconocer en 
la Revolución Francesa un grandioso movimiento de fondo que (retomando 
la magnífica imagen lucreciana) funditus humanam ... vitam turbat ab imo 
10 (De rer. nat., III, 38). Todos los autores católicos del siglo XIX, incluidos 
(y no en última fila) aquéllos a los que se suele adscribir a la escuela liberal, 
se ocupan de la crítica de los principios de la Revolución Francesa. La hace 
Manzoni en el ensayo Sobre la Revolución Francesa, que la historiografía 
moderna intenta llevar al descrédito y al olvido. La hace el padre Francesco 
Soave en la aguda obrita, también condenada al Erebo, sobre la Verdadera 
idea de la Revolución Francesa (Milán, 1793). La hace Rosmini en la Filosofía 
del Derecho (882080, 2092), discurriendo sobre la colisión del derecho indi- 
vidual y el derecho social. Ya sé que también hubo pensadores católicos, 
hombres ilustres del clero, y políticos y publicistas de carácter católico, que 
forzaron los principios de la Revolución Francesa hasta llegar a una inter- 
pretación benigna. Se decía que eran la aclaración de ideas del Cristianismo 
que estaban esperando un desarrollo y que no fueron reconocidas como tales 
en el momento de su exposición. Hay a tal respecto declaraciones de grandes 
prelados de la Iglesia e incluso de Pontífices contemporáneos. Nos referiremos 
a ello más adelante con menor celeridad que en este rápido repaso histórico 
(833.1). Pero es innegable, y pareció innegable durante un siglo, que de la 
Revolución Francesa nació un espíritu nuevo, verdaderamente principal, que 
no es posible combinar a la par con el principio del catolicismo ni someterlo 


lWEnturbia desde el fondo la vida humana 


26 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


a él como subalterno. 


2.11. El principio de independencia. La Auc- 
torem Fidel 


Quien recorra el clásico Enchiridion puede sorprenderse de que, entre los 
documentos doctrinales de la época en la cual sucedió aquel gran movimien- 
to convulso que fue la Revolución Francesa, no se encuentre ninguno que 
concierna directamente a los supuestos teóricos subyacentes a la legislación 
reformadora de las diversas Asambleas que tuvieron lugar hasta el Consulado 
y el Imperio. 

De las siete constituciones que se sucedieron, el mediador de los dos siglos 
derogó finalmente la más desafiante e incompatible con la religión católica, 
dejando sin embargo como fondo de las novedades el principio informante 
del mundo moderno. Este principio, lo he dicho y lo diré más veces, es la in- 
stauración de los valores humanos praecesive como humanos, independientes 
y subsistentes por sí mismos, y por consiguiente la correlativa destitución de 
la autoridad. 

No es que libertad igualdad y fraternidad no fuesen valores reconocidos 
desde la antigua sabiduría griega y elevados a símbolo universal en la religión 
cristiana: ¿de dónde, si no, procederían? Pero los Estoicos los referían al Logos 
natural que iluminaba ineficazmente (la historia de la esclavitud lo prueba) 
a todo hombre que viene al mundo. 

Sin embargo el Cristianismo los refería al Logos sobrenatural hecho hom- 
bre, iluminante e impulso eficaz para el corazón humano. Y puesto que el 
Logos natural no es real, sino ideal, no puede ser el verdadero principio del 
cual dependa todo, ni debe por consiguiente ser reverenciado y obedecido 
incondicionalmente. 

El verdadero principio es un ente realísimo que incluye a la Idea y que 
para el Cristianismo se ha hecho realidad creada mediante la Encarnación. 
El individuo ontológico hombre-Dios se convierte en individuo social en la 
Islesia. Ésta es su Cuerpo Místico, según la célebre enseñanza de San Pablo, 
por lo que la dependencia respecto a Cristo se refleja en la dependencia 
respecto a la Iglesia. Éste es el principio de la autoridad, rector de todo el 
sistema teológico. 

El principio resultó herido por la revolución luterana, que para las cosas 
de religión sustituyó la regla de la autoridad por el espíritu individual. 

Lo correlativo de la autoridad es la obediencia; y puede decirse que el 
principio primero del catolicismo es la autoridad, o equivalentemente la obe- 


2.11. El principio de independencia. La Auctorem Fidei 2 


diencia, como aparece en célebres textos paulinos que hablan de haber sido 
obediente el hombre-Dios, y obediente hasta la muerte: es decir, hasta la 
totalidad de la vida. Y esto no principalmente, como sin embargo podría de- 
cirse, para salvar a los hombres, sino con el fin de que la criatura se inclinase 
ante el Creador y le prestase un obsequio total y absoluto, lo cual constituye 
el fin mismo de la Creación. Por tanto la Iglesia de Cristo conduce siempre 
a las personas a coordinarse en virtud de la obediencia y la abnegación, y 
a fundirse en el individuo social que es el Cuerpo Místico de Cristo, rompi- 
endo con el aislamiento del individuo y de sus acciones y aboliendo toda 
dependencia que no esté subordinada a la dependencia de Dios. 

Pero la independencia política del hombre que fue enseñada por la Rev- 
olución Francesa estaba contenida en la independencia religiosa enseñada por 
Lutero y retomada por los Jansenistas. La Constitución de Pío VI Auctorem 
fidei (1794), que la condena, tiene por este motivo una importancia que la 
asemeja a la encíclica Pascendi de San Pío X (1907). 

Demostraban tener un perspicaz sentido de la doctrina el jesuita Den- 
zinger y sus colaboradores cuando en el renombrado Enchiridion symbolorum 
reproducían por entero los dos documentos. También en la Auctorem fidei 
son sólo unos pocos los artículos fundamentales y muchos los casi accesorios, 
aplicación de los primeros. Los primeros son calificados de herejías, mientras 
los segundos reciben calificaciones inferiores a la de herejía. 

Y así como Lutero interponía entre la Palabra y el creyente la aprehen- 
sión subjetiva, excluyendo a la Iglesia universal, así el Sínodo de Pistoya les 
interponía la Iglesia particular, operando una traslación de autoridad de lo 
universal a lo particular; lo cual la plurifica y la disemina un poco menos, 
pero no de modo distinto a como lo hacía el espíritu individual coronado y 
mitrado por Lutero. Como conviene a toda pretensión de reforma, el Sínodo 
de Pistoya alegaba un oscurecimiento generalizado de las verdades religiosas 
importantes, que habría tenido lugar en la Iglesia en el curso de los últimos 
siglos (proposición 1). Esta proposición era contraria a la naturaleza de la 
Islesia, en quien la verdad está indefectiblemente en acto y en cuyo órgano 
didáctico no puede oscurecerse jamás. Pero a dicha proposición, que en el 
fondo podría tomarse como una valoración histórica, seguían otras proscritas 
como heréticas, con las cuales se profesa que la autoridad para comunicar los 
dogmas de fe y regir la comunidad eclesial reside en la comunidad misma y 
se transmite de la comunidad a los pastores. Esta proposición entroniza no 
ya el espíritu privado del individuo, sino el de la Iglesia particular: la autori- 
dad universal resulta subrogada por una autoridad que es aún social, pero 
particular. 

La obediencia a la palabra todavía existe, pero con la mediación del libre 
examen de las Iglesias menores. Que el Papa sea jefe de la Iglesia, pero como 


28 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


ministro de una Iglesia de la cual depende, y no como ministro de Cristo, es 
un corolario que recibe en otro artículo la calificación de herejía. 


2.12. La crisis de la Iglesia en la revolución 
francesa 


La Revolución popular siguió a otra revolución que ya había sido operada 
por el absolutismo regio, el cual tras liberarse de la sujeción al menos moral a 
la Iglesia, había renovado el despotismo de la lex regia (según la cual quidquid 
principi placet vigorem habet legis Y ) y se había reforzado adoptando el 
espíritu de la luterana libertad de conciencia. 

Por una parte, el nuevo cesarismo había afirmado la independencia del 
príncipe respecto a las normas de la Iglesia, que fortalecían y a la vez tem- 
peraban la potestad regia para protección de los pueblos. Por otra, había 
absorbido privilegios, franquicias, inmunidades, costumbres inmemoriales y 
garantías de la libertad de los súbditos. 

Pocos escritores se atreven a decidir cuánto haya habido, en la enorme 
conmoción de la Revolución, de pura reacción debida a la mecánica social, 
y cuánto de aspiración o conspiración doctrinal. Pero los acontecimientos 
fueron importantísimos y desarraigaron principios y opiniones como lo hace 
un ventus exurens et siccans. 

Un tercio del clero se vió alcanzado por la defección y la apostasía, com- 
pensados en verdad con episodios de resistencia invicta hasta el martirio; 
sacerdotes y obispos corrieron al matrimonio (después convalidado por el 
concordato de 1801, salvo el de los obispos); iglesias y conventos fueron pro- 
fanados y destruidos (en París, de trescientas iglesias sólo quedaron treinta y 
siete); los signos de la religión fueron aborrecidos, dispersados o prohibidos 
(por lo que Consalvi y los suyos, llegados a París para negociar, lo hicieron en 
ropa seglar); se extendieron el libertinaje en las costumbres, reformas licen- 
ciosas y extravagantes en el culto y en la catequesis, y sacrílegas confusiones 
de lo patriótico con lo religioso. En sustancia, la Constitución civil del clero, 
votada en julio de 1790 y condenada por Pío VI en marzo del año siguiente, 
contenía un error sustancial, puesto que secularizaba a la Iglesia y la anulaba 
como sociedad principal y totalmente independiente del Estado. Si hubiese 
llegado a mantenerse en vez de derrumbarse (lo que aconteció a causa del 
rechazo de casi todo el episcopado, seguido por la abrumadora mayoría de 
los sacerdotes, y gracias a la voluntad del gran mediador de los dos siglos) 
habría hecho desaparecer de la faz de Francia toda institución y todo influjo 


MTL o que quiere el príncipe tiene fuerza de ley 


2.13. El Syllabus de Pío IX 29 


del catolicismo. La condena de la Constitución civil del clero es por con- 
siguiente un documento doctrinal que afecta a la sustancia de la religión. Es 
sorprendente que Denzinger la haya omitido. 

La separación total de la Iglesia y el Estado pareció un error a los redac- 
tores del Syllabus, pero deja subsistir las dos sociedades (la teocrática y la 
democrática, cada una en su propia naturaleza y finalidad). ¿Cómo no va a 
ser un error pernicioso el que absorbe la Iglesia en el Estado e identifica a éste 
con la universal sociedad de los hombres? La Revolución Francesa, reducida 
a su especie lógica, fue una verdadera y propia crisis del principio católico, 
puesto que establecía (bien que sin conseguir traducirlo en el organismo civil) 
el principio de la independencia, éste trastorna el orden religioso, el orden 
moral y el orden social respecto a su centro, y conduce tendencialmente a 
la dislocación completa de la organización social: primero de la teocrática y 
luego de la democrática. 

Sin embargo, si decimos que no existe crisis cuando el organismo místico 
es atacado en su alma sensitiva pero no en la intelectiva y mental, ni cuando el 
núcleo (lo adornado con el carisma de la indefectibilidad) permanece intacto 
aunque el mal avance en todos los órdenes fisiológicos del cuerpo, entonces 
será legítimo dudar de que esta sacudida del catolicismo haya sido una crisis 
de la Iglesia. 


2.13. El Syllabus de Pío IX 


Actualmente el célebre catálogo de los errores modernos anexo a la encícli- 
ca Quanta Cura de 8 de diciembre de 1864 es repudiado por una parte de 
los teólogos, que intentan combinar con esos errores el principio católico; o 
bien postergado y criticado por autores que para no desagradar demasiado 
a ese mundo que el Syllabus rechaza, lo interpretan alegremente y lo hacen 
precursor del desarrollo posterior de dichos errores, la veracidad de cuya alma 
intrínseca habría sido revelada por los avances del pensamiento de nuestro 
siglo; o bien, en fin, rechazado a cara descubierta en su significación doctri- 
nal (es decir, permanente) y presentado como un momento caduco de una 
errónea contraposición de la Iglesia al genio del siglo. 

Incluso en el OR del 31 de mayo de 1980 un historiador francés pone en 
relación aquel insigne documento doctrinal con una llamarada de clericalismo 
monárquico ultramontano. No les falló el sensus fidei ni el sensus logicae a 
Denzinger y a sus sucesores al introducirlo íntegramente en el Enchiridion. 

Sobre el alcance del Syllabus en orden a la verdad católica surgió pronto 
disputa y discrepancia. Mons. Dupanloup, obispo de Orleans, restringió su 
significación condenatoria. La Civiltá cattolica, que gozaba entonces de gran 


30 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


autoridad, propuso sin embargo una interpretación rígida, viendo atacado en 
él el principio de todo el mundo moderno. 

Rechazaron el Syllabus los escritores irreligiosos, que al menos en un pun- 
to esencial tuvieron una visión no menos aguda que la de los jesuitas: en que el 
Syllabus contiene una reprobación de la civilización moderna. Es también dig- 
no de consideración cómo en la praxis moral ciertas proposiciones condenadas 
daban lugar a disentimiento. Así por ejemplo, la 75, sobre incompatibilidad 
de la potestad temporal con la espiritual, y la 76, que pronosticaba efectos 
saludables para la Iglesia con la abolición del poder temporal del Pontífice 
romano. Según la Civiltá cattolica, quien rechazase esos puntos del Syllabus 
no era susceptible de absolución sacramental. Por el contrario, según decisión 
tomada por el clero parisino bajo la presidencia del mencionado arzobispo, 
sí lo era. También Antonio Rosmini, en una instrucción a los religiosos de su 
Instituto, había sostenido la tesis de la absolución antes de la promulgación 
del Syllabus +? . Pero más aún que la actitud de la casuística en torno a la 
obligación que el Syllabus suponía para los fieles, es de observar un aspec- 
to claramente profesado en el comienzo mismo del documento papal. Éste 
entiende enumerar praecipuos nostrae aetatis errores. Pero estos errores, en 
el último de los artículos (verdadera síntesis de la condena del Papa), son 
identificados con la sustancia misma de la moderna civilización, que resulta 
condenada no en todo, sino toda ella, al ser condenados tales errores. 

Dada la escasez de censuras establecidas contra artículos teológicos con- 
cretos, y dada la amplitud de la censura infligida sin embargo a las opiniones 
dominantes en el siglo, el Syllabus parece ser una denuncia del estado del 
mundo más que de la Iglesia, culminando sintéticamente en la condena del 
espíritu del siglo. 

De los 80 artículos del documento pocos son relevantes para quien busque 
los universales, pero estos pocos son precisamente los decisivos. 

Condenando la proposición 3 se proscribe la independencia de la razón 
que, sin referirse a Dios, reconoce sólo como ley la que ella misma se impone 
(autonomía), y no se apoya sobre otra fuerza que sobre la inmanente a sí mis- 
ma: se considera capaz de conducir a la persona al cumplimiento de los fines 
del hombre y del mundo. 

La proposición 5 hace de la razón la norma absoluta, y de lo sobrenat- 
ural un producto y estadio del pensamiento natural; niega por consiguiente 
la dependencia del verbo creado respecto al Verbo increado, que lo excede 
infinitamente: la perfección de la divina revelación estaría en la conciencia 
humana de lo divino y en la reducción de los dogmas a teoremas racionales. 
De parecida relevancia (ya que no es sino el reflejo de estos errores en la razón 


12 Wer sobre este punto la edición citada de la Moral católica, vol. II, pp. 340-343. 


2.13. El Syllabus de Pío IX 31 


práctica) es la proposición 58, que proclama la independencia de la decisión 
ética del individuo con respecto a una Regla establecida que sobrepase la 
razón individual. Resulta condenado en la 59 el corolario jurídico de la 58, de 
que son los hechos humanos, separados de toda relación con la ley moral, los 
que constituyen el derecho: el hecho sería la base de la justicia, cuyo principio 
no sería la Idea, sino lo contingente. 


Por consiguiente, en su conjunto el Syllabus parece más una denuncia del 
mundo moderno que un síntoma de la crisis de la Iglesia, porque las proposi- 
ciones que el documento recoge conciernen no a una interna contradicción 
de la Iglesia con sus principios (como hemos visto desde el comienzo, tal 
es la definición misma de la crisis), sino una contradicción del mundo con 
el catolicismo. Este significado del Syllabus fue intuído utrinque, tanto por 
parte del mundo como por parte de la Iglesia. La condenación sintética del 
pensamiento moderno continúa desde el Syllabus hasta el Vaticano I. En el 
esquema preparatorio de doctrina catholica se observa que el carácter propio 
de la época no consiste en atacar puntos singulares dejando intacto el primer 
principio de la religión, sino en que homines generatim a veritatibus et bonis 
supernaturalibus aversi fere in humana solum ratione et in naturali ordine 
rerum conquiescere atque in his totam suam perfectionem et felicitatem con- 
sequí se posse existimant Y . 


Por tanto, la diferencia entre la situación a que se refiere el Syllabus y la 
de la Iglesia en su actual desorientación reside precisamente en el hecho de 
que las exigencias y postulados del mundo, entonces externos a la Iglesia y 
combatidos por ella, se han introducido en la Iglesia, ya sea disminuyendo el 
antagonismo, u ocultándolo (renovando el medieval tate et florebunt omnia), 
o debilitándolo para hacerlo tolerable, o bien (y es la vía más practicada) 
aminorando la fuerza del principio católico elevándolo a un punto de tal am- 
plitud que no abraza la totalidad de lo verdadero, sino la totalidad sincrética 
de lo verdadero y lo falso. 


La condena del espíritu del siglo, caracterizado por los errores aquí con- 
denados, es innegable y no susceptible de preterición o de moderación. El 
Syllabus no puede quedar apagado por el enorme silencio con que dentro de 
la Iglesia se intenta hundir al documento papal de 1864, y gracias al cual se 
ha tolerado que el nombre del Syllabus no sea citado ni siquiera una vez en el 
Vaticano Il, convirtiéndose más bien en símbolo de algo risible o abominable. 


l3Los hombres están en general alejados de las verdades y los bienes sobrenaturales, y 
creen poder quedar satisfechos solamente con la razón humana y el orden natural de las 
cosas, y poder conseguir en ellos su propia perfección y felicidad. 


32 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


2.14. El espíritu del siglo. Alessandro Man- 
zoni 


Alessandro Manzoni, en la Segunda Parte de la Moral Católica ** , en un 
capítulo titulado precisamente Espíritu del siglo, que es el más atormentado 
de la obra (o más bien el más atormentado de todos sus escritos), se encuentra 
enfrentado a nuestro mismo problema: si el espíritu del siglo es compatible o 
no con la religión católica. 

Y encuentra la solución en una operación analítica y de discernimiento. 
Rechazando una falsa sistematización que o todo lo acepta o todo lo rechaza, 
Manzoni examina artículo por artículo las diversas partes de ese compuesto 
heterogéneo formado por ideas verdaderas, útiles y justas, y por ideas fal- 
sas, irreligiosas y nocivas. Extrayendo las partes buenas demuestra que éstas 
derivan de la religión y estaban contenidas en ella, y la culpa estuvo si acaso 
en no haberlas deducido y en haber dejado esa labor a los enemigos de la 
religión. El análisis del espíritu del siglo, por consiguiente, no se debe hacer 
con el espíritu del siglo (ni con el del pasado ni con el del presente), sino con 
la luz de la verdad religiosa; ésta ilumina a las inteligencias en evolución en 
el curso de las generaciones, pero sin que ella evolucione, al estar por encima 
de cualquier época mediante una suerte de ucronía * . 

Cotejando las opiniones dominantes en una sociedad en un tiempo dado 
es posible realizar esa discreteo spirituuwm no carismática, sino filosófica, que 
no rechaza o acepta in solidum todo el compuesto, sino que discierne valores 
y antivalores con un criterio metahistórico. Pero aquí surge una duda: ¿es 
quizá el espíritu del siglo un compuesto descomponible, o es por el contrario 
un quid que no entro a definir y mantiene unidas las partes del compuesto 
dando a cada una un ser distinto al de la parte? ¿No es quizá el espíritu 
ese quid que, informando las partes, les permite escapar de la pluralidad 
y división y las convierte precisamente en una unidad inconfundiblemente 
definida, es decir, en un individuo indiviso en sí mismo y distinto de cualquier 
otro? 

Sigue siendo válido sin embargo el punto que Manzoni ilumina en dichas 
páginas, según el cual el espíritu del siglo no deberá ser juzgado histórica- 
mente, sino sólo con un criterio ucrónico: por la religión, y no por la historia. 
Ciertamente este criterio no será admitido por quien sostiene una axiología 
sin valores verdaderos y nouménicos, pero es el criterio católico con el cual 
pretendemos aquí reconocer dónde está la crisis. Por consiguiente, tal criterio 


MVer edición citada, vol. IL, pp. 413-459, y vol. III, pp. 323-329. 
I5Sobre esta solución manzoniana discurro profusamente en el discurso pronunciado en 
Arcadia el 24 de abril de 1979, Actas de dicha Academia, 1979, pp. 21-44. 


2.15. La crisis modernista. El segundo Syllabus 33 


no sólo es legítimo, sino el único legítimo. 

El juicio apreciativo que en torno a una misma cosa emiten el catolicismo 
y los sistemas que le son opuestos (por ejemplo, en torno a la dignidad y 
la respetabilidad de la persona) puede parecer idéntico, pero esa identidad 
de juicio no es más que aparente, porque la razón de esa respetabilidad la 
encuentra el catolicismo allí donde no la encuentran los sistemas adversos. 

En éstos y en aquél se ama al hombre, pero en éstos el hombre es amable 
por sí mismo mientras en aquél no lo es, siendo el principio superior de su 
amabilidad un Amable-en-sí que hace amable al hombre. Con este ejemplo 
es posible comprender en qué consiste el espíritu de una época, el espíritu 
de una sociedad, el espíritu de un sistema: es la razón última, irreducible a 
nada ulterior, que hace inteligible todo punto del sistema y todo momento 
del siglo; es el caput mortuum, ese último pensamiento en el cual todo se 
resuelve y que no es resoluble en otro. 

El espíritu del siglo no es por consiguiente un complejo de ideas, sino 
aquello que unifica al complejo y no es descomponible. El espíritu del siglo es 
en la vida social el análogo a lo que en la vida del individuo llama la Biblia el 
árbol o el corazón (Mat. 7,17 y 15,18): de donde salen los pensamientos del 
hombre (buenos o malos, de salvación o de perdición) y de donde provienen 
los frutos, buenos o malos según que el árbol sea bueno o malo, y bueno o 
malo sea el corazón. En realidad el hombre, según la religión, es o todo él 
bueno o todo él malo, y su destino es in puncto. Véase sobre esto 329.2. 


2.15. La crisis modernista. El segundo Sylla- 
bus 


La crisis denunciada en el Syllabus fue crisis del mundo más que de la 
Islesia. La denunciada por aquel Syllabus posterior que constituye el decreto 
Lamentabili del 8 de julio de 1907, junto con la encíclica Pascendi del 8 de 
septiembre de 1907, es por el contrario una crisis de la Iglesia. 

Y la diferencia entre el documento de San Pío X y el de Pío IX es manifi- 
esta ya desde el título: Pío IX enumeraba praecipuos nostrae aetatis errores, 
mientras que San Pío X denuncia errores modernistarum de Ecclesia, reve- 
latione, Christo et sacramentis. 

Toda filosofía contiene virtualmente una teología. Las materias puramente 
teológicas contempladas por la enseñanza de San Pío X son el fruto maduro 
de la filosofía de la independencia condenada en el primer Syllabus. A la 
diferencia en el título corresponde la distinta índole de las 65 proposiciones 
reprobadas. Éstas ya no conciernen a una situación espiritual propia del 


34 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


mundo pero aún externa a la Iglesia, sino a una verdadera herida en el Nous 
católico: no a partes desmembradas de un sistema, sino más bien al espíritu 
inmanente a todas ellas. Esto se clarifica también en el hecho, revelado por la 
encíclica, de que el modernista plures agít personas ac velut in se commiscet 
16 siendo a la vez filósofo, creyente, teólogo, historiador, crítico, apologeta 
y reformador. 

No creo que esa pluralidad de personas sea denunciada por San Pío X co- 
mo una actitud moral de duplicidad o hipocresía (pluralidad de máscaras), si 
bien algún rasgo de astucia ajitofélica (cfr. 11 Sam. 15-17) puede quizá apre- 
ciarse en algunos defensores de esas doctrinas; ¿pero acaso no también, a 
veces, en sus oponentes? Creo más bien que esta multiplicidad de personas 
o caras es precisamente la prueba de que el documento no condena partes 
separadas, sino un espíritu, que en última instancia es el espíritu de indepen- 
dencia. 

Para proceder como hicimos con el primer Syllabus, examinaremos al- 
gunos artículos principales para reconocer en el documento la condena de 
tal espíritu. En la proposición 59 se señala el error según el cual el hombre 
subordina a su juicio evolutivo la verdad revelada no evolutiva, subordinando 
así la verdad a la historia. Tal reducción de la verdad al progresivo sentimien- 
to humano (que va presentando y volviendo a presentar el dato religioso como 
una especie de incognoscible noumeno) es rechazada también en el artículo 
20, porque destruye toda dependencia del sentido religioso con respecto a la 
autoridad de la Iglesia Y . La Iglesia (se afirma expresamente) resulta re- 
bajada a funciones de simple registro o sanción de las opiniones dominantes 
en la Iglesia discente, que en realidad deja de ser discente. La proposición 7, 
negando que la verdad revelada pueda obligar a un asentimiento interno (de 
la persona, y no solamente del miembro de la Iglesia), supone por tanto la 
existencia en el individuo de un íntimo núcleo independiente de la verdad, 
la cual se impondría en cuanto subjetivamente aceptada, no en cuanto que 
verdad. 

No menor es la importancia de la 58: veritas non est immutabilis plus 
quam ipse homo, quippe quae cum ipso in ipso et per ipsum evolvitur *, 
Aquí se profesan dos independencias. Primera, la del hombre histórico re- 
specto de la naturaleza del hombre, absorbida enteramente en su historici- 
dad. La proposición equivale a negar la existencia de la idea eterna en la 


lSRepresenta y, como si dijéramos, mezcla en sí mismo varias personas 

17La esencia del modernismo es en realidad ésa: que el alma religiosa no extrae de ningún 
otro lugar distinto de ella misma el motivo de su propia fe. Tal es el diagnóstico del card. 
DEJIRÉ MERCIER en la pastoral de la Cuaresma de 1908. 

18La verdad no es más inmutable que el hombre mismo, pues se desenvuelve con él, en 
él y por él. 


2.15. La crisis modernista. El segundo Syllabus 39 


que son ejemplarizadas las naturalezas reales, es decir, a negar ese elemento 
irrefragable de platonismo sin el cual se derrumba la idea de Dios. La se- 
gunda independencia profesada es, más en general, la de la razón respecto a 
la Razón. La razón humana, el mayor receptáculo conocido por nosotros en 
el mundo |” , está a su vez contenida en otro receptáculo mayor, la mente 
divina, negado en la proposición 58. Es por eso falsa la tesis del artículo 
proscrito, según la cual la verdad se desarrolla con el hombre, en el hombre, 
y para el hombre. Se desarrolla de ese modo, pero no toda ella. No es cierto 
que la verdad se transforme en el hombre que se transforma: quienes lo hacen 
son los intelectos creados, incluso los de los creyentes, e incluso los del cuerpo 
social de la Iglesia, que con sus propios actos, variables de individuo a indi- 
viduo, de generación a generación, y de civilización a civilización, confluyen 
sin embargo en una idéntica verdad. La independencia de la razón respecto 
a la verdad inmutable confiere al contenido y al continente de la religión un 
carácter de movilismo (ver 8817.1-17.6, y la nota 1 del Capítulo XVII). 


De extremo interés y merecedora de prolongada reflexión me parece la 
proposición 65, si se la compara con la penúltima del Syllabus. Pío IX afirma- 
ba ser incompatible el catolicismo con la civilización moderna. San Pío X 
condena a quien considere incompatible el catolicismo con la ciencia moder- 
na. 


La Iglesia es inconciliable con la civilización moderna, pero ésta no se 
identifica con la ciencia. La religión es compatible con el pensamiento hu- 
mano, pero no en el sentido de serlo con todas las determinaciones históri- 
cas a través de las cuales camina, y algunas veces erróneamente, sino en el 
sentido de ser siempre conciliable con la verdad a la que se refieren esas de- 
terminaciones. El documento expresa esta diferencia proclamando que dicha 
compatibilidad afecta al saber real. Por tanto tenemos dos proposiciones con- 
denadas: el catolicismo es conciliable con la civilización moderna (Pío IX) y 
el catolicismo es inconciliable con la verdadera ciencia (San Pío X). 


De la comparación entre las dos se desprende la inecuación entre la civi- 
lización moderna y la verdadera ciencia. La Iglesia separa ambas, pero no 
abandona la condena del espíritu del siglo. Puede haber auténtica sabiduría 
en una civilización asentada sobre principios falsos, pero entonces está in- 
vestida de un falso espíritu y es necesario, con una especie de acción reivin- 
dicadora, desnudarla de él y revestirla de la verdad que se encuentra en el 
sistema católico, poniéndola bajo el principio verdadero. 


l%Rosmini, Teosofía, 111, 1090, ed. nac., vol. XIV, Milán 1941. Ver en los índices la voz 
Idea. 


36 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


2.16. La crisis preconciliar y el tercer Sylla- 
bus 


En esta breve prospección histórica nos hemos propuesto delinear summa- 
tim las anteriores crisis de la Iglesia. Hemos abandonado casi por completo las 
concomitancias políticas de tales crisis, hemos callado las repercusiones so- 
ciales, y solamente hemos columbrado las modificaciones disciplinares, porque 
la disciplina de la Iglesia desciende de la doctrina. 

Investigando las crisis de la Iglesia hemos encontrado que éstas sólo tienen 
lugar cuando no en el mundo, sino en la misma Iglesia, surge una contradic- 
ción con el principio que la constituye y la rige. Tal contradicción respecto 
al elemento principal es la constante (como dicen los matemáticos) de todas 
las crisis. Y así como la crisis preformada en el mundo fue denunciada por 
el primer Syllabus y después por San Pío X a principios de siglo cuando 
comenzó a comunicarse y a internarse en la Iglesia, también lo fue por Pío 
XIT en el tercer Syllabus cuando a mitad de siglo se adentró con más difusión 
en ella. 

El tercer Syllabus es la encíclica Humani Generis del 12 de agosto de 
1950, y con los textos del Concilio Vaticano II constituye el principal acto 
doctrinal de la Iglesia después de San Pío X. 

Es cierto que en la formación del sensus communis de la Iglesia hay mo- 
mentos en los que predomina la memoria, poniéndose bajo la luz de la aten- 
ción ciertas partes del depósito de la Fe, y momentos en los que predomina 
el olvido, desviándose de esa luz y relegando a la oscuridad otras partes del 
sistema católico 2 . 

Es un efecto de la limitada intencionalidad del espíritu, que no puede 
estar siempre en todo, y de la consiguiente dirigibilidad de la atención, gran 
verdad sobre la que se apoyan el arte de la educación y, en un orden más bajo 
(bajísimo), el arte de la propaganda. Y siendo algo necesario a la naturaleza 
humana, no puede ni deplorarse ni eliminarse. Hace falta sin embargo que 
esta relativa obliteración en la cual caen algunos artículos del sistema católico 
no se convierta finalmente en su supresión. Es la historia, desarrollándose, la 
que expone u obscurece uno u otro aspecto, pero ni tal aspecto existe en la 
conciencia de la Iglesia por el hecho de ser iluminado, ni se apaga del todo 
por el hecho de ser oscurecido. Cuando la tendencia general en la mayor parte 
de la Iglesia se dirige hacia el oscurecimiento de ciertas verdades, es necesario 
que la Iglesia docente las sostenga con fuerza conservando íntegro el conjunto 
del sistema católico, incluso si esta o aquella parte suscita poco interés para 
esa mayoría. 


20De este olvido tratamos en 42.14 y ss. 


2.17. La Humani Generis (1950) 37 


Así, la innegable educación de los tres Syllabus en el momento actual no 
puede quitar a los tres documentos su carácter eminente. Á este propósito 
es imprescindible resaltar que la continuidad homogénea de las afirmaciones 
papales constituye, a los ojos de los innovadores, el defecto principal de esta 
insistencia de la Iglesia, porque repudiaría su desarrollo. Pero la Iglesia sub- 
siste en una verdad intemporal, con la cual juzga a los tiempos. La fórmula 
de la Iglesia es bis in idem, o mejor, pluries in idem, o mejor aún, semper 
in idem, porque está en relación perpetua e indefectible con el principio, y 
cuando juzga las versátiles contingencias históricas bajo la guía del principio 
lo hace por impulso de éste, y no de aquéllas. 


2.17. La Humani Generis (1950) 


En el título de la encíclica llama pronto la atención el estilo tético y 
categórico, inusual en las más comedidas fórmulas de otros actos doctrinales. 
En lugar de la fórmula non videntur consonare o similares (por otro lado 
también adoptadas aquí a propósito del poligenismo), se enuncia in limine 
que se toman en consideración falsas opiniones quae catholicae doctrinas fun- 
damenta subruere minantur 2 . 

Es una amenaza, es decir, una destrucción en perspectiva, pero la ame- 
naza es real; no dice subruere videntur sino, sin ambages, subruere minantur, 
los errores ofenden a la verdad católica, incluso si no consuman su destruc- 
ción. En el proemio del elenco se cita una característica de la crisis que indica 
su grado y expresa su novedad. El error, que en un tiempo provenía ab extra, 
se origina ahora ab intra de la Iglesia; y no es ya un asalto externo, sino 
un mal intestino: no una tentativa de demolición de la Iglesia sino, según la 
célebre frase de Pablo VI, una auto demolición de la Iglesia. Sin embargo, 
las falsas opiniones no deberían caber en ella, dado que la razón humana (sin 
perjuicio de su capacidad natural) se encuentra en ella siempre reforzada y 
amplificada por la Revelación. Pero es precisamente el postulado de inde- 
pendencia de la Revelación el error primero, y los errores que la encíclica 
describe no son sino forma o, más verdaderamente, denominaciones suyas. 
Así, el escepticismo esencial a la mentalidad moderna conduce a que nue- 
stro conocimiento no sea aprehensión de lo real, sino puramente producción 
de imágenes constantemente mutables de una realidad que siempre se nos 
escapa. El conocimiento se hace independiente de la verdad. 

También el existencialismo se apoya sobre el principio de la indepen- 
dencia: las cosas existentes no tendrían relación con esencias anteriores que 
participasen del carácter absoluto del ente divino en donde son pensadas. La 


21Que amenazan destruir los fundamentos de la doctrina católica. 


38 2. Resumen histórico. Las crisis de la Iglesia 


encíclica ataca la mentalidad moderna, pero no en cuanto moderna, sino en 
cuanto pretende separarse de ese firmamentum de valores inmutables para 
volcarse total y exclusivamente en la existencia. Esta mentalidad no puede 
compatibilizarse con el dogma católico ni siquiera siendo corregida (DEN- 
ZINGER, 2323). 

Los siguientes artículos explican la filiación de los errores posteriores, re- 
firiéndolos todos al de la independencia de las criaturas. Siendo el historicismo 
la consideración de la existencia separada de la esencia, solamente puede en- 
contrar la realidad en el movimiento, dando lugar a un universal movilismo. 
Negado el elemento transtemporal (constituído precisamente por las esen- 
cias) de toda cosa temporal, el ser se disuelve en el devenir, desapareciendo 
todo substrato no disoluble, que sería sin embargo necesario para concebir el 
devenir mismo (DENZINGER, ivi). 

La condena del sentimentalismo (DENZINGER 2324) consiste en una 
condena del sentimiento cuando no se lo contempla en la totalidad del hom- 
bre. En el fondo del hombre hay una relación esencial con su razón, y en 
el fondo de la razón hay una esencia que, aunque es creada, participa de 
lo absoluto. La descendencia de escepticismo, existencialismo, movilismo y 
sentimentalismo respecto al principio de la independencia, opuesto al católi- 
co, constituye el nervio teórico del documento de Pío XII. La reprobación 
de errores individuales derivados del error primero, como el repudio de la 
metafísica (tomista o no), el evolucionismo general, el criticismo escriturísti- 
co, el naturalismo religioso y otros errores teológicos específicos (siendo uno 
de los mayores la negación de la transustanciación), son puramente secun- 
darios y accesorios, y debe asignárseles un papel secundario cuando se trata 
de establecer dónde es atacado el principio mismo del catolicismo. Este prin- 
cipio es la dependencia de todo lo antropológico respecto a lo divino, negada 
la cual se diluye el fundamento de toda axiología, como afirma el documento 
(DENZINGER, 2323). 


Capítulo 3 


La preparación del Concilio 


3.1. El Concilio Vaticano II. Su preparación 


Parece ser que Pío XI llegó a pensar en la posibilidad de retomar el 
Concilio Vaticano, interrumpido en 1870 por violentos acontecimientos; pero 
lo que es seguro, según el testimonio del cardenal Domenico Tardini, es que 
Pío XII ponderó la oportunidad de tal reinicio o la de un nuevo Concilio y 
ordenó estudiar los pros y los contras a una comisión especial. Ésta decidió en 
sentido negativo. Quizá se pensó que el acto doctrinal de la Human: generis 
era suficiente por sí mismo para enderezar cuanto de torcido se encontraba 
en la Iglesia. Quizá pareció que no se debía comprometer de ningún modo 
la naturaleza del gobierno papal, que podría quedar disminuido (o parecer 
que lo quedaba) por la autoridad del Concilio. Tal vez se presintió el aura 
democrática que habría investido a la asamblea y se intuyó su incompatibi- 
lidad con el principio católico. O puede que el Papa siguiera su inclinación 
hacia una responsabilidad total, que exige una totalidad indivisible de poder 
(a causa de cuya concentración, a su muerte estaban vacantes en la Curia 
puestos importantísimos). No se concedía entonces tanto peso al beneficio que 
actualmente se suele reconocer en el recíproco conocimiento y comunicación 
entre los obispos del mundo (lo cual es un indicio de propensión democrática), 
pues no se creía que fuese suficiente juntar a los hombres para que se conozcan 
y conozcan la cosa sobre la cual deliberan. La propuesta de un Concilio fue 
aparcada. 


Existe una antigua desconfianza hacia el hecho de situar frente a frente al 
Concilio y a la Sede de Pedro. La formuló con imaginación el card. Pallavicino, 
historiador del Concilio de Trento: En el cielo místico de la Iglesia no se puede 
imaginar reunión más difícil de componer, ni compuesto de más peligrosa 


39 


40 3. La preparación del Concilio 


influencia, que un Concilio general * . 

El anuncio de la convocatoria de un Concilio, debido como dijo el mis- 
mo Juan XXIII a una repentina inspiración, cogió al mundo totalmente por 
sorpresa. Por el contrario, el Vaticano I había estado precedido desde 1864 
por una encuesta entre los cardenales, quienes se habían pronunciado mayo- 
ritariamente a favor de su convocatoria. Unos pocos se opusieron a ella, bien 
para no poner de manifiesto las divergencias y por consiguiente acrecentarlas, 
bien por estar ya los errores anatematizados, bien por no poderse cambiar las 
condiciones de la Iglesia faltando el auxilio de los Estados ? . No hubo respec- 
to al Vaticano II consultas previas acerca de la necesidad u oportunidad de 
convocarlo, llegando la decisión de Juan XXIII por un ejercicio de carisma or- 
dinario, o tal vez por un soplo de carisma extraordinario * . Así pues, el 15 de 
julio de 1959 el Papa constituyó la Comisión central preparatoria, compuesta 
por una amplia mayoría de cardenales y un número de patriarcas, arzobis- 
pos y obispos elegidos con un criterio indefinido, donde no quedaba claro si 
prevalecía la doctrina, la prudencia de gobierno o la relación de confianza 
con el Pontífice. 

Esta Comisión central difundió al episcopado de todo el orbe un cues- 
tionario acerca de los temas a tratar, lo recogió y clasificó las opiniones, 
instituyó a su vez comisiones menores, y elaboró los esquemas que debían ser 
propuestos a la asamblea ecuménica. 

Las respuestas de los obispos revelan ya algunas de las tendencias que 
prevalecerían en el Concilio, y con frecuencia traslucen incapacidad para es- 
tar a la altura de las circunstancias y divagan hacia materias impertinentes 
o fútiles. Tampoco en el Vaticano I faltaron propuestas extravagantes. Había 
algunas sugerencias en favor de Rosmini o de Santo Tomás, y ahí la mate- 
ria es ciertamente de gran importancia; pero junto a éstas, otras descendían 
al problema de las asistentas católicas en familias no católicas, de la bendi- 
ción de cementerios, o de otras cuestiones de disciplina menor, sin duda no 
proporcionadas a la magnitud de un Concilio ecuménico. 

El Vaticano Il tuvo en su conjunto una preparación que suponía una 
general homogeneidad de inspiración, que parecía correspondiente a la inten- 
ción del Papa * . En esta fase preparatoria la parte opositora desarrolló su 


IMANSI vol. 49, p. 28. 

2MANSI, vol. 49, p. 34. Es la opinión del card. Roberti. 

3El mismo Papa afirmó que la idea de convocar el Concilio fue una inspiración divina, y 
Juan Pablo II lo confirmó en el discurso del 26 de noviembre de 1981, en la conmemoración 
del centenario del nacimiento del Papa, Roncalli. 

WÉste, en el radio-mensaje a los fieles de todo el mundo del 11 de septiembre de 1962, 
hace de él una alabanza desmesurada, hablando de,«una riqueza sobreabundante de ele- 
mentos de orden doctrinal y pastoral». 


3.2. Paradójica resolución del Concilio 41 


actividad con menor fuerza dentro que fuera, reservándose para llevar a cabo 
su actuación principal en la fase plenaria de la asamblea. 


3.2. Paradójica resolución del Concilio 


El Vaticano II tuvo una resolución distinta de la que hacía prever el Con- 
cilio preparado; más bien, como veremos, dicha preparación se dejó de lado 
rápida y completamente * . El Concilio nació, por así decirlo, de sí mismo, in- 
dependiente de su preparación. En ciertos aspectos, con el Vaticano II habría 
ocurrido como con el de Trento, el cual, como dice Sarpi en el preámbulo de 
su Historia, ha tenido lugar de una forma y con una conclusión totalmente 
contrarias a las expectativas de quien lo ha procurado y al temor de quien 
estudiadamente lo ha combatido: contrario al proyecto de quien impulsaba 
una reforma católica que redujese el poder de la Corte Romana, y contrario 
al temor de esta Corte misma * , la cual en opinión del servita dificultó de 
todas las maneras posibles su resolución. 

Y de aquí extraía Sarpi, y resulta posible extraer, una conclusión de 
teodicea y una parénesis religiosa: la resolución paradójica de la asamblea 
tridentina es un claro documento para meditar los pensamientos de Dios y no 
fiarse de la prudencia humana ” . Al igual que en el Tridentino (según Sarpi), 
en el Vaticano II los acontecimientos discreparon respecto a su preparación 
y, como se dice hoy, a sus perspectivas. No es que no fuesen reconocibles ya 
en la fase preparatoria rasgos de pensamiento modernizante * . Sin embargo 
no caracterizaron al conjunto de los esquemas preliminares tan profunda y 


5El resultado paradójico del Concilio, así como la ruptura de la legalidad conciliar y la 
relegación del Concilio preparado, son hechos silenciados por las obras que recuerdan las 
vicisitudes de la gran asamblea. Ver por ejemplo la síntesis que del Concilio hace mons. P. 
POUPARD, pro-Presidente del Secretariado para los no creyentes, en Esprit et Vie, 1983, 
pp, 241 y ss. Como contrapeso a la omisión de sucesos tan importantes, los sometemos 
nosotros a examen con un poco más de detenimiento. 

SEl paralelismo señalado por Sarpi es mera apariencia. Una resolución contraria al 
temor de la Curia Romana es de hecho una resolución conforme a su criterio. En realidad, 
el Tridentino no tuvo una resolución paradójica. 

7Istoria del Concilio Tridentino, Bari 1935, vol. 1, p. 4. Para ilustrar este punto, ver 
ROMANO AMERIO, Il Sarpi dei pensieri filosofici inediti, Turín 1950, pp. 8-9, y en 
particular la incongruencia entre la letra y el fondo de este texto. En realidad Sarpi tiene 
plena intención de demostrar la eficacia de los manejos humanos en la conducción de aquel 
Concilio. 

8De los trabajos de la Comisión preparatoria central puedo hablar con cierto 
conocimiento particular, ya que habiéndome asociado mons. Angelo Jelmini, obispo de 
Lugano y miembro de esa Comisión, al estudio de los esquemas y a la redacción de sus 
opiniones, tuve conocimiento de todos los documentos. 


42 3. La preparación del Concilio 


distintamente como después se reflejó en los documentos finales promulga- 
dos. Por ejemplo, la flexibilidad de la liturgia para estudiar su acomodación a 
las diversas índoles nacionales estaba propuesta en el texto correspondiente, 
pero restringida a territorios de misión, y no se hacía mención de la exigencia 
subjetiva de la creatividad del celebrante. La práctica de la absolución comu- 
nitaria, acrecentada en detrimento de la confesión individual con intención 
de facilitar el cumplimiento de la moral, se proponía en el esquema de sacra- 
mentis. Incluso la ordenación sacerdotal de hombres casados (aunque no la 
de mujeres) encontraba lugar en el de ordine sacro. El de libertate religiosa 
(del card. Bea), uno de los más tormentosos y conflictivos de la asamblea 
ecuménica, avanzaba en sustancia la novedad finalmente adoptada, desvian- 
do del camino común (o eso parece) la doctrina canonizada y perpetuamente 
profesada por la Iglesia Católica. 

El principio de la funcionalidad propio del pragmatismo y activismo mo- 
dernos, que reconocen el valor de la productividad de las cosas o del trabajo 
y desconocen el de las operaciones intransitivas o inmanentes de la persona 
rebajándolas respecto a las transitivas y eficientes ad extra, ( 8831.7-31.8), 
estaba también formulado expresamente en el esquema de disciplina clers, 
que contemplaba la inhabilitación o remoción de obispos y de presbíteros 
llegada una determinada edad. 

Es conocido que el fruto maduro de esta inclinación al activismo es el 
Motu propio Ingravescentem aetatem, que afectó con la deminutio capitis a 
los cardenales octogenarios. Un votum particular acerca del hábito talar pro- 
porcionó la excusa para la costumbre de vestir al modo laico, disimulando la 
diferencia específica entre el sacerdote y el seglar y aboliendo incluso la pres- 
cripción que obligaba al uso de la sotana durante las funciones ministeriales. 
En los trabajos preparatorios se encuentran también opiniones particulares 
de determinadas escuelas teológicas en un sentido de mayor apertura. 

Verbi gratia, se pretendía hacer pasar como doctrina del Concilio una 
posición discutible sobre el limbo de los niños e incluso de los adultos. Esta 
materia, al ser demasiado próxima al espinoso dogma de la predestinación, 
que no mencionan los decretos conciliares ? , fue completamente omitida, pero 
como mostraremos más adelante el espíritu laxista y pelagiano que suponía 
revistió el pensamiento teológico postconciliar. 

Con mayor intensidad se percibió en la asamblea plenaria el influjo, bien 
manifiesto en su preparación, de quienes querían realizar innovaciones en la 
educación del clero (esquema de sacrorum alumnis formandis). La pedagogía 


“Ver DELHAYE-GUERET-TOMBEUR, Concilium Vaticanum HI, Concordance, Index, 
Listes de frequence, Tables comparatives, Lovaina 1974. Praedestinatio y praedestinare sólo 
se encuentran tres veces: dos respecto a la Virgen, y otra en una cita de Roni. 8, 29. 


3.2. Paradójica resolución del Concilio 43 


secular de la Iglesia, concretada en el sistema de los seminarios, implica que 
los sacerdotes deben formarse según un principio peculiar correlativo a la 
peculiaridad ontológica y moral de su estado consagrado. 

Por el contrario, en el texto se solicitaba una formación del clero asimilada 
lo más posible a la formación de los laicos: por tanto la ratio studiorum de los 
seminarios debía tomar ejemplo de la de los Estados, y la cultura del clero 
omitir en general toda originalidad respecto a la de los seglares. El motivo 
de esta innovación resultó ser lo que fuera tema diversamente reiterado por 
el Concilio: que los hombres de Iglesia se conformen al mundo para ejercitar 
sobre el mundo su operación específica de instrucción y santificación. 

También en torno a la reunificación de los cristianos no católicos se hizo oír 
la voz de quien comparaba a los protestantes (sin sacerdocio, sin jerarquía, sin 
sucesión apostólica y sin sacramentos, o casi sin ellos) con los ortodoxos, que 
tienen sin embargo casi todo en común con los católicos salvo las doctrinas 
del primado y de la infalibilidad. Pío IX había hecho una clarísima distin- 
ción: desplazó enviados apostólicos con cartas de invitación a los patriarcas 
orientales, quienes declararon en su totalidad no poderse acercar al Concilio; 
pero no reconoció como Iglesias a las diversas confesiones protestantes, con- 
sideradas simples asociaciones, y dirigió una llamada ad omnes protestantes 
no para que interviniesen en el Concilio, sino para que retornasen a la unidad 
de la que se habían apartado. 

El comportamiento latitudinario que afloró en la preparación se apoya 
sobre una implícita paridad parcial entre católicos y no católicos, y aunque 
pareció minoritario en la fase preparatoria, consiguió después que fuesen in- 
vitados indistintamente como observadores tanto los protestantes como los 
ortodoxos, lo que explica la influencia de aquéllos en el decreto de oecumenis- 
mo (8835.1-35.3). 

Una última característica asemeja la preparación del Concilio y su resulta- 
do: el generalizado optimismo que coloreó los diagnósticos y los pronósticos 
de una minoría en la Comisión central preparatoria. Que el aumento del 
conocimiento científico de la naturaleza (es decir, del reino de la técnica con 
el que se identifica la civilización moderna) de origen igualmente al reino 
de la dignidad y de la felicidad humana, fue manifestado en el esquema de 
Ecclesia (cap. 5, de laicis) pero impugnado por la mayoría, que insistía sobre 
el carácter indiferente de los progresos técnicos: éstos extienden la posible 
aplicación de la moralidad, pero no la perfeccionan intensivamente. 

Sin embargo, este tema de la dominación de la tierra por medio de la 
técnica resultará sacralizado (832.1) en los documentos definitivos y reve- 
stirá todo el pensamiento teológico postconciliar. La elevación de la técnica 
a fuerza civilizadora y moralmente perfeccionadora del hombre compartía la 
idea del progreso del mundo y, conjuntamente, un gran soplo de optimismo. 


44 3. La preparación del Concilio 


El optimismo presidiría después toda prospectiva de la asamblea plena- 
ria, oscureciendo la visión del estado real del catolicismo. Es oportuno referir 
literalmente las críticas que un Padre de la Comisión central preparatoria 
oponía a la demasiada florida descripción de la situación del mundo y de 
la situación de la Iglesia en el mundo. Non placet hic cum tanto laetamine 
descriptus status Ecclesitae magis in spem, meo iudicio, quam ad veritatem. 
Cur enim auctum religionis fervorem ars, aut respectu cutus aetatis? Nonne 
in oculis habenda est ratio statistica, quam dicunt, unde apparet cultum Des, 
fidem catholicam, publicos mores apud plerosque collabescere et paene dirui? 
Nonne status mentium generatim alienus est a catholica religione, discissis 
republica ab Ecclesia, philosophia a dogmatis fidei, investigatione mundi a 
reverentia Creatoris, inventione artis ab obsequio ordinis moralis? Nonne in- 
opia operariorum in sacro ministerio laborat Ecclesia? Nonne multae partes 
Sanctae Ecclesiae vel immanissime conculcantur a Gigantibus et Minotauris, 
que superbiunt in mundo, vel schismate labefactatae sunt, utpote apud Chi- 
nenses? Nonne missiones nostras ad infideles, tanto zelo ac caritate plantatas 
ac rigatas, vastavit inimicus homo? Nonne atheismus non amplius per sin- 
gulos sed per totas nationes (quod prorsus inauditum erat) celebratur et per 
reipublicae leges instauratur? Nonne numerus noster quotidie proportionaliter 
imminuitur, Mahumetismo ac Gentilismo immodice gliscentibus? Nos enim 
quinta pars sumus generis humani, que quarta fuimus paulo ante. Nonne 
mores nostri per divortium, per abortum, per euthanastam, per sodomiam, 
per Mammona gentilizant? Y . Y concluye afirmando que este diagnóstico 
procede humano more y en línea de consideración histórica, sin perjuicio de 
lo que la Providencia de Dios sobre la Iglesia pueda operar más allá de la 


10No apruebo la descripción del estado actual de la Iglesia, realizada aquí con tanta ex- 
altación, e inspirada en mi opinión más en la esperanza que en la verdad. ¿Por qué hablar 
de aumento del fervor religioso? ¿Con respecto a qué época se refiere? ¿No se deben tal 
vez tener en cuenta las estadísticas según las cuales la fe católica, el culto divino y las 
costumbres públicas decaen y se van arruinando? ¿No está acaso el estado general de las 
mentes alejado de la religión católica, estando separado el Estado de la Iglesia, la filosofía 
de la fe, la investigación científica de la reverencia hacia el Creador, y el desarrollo técnico 
del obsequio debido a la ley moral? ¿No padece quizá la Iglesia por la escasez de clero? ¿No 
están muchas partes de la Santa Iglesia cruelmente perseguidas por los Gigantes y Mino- 
tauros que se enorgullecen en el mundo o, como en China, conducidas al cisma? Nuestras 
misiones, plantadas y regadas con tanto celo y caridad, ¿no han sido acaso devastadas 
por el enemigo? ¿Acaso no es exaltado el ateísmo no ya sólo por los individuos, sino es- 
tablecido (cosa absolutamente inaudita) por las leyes de naciones enteras? ¿No decrece 
proporcionalmente cada día el número de católicos mientras se expanden desmesurada- 
mente Mahometanos y Gentiles? De hecho, nosotros, que hace poco éramos una cuarta 
parte del género humano, hemos quedado reducidos a un quinto. ¿Y no es acaso verdad 
que nuestras costumbres se paganizan a través del divorcio, el aborto, la eutanasia, la 
sodomía y el culto al dinero? 


3.3. Más sobre el resultado paradójico del Concilio. El Sínodo Romano 45 


medida de los juicios humanos y fuera de la potencia ordenada. 


3.3. Más sobre el resultado paradójico del Con- 
cilio. El Sínodo Romano 


El resultado paradójico del Concilio respecto a su preparación se mani- 
fiesta en la comparación entre los documentos finales y los propedéuticos, y 
también en tres hechos principales: el fracaso de las previsiones hechas por el 
Papa y por quienes prepararon el Concilio; la inutilidad efectiva del Sínodo 
Romano 1 sugerido por Juan XXIII como anticipación del Concilio; y la anu- 
lación, casi inmediata, de la Veterum Sapientia, que prefiguraba la fisonomía 
cultural de la Iglesia del Concilio. 

El Papa Juan, que había ideado el Concilio como un gran acto de reno- 
vación y de adecuación funcional de la Iglesia, creía también haberlo prepara- 
do como tal, y aspiraba a poderlo concluir en pocos meses *! : quizá como el 
Laterano 1 con Calixto II en 1123, cuando trescientos obispos lo concluyeron 
en diecinueve días, o como el Laterano II con Inocencio II en 1139, con mil 
obispos que lo concluyeron en diecisiete días. Sin embargo, se abrió el 11 de 
octubre de 1962 y se clausuró el 8 de diciembre de 1965, durando por tanto 
tres años de modo discontinuo. El fracaso de las previsiones tuvo su origen en 
haberse abortado el Concilio que había sido preparado, y en la elaboración 
posterior de un Concilio distinto del primero, que se generó a sí mismo (como 
decían los Griegos, «autogenético»). 

El Sínodo Romano lÍ fue concebido y convocado por Juan XXIII como un 
acto solemne previo a la gran asamblea, de la cual debía ser prefiguración y 
realización anticipada. Así lo declaró textualmente el Pontífice mismo en la 
alocución al clero y a los fieles de Roma del 29 de junio de 1960. A todos 
se les revelaba su importancia, que iba por tanto más allá de la diócesis de 
Roma y se extendía a todo el orbe católico. Su importancia era parangonable 
a la que con referencia al gran encuentro tridentino habían tenido los sínodos 
provinciales celebrados por San Carlos Borromeo. 

Se renovaba el antiguo principio que quiere modelar todo el orbe católico 
sobre el patrón de la particular Iglesia romana. Que en la mente del Papa 
el Sínodo romano estaba destinado a tener un grandioso efecto ejemplar se 
desprende del hecho de que ordenase enseguida la traducción de los textos 


1 Así se desprende de la positio de la instrucción preliminar de su proceso de beatifi- 
cación, conocida merced a una indiscreción del periodista F. D'ANDREA. Ver 11 Giornale 
Nuovo, del 3 de enero de 1979. Pero también se desprende de las palabras del Papa en la 
audiencia del 13 de octubre de 1962, que hacían creer que el Concilio pudiera concluirse 
en Navidad. 


46 3. La preparación del Concilio 


al italiano y a todas las lenguas principales. Los textos del Sínodo Romano 
promulgados el 25, 26 y 27 de enero de 1960 suponen un completo retorno a 
la esencia de la Iglesia; no a la sobrenatural (ésta no se puede perder) sino 
a la histórica: un repliegue, por decirlo con Maquiavelo, de las instituciones 
sobre sus principios. El Sínodo proponía en todos los órdenes de la vida ecle- 
siástica una vigorosa restauración. La disciplina del clero se establecía sobre 
el modelo tradicional, madurado en el Concilio de Trento y fundado sobre 
dos principios, siempre profesados y siempre practicados. El primero es el 
de la peculiaridad de la persona consagrada y habilitada sobrenaturalmente 
para ejercitar las operaciones de Cristo, y por consiguiente separada de los 
laicos sin confusión alguna (sacro significa separado). El segundo principio, 
consecuencia del primero, es el de la educación ascética y la vida sacrificada, 
que caracteriza al clero como estamento (pues también en el laicado los indi- 
viduos pueden llevar una vida ascética). De este modo el Sínodo prescribía a 
los clérigos todo un estilo de conducta netamente diferenciado de las maneras 
seglares. Tal estilo exige el hábito eclesiástico, la sobriedad en los alimentos, 
la abstinencia de espectáculos públicos, y la huida de las cosas profanas. Se 
reafirmaba igualmente la originalidad de la formación cultural del clero, y se 
diseñaba el sistema sancionado solemnemente por el Papa al año siguiente 
en la encíclica Veterum sapientia. 

El Papa ordenó también que se reeditase el Catecismo del Concilio de 
Trento, pero la orden no fue obedecida. Sólo en 1981, y por iniciativa pri- 
vada, se publicó en Italia su traducción (OR, 5-6 julio 1982). No menos 
significativa es la legislación litúrgica del Sínodo: se confirma solemnemente 
el uso del latín; se condena toda creatividad del celebrante, que rebajaría el 
acto litúrgico, que es acto de Iglesia, a simple ejercicio de piedad privada; 
se urge la necesidad de bautizar a los niños quam primum, se prescribe el 
tabernáculo en la forma y lugar tradicionales; se ordena el canto gregoriano; 
se someten a la autorización del Ordinario los cantos populares de nueva in- 
vención; se aleja de las iglesias toda profanidad, prohibiendo en general que 
dentro del edificio sagrado tengan lugar espectáculos y conciertos, se vendan 
estampas e imágenes, se permitan las fotografías, o se enciendan promiscua- 
mente luces (lo que deberá encargarse al sacerdote). El antiguo rigor de lo 
sagrado es restablecido también alrededor de los espacios sagrados, prohibi- 
endo a las mujeres el acceso al presbiterio. Finalmente, los altares cara al 
pueblo se admiten sólo como una excepción cuya concesión compete exclusi- 
vamente al obispo diocesano. Es imposible no ver que tan firme reintegración 
de la antigua disciplina deseada por el Sínodo ha sido contradicha y des- 
mentida por el Concilio prácticamente en todos sus artículos. De hecho, el 
Sínodo Romano, que debería haber sido prefiguración y norma del Concilio, 
se precipitó en pocos años en el Erebo del olvido y es en verdad tanquam non 


3.4. Más sobre la resolución paradójica del Concilio. La Veterum Sapientia 47 


fuerit 2. Para dar una idea de tal anulación, señalaré que no he podido en- 
contrar los textos del Sínodo Romano ni en Curias ni en archivos diocesanos, 
teniendo que conseguirlos en bibliotecas públicas civiles. * 


3.4. Más sobre la resolución paradójica del 
Concilio. La Veterum Sapientia 


El uso de la lengua latina es connatural a la Iglesia católica (no metafísica- 
mente, sino históricamente) y está estrechamente ligado a las cosas de Iglesia 
incluso en la mentalidad popular. Constituye además un medio y un signo 
primordial de la continuidad histórica de la Iglesia. Y puesto que no hay nada 
interno sin lo externo, y lo interno surge, fluctúa, se eleva y se rebaja con- 
juntamente con lo externo, siempre ha estado persuadida la Iglesia de que 
la forma externa del latín debe conservarse perpetuamente para conservar 
las características internas de la Iglesia. Y tanto más cuanto que se trata 
de un fenómeno del lenguaje, en el cual la conjunción de forma y sustancia 
(de lo externo y lo interno) es del todo indisoluble. De hecho, la ruina de la 
latinidad consecuente al Vaticano II fue acompañada por muchos síntomas 
de la auto demolición de la Iglesia lamentada por Pablo VI. 

Del valor de la latinidad hablaremos en 8$838.3-38.4. Aquí queremos sola- 
mente mencionar la desviación que estamos estudiando entre la inspiración 
preparatoria dada al Concilio y el resultado efectivo de éste. 

Juan XXIII pretendía con la Veterum Sapientia operar un repliegue de la 
Islesia sobre sus principios, siendo en su mente este repliegue una condición 
para la renovación de la Iglesia en la peculiaridad propia del presente articulus 
temporum. El Papa atribuyó al documento una importancia especialísima, y 
las solemnidades de que quiso revestir su promulgación (en San Pedro, en 
presencia del colegio cardenalicio y de todo el clero romano) no tienen igual 
en la historia de este siglo. La importancia eminente de la Veterum Sapientia 
no se ve negada por el olvido en que se la hizo caer inmediatamente (los 
valores no son tales porque sean aceptados) ni por su fracaso histórico. Su 
importancia deriva de su perfecta consonancia con la individualidad histórica 
de la Iglesia. 

La encíclica es fundamentalmente una afirmación de continuidad. Si la 


12En OR, 4 de junio de 1981, a causa del habitual loquimini nobis placentia, se escribe 
que la renovación de la Iglesia fue comenzada por Juan XXIII con la celebración del Sínodo 
Romano y con la celebración del Concilio, y que «ambos concluyeron amalgamándose». 
Estamos de acuerdo, siempre y cuando «amalgamar» signifique «aniquilar»: el Sínodo no 
es citado por el Concilio ni siquiera una vez. 

13Prima Romana Synodus, A. D. MDCCCCLX, Typ, polyglotta Vaticana, 1960. 


48 3. La preparación del Concilio 


cultura de la Iglesia procede del mundo helénico y romano es sobre todo 
porque las letras cristianas son, desde los primeros tiempos, letras griegas 
y letras latinas. Los incunables de las Sagradas Escrituras son griegos, los 
símbolos de fe más antiguos son griegos y latinos, la Iglesia de Roma de la 
mitad del siglo III es toda ella latina, los Concilios de los primeros siglos no 
tienen otro idioma que el griego. 


Se trata de una continuidad interna de la Iglesia en la que se concatenan 
todas sus épocas. Pero hay además una continuidad externa que atraviesa la 
entera cronología de la era cristiana y recoge toda la sabiduría de los gentiles. 
No vamos a hablar, naturalmente, del sanctus Sócrates a quien imprecaba 
Erasmo, pero no podremos preterir la doctrina (expuesta por los Padres 
griegos y latinos y recordada por el Pontífice con un texto de Tertuliano) 
según la cual hay una continuidad entre el mundo de pensamiento del cual 
vivió la sabiduría antigua (precisamente veterum sapientia) y el mundo de 
pensamiento elaborado después de la revelación del Verbo encarnado. 


El pensamiento cristiano elaboró el contenido sobrenaturalmente revela- 
do, pero se adhirió también al contenido revelado naturalmente mediante la 
luz de la racionalidad creada. De este modo, el mundo clásico no es extraño a 
la religión. Ésta tiene como esencia una esfera de verdad inalcanzable medi- 
ante las luces naturales y superpuesta a ellas, pero incluye también la esfera 
de toda verdad humanamente alcanzable. La cultura cristiana fue por tanto 
preparada y esperada obediencialmente (como decían los medievales) por la 
sabiduría antigua, porque ninguna verdad, ninguna justicia, ninguna belleza 
le es ajena. Y por ello no es opuesta, sino compatible con la sabiduría an- 
tigua, y se ha apoyado siempre en ella: no sólo, como suele decirse, haciéndola 
esclava y utilizándola funcionalmente, sino llevando en el regazo a quien ya 
existía, pero que una vez santificada se hizo mayor de lo que era. 


No quisiera aquí disimular que esa relación entre mundo antiguo y cristia- 
nismo como dos cosas compatibles entre sí oculta delicadas aporías y exige 
que se mantenga firme la distinción entre lo racional y lo suprarracional. 
No es posible defender la demasiado divulgada fórmula de Tertuliano anima 
naturaliter christiana, ya que querría decir naturalmente sobrenatural. 


Es necesario en esto andar con pies de plomo para que la religión cristiana, 
esencialmente suprahistórica y sobrenatural, no corra el peligro de caer en el 
historicismo y el naturalismo. Pese a todo, la idea de su continuidad a través 
de la extensión temporal y de las vicisitudes de las culturas es un concepto 
católico: difícil, pero verdadero y necesario. Aquí me bastará ponerme bajo 
el patrocinio de San Agustín, quien afirmó tal continuidad de modo absoluto 
y universal saltando por encima de siglos y de cultos: Nam res ipsa, quae 
nunc christiana religio nuncupatur, erat apud antiquos nec defuit ab initio 


3.4. Más sobre la resolución paradójica del Concilio. La Veterum Sapientia 49 


generis humani ** (Retract., I, cap. 13, 20). 

La parte práctica y dispositiva de la Veterum Sapientia es una exacta con- 
trapartida, por su firmeza, de la transparencia cristalina de la doctrina. Los 
puntos decisivos son precisamente los que por la sucesiva desistencia papal 
determinaron la anulación de la encíclica. Establece que la ratio studiorum 
eclesiástica reconquiste su propia originalidad fundada sobre la especificidad 
del homo clericus; que, consiguientemente, recobre sustancia la enseñanza de 
las disciplinas tradicionales, sobre todo el latín y el griego; que para con- 
seguirlo se abandonen o se recorten las disciplinas del cursus laico, las cuales 
a causa de una tendencia asimilativa se habían ido introduciendo o amplian- 
do. Prescribe que las ciencias fundamentales, como la dogmática y la moral, 
se impartan en los seminarios en latín y siguiendo manuales igualmente en 
latín; que los profesores que parezcan incapaces o renuentes a la latinidad 
sean apartados en un plazo conveniente. 

Como coronación de la Constitución apostólica, destinada a procurar una 
reintegración general de lo latino en la Iglesia, el Pontífice decretaba la erec- 
ción de un Instituto superior de latinidad, que hubiera debido formar latin- 
istas para todo el orbe católico y confeccionar un léxico del latín moderno +? 


La desintegración general de la latinidad posterior al proyecto de la fase 
preparatoria, que pretendía su general reintegración, suministra un adicional 
sufragio a la tesis del resultado paradójico del Concilio. En la medida en que 
tocaba un punto históricamente esencial del catolicismo, la Veterum Sapi- 
entía exigía una muy dispuesta virtud de autoridad y de correspondencia 
armónica en todos los órganos de ejecución. Hacía falta esa fortaleza prácti- 
ca que se había ejercitado por ejemplo en la gran reforma de la escuela 
italiana realizada por el ministro Giovanni Gentile, y que improntó la ra- 
tio studiorum durante medio siglo. También entonces millones de maestros, 
que se encontraron en una condición análoga a aquélla en que la Veterum 
Sapientia colocaba a las disciplinas divinas, fueron constreñidos de manera 


lMPues la que ahora se llama religión cristiana estaba entre los antiguos, y no faltó desde 
el comienzo del género humano 

l5La derrota del latín en la Iglesia postconciliar es, sin embargo, manifiesta. Ni siquiera 
en el Congreso internacional tomista de 1974 figuraba el latín entre las lenguas admitidas; 
pero lo fue inmediatamente, tras mi protesta en carta de 1 de octubre de 1973 al Maestro 
general de los Dominicos, padre Aniceto Fernández. Éste hizo que se me respondiese el 18 
de octubre aceptando la propuesta y la solicitud: «También nosotros habíamos pensado 
en ello, sobre todo porque es la lengua de Santo Tomás». No hace falta añadir que las 
intervenciones en lengua latina fueron escasísimas. La deslatinización de los Congresos 
tomistas fue ya total en el de 1980, en el cual de veintinueve ponencias no había ninguna 
en latín. No podría aportarse prueba más palmaria del paso a una Iglesia plurilingúe, pero 
completamente alejada del latín. 


50 3. La preparación del Concilio 


inmisericorde a conformarse o a dimitir. Sin embargo, la reforma de los estu- 
dios eclesiásticos, al ser hostigada desde muchos lados y por varios motivos 
(sobre todo por parte alemana, con un libro de Winninger prologado por el 
obispo de Estrasburgo), fue aniquilada en brevísimo tiempo. 

El Papa, que primero la instaba, ordenó que no se exigiese su ejecución; 
aquéllos a quienes les hubiese correspondido por oficio hacerla eficaz secun- 
daron la debilidad papal, y la Veterum Sapientia, cuya oportunidad y utilidad 
tan altamente se habían exaltado, fue del todo abrogada y no es citada en 
ningún documento conciliar. 

En algunas biografías de Juan XXIII se la silencia del todo, como si 
no existiese ni hubiese existido, mientras los más protervos la mencionan 
solamente como un error. Y no hay en toda la historia de la Iglesia ejemplo 
de un documento tan solemnizado y tan pronto lanzado a las Gemonias. 
Queda solamente el problema de si su cancelación de libro viventium haya 
sido consecuencia de una falta de sabiduría al promulgarla o de una falta de 
valor para exigir su ejecución. 


3.5. Los fines del Concilio Vaticano I 


Desde que la Iglesia recurrió a actuar conciliarmente (lo que comenzó en 
la era apostólica) hasta el Vaticano I, la asamblea ecuménica fue siempre 
convocada para tres fines, denominados causa fidei, causa unionis, y causa 
reformationis. 

En las asambleas de los primeros siglos la segunda y la tercera causa 
estaban implícitas en la primera y no se percibían distintamente, pues es 
manifiesto que decidiendo las cuestiones de fe (por ejemplo la de la unidad 
teándrica) se superaba la división doctrinal, rehaciendo la concordia social 
dentro de la Iglesia. Á causa de la conexión entre dogma y disciplina, se 
restablecía también la regla del obrar además de la del creer. Pero más tarde, 
el cisma de Focio y de Miguel Cerulario, y posteriormente la gran escisión 
de Alemania, impusieron de modo imperioso la cuestión de la unidad. Ésta 
se convirtió en preponderante en el Concilio de Lyon (1274) y en el Con- 
cilio de Florencia (1439). Por último, la corrupción de las costumbres del 
clero, el exceso de poder secular de la Curia Romana y el lujo desbordante 
del Papado, hicieron que fuese asimismo propuesta durante siglos, y final- 
mente impuesta en Trento (1545-1563), la causa de la reforma. Los tres fines 
fueron perseguidos también por el Concilio Vaticano I. La llamada a los no 
católicos dio lugar a una vasta literatura y a una amplia polémica. La causa 
unionis fue confiada a una de las cuatro grandes comisiones preparatorias, 
así como la causa reformationis, dando lugar a un pulular de peticiones y de 


3.6. Los fines del Vaticano II. La pastoralidad ol 


sugerencias que basta por sí mismo para demostrar cómo nada se hacía, ni 
siquiera entonces, en círculos restringidos o en camarillas *% . La amplitud 
asumida por las expectativas se manifiesta también en la variedad y audacia 
de las sugerencias. Había a mitad del siglo XIX quien quería ver prohibida 
por el Concilio la pena de muerte, quien proponía que si quis bellum incip- 
iat anathema sit '” , quien pedía la abolición del celibato del clero latino, o 
quien era partidario de la elección de los obispos por sufragio democrático. La 
aspiración hacia una organización militante de las masas católicas quedaba 
recogida, más que en todas las demás propuestas, en la del capuchino Antonio 
da Reschio 18 . Éste auspiciaba que toda la masa del pueblo católico, desde 
los niños a los adultos y desde los solteros a los casados, fuese dividida en 
congregaciones cuyos miembros no debían contraer amistad ni matrimonio, 
ni juntarse en modo alguno, con los que no formaran parte de ellas. Era, en 
sustancia, una separación: no respecto a los de fuera de la iglesia, o a los 
de fuera de la Iglesia practicante, sino respecto a aquéllos que dentro de la 
iglesia no formasen parte de esa organización compacta, tanquam castrorum 
acies ordinata. El proyecto del capuchino se basaba en modelos paganizantes, 
jesuíticos o utópicos, y consideraba que la perfección social consistía en una 
ordenación externa según esquemas racionales. 

Pero no obstante las extravagancias y las vetas de pensamiento moderni- 
zamte ya mencionadas, la preparación del Vaticano I consiguió imprimir a la 
asamblea ecuménica una dirección clara que aseguró en ese siglo la unidad 
de la Iglesia. En lo referente a la causa fidei fueron recondenados, explícita 
o implícitamente, los errores contenidos en el Syllabus. En cuanto a la causa 
unionis, fue reafirmada la necesidad de que la unidad proviniese de una re- 
unión o adhesión de las confesiones acatólicas a la Iglesia Romana, centro 
de la unidad. Y para la causa reformationis fue renovado el principio de la 
dependencia de todos los fieles respecto de la ley natural y de la ley divina 
poseída por la Iglesia. A esta dependencia puso sello la definición dogmática 
de la infalibilidad didáctica del Papa. 


3.6. Los fines del Vaticano Il. La pastoralidad 


También son reconocibles las tres causas tradicionales en las finalidades 
perseguidas por el Vaticano Il, si bien enunciadas de modo variado y valo- 
radas de modo diverso, siendo prioritaria una u otra en la atención o en la 


16(N. del T.) En español en el original. 
17E] que comience una guerra, sea excomulgado 
18MANSI, vol. 49, p. 456. 


592 3. La preparación del Concilio 


intención. Después se englobaron todas con una calificación peculiar, expre- 
sada con el término de «pastoralidad». 

Según el decreto Presbyterorum ordinis, 12, el fin del Concilio es triple: la 
renovación interna de la Iglesia (este fin parece referirse conjuntamente a la 
fe y a la reforma), la difusión del Evangelio en el mundo (esto parece referirse 
todavía a la fe, non servanda, sed propaganda), y finalmente el diálogo con 
el mundo moderno (que parece aún de fidei propaganda o, como hoy se suele 
decir, de evangelizando mundo). 

Pablo VI, en el discurso de apertura del segundo período, atribuyó al 
Concilio cuatro fines. El primero es la toma de conciencia de la Iglesia. El 
Papa piensa que la verdad acerca de la Iglesia de Cristo debe ser estudiada, 
organizada, y formulada, no quizá con los solemnes enunciados que se llaman 
definiciones dogmáticas, sino con declaraciones que dicen a la misma Iglesia 
lo que ella piensa de sí misma (n. 18). Aquí puede verse una sombra de 
subjetivismo. En realidad no importa lo que la Iglesia piensa de sí misma, 
sino lo que ella es. 

El segundo fin es la reforma, es decir, el esfuerzo de corregirse y de remi- 
tirse a la conformidad con su divino modelo (sin distinción entre conformidad 
esencial y constitutiva, que no puede disminuir, y conformidad accidental- 
mente perfeccionable y por tanto susceptible de perfección). Para el Papa, 
dicha reforma implica un resurgimiento de energías espirituales ya latentes 
en el seno de la Iglesia: se trata de actuar y perfeccionar la Iglesia en su 
historicidad. 

El tercer fin retoma la causa unionis. El Papa dice que la causa se refiere 
a los otros cristianos (n. 31) y que sólo la Iglesia católica puede ofrecerles la 
perfecta unidad de la Iglesia. Parece así que se mantiene dentro de la doctrina 
tradicional: la unión ya tiene definido su centro, en el cual deben concentrarse 
las partes disidentes y separadas. Añade que los recientes movimientos que 
aún ahora están en pleno desarrollo en el seno de las comunidades cristianas 
separadas de nosotros nos demuestran con evidencia que esta unión no se 
puede alcanzar sino en la identidad de la fe, en la participación de unos mis- 
mos sacramentos y en la armonía orgánica de una única dirección eclesiástica 
(n. 31). 

Y así reafirma la necesidad del triple acuerdo: dogmático, sacramental y 
jerárquico. Supone sin embargo que la aspiración de los separados a la unidad 
es una aspiración a lo dogmático, lo sacramental, y lo jerárquico, tal y como 
se encuentran en la Iglesia. Muy al contrario, los protestantes conciben la 
unidad como una mutua aproximación en la cual todas las confesiones se 
mueven hacia un único centro, quizá interior a las comunidades de cristianos, 
pero no coincidente con el centro de unidad que la Iglesia Romana profesa 
ser, poseer y comunicar a los otros (835.1 y ss.). 


3.7. Las expectativas en torno al Concilio 93 


Una ambigúedad de fondo hiere así al ecumenismo conciliar, oscilando 
entre la conversión como reversión al centro católico, y la convergencia como 
exigencia común de todas las confesiones (la católica y las no católicas) hacia 
un centro ulterior y superior a todas ellas. 

El cuarto fin del Concilio es tender un puente hacia el mundo contem- 
poráneo. Abriendo tal coloquio la Iglesia descubre y reafirma su vocación 
misionera (n. 43), es decir, su esencial misión de evangelizar a la humanidad. 
El uso del término descubrir va sin duda más allá del concepto para el que 
lo utiliza el Papa, dado que la Iglesia siempre ha propagado el Evangelio; 
y cuando viajes y periplos descubrieron nuevos países, nuevas costumbres y 
nuevas religiones (reduciendo al cristianismo a ser, como dice Campanella, 
tan sólo una uña del mundo), la Iglesia se sintió enseguida animada por un 
impulso misionero, tuvieron lugar los primeros intentos (precisamente por 
parte de Campanella) de teología misionera y comparada, y Roma creó la 
congregación específica de propaganda fide. 

El Papa concibe el diálogo con el mundo como algo identificable con el 
servicio que la Iglesia debe prestar al mundo, dilatando de tal modo la idea 
de servicio hasta llegar a afirmar expresamente que los Padres no han sido 
convocados para tratar de sus cosas (es decir, de la Iglesia), sino de las cosas 
del mundo (n. 44). Quedan aquí escasamente iluminadas las ideas de que 
el servicio de la Iglesia al mundo está ordenado a procurar que el mundo 
sirva a Cristo, de quien la Iglesia es la individualidad histórica, y de que el 
dominio de la Iglesia no implica servidumbre del hombre, sino su elevación y 
señorío. Es como si el Papa quisiera huir de toda sombra o signo de dominio 
de cualquier clase, contraponiendo servicio a conquista (cuando son palabras 
de Jesucristo ego vici mundum). 


3.7. Las expectativas en torno al Concilio 


Una vez referidos los fines del Concilio conviene hacer referencia a las 
expectativas y a las previsiones comparándolas con los efectos subsiguientes. 
Los fines pertenecen a la voluntad, mientras que las previsiones pertenecen 
al sentimiento y a menudo al deseo. Se inventó el término triunfalismo para 
describir un supuesto comportamiento de la Iglesia en el pasado, sin darse 
cuenta de que esa descripción entraba en contradicción no sólo con los padeci- 
mientos mismos de la Iglesia (atacada en los últimos siglos por el Estado 
moderno), sino también con la simultánea acusación de aislarse a la defensiva 
y de separarse del mundo. Pero de hecho, no obstante algunos rasgos realistas, 
la coloración general del pronóstico es esperanzada y optimista. Esa esperanza 
no es sin embargo la esperanza teológica, cuya causa reside en una certeza 


54 3. La preparación del Concilio 


sobrenatural y se refiere solamente a un estado del mundo más allá del actual, 
sino la esperanza histórica y mundana, basada en conjeturas y en previsiones 
nacidas del deseo del pronosticante y de cuanto observa en la humanidad. 

En el discurso de apertura del segundo período Pablo VI descubre la 
escena del mundo moderno, con las persecuciones religiosas, el ateísmo con- 
vertido en principio de la vida social, el abandono de Dios por la ciencia, 
la codicia de riquezas y de placeres. Al tender nuestra mirada sobre la vida 
humana contemporánea, dice el Papa, deberíamos estar espantados más bi- 
en que alentados, afligidos más bien que regocijados (n. 46). Pero, como se 
ve, el Papa adopta un condicional y no explicita la prótasis de ese discurso 
hipotético. Por otro lado, seguía los pasos de Juan XXIII, quien en el discur- 
so del 11 de octubre de 1962 preveía una ¿irradiación universal de la verdad, 
la recta dirección de la vida individual, familiar y social (n. 5). Y en el dis- 
curso de Pablo VI el optimismo no sólo colorea las previsiones, sino que se 
implanta vigorosamente en la contemplación del actual estado de la Iglesia. 
Tales palabras, parangonadas con otras de sentido opuesto, muestran la am- 
plitud del excursus, entre extremos, del pensamiento papal, y cuán grande 
era la fuerza del olvido cuando se detenía sobre uno de ellos: Alegrémonos, 
hermanos. ¿Cuándo jamás la Iglesia fue más consciente de sí misma, cuándo 
tan feliz y tan concorde y tan pronta al cumplimiento de su misión? (pág. 
772, n. 6). Y el card. Traglia, vicario de Roma, huía de la figura retórica de 
la interrogación y aseguraba francamente: Jamás la Iglesia católica ha estado 
tan estrechamente unida en torno a su Cabeza, jamás ha tenido un clero tan 
ejemplar, moral e intelectualmente, como ahora, ni corre ningún riesgo de 
ruptura de su organismo. Ya no es a una crisis de la Iglesia a lo que el Con- 
cilio deberá poner remedio (OR, 9 de octubre de 1962). No se puede, para 
explicar tal juicio, sino pensar en una gran conmoción de ánimo o en una 
gran falta de conocimientos históricos. 

De esta conmoción de ánimo derivan sin duda también las afirmaciones 
de Pablo VI en la homilía del 18 de noviembre de 1965: Ningún otro Concilio 
ha tenido proporciones más amplias, trabajos más asiduos y tranquilos, temas 
más variados y de mayor interés (pág. 808, n. 2). Indudablemente, el Vati- 
cano II ha sido el mayor de los Concilios por asistencia de Padres, aparato 
organizativo, y resonancia en la opinión pública, pero éstas son circunstan- 
cias, y no valores, de un Concilio. En Éfeso (año 431) había doscientos prela- 
dos orientales y tres latinos, y el de Trento se abrió con la presencia de sólo 
sesenta obispos. Pero el imponente aspecto exterior del Vaticano II, gracias 
al enorme aparato moderno de información que sólo busca estampar impre- 
siones en el alma, agitó largamente la opinión mundial y creó, con bastante 
más importancia que el Concilio real, un Concilio de las opiniones. 

En una época en la cual las cosas son lo que son en la medida en que 


3.7. Las expectativas en torno al Concilio 99 


son representadas, y tanto valen cuanto se consiga persuadir de que valen, 
el Concilio debía necesariamente convertirse en un fenómeno de opinión, y 
por eso mismo la grandiosidad de la opinión comunicaba grandeza al Con- 
cilio. De esta contaminación de grandeza no se preservaron ni los Padres del 
Concilio ni el Pontífice mismo. Pablo VI llegó incluso a declarar (bien que 
polémicamente, en confrontación con Mons. Lefebvre) en carta del 29 de ju- 
nio de 1975, que el Vaticano Il es un Concilio que no tiene menor autoridad, 
e incluso, bajo ciertos aspectos, es aún más importante, que el de Nicea * . 

La comparación entre un Concilio y otro es peligrosa, debiéndose ante 
todo precisar bajo qué aspecto se establece la comparación. Si se atiende a la 
eficacia, se encontrará por ejemplo cómo la del Lateranense V (1512-1517), 
cuya causa principal era la causa reformationis, fue casi nula, porque sus de- 
cretos de reforma quedaron en letra muerta; pero fue sin embargo relevante 
por los decretos dogmáticos, que truncaron el neoaristotelismo anatemizando 
a los defensores de la mortalidad del alma. Sólo en el Concilio de Trento fueron 
comparables la clarificación doctrinal y la eficacia práctica, pero fracasó sin 
embargo totalmente la causa unionis, que había determinado inicialmente su 
convocatoria. Por otro lado, prescindiendo de toda comparación entre Con- 
cilio y Concilio, es sin embargo posible comparar tipos de Concilio con tipos 
de Concilio; y entonces parece claro que el tipo dogmático, al establecer una 
doctrina inmutable, prevalece sobre el tipo pastoral, totalmente dominado 
por la historicidad y que por el contrario promulga decretos de agibilibus 
pasajeros y reformables. 

Además, todo Concilio dogmático tiene una parte pastoral o dispositiva 
fundada sobre la parte dogmática. En el Vaticano II la propuesta de ex- 
poner primero la doctrina y después la pastoral fue rechazada; no aparece 
ningún pronunciamiento de género dogmático que no sea repetición de Con- 
cilios precedentes. La Nota emitida el 16 de noviembre de 1965 por mons. 
Pericle Felici, secretario general del Concilio, sobre la calificación teológi- 
ca correspondiente a las doctrinas enunciadas por el Sínodo, establecía que 
atendiendo a su fin pastoral, S. Synodus tantum de rebus fidei vel morum ab 
Ecclesia tenenda definit quae ut talia aperte ¡psa declaravit 2 . 

Ahora bien, no existe ninguna perícopa de los textos conciliares cuya dog- 
maticidad esté asegurada, quedando por tanto sobreentendido que donde se 
reafirma la doctrina ya definida en el pasado la calificación teológica no puede 
ser dudosa. De todos modos, en la citada comparación de tipos, debe mante- 
nerse firmemente la prioridad del dogmático, porque desciende de una verdad 


19M. LEFEBVRE, Un évéque parle Jarzé 1976, p. 104. 
20E] Sagrado Concilio establece que de las cosas de fe y de moral sólo hay obligación de 
creer aquéllas que la Iglesia ha definido como tales 


56 3. La preparación del Concilio 


filosófica anterior a toda proposición teológica, y por otro lado expuesta en 
la Escritura. Debido a la procesión metafísica del ente, el conocimiento es 
anterior a la voluntad y la teoría a la práctica: In principio erat Verbum (En 
el principio era el Verbo) (Juan 1, 1). El acto dispositivo y preceptivo de 
la disciplina eclesiástica no tiene fundamento si no emana del conocimiento. 
Pero con esto entraríamos también en la tendencia pragmática que tentó al 
Concilio en muchos de sus momentos. 


3.8. Las previsiones del Card. Montini. Su 
minimalismo 


Conviene hacer una mención particular de las previsiones del card. Gio- 
vanni Battista Montini, arzobispo de Milán, en una publicación dedicada por 
la Universidad Católica al futuro Concilio. El documento es peculiar si se lo 
examina en sí mismo, pero más aún si se lo toma como luz para reconocer la 
continuidad y discontinuidad del pensamiento del Papa: me refiero a la con- 
tinuidad innegable de ciertas directrices y la abierta discontinuidad entre el 
optimismo y el pesimismo final de aquel Pontificado. El texto es el siguiente: 
El Concilio debe indicar la línea del relativismo cristiano, de hasta dónde la 
religión católica debe ser férrea custodia de valores absolutos, y hasta dónde 
puede y debe ceder a una aproximación y a una connaturalidad de la vida 
humana tal como se presenta históricamente (OR, 8-9 de octubre de 1962) 
21 

Algunos defectos de expresión, como ceder a la connaturalidad, pueden 
hacer un poco difícil la hermenéutica de esta declaración, pero su fondo es 
evidente. El Concilio (parece) no prepara una expansión del catolicismo, pero 
la produce en la medida en que sea reducida al mínimo su parte sobrenatural 
y se consiga una máxima coincidencia de la religión con el mundo, conside- 
rado connatural a ella, si se deben tomar los términos tal como aparecen. 
La Iglesia no puede entonces, según la imagen vulgar, ser levadura que su- 
ba la masa, ni revestir al hombre transformando su fundamento; antes bien, 
se intentará que se empape del mundo, porque así impregnada, lo impreg- 
nará a su vez. Una declaración como ésta supone que la Iglesia se encuentra 
actualmente en la necesidad de transigir con el mundo, en un estado de 
necesidad análogo a aquél en el cual le pareció a Clemente XIV que se en- 
contraba en el siglo XVIII, conduciéndole a suprimir la Compañía de Jesús. 
Es una valoración proveniente de una prudencia cauta, pero no de una pru- 


21 Todos los subrayados en los textos citados son siempre nuestros, y se hacen a fin que 
destaquen las partes del texto que son objeto del comentario. 


3.9. Las previsiones catastrofistas 57 


dencia valiente. Delinea además un proyecto de acción conciliar derivado de 
un supuesto difícilmente aceptable por la religión, según el cual el hombre 
debe ser aceptado tal como es; muy al contrario, la religión lo atrae hacia 
sí tal como es, pero no lo acepta así, porque está corrompido: la religión 
tiene siempre como punto de mira el deber ser, precisamente para curarle de 
la corrupción y salvarlo. 

Pero la declaración de 1962 es importante si, yendo más allá de los 
pronósticos de reflorecimiento tan familiares al Montini Papa, se la mira con- 
juntamente con aquélla, ciertamente paradójica, pronunciada el 18 de febrero 
de 1976: No debemos temer, un día, constituir quizás una minoría, si somos 
fieles; no nos avergonzaremos de la impopularidad, si somos coherentes; no 
haremos caso de ser unos vencidos, si somos testigos de la verdad y de la 
libertad de los hijos de Dios. 

Y esa perspectiva de miseria y casi de inanición abierta a la Iglesia en 
1968 se anuncia aún más en el gemido de la trágica invocación en las exequias 
de Aldo Moro: Un sentimiento de pesimismo viene a anular tantas serenas 
esperanzas y a sacudir nuestra confianza en la bondad del género humano. 
Aquí gime el hombre (pero más aún el Pontífice, próximo a su muerte) sobre 
el proyecto, que yace destruido, de todo su Pontificado ? . 


3.9. Las previsiones catastrofistas 


Este término no está usado aquí en un sentido de amenaza, sino en el sen- 
tido neutral de una transformación radical: corresponde a las expectativas de 
quienes presagiaban y perseguían una mutación radical del catolicismo. Mons. 
Schmitt, obispo de Metz, lo profesa abiertamente: La situación de civilización 
que vivimos supone cambios no solamente en nuestro comportamiento exte- 
rior, sino en la idea misma que nos hacemos tanto de la creación como de la 
salvación realizadas por Jesucristo % . 

La doctrina subyacente a tal pronóstico fue después acogida confusa- 
mente, ya fuese bajo la forma de su difusión popular, ya bajo la de una 
firme acción de grupos organizados que imprimieron al Concilio impulsos 
poderosos. Son los partidarios de una dirección catastrófica quienes se atreven 
a atribuir a Juan XXIII el proyecto de hacer explotar desde dentro el mono- 
litismo de la Iglesia Católica (Corriere della Sera, 21 de abril de 1967). Son 
los discípulos del teocosmologismo confuso y poético de Teilhard de Chardin: 
Creo que el gran acontecimiento religioso de la actualidad es el despertar de 


220. ANDREOTI, Diario 1976-1979, Roma 1981, p. 224, dice que parecía como si el 
Papa hablase «casi reprochándole al Señor todo lo que había sucedido». 
23Cit. en Itinéraires, n. 160, p. 106. 


38 3. La preparación del Concilio 


una Religión nueva, que poco a poco hace adorar al Mundo y que es indispens- 
able a la Humanidad para que ésta pueda continuar trabajando. Por tanto es 
fundamental que mostremos al Cristianismo como capaz de divinizar el nisus 
y el opus humanos naturales (Diario, p. 220). El monitum del Santo Oficio 
contra las doctrinas teilhardianas había de facto caído en desuso con Juan 
XXIMIT"., 

Persuadidos justamente de la irreformabilidad esencial de la Iglesia, los 
innovadores se proponen lanzar a esta Iglesia fuera de sí misma, a la búsque- 
da de un meta-cristianismo (por adoptar el término teilhardiano), puesto que 
una religión renovada es una nueva religión. Para no morir, el cristianismo 
debería sufrir una mutación en el sentido genético y teilhardiano. Pero si para 
no morir la religión debe salir fuera de sí misma, tal expresión envuelve una 
contradicción, viniendo a decir que debe morir para no morir. Ya en el catoli- 
cismo francés de antes de la guerra se manifestaron doctrinas defendiendo tal 
revolución radical en la Iglesia, y el card. Saliége escribía: Ha habido cam- 
bios biológicos improvisados que han hecho aparecer nuevas especies. ¿No 
asistimos quizá ahora a una especie de cambios que modificará profunda- 
mente la estructura humana (quiero decir la estructura mental y psicológica 
del hombre)? A esta pregunta, que los filósofos juzgarían impertinente, se 
podrá responder dentro de quinientos años 


24Una prueba de la desarticulación interna de la Curia romana, que olvida a menudo toda 
apariencia de coherencia, tuvo lugar en 1981. Con ocasión de la celebración del centenario 
del nacimiento de Teilhard de Chardin en el Institut Catholique de París, el Secretario de 
Estado card. Casaroli envió a mons. Poupard, presidente del Instituto, un mensaje en el 
que se alababan los méritos contraídos ante la Iglesia por dicho jesuita. Puesto que Teilhard 
había sido objeto de un Monitum del Santo Oficio que en 1962 denunciaba en sus obras 
ambigúedades y errores graves, el homenaje prestado por la Santa Sede suscitó escándalo y 
fue necesario, como suele decirse, un «redimensionamiento» (en realidad una retractación) 
de aquellas alabanzas. 

25Cit. en J. GUITTON, Scrivere come si ricorda, Alba 1975, p. 31). 


Capítulo 4 


El desarrollo del Concilio 


4.1. El discurso inaugural. 


El discurso inaugural: el antagonismo con el mundo y la libertad 
de la Iglesia 

El discurso inaugural del Concilio pronunciado por Juan XXIII el 11 de 
octubre de 1962 es un documento complejo porque, según informaciones fia- 
bles, reflejó la mente del Papa en una redacción sobre la cual influyó una 
mente que no era la suya. Además, hasta en la identificación misma del texto 
el documento plantea problemas canónicos y filológicos. Para dar a conocer 
su sustancia la centraremos en torno a algunos puntos. 

En primer lugar, el discurso se abre con una enérgica afirmación del aut 
aut ordenado a los hombres por la Iglesia Católica, que rechaza la neutral- 
idad y utralidad entre el mundo y la vida celeste y ordena todas las cosas 
temporales a un destino eterno. 

Aparte del texto profético de Luc. 2, 34, según el cual Cristo será signo 
de contradicción y se convertirá en resurrección o ruina para muchos, el Papa 
cita el más decisivo de Luc. 11, 23: Qui non est mecum, contra me est (Quien 
no está conmigo, está contra Mí). Estos textos jamás fueron citados después 
en los documentos conciliares, dado que la asamblea buscó más los aspectos 
compartidos por la Iglesia y el mundo y hacia los que ambos convergen, que 
aquéllos en los cuales se oponen y combaten. 

La perfecta coherencia de esta parte de la alocución inaugural con la men- 
talidad católica aparece también allí donde se asegura que todos los hombres, 
particularmente considerados o reunidos socialmente, tienen el deber de ten- 
der a conseguir los bienes celestiales (pág. 748, n. 13): se trata del concepto 
tradicional del señorío absoluto de Dios, que afecta a la realidad humana 
no sólo como persona individual, sino también como sociedad, y sanciona la 


99 


60 4. El desarrollo del Concilio 


obligación religiosa del Estado. 

El segundo punto relevante del discurso es la condena del pesimismo de 
quienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación (n. 9). 
Observando el nuevo curso del mundo, el Papa reconoce un general alejamien- 
to de las inquietudes espirituales, pero encuentra ese alejamiento compensado 
con la ventaja de que por la vida moderna desaparezcan los innumerables obs- 
táculos que en otros tiempos impedían el libre obrar de los hijos de la Iglesia 
(n. 11). La referencia histórica es doble, quedando la duda de si el Papa tenía 
en mente la indebida injerencia ejercitada por el Imperio y la Monarquía 
absoluta sobre la Iglesia (en tiempos en los que en último término todo de- 
pendía de la religión) o por el contrario las vejaciones sufridas por la Iglesia 
desde el siglo XVIII hasta ahora por obra del Estado liberal (en tiempos en 
que la separación de la religión respecto de la esfera civil preparaba la actual 
condición de la civilización). 

Más bien parece lo primero que lo segundo; pero es necesario señalar 
que la Iglesia luchó continuamente en la teoría y en la práctica contra la 
servidumbre de la Iglesia ante la potestad civil, especialmente en la elección 
de obispos y en la instauración de beneficios eclesiásticos. Bastaría recordar 
hasta qué punto la deploraba Rosmini. 

Incluso el llamado derecho de veto (en la práctica, una pura condescen- 
dencia de hecho) fue muchas veces considerado nulo y pasado por alto, como 
ocurrió en los cónclaves que eligieron a Julio III, a Marcelo II, a Inocencio X, 
e incluso a San Pío X: es decir, todas las veces que el coraje supo prevalecer 
sobre la intimidación de la razón política. 

El juicio optimista del Pontífice acerca de la actual libertad de la Igle- 
sia concuerda ciertamente con la realidad de la Iglesia de Roma, liberada 
de la carga del poder temporal; pero lo contradicen crudamente las circun- 
stancias de las Iglesias nacionales, muchas de las cuales se encuentran hoy 
encadenadas. 

Por otra parte, la llamativa ausencia de episcopados enteros a los que 
sus gobiernos impidieron acudir al Concilio no pudo escapar al lamento del 
Papa, que confesaba experimentar un vivisimo dolor por la ausencia de tantos 
pastores de almas para Nos queridísimos, los cuales sufren prisión por su 
fidelidad a Cristo (n. 12). Conviene además señalar cómo dicha deplorada 
servidumbre era en los siglos pasados un aspecto de la compenetración de 
la vida religiosa con la sociedad: dicha compenetración era debida a una 
imperfecta distinción entre valores subordinados religiosos y civiles, conside- 
rados como un conjunto informado por la religión. Al contrario, la presente 
liberación procede de la pérdida de autoridad de la Iglesia en los espíritus 
del siglo, invadidos por una aspiración eudemonista y por la indiferencia 
doctrinal. 


4.1. El discurso inaugural. 61 


Pero el punto relevante y casi secreto al cual es necesario referirse al tratar 
de la libertad del Concilio es la atadura de esa libertad consentida pocos 
meses antes por Juan XXIII, al firmar con la Iglesia ortodoxa un acuerdo en 
virtud del cual el Patriarcado de Moscú aceptaba la invitación papal de enviar 
observadores al Concilio; el Papa por su parte aseguraba que el Concilio se 
abstendría de condenar el comunismo. 

El pacto tuvo lugar en agosto de 1962 en Metz (Francia) y se conocen 
todos los detalles de tiempo y lugar a través de una rueda de prensa concedida 
por mons. Schmitt, obispo de aquella diócesis * . La negociación concluyó con 
un acuerdo que firmaron el metropolita Nicodemo por parte de la Iglesia 
Ortodoxa, y el cardenal Tisserant (decano del Sacro Colegio) por parte de 
la Santa Sede. La noticia del acuerdo fue dada en estos términos por France 
nouvelle, boletín central del Partido Comunista Francés, en el número de 
16-22 de enero de 1963: Puesto que el sistema socialista mundial manifiesta 
de forma innegable su superioridad y recibe su fortaleza de la aprobación 
de centenares y centenares de millones de hombres, la Iglesia ya no puede 
contentarse con un tosco anticomunismo. Incluso se ha comprometido, con 
ocasión del diálogo con la Iglesia ortodoxa rusa, a que no habrá en el Concilio 
un ataque directo contra el régimen comunista. Por parte católica, el diario 
La Croix de 15 de febrero de 1963 informaba del acuerdo, concluyendo: Des- 
pués de esta entrevista, Mons. Nicodemo aceptó que alguien se acercase a 
Moscú a llevar una invitación, a condición de que fuesen dadas garantías en 
lo que concierne a la actitud apolítica del Concilio. La condición impuesta 
por Moscú de que el Concilio no se pronunciase sobre el comunismo no fue 
nunca secreta, pero su publicación en forma aislada no tuvo efecto sobre la 
opinión pública al no ser retomada ni divulgada por la prensa; esto se debió o 
bien a una gran apatía y anestesia de los estamentos eclesiásticos en torno 
a la naturaleza del comunismo, o bien a una acción silenciadora deseada 
e impuesta por el Pontífice. Pero su efecto fue poderoso (aunque silente) 
sobre el desenvolvimiento del Concilio, durante el cual, y en cumplimiento de 
la preterición pactada, se rechazó una propuesta de renovar la condena del 
comunismo. 

La veracidad de los acuerdos de Metz recibió recientemente una impre- 
sionante confirmación en una carta de Mons. Georges Roche, secretario del 
cardenal Tisserant durante treinta años. Con la intención de defender al ne- 
gociador vaticano, este prelado romano sale al paso de las imputaciones de 
Jean Madiran y confirma enteramente la existencia del acuerdo entre Ro- 
ma y Moscú, precisando que la iniciativa de los encuentros fue tomada per- 
sonalmente por Juan XXIII a sugerencia del card. Montini y que Tisserant 


Ver el periódico Le Lorrain, 9 de febrero de 1963. 


62 4. El desarrollo del Concilio 


recibió órdenes formales tanto para firmar el acuerdo como para vigilar su 
exacta ejecución durante el Concilio ? . 

De este modo, el Concilio se abstuvo de volver a condenar el comunismo; 
en las Actas no se encuentra ni siquiera esa palabra, tan abundante en los 
documentos papales hasta aquel momento * . 

La gran Asamblea se pronunció específicamente sobre el totalitarismo, 
el capitalismo o el colonialismo, pero ocultó su juicio sobre el comunismo 
tras un juicio genérico sobre las ideologías totalitarias. El debilitamiento del 
sentido lógico propio del espíritu del siglo arrebata también a la Iglesia el 
temor a la contradicción. En el discurso inaugural del Concilio se celebra la 
libertad de la Iglesia contemporánea en el mismo momento en que se con- 
fiesa que muchísimos obispos están encarcelados por su fidelidad a Cristo y 
cuando, en virtud de un acuerdo propugnado por el Pontífice, el Concilio se 
encuentra constreñido por el compromiso de no pronunciar ninguna condena 
contra el comunismo. Esta contradicción, siendo grande, lo es menos si se la 
compara con la contradicción de fondo consistente en fundamentar la reno- 
vación de la Iglesia sobre la apertura al mundo, para luego borrar de entre 
los problemas del mundo el problema principalísimo, esencialísimo y decisivo 
del comunismo. 


4.2. El discurso inaugural. Poliglotismo y poli- 
semia textuales 


El tercer punto del discurso papal se refiere al quicio mismo sobre el cual 
gira el Concilio: el modo en que la verdad católica pueda comunicarse al 
mundo contemporáneo pura e íntegra sin atenuaciones (n. 14). 

Aquí el estudioso se enfrenta a un obstáculo imprevisto. En las alocuciones 
papales, texto oficial válido como expresión de su pensamiento es por norma 
solamente el texto latino. Ninguna traducción tiene tal autoridad, a no ser 
que sea reconocida como auténtica. Ésta es la razón por la que el Osservatore 
Romano, cuando añade al texto latino original la versión italiana, advierte 
siempre que se trata de una traducción privada. Ahora bien, como el texto 
latino es obra del colegio de traductores, los cuales traducen el texto original 
redactado por el Papa en italiano, parecería legítimo referirse a las palabras 
originales, cuando sean conocidas, tomándolas como criterio interpretativo 
del latín. Se invertiría así la prioridad entre los dos textos, privilegiando 
la traducción (que es en realidad el original) sobre el original latino (que 


2Carta de mons. Roche en Jtinéraires n. 285, p. 153. 
3Ver las citadas Concordantiae, donde la voz communismus no aparece nunca. 


4.2. El discurso inaugural. Poliglotismo y polisemia textuales 63 


es en realidad una traducción). Filológicamente la inversión es legítima, pero 
canónicamente no lo es, pues es máxima de la Sede Apostólica que solamente 
el texto latino contiene su pensamiento. 

Ahora bien, entre el texto latino y la versión italiana del discurso inau- 
gural hay tales discrepancias que el sentido resulta trasmutado. Ha sucedido 
además que el desarrollo de la literatura teológica se ha guiado por la tra- 
ducción más que por el original latino. La discrepancia es tan grande que 
parece tenerse a la vista una paráfrasis, y no una traducción. Así, el original 
dice: Oportet ut haec doctrina certa et immutabilis cui fidele obsequium est 
praestandum, ea ratione pervestigetur et exponatur quam tempora postulant 
4 

La traducción italiana del OR de 12 de octubre de 1962, reproducida 
después en todas las ediciones italianas del Concilio, dice: Anche questa 
peró studiata ed esposta attraverso le forme dell indagine e della formulazione 
letteraria del pensiero moderno. Del mismo modo, la traducción francesa: La 
doctrine doit étre étudiée et exposée suivant les méthodes de recherche et de 
présentation dont use la pensée moderne. Y la española, similar a las an- 
teriores: estudiando ésta y poniéndola en conformidad con los métodos de 
la investigación y con la expresión literaria que exigen los métodos actuales 
(pág. 749, n. 14). No puede disimularse la diferencia entre el original y las 
traducciones. Una cosa es que la reconsideración y la exposición de la perpe- 
tua doctrina católica se hagan de manera apropiada a los tiempos (concepto 
compresivo y amplio), y otra que se realicen siguiendo los métodos de pen- 
samiento de la filosofía contemporánea. Por ejemplo: una cosa es presentar la 
doctrina católica de una manera apropiada a la citerioridad propia de la men- 
talidad contemporánea, y otra que sea pensada y expuesta según esa misma 
mentalidad. Para que el acercamiento a la mentalidad moderna sea correcto, 
no debe adoptar los métodos del análisis marxista o la fenomenología existen- 
cialista (por ejemplo), sino adaptar a esa mentalidad la oposición polémica 
del catolicismo. 

En suma, se trata del problema al que pasa el Pontífice en la sección 
siguiente: Forma de reprimir los errores. De esto trataremos en el epígrafe 
siguiente, pero no sin haber hecho antes como paso previo algunas observa- 
ciones. Primera, que la polisemia nacida de la diversidad de las traducciones 
atestigua la pérdida de aquella precisión que fue en tiempos costumbre de 
la Curia en la redacción de sus documentos. Segunda, que la multivocidad 
se introdujo después en sucesivas alocuciones del Papa en que citaba aquella 
perícopa del 11 de octubre, unas veces según el texto latino y otras según la 


“Es necesario que esta doctrina cierta e inmutable, a la cual se debe prestar un fiel 
homenaje, sea profundizada y expuesta en el modo que los tiempos requieren. 


64 4. El desarrollo del Concilio 


traducción ? . Tercero, que la diversidad de las traducciones, pronto difun- 
didas en perjuicio del texto latino y tomadas como base de argumentación, 
contradice al original, pero las variantes coinciden entre sí unívocamente. 
Esta consonancia da motivo para conjeturar una conspiración espontánea u 
organizada con el objeto de proporcionar al discurso un sentido modernizante 
tal vez ausente de la mente del Papa. 


4.3. El discurso inaugural: nueva actitud ante 
el error 


La misma incertidumbre genera el párrafo del discurso que distingue en- 
tre la inmutable sustancia de la enseñanza católica y la variabilidad de sus 
expresiones. El texto oficial suena así: Est enim aliud ipsum depositum fiden, 
seu variantes, quae veneranda doctrina nostra continentur, aliud modus quo 
eaedem enuntiantur eodem tamen sensu eademque sententia. Huic quippe mo- 
do plurimum tribuendum est et patientia si opus fuerit in eo elaborandum, 
scilicet eae inducendae erunt rationes res exponendo, quae cum magisterio, 
cutus indoles praesertim pastoralis est, magis congruant? . 

La traducción italiana es: Altra é la sostanza dell'antica dottrina del de- 
positum fidei e altra é la formulazione del suo revestimento ed é di questo 
che devesi con pazienza tener gran tonto, tutto misurando nella forma e pro- 
porzione di un magistero a carattere prevalentemente pastorale. Y la española: 
Una cosa es la sustancia del «depositum fidei», es decir, de las verdades que 
contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de 
ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia, si fuese necesario, atemiéndose 
a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente pas- 
toral (pág. 749, n. 14). 

La diferencia es tan grande que admite sólo dos suposiciones: o bien el 
traductor italiano ha querido hacer una paráfrasis, o bien la traducción es 
en realidad el texto original. En este segundo caso, la redacción italiana 
habría parecido complicada e imprecisa (¿qué es eso de la formulación de su 


Mons. VILLOT, auxiliar de Lyon, en Echo-Liberté del 13 de enero de 1963, confirma 
que el Papa, en la alocución navideña a los Cardenales, se citaba a sí mismo en la versión 
italiana. 

SUna cosa es, en efecto, el depósito de la fe tomado en sí mismo, es decir, las verdades 
contenidas en nuestra venerable doctrina, y otra la forma con la que estas mismas verdades 
se enuncian, manteniendo sin embargo el mismo sentido y el mismo contenido. Es realmente 
necesario atribuir mucha importancia a dicha forma y trabajar en ello, si es necesario, con 
paciencia: al exponer las verdades se deberán introducir aquellas formas que más convengan 
a la enseñanza, cuya índole es principalmente pastoral 


4.3. El discurso inaugural: nueva actitud ante el error 65 


revestimiento?) y por consiguiente el latinista habría intentado captar su sen- 
tido general, desprendiéndola (impregnado como estaba por conceptos tradi- 
cionales) de cuanto de novedad contenía la redacción original. Si no, resulta 
llamativa la omisión de las palabras eoldem tamen sensu eademque sententia, 
que citan implícitamente un texto clásico de San Vicente de Lehrins, y a 
las cuales está ligado el concepto católico de la relación entre la verdad que 
hay que creer y la fórmula con la que se expresa. En el texto latino Juan 
XXIII recalca que la verdad dogmática admite multiplicidad de expresiones, 
pero que la multiplicidad concierne al acto del significar y nunca a la verdad 
significada. El pensamiento papal es continuación (se dice expresamente) de 
las enseñanzas que aparecen en las actas de Trento y del Vaticano (n. 14). 

Es sin embargo una novedad, y como novedad en la Iglesia se anuncia 
abiertamente, la actitud que debe seguirse ante los errores. La Iglesia (dice el 
Papa) no abdica ni disminuye su oposición al error, pero en nuestro tiempo 
prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad ”. Se 
opone al error mostrando la validez de su doctrina, más que condenando (n. 
15). Esta proclamación del principio de la misericordia como contrapuesto 
al de la severidad no tiene en cuenta que en la mente de la Iglesia incluso 
la condena del error es una obra de misericordia, pues atacando al error se 
corrige a quien yerra y se preserva a otros del error. Además, hacia el error 
no puede haber propiamente misericordia o severidad, al ser éstas virtudes 
morales cuyo objeto es el prójimo, mientras que el intelecto repudia el error 
con un acto lógico que se opone a un juicio falso. Siendo la misericordia, 
según la Summa Theol. II, 11, q.30, a.1, un pesar por la miseria de los demás 
acompañado del deseo de socorrerles, el método de la misericordia no se puede 
usar hacia el error (ente lógico en el cual no puede haber miseria), sino sólo 
hacia el que yerra (a quien se ayuda proponiéndole la verdad y rebatiendo el 
error). 

El Papa divide por la mitad dicha ayuda al restringir todo el oficio ejerci- 
tado por la Iglesia hacia el que yerra a la simple presentación de la verdad: 
ésta bastaría por sí misma, sin enfrentarse al error, para desbaratarlo. La 
operación lógica de la refutación se omitiría para dar lugar a una mera di- 
dascalia de la verdad, confiando en su eficacia para producir el asentimiento 
del hombre y destruir el error. Esta doctrina del Pontífice constituye una 
variación relevante en la Iglesia católica y se apoya en una singular visión 
de la situación intelectual de nuestros contemporáneos. Estos estarían tan 
profundamente penetrados por opiniones falaces y funestas, máxime in re 


"Durante la preparación del Sínodo Romano, que mantenía la antigua pedagogía de 
la Iglesia, el Papa se había ya adherido a la sugerencia de dulcificar algunas normas y 
había dicho a mons. Felici (que lo cuenta en OR, 25 de abril 1981): Hoy ya no agrada la 
imposición. No dijo no es útil, sino no agrada. 


66 4. El desarrollo del Concilio 


morali, que como dice paradójicamente el Papa los hombres, por sí solos (es 
decir, sin refutación ni condena), hoy día parece que están por condenarlas, y 
en especial aquellas costumbres que desprecian a Dios y a su Ley. Es sin duda 
admisible que el error puramente teórico pueda curarse a sí mismo cuando 
nace de causas exclusivamente lógicas; pero que se cure a sí mismo el error 
práctico en torno a las acciones de la vida, dependiente de un juicio en el 
que interviene la parte libre del pensamiento, es una proposición difícil de 
comprender. Y aparte de ser difícil desde un punto de vista doctrinal, esa 
interpretación optimista del error, que ahora se reconocería y corregiría por 
sí mismo, está crudamente desmentida por los hechos. En el momento en que 
hablaba el Papa estos hechos estaban madurando, pero en la década siguiente 
salieron totalmente a la luz. Los hombres no se retractaron de esos errores, 
sino que más bien se confirmaron en ellos y les dieron vigor de ley: la pública 
y universal adopción de estos errores morales se puso en evidencia con la 
aceptación del divorcio y del aborto; las costumbres de los pueblos cristianos 
fueron enteramente cambiadas y sus legislaciones civiles (hasta hacía poco 
modeladas sobre el derecho canónico) se tornaron en legislaciones puramente 
profanas, sin sombra de lo sagrado. Éste es un punto en el cual la clarividencia 
papal queda irrefutablemente comprometida * . 


4.4. Rechazo del Concilio preparado. La rup- 
tura de la legalidad conciliar 


Como ya hemos dicho, es característico del Vaticano II su resultado 
paradójico, según el cual todo el trabajo preparatorio (que suele conducir los 
debates, dar impronta a las orientaciones y prefigurar los resultados de un 
Concilio) resultó nulo y fue rechazado desde la primera sesión, sustituyéndose 
una inspiración por otra y una tendencia por otra ? . 

Ahora bien, tal desviación de la concepción original no tuvo lugar por una 
resolución interna del mismo Concilio en el desenvolvimiento de su regulari- 
dad legal, sino por una ruptura de la legalidad conciliar poco citada en las 
narraciones de los hechos, pero conocida hoy en su rasgos más evidentes. 

Estando en discusión en la XXIII congregación el esquema de fontibus 


SEsta variación se le escapa completamente al OR de 21 noviembre de 1981, en el artícu- 
lo «Punti fermi per camminare con la storia», el cual, analizando la legislación italiana de 
las últimas tres décadas, sólo encuentra reseñable su admirable capacidad evolutiva y de 
adaptación. 

“Este hecho singular del Vaticano II es siempre silenciado. M. GIUSTI, prefecto del 
Archivo Secreto Vaticano, recordando en el vigésimo aniversario el trabajo de la Comisión 
preparatoria, no hace ninguna referencia a él 


4.4. Rechazo del Concilio preparado. La ruptura de la legalidad conciliar 67 


Revelationis preparado por la comisión preparatoria y ya cribado por muchas 
consultas de obispos y de peritos, la doctrina expuesta suscitó una viva 
polémica. Los Padres más aferrados a la fórmula del Concilio de Trento, según 
la cual la Revelación se contiene in abris scriptis et sine scripto traditionibus 
(sesión IV) tomadas como dos fuentes, se encontraron en desacuerdo con los 
más partidarios de exponer la doctrina católica en términos menos hostiles 
a los hermanos separados, que rechazan la Tradición. La vivísima contienda 
entre las dos partes condujo a la propuesta avanzada el 21 de noviembre de 
truncar la discusión y rehacer totalmente el esquema *% . Una vez recogidos 
los votos, se encontró que la propuesta de suspensión no disponía de la may- 
oría cualificada de dos tercios exigida por el Reglamento del Concilio para 
todas las cuestiones de procedimiento. El secretario general hizo ver entonces: 
Los resultados de la votación han sido tales que el examen de los capítulos 
individuales del esquema en discusión se proseguirá en los próximos días. 
Pero al día siguiente, al inicio de la congregación XXIV, se anunció en cuatro 
lenguas aparte de en latín que, por considerarse la discusión más laboriosa 
y prolongada de lo previsto, el Santo Padre había decidido que una nueva 
comisión refundiese el esquema para hacerlo más breve y resaltar mejor los 
principios generales definidos por Trento y el Vaticano l. 

Con esta intervención, que reformaba de un plumazo la decisión del Con- 
cilio y anulaba el Reglamento de la asamblea, se realizaba una ruptura de la 
legalidad y se pasaba del régimen colegial al régimen monárquico. La ruptura 
de la legalidad significó también un nuevo cursus, si no doctrinal, sí al menos 
de orientación doctrinal. Los postcenia de la transformación repentina de la 
intención papal son hoy conocidos ** , pero tienen bastante menos importan- 
cia que el elemento de fuerza que vino a sobreponerse a la legalidad conciliar. 
El resultado de la votación podría haber sido invalidado por el Papa si hu- 
biese resultado en un vicio de ley o si hubiese precedido al voto una reforma 
de la ley (como la que siguió de facto con Pablo VI, que retornó al sistema 
de mayoría simple). Pero en los términos en los que ocurrió, la intervención 
papal constituye una típica sobre posición del Papa al Concilio, tanto más 
notable cuanto que el Papa fue presentado entonces como tutor de la libertad 
del Concilio. Esta sobre posición no es un motus propius, sino consecutiva a 


10No se puede disimular que sopit comicum el informe oficial del OR dice que todos 
los Padres reconocen que el esquema, fruto del trabajo de teólogos y obispos de las más 
diversas naciones, ha sido estudiado con sumo cuidado. ¿Cómo entonces se concluye que 
es impresentable? 

1De la muy objetiva narración que de este episodio hace PH. DELHAYE en Ami du 
Clergé, 1964, pp. 534-535, también se desprende que en la noche del 22 el Papa recibió al 
card. Léger y al episcopado canadiense, y que tuvieron lugar coloquios entre el card. 
Ottaviani y el card. Bea, exponentes de las dos opiniones que se habían enfrentado. 


68 4. El desarrollo del Concilio 


reclamaciones y solicitudes que consideraban la mayoría cualificada exigida 
por el Concilio como una ficción jurídica, y pasaban por encima de ella para 
que el Papa reconociese el principio de la mayoría simple. 


4.5. Más sobre la ruptura de la legalidad con- 
ciliar 


Por otro lado, la preeminente voluntad modernizadora de la asamblea 
ecuménica, que rechazó todo el trabajo preparatorio de tres años conducido 
bajo la presidencia de Juan XXIII, había aparecido ya desde la primera 
congregación con el incidente del 13 de octubre. La asamblea habría debido 
elegir aquel día a los miembros de su competencia (dieciséis sobre veinticua- 
tro) de las diez comisiones destinadas a examinar los esquemas redactados 
por la Comisión preparatoria. La secretaría del Concilio había distribuido las 
diez papeletas, cada una con espacios en blanco donde escribir los nombres 
elegidos. Había también procedido a dar a conocer la lista de los componentes 
de las comisiones preconciliares de las cuales habían surgido los esquemas. 
Este procedimiento estaba destinado obviamente a mantener una continuidad 
orgánica entre la fase de los borradores y la fase de la redacción definitiva. 
Esto resulta conforme al método tradicional. Responde también casi a una 
necesidad, pues la presentación de un documento no puede ser mejor hecha 
por nadie que por quien lo ha estudiado, cribado, y redactado. Finalmente, no 
prejuzgaba la libertad de los electores, quienes tenían la facultad de prescindir 
enteramente de las comisiones preconciliares al constituir las conciliares. 

La única objeción que podía aducirse era que, tratándose del tercer día 
desde la apertura del Sínodo y no conociéndose entre sí los miembros de la 
plural y heterogénea asamblea, la elección podía resultar viciada por pre- 
cipitación y no estar lo bastante meditada. El procedimiento les pareció sin 
embargo a una conspicua parte de los Padres una tentativa de coacción, y 
suscitó un vivo resentimiento. En la apertura de la congregación, el Card. 
Liénart, uno de los nueve presidentes de la Asamblea, se convirtió en su 
intérprete. Habiendo pedido el uso de la palabra al presidente Card. Tisserant 
y habiéndole sido denegada (conforme al Reglamento, ya que la congregación 
había sido convocada para votar, y no para decidir si votar o no), el prelado 
francés, rompiendo la legalidad aunque entre aplausos unánimes, agarró el 
micrófono y leyó una declaración: era imposible llegar a la votación sin previa 
información sobre las cualidades de los candidatos, sin previo concierto entre 
los electores y sin previa consulta a las conferencias nacionales. La votación 
no tuvo lugar, la congregación fue disuelta y las comisiones fueron después 


4.5. Más sobre la ruptura de la legalidad conciliar 69 


formadas con una amplia inclusión de elementos extraños a los trabajos pre- 
conciliares. 

El gesto del Card. Liénart fue contemplado por la prensa como un golpe 
de fuerza con el cual el obispo de Lille desviaba la marcha del Concilio y 
entraba en la historia Y . 

Pero todos los observadores reconocieron en él un momento auténtica- 
mente discriminante en los caminos del Sínodo ecuménico, uno de esos pun- 
tos en los que en un instante la historia se contrae para ir desenvolviéndose 
después. Finalmente el mismo Liénart, consciente (al menos a posteriori) 
de los efectos de aquella intervención suya y preocupado por excluir que 
fuese premeditada y concertada, lo interpreta en las citadas memorias como 
una inspiración carismática: Yo hablé solamente porque me encontré con- 
streñido a hacerlo por una fuerza superior, en la cual debo reconocer la del 
Espíritu Santo. De este modo el Concilio habría sido ordenado por Juan 
XXIII (según su propio testimonio) merced a una sugestión del Espíritu, y 
el Concilio preparado por él habría sufrido pronto un vuelco brusco a causa 
de una moción otorgada por el mismo Espíritu al cardenal francés. 

Sobre el repudio de la orientación del Concilio preparado tenemos también 
en ICI, n. 577, p. 41 (15 agosto 1982) una abierta confesión del P. Chenu, uno 
de los exponentes de la corriente modernizante. El eminente dominico y su 
compañero de orden el P. Congar quedaron desconcertados por la lectura de 
los textos de la Comisión preparatoria, que les parecían abstractos, anticua- 
dos, y extraños a las aspiraciones de la humanidad contemporánea; entonces 
promovieron una acción que hiciese salir al Concilio de ese coto cerrado y lo 
abriese a las exigencias del mundo, induciendo a la Asamblea a manifestar la 
nueva inspiración en un mensaje a la humanidad. 

El mensaje (dice el P. Chenu) suponía una crítica severa del contenido y 
del espíritu del trabajo de la Comisión central preparatoria. El texto prop- 
uesto al Concilio fue aprobado por Juan XXIII y por los cardenales Liénart, 
Garrone, Frings, Dópfner, Alfrink, Montini y Léger. Desarrollaba los temas 
siguientes: el mundo moderno aspira al Evangelio; todas las civilizaciones 
contienen una virtualidad que las impulsa hacia Cristo; el género humano es 
una unidad fraterna más allá de las fronteras, los regímenes y las religiones; 
y la Iglesia lucha por la paz, el desarrollo y la dignidad de los hombres. El 
texto fue confiado al card. Liénart y después modificado en algunas partes sin 
quitarle su originario carácter antropocéntrico y mundano, pero las modifi- 


12 Figaro, 9 de diciembre de 1976. La narración de los hechos la hemos tomado de las 
memorias del mismo LIPNART, publicadas póstumamente en 1976 bajo el título Vatican 
TI, en edición de la Facultad teológica de Lille. Concuerda con la del libro de RALPH M. 
WILTGEN, S.V.D. The Rhine flows into the Tiber, Hawthorn Books Inc., Nueva York 
1967, que sin embargo no menciona el ilegal gesto del cardenal francés. 


70 4. El desarrollo del Concilio 


caciones dejaron insatisfechos a sus promotores. Fue votado el 20 de octubre 
por dos mil quinientos Padres. En cuanto al efecto de esta acción, es relevante 
la declaración del P Chenu: £l mensaje sobrecogió eficazmente a la opinión 
pública a causa de su misma existencia. Los caminos abiertos fueron seguidos 
casi siempre por las deliberaciones y las orientaciones del Concilio. 


4.6. Consecuencias de la ruptura de la legali- 
dad 


Consecuencias de la ruptura de la legalidad. Sobre si hubo o no 
conspiración 

Los acontecimientos originados por los incidentes del 13 de octubre y del 
22 de noviembre tuvieron efectos imponentes: la recomposición de las diez 
Comisiones conciliares y la eliminación de todo el trabajo preparatorio, por lo 
que de veinte esquemas sólo pasó el de la Liturgia. Se cambió la inspiración 
general de los textos e incluso el género estilístico de los documentos, que 
abandonaron la estructura clásica en la que a la parte doctrinal seguía el 
decreto disciplinar. El Concilio se hacía en cierto modo autogenético, atípi- 
co, e improvisado. En este punto se pregunta el estudioso si esta inopinada 
inflexión del curso del Concilio fue debida a una conspiración pre y extra- 
conciliar, o bien fue efecto del natural dinamismo de la asamblea. La primera 
opinión es sostenida por los partidarios de la concepción tradicional y cu- 
rial. Estos llegan incluso a reevocar el latrocimum de Efeso: que se hubiera 
confeccionado el Concilio después de negada su propedéutica sólo parecía 
explicable mediante un concierto bien preparado de voluntades vigorosas. La 
conspiración parecería también demostrada por cuanto narra Jean Guitton, 
miembro de la Academia Francesa 1% , por confidencia del card. Tisserant. 
El decano del Sacro Colegio, mostrándole un cuadro al que sirvió de mode- 
lo una fotografía y que representaba seis purpurados rodeando al mismo 
Tisserant, dijo: Este cuadro es histórico, o más bien simbólico. Representa 
la reunión que habíamos mantenido antes de la apertura del Concilio, y en 
la que decidimos bloquear la primera sesión rechazando las reglas tiránicas 
establecidas por Juan XXIII. El órgano principal de la conspiración de los 
modernizantes, tejida por alemanes, franceses, y canadienses, habría sido la 
alianza de los Padres de esas regiones eclesiásticas; el órgano antagonista 
fue el Coetus internationalis Patrum, donde prevalecían Padres de la órbita 
latina. Es oportuno interrogarse si no se está confundiendo una conspiración 
en sentido político, con ese natural ponerse de acuerdo en las asambleas los 


13Paul VI secret, Paris 1979, p. 123. 


4.6. Consecuencias de la ruptura de la legalidad 71 


miembros que convergen entre sí por concordancias sobre la doctrina, por 
homogeneidad de interpretaciones históricas, o por la consecuente identidad 
de pretensiones. Sin duda no puede negarse que cualquier cuerpo de personas 
reunidas bajo un mismo título para cumplir un objeto social está sujeto a 
influencias. Sin ellas no puede constituirse como verdadero cuerpo activo ni 
pasar del estado de multitud atomística al de asamblea orgánica. Tales in- 
fluencias se ejercitaron siempre sobre los Concilios y no son algo accidental ni 
un vicio, sino que forman parte de la estructura conciliar. No es cuestión de 
decidir ahora si todas ellas han sido siempre conformes a la naturaleza de la 
asamblea conciliar, o si algunas provenían de fuera del Concilio en forma de 
usurpación del poder político. Es sabido de cuánto poder gozaron en el Con- 
cilio de Trento el Emperador y los príncipes, y cuán eficaz fue el ascendiente 
papal, por lo que Sarpi decía con amargo menosprecio que el Espíritu Santo 
venía de Roma en carroza. También en el Vaticano I ejercitó Pío IX un in- 
flujo potente y obligado, dado que como jefe vicarial de la Iglesia es también 
jefe vicarial del Concilio. Es la idea misma de asamblea, cualquiera que ésta 
sea, la que impone no sólo la licitud de las influencias, sino su necesidad. En 
efecto, el ser de la asamblea nace, en cuanto tal, cuando los individuos que la 
van a formar se funden en una unidad. Ahora bien, ¿qué es lo que opera tal 
fusión, si no la acción de los influjos recíprocos? Ciertamente se dan en la his- 
toria algunos que son violentos; e incluso, según una teoría que rechazamos, 
son sólo los violentos (no propiamente los influjos, sino las rupturas) los que 
fuerzan el curso de los acontecimientos. Pero sin entrar a juzgar esta cuestión, 
tengamos por cierto que solamente gracias a la conspiración un número de 
hombres reunidos en asamblea puede trascender del estado atomístico y ser 
informado por un pensamiento. 

Una asamblea conciliar (estamento de hombres eminentes por virtud, doc- 
trina y desinterés) tiene ciertamente un dinamismo distinto del de la masa 
popular, denominada por Manzoni (Los novios, cap. XIII) corpachón, en la 
cual se introducen sucesivamente ánimos opuestos para moverla hacia ac- 
ciones de injusticia y de sangre, o hacia los consejos opuestos de justicia y de 
piedad. Pero nos parece una verdad psicológica e histórica que toda asam- 
blea se convierte en un organismo solamente si interviene esa conspiración 
que diferencia y organiza la pluralidad. Y esta verdad es tan patente que el 
Reglamento interno del Concilio recomendaba en el 83 del artículo 57 que 
los Padres concordantes en concepciones teológicas y pastorales se asociasen 
en Grupos para sostenerlas en el Concilio o hacerlas sostener por sus repre- 
sentantes. Lo que sí constituye una verdad, tanto para la historia como para 
la teodicea (puede buscarse donde hemos tratado de ella ** aplicándola a 


14 Bolettino Storico della Svizzera italiana, 1, 1978, IM luganese Carlo Francesco Caselli 


72 4. El desarrollo del Concilio 


un acontecimiento histórico famoso), es que existen momentos destacados y 
privilegiados en la determinación de un completo curso de acontecimientos, 
en los cuales está virtualmente contenido el futuro, como fueron los actos del 
card. Liénart el 13 de octubre y la ruptura de la legalidad el 22 de noviembre 
de 1962. 


4.7. La actuación del Papa en el Vaticano II. 
La Nota praevia 


Con Juan XXIII la autoridad papal se manifestó solamente como aban- 
dono del Concilio que había sido preparado (con el efecto radical que ello 
supuso) y como condescendencia con el movimiento que el Concilio, rota la 
continuidad con su preparación, quiso darse a sí mismo. Los decretos adop- 
tados por Juan XXIII sin participarlos a la asamblea se caracterizan por ser 
casos particulares. Tal es la inserción de San José en el canon de la Misa, en 
el cual desde San Gregorio Magno no se había introducido ninguna novedad. 
Dicha inclusión fue pronto vivamente rechazada, sea por sus previsibles efec- 
tos antiecuménicos, sea por obedecer aparentemente a una pura preferencia 
personal del Pontífice (aunque en realidad estuviese apoyada por amplias 
capas de la Iglesia). Sólo tuvo una duración efímera, precipitándose también 
en el Erebo del olvido como otras cosas de aquel Papa que desagradaron al 
consensus conciliar. 

Aunque secundó en general el movimiento del Concilio en el sentido 
modernizante anunciado en la alocución inaugural, en algunos puntos polémi- 
cos Pablo VI creyó su deber separarse de sus sentimientos predominantes y 
hacer uso de su autónoma autoridad. El primer punto es el principio de la 
colegialidad, hasta entonces implícito en la eclesiología católica y que el Papa 
creyó que debía explicarse, convirtiéndose después en uno de los principales 
criterios de la reforma de la Iglesia. Ya fuese por la novedad de tal explicación, 
por lo sorpresivo del argumento (silenciado en la Comisión preparatoria), o 
por la delicadeza de la relación entre el primado de Pedro y la mencionada 
solidaridad colegial, el caso es que el texto conciliar resultó incompleto. En- 
tonces Pablo VI quiso que cuanto sobre la colegialidad había dicho la Consti- 
tución Lumen Gentium fuese clarificado y determinado en una Nota praevia 
de la Comisión teológica. Los términos de la clarificación fueron tales que el 
principio católico del primado didáctico y de gobierno del Papa sobre toda 
la Iglesia y sobre todos sus miembros singillatim (uno a uno) resultó sartum 
tectum y no cuestionable. 


negoziatore del Concordato napoleonico. Ver la nota de la p. 68 del boletín. 


4.7. La actuación del Papa en el Vaticano 1. La Nota praevia 73 


Como había establecido el Vaticano I, las definiciones papales concernientes 
a las cosas de fe y de moral son irreformables ex sese, non autem ex consensu 
Ecclesiae y por tanto, ni siquiera ex consensu de los obispos constituídos en 
colegio. La Nota praevia rechaza la interpretación clásica de la colegialidad, 
según la cual el sujeto de la suprema potestad en la Iglesia es solamente el 
Papa, quien la condivide cuando quiere con la universalidad de los obispos 
llamados por él a Concilio. La suprema potestad es colegial sólo por comu- 
nicación ad nutum del Papa. 


La Nota praevia rechaza también la doctrina modernista, según la cual 
el sujeto de la suprema potestad en la Iglesia es el colegio unido con el Papa 
(aunque no sin el Papa, que es su cabeza): pero de modo tal que cuando el 
Papa ejercita la suprema potestad, incluso en solitario, la ejercita en cuanto 
cabeza del colegio y como representante del colegio, al que tiene la obligación 
de consultar para expresar su pensamiento. Es una teoría calcada sobre la del 
origen popular de la autoridad, difícilmente compatible con la constitución 
divina de la Iglesia. 


Rechazando estas dos teorías, la Nota praevia afirma que la potestad 
suprema reside en el colegio de los obispos unido a su Cabeza: pero pudiendo 
ejercitarlo ésta independientemente del Colegio, mientras que el Colegio no 
puede hacerlo independientemente de la Cabeza. No se sabe si la inclinación 
del Vaticano II a desligarse de una estrecha continuidad con la tradición y 
a crear formas, modalidades y procedimientos atípicos, debe atribuirse al 
espíritu modernizante que lo caracterizó y dirigió, o bien a la mente y a la 
índole de Pablo VI. Probablemente la inclinación debe distribuirse pro rata 
entre el Concilio y el Papa. El resultado fue una renovación, o mejor dicho, 
una innovación del ser de la Iglesia, que afectó a las estructuras, los ritos, el 
lenguaje, la disciplina, las conductas, las aspiraciones: en definitiva, al rostro 
de la Iglesia, destinado a presentarse ante el mundo como algo nuevo. Por otra 
parte, no vamos a preterir aquí la singularidad, incluso formal, de la Nota 
praevia. En primer lugar, no hay ejemplo en la historia de los Concilios de una 
glosa de tal cariz añadida a una Constitución dogmática como es la Lumen 
Gentium, y ligada orgánicamente a ella. En segundo lugar, parece inexplicable 
que el Concilio, en el mismo acto de promulgación de un documento doctrinal 
(después de tantas consultas, enmiendas, cribas, aceptaciones y rechazos de 
modi) alumbre un documento tan imperfecto que deba ser acompañado por 
una cláusula explicativa. En fin, en tercer lugar, una curiosa singularidad de 
esta Nota praevia: se debería leer antes de la Constitución a la que está ligada, 
y sin embargo se edita después de ella. 


74 4. El desarrollo del Concilio 


4.8. Más sobre la actuación papal en el Vati- 
cano Il 


Más sobre la actuación papal en el Vaticano II. Intervenciones 
sobre la doctrina mariológica, las misiones y la moral conyugal 


La segunda intervención papal se refiere al culto mariano. Como pecu- 
liarísimo de la religión católica, el culto mariano tenía que ser tratado de 
pasada por un Concilio que había hecho preponderar la causa unionis so- 
bre todas las demás: bastaría un capítulo sobre la Virgen, y no un esquema 
propio, como había previsto la comisión preparatoria. Desde sus inicios el 
Sínodo se había encontrado bajo la influencia de la escuela teológica alema- 
na, influida a su vez por la mariología protestante, a la cual no se quería 
contradecir. 

Ésta, como por otra parte el Islam, reserva a la Virgen una observancia 
de pura veneración, pero rechaza el culto verdadero y propio prestado por 
la Iglesia en grado especialísimo a la Madre de Jesús. De entre los muchos 
tratamientos con que la piedad católica ha adornado a la Virgen, algunos 
(más bien la mayoría) proceden de la fantasía poética y del vívido sentimien- 
to afectivo de los pueblos cristianos; otros, al contrario, suponen o producen 
una tesis teológica. Por ejemplo, la Coronación de la Virgen ha formado parte 
de magníficas creaciones artísticas, pero permaneciendo fuera de la teología, 
mientras que la Asunción pertenece tanto a ésta como a las figuraciones del 
arte, siendo finalmente proclamada dogma por Pío XII en 1950: las razones 
del dogma de la Asunción se encuentran en las profundas conexiones on- 
tológicas entre la persona de la Madre y el individuo teándrico. De entre 
tantos títulos, quería Pablo VI que el de Madre de la Iglesia fuese consagra- 
do en el esquema sobre la Santísima Virgen, o por los menos en el capítulo 
del esquema de Ecclesia a que aquél fue reducido. Pero la asamblea no lo 
deseaba. Dicha dignidad se funda sobre razones teológicas y antropológicas: 
siendo María verdadera madre de Cristo, y siendo Cristo cabeza de la Iglesia 
e Iglesia comprimida (como la Iglesia, si nos es lícito adoptar el lenguaje de 
Nicolás de Cusa, es Cristo expandido), el paso de Madre de Cristo a Madre 
de la Iglesia es irreprensible. Pero la mayoría conciliar sostuvo que ese títu- 
lo no era esencialmente distinto de otros que, o basculan entre lo poético 
y lo especulativo, o son de incierto significado, o carecen de base teológica, 
obstaculizando así la causa unionis, por lo cual se opuso a su proclamación. 
Entonces el Santo Padre, con un acto de autónoma autoridad, procedió a su 
proclamación solemne en el discurso de clausura de la tercera sesión, el 21 
de noviembre de 1964, siendo acogido en silencio por una asamblea que en 
tantos otros momentos se mostró fácil para el aplauso. 


4.8. Más sobre la actuación papal en el Vaticano II 75 


Puesto que el título había sido expulsado del esquema por la Comisión 
teológica (pese a una imponente recogida de sufragios en su favor), y el obispo 
de Cuernavaca la había impugnado en el aula, el acto del Papa suscitó vivos 
rechazos. En ese hecho se traslucen las disensiones internas del Concilio y 
el espíritu antipapal de la fracción modernizante. Y no se puede, contra la 
evidencia de los hechos, aceptar la posterior declaración del Card. Bea. Él 
tenía razón al afirmar que habiendo faltado un voto explícito de la asamblea 
sobre la atribución o no de ese tratamiento a la Virgen, no era legítimo 
contraponer la voluntad no manifestada del Concilio a la voluntad del Papa 
expresada por modo de autoridad. 

Sin embargo, saliéndose del argumento, el cardenal intentaba establecer 
un consenso entre el Papa y el Concilio arguyendo que toda la doctrina 
mariológica desarrollada en la Constitución contenía implícitamente el título 
de Mater Ecclesiae. Ahora bien, una doctrina implícita es una doctrina en 
potencia, y quien no quiere explicitarla (llevarla a acto) disiente ciertamente 
de quien pide su explicitación. La declaración del Card. Bea (que estaba entre 
quienes se oponían) es sólo una forma de obsequio y de reparación ante el 
Papa. Descansa sobre una argumentación sofista que compara lo implícito y lo 
explícito, e intenta quitarle significado a los hechos. Quien rechaza explicitar 
una proposición implícita no tiene el mismo sentimiento que quien la quiere 
explicitada, pues no queriendo explicitarla, en realidad no la quiere. 

También evidenció las disensiones entre el cuerpo y la cabeza del Concilio 
la intervención papal del 6 de noviembre de 1964 recomendando una rápida 
aceptación del documento sobre las misiones, al que se oponían principal- 
mente los obispos de África y los Superiores de las congregaciones misioneras. 
El esquema fue rechazado, debió ser reescrito, y retornó en la IV sesión. 

Más firme y más grave fue la intervención de Pablo VI sobre la doctrina 
del matrimonio. Habiéndose pronunciado en el aula, incluso por bocas car- 
denalicias (Léger y Suenens), nuevas teorías que rebajaban el fin procreador 
del matrimonio y abrían paso a su frustración (mientras elevaban a pari o 
a maiori su fin unitivo y de donación personal), Pablo VI hizo llegar a la 
comisión cuatro enmiendas con orden de insertarlas en el esquema. 

Se debía enseñar expresamente la ilicitud de los métodos anticonceptivos 
antinaturales. Se debía declarar igualmente que la procreación no es un fin 
del matrimonio accesorio o equiparable a la expresión del amor conyugal, 
sino necesario y primario. Todas las enmiendas se apoyaban en textos de 
la Casti connubii de Pío XI, que habrían debido insertarse. Las enmiendas 
fueron admitidas, pero no así los textos de Pío XI. Mientras tanto la cuestión 
de los anticonceptivos era consultada a una comisión papal, y fue después 
decidida con la encíclica Humanae vitae de 1968, de la que hablaremos en 
886.5-6.6. La comisión conciliar excluyó los textos de Pío XI, pero Pablo VI 


76 4. El desarrollo del Concilio 


obligó a que fuesen añadidos en el esquema aprobado después por el Concilio 
en la IV sesión. 


4.9. Síntesis del Concilio en el discurso de 
clausura de la cuarta sesión 


Síntesis del Concilio en el discurso de clausura de la cuarta 
sesión. Comparación con San Pío X. Iglesia y Mundo 

El discurso de clausura del Concilio es en realidad el pronunciado por 
Pablo VI el 7 de diciembre de 1965 al término de la IV sesión, porque el del 8 
de diciembre es solamente una alocución ceremonial y de saludo. El espíritu 
que había prevalecido apareció más claro que en las concretas manifestaciones 
intermedias del Papa. 

Más se aprende en él sobre el interior de la mente de Pablo VI de cuan- 
to pueda conocerse a través de los mismos textos conciliares. El documento 
tiene una carácter optimista que lo relaciona con la alocución inaugural de 
Juan XXIII: la concordia entre los Padres es maravillosa, el momento de la 
conclusión es magnífico. En esta coloración general, que podríamos llamar 
eutímica (el Concilio ha sido muy a conciencia optimista, n. 9) se confunden 
las partes individuales de la síntesis que realiza el Papa. Las partes oscuras, 
que sin embargo se imponen a la observación del Papa y no resultan silen- 
ciadas, están investidas por reflejos de dicho optimismo. De este modo el 
diagnóstico del estado actual del mundo es, en última instancia y abierta- 
mente, positivo. El Papa reconoce la general dislocación de la concepción 
católica de la vida y ve, aun en las grandes religiones étnicas del mundo, 
perturbaciones y decadencias jamás experimentadas (n. 4). En esta perícopa 
debía tal vez hacerse al menos la excepción del Islam, que conoce en este siglo 
un nuevo crecimiento y elevación. Pero en el discurso aparece manifiesto el 
reconocimiento de la tendencia general del hombre moderno a la citerioridad 
(Diesseitigkeit) y al progresivo rechazo de toda ulterioridad y trascendencia 
(Jenseitigkeit). Pero hecho este exacto diagnóstico de las vacilaciones moder- 
nas, el Papa lo mantiene en el ámbito puramente descriptivo y no reconoce 
a la crisis el carácter de una oposición principal a la axiología católica de la 
ulterioridad. 

También San Pío X había reconocido en la encíclica Supremi pontificatus, 
con diagnóstico idéntico al de Pablo VI, que el espíritu del hombre moderno es 
un espíritu de independencia que orienta hacia sí mismo todo lo creado y mira 
a su propio endiosamiento. Pero el Papa Sarto había reconocido del mismo 
modo el carácter fundamental de esta mundanidad y por tanto había señalado 


4.9. Síntesis del Concilio en el discurso de clausura de la cuarta sesión 77 


claramente el antagonismo (se entiende que objetivo, prescindiendo de las 
ilusiones y las intencionalidades subjetivas) por el cual viene necesariamente 
a chocar con el principio católico: éste lo dirige todo de Dios hacia Dios, aquél 
por el contrario del hombre hacia el hombre. 

Hacen por consiguiente los dos Papas un idéntico diagnóstico del estado 
del mundo, pero divergen en el juicio de valor. Así como San Pío X, citando 
a San Pablo (II Tes. 2, 4), veía al hombre moderno hacerse dios y pretender 
ser adorado, así Pablo VI dice expresamente que la religión del Dios que se 
ha hecho hombre, se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre 
que se hace Dios (n. 8). Y sin embargo, obviando el carácter fundamental 
del enfrentamiento, piensa que gracias al Concilio el enfrentamiento no ha 
producido un choque, ni una lucha, ni un anatema, sino una simpatía inmen- 
sa: una atención nueva de la Iglesia a las necesidades del hombre. Y contra 
la objeción de que plegándose al mundo y casi corriendo hacia él, la Iglesia 
abdicaría de su propio camino teotrópico y entraría en la vía antropológica, 
el Papa opone que actuando así la Iglesia no se desvía en el mundo, sino 
que se vuelve hacia él. Aquí viene al caso preguntarse: ¿se vuelve para unirse 
a él o para atraerlo hacia sí? Ciertamente, el oficio de veracidad propio de 
la Iglesia desciende de su oficio de caridad hacia el género humano. Incluso 
la crudeza de la corrección doctrinal tal como fue ejercitada en tiempos re- 
sulta monstruosa si se la separa de la caridad, pues tanto existe la caritas 
severitatis como la caritas suavitatis. 

Pero la dificultad consiste en no traicionar a la verdad a causa de la 
caridad, y en acercarse a la humanidad moderna (inserta en un movimiento 
antropotrópico) no para secundar su movimiento, sino para invertirlo. No se 
dan dos centros de la realidad, sino un solo centro y sus epígonos. Y no estoy 
seguro de que en este discurso Pablo VI haya precisado suficientemente el 
carácter meramente mediador del humanismo cristiano, ya que la caridad no 
puede hacer aceptar como fin último, ni siquiera perfunctoriamente, el propio 
de la visión antropológica: el triunfo y endiosamiento del hombre. 

La imprecisión del discurso es patente también en la adopción, de dos 
fórmulas contrarias: para conocer al hombre es necesario conocer a Dios y 
para conocer a Dios es necesario conocer al hombre (n. 16). Según la doctrina 
católica, hay un conocimiento de Dios accesible por vía natural a todos los 
hombres, y un conocimiento de Dios sólo revelado sobrenaturalmente. Y del 
mismo modo, hay dos conocimientos del hombre. Pero decir sin distinción 
que para conocer al hombre es necesario conocer a Dios y, viceversa, para 
conocer a Dios es necesario conocer al hombre, constituye no ya el círculo 
sólido reconocible (dada aquella distinción) en la fórmula católica, sino un 
círculo vicioso que impediría al espíritu encontrar un verdadero principio de 
movimiento para conocer al hombre y para conocer a Dios. 


78 4. El desarrollo del Concilio 


Todo el discurso en torno al hombre y a Dios puede después extenderse 
desde el conocimiento hasta el amor. De hecho el Papa dice que para amar 
a Dios hace falta amar a los hombres, pero no menciona que es Dios quien 
hace amable al hombre, y que el motivo del deber de amar al hombre es el 
deber de amar a Dios. En conclusión, la esencia del discurso final es la nueva 
relación de la Iglesia con el mundo. Bajo este aspecto, el discurso final del 
Concilio es un documento de extrema importancia para quien quiera indagar 
las variaciones del Concilio y su sustancia oculta y potencial, que los desa- 
rrollos postconciliares irían actuando y descubriendo. Estos desarrollos están 
mezclados con los de las opuestas y coexistentes tendencias que operaban en 
el Concilio. Las iremos ahora rebuscando en el complejo, turbado y ambiguo 
desarrollo de la Iglesia postconciliar. 


Capítulo 5 


El post Concilio 


5.1. La superación del Concilio. El espíritu 
del Concilio 


Como hemos visto, el Concilio rompió con toda su preparación y se de- 
sarrolló mediante una superación del Concilio tal como había sido prepara- 
do. Pero después de la clausura, el período postconciliar, que habría debido 
suponer la realización del Concilio, supuso sin embargo también la superación 
de éste. Este hecho se deplora con frecuencia incluso en los discursos del Papa, 
quien lo dijo expresamente, por ejemplo, el 31 de enero de 1972, refiriéndose 
a pequeñas minorías, pero audaces y fuertemente disolventes. 

También queda demostrado por las no pocas voces que, considerando 
insuficientes las novedades conciliares, piden un Vaticano III para impulsar 
a la Iglesia a dar el paso adelante al cual se resistió o vaciló dar en el primer 
encuentro. 

Los excesos son particularmente palpables en el orden litúrgico, donde la 
Misa se encontró transmutada de arriba abajo; en el orden institucional, que 
fue investido de un espíritu democrático de consulta universal y de perpetuo 
referendum; y más aún en el orden de la mentalidad, abierta a componerse 
con doctrinas alejadas del principio católico. 

La superación tuvo lugar bajo el lema de una causa compleja, anfibológi- 
ca, diversa y confusa, que se denominó espíritu del Concilio. Y así como éste 
superó su propia preparación, o más bien la dejó de lado, su espíritu superó al 
mismo Concilio. La idea de espíritu del Concilio no es una idea clara y dis- 
tinta, sino una metáfora: significa propiamente su inspiración. Reconducida 
al terreno de la lógica, está ligada a la idea de aquello que es principal en un 
hombre y le mueve en todas sus operaciones. 

La Biblia habla del espíritu de Moisés y narra que Dios tomó el espíritu 


79 


80 5. El post Concilio 


de Moisés y lo llevó a los setenta ancianos (Núm. 11, 25). El espíritu de Elías 
entró en su discípulo Eliseo (IV Rey. 2, 15). Cien veces más menciona el 
espíritu del Señor. En todos estos pasajes, el espíritu es lo que en un hombre 
precede a todo acto y preside todos sus actos como primum movens. 

Los setenta ancianos que empiezan a profetizar cuando Dios les lleva el 
espíritu de Moisés tienen por ideal y por motor supremo el mismo que Moisés. 
El espíritu de Elías en Eliseo es el pensamiento de Elías, que se hace propio 
de Eliseo. El espíritu del Señor es el Señor mismo, convertido en razón y 
motivo de operación en todos los que tienen el espíritu del Señor. Del mismo 
modo, el espíritu del Concilio es el principio ideal que motiva y da vida a sus 
operaciones, y, por decirlo a la manera estoica, «lo hegemónico» en él. 

Pero dicho esto, queda claro que si bien el espíritu del Concilio (lo que 
subyace en el fondo de sus decretos y viene a ser su a priori) no se identifica 
ciertamente con su letra, tampoco es independiente de ella. ¿En qué cosas 
se expresa un cuerpo deliberante, sino en sus disposiciones y en sus delibe- 
raciones? La apelación al espíritu del Concilio, y sobre todo por parte de 
quienes pretenden superarlo, es un argumento equívoco y casi un pretexto 
para poder introducir en él su propio espíritu de innovación. 

Puede observarse aquí que siendo el espíritu de aquella magna asamblea 
nada menos que su principio informante, admitir en él una multiplicidad de 
espíritus equivaldría a plantear una multiplicidad de Concilios, considerada 
por algunos autores como algo enriquecedor. La suposición de que el espíritu 
del Concilio sea múltiple puede surgir solamente de la incertidumbre y de la 
confusión que vician ciertos documentos conciliares y dan lugar a la teoría 
de la superación de éstos por obra de aquel espíritu. 


5.2. La superación del Concilio 


La superación del Concilio. Carácter anfibológico de los textos 
conciliares 

En realidad, el rebasamiento del Concilio apelando a su espíritu se debe 
unas veces a una franca superación de su letra, y otras a la amplitud y negli- 
gencia de los términos. Es una franca superación cada vez que el postconcilio 
ha desarrollado como conciliares cuestiones que no encuentran apoyo en los 
textos, y de los cuales éstos ni siquiera conocen la expresión. Por ejemplo, la 
palabra pluralismo no se encuentra más que tres veces, y siempre referida a la 
sociedad civil *. Del mismo modo, la idea de autenticidad como valor moral 
y religioso de la conducta humana no aparece en ningún documento, ya que si 
bien la voz authenticus aparece ocho veces, su sentido es siempre el filológico 


lVer dicha voz en las citadas Concordantiae del Vaticano II. 


5.2. La superación del Concilio 81 


y canónico referido a las Escrituras auténticas, al magisterio auténtico, o a las 
tradiciones auténticas, y jamás el de ese carácter de inmediatez psicológica 
celebrado hoy como indicio cierto de valor religioso. 


En fin, el vocablo democracia con sus derivados no se encuentra en ningún 
punto del Concilio, aunque se encuentre en los índices de ediciones aprobadas 
de los textos conciliares. Pese a ello, la modernización de la Iglesia postcon- 
ciliar resulta en gran parte un proceso de democratización. 


Existe también una abierta superación cuando, descuidando la letra del 
Concilio, se desarrollan las reformas en sentido opuesto a su voluntad legis- 
lativa. El ejemplo más conspicuo es el de la universal eliminación de la lengua 
latina en los ritos latinos, cuando según el artículo 36 de la Constitución 
sobre la liturgia debería conservarse en el rito romano; de facto fue proscrita, 
celebrándose en todas partes la Misa en lengua vulgar, tanto en la parte 
didáctica como en la parte sacrificial. Ver 9$938.2-38.8. Sin embargo, prevalece 
sobre la superación abierta la que tiene lugar apelando al espíritu del Concilio 
e introduciendo el uso de nuevos vocablos destinados a llevar consigo como 
mensaje una idea concreta, aprovechándose para este fin de la ambigúedad 
misma de los enunciados conciliares ? . 


A este propósito es sumamente importante el hecho de que habiendo 
dejado el Concilio tras de sí, según es costumbre, una comisión para la inter- 
pretación auténtica de sus decretos, ésta no haya dado jamás explicaciones 
auténticas y no sea citada nunca. De este modo, el tiempo postconciliar, más 
que de ejecución, fue de interpretación del Concilio. 


Faltando una interpretación auténtica, se abandonó a la disputa de los 
teólogos la definición de los puntos en los que la mente del Concilio se 
mostró incierta y cuestionable, con ese grave perjuicio para la unidad de 
la Iglesia que Pablo VI deploró en el discurso del 7 de diciembre de 1968. Vér 
SL 

El carácter anfibológico de los textos conciliares * proporciona así fun- 
damento tanto a la interpretación modernista como a la tradicional, dando 
lugar a todo un arte hermenéutico tan importante que no es posible eludir 
aquí una breve referencia. 


2Tal incertidumbre es confesada por un testigo autorizado, el card. PERICLE FELICI, 
secretario general del Concilio, según el cual la Constitución Gaudium et Spes maiore litura 
habría podido ser perfeccionada en algunas expresiones (OR, 23 de julio de 1975). Por otro 
lado, la redacción original de Gaudium et Spes fue parcialmente en francés. 

“Esta ambigiiedad es admitida también por los teólogos más fieles a la Sede Romana, 
que se esfuerzan en disculpar al Concilio. Pero es evidente que la necesidad de defender 
la univocidad del Concilio es ya un indicio de su equivocidad. Ver por ejemplo la defensa 
que hace PHILIPPE DELHAYE, Le métaconcile, en Esprit et Vi, 1980, pp. 513 y ss. 


82 5. El post Concilio 


5.3. Hermenéutica del Concilio en los inno- 
vadores 


Hermenéutica del Concilio en los innovadores. Variaciones semán- 
ticas. La palabra «diálogo» 


La profundidad de la variación operada en la Iglesia en el período postcon- 
ciliar se deduce también de los imponentes cambios producidos en el lenguaje. 
Ya no entro en la desaparición en el uso eclesiástico de algunos términos co- 
mo infierno, paraíso, o predestinación, significativos de doctrinas que no se 
tratan ni siquiera una vez en las enseñanzas conciliares: puesto que la palabra 
sigue a la idea, su desaparición implica desaparición, o cuando menos eclipse, 
de esos conceptos, en un tiempo relevantes en el sistema católico. 


También la transposición semántica es un gran vehículo de novedad: lla- 
mar «operador pastoral» al párroco, Cena a la Misa, servicio a la autoridad 
o a cualquier otra función, autenticidad a la naturaleza (incluso aunque sea 
deshonesta), etc., arguye una novedad en las cosas a las que antes se hacía 
referencia con los segundos vocablos. 


El neologismo, por lo demás filológicamente monstruoso, está destinado 
algunas veces a significar ideas nuevas (por ejemplo, «concienciar»); pero más 
a menudo nace del deseo de novedades, como es patente en la utilización de 
presbítero en vez de sacerdote, diaconía en vez de servicio, o eucaristía en 
vez de Misa. En esta sustitución de los términos antiguos por neologismos 
se oculta siempre una variación de conceptos, o por lo menos una coloración 
distinta. 

Algunas palabras que no habían sido frecuentadas nunca en los documen- 
tos papales y estaban relegadas a casos concretos, han conquistado en el corto 
período de pocos años una difusión prodigiosa. El más notable es el vocablo 
«diálogo», hasta entonces desconocido en la Iglesia. Sin embargo, el Vaticano 
II lo adoptó veintiocho (28) veces y acuñó la frase celebérrima que indica el 
eje y la intención primaria del Concilio: «diálogo con el mundo» (Gaudium 
et Spes 43) y «mutuo diálogo» entre Iglesia y mundo * . La palabra se con- 
virtió en una categoría universal de la realidad, sobrepasando los ámbitos de 
la lógica y la retórica, a los que en principio estaba circunscrita. Todo tenía 
estructura dialéctica. Se llegó hasta configurar una estructura dialéctica del 
ser divino (no ya en cuanto trino, sino en cuanto uno), de la Iglesia, de la re- 
ligión, de la familia, de la paz, de la verdad, etc. Todo se convierte en diálogo 
y la verdad in facto esse se diluye en su propio fieri como diálogo. Ver más 


“En realidad, decir mutuo parece superfluo, ya que si sólo habla la Iglesia no hay diálogo 
sino monólogo. 


5.4. Más sobre la hermenéutica innovadora del Concilio 83 


adelante $816.1-16.6 * . 


5.4. Más sobre la hermenéutica innovadora 
del Concilio 


Más sobre la hermenéutica innovadora del Concilio. Circiteris- 
mos. Uso de las partículas adversativas «pero» y «sino». La profun- 
dización 

Un procedimiento común en la argumentación de los innovadores es el 
circiterismo: consiste en referirse a un término indistinto y confuso como 
si fuese algo sólido e incuestionable, y extraer o excluir de él el elemento 
que interesa extraer o excluir. Tal es por ejemplo el término espíritu del 
Concilio o incluso el de Concilio. Recuerdo cómo hasta en la praxis pastoral 
los sacerdotes innovadores, que violaban las normas más firmes y que ni 
siquiera después de su celebración habían cambiado, respondían a los fieles, 
sorprendidos por sus arbitrariedades, apelando al Concilio. 

Por supuesto no se me escapa que dadas, por un lado, la limitación de la 
intentio humana (incapaz de contemplar simultáneamente todos los aspectos 
de un objeto complejo), y por otro la existencia de un ejercicio libre del pen- 
samiento, el cognoscente no puede sino dirigirse sucesivamente a las diversas 
partes del complejo. Pero afirmo que esa natural operación intelectiva no 
puede confundirse con el intencionado apartamiento que la voluntad puede 
imprimir al acto intelectivo a fin de que (como se dice en el texto evangélico) 
mirando no vea, y escuchando no entienda (Mat. 13, 13). 

La primera operación se encuentra también en la búsqueda legítima (la 
cual por su naturaleza es progresiva pedetentim), mientras a la segunda con- 
viene un nombre distinto al de búsqueda: de hecho, más que a las cosas, 
concede valor a un quid nacido de la propensión subjetiva de cada cual. 

Se suele también hablar de mensaje, y de código con el que se lee y se 
descifra el mensaje. La noción de lectura ha suplantado a la de conocimiento 
de la cosa, sustituyendo la fuerza constrictiva de la cognición unívoca por una 
posible pluralidad de lecturas. Un idéntico mensaje puede ser leído (dicen) 
en claves distintas: si es ortodoxo puede descifrarse en clave heterodoxa, y si 
es heterodoxo en clave ortodoxa. 

Tal método olvida que el texto tiene su sentido primitivo, inherente, ob- 
vio y literal; éste debe ser comprendido antes de cualquier interpretación, 


5Es también significativo el uso de la voz maniqueo, aplicada a cualquier contraposición 
(incluida la de bien vs mal) para rechazar todo absoluto axiológico. Quien califica un 
comportamiento moral como malo es enseguida acusado de maniqueísmo. 


84 5. El post Concilio 


y tal vez no admite el código con el que será leído y descifrado en la se- 
gunda lectura. Los textos del Concilio tienen, como cualquier otro texto, e 
independientemente de la exégesis que se haga de ellos, una legibilidad ob- 
via y unívoca, un sentido literal que es el fundamento de todos los demás. 
La perfección de la hermenéutica consiste en reducir la segunda lectura a 
la primera, que proporciona el sentido verdadero del texto. La Iglesia no ha 
procedido jamás de otra manera. 

El método practicado por los innovadores en el período postconciliar con- 
siste en iluminar u obscurecer partes concretas de un texto o de una verdad. 
No es sino un abuso de la abstracción que la mente hace por necesidad 
cuando examina un complejo cualquiera. Tal es en realidad la condición del 
conocimiento discursivo (que tiene lugar en el tiempo, a diferencia de la in- 
tuición angélica). A esto se añade otro método, propio del error, consistente 
en esconder una verdad detrás de otra para después proceder como si la ver- 
dad oculta no sólo estuviese oculta, sino como si simpliciter no existiese. Por 
ejemplo, cuando se define la Iglesia como pueblo de Dios en marcha, se es- 
conde la verdad de que la Iglesia comprende también la parte ya in termino 
de los beatos (su fracción más importante, por otra parte, al ser aquélla en 
la que el fin de la Iglesia y del universo está cumplido). En un paso ulterior, 
lo que aún se incluía en el mensaje, aunque epocado, acabará por ser expul- 
sado de él, rechazándose el culto a los Santos. El procedimiento que hemos 
descrito se realiza frecuentemente según un esquema caracterizado por el uso 
de las partículas adversativas «pero» y «sino». 

Basta conocer el sentido completo de las palabras para reconocer inmedia- 
tamente la intención oculta de los hermeneutas. Para atacar el principio 
de la vida religiosa se escribe que no se pone en cuestión el fundamento 
de la vida religiosa, sino su estilo de realización. Para eludir el dogma de 
la virginidad de la Virgen in partu se dice que es lícito dudar, no de la 
creencia en sí misma, sino de su objeto exacto, del que no se tendría la 
seguridad de que comprenda el milagro del alumbramiento sin lesión corporal 
6. Y para disminuir la clausura de las monjas se afirma que debe mantenerse 
la clausura, pero adaptándola a las condiciones de tiempo y lugar ". Se sabe 
que la partícula «mas» (sinónima de pero) equivale a magis (más), de la cual 
proviene, y por tanto con la apariencia de mantener en su lugar la virginidad 
de la Virgen, la vida religiosa o la clausura, se dice en realidad que más que el 
principio lo importante son los modos de realizarlo según tiempos y lugares. 

Ahora bien, ¿qué queda de un principio si está por debajo, y no por 


6Ver J. H. La virginité de Maríe Friburgo (Suiza) 1957 que combate la tesis heterodoxa 
de A. MITTERER ,Dogma und Biologie, Viena 1952. 

Estos dos textos están tomados del gran Informe en tres tomos de la Union des Supe- 
riorieurs de France citada en Jtinéraires, n. 155 (1971), P. 43. 


5.5. Caracteres del post Concilio. La universalidad del cambio 85 


encima de su realización? ¿Y cómo no ver que existen estilos de realización 
que en vez de ser expresión del fundamento, lo destruyen? Según esto, se 
podría decir que no se pone en discusión el fundamento del gótico, sino su 
modo de realización, y prescindir entonces del arco ojival. Esta fórmula del 
pero/sino se encuentra a menudo en intervenciones de Padres conciliares, los 
cuales introducen en el aserto principal alguna cosa que es después destruida 
con el pero/sino de la afirmación secundaria, de modo que ésta última se 
convierte en la verdadera afirmación principal. 

Aún en el Sínodo de Obispos de 1980, el Grupo B de lengua francesa 
afirma: El Grupo se adhiere sin reservas a la Humanae vitae, pero haría 
falta superar la dicotomía entre la rigidez de la ley y la ductilidad pastoral. 
La adhesión a la encíclica se convierte así en puramente vocal, porque más 
que ella lo que importa es plegarse a la ley de la humana debilidad (OR, 
15 octubre de 1980). Más abierta es la fórmula de quien pide la admisión 
de los divorciados a la eucaristía: No se trata de renunciar a la exigencia 
evangélica, sino de conceder a todos la posibilidad de ser reintegrados a la 
comunión eclesial (ICI, n. 555, 13 de octubre de 1980, p. 12). Y todavía 
en el Sínodo de 1980 sobre la familia apareció en los grupos innovadores 
el uso del vocablo «profundización». Mientras se persigue el abandono de la 
doctrina enseñada por la Humanae vitae, se le profesa una completa adhesión, 
pero pidiendo que la doctrina sea profundizada: es decir, no confirmada con 
nuevos argumentos, sino transmutada en otra. La profundización consistiría 
en buscar y buscar hasta llegar a la tesis opuesta. 

Aún más relevante resulta que el método del circiterismo haya sido adop- 
tado alguna vez en la redacción misma de los documentos conciliares. El circi- 
terismo fue impuesto entonces intencionadamente para que posteriormente 
la hermenéutica postconciliar pudiese resaltar o negligir las ideas que le in- 
teresase. Lo expresamos de una forma diplomática, pero después del Concilio 
extraeremos las conclusiones implícitas $ . Se trata de un estilo diplomático 
(etimológicamente, doble) en el cual la palabra es elegida con vistas a la 
hermenéutica, invirtiendo el orden natural del pensamiento y de la escritura. 


5.5. Caracteres del post Concilio. La univer- 
salidad del cambio 


La primera característica del período postconciliar es el cambio generali- 
zadísimo que revistió todas las realidades de la Iglesia, tanto ad intra como 


8Declaración del P. SHILLEBEECKS en la revista holandesa De Bazuin n. 16. 1965: 
Traducción francesa en Itinéraires n. 155 (1971, p. 40). 


86 5. El post Concilio 


ad extra. 

Bajo este aspecto el Vaticano II supuso una fuerza espiritual tan impo- 
nente que obliga a colocarlo en un puesto singular en la lista de los Concilios. 
Esta universalidad de la variación introducida plantea además la siguiente 
cuestión: ¿no se trata quizá de una mutación sustancial, como dijimos en 
883.5-3.7, análoga a la que en biología se denomina modificación del idi- 
otipo? La incógnita planteada consiste en saber si no se estará produciendo 
el paso de una religión a otra, como no se recatan en proclamar muchos cléri- 
gos y laicos. Si así fuese, el nacimiento de lo nuevo supondría la muerte de lo 
viejo, como sucede en biología y en metafísica. El siglo del Vaticano Il sería 
entonces un magnus articulus temporum, la cima de uno de los giros que el 
espíritu humano viene haciendo en su perpetuo revolverse sobre sí mismo. 

El problema puede también plantearse en otros términos: ¿no sería quizá el 
siglo del Vaticano II la demostración de la pura historicidad de la religión 
católica, o lo que es lo mismo, de su no-divinidad? Puede decirse que la 
amplitud de la variación es casi exhaustiva ? . 

De las tres clases de actitudes en las cuales se compendia la religión (las 
cosas que creer, las cosas que esperar, y las cosas que amar), no hay ninguna 
que no haya sido alcanzada y transformada tendenciosamente. En el orden 
enoseológico, la noción de fe pasa de ser un acto del intelecto a serlo de la 
persona, y de adhesión a verdades reveladas se transforma en tensión vital, 
pasando así a formar parte de la esfera de la esperanza (818.2). 

La esperanza deprecia su objeto propio, convirtiéndose en aspiración y 
expectativa de una liberación y transformación terrenales (819.1). 

La caridad, que como la fe y la esperanza tiene un objeto formalmente 
sobrenatural (820.1), rebaja del mismo modo su término volviéndose hacia 
el hombre, y ya vimos cómo el discurso de clausura del Concilio proclamó al 
hombre condición del amor a Dios. 

Pero no sólo han sido alcanzados por la novedad estas tres clases de acti- 
tudes humanas concernientes a la mente, sino también los órganos sensoriales 
del hombre religioso y creyente. Para el sentido de la vista han cambiado las 
formas de los vestidos, los ornamentos sacros, los altares, la arquitectura, las 
luces, los gestos. 

Para el sentido del tacto la gran novedad ha sido poder tocar aquello que 
la reverencia hacia lo Sagrado hacía intocable. Al sentido del gusto le ha sido 
concedido beber del cáliz. 


9P. Hegy, en una tesis publicada en la colección Théologie historique, dirigida por el P. 
Daniélou, sostiene que este Concilio ha modificado todos los dominios, de la vida religiosa, 
excepto la organización eclesiástica del poder, y que el Vaticano II no es solamente una 
revolución sino una revolución incompleta (Lautorité dans le catholicisme contemporain, 


París 1975, pp 15- 17). 


5.5. Caracteres del post Concilio. La universalidad del cambio 87 


Al olfato, por el contrario, le resultan casi vetados los olorosos incensarios 
que santificaban a los vivos y a los muertos en los ritos sagrados. Finalmente, 
el sentido del oído ha conocido la más grande y extensa novedad jamás opera- 
da en cuestión de lenguaje sobre la faz de la tierra, habiendo sido cambiado 
por la reforma litúrgica el lenguaje de quinientos millones de personas; la 
música ha pasado además de melódica a percusiva, y se ha expulsado de los 
templos el canto gregoriano, que desde hacía siglos suavizaba a los hombres 
la edad del enmudecimiento de los cánticos (cfr. Ecl. 12, 1-4) y rendía los 
corazones. 

Y no anticipo aquí lo que se verá más adelante sobre las novedades en las 
estructuras de la Iglesia, las instituciones canónicas, los nombres de las cosas, 
la filosofía y la teología, la coexistencia con la sociedad civil, la concepción 
del matrimonio: en fin, en las relaciones de la religión con la civilización en 
general. 

Se plantea entonces el difícil discurso de la relación entre la esencia y las 
partes contingentes de una cosa, entre la esencia de la Iglesia y sus accidentes. 
¿Acaso no pueden todas esas cosas y géneros de cosas ser reformadas en la 
Iglesia, y permanecer la Iglesia idéntica? Sí, pero conviene observar tres cosas. 

Primero: también existen lo que los escolásticos llamaban accidentes ab- 
solutos, aquéllos que no se identifican con la sustancia de la cosa, pero sin 
los cuales tal cosa no puede existir. Tales son la cantidad en la sustancia 
corpórea, o la fe en la Iglesia. 

Segundo: aunque en la vida de la Iglesia haya partes contingentes, no 
todos los accidentes pueden ser asumidos o excluidos indiferentemente por 
ella, ya que así como toda cosa posee unos accidentes determinados y no 
otros (una nave de cien estadios, decía Aristóteles, ya no es una nave), y 
así como, por ejemplo, el cuerpo tiene extensión y no tiene conciencia, así la 
Islesia se caracteriza por ciertos accidentes y no por otros, y los hay que no 
son compatibles con su esencia y la destruyen. 

El perpetuo combate histórico de la Iglesia consistió en rechazar las for- 
mas contingentes que se le insinuaban desde dentro o se le imponían desde 
fuera, y que habrían destruido su esencia. Por ejemplo, ¿no era acaso el 
monofisismo un modo contingente de entender la divinidad de Cristo? Y el 
espíritu privado de Lutero, ¿no era acaso un modo accidental de entender la 
acción del Espíritu Santo? 

Tercero: aunque las cosas y los géneros de cosas afectados por el cambio 
postconciliar son accidentes en la vida de la Iglesia, éstos no se deben con- 
siderar indiferentes, como si pudieran ser o no ser, ser de un modo o ser de 
otro, sin que resultase cambiada la esencia de la Iglesia. No es ciertamente 
éste el lugar para introducir la metafísica y aludir al De ente et essentia de 
Santo Tomás. Sin embargo es necesario recordar que la sustancia de la Igle- 


88 5. El post Concilio 


sia no subsiste más que en los accidentes de la Iglesia, y que una sustancia 
inexpresada, es decir, sin accidentes, es una sustancia nula (un no-ser). 

Por otra parte, toda la existencia histórica de un individuo se resume 
en sus actos intelectivos y volitivos: ahora bien, ¿qué son intelecciones y 
voliciones sino realidades accidentales que accidunt, vienen y van, aparecen y 
desaparecen? Y sin embargo el destino moral de salvación o de condenación 
depende precisamente de ellas. 

Por consiguiente, toda la vida histórica de la Iglesia es su vida en sus acci- 
dentes y contingencias. ¿Cómo no reconocerlos como relevantes y, si se piensa, 
como sustancialmente relevantes? Y los cambios que ocurren en las formas 
contingentes ¿no son cambios, accidentales e históricos, de la inmutable es- 
encia de la Iglesia? Y allí donde todos los accidentes cambiasen, ¿cómo po- 
dríamos reconocer que no ha cambiado la sustancia misma de la Iglesia”? 
¿Qué queda de la persona humana cuando todo su revestimiento contin- 
gente e histórico resulta cambiado? ¿Qué queda de Sócrates sin el éxtasis de 
Potidea, sin los coloquios del ágora, sin el Senado de los Quinientos y sin la 
cicuta? ¿Qué queda de Campanella sin las cinco torturas, sin la conspiración 
de Calabria, sin las traiciones y los sufrimientos? ¿Qué queda de Napoleón sin 
el Consulado, sin Austerlitz y Waterloo? Y sin embargo todas estas cosas son 
accidentales en el hombre. Los Platónicos, que aíslan la esencia de la historia, 
la reencontrarán en el hiperuranio. Pero nosotros, ¿dónde la encontraremos? 


5.6. Más sobre el post Concilio 


Más sobre el post Concilio. El hombre nuevo. Gaudium et Spes. 
Profundidad del cambio 

Si se estudian los movimientos progresivos o regresivos que han agitado la 
Iglesia a lo largo de los siglos, se encuentra que abundaron los catastróficos: los 
que pretenden cambiar ab inus la Iglesia, y por medio de ella a la humanidad 
entera. Son efecto del espíritu de independencia, que pretende disolver los 
lazos con el pasado para lanzarse hacia adelante sin contemplaciones (en 
sentido etimológico). No se trata de una reforma dentro de los límites de 
la naturaleza misma de la Iglesia, ni llevada a cabo por medio de ciertas 
instituciones recibidas como primordiales, sino un movimiento palingenésico 
que reinventa la esencia de la Iglesia y del hombre dándoles otra base y 
otros límites. No se trata ya de lo nuevo en las instituciones, sino de nuevas 
instituciones; ni de la independencia relativa de un desarrollo que germine 
orgánicamente en dependencia con el pasado, dependiente a su vez de un 
fundamento otorgado semel pro semper, sino de la independencia pura y 
simple, o como se dice hoy, creativa. 


5.6. Más sobre el post Concilio 89 


Hay precedentes de tal intento. Por no alejarme demasiado en las alega- 
ciones yendo a buscarlas en la herética escatología terrena de la Tercera Era 
(la del Espíritu Santo), me bastará recordar el cariz que la renovación católica 
tomaba el siglo pasado en el encendido pensamiento de Lamennais, recogido 
en las cartas inéditas publicadas por Périn % . Según el sacerdote bretón, era 
imposible que la Iglesia se resistiese a sufrir grandes reformas y profundas 
transformaciones, las cuales eran tan certísimas como imprevisibles en sus 
contornos: instaba en cualquier caso a un nuevo estado de la Iglesia, a una 
nueva era cuyo fundamento sería puesto por Dios mismo mediante una nueva 
manifestación. 

Y tampoco me alargaré demostrando que esta creación de un hombre nue- 
vo, propia de la Revolución moderna, coincide exactamente con la profesada 
en forma esotérica por el nazismo hitleriano. Según Hitler, el ciclo solar del 
hombre llega a su término, y ya se anuncia un hombre nuevo que pisoteará la 
humanidad antigua, resurgiendo con una esencia nueva *! . Gaudium et Spes 
aporta uno de los textos más extraordinarios a este propósito. El oficio moral 
que debe prevalecer en el hombre de hoy (dice) es la solidaridad social culti- 
vada mediante el ejercicio y la difusión de la virtud, ut vere novi homines et 
artifices novae humanitatis exsistant cum necessario auxilio divinae gratiae 
12 El vocablo novus se encuentra doscientas doce (212) veces en el Vaticano 
II, con frecuencia desproporcionadamente mayor que en cualquier otro Con- 
cilio. Dentro de este gran número, novus aparece a menudo en el sentido obvio 
de novedad relativa que afecta a las cualidades o las categorías accidentales 
de las cosas. Así se habla (es obvio) de Nuevo Testamento, de nuevos medios 
de comunicación, de nuevos impedimentos a la práctica de la fe, de nuevas 
situaciones, de nuevos problemas, etc. Pero en el texto citado (y quizá tam- 
bién en Gaudium et Spes: ...nova exsurgit humanitatis condicio) el vocablo se 
torna en un sentido más estrecho y riguroso. Es una novedad en virtud de la 
cual no surge en el hombre una cualidad o perfección nueva, sino que resulta 
mutada su misma base y se tiene una nueva criatura en sentido estrictísimo. 
Pablo VI ha proclamado repetidamente lo novedoso del pensamiento concil- 
iar: Las palabras más importantes del Concilio son novedad y puesta al día. 
La palabra novedad nos ha sido dada como una orden, como un programa 
(OR, 3 julio 1974). Conviene aquí resaltar que la teología católica (o más 
bien la fe católica) no conoce más que tres novedades radicales capaces de 
renovar la humanidad y casi transnaturalizarla. 


l0En Mélanges de politique et économie, Lovaina 1882. 

“Ver las Tischreden de Hitler, dadas a conocer por HERMANN RAUSCHNING en 
Hitler me dijo, Ed. Atlas, Madrid 1946, especialmente el cap. XLII, La Revolución eterna. 

12 .. de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de 
una nueva Humanidad, con el auxilio necesario de la divina gracia. 


90 5. El post Concilio 


La primera es defectiva, y es aquélla por la cual a causa del pecado original 
el hombre cayó del estado de integridad y sobrenaturalidad. 


La segunda es restauradora y perfectiva, y es aquélla por la cual la gracia 
de Cristo repara el estado original y lo lleva más allá de la constitución 
originaria. 


La tercera es la que completa todo el orden, y merced a la cual al final 
de los siglos el hombre en gracia es beatificado y glorificado en una suprema 
asimilación de la criatura al Creador (asimilación que tanto in vía Thomae 
como in via Scoti es el fin mismo del universo). 


No es por eso posible imaginar una humanidad nueva que permaneciendo 
en el orden actual del mundo sobrepase la condición de novedad a la que ha 
sido transferido el hombre por la gracia de Cristo. Tal superación pertenece al 
orden de la esperanza y está destinada a realizarse en un momento novísimo 
para todas las criaturas: cuando haya una tierra nueva y un cielo nuevo. 


La Escritura adopta para la gracia el verbo crear en un sentido muy 
conveniente, porque el hombre no recibe por la gracia un poder o una cualidad 
nueva, sino una nueva existencia y algo que concierne a su esencia. Así como 
la creación es el paso del no-ser al ser natural, la gracia es el paso del no-ser al 
ser sobrenatural, discontinuo respecto al primero y completamente original, 
de tal manera que constituye una nueva criatura (II Car. 5, 17) y un hombre 
nuevo (Ef. 4, 24) % . 


Esta novedad, injertada durante la vida terrena en la esencia del alma, 
informa toda la vida mental e informará también la vida corporal en la meta- 
morfosis final del mundo. Pero fuera de esta novedad que confiere al hombre 
una nueva existencia no sólo moral, sino ontológica (por un algo divino real 
que se inserta en el Yo del hombre), la religión católica no conoce ni inno- 
vación, ni regeneración, ni adición de ser. 


Por tanto puede concluirse que los novi homines del Concilio no deben 
entenderse en el sentido fuerte de un cambio de esencia, sino en el sentido 
débil de una gran restauración de vida en el cuerpo de la Iglesia y de la 
sociedad humana. Sin embargo, dicha expresión ha sido a menudo entendida 
en ese estricto e inadmisible sentido, y ha alentado sobre el postconcilio un 
aura de anfibología y utopía. 


ISSobre esta doctrina, aparte de la Summa theol, 1, Il, q. 114, a. L, 2 v 4, ver también 
Rosmini, Antropología soprannaturale lib. 1, cap. TV, a. 2 (ed. nac., vol. XXVII, p.44) y 
Santo Tomás de Aquino. Comm. in Epist. Il ad Cor. V, 17, lect. TV. 


5.7. Imposibilidad de variación radical en la Iglesia 91 


5.7. Imposibilidad de variación radical en la 
Iglesia 


Desde el episcopado se elevan indudablemente voces que indican una mu- 
tación de fondo. Es como si la crisis de la Iglesia no fuese un sufrimiento que 
debe soportarse en aras de su conservación, sino un sufrimiento que genera 
otro ser. Según el card. Marty arzobispo de París, la novedad consiste en una 
opción fundamental por la cual la Iglesia ha salido de sé misma para anunciar 
el mensaje y hacerse misionera. Mons. Matagrin, obispo de Grenoble, no es 
menos explícito y habla de revolución copernicana, por la cual (la Iglesia) se 
ha descentrado de sí misma, de sus instituciones, para centrarse sólo sobre 
Dios y sobre los hombres (ICI, n. 58, p. 30, 15 de abril de 1983). Ahora bien, 
centrarse sobre dos centros (Dios y el hombre) puede ser una fórmula verbal, 
pero no resulta algo concebible. 

La llamada opción fundamental (es decir, opción por otro fundamento) 
es católicamente absurda. 

Primero, porque proponer que la Iglesia salga de la Iglesia significa es- 
trictamente una apostasía. 

Segundo, porque como dice 1 Cor. 3, 11, nadie puede poner otro funda- 
mento fuera del ya puesto, que es Jesucristo ** . 

Tercero, porque no es posible rechazar a la Iglesia en su ser histórico (que 
en su continuidad fue apostólico, constantiniano, gregoriano, o tridentino) y 
a la vez tener como programa saltarse los siglos, como confiesa el P. Congar: 
la idea consiste en dar un salto de quince siglos. 

Cuarto, porque no se puede confundir la proyección misionera de la Igle- 
sia por el mundo con una proyección de la Iglesia fuera de sí misma. Ésta 
consiste en pasar del propio ser al propio no-ser, mientras la otra consiste 
en la expansión y propagación del propio ser hacia el mundo. Por otro lado, 
es históricamente incongruente caracterizar como misionera a la Iglesia con- 
temporánea, que ya no convierte a nadie, y negar tal carácter a aquélla que 
en tiempo cercanos a nosotros convirtió a Gemelli, Papini, Psichari, Claudel, 
Péguy, etc. Por no hablar, naturalmente, de las misiones de propaganda fide, 
florecientes y gloriosas hasta época reciente. El P. Congar argumenta que la 
Iglesia de Pío IX y Pío XII ha concluido, como si fuese católico hablar de 
la Iglesia de éste o de aquél Pontífice, o de la Iglesia del Vaticano II, en vez 
de hablar de la Iglesia universal y eterna en el Vaticano II. Mons. Polge, 
arzobispo de Aviñón, en OR del 3 de septiembre de 1976, dice con todas 
sus letras que la Iglesia del Vaticano II es nueva y que el Espíritu Santo no 


14En otro lugar dice que el fundamento son los Apóstoles, pero véase lo que dice Santo 
Tomás en el comentario a este pasaje. 


92 5. El post Concilio 


cesa de sacarla del inmovilismo; la novedad estriba en una nueva definición 
de sí misma, en el descubrimiento de su nueva esencia; y la nueva esencia 
consiste en haber recomenzado a amar al mundo, a abrirse a él, a hacerse 
diálogo. 

Esta persuasión de la innovación acaecida en la Iglesia y que queda de- 
mostrada por su universal transformación (desde las ideas hasta las cosas y 
los nombres de las cosas) se ha hecho patente también en la referencia con- 
tinua a la fe del Concilio Vaticano II, abandonando la referencia a la fe una 
y católica, que es la fe de todos los Concilios ** . 

Y con una evidencia no menor se manifestó también en la apelación de 
Pablo VI a la obediencia debida a él y al Concilio, más que a la debida a 
sus predecesores y a toda la Iglesia. No se me oculta que la fe de un Concilio 
posterior es la fe de todos los anteriores y las unifica a todas. Sin embargo, 
no se debe destacar y aislar lo que es un conjunto, ni olvidar que si la Iglesia 
es una en el espacio, aún lo es más en el tiempo: es la individualidad social 
de Cristo en la historia. 

Puede decirse en conclusión (aunque solamente con la exactitud relativa 
de todas las analogías históricas) que la situación de la Iglesia en nuestro 
siglo es la inversa de aquélla en la que se encontró en el Concilio de Cons- 
tanza: entonces había varios Papas y una sola Iglesia, hoy al contrario hay 
un solo Papa y varias Iglesias (la del Concilio y las del pasado, epocadas y 
desautorizadas). 


5.8. Más sobre la imposibilidad de una reno- 
vación radical 


La idea de una variación radical, propuesta con toda suerte de metáforas 
y circiterismos (en los cuales, probablemente por vicio del estilo, se dice lo 
que no se querría decir), está naturalmente ligada a la idea de la creación de 
una nueva Iglesia. 

Desconocida la continuidad del devenir eclesial (fundado sobre una base 


La reducción de la Iglesia al Vaticano II (es decir, la negación simultánea de la histori- 
cidad y de la supra historicidad de la Iglesia) es la idea que inspira movimientos postcon- 
ciliares enteros. En el congreso de estudios de Comunión y Liberación (Roma, octubre de 
1982), fue acertadamente destacado el carácter escatológico de la Iglesia, pero se pasó por 
alto la oposición entre ese carácter y la tendencia de los innovadores a celebrar los afanes 
mundanos del hombre; cuando éste (según se dijo) se eleva hacia el Cielo, rebota en el 
Cielo tornando a sus labores terrestres. Todo el Congreso estaba fundado sobre la idea 
de que el deber del católico hoy día es la realización del Concilio (OR, 4-5 de octubre de 
1982). 


5.8. Más sobre la imposibilidad de una renovación radical 93 


inmóvil), la vida de la Iglesia aparece necesariamente como una incesante 
creación y un proceso ex nihilo. En el Encuentro eclesial italiano de 1976, 
mons. Guiseppe Franceschi, arzobispo de Ferrara, dice en una de las ponen- 
cias principales: El problema verdadero es inventar el presente y encontrar 
en él las vías de desarrollo de un futuro que sea del hombre. Pero inventar 
el presente es un compuesto de palabras que no tiene un sentido razonable; 
y si se inventa el presente ¿qué necesidad hay de encontrar en él las vías de 
desarrollo del futuro”: basta con inventar también el futuro. La creación no 
tiene ni presupuestos ni líneas de desarrollo: ex nihilo fit quidlibet. 

Tratar con rigor gramático y lógico similares afirmaciones circiterizantes 
no produce ninguna utilidad para la resolución de la cuestión: tan sólo per- 
mite reconocer el general circiterismo del episcopado. Ya hemos citado la 
imposibilidad de novedad en el fundamento de la Iglesia y de un renacimien- 
to de la Iglesia que suplante un fundamento por otro. El hombre ha renacido 
en el bautismo y su renacimiento excluye un tercer nacimiento, que sería 
un epifenómeno del anterior y una monstruosidad. Antonio Rosmini lo llama 
formalmente herejía. El cristiano es un renacido y solamente para él renace la 
Iglesia; y así como no hay para el cristiano un grado ulterior de vida distinto 
del escatológico, tampoco existe para la Iglesia un ulterior grado distinto del 
escatológico ** . También se demuestra históricamente que no puede haber en 
la Iglesia mutaciones de la base, sino sólo sobre la base. Todas las reformas 
que han tenido lugar en la Iglesia fueron realizadas sobre un fundamento 
antiguo, sin intentar crear uno nuevo. Intentarlo es el síntoma esencial de 
la herejía, desde la gnóstica de los primeros siglos a las de los cátaros o el 
pauperismo en los tiempos medievales, o la gigantesca herejía de Alemania. 
Me detendré en dos casos. 

Savonarola operó en el pueblo florentino una poderosa elevación del espíritu 
religioso que rompió con la corrupción del siglo. No rompía sin embargo con 
la vida cotidiana de los ciudadanos, ni con las bellezas del arte, ni con la 
cultura intelectual. El movimiento iniciado por él fue ciertamente profundo y 
extenso, pero incluso levantándose contra el Pontífice Romano el fraile tuvo 
muy clara la conciencia de no estar promoviendo en la religión una novedad 
radical o un saltus in aliud genus. La raíz es la que es, y el fundamento 
ya está puesto. Son decisivas las palabras de su predicación sobre Ruth y 
Miqueas: Yo digo que hay cosas que renovar. Pero no cambiará la fe, ni el 
credo, ni la ley, evangélica, ni la potestad eclesiástica ' . 

Una coyuntura análoga se produjo a principios del siglo XVII como con- 


ISANTONIO ROSMINI Risposta ad agostino Theiner, parte 1 Cap 2 ed. nac. vol, XLII, 
p.12. 
Ed. nac., vol. I, Roma 1955, p. 188. 


94 5. El post Concilio 


secuencia de los descubrimientos de las ciencias naturales, cuando hombres 
de Iglesia demasiado abiertos al saber de la época creyeron que subsistía un 
incongruente nexo entre fe y filosofía. Pudo entonces parecer a algunos que 
la profunda variación en la concepción del universo físico suponía una trans- 
formación radical del hombre y un rechazo de la certeza religiosa, con una 
incipiente desacralización del mundo. Pero esta interpretación catastrófica del 
cambio cultural fue desmentida por los autores mismos del cambio (Galileo, 
el padre Castelli, Campanella) y por cuantos supieron mantener la separación 
entre filosofía y teología: el verdadero fruto de aquel conflicto es la reducción 
de la teología a su teologalidad. 

Campanella extraía de las novedades astronómicas, de las anomalías (según 
él creía) celestes, y del descubrimiento de nuevas tierras y nuevas naciones, 
argumentos para una universal reforma del conocimiento y de la vida, man- 
teniendo sin embargo la renovación dentro de la órbita del catolicismo, o 
incluso dentro del ámbito de la Iglesia del Papa de Roma. 

Y Galileo dirigía la advertencia siguiente a quien creía, como moderna- 
mente Bertold Brecht en su drama La vida de Galileo (1937), que la revolución 
astronómica daba inicio a una revolución de la vida en su conjunto: A quienes 
se escandalizan por tener que cambiar toda la filosofía, mostraré cómo no es 
así, y que se mantiene la misma doctrina sobre el alma, sobre la generación, 
sobre los meteoros, sobre los animales ** . 

Las grandes reformas en el saber y en la religión no rechazan la base del 
hombre, sino que más bien profesan la existencia de alguna cosa que resiste a 
la mutación, apoyándose sobre la cual el hombre edifica la novedad auténtica 
de su propio momento histórico. 

Los teólogos del Centre des pastorales des sacrements, órgano del epis- 
copado de Francia, escriben: La Iglesia no puede ser universalmente signo 
de salvación sino con la condición de morir a sí misma; de aceptar ver a 
instituciones que han demostrado su valor resultar caducas; de ver una for- 
mulación doctrinal modificada, y establecen que cuando hay conflicto entre 
las personas y la fe, es la fe la que debe ceder * . 

En este pasaje la afirmación del cambio catastrófico se erige en teoría que 
(dada la oficialidad de que está revestido dicho Centro) afecta también al 
magisterio de la Iglesia y descubre un mal que no pertenece solamente a la 
categoría de la licenciosidad y de la extravagancia doctrinal de un particular. 

Por tanto, parece superfluo alegar el diagnóstico de la crisis de la Igle- 


18Ed. nac., vol, VII, Florencia 1933, p. 541. 

190 púsculo De quel Dieu les sacrements sont signe, edit. Centre Jean Bart, s.l., 1975, 
pp. 14-15. Mons. CADOTSCH, secretario de la Conferencia episcopal helvética, declara 
también en Das neue Volk, 1980, n. 31, que la Iglesia está experimentando una mutación, 
y que hoy la teología es crítico-interrogativa («kritisclifiagende») 


5.9. La denigración de la Iglesia histórica 95 


sia hecho por quienes no pertenecen a ella, coincidentes en considerar que 
la Iglesia ha seleccionado en su tradición algunos aspectos para situarlos en 
primera fila y otros para modificarlos radicalmente, cohonestándose con el 
mundo moderno 2 . Esta composición exige una dislocación hacia la inma- 
nencia que el Vaticano II habría alentado, aunque sin intención, mediante 
una tendencial abolición de la ley en favor del amor, de lo lógico en favor de 
lo pneumático, de lo individual en favor de lo colectivo, de la autoridad en 
beneficio de la independencia, del Concilio mismo en beneficio del espíritu 
del Concilio ? . 


5.9. La denigración de la Iglesia histórica 


El fenómeno actual de denigración del pasado de la Iglesia por obra del 
clero y de los laicos supone una viva contraposición con la actitud de forta- 
leza y coraje que el catolicismo tuvo en el siglo pasado ante sus adversarios. 
Se reconocía entonces la existencia de adversarios e incluso de enemigos de la 
Iglesia, y los católicos ejercitaban a un mismo tiempo la guerra contra el error 
y la caridad hacia el enemigo. Y donde la verdad impedía la defensa de defi- 
ciencias demasiado humanas, la reverencia ordenaba cubrir esas vergilenzas, 
como Sem y Jafet con su padre Noé. 

Pero una vez implantada en la Iglesia la novedad radical y la consiguiente 
ruptura de su continuidad histórica, vinieron a menos el respeto y la vene- 
ración hacia la historia de la Iglesia, sustituidos por movimientos de censura 
y repudio del pasado. 

En efecto, el respeto y la reverencia provienen de un sentimiento de de- 
pendencia hacia quien es de algún modo nuestro principio: del ser, como los 
padres y la Patria, o de algún beneficio en el ser, como los maestros. Esos sen- 
timientos implican conciencia de una continuidad entre quien respeta y quien 
es respetado, por lo que aquellas cosas que veneramos son algo de nosotros 
mismos y bajo algún aspecto a ellas debemos nuestro ser. Pero si la Iglesia 
debe morir a sí misma y romper con su historia, y debe surgir una nueva 
criatura, es evidente que el pasado no debe recuperarse y revivirse, sino re- 
chazarse y repudiarse, dejando de ser considerado con respeto y reverencia. 
Las mismas palabras de respeto y reverencia incluyen la idea de mirar atrás, 


20N. ABBAGNANO /I giornale nuovo, 7 de julio de 1977. 

21Es la opinión, por ejemplo, del P. P. DE LOCHT en ICI, n. 518, 15 de septiembre de 
1977, p. 5, y del P. COMAO, O.P, en la televisión Suisse Romande, el 8 de septiembre 
de 1977: Realmente es la Iglesia la que ha cambiado muy profundamente, y en particular 
porque ha terminado por aceptar lo que ha ocurrido en Europa después de finales del siglo 
XVIII. 


96 5. El post Concilio 


que ya no tiene sentido en una Iglesia proyectada hacia el futuro y para la cual 
la destrucción de sus antecedentes aparece como condición de su renacimien- 
to. Ya había habido síntomas en el Concilio de una cierta pusilanimidad en 
la defensa del pasado de la Iglesia, vicio opuesto a la constantia pagana y a 
la fortaleza cristiana; pero el síndrome se desarrolló después rápidamente. No 
entro en la historiografía de los innovadores sobre Lutero, las Cruzadas, la 
Inquisición, o San Francisco. Los grandes Santos del catolicismo son reduci- 
dos a ser precursores de la novedad o a no ser nada. Pero me detendré en la 
denigración de la Iglesia y en las alabanzas a quienes están fuera de ella. 

La denigración de la Iglesia es un lugar común en los discursos del clero 
postconciliar. Por circiterismo mental, combinado con acomodación a las 
opiniones del siglo, se olvida que el deber de la verdad no sólo se debe cumplir 
con el adversario, sino también con uno mismo; y que no es necesario ser in- 
justo con uno mismo para ser justo con los demás. 

El obispo francés mons. Ancel atribuye a las deficiencias de la Iglesia los 
errores del mundo, porque a los problemas reales nosotros no suministramos 
más que respuestas insuficientes 2 . 

Ante todo haría falta precisar a quién se refiere el pronombre nosotros: ¿a 
nosotros, los católicos? ¿a nosotros, la Iglesia? ¿a nosotros, los pastores? En 
segundo lugar, para el pensamiento católico es falso que los errores nazcan 
por defecto de soluciones satisfactorias, porque coexisten siempre con los 
problemas y las soluciones verdaderas (que la Iglesia, en lo que se refiere a las 
cosas esenciales al destino moral del hombre, posee y enseña perpetuamente). 

Y resulta extraño que quienes dicen ser necesario el error para la búsque- 
da de la verdad digan después bustrofedónicamente que la búsqueda de la 
verdad se ve impedida por el error. El error tiene además una responsabilidad 
autónoma que no se debe atribuir a quien no está en el error. 

Pierre Pierrard repudia toda la polémica sostenida por los católicos en 
el siglo XIX contra el anticlericalismo; escribe directamente que el lema Le 
cléricalisme, voilá l'énnemi (entonces considerado infernal) lo hacen hoy suyo 
los sacerdotes, considerando aquel pasado de la Iglesia como una negación 
del Evangelio % . 

El franciscano Nazzareno Fabretti (Gazzetta del popolo, 23 de enero de 
1970), hablando con muchos circiterismos teológicos sobre el celibato ecle- 
siástico, carga con una acusación criminal a toda la historia de la Iglesia: 
escribe que la virginidad, el celibato y los sacrificios de la carne, puesto que 
han sido impuestos durante siglos solamente por autoridad y sin ninguna otra 
persuasión y posibilidad objetiva de elección a millones de seminaristas y de 


22Pastor BOEGNER, L'éxigence oecumenique, París 1968, p. 291. 
23 Le prétre aujourd 'hui, París 1968. 


5.10. Crítica de la denigración de la Iglesia 97 


sacerdotes, representan uno de las mayores plagas que recuerda la historia. 

Mons. Giuseppe Martinoli, obispo de Lugano, sostiene que la religión es 
responsable del marxismo, y que si los católicos hubiesen actuado de otra 
manera el socialismo ateo no hubiese llegado  . Y añade en otra ocasión 
que la religión cristiana se presenta con un nuevo rostro: ya no está hecha de 
pequeñas prácticas, de exterioridades, de grandes fiestas y de mucho ruido: 
la religión cristiana consiste esencialmente en la relación con Jesucristo 

Mons. Jacques Leclercq pretende que los responsables de la defección de 
las masas son los sacerdotes que las han bautizado ? . 

Finalmente, el Card. Garrone, en OR del 12 de julio de 1979 asegura: 
Si el mundo moderno se ha descristianizado, no es porque rechace a Cristo, 
sino porque no se lo hemos dado. En el Encuentro eclesial italiano de 1976 
la conclusión del prof. Bolgiani (relator principal) sobre el reciente pasado 
de la Iglesia en Italia fue completamente negativa: inutilidad del episcopado, 
compromiso con el poder político, oposición cerril a toda renovación, etc. 
(OR, 3-4 noviembre de 1976). El Card. Léger, arzobispo de Montreal, en una 
entrevista en ICI, n. 287 (1 de mayo de 1967), llegaba incluso a decir que sí 
decrece la práctica religiosa, no es un signo de que se pierde la fe, porque, 
según mi humilde opinión, no se la ha tenido nunca (me refiero a una fe 
personal). Según el cardenal, en el pasado no existió en los pueblos cristianos 
fe verdadera. Más adelante aclararemos el falso concepto de fe que subyace en 
estas declaraciones. Por último, S. Barreau, autor del libro La reconnaissance 
ou quést ce que la foi escribe: Por mi parte, creo que después del siglo XIII 
ha habido poca evangelización en la Iglesia (ICI, n. 309, 1 de abril de 1968). 


5.10. Crítica de la denigración de la Iglesia 


Esta tesis acusatoria (sustitutiva de la apologética o cuando menos de las 
alegaciones de la tradición católica) es ante todo superficial, porque supone 
que la causa del error de un hombre se encuentra de modo determinante y 
eficiente en el error de otros hombres. Contiene una velada negación del libre 
albedrío y de las responsabilidades personales. 

Además es equivocada, porque aquéllos a quienes se les imputa la culpa 
del error ajeno serían los únicos protagonistas de la historia, convirtiéndose 
todos los demás en deuteragonistas, o más bien en simple objeto para ellos. 
Finalmente, es irreligiosa y da lugar a una consecuencia que entra en conflic- 
to con verdades teleológicas y teológicas. En efecto, aplicando este criterio 


24 Giornale del popolo, Lugano, 6 de julio de 1969. 
25 Giornale del popolo, 6 de septiembre de 1971. 
26 0ú va VÉglise d'aujourd'hui , Tournai, 1969. 


98 5. El post Concilio 


acusatorio se acaba atribuyendo al mismo Cristo la responsabilidad del re- 
chazo que le opusieron los hombres, culpándole de no haberse manifestado 
bien y suficientemente, y de no haber disipado por completo la duda acerca 
de su divinidad: en suma, de no haber cumplido su deber de Salvador del 
mundo. 

De la Iglesia la acusación rebota hacia Cristo, del individuo social al in- 
dividuo singular que es su Fundador. La verdad es que el éxito de la Iglesia 
no es un acontecimiento de la historia, sino de la religión y de la fe; y no 
se puede contemplar la acción de la Iglesia, esencialmente espiritual y ultra- 
mundana (incluso cuando es temporal), como si valiesen para ella las leyes 
de un negocio totalmente humano. 

La tesis acusatoria se resiente de la superficialidad teológica de los inno- 
vadores, que habiendo epocado completamente el dogma de la predestinación 
ya no pueden captar ni la profundidad de la libertad humana (a la que se 
hace depender contradictoriamente de la libertad de otros) ni la profundidad 
del misterio de redención. Juan Pablo II, en el mensaje de Navidad de 1981 
(OR, 26-27 diciembre 1981) ha mostrado bien esta profundidad teológica del 
misterio cristiano. Es cierto que el misterio cristiano es el nacimiento del 
hombre-Dios venido al mundo, pero idéntico misterio es que el mundo (inclu- 
so en la natividad del Salvador) no Le haya acogido y continúe sin acogerle. 
El misterio del rechazo al Verbo constituye el misterio profundo de la reli- 
gión, y supone una gran aridez religiosa ir a buscar la causa de ello en las 
culpas de la Iglesia. 

Cristo, prefigurado en Is. 5, 4 y rememorado en el admirable oficio de 
la sexta feria en Viernes Santo, interpela al género humano: Quid est, quod 
debui ultra facere, et non feci? 7 Pero los modernos parecen contestar: Ultra, 
ultra debuisti facere et non fecisti. A la lamentación de Cristo ellos respon- 
den: appensus es in statera et inventus es minus habens (Dan. 5, 27) 4 . 
La predicación milagrosa de Cristo dejó a muchísimos en la incredulidad, a 
muchos en el pecado, a todos en la propensión al pecado. ¿Quedó acaso por 
ello truncada la Redención? Los acusadores de la Iglesia no sólo ignoran la 
psicología de la libertad junto con su misterio y la teología de la predesti- 
nación junto con su arcano, sino también la ley mayor de la teodicea, que 
reconoce en el proyecto de la manifestación de Dios ad extra un fin que se 
reconduce a la gloria de Dios ad intra. La distinción semántica entre suadere 
y persuadere ?% es suficiente para justificar la historia de la Iglesia: Eccle- 
sia veritatem suadet, non autem persuadet, porque la historia es el teatro 


27 ;Qué más había de hacer yo por mi viña que no lo hiciera? 
28 Has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso. 
29E] primer verbo significa «proponer», el segundo «imponer». 


5.11. Falsa retrospectiva sobre la Iglesia de los primeros tiempos 99 


conjunto de la predestinación divina y de la humana libertad. 


5.11. Falsa retrospectiva sobre la Iglesia de 
los primeros tiempos 


Un efecto paradójico de la denigración de la Iglesia a manos de esta nueva 
historiografía * es la exaltación desmesurada de la Iglesia primitiva, cuyo 
espíritu y costumbres se pretende adoptar. La Iglesia primitiva es presentada 
como una comunidad de perfectos inspirada por la caridad y practicante ad 
amussim de los preceptos evangélicos. 

La verdad es, por el contrario, que la Iglesia fue en todo tiempo una masa 
mixta, un campo de trigo y de cizaña, una totalidad sincrética de buenos y 
malos. Los testimonios comienzan desde San Pablo. Basta recordar los abusos 
del ágape, las facciones entre los fieles, las defecciones morales, las apostasías 
ante la persecución. 

En tiempo de San Cipriano (siglo 111) las masas cristianas se precipitaban 
en la apostasía al primer anuncio de la persecución, antes aún de que comen- 
zase el peligro real. Ad prima statim verba minantis inimici maximus fratrum 
numerus (es decir, la mayoría) fidem suam prodidit. Non expectaverunt saltem 
ut ascenderent apprehensi, ut interrogati negarent. Ultro ad forum currere 
etc. (De lapsis, 4-5) % . 

Por otra parte, ¿no pertenece acaso a los primeros siglos aquel enorme 
pulular de herejías y de cismas de los que San Agustín enumera en el De 
haeresibus ad Quodvultdeum hasta ochenta y siete formas (desde las más 
vastas y profundas, como arrianismo, pelagianismo y maniqueísmo, a las 
locales y extravagantes, como Cayanos y Ofitas)? (PL. 42, 17-50). 

La exaltación retrospectiva del cristianismo preconstantiniano sobre la 
que se apoyan los prospectivas de renovación de la Iglesia carece de fun- 
damento histórico, ya que el Cristianismo es en todo momento la mezcla 
figurada en la parábola de la cizaña. Volberone, abad de San Pantaleón, lle- 
ga a escribir que la Iglesia contiene la ciudad de Dios y la ciudad del diablo 


30La denigración de la Iglesia histórica ha tenido en época postconciliar pocas refuta- 
ciones. Es notable la que Mons. VINCENT, obispo de Rayona, hizo leer en la Radio Vaticana 
el 7 de marzo de 1981 y publicó después en su Boletín Diocesano. Refuta uno a uno los 
artículos de la difamación: que la Iglesia fuese puramente ritual, que se ignorase la Biblia, 
que faltase el sentido litúrgico, o que la cuestión sexual fuese obsesiva. El prelado obser- 
va que esta oposición entre el pasado y el presente tiene algo de infantil, caricaturesco y 
malsano. 

31 En seguida, ante las primeras voces de amenaza del enemigo, la inmensa mayoría de 
los hermanos traicionó su propia fe. No esperaron siquiera a ser arrestados, a comparecer 
ante el tribunal y a ser interrogados. Corrieron espontáneamente a presentarse. 


100 5. El post Concilio 
32 (creo que erróneamente, porque como enseña San Agustín es el mundo, y 
no la Iglesia, el que contiene a las dos ciudades). Tampoco con esto defende- 
mos la imposibilidad de distinguir una época de otra: junto al nolite ¡udicare 
(no juzguéis) (Luc. 6, 37) se lee nolite iudicare secundum faciem, sed iustum 
iudicium iudicare (Juan 7, 24) 9 . Tanto las acciones de los individuos como 
las de las generaciones son materia para tan difícil juicio. Y el juicio tiene 
por criterio lo inmóvil de religión, a la que se conforma en grados distintos 
la volubilidad de los hombres. Tampoco en esto el juicio histórico sobre la 
religión difiere, por ejemplo, del juicio estético. 

Así como las obras de arte se comparan con su modelo, y en cuanto que 
confrontadas con el modelo al que tienden (lo atestigua el trabajo del artista, 
que sabe cuándo se acerca al ideal y cuándo no) pueden también cotejarse 
entre sí, así también las diversas épocas del cristianismo son parangonables 
conforme al principio de la religión; y calibradas de este modo son también 
comparables una con otra. 

Un período de crisis de la Iglesia es aquél en el que su alejamiento del 
principio llega hasta hacerla peligrar. Pero no tomaremos como medida de un 
momento histórico otro momento histórico arbitrariamente privilegiado: no 
juzgaremos, por ejemplo, el estado actual de la Iglesia confrontándolo con la 
Islesia medieval, sino que compararemos todos ellos con su principio común 
suprahistórico e inmutable (como corresponde a la inmutabilidad divina). 


32PL., 195, 1062. 
33No juzguéis según las apariencias, sino que vuestro juicio sea justo. 


Capítulo 6 


La Iglesia postconciliar. Pablo 
VI 


6.1. Santidad de la Iglesia. El principio de la 
apologética 


Es dogma de fe (incluido en el Símbolo de los Apóstoles) que la Iglesia 
es santa, pero la definición teológica de esa santidad es ardua. No se tra- 
ta aquí del concepto de santidad canonizada, ciertamente diversificado a lo 
largo de los siglos: la santidad del Emperador San Enrique II difiere induda- 
blemente de la de San Juan Bosco, y la santidad de Santa Juana de Arco 
de la de Santa Teresa de Lisieux. Es obvio además que no son lo mismo las 
virtudes en grado heroico objeto de la canonización, y la santidad inherente 
a todos los que están en estado de gracia, en cuanto tales. En la Summa 
theol. II, q.8, a.3 ad secundum y en el tridentino Catechismus ad parochos 
(en la sección del Símbolo) se explica porqué el pecado de los bautizados no 
impide la santidad de la Iglesia, pero sigue siendo una noción compleja que 
sólo una distinción rigurosa puede clarificar. Conviene distinguir bien el ele- 
mento natural del elemento sobrenatural que da origen a la nueva criatura, el 
elemento subjetivo del objetivo, el elemento histórico del suprahistórico que 
opera dentro de él. 

En primer lugar la Iglesia es objetivamente santa porque es el cuerpo cuya 
cabeza es el hombre-Dios. Unida a su cabeza, ella misma se hace teándrica: en 
ninguna clase de cuerpo puede concebirse la existencia de un cuerpo profano 
con una cabeza santa. 

En segundo lugar es objetivamente santa porque posee la Eucaristía, que 
es por esencia el Santísimo y el Santificante: todos los sacramentos son una 
derivación eucarística. 


101 


102 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


En tercer lugar es santa porque posee de modo infalible e indefectible la 
verdad revelada. Y en esto debe colocarse el principio mismo de la apologética 
católica: la Iglesia no puede exhibir en su curso histórico una irreprensible 
serie de acciones conforme a la ley evangélica, pero puede alegar una inin- 
terrumpida predicación de la verdad; la santidad de la Iglesia debe buscarse 
en ésta, no en aquélla. Por eso los hombres que pertenecen a la Iglesia predi- 
can siempre una doctrina superior a sus hechos. Nadie puede predicarse a 
sí mismo, siempre deficiente y prevaricador, sino sólo volver a enseñar la 
doctrina enseñada por el hombre-Dios: o más bien, predicar la persona mis- 
ma del hombre-Dios. Por consiguiente, también la verdad es un constitutivo 
de la santidad de la Iglesia, ligada perpetuamente al Verbo y perpetuamente 
contraria a la corrupción, incluida la propia. 

La santidad de la Iglesia se revela también, en una manera que se podría 
decir subjetiva, en la santidad de sus miembros es decir, de todos aquéllos 
que viven en gracia como miembros vivos del Cuerpo Místico. En modo emi- 
nente y evidente aparece después en sus miembros canonizados, a quienes la 
gracia y sus propias obras impulsaron hacia grados verticales de la virtud. 
Y señalaré una vez más que esa santidad no desapareció ni siquiera en los 
períodos de mayor corrupción de la sociedad cristiana y del estamento cle- 
rical: por citar algunos ejemplos, en el siglo de la depravación paganizante 
del Papado florecieron Catalina de Bolonia (11464), Bernardino de Feltre 
(11494), Catalina de los Fiescos (11510), Francisco de Paula (11507), o Juana 
de Valois (11503), aparte de muchos reformadores como Jerónimo Savonarola 
(11498). 

No obstante, estas razones y hechos no despejan el campo a toda objeción. 
Pablo VI concedió a los denigradores que la historia misma de la Iglesia 
tiene muchas y largas páginas nada edificantes (OR, 6 junio 1972), pero dis- 
cierne demasiado débilmente entre santidad objetiva de la Iglesia y santidad 
subjetiva de sus miembros. 

Y en otro discurso usa los términos siguientes: La Iglesia debería ser 
santa, buena, debería ser tal como Cristo la ha pensado e ideado, y a veces 
comprobamos que no es digna de este título (OR, 28 de febrero de 1972). 

Da la impresión de que el Pontífice transforma en subjetiva una nota 
objetiva. Deberían los cristianos ser santos (y lo son en cuanto están en estado 
de gracia), pero la Iglesia es santa. No son los cristianos quienes hacen santa a 
la Iglesia, sino la Iglesia a los cristianos. La afirmación bíblica de la santidad 
irreprensible de la Iglesia non habentem maculam aut rugam (sin mancha, 
ni arruga, ni nada semejante]) (Ef. 5, 27) conviene sólo de manera parcial 
e incipiente a la Iglesia temporal, aunque también ella es santa. Todos los 
Padres refieren esa irreprensibilidad absoluta no ya a su estado peregrinante 
e histórico, sino a la purificación escatológica final. 


6.2. La catolicidad de la Iglesia 103 


6.2. La catolicidad de la Iglesia 


La catolicidad en la Iglesia. Objeción. La Iglesia como principio 
de división. Pablo VI 

Me parece imprescindible no continuar sin hacer referencia a otro aspec- 
to de la denigración de la Iglesia, porque fue tocado por Pablo VI el 24 de 
diciembre de 1965: La Iglesia, con su dogmatismo tan exigente, tan defini- 
torio, impide la libre conversación y la concordia entre los hombres; ella es 
en el mundo más un principio de división que de unión. Ahora bien ¿cómo 
se compatibilizan la división, la discordia, la disputa, con su catolicidad y 
santidad? 

A la dificultad el Papa responde que el catolicismo es un principio de 
distinción entre los hombres, pero no de división. Y la distinción (dice el 
Papa) es como la que suponen la lengua, la cultura, el arte o la profesión. 
Y después, corrigiéndose: Es verdad que el Cristianismo puede ser motivo de 
separación y de contrastes derivados del bien que confiere a la humanidad: la 
luz resplandece en las tinieblas y diversifica así las zonas del espacio humano. 
Pero no es propio de ella luchar contra los hombres, sino por los hombres. 

El motivo apologético parece débil y arriesgado. Comparar la variedad 
de las religiones con la variedad de las lenguas, de las culturas e incluso de 
los oficios, rebaja la religión, que es el valor supremo, al grado de valores 
superiores en su género, pero de un género inferior. Y mientras que no existe 
un lenguaje verdadero, ni un arte verdadero, ni una profesión verdadera, es 
decir absoluta, existe sin embargo una religión verdadera, es decir, absoluta. 
Interpretando la división como pura distinción el Papa no consigue resolver 
la objeción que se le planteaba, ya atisbada en pura lógica: toda distinción 
puede reducir, pero no eliminar, el elemento contradictorio que se encuentra 
en las cosas distintas; este elemento excluye una comunidad perfecta entre 
las cosas diversas e incluye siempre algo que separa a una de otra. 

El Pontífice pasaba sin embargo del orden de la fe (con su dogmatismo 
exigente y cualificante) al orden de la caridad, o más bien al de la libertad: 
al respeto de cuanto hay de verdadero y de honesto en toda religión y en toda 
opinión humana, especialmente en el intento de promover la concordia civil 
y la colaboración en toda clase de actividad buena. No entro en la cuestión 
de la libertad religiosa. 

Me basta observar que en este pasaje el principio de unidad entre los 
hombres ya no es la religión, sino la libertad; y que por consiguiente resurge 
intacta la objeción que el Pontífice se proponía resolver: la de que sea el 
catolicismo un principio de división. Para producir la unión hace falta un 
principio verdaderamente unitivo más allá de las divisiones religiosas, y según 
Pablo VI este principio es la libertad. 


104 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


Quizá la solución de la aporía entre la universalidad del catolicismo y su 
determinación (por la cual opone y divide), no deba buscarse en un principio 
de filosofía natural, como son la libertad o la filantropía, sino en un principio 
de teología sobrenatural. No se puede olvidar que en el texto sagrado Cristo es 
anunciado como signo de contradicción (Luc. 2, 34), y que la vida del cristiano 
y de la Iglesia son descritas como una situación de lucha. Conviene empero 
referirse a la superior teodicea de la predestinación, que es ab initio usque ad 
consummationem un misterio de división, de separación, y de elección (Mat. 
25, 31-46). 

Y esta contraposición, que pertenece al orden de la justicia, no contradice 
ni al fin del universo ni a la gloria de Dios: el proyecto divino no fracasa 
porque fracase el destino particular de algunos hombres. Solamente es posi- 
ble creer fracasado aquél cuando fracase éste si se confunde el fin del universo 
con el fin de todos los hombres en particular; o si se dice, como Gaudium et 
Spes, que el hombre es una criatura que Dios ama por sí misma, y no por 
sí mismo; o si se cede a la tendencia antropológica de la mentalidad moderna, 
y usando términos teológicos se abandona la distinción entre predestinación 
antecedente (que considera a la humanidad in solidum) y predestinación con- 
secuente (que considera a los hombres divisim). 


6.3. La unidad de la Iglesia postconciliar 


Estamos recorriendo las notas de la Iglesia postconciliar teniendo por not- 
ma relacionar todos los fenómenos de crecimiento a lo que nos parece ser el 
principio del catolicismo (la idea de la dependencia) y todos los fenómenos 
de decrecimiento a su idea opuesta (la independencia). El espíritu de inde- 
pendencia provoca la radicalidad de los cambios, y esta radicalidad coincide 
a su vez con la exigencia de crear un mundo nuevo; finalmente, la exigencia 
creadora da origen a una discontinuidad con el pasado y a la denigración de 
la Iglesia histórica. Nos toca ahora contemplar los efectos que el espíritu de 
independencia genera en torno a la unidad de la Iglesia. 

En el ya citado dramático discurso del 30 de agosto de 1973, Pablo VI se 
lamenta la división, la disgregación que, por desgracia, se encuentra ahora en 
no pocos sectores la Iglesia, y dice sin más que la recomposición de la unidad, 
espiritual y real, en el interior mismo de la Iglesia, es hoy uno de los más 
graves y de los más urgentes problemas de Iglesia. 

La situación de cisma es tanto más grave cuanto que los que se sepa- 
ran pretenden no haberlo hecho, y aquéllos a quienes compete declarar que 
los separados estén separados esperan sin embargo a que los cismáticos se 
confiesen como tales. Dice el Papa que éstos querrían legalizar, con cualquier 


6.3. La unidad de la Iglesia postconciliar 105 


pretendida tolerancia, la propia vinculación oficial a la Iglesia, aboliendo toda 
hipótesis de cisma, o de auto-excomunión. 

En el discurso del 20 de noviembre de 1976, el Papa vuelve sobre la 
situación de los hijos de la Iglesia que sin declarar su ruptura canónica oficial 
con la Iglesia, están si embargo en un estado anormal en sus relaciones con 
ella. 

Da la impresión de que estas afirmaciones revisten de subjetivismo un 
hecho que compete a la Iglesia establecer, que no basta el sentimiento sub- 
jetivo de estar unido a la Iglesia para que subsista el hecho de la unión. Por 
otra parte, hay en la Iglesia un órgano con una función objetiva que sabe 
cuándo la unidad se ha roto y debe declararlo así cuando sea necesario, y 
no sólo limitarse a confirmar la declaración de quien se siente separado. Al 
expresar el Papa su gran dolor por este fenómeno que se difunde como una 
epidemia en las esferas culturales de nuestra comunidad eclesial, utilizaba 
una locución elusiva y diminutiva, ya que el fenómeno alcanza también a la 
esfera jerárquica; la formación de grupos aislados y autárquicos es consentida 
por los obispos y las conferencias episcopales. 

El Papa sostiene que la desunión de la Iglesia deriva del pluralismo: éste 
debería confinarse al ámbito de las modalidades según las cuales se formula la 
fe, pero se introduce en el ámbito de su sustancia; debería confinarse al ámbito 
de los teólogos, pero se introduce en el de los obispos, que disienten entre sí. 
En el mismo discurso, el Papa ve también claramente la imposibilidad de que 
una Iglesia desunida realice la unión entre todos los cristianos y aún menos 
entre todos los hombres. 

Todavía en el discurso del 29 de noviembre de 1973, y refiriéndose a 
los que pretenden hacerse Iglesia (como suelen decir) con sólo creer que son 
Islesia, Pablo VI hace de la situación cismática este juicio mitigador: Algunos 
defienden esta ambigua posición con razonamientos en sí plausibles, es decir, 
con intención de corregir ciertos aspectos humanos deplorables o discutibles 
de la Iglesia, o con el fin de hacer avanzar su cultura y su espiritualidad, 
o para hacer que la Iglesia se ponga al ritmo con las transformaciones de 
los tiempos; dañan, e incluso rompen esa comunión, no sólo "institucional”, 
sino también espiritual, a la que desean permanecer unidos. 

Es curiosa en este pasaje de Pablo VI la identificación de los razonamien- 
tos plausibles con las intenciones de enmendar la Iglesia; parece como si las 
intenciones pudiesen rectificar el razonamiento falso de quien pretende estar 
en la Iglesia independientemente de la Iglesia, y como si toda deserción de 
la unidad eclesial debiese ser aceptada y convalidada por los desertores para 
producir un verdadero cisma en la Iglesia. ¿No es acaso una actitud históri- 
camente frecuente en conflictos de este género que quien se separa niegue 
haberse separado y más bien afirme estar más unido a la Iglesia que la Igle- 


106 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


sia misma? ¿No afirma el cismático pertenecer a la Iglesia verdadera, de la 
que la Iglesia católica en cierto modo se separa? 


6.4. La Iglesia desunida de la jerarquía 


El carácter de unidad roqueña de la Iglesia, alabado o criticado, ha sido 
sustituido en la Iglesia postconciliar por la desunión, igualmente alabada 
o criticada. De la falta de unidad en la doctrina de la fe trataremos más 
adelante. Aquí nos referimos a los hechos que demuestran la desunión en la 
jerarquía. 

Mons. Gijsen, obispo de Roermond, declara refiriéndose al pluralismo de 
la Iglesia holandesa que es imposible el acuerdo dentro de ella cuando este 
acuerdo significa que unos quieren adherirse a una Iglesia y otros a otra. Sería 
(dice) acuerdo entre Iglesias, y no dentro de la Iglesia. Y al preguntársele si la 
divergencia entre los obispos holandeses era tan grande como para hablar de 
Islesias distintas, respondió que ciertamente, explicando cómo sus hermanos 
en el episcopado de Holanda pretenden que la Iglesia Romana sea una Iglesia 
parigual a la holandesa: es decir, niegan el dogma católico del primado de 
Pedro y de sus sucesores * . El diagnóstico del obispo católico responde punto 
por punto al de la comunidad evangélica: En realidad ya no nos encontramos 
ante un catolicismo, sino ante diversos tipos de catolicismo ? . 

El significado de estos testimonios acerca de la discordia intestina del 
catolicismo resultará más manifiesto si se reflexiona sobre cómo la sólida 
concordia de la Iglesia Romana había sido siempre contrapuesta, para al- 
abarla o para criticarla, a la pluralidad del protestantismo. La fragmentación 
que el principio del espíritu privado generó en el protestantismo constituía 
hasta el Concilio un lugar común de la apologética católica. 

Un verdadero pluralismo episcopal se desprende de pronunciamientos 
opuestos acerca de un mismo punto. Por ejemplo, en 1974 los postulados 
del sínodo de Wirzburg acerca del acceso a los sacramentos de los divor- 
ciados bígamos y la participación de los no católicos en la Eucaristía, son 
rechazados por el episcopado alemán, pero propuestos idénticamente por el 
Sínodo helvético y aprobados por su episcopado. 

Más aún, en el seno de una misma Conferencia episcopal cualquier miem- 
bro puede llevar a cabo actos de disentimiento y de separación. Es la conse- 
cuencia del régimen colegial, que al deliberar por mayoría desautoriza a los 
obispos de la minoría, sin que sin embargo esté precisado el grado de sum- 


l Giornale del popolo, 28 de octubre de 1972. 
2 La voce evangelica, septiembre de 1971, órgano de la comunidad evangélica de lengua 
italiana en Suiza. 


6.4. La Iglesia desunida de la jerarquía 107 


isión debido ni de dónde proviene la obligación de someterse. Por un lado, 
todo obispo queda desautorizado, mientras por otro se le permite juzgar no 
solamente a su propia Conferencia, sino a todos los demás obispos y a todas 
las demás Conferencias ? . 

Mons. Riobé, obispo de Orléans, hizo suya abiertamente en 1974 la de- 
fensa de capellanes catecumenales de Francia, que habían sido expresamente 
rechazados por la Conferencia episcopal y por el Card. Marty (ICI, n. 537, 
1979, p. 49). 

Por conceder el Card. Dópfner la basílica de San Bonifacio en Munich 
para representar Ave Eva oder dei Fall Maria (obra ofensiva para la Vir- 
gen), recibió públicamente crítica y las protestas de mons. Graber, obispo de 
Regensburg. 

Mons. Arceo, obispo de Cuernavaca, fue reprobado por la Conferencia 
episcopal de Méjico por haber sostenido que el marxismo es un componente 
necesario del cristianismo (Dei Fels, agosto 1978, p. 252). 

Mons. Simonis, obispo de Rotterdam, abandonó la sesión del Tercer colo- 
quio pastoral holandés, al que sus hermanos continuaron asistiendo y consin- 
tiendo en las propuestas de ordenar mujeres y hombres casados (Das neue 
Volk, 1978, n. 47). 

Mons. Gijsen, obispo de Roermond, se separó de modo efectivo del resto 
del episcopado holandés instituyendo un seminario propio y rechazando la 
nueva pedagogía de formación del clero. 

Tras declarar Mons. Simonis errónea la afirmación de que la Iglesia católi- 
ca es meramente una parte de la Iglesia, fue contradicho por Mons. Ernst, 
obispo de Bre Mons. Groot afirmó que la doctrina de Mons. Simonis está fran- 
camente en oposición a las enseñanzas del Vaticano II (ICI, n. 449, 1974, p. 
Dl 

En las relaciones con la política los obispos de una misma nación son a 
menudo discordantes. En las elecciones presidenciales de Méjico en 1982 la 
mayoría recomendó votar a un candidato, mientras que una fuerte minoría 
era partidaria de un político opuesto (ICI, n. 577, 15 agosto 1982, p. 53). 

Es significativa la contraposición entre los obispos franceses y los italianos 
acerca del comunismo. Los italianos establecieron la incompatibilidad entre 
ser cristiano y adherir al marxismo ateo: la libertad de opción en las cosas 
políticas está limitada por esa incompatibilidad objetiva. Por el contrario, 
en su conferencia de 1975 los obispos franceses retiran la misión a todos los 
grupos juveniles y de acción católica y obrera y deciden dar libertad a los 


3El obispo de Coira, mons. VONDERACH, en carta de 10 de abril de 1981, no se 
recataba en reconocer: Como obispo aislado, soy impotente. La carta pertenece a mi cor- 
respondencia. 


108 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


movimientos para realizar las opciones políticas que deseen. 

Las organizaciones sociales específicamente católicas son disueltas porque 
ningún movimiento puede jamás expresar en sí mismo la plenitud del testi- 
monio cristiano evangélico (ICI n. 492, 1975, p. 7). Además de la discrepancia 
de doctrina entre los dos episcopados * son relevantes los motivos aducidos 
por los franceses. Suponen que todas las formas de testimonio son especies 
equivalentes de un mismo género, y que no existen especies opuestas a ese 
género. De paso acusan a la Iglesia de defectibilidad (pues necesitan del 
marxismo para dar un testimonio integral), y preconizan un sincretismo en 
lo social en que las contraposiciones de ideas serían completamente oblitera- 
das y destruidas. 


6.5. Desunión de la Iglesia en torno a Hu- 
manae Vitae 


La célebre encíclica Humanae vitae del 25 de julio de 1968 dio lugar a la 
más generalizada, importante y en algunos aspectos insolente manifestación 
de la disensión intestina de la Iglesia. Sobre ella publicaron documentos casi 
todas las Conferencias episcopales: unas asintiendo, otras disintiendo. 

No es una novedad en la Iglesia la aparición de documentos episcopales 
con ocasión de enseñanzas o decisiones del Papa; basta recordar cuántas 
cartas de obispos a sus diocesanos vieron la luz durante el Pontificado de Pío 
IX. Lo novedoso es que tales cartas no expresen un juicio de consenso, sino 
un juicio de revisión, como si hubiese dejado de existir el principio de que 
Prima Sedes a nemine iudicatur. 

Nadie ignora lo vivaz que fue la oposición, sobre el fondo o sobre su opot- 
tunidad histórica, al dogma de la infalibilidad, ni cómo se puso de manifiesto 
tanto en la controversia histórico-teológica como en los debates del Vaticano 
TI. Por ejemplo, los obispos alemanes no se pusieron de acuerdo sobre las obras 
de Doóllinger, condenadas por mons. Ketteler, obispo de Maguncia, pero ad- 
mitidas por otros obispos. Sin embargo, cuando el dogma fue definido, en 
el espacio de pocos meses (excepto Strossmayer, que se retrasó hasta 1881) 
todos sus oponentes se adhirieron a él. Las definiciones pontificias no sólo fija- 
ban los términos (fines) de la verdad disputada, sino que también ponían fin 
a la disputa, por ser absurdo que la doctrina de la Iglesia deba encontrarse 
en régimen de perpetuo referendum. Sin embargo, habiendo establecido el 


“También el episcopado italiano se mostró desunido; por ejemplo, mons. Borromeo, 
obispo de Pesaro y la revista Renovatio (inspirada por el card. Siri), entraron en conflicto 
con el card. Pellegrino en tornno a las relaciones entre la Iglesia y el Estado (ICI, n. 279, 
1967, p. 33). 


6.5. Desunión de la Iglesia en torno a Humanae Vitae 109 


Vaticano II el principio de la colegialidad en especie (y en general de la co- 
rresponsabilidad de todos en todo), la encíclica de Pablo VI se convirtió en un 
texto susceptible de lecturas dispares, según la hermenéutica tratada en 85.4. 
Y no sólo los obispos, sino los teólogos, los Consejos pastorales, los sínodos 
nacionales, la totalidad de los hombres (creyentes o no creyentes), entraron 
a debatir la enseñanza del Papa y a censurarla. 

No voy a citar las innumerables publicaciones sobre la encíclica, lim- 
itándome al disenso episcopal. Ciertamente, pronunciándose como se pro- 
nunció (contra la mayoría de los peritos pontificios, contra el consenso de 
los teólogos, contra la mentalidad del siglo, contra la expectación desata- 
da por declaraciones autorizadas y por su mismo comportamiento, contra 
-dicen algunos- la misma opinión sostenida por él como doctor privatus) * , 
Pablo VI llevó a cabo el acto más importante de su pontificado. Y no sola- 
mente porque fuese reexpuesta en su identidad esencial la antigua y perpetua 
doctrina fundada sobre verdades naturales y sobrenaturales, sino porque la 
sentencia papal, al caer sobre el disenso intestino de la Iglesia y ponerlo 
bajo una luz meridiana, fue un acto de la didáctica autoridad papal ejercita- 
do manifiestamente ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae (por usar los 
términos del Vaticano 1). 

La disensión fue grave, extensa y pública, patente en documentos episco- 
pales y en miles de publicaciones cuyo contenido consistía en el modo de leer 
y aplicar la encíclica, pero que de hecho le daban el significado que preferían. 

La encíclica fue impugnada y alterada por las firmas religiosas de revistas 
para el gran público. Merece mención especial la deformación realizada en 
discursos y escritos por el autorizado Giacomo Perico, S.I. En Arnica, gran 
semanario con una tirada de setecientos mil ejemplares, escribía el 12 de 
agosto de 1969: No es exacto hablar en sentido absoluto de nuevas orienta- 
ciones. Puede decirse al contrario que algunos hombres de Iglesia dieron en 
el pasado interpretaciones demasiado restrictivas de la moral conyugal. Ha 
sido un error. 

Aquí se invierten los papeles: no fueron algunos hombres de Iglesia, sino la 
Iglesia, todos los Papas incluido Pablo VI, y toda la Tradición, quienes man- 
tuvieron la sentencia restrictiva. Algunos hombres de Iglesia que sostuvieron 
la contraria fueron condenados. El P. Perico continuó con esa tergiversación 
de Humanae Vitae en cursos de aggiornamento para el clero y en el Giornale 
del popolo del 22 de marzo de 1972. Su opinión fue discutida por mí en dos 
artículos del mismo periódico, de 8 de abril y 29 de abril. Según el celebra- 


5 Aquí se debería entrar en el problema referido al arcano más inquietante de Pedro: 
¿puede como Papa sentenciar contra sus propias convicciones? ¿En qué consiste esta dua- 
lidad de personas? ¿Y cuál es el papel del confesor del Papa, que es juez de su conciencia? 


110 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


do jesuita, la norma relativa al uso de los anticonceptivos contenida en la 
encíclica es precisa: los cónyuges no deberían recurrir nunca a las técnicas 
contraceptivas. No: la encíclica enseña que no deben. Sustituyendo el impera- 
tivo que usa el Papa por un condicional, la encíclica resulta transformada. 

Las objeciones a la encíclica se refieren o bien a la autoridad de la promul- 
gación pontificia, o bien a su doctrina. El Card. Dópfner, arzobispo de Mu- 
nich y defensor de los anticonceptivos, declara: Ahora me pondré en relación 
con los demás obispos para estudiar la forma de ofrecer ayuda a los fieles 
(Corriere della sera, 30 de julio de 1968). Da la impresión de que para el 
arzobispo los fieles deben ser ayudados contra la encíclica, y que ésta es un 
acto de hostilidad hacia el género humano. 

La reacción fue áspera en Estados Unidos, donde parece que anticipándose 
engañosamente a la decisión del Papa los obispos pusieron en marcha un 
programa de asistencia anticonceptiva. Contradiciendo a su propio obispo (el 
Card. O'Boyle), la Universidad católica de Washington, en una declaración 
apoyada por doscientos teólogos, no sólo rechaza la doctrina, sino que im- 
pugna la autoridad papal por haber rechazado el parecer de la mayoría y no 
haber consultado al colegio episcopal (ICI, n. 317-318, 1968, suppl., p. XIX). 

El episcopado alemán, en general partidario de los anticonceptivos, se 
adhirió a la enseñanza de Pablo VI; pero argumentando con el carácter no 
infalible del documento, concede a los fieles la posibilidad de disentir en la 
teoría y en la práctica y les remite en última instancia a la luz individual de 
su conciencia, a condición de que quien disienta se pregunte en conciencia 
si puede permitir tal disentimiento de modo responsable ante Dios * . Según 
los obispos alemanes, su oposición no significa un rechazo fundamental de la 
autoridad papal; tal vez no significa el rechazo al fundamento de la autoridad, 
pero sí ciertamente a sus actos concretos. Pero del conflicto en la Iglesia de 
Alemania se tuvo una manifestación clamorosa en el Katholikentag de Essen 
en septiembre de 1968: la asamblea discutió y votó por abrumadora mayoría 
(cinco mil contra noventa) una resolución para la revisión de la encíclica, 
ante la presencia del legado pontificio (Card. Gustavo Testa) y de todo el 
episcopado nacional, y entre voces que pedían la dimisión del Papa. 

A tan grave acto de rebelión respondía el OR del 9 de septiembre dando 
a conocer un mensaje del Papa en el que se pedía a los católicos alemanes 
fidelidad y obediencia (RI, 1968, p. 878). El rechazo a la encíclica continuó sin 
embargo en el Sínodo suizo de 1972, en el sínodo germánico de Wiúrzburg 
y en la Declaración de Kónigstein. El mayor diario del catolicismo helvético 
(Das Vaterland) no ha aprobado ni rechazado hasta hoy esas protestas. 


6 Texto en Humanae Vitae, ed. ICAS, Colección de estudios y documentos, n. 15, Roma 
1968, p. 98. 


6.6. Más sobre la desunión de la Iglesia en torno a la Encíclica de Pablo VI 111 


La división entre los católicos de Alemania, y de éstos con la Sede ro- 
mana, continúa y se pone en evidencia cada vez más. El Katholikentag de 
1982 tuvo una contrapartida paralela y simultánea con un Katholikentag lla- 
mado de base que reunía a católicos disidentes. Estos católicos reivindican 
la intercomunión eucarística, el sacerdocio de las mujeres, la abolición del 
celibato de los sacerdotes, y celebran una Misa distinta (ICI, n. 579, pp. 15 
y ss., octubre 1982; según la revista, hay en Alemania dos tipos de católicos, 
que creen constituir uno solo). 


6.6. Más sobre la desunión de la Iglesia en 
torno a la Encíclica de Pablo VI 


También se manifestó una profunda división en la Iglesia de Inglaterra, 
donde Mons. Roberts, arzobispo de Bombay, se opuso en la radio a Mons. 
Beck, arzobispo de Liverpool, impugnando vivamente la encíclica. The Tablet, 
la mayor publicación católica inglesa (generalmente fiel a la ortodoxia), sor- 
prendió con una protesta contra la encíclica y reivindicando el derecho y el 
deber de protestar cuando la conciencia lo exige (ICI, n. 317-318, 1968, supp., 
p. XIV): se convierte a la conciencia, interrogada según las luces individuales, 
en norma reguladora de la moralidad. 

En la Iglesia holandesa, que se encontraba en estado de rebelión, inde- 
pendencia y experimentación precismática, la oposición a la Humanae Vitae 
fue clara y generalizada. 

El Card. Alfrink sostenía que, al no ser infalible, la conciencia individual 
sigue siendo la norma más importante, aunque no calló del todo la obligación 
del creyente de conformarla a las enseñanzas del Magisterio. El vicario general 
de la diócesis de Breda declaró en la televisión que los fieles debían continuar 
conduciéndose según su propia conciencia. La Comisión del Consejo pastoral 
para la familia califica la encíclica de incomprensible y frustrante y anuncia 
querer continuar su propio camino. Todos están de acuerdo en que la cuestión 
definida por el Papa sigue estando abierta y en disputa. 

También la fuerza última de la conciencia individual es el motivo domi- 
nante en los obispos canadienses. Introducen además el concepto de con- 
flicto entre deberes, que al presentarse en situaciones concretas que sólo los 
cónyuges conocen de modo completo, sólo puede ser apreciado y decidido por 
ellos (ed. ICAS cit., pp. 92, 94 y 118). 

Más manifiesta es la separación respecto a la enseñanza papal de los 
obispos franceses. Contra la doctrina de Humanae Vitae de que no es jamás 
lícito querer una acto intrínsecamente malo, y por consiguiente indigno de 


112 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


la persona humana (incluso si se tiene la intención de salvaguardar un bien 
individual o familiar), los obispos (82.5) sostienen que en un conflicto de 
deberes la conciencia puede buscar delante de Dios qué deber es mayor en 
cada circunstancia. 


De este modo contrarían la teoría tradicional y del Papa, según la cual 
ese balance de opciones se admite solamente cuando no está en cuestión 
un acto de suyo desordenado (como es el acto anticonceptivo): lo que es 
intrínsecamente ilícito no se hace lícito bajo ninguna condición. En realidad 
el conflicto de deberes es solamente subjetivo y psicológico, nunca objetivo y 
moral. Enseñar que el deber ha de ceder siempre que encuentre una dificultad 
humanamente insoportable es el error siempre combatido por la religión, para 
la cual no hay padecimiento que exima del deber. 


La posición del episcopado francés fue directamente reprobada con una 
notificación del OR del 13 de septiembre de 1968, desmintiendo que hubiese 
sido aprobada por la Santa Sede. Aunque (a causa del habitual eufemismo) 
el 13 de enero de 1969 el diario dijese que ningún episcopado ha puesto en 
discusión las bases doctrinales recordadas por el Papa” , se veía luego obligado 
a confesar que algunas expresiones de los obispos podían suscitar preocupación 
acerca del verdadero sentido de las declaraciones * . 


En Italia la resistencia a Humanae Vitae fue más sorda, pero no menos 
extensa. Citaré la toma de posición contra la encíclica de Famiglia cristiana, 
semanario de los Paúles, cuya difusión es de un millón y medio de ejemplares 
en todas las parroquias. En los fascículos del 23 de mayo y del 20 de junio de 
1976 el padre Bernard Háring defendía la contracepción, poniéndose del lado 
de los obispos franceses. El OR del 14 de julio de 1976 lo atacaba y refutaba, 
pero dicho religioso continuó enseñando contra la encíclica ? . 


"Este eufemismo es habitual en los prelados cuando hablan de la Humanae Vitae, y por 
ejemplo lo mantiene mons. MARTINI, arzobispo de Milán, en su rueda de prensa durante 
el Sínodo de obispos de 1980. Ver 1! Giornale nuovo, 17 de octubre de 1980. 

8 En el coloquio organizado por la Ecole francaise de Roma sobre Pablo VI y la moder- 
nidad de la Iglesia, JEAN-LUC POUTHIER sostiene en su ponencia sobre la Humanae 
Vitae que después de haber sido presentada y comentada en términos inadecuados, Hu- 
manae Vitae ha sido totalmente olvidada, de modo que parece llegado el momento de 
retomar un documento que en muchos pasajes aparece hoy como extraordinario (OR, 5 de 
junio de 1983). 

%El p. HÁRING llegó en su campaña al punto de combatir como inmoral el método de 
la continencia periódica recomendada por el Pontífice. Ver la refutación en OR del 6 de 
agosto de 1977. 


6.7. El cisma holandés 113 


6.7. El cisma holandés 


Los desacuerdos de la Iglesia holandesa adoptaron la más aguda forma de 
desunión de la Iglesia 1% , al ser compartidos por la mayoría de los obispos y 
poner en duda la autoridad del Papa cuando no es ejercitada colegialmente. 

Después del Concilio la Iglesia aflojó el vínculo de unidad: no sólo allí donde 
era demasiado rígido, sino también donde, uniendo a sí las Iglesias particu- 
lares, las unía además entre ellas. 

Desconoció ese gran axioma del arte político que exige una proporción 
de autoridad tanto más fuerte cuanto mayor es el cuerpo a regir y cuanto 
más diversificado es el complejo del que conservar la unidad. Esta máxima 
principal de la ciencia política fue enunciada y practicada desde los antiguos. 

Tácito (Hist. 1, 16) hace decir a Galba, en el acto de adoptar por sucesor 
a Pisón, que la gran masa del imperio no podía permanecer en equilibrio 
sin un único regente. Esta exigencia está considerada como la justificación 
histórica de la transformación de Roma de República en Imperio. También 
Pablo VI declaró en la apertura de la tercera sesión del Concilio, el 14 de 
septiembre de 1964, que la unidad de la Iglesia (está) tanto más necesitada 
de una dirección central cuanto más vasta se hace su extensión católica (n. 
17). Pero la puesta en práctica del difícil principio de la colegialidad entraba 
en colisión con el del centralismo, que unifica las diversas partes en el mismo 
acto en que las preserva y las hace subsistir en su lugar (en la organicidad 
del cuerpo social). 

La postema (como decían los médicos) se abre con el Concilio pastoral 
holandés, gran asamblea representativa de todos los estamentos de la Iglesia, 
y en presencia del episcopado. Con una mayoría del noventa por ciento, esta 
asamblea votó a favor de la abolición del celibato de los presbíteros, de la 
concesión de órdenes a las mujeres, y de la participación deliberativa de los 
obispos en los decretos del Pontífice, y de los laicos en los de los obispos. 

Para responder al deseo de muchos que se preguntaban cuál era la actitud 
de la Santa Sede ante el Concilio holandés, el OR del 13 de enero de 1970 
publicó la carta autógrafa de Pablo VI dirigida a aquel episcopado. Se ve en 
ella el carácter propio de su pontificado: el ojo ve la herida y el error, pero la 
mano no se acerca al mal para combatirlo y sanarlo, ni con medicinas, ni con 
cauterizaciones, ni con bisturí. Pablo VI no puede esconder (traducimos) que 


10No me extiendo sobre los frecuentes casos de rechazo de cleros diocesanos enteros a 
recibir al obispo elegido por Roma. Así ocurrió en Botucatú (Brasil), donde sin embargo 
Mons. Zioni, al que se solicitó que dimitiera, resistió ante los facciosos calificándoles de 
sacerdotes de bajo nivel intelectual (ICI, n. 315, p. 8, 1 de julio de 1968). También suscitó un 
movimiento de oposición en el clero el nombramiento de Mons. Mamie como auxiliar de 
Mons. Carriére, obispo de Friburgo (Suiza) (Corriere della sera, 21 de agosto de 1968). 


114 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


los informes sobre ciertos proyectos admitidos por el episcopado como base 
de discusión, así como ciertas afirmaciones doctrinales que figuran en ellos, 
le dejan perplejo y le parece que merecen serias reservas. 

El Papa expresa después fundadas reservas sobre el criterio de represen- 
tatividad de los católicos holandeses en esa asamblea plenaria. Está profun- 
damente impresionado porque el Vaticano Il es rarísimamente citado y los 
pensamientos y proyectos de la asamblea holandesa no parecen armonizarse 
en modo alguno con los actos conciliares y papales. En particular, la misión de 
la Iglesia se presenta como puramente terrena, el ministerio sacerdotal como 
un oficio conferido por la comunidad, el sacerdocio es disociado del celibato 
y atribuido a las mujeres, y no se habla del Papa más que para minimizar su 
función y los poderes que le han sido confiados por Cristo. 

Ante tal denuncia de errores que alcanzan a veces a la esencia de la 
Iglesia (como la negación del sacerdocio sacramental y del primado de Pedro) 
el Papa pone como conclusión en el original francés estas palabras: Nuestra 
responsabilidad de Pastor de la Iglesia universal Nos obliga a preguntaros con 
toda franqueza: ¿qué pensáis que Nos podríamos hacer para ayudaros, para 
reforzar vuestra autoridad, para que podáis superar la actuales dificultades de 
la Iglesia en Holanda? Es evidente que la denuncia anterior del Papa sobre 
el ataque de los holandeses a artículos esenciales del sistema católico (con 
consentimiento o connivencia de los obispos) exigía que los obispos fuesen 
invitados a reafirmar la fe de la Iglesia sobre aquellos puntos. 

Pero en vez de exigir esa reafirmación Pablo VI ofrece a los obispos holan- 
deses sus servicios para ayudarles y reforzar su autoridad, cuando realmente 
la que estaba siendo desconocida era la de él, no la de ellos; para ayudarles 
(dice) a superar las dificultades de la Iglesia de Holanda, cuando se trata de 
dificultades de la Iglesia universal. 

Las palabras con las que el Papa se dirigió al card. Alfrink serían más 
apropiadas si estuviesen dirigidas a un adversario del cisma. De modo pecu- 
liar suenan también aquéllas con que se conforta a sí mismo considerándose 
reforzado por el apoyo de muchos hermanos en el episcopado. Es duro para 
el Papa no poder decir todos, y deberse apoyar solamente sobre el mayor 
número, que no constituye un principio en ningún orden de valores morales. 

La debilidad de la actitud de Pablo VI se hace patente también a poste- 
riori; refiriéndose el card. Alfrink a los principales puntos censurados por el 
Pontífice, aún declaraba al Corriere della sera (el 30 de enero, después del 
envío de la carta del Papa) que la cuestión no debía ser resuelta por una 
autoridad central, sino según el principio de la colegialidad, es decir, por el 
colegio episcopal del mundo entero, cuya cabeza es el Papa. Olvidaba el prela- 
do que el colegio es consultivo, y que incluso así limitada, su autoridad viene 
del Papa. 


6.8. La desistencia de la autoridad. Una confidencia de Pablo VI 115 


Afirmando después que un cisma sólo puede existir en materia de fe, caía 
en un error formal al confundir cisma con herejía: cisma es la separación de la 
disciplina y el rechazo de la autoridad; Santo Tomás la trata como un pecado 
contra la caridad, mientras que la herejía lo es contra la fe (Summa theol. 
11, 11, qq. 11 y 39). 


6.8. La desistencia de la autoridad. Una con- 
fidencia de Pablo VI 


Pero la desunión de la Iglesia (palpable en la desunión de los obispos entre 
sí y con el Papa) es el hecho ad extra. El hecho ad intra que lo produce es la 
desistencia de la autoridad papal misma, de la cual se propaga a cualquier 
otra autoridad. 

Sea cual sea el tipo de sociedad sobre la que se ejercita, la autoridad es una 
función necesaria (según algunos directamente constitutiva) para ella, con- 
sistente siempre en una multitud de voluntades libres que deben unificarse. 
Esta unificación (que no es una reducción ad unum de todo, sino una coor- 
dinación de todas las libertades en una unidad intencional) es la finalidad de 
la autoridad, la cual debe dirigir hacia el fin social la libertad de los hombres 
asociados prescribiendo los medios (es decir, el orden) para conseguirlo. 

Por lo tanto el acto de la autoridad es doble: puramente racional en 
cuanto descubre y promulga la regla del obrar social, y sin embargo práctico 
en cuanto ordena dicho orden, disponiendo las partes del organismo social en 
función suya. Este segundo acto de la autoridad se denomina gobernar. 

El carácter peculiar del pontificado de Pablo VI es la propensión a inclinar 
el oficio pontificio de gobierno hacia la admonición y (adoptando términos 
propios de la Escolástica) a restringir el campo de la ley preceptiva (que 
origina una obligación) ampliando el de la ley directiva (que formula una ley 
pero no lleva aneja la obligación de seguirla). De esta forma el gobierno de 
la Iglesia resulta disminuido, y dicho bíblicamente, queda recortada la mano 
de Dios (Is. 59, 1). La breviatio manus puede depender de tres razones: de 
un conocimiento imperfecto de los males, de falta de fuerza moral, o de un 
cálculo de prudencia que no pone manos a la obra de remediar los males 
percibidos porque estima que así los agravaría, en vez de curarlos. 

El Papa Montini estaba inclinado a la enervación de su potestad por una 
disposición de su carácter confesada en su diario íntimo y confiada al Sacro 
Colegio en el discurso del 22 de junio de 1972 por el IX aniversario de su 
elevación: Quizá el Señor me ha llamado a este servicio no porque yo tenga 
aptitudes, o para que gobierne y salve la Iglesia en las presentes dificultades, 


116 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


sino para que yo sufra algo por la Iglesia, y aparezca claro que es Él, y no 
otros, quien la guía y la salva. La confesión es notable * , porque tanto 
desde un punto de vista histórico como teológico excede toda expectativa que 
Pedro, encargado por Cristo de conducir la nave de la Iglesia (gobernar es, 
en efecto, una derivación del náutico pilotar), parezca renuente a tal servicio 
y se refugie en el deseo de padecer por la Iglesia. 

El Papado supone un servicio de operación y de gobierno. El acto de 
gobernar es extraño a la índole y a la vocación de Montini; no encuentra 
en su propia interioridad el modo de unir su alma con su propio destino: 
peregrinum est opus elus ab eo (Pues Yahvé se levantará como en el monte 
Perasim, y como en el valle de Gabaón se irritará, para cumplir su obra, su 
obra extraordinaria, para ejecutar su trabajo, su trabajo asombroso) (Is. 28, 
20) 

Al dejar prevalecer las propensiones de su carácter sobre las prescripciones 
del oficio de Papa, parece reconocer un mayor ejercicio de humildad en pade- 
cer que en obrar por oficio. No sé si hay fundamento para tal pensamiento: 
¿es cierto que proponerse padecer por la Iglesia sea mayor humildad que 
aceptar actuar por la Iglesia”? 

Al haber considerado el Papa su función como la de quien da reglas di- 
rectivas pero no ordena con reglas preceptivas, se produce después en él la 
persuasión de que en el cumplimiento del deber directivo se consuma la misión 
de Pedro. Esto aparece claramente en la carta al arzobispo Lefebvre (OR, 2 
de diciembre de 1975). En ella, una vez reconocida la grave condición de la 
Iglesia (dolorida por la caída de la fe, por las desviaciones dogmáticas y por 
el rechazo de la dependencia jerárquica), el Papa reconoce igualmente que 
le compete más que a nadie concretar y corregir las desviaciones, y pronto 
proclama no haber cesado jamás de elevar la voz rechazando tales desen- 
frenados y excesivos sistemas teóricos y prácticos. Y finalmente protesta: 
Re quidem vera nihil unquam nec ullo modo omisimus quin sollicitudinem 
Nostram servandae in Ecclesia fidelitatis erga veri nominis Traditionem tes- 
tificaremur Y . 

Ahora bien: entre las partes integrantes del supremo oficio se enumeraron 
siempre los actos de gobierno (es decir, de potestad jurídica y coercitiva), 
sin los cuales la enseñanza misma de las verdades de fe se queda en pura 
enunciación teórica y académica. Para mantener la verdad son necesarias 
dos cosas. Primera: apartar al error de su emplazamiento doctrinal, lo que 
se hace refutando los argumentos del error y demostrando que no son con- 


llUna concepción diametralmente opuesta fue la de Juan XXIII, que en el lecho de 
muerte decía a su médico: Un Papa muere de noche, porque de día gobierna la Iglesia. 

12En realidad, nunca ni de ninguna manera Nos hemos dejado de manifestar Nuestra 
solicitud por la conservación en la Iglesia de la auténtica Tradición 


6.8. La desistencia de la autoridad. Una confidencia de Pablo VI 117 


cluyentes. Segunda: apartar al que yerra deponiéndolo de su oficio, lo que 
se hace mediante un acto de autoridad de la Iglesia. Si este último servicio 
pontifical se reduce, no podría decirse que se han adoptado todos los medios 
para mantener la doctrina de la Iglesia: tiene lugar una brevatio manus Do- 
mini. Se difunde entonces sin encontrar suficiente impedimento un concepto 
reducido de la autoridad y de la obediencia, a la que corresponde un concep- 
to engrandecido de la libertad y de lo opinable. Esta breviatio manus tiene 
ciertamente el origen en el discurso inaugural del Concilio, que proclamó su 
renuncia a condenar el error (94.3), y fue practicada por Pablo VI en todo 
su pontificado. Él se atuvo como doctor a las fórmulas tradicionales orto- 
doxas, pero como pastor no impidió que circulasen las fórmulas heterodoxas, 
pensando que por sí mismas se sistematizarían en expresiones conformes a 
la verdad. Los errores fueron denunciados por él y la fe católica mantenida, 
pero la deformación dogmática no fue condenada en los errantes y la situación 
cismática de la Iglesia fue disimulada y tolerada (86.7). 

A esa falta de completitud del gobierno pontificio solamente comenzó a 
poner reparo Juan Pablo II, condenando nominatim y cesando a los maes- 
tros de error o restableciendo los principios católicos en la Iglesia de Holanda 
mediante el Sínodo extraordinario de los obispos de aquella provincia convo- 
cados en Roma. 

Pablo VI prefirió el método exhortativo y admonitorio, que amonesta pero 
no condena; que llama la atención, pero no obliga; dirige, pero no ordena. 

En la solemne Exhortación apostólica Paterna del 8 de diciembre de 1974 
a todo el orbe católico el Papa denunciaba a aquéllos que tratan de socavar a 
la Iglesia desde dentro (confortándose eufemísticamente con que son propor- 
cionalmente pocos); se extiende sobre el rechazo de la obediencia a la autori- 
dad, manifiesto en la acusación de ser su pastores guardianes de un sistema 
o aparato eclesiástico; deplora el pluralismo teológico que se rebela contra el 
Magisterio; protesta con vigor adversus talem agendi modum perfidum; llega 
a apropiarse la reivindicación que de su propia autoridad episcopal hizo el 
Crisóstomo: Quamdiu in hac sede sedemus, quamdiu praesidemus, habemus 
et auctoritatem et virtutem, etiamsi simus indigni * . El Papa se llena de 
dolor, denuncia, reivindica, acusa; pero en el acto mismo de reivindicar la 
autoridad, la identifica con una admonición; como si en la causa él fuese una 
parte, y no el juez, se encarga de la acusación, pero no de la condena. 

El efecto más general de la desistencia de la autoridad es la desestima 
e inobservancia en la que cae por parte de aquéllos que están debajo de 
ella, no pudiendo el súbdito tener de la autoridad una opinión mejor que 


l3Mientras estemos al frente de esta sede, mientras presidamos, tenemos la autoridad y 
el poder, aunque seamos indignos 


118 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


la que la autoridad tiene de sí misma. Un arzobispo francés proclama que 
hoy la Iglesia ya no tiene que enseñar, ni que mandar, ni que condenar, 
sino ayudar a los hombres a vivir y a regocijarse 1* . Y para descender del 
Palatino a la Suburra, en una mesa redonda de sacerdotes convocada por 
el diario L'Espresso en 1969 se sostiene que el Papa es igual a los laicos, 
al modo en que el vigilante se sitúa en el cruce, más alto que los demás, 
para regular la circulación. Y más que un fenómeno patológico y anómalo, 
esta universal rebeldía (que hace a la Iglesia actual tan distinta de la Iglesia 
histórica y preconciliar) parece ser algo característico de la religión auténtica 
y síntoma de vitalidad eclesial. No hay documento papal ante el cual los 
episcopados del mundo no tomen posición, y detrás de ellos, aunque con 
independencia y contradiciéndose recíprocamente, teólogos y laicos. Se tiene 
así una multiplicidad de documentos que manifiestan una variedad distinta 
a la propia del orden, ya que de ese modo la autoridad, multiplicándose, se 
anula. 


6.9. Paralelismo histórico entre Pablo VI y 
Pío IX 


La disyunción que hemos señalado en Pablo VI entre el supremo oficio 
pastoral y el ejercicio de la autoridad tiene un antecedente en el pontificado 
de Pío IX; no porque este Papa recortase la función espiritual excluyendo 
el método de la condena, sino porque recortaba su propio principado civil 
resistiéndose al ejercicio de ciertos actos que le son inherentes. La reprensión 
que Antonio Rosmini dirigió a Pío IX en la esfera política en una carta de 
mayo de 1848 al card. Castracane * , es aplicable en la esfera religiosa a la 
política de Pablo VI. 

No parece que satisfaga los deberes anexos al principado un príncipe que 
no impide la anarquía y ni siquiera hace ningún esfuerzo para impedirla, deja 
hacer todo lo que declara no querer que se haga, e indirectamente secunda 
lo que se hace contra sus expresas declaraciones. Rosmini tenía en mente la 
política exterior de Pío IX, quien a causa de una elevada consideración de su 
propio oficio de pastor universal huía de las alianzas de guerra que su deber 
de príncipe (y de príncipe italiano) le prescribía. Pero la situación psicológica 
y moral de los dos Pontífices es análoga. Una muestra la contradicción que 
la unión del primado espiritual con el principado civil introduce en la esfera 


M Courrier de Rome, n. 137, 5 de diciembre de 1974, p. 7. 

Puede leerse en el Epistolario completo, Casale 1892, vol. X, pp. 312-319. Son llama- 
tivas las observaciones que MANZONT hizo el 23 de mayo de 1848 a dicha carta, que le 
había dado a conocer Rosmini, en su Epistolario, cit., vol. 11, p. 447. 


6.10. Gobierno y autoridad 119 


propia de éste. La otra evidencia la contradicción entre el gobierno espiritual 
del Papa y la desistencia de la autoridad inherente a ese gobierno. 

Y puesto que Pío IX pensaba que el sacerdocio católico impedía la perfec- 
ción del principado civil, no quedaba otra elección que dimitir del principado 
o ejercerlo plenamente. Del mismo modo, puesto que el ejercicio de la autori- 
dad le parecía a Pablo VI no ser bien compatible con el ministerio pastoral, 
no había más opción que dimitir del supremo gobierno (y hubo signos de tal 
posibilidad) ** o restablecer el ejercicio completo de la autoridad. 

La diferencia entre los dos casos reside en que en el caso de Pío IX la 
parte abandonada era una carga extrínseca, provechosa para lo espiritual en 
tiempos pasados pero que podía abandonarse sin dañarlo intrínsecamente; 
mientras que en el caso de Pablo VI la parte a la que se renunciaba era 
intrínseca al gobierno espiritual, y renunciando a él se desequilibraba el or- 
ganismo íntimo de la Iglesia, fundado sobre el principio de dependencia y no 
sobre el de libertad. 

Faltando en lo temporal, Pío IX corría el peligro de abusar de lo espiri- 
tual en las cosas políticas: no combatía de facto, pero excomulgaba a los 
combatientes. Pablo VI, por el contrario, casi expoliado de cualquier poder 
temporal, lo remitía justamente todo al espiritual, pero abdicando de él por 
temor a usarlo de manera no espiritual; frente al error, la orden y la pena 
serían casi un abuso, repugnarían íntimamente a la naturaleza de la Iglesia, 
tendrían más de temporal que de espiritual ” . 


6.10. Gobierno y autoridad 


Conviene por otro lado dejar claro que la desistencia de la autoridad 
no supone en Pablo VI el abandono de los principios dogmáticos, que él 


16E] signo indudable de una posible abdicación reside en la posibilidad, expresamente 
contemplada en la reforma del reglamento del Cónclave promulgada en 1975, de que la 
vacancia de la Sede Apostólica acaezca por renuncia del Pontífice, posibilidad que nunca 
antes se había contemplado. Ver Gazzetta Ticinese, Paolo VI come Celestino V?, 2 y 9 de 
julio de 1977. 

La tendencia de la autoridad a convertirse en función meramente didáctica tiene ejem- 
plos notables. Cuando el teólogo de Tiibingen HERBERT HAAG negó la doctrina católica 
sobre el diablo en el libro Abschied vom Teufel, se inició en Roma un procedimiento contra 
él, pero fue pronto abandonado y la única respuesta fue un documento de la Congregación 
para la doctrina de la fe que reafirmaba la doctrina tradicional. HAAG, continuó dogma- 
tizando contra los principios católicos. El día de la Inmaculada de 1981 predicó la homilía 
en la iglesia mayor de Lucerna, negando formalmente dos dogmas capitales: la Inmaculada 
Concepción y el pecado original. Ver el texto de la homilía publicado por HAAG mismo en 
Luzerner Neueste Nachrichten, n. 43, 1982. Parece como si la autoridad episcopal creyese 
poder reprimir el error sin impedir actuar al errante que lo va esparciendo. 


120 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


afirmó incluso con fuerza en grandes encíclicas doctrinales, como la Humanae 
vitae sobre el matrimonio o la Mysterium fidei sobre la Eucaristía. 

Incluso el principio mismo de la plenísima potestad papal de ¿udicare 
omnia fue reivindicado por Pablo VI en el discurso del 22 de octubre de 1970, 
refiriéndose expresamente a la famosa bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII: 
todas las cosas están sujetas a las llaves de Pedro. 

Esa desistencia significa sólo que las afirmaciones de fe quedan separadas 
del ejercicio de la autoridad preceptiva y sancionadora, que según la tradi- 
ción de la Iglesia está al servicio de aquéllas. Permanece en el hombre la 
obligación de obedecer, pero a esta obligación del hombre no corresponde 
en la Iglesia ningún título para exigirla. Es como si el hombre no estuviese 
socialmente organizado, sino abandonado al aislamiento de su espíritu priva- 
do; la autoridad de la Iglesia no se convierte jamás en motivo último de las 
determinaciones del cristiano. 

En el discurso del 18 de junio de 1970 Pablo VI habló extensamente de 
la autoridad papal según el concepto católico, y si bien coloca el primado de 
Pedro bajo la categoría de servicio, declara sin embargo que el hecho de que 
Jesucristo haya querido que su Iglesia se gobernara en espíritu de servicio 
no significa en modo alguno que la Iglesia no deba tener una potestad de 
gobierno jerárquico: las llaves otorgadas a Pedro dicen algo de ello. 

El Papa recuerda que el poder de los Apóstoles no es otro que el poder 
mismo de Cristo transmitido a ellos; y no oculta que es potestad in virga, 
punitiva, y también de domeñar a Satanás. Es innegable que la desistencia de 
la autoridad va acompañada en Pablo VI de la afirmación de la autoridad sin 
breviatio manus, la cual es una característica del estilo de Pablo VI, pero no 
de la Iglesia. Y si subordina la autoridad al servicio, esto responde al sistema 
católico, que como tal lo configura todo: el hombre, según el catecismo, ha 
nacido para conocer, amar y servir a Dios. Por tanto no debe parecer extraño 
que la autoridad misma sea un servicio. 

Y cuando el Papa recuerda el título de servus servorum Dei asumido por 
San Gregorio Magno para designar el poder de las Llaves, debe repararse 
en que la fórmula servus servorum no es un genitivo objetivo (como si fuese 
el Pontífice quien sirve a los siervos de Dios), sino un genitivo hebraico que 
confiere sentido superlativo (como in secula seculorum, virgo virginum, caeli 
caelorum, etc). La expresión significa que el Papa es el más siervo de los 
siervos de Dios, es el siervo de Dios por excelencia, no el siervo de quienes 
son siervos de Dios. 

Si así fuese, la fórmula insinuaría un servicio al hombre y no a Dios, y 
además el único que no sería siervo de Dios sería el Papa, siéndolo todos los 
demás. 

Finalmente hay que indicar que aunque la autoridad es un servicio presta- 


6.11. Más sobre la desistencia de la autoridad 121 


do a aquéllos sobre los que se ejercita, ello no le quita ese elemento de de- 
sigualdad que la constituye y por la cual quien manda (en cuanto tal) es más 
que quien está bajo sus órdenes. Es imposible colocar autoridad y obediencia 
en un sistema de perfecta igualdad. 

Hasta el vocablo mismo de autoridad (que proviene de augere, aumentar) 
indica que en la autoridad hay un elemento que acrecienta la fuerza de la 
persona revestida de ella hasta más allá de su valor personal: es decir, remite 
a una relación trascendente siempre reconocida en la filosofía católica. 


6.11. Más sobre la desistencia de la autoridad 


Más sobre la desistencia de la autoridad. El asunto del Catecis- 
mo francés 

La desistencia de la autoridad incluso en la esfera de la doctrina, inau- 
gurada por Juan XXIII y seguida por Pablo VI, continuó con Juan Pablo II. 
Aparte de alejarse del método tradicional, el nuevo catecismo promulgado 
por el episcopado francés discorda del dogma católico en puntos capitales, 
como demostraremos en 813.6. 

En discursos pronunciados en Lyon y París en enero de 1983, el Card. 
Ratzinger reprobó extensamente la incorrecta inspiración del catecismo fran- 
cés. Parecía una advertencia y un reencauzamiento, pero la desistencia de 
la autoridad que ya se había manifestado en el caso del catecismo holandés 
y en la tenue condena contra Hans King (a cuya heterodoxia no se opuso 
ningún límite) hizo al Card. Ratzinger retractarse de la crítica casi inmedia- 
tamente después, dando oportunidad a los obispos de Francia de proclamar 
su retractación en un documento publicado por La croix el 19 de marzo de 
1983. Se lee en él que el cardenal pretendía tratar de la situación global de la 
catequesis, y no desautorizar el trabajo catequético en Francia. Hemos podido 
verificar recientemente de viva voz nuestro acuerdo con él en todos los puntos. 

La retractación del Card. Ratzinger muestra hasta qué punto la fuerza 
de la autoridad romana se repliega ante la emancipación episcopal. Aunque 
el nuevo Código de Derecho Canónico establece en el can. 775 que las Con- 
ferencias episcopales no pueden promulgar catecismos para su territorio sin 
previa aprobación de la Santa Sede, los obispos franceses promulgaron el 
suyo sin ella, prohibiendo incluso el uso de cualquier otro texto, y quedando 
así también vetados el catecismo del Concilio de Trento y el de San Pío X. 

Ratzinger, que en su discurso había hablado de miseria de la nueva cate- 
quesis y de descomposición, parece ahora de acuerdo con los obispos de Fran- 
cia en apreciar y alabar tal miseria y tal descomposición. 

Y ni siquiera un natural orgullo del hombre de Curia ante el desprecio 


122 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


hacia la autoridad romana, ni la coherencia personal, han podido impulsar a 
un acto de fortaleza. Como enseña Santo Tomás, además de una virtud es- 
pecial cuyo acto principal es resistir, la fortaleza es también la forma general 
de todas las virtudes, en cuanto que es firmeza de ánimo. Hemos hablado en 
86.8 de la breviatio manus consistente en reducir el oficio de la autoridad a la 
simple advertencia: pero al menos las advertencias podrían ser coherentes y 
alejarse de toda cesión oportunista. Parece sin embargo que todo se redujese 
a una manifestación puramente verbal, y que la voz de la Iglesia se hubiese 
convertido en puro Eco que refleja las variaciones del mundo. Bajo este as- 
pecto la retractación del card. Ratzinger (prefecto de la Congregación para 
la Doctrina de la Fe) se corresponde con una costumbre de la Iglesia postcon- 
ciliar, y manifiesta los fenómenos principales que la aquejan: decadencia de 
la autoridad papal, emancipación de los episcopados, desunión de la Iglesia, 
y declive de la vis lógica y de la aceptación de las verdades dogmáticas. 

Para manifestar cómo se ha rebajado la autoridad en la Iglesia y la inco- 
herencia de sus actos, acomodados a la volubilidad de los tiempos, conven- 
dría mencionar los propósitos del Papa Luciani en su efímero Pontificado. Él 
declaraba querer conservar intacta la gran disciplina de la Iglesia y se dirigía 
a sus colaboradores, llamados a una estricta ejecución de la voluntad del 
Pontífice y al honor de una actividad que les obliga a la santidad de vida, al 
espíritu de obediencia, a obras de apostolado y a dar ejemplo de un fortísimo 
amor a la Iglesia (OR, 29 de septiembre de 1983). Es fácilmente visible la 
respuesta que han dado los acontecimientos posteriores a los propósitos de 
este Papa. 

Tampoco consiste esta desistencia de la autoridad en una cesión contin- 
gente y temporal de un principio ante la fuerza de las situaciones históricas, 
sino que en sí misma es un principio. Lo enunció el Card. Silvio Oddi, pre- 
fecto de la Congregación del Clero, durante la visita a los Estados Unidos en 
julio de 1983, en una conferencia en Arlington ante ochocientos miembros de 
Catholics United for the Faith. 

El cardenal admitió la descomposición de la fe: muchos catequistas selec- 
cionan hoy en el depositum fidei algunos artículos para creer en ellos, dejando 
de creer en todos los demás. 

Dogmas como la divinidad de Cristo, la virginidad de la madre de Dios, 
el pecado original, la presencia real en la Eucaristía, el carácter absoluto 
del imperativo moral, el infierno o el primado de Pedro, son públicamente 
rechazados desde los púlpitos y las cátedras por teólogos y obispos. 

Al prefecto de la Congregación del Clero se le preguntó con ansiedad 
porqué la Santa Sede no sanciona nunca a estos sembradores de errores (como 
el padre Curran, que desde hace años impugna a cara descubierta la Humanae 
vitae y defiende la licitud de la sodomía). 


6.12. El carácter de Pablo VI. Autorretrato. Cardenal Gut 123 


¿Por qué jamás corrige y excomulga a esos no pocos obispos, como Mons. 
Gerety, que se desvían de la recta doctrina y extienden su ala protectora 
sobre los corruptores de la fe? Con manifiestos signos de angustia el Car. 
Oddi respondía que también los obispos son hombres de la madera de Adán, 
y que no creía que realmente pretendiesen oponerse a las verdades de fe. 

La Iglesia, declaraba, ya no inflige penas, sino que espera poder per- 
suadir a quienes yerran. Y ha elegido esa conducta tal vez porque no tiene un 
conocimiento exacto de las distintas situaciones de error, o tal vez porque no 
considera oportuno proceder con medidas enérgicas, o tal vez también porque 
no quiere suscitar un escándalo aún más grande en torno a la desobediencia. 
La Iglesia considera que es mejor tolerar ciertos errores, en la esperanza de 
que superadas ciertas dificultades el prevaricador abjure del error y retorne 
a la Iglesia * . 

Se confiesa así la breviatio manus mencionada en 886.8-6.10, profesando 
la novedad anunciada en el discurso inaugural del Concilio ($84.1-4.3): el 
error contiene en sí mismo el principio de su propia enmienda, y no hace 
falta ayudarle a llegar a ella; basta dejarlo desenvolverse para que se cure 
por sí mismo. Se consideran coincidentes las ideas de caridad y tolerancia, se 
hace prevalecer la vía de la indulgencia sobre la severidad, se descuida el bien 
de la comunidad eclesial por respeto a un abuso de la libertad del individuo, 
y se pierden el sensus logicus y la virtud de fortaleza propios de la Iglesia. La 
Iglesia debería más bien preservar y defender la verdad con todos los medios 
de una sociedad perfecta. 


6.12. El carácter de Pablo VI. Autorretrato. 
Cardenal Gut 


Sobre el carácter de Pablo VI se discute ¿n infinitum. A algunos les parece 
que el Papa Montini poseía una índole perpleja a causa de una impresionante 
amplitud de miras. Si, según la profunda teoría de Santo Tomás, el acto de 
la decisión es un acto de truncamiento de la contemplación realizado por el 
intelecto sobre las diversas posibilidades de acción, es evidente que cuanto 
mayor es el número de posibilidades contempladas (cuanto más amplia es la 
visión de la inteligencia) tanto más tarda en sobrevenir el acto que decide, es 
decir, que corta. Es la interpretación de Jean Guitton (op. cit., p. 14) sobre 
el carácter de Pablo VI, recogiendo la ya considerada para Juan XXITI. 

Según otros no se trataba de su carácter, sino de un amplio proyecto 


1SEl texto integral de las declaraciones del card. ODDI en versión alemana apareció en 
Der Fels, septiembre de 1983, pp. 216-214, de donde lo hemos traducido. 


124 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


perfectamente firme en la mente del Papa. Teniendo la mira en una aco- 
modación de la Iglesia al espíritu del siglo con el fin de asumir la dirección de 
la humanidad entera en un orden puramente humanitario, Pablo VI habría 
procedido con cautela (unas veces volviéndose hacia un lado, otras hacia el 
opuesto): no coaccionado, sino voluntariamente, y siempre en la dirección del 
objetivo prefijado. 

Según otros, finalmente, aun existiendo en la mente del Papa el referido 
proyecto, su proceder por modos contrapuestos habría sido debido al impulso 
de las circunstancias. Tal interpretación parecería confirmada por el autorre- 
trato delineado por Pablo VI el 15 de diciembre de 1969, retomando un símil 
náutico de San Gregorio Magno. El Papa se representa a sí mismo como 
un piloto que unas veces enfila las olas con la proa de modo recto, y otras 
esquiva el asalto oblicuamente girando el flanco de la nave, y siempre turba- 
do y obligado. Evidentemente, también en las anteriores interpretaciones la 
actuación del Papa estaría forzada por las circunstancias y contendría una 
fracción de pasividad (como todo obrar humano), pero en la tercera inter- 
pretación esta fracción es prevalente y marca el carácter del pontificado. A 
este propósito no pueden silenciarse las declaraciones sobre la arbitrariedad 
en la liturgia hechas por el cardenal Gut, prefecto de la Congregación para 
el Culto Divino. 

Muchos sacerdotes han hecho lo que les parecía. Han conseguido impon- 
erse. Á menudo era ya imposible detener las iniciativas emprendidas sin 
autorización. Entonces, en su gran bondad y sabiduría, el Santo Padre ha 
cedido, a menudo contra su voluntad +? . Es obvio observar que ceder ante 
quien viola la ley no es bondad ni sabiduría si cediendo no se resiste ni se 
mantiene la ley, aunque sea protestando. La sabiduría es el discernimiento 
práctico en torno a los medios para conseguir el fin, y jamás se concilia con 
el abandono del fin. 

Consentir el abandono de la ley podría también contemplarse como un 
concesión a la parte que se ha revelado como mayoritaria en el conjunto de 
la sociedad eclesial: tratándose de disposiciones disciplinares, esta conducta 
es plausible. Pero lo es menos cuando la cesión contraria a la ley se hace 
secundando a una minoría reacia, y en contra de una mayoría obediente. 

Es lo que ocurrió con la facultad de tomar la Comunión en la mano, contra 
la cual se habían pronunciado las dos terceras partes del episcopado. Sin em- 
bargo se concedió esa posibilidad, primero sólo a los franceses (que la habían 
introducido como abuso), y después pretendiendo extenderla a la Iglesia uni- 
versal. La conversión del abuso en criterio para abrogar una ley no parece 
haber sido admitida jamás, ni jamás considerada admisible. Pero igualmente 


19 Documentation catholique, n. 1551, p. 18. 


6.13. Sic et Non en la Iglesia postconciliar 125 


sucedió en torno al modelo de reforma de la Misa: fue propuesto a los Padres 
del Concilio y rechazado por ellos, pero bajo la presión de poderosas influen- 
cias se adoptó y promulgó posteriormente como rito universal. 


6.13. Sic et Non en la Iglesia postconciliar 


La desistencia de la autoridad tiene como efecto la incertidumbre y la 
maleabilidad del derecho. Renunciando a sí misma, la autoridad se desmiente 
y se contradice, dando lugar a un sic et non en el que desaparecen la certeza 
doctrinal y la seguridad práctica. El antiguo adagio lex dubia non obligat, apli- 
cado a la situación que hemos descrito, provoca la adhesión de la autoridad 
desistente a las sucesivas imposiciones de la voluntad resistente, convertida 
así en fuente de derecho. 

La incertidumbre de la norma a causa de la vacilación de la autoridad es 
evidente en la reforma litúrgica, promovida de modo tumultuoso mediante 
retractaciones de prohibiciones, extensiones sucesivas de derechos, y formas 
de proceder ad experimentum. De ellas y de la introducción del principio de 
creatividad del celebrante procede tan variada diversidad de celebraciones: 
mientras el rito oficial sólo admitía cuatro cánones, pudo verse cómo se mul- 
tiplicaba su número y salían libros y más libros proponiendo nuevos modelos, 
elaborados por comisiones litúrgicas diocesanas y por personas particulares, 
a veces con aprobación de la Santa Sede. Esta multitud de formas rituales 
es lamentada por los que aprobaron la reforma y denunciada por quienes la 
reprueban. El caso más evidente de la fragmentación del rito católico por 
efecto de la claudicación de la autoridad es la casi total desaparición de 
las rúbricas preceptivas y la abundancia de las fórmulas recomendantes o 
desiderativas, aparte de la multiplicación de las posibilidades alternativas: el 
celebrante hará un cierto gesto, no lo hará, o hará otro, según consideraciones 
de tiempo y de lugar abandonadas a su consideración (salvo en casos concre- 
tos). A esto se añade que han sido otorgadas a los obispos un gran número 
de facultades antes reservadas a la Santa Sede, y como son libres en el modo 
de aplicarlas, se generan nuevas discrepancias entre una nación y otra, entre 
una diócesis y otra, e incluso entre parroquia y parroquia. Esta discrepan- 
cia es patente, por ejemplo, en la práctica de la comunión en la mano: fue 
permitida con un decreto general, siendo practicada en ciertas naciones, casi 
impuesta en otras, y en otras, al contrario, prohibida  . 


20Fue clamoroso el gesto de Juan Pablo II, que durante su visita a Francia puso la 
Comunión en la boca de la mujer de Gicard d'Estaing mientras ella extendía la mano para 
comulgar. Ver la documentación fotográfica en Der Fels, julio 1980, p. 229. Aunque este 
hecho es indicio de la preferencia personal del Papa prueba también la situación anómala 


126 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


El sic de la ley combinado con el non de la desistente autoridad se configu- 
ra a veces en forma paralogística, como se ve por ejemplo en Notitiae (boletín 
de la Comisión para la reforma litúrgica, 1969, p. 351), que publica a la vez 
una Instructio y un decreto que prohíben y permiten, respectivamente, lo 
mismo. 

No menos ostensible es la inconstancia en la disciplina sobre el orden 
cronológico de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía en la 
Primera Comunión de los niños. Algunas Conferencias nacionales conser- 
varon la antigua costumbre de hacer preceder la confesión sacramental a la 
recepción de la eucaristía; otras, sin embargo, hicieron la innovación de inver- 
tir ese orden por razones psicológicas poco rigurosas. Si el niño está inmaduro 
(como se dice) para percibir su propio pecado, ¿cómo estará maduro para dis- 
cernir la Presencia Real en el sacramento? La Conferencia episcopal alemana 
sostuvo primero, bajo la presidencia del Card. Dopfner, que debía admitirse 
a los niños a la eucaristía sin previa confesión, y pocos años después, con 
su sucesor el Card. Ratzinger, estableció al contrario que la confesión debe 
preceder a la Primera Comunión. 

Es obvio que la incertidumbre de la ley, convertida en algo mutable y sub- 
ordinada en su aplicación a la apreciación de varias personas que discrepan 
entre sí, refuerza el sentimiento del valor del arbitrio privado y produce una 
pluralidad de opciones en la cual se eclipsa y desaparece la unidad orgánica 
de la Iglesia. 


6.14. Más sobre la desistencia de la autori- 
dad. La reforma del Santo Oficio 


No se puede en este punto dejar pasar sin unas palabras la reforma del 
Santo Oficio, promulgada con el Motu proprio Integrae servandae del 7 de 
diciembre de 1964 y con la posterior Notificación Post litteras apostolicas del 
4 de junio de 1965. 

La Notificación da cuenta del modo más explícito posible de la desistencia 
de la autoridad, la cual no pretende ya obligar mediante una ley, sino que se 
remite a la obligación que liga a la conciencia con la ley moral. En efecto, 
declara que el Índice de libros prohibidos sigue siendo moralmente vinculante, 
pero ya no tiene fuerza de ley eclesiástica, con las censuras anejas. 

El punto de partida de esa ausencia de obligación es la suposición de que 
en el pueblo cristiano subsiste esa madurez intelectual y religiosa que con- 


del derecho en la Iglesia, ya que según las normas vigentes en Francia la opción entre los 
dos modos de tomar la eucaristía es absolutamente libre. 


6.14. Más sobre la desistencia de la autoridad. La reforma del Santo Oficio 127 


vierte al hombre en luz para sí mismo; de hecho, como se lee en el documento, 
la Iglesia confía en la existencia en el pueblo cristiano de esa madurez. Pero 
será la historia la que tenga que verificar si esa supuesta madurez existe o no, 
y justificar suficientemente la abrogación de la prohibición. La Iglesia recalca 
además su más firme esperanza en la solicitud vigilante de los Ordinarios, a 
quienes compete examinar y prevenir la publicación de libros nocivos, y si es 
caso reprender a los autores y amonestarles. 

Es demasiado manifiesto que este supuesto de la vigilancia doctrinal de 
los obispos es un modus irreales ? , ya que la doctrina del episcopado no es 
ni firme, ni concorde, y a veces ni siquiera sana; y además tampoco pueden 
los Ordinarios prevenir la publicación de libros nocivos si no se les otorga 
ninguna facultad de exigir que se sometan previamente a su juicio. Como se 
desprende del decreto del 19 de marzo de 1975, la Iglesia se limita a enixe 
commendare a los sacerdotes que no publiquen sin licencia de los obispos; a 
los obispos, que vigilen sobre la fe y exijan que los libros sobre cosas de fe les 
sean sometidos por los autores (los cuales sin embargo no tienen la obligación 
de hacerlo). En fin, también solicita que todos los fieles cooperen en esto con 
los pastores. 

Detrás de la reforma de la disciplina se oculta el principio del espíritu 
privado situado immediate enfrente de la ley sin la mediación de la autoridad, 
y a quien se le reconoce a priori esa madurez que, según la disciplina antigua, 
era propiamente el objetivo de la Iglesia en toda su actividad legisladora. Y es 
evidente la transición desde un orden de preceptos y prohibiciones a un orden 
puramente directivo y exhortativo, que reprende al error pero no reprende 
al errante, suponiendo (como fue preconizado en el discurso inaugural del 
Concilio) que el error genera por sí mismo y dentro de sí mismo su propia 
refutación y la persuasión de las verdades opuestas. 

La libertad reconocida por la Iglesia a los fieles ante el imperativo moral 
respecto a la lectura de libros es la libertad común que compete al hombre 
ante la ley moral. Ahora bien, ¿puede reconocerse también esa libertad para 
escribir libros, no tratándose ya entonces de un acto privado y temporal, sino 
de un acto público que queda fijado y produce un efecto separado de su causa 
y desligado de ella? Ciertamente, al regirse el Estado por un principio distinto 
al de la Iglesia y no propiamente religioso, debe admitirlo absolutamente. 

Pero en cuanto a la Iglesia, debe tenerse en cuenta que de principios dis- 
tintos descienden consecuencias distintas. La abolición del Index librorum 
prohibitorum es un acto de desistencia de la autoridad; ésta mantiene la pro- 
hibición anterior de la ley moral, pero no entra a particularizarla en concreto: 


21Recuérdese que en gramática se llama así a una proposición que enuncia una condición 
que no se cumple: por tanto tampoco se cumple lo condicionado. 


128 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


remite la conciencia de los fieles a los principios universales para que hagan 
por sí mismos la aplicación particular. 

En cuanto a escribir libros, la Iglesia del postconcilio no quiso llegar hasta 
la aceptación de esa libertad y se reservó todavía el derecho de juzgar, en 
consideración al bien común, la ortodoxia de los escritos. Además del deber 
de enseñar íntegra y pura la doctrina, tiene también el de preservar del error 
a los miembros de la sociedad eclesial. Ese segundo deber fue altamente 
proclamado en el discurso inaugural (ver 84.3), pero identificándose con el 
primero: basta que la Iglesia enseñe para que el cristiano se preserve por si 
mismo del error, al ser considerado capaz de dirigirse con su recto parecer. 

En la institución originaria de Pablo III en 1542, el fin de la Congregación 
era combatir las herejías y consiguientemente reprimir los delitos contra la 
fe. Ahora, a Pablo VI le parece mejor que la defensa de la Fe tenga lugar 
a través del compromiso de promover la doctrina mediante lo cual, a la vez 
que se corrigen los errores y los que yerran son dulcemente llamados a una 
mejor consideración, quienes predican el Evangelio reciben nuevas fuerzas. 
Como en el discurso inaugural, el método del amor se apoya sobre un doble 
supuesto 

Primero: que el error llega por si mismo a la verdad con tal que se le deje 
evolucionar. 

Segundo, que el hombre, sea por su constitución natural, sea por el grado 
de civilización en que se encuentra, está en tal estado de madurez que los 
fieles siguen más plenamente y con mayor amor el camino de la Iglesia si les 
es demostrada la materia de Fe y la naturaleza de las costumbres. 


6.15. Crítica de la reforma del Santo Oficio 


Ya me he referido en 884.3 y 4.4 a las relaciones de esa posición con 
una mentalidad antropotrópica, y aún lo haré más adelante. Aquí querría 
solamente señalar el qui pro quo jurídico y psicológico subyacente en el fondo 
de la reforma. Se trataba de un Index librorum prohibitorum, y no de un Index 
auctorum prohibitorum. La diferencia se sigue descuidando en las disputas en 
torno a la reforma, como se descuidó durante su realización. ¿Es tal vez una 
iniquidad, como se asegura, juzgar un libro sin escuchar las explicaciones de 
su autor? 

Lo es si el sentido de un escrito se debiese deducir de las intenciones del 
autor o de las explicaciones dadas por él, y no del escrito en sí mismo. El libro 
es una cosa en sí misma que lleva de modo inherente su propio significado, o 
más bien consiste en él. 

Es un conjunto de palabras, y las palabras son algo más que el hombre 


6.15. Crítica de la reforma del Santo Oficio 129 


que las profiere y llevan impreso un significado objetivo. Es necesario que 
el escritor sepa hacer compatibles su significado subjetivo con el significado 
objetivo del lenguaje. Se puede querer decir lo que no se dice, y por eso el 
signo de escribir bien (del verdadero escribir) es decir realmente lo que se 
quiere decir. Por eso un libro puede profesar el ateísmo y creer el autor ser 
teísta ., 

Las glosas que el autor haga de su libro una vez editado no cambian su 
naturaleza. Y aunque lo hiciesen (por la razón que sea) resultando una obra 
irreprensible, eso no se debería tener en cuenta en lo concerniente al libro. La 
razón es evidente. Las acotaciones justificativas del autor post editum librum 
no pueden acompañar al libro dondequiera que vaya, pues éste recorre su 
propio destino sin compañía: Parve sine me, liber, ¡bis in urbem % . 

Se trata de distinguir entre una cosa y otra, entre una persona y un libro. 
Se trata reconocer, como lo hizo Platón (Prot. 329 A), que un libro no es 
como una persona con la cual se dialoga; ésta hace todo lo posible por hacerse 
entender por quien le interroga, clarificando, precisando y explicándose; pero 
el libro responde siempre lo mismo: responde lo que expresan las palabras 
utilizadas tomadas en su significado propio, y nada más. 

Y no se diga que en un idioma las palabras no tienen un significado propio: 
no lo tienen cuando no están en los diccionarios, pero sí ciertamente en la 
concreción de un contexto. ¿Que hacen si no todos los críticos del mundo? 
¿Tal vez se abstienen de juzgar una obra hasta no haber conversado con 
el autor? ¿Le preguntan al autor por el sentido de su obra, o más bien lo 
extraen de ésta misma? Por no añadir que grandes obras maestras, y las más 
importantes de todas las naciones (que son como la fuente de toda la poesía, 
o más bien de toda la civilización de un pueblo), son anónimas y de una 
impersonalidad sobrehumana. Sin embargo nadie pensó jamás que su valor 


22Las obras de Giovanni Gentile fueron puestas en el Índice en 1934; el filósofo se sor- 
prendió de ello y quedó amargado. En una conferencia pronunciada en Florencia en 1943 
no sólo proclamaba: Yo soy cristiano, sino que proseguía: Quiero añadir en seguida, para 
evitar equívocos, que soy católico. No creo haber traicionado la primera enseñanza religiosa 
que me fue impartida por mi madre. Hay conciencias erróneas en lo teórico del mismo modo 
que las hay en lo práctico. 

23 Irás, pequeño libro, a Roma sin mí Ovid. Un escrito público no puede ser corregido 
o desmentido sino con otro escrito público, naturalmente siempre que tenga un significa- 
do invariable que solamente pueda ser retractado (en el doble sentido de reexaminar y 
desdecir) con un escrito público. Según la reforma, el Santo Oficio escucha la defensa del 
autor y exige que las aclaraciones justificativas dadas por él para que la obra vuelva a la 
ortodoxia sean dadas a conocer por él mismo. Este acto equivalente a una retractación 
es repugnante para el autor, haciendo más desagradable todo el asunto. Tal es el caso 
del padre Schillebeeckx. Ver Le Monde, 10 de diciembre de 1980. El autor rehusó hacer 
públicas las declaraciones hechas ante el Santo Oficio, el cual se limitó a publicar la carta 
en la que se indicaban las correcciones que el autor debería haber hecho. 


130 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


se esfumase al no conocerse nada sobre su autor. Y no sólo la comprensión de 
una obra no depende de los conocimientos sobre su autor concreto, a veces 
completamente oscuro, como Homero (si es que fue un solo individuo, lo 
cual niega Friedrich August Wolf) o Shakespeare, sino que se puede incluso 
sostener con Flaubert que la subjetividad del autor no debe entrar en la obra, 
consistiendo la perfección de un escritor en hacer creer a la posteridad que 
no ha existido. 

Por tanto, y retornando a la reforma del Santo Oficio, la intención del 
autor no puede hacer que las palabras escritas, si expresan un error, no 
expresen el error. La certeza en el sentido de las palabras es el fundamento de 
toda comunicación entre los hombres. No se trata de juzgar el estado de una 
conciencia, sino de conocer el sentido de las palabras. Y no es en modo alguno 
verdad que en el examen de un libro en el Santo Oficio no se considerasen 
todos los aspectos del libro; pero precisamente se consideraban todos los 
aspectos del libro, no las intenciones del autor. Y no puede argúirse alegando 
las largas y reiteradas visitas de la Inquisición a Giordano Bruno entre 1582 
y 1600, porque allí no se dialogaba para conocer el verdadero sentido de 
los libros del filósofo, sino que se buscaba su penitencia y retractación. Ya 
Benedicto XIV (y creo que la costumbre permaneció) quiso que un consultor 
tomase ex professo la defensa del libro, no ya para iluminar la intención del 
autor, sino para interpretar las palabras del texto en su verdadero sentido. 

Por consiguiente, las acusaciones promovidas contra el antiguo procedi- 
miento nacen de desconocer la naturaleza objetiva e intrínseca de todo escrito, 
y en fin, de una falta de arte critica 2 . 


6.16. Variación de la Curia Romana. Falta de 
rigor 


El prurito de innovaciones impregnó a toda la Curia no sólo reordenando 
lo antiguo, como había hecho San Pío X en 1908 según el ejemplo de muchos 
de sus antecesores, también cambiando las funciones de las Congregaciones 
antiguas y asignando nuevas funciones a organismos nuevos. Además se modi- 
ficaron todos los nombres: por ejemplo: la Congregación de Propaganda Fide 
se convirtió en para la Evangelización de los pueblos y la del Consistorio 
en la de los Obispos. Se crearon además otras Congregaciones con el títu- 


24Me parece llamativo que la apología del Santo Oficio hecha por Mons. HAMER en 
el OR de 13 de julio de 1974 no se refiera al punto fundamental: que el libro tiene una 
realidad por sí mismo, separada de la del autor. El mismo defecto me parece ver en el 
estudio de Mons. LANDUCCI en Renovado, 1981, p. 363, que encuentra laudabilísimo el 
modo de salvaguardar los derechos del interesado en la nueva Ratio agendi. 


6.16. Variación de la Curia Romana. Falta de rigor 131 


lo moderno de Comisiones, Consejos o Secretariados para la unión de los 
cristianos, para las religiones no cristianas, para los no creyentes, para las 
comunicaciones sociales, para el apostolado de los seglares, etc. La variación 
de los nombres no carece de significado. La Propaganda insinuaba la idea de 
una expansión del catolicismo en pueblos infieles, mientras que el concepto 
de evangelización es genérico y ya se viene aplicando a la acción pastoral 
entre gentes ya evangelizadas, o incluso al acto mismo de la vida cristiana, 
confundiéndose así la especie con el género. 

Una antiquísima opinión que tiende a concebir la marcha de las cosas 
según el modelo de la suma vectorial de las fuerzas mecánicas, sostiene que 
la Curia Romana ejercitó en el período postconciliar una acción adversa a 
las intenciones reformadoras del Concilio y el Papa. 

Muy al contrario (y no hace falta señalar que la Curia, en cuanto ejecu- 
tora del gobierno papal, fue en todo momento el órgano del devenir eclesial), 
lo cierto es que todas las transformaciones operadas y operantes en el catoli- 
cismo del siglo XX han tenido por órgano la Curia. 

La reforma del Santo Oficio, significativa y productora de la novísima 
mentalidad postconciliar, lleva la firma del card. Ottaviani, prefecto de esa 
Congregación, y en quien los innovadores reconocen sin embargo la encar- 
nación del espíritu preconciliar. Además, como vimos en 86.12, los mismos 
movimientos de desobediencia a las normas romanas recibieron fuerza de su 
sucesiva ratificación por la Curia, que se desdecía erigiendo en ley los abusos. 

Sin embargo, aquí el tema de nuestro discurso es la transformación de la 
Curia en cuanto a su funcionamiento técnico y formal. Y en primer lugar debe 
resaltarse la degradación del latín de la Curia. No hace falta irse hasta el estilo 
diamantino y afinado de los documentos de Gregorio XVI, o al elegante de 
León XIII, para darse cuenta con esa comparación de la pérdida de nobleza, 
perspicuidad, y rigor del estilo curial. El latín del Vaticano II fue a menudo 
deplorado como pobre incluso por Padres que aprobaban el contenido de 
los documentos. Incluso alguno de los textos principales (como Gaudium et 
Spes) fue en principio parcialmente redactado en francés, violando el canon 
del estilo curial, que tiene por original y auténtico el texto latino, y generando 
esas incertidumbres de la hermenéutica ya citadas en 84.2. 

Un caso insigne de tal incertidumbre, traspasada del orden gramatical al 
orden jurídico, es la Constitución apostólica del 3 de abril de 1969. En la 
perícopa final se lee: Ex his quae hactenus de novo Missali Romano expo- 
suimus, quiddam nunc cogere et eicere placet, es decir: Deseamos extraer una 
cierta conclusión, ya que cogere et efficere es una expresión ciceroniana de 
concluir. Pero las traducciones inmediatamente realizadas y puestas en cir- 
culación dan a la frase este sentido: Nous voulons donner force de loi á tout 
ce que Nous avons exposé (Documentation catholique, n. 1541, p. 517). Y la 


132 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


traducción italiana: Vogliamo dare forza di legge a quanto abbiamo sposto 
(OR, 12 de abril de 1969), o bien: Quanto abbiamo qui stabilito e ordinato 
vogliamo che rimanga valido ed efficace ora e in futuro (Misal romano editado 
por la Conferencia episcopal italiana, Roma 1969). 


No pretendemos hacer filología en torno al texto curial, o más bien pon- 
tificio, pero conviene observar de qué modo se han perdido en un párrafo 
de tanta trascendencia la perspicuidad y el rigor del estilo de Curia. Con- 
fesándonos incapaces de decidir una controversia filológica, nos limitamos a 
afirmar lo que nos parece incontrovertible: tan pésimo latín (incluso insólito, 
si la frase tiene el sentido de Cicerón) impide la percepción inmediata del 
sentido entendido por el legislador, y ha abierto así la vía a lecturas con- 
tradictorias; una considera que dicha expresión es simplemente como una 
cláusula (aunque no se encuentra después cuál sea en concreto la conclusión, 
porque en el documento siguen rápidamente la fecha y la firma); otra re- 
conoce en ella la intención de dar fuerza de ley a todas las cosas expuestas 
(sin embargo quiddam en modo alguno puede valer como quidquid, como sin 
embargo se ha supuesto en las traducciones). 


Una secuela necesaria del circiterismo y la incertidumbre con las cuales 
se condujo todo el asunto es el hecho lastimoso de la existencia de tres for- 
mas distintas de la edición típica de la Constitución, debidas a adiciones y 
omisiones. 


6.17. Más sobre la transformación de la Cu- 
ria Romana. Fallos culturales 


Pero además de una baja calidad del latín y de falta de rigor, puede cul- 
parse a la Curia de la defectuosa cultura subyacente en los textos pontificios, 
que se gloriaron durante siglos de una perfección admirablemente irrepren- 
sible. Reservamos un discurso especial al art. 7 de la Constitución Missale 
romanun, que da una definición de la Misa apartada de la concepción católi- 
ca (la Misa es denominada asamblea, cuando en realidad es un sacrificio) y 
hubo de ser reformada a los pocos meses por ser evidentemente aberrante al 
confrontarla con la doctrina de la Iglesia. Ver 8837.9-37.10. Aquí traeremos 
sin embargo algunos ejemplos perspicuos de conocimientos defectuosos, negli- 
gencias culpables, y también de la escasa atención de los consejeros del Papa 
(a cuyo prestigio no deben jamás perjudicar los actos pontificios, máxime 
cuando son didácticos y solemnes). En el discurso del 2 de agosto de 1969 
en Kampala (Uganda), Pablo VI exaltó la Iglesia africana de Tertuliano, San 


6.17. Más sobre la transformación de la Curia Romana. Fallos culturales 133 


Cipriano y San Agustín como si fuese la Iglesia de Uganda % , cuando era 
una Iglesia claramente latina. Además, enumeró entre los grandes de la Igle- 
sia de África a un inexistente Octavio de Mileto (y que si existiese no sería 
africano); existe un Octato de Milevi, pero es un escritor secundario y de 
incierta ortodoxia. 

En otro lugar, hablando de los hechos fortuitos que truncan a veces los de- 
signios de los hombres el Papa citó, del cap. VII de El Príncipe de Maquiavelo, 
el comentario hecho a éste por César Borgia, quien (dijo el Papa) había pen- 
sado en todo menos en que también él había de morir el día menos esperado. 
Ahora bien, lo imprevisto no fue que él tuviese que morir (¿cómo habría po- 
dido contárselo?), sino que se encontrase casi moribundo (aunque no murió) 
precisamente en los días en los que fallecía Alejandro VI y él había meditado 
adueñarse del Estado. 

En otro discurso el Papa afirma que le había parecido bien al Concilio 
retomar el término y el concepto de colegialidad. Ahora bien, ese término 
no se encuentra en ningún texto del Concilio 2% y muy bien el Papa podría 
haberlo introducido, pero lo que no puede hacer es conseguir que esté, cuando 
sin embargo no está. 

En el discurso del 9 de marzo de 1972 el Papa habla del don de la libertad 
que hace al hombre semejante a Dios (cfr. Par. I, 105), cayendo en un lapsus 
porque en ese lugar Dante no habla de la libertad, sino del orden del mundo, 
que siendo una idea del divino intelecto impresa en la creación hace a la 
criatura semejante al Creador. 

Además, lo cual parece verdaderamente extraño, el circiterismo se ex- 
tiende también a las citas de la Escritura. El 26 de julio de 1970 el Papa 
citó Gal. 5, 6 como si dijese que la fe hace operante a la caridad, cuando 
San Pablo dice lo opuesto (la caridad hace operante a la fe), como se tradujo 
correctamente, y el mismo pasaje, en otro discurso del 3 de agosto de 1978. 

Sin adentrarnos en la generalizada contradicción que el pensamiento op- 
timista del Papa encuentra en el estado global del mundo y de la Iglesia, 
se encuentran afirmaciones sobre hechos concretos desmentidas por esos mis- 
mos hechos. En el discurso del 27 de noviembre de 1969 sobre la introducción 
del Novus ordo de la Misa, justificando el abandono del latín por la liturgia, 
dijo que el latín seguirá siendo la noble lengua de los actos oficiales de la 
Sede Apostólica; permanecerá (y si es posible con mayor esplendor) como 
instrumento escolástico de los estudios eclesiásticos. 

Ahora bien: en casi todas las universidades eclesiásticas y en todos los 


25E] equívoco se revelaba ya en la Homilía por los mártires de Uganda, que son negros, 
y que el Papa situaba junto a los mártires escilitas, que eran romanos. 
26 Ver dicha voz en las citadas Concordantiae. 


134 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


seminarios la enseñanza se desenvuelve ahora en las lenguas nacionales; en el 
Concilio, los idiomas vernáculos fueron admitidos en las intervenciones orales 
y en los escritos; y en el Sínodo de Obispos, después de la sesión plenaria la 
asamblea se divide en Circuli minores según las lenguas nacionales. 

También la Curia romana es ahora mixtilingúe, y entre mi corresponden- 
cia se encuentra una carta del Card. Wright, prefecto de la Congregación del 
Clero, encabezada por el membrete Congregation of the Clergy. Evidente- 
mente, en la redacción del citado discurso una perícopa salida de otra pluma 
distinta de la del Papa ha transmutado el verbo permanecer. 

El peso de estos circiterismos en la disminución de la estima debida a 
la Curia romana no debe medirse por el aprecio y la inclinación de cada 
cual hacia tan respetable institución pontificia. Pero en verdad, tanto más 
lamentable es ese defecto contingente de los colaboradores asistentes del Pa- 
pa, cuya persona representa en cierto modo todo el cuerpo cultural de la 
Ielesia católica, cuanto más irreprensible debería ser la Sede suprema. Y con- 
viene señalar que, aun no pudiendo advertir Pablo VÍ (a causa de la extensión 
de los documentos, la preparación de los borradores, la inmensidad de los dis- 
cursos y la búsqueda de autores y citas) las no imaginarias deficiencias de sus 
colaboradores, tuvo sin embargo clara la idea de la perfección requerida en 
el trabajo de quien colabora con el Papa. Dijo a Jean Guitton que no puede 
tolerarse, en boca de un Papa, ni la menor inexactitud ni el menor lapsus 
(op. cit., p. 13). 

Estos lapsus de los que hemos traído algún ejemplo, no indican quizá una 
deficiencia cultural de fondo, pero ciertamente suponen una falta de diligencia 
y exactitud que no deja de afectar al Papa mismo. El responsable principal 
no puede responder de la excelencia de todas las tareas de sus subordinados, 
pero la calidad ordinaria de los colaboradores de quienes se sirve compromete 
necesariamente su propia capacidad de discernimiento. Todos los actos de los 
instrumentos de la autoridad son actos de la autoridad, y mantienen o mer- 
man su prestigio. Aún no se han apagado los clamores suscitados cuando en 
un discurso verdaderamente histórico un jefe de gobierno citó unas palabras 
de Protágoras atribuyéndolas a Anaxágoras. 


6.18. La desistencia de la Iglesia en la rela- 
ciones con los Estados 
La desistencia de la autoridad, que hemos indagado ad intra de la Iglesia 


profundizando en la reforma del Santo Oficio, se manifiesta también en las 
relaciones con los Estados, bajo la forma de esa condescendencia con la cual la 


6.18. La desistencia de la Iglesia en la relaciones con los Estados 135 


Iglesia participa en ese gran proceso tendente a la distensión internacional. 
El hecho es manifiesto, pero no nos adentraremos en una materia que no 
corresponde directamente a un libro como éste y nos llevaría a sacar a la luz 
algún suceso famoso. (Aludimos sobre todo a la remoción del cardenal Joseph 
Mindszenty de la sedé primada de Hungría, o a la voluntaria humillación de la 
legación pontificia durante las celebraciones de 1971 para la toma de posesión 
del nuevo Patriarca ortodoxo: el card. Willebrands y toda la delegación papal 
escucharon sin movimiento o acto de protesta alguno las acusaciones contra la 
Iglesia romana. Aludimos, en fin, a las demostraciones de simpatía de Pablo 
VI hacia la iglesia cismática de China, condenada sin embargo por Pío XII en 
dos cartas encíclicas de 1956.) Nos extenderemos sin embargo un poco sobre 
el más sintomático de los actos que manifestaron la actitud de rendición de 
la Iglesia ante el Estado moderno. En las relaciones entre las dos potestades, 
la revisión del Concordato italiano de 1929 es el hecho más señaladamente 
significativo del cambio realizado por la Iglesia católica en su filosofía y en 
su teología. 

La separación respecto a los principios ya había sido preanunciada, en los 
plazos previos a la larga negociación, en un artículo del OR del 3 de diciembre 
de 1976, donde se declaraba que para atestiguar su propia disponibilidad la 
Iglesia estaría dispuesta incluso a sacrificar los principios. Los nuevos pactos 
restringen a sólo 14 artículos las materias contenidas por los de 1929 en 
más de 40. Esta reducción supone por sí misma que muchas materias de 
naturaleza mixta han sido abandonadas a la potestad civil, renunciando la 
Iglesia a tener voz en ellas. 

Las variaciones decisivas son tres. La primera está fijada en el art. 1 
del Protocolo adicional y dice así: Ya no se considera en vigor el principio, 
originariamente reclamado por los Pactos lateranenses, de la religión católica 
como única religión del Estado italiano (RI, 1984, p. 257). Esta disposición 
del nuevo pacto implica el abandono del principio católico según el cual la 
obligación religiosa del hombre va más allá del ámbito individual y afecta a 
la comunidad civil: ésta debe en cuanto tal tener una actitud positiva hacia 
el destino último, hacia el estado de vida trascendente, de la convivencia 
humana. 

El reconocimiento del Numen es un deber no sólo individual, sino so- 
cial. Incluso si se quería anular el antiguo dictado como incongruente con la 
índole de los tiempos, siempre era posible su asunción en línea histórica: pre- 
scindiendo del valor ultrahistórico que pretende tener la religión, quedaba la 
posibilidad de asumir ese valor como parte integrante e informante de la vida 
histórica de la nación italiana, al modo de la lengua, el arte y la cultura. Es 
la tesis enseñada por Pablo VI (86.2), que no hace de la religión un carácter 
divisor de la sociedad civil, sino distintivo. 


136 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


Conviene notar además cómo una mayor finura de la diplomacia vaticana 
podría haber encontrado modo de dar una expresión menos abierta a una 
conformidad tan grande de la Iglesia con la emancipación de la axiología 
civil respecto a los principios religiosos. Se habría podido establecer, en vez 
de que ese principio ya no se considera en vigor, que la Santa Sede toma 
nota de que el Estado italiano ya no lo considera en vigor. La variación de 
sustancia es manifiesta: hoy la Iglesia llama laicidad a lo que ayer llamaba 
laicismo y lo condenaba como igualación ilegítima de conductas desiguales. 

Por último, conviene observar que los pactos firmados el 12 de febrero 
de 1984 no sólo reforman el Concordato de 1929 (como todos reconocen), 
sino también el Tratado que regulaba la soberanía e independencia temporal 
del Papado. La posibilidad de derogar el Concordato dejando inmutable el 
Tratado, sondeada por Mussolini en un discurso parlamentario, fue pronta- 
mente excluída por Pío XI al proclamar: simul stabunt aut simul cadent. 
No sé cuál es la legitimidad de un procedimiento que abroga en un pacto 
la cláusula de otro pacto sin citarlo, pero el hecho (poco advertido en los 
discursos y en la prensa) es que el art. 1 del Protocolo adicional firmado el 
18 de febrero de 1984 abroga tácitamente los artículos 1 y 2 del Tratado de 
1929, que establecen que ftalia reconoce y afirma el principio por el cual la 
religión católica, apostólica y romana es la única religión del Estado. Como 
consecuencia, el art. 13 del nuevo Concordato, afirmando que las disposi- 
ciones precedentes constituyen modificaciones del Concordato lateranense, es 
erróneo por reticencia: también constituyen una modificación del Tratado. 


6.19. Más sobre la revisión del Concordato 


La segunda variación concierne al régimen matrimonial. Con el Concorda- 
to de 1929 Italia reconocía los efectos civiles del matrimonio canónico, obliga- 
toriamente trascrito al registro civil. Pero ya con la introducción del divorcio 
el régimen fue unilateralmente variado: al cónyuge de una persona divorciada 
el Estado le retira el status de cónyuge que sin embargo la Iglesia le conser- 
va a perpetuidad. Además, aunque el art. 8 del pacto de 1984 renueva el 
reconocimiento de los efectos civiles del matrimonio canónico, da al Esta- 
do la facultad de negarlo cuando las condiciones del derecho canónico no se 
correspondan in casu con las normas del derecho civil. 

La tercera variación se refiere al régimen escolar. En lugar de la obligación 
sancionada el nuevo establece: La República italiana, reconociendo el valor de 
la cultura religiosa, y teniendo en cuenta que los principios del catolicismo 
forman parte del patrimonio histórico del pueblo italiano, continuará asegu- 
rando la enseñanza de la religión católica en las escuelas. Se reconoce a todos 


6.19. Más sobre la revisión del Concordato 137 


el derecho de escoger si aprovecharse o no de tal enseñanza. Este derecho de 
elección lo ejercitan los estudiantes o sus padres. 

El régimen de la obligación, temperado por el derecho de dispensa deriva- 
do de la libertad de conciencia, es sustituido por un régimen opcional me- 
diante el cual la instrucción en la religión católica es remitida a la libertad 
individual. La religión católica ya no forma parte de la axiología de la so- 
ciedad italiana y ya no la obliga (los valores ligan). Ya no es la religión 
católica en cuanto católica lo que el Estado reconoce, sino la religión católica 
en cuanto se trata de una forma históricamente relevante de la religiosidad. 
Es la tesis de la religión natural como núcleo de todas las religiones, por la 
cual todas ellas tienen un valor. Es el fondo, como tantas veces hemos dicho, 
del espíritu del siglo presente. Ni siquiera sobre un punto vital de la política 
escolar abandonaron los negociadores de la Santa Sede la línea de la condes- 
cendencia y de la renuncia. La solicitud de que el Estado subvencionase a 
los colegios privados o a las familias que los utilizan no fue defendida ni se 
convirtió en un punto cardinal de las negociaciones, pese a que los católicos 
italianos habían reivindicado tal derecho en numerosas manifestaciones como 
una consecuencia del pluralismo, y solicitado que el ordenamiento italiano se 
conformase al de muchas democracias en Europa y en el mundo. 

La revisión del Concordato dió lugar a un amplio fenómeno de disimu- 
lación y de eufemismo que enmascaraba la innovación introducida en la doct- 
rina cubriéndola con una ficticia continuidad histórica, continuidad obtenida 
transformando el uso de las palabras y debilitando la vis logica del discurso 
eclesiástico. Por el contrario, la innovación es reconocida por los observadores 
más desapasionados. En representación de todos ellos, citaré Rl, 1984, p. 246: 
El Concordato es demasiado diferente del antiguo como para que se pueda 
poner en duda su novedad: es un camino nuevo cuya evolución no es previsi- 
ble. El autor recuerda después la doctrina de Pío XI sobre la superioridad 
objetiva de los fines de la Iglesia y concluye que parece claro lo profundamente 
que la Iglesia católica ha cambiado en estos años. 

Totalmente opuesto es el pensamiento del órgano vaticano del 19 de 
febrero, para el cual el nuevo Concordato es el fruto sólido y bien enraizado de 
los Pactos de 1929. Esta declaración sería verdadera si se invirtiese el sentido 
de las palabras, y si cambiar los principios (como se confiesa haber hecho) 
equivaliese a desarrollarlos, hacerlos fructificar y mantener el Concordato en 
su integridad. 

Y si bien después se afirma que permanecen intactos los principios de la 
religión católica, la distinción es obvia: permanecen intactos en sí mismos y 
prescindiendo del Concordato (como permanecen intactos ante el error y en 
la persecución), pero ciertamente no en la ley, en la costumbre o en la vida 
social del Estado, que profesa y practica lo contrario. El Papa mismo no se 


138 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


abstuvo de esta tentación de cambiar las cosas cambiando el sentido de las 
palabras, y de buscar en fórmulas verbales la satisfacción que la realidad no 
permite. En el discurso del 20 de febrero dijo: La revisión del Concordato es 
signo de la renovada concordia entre el Estado y la Iglesia en Italia. Pero, 
¿acaso el divorcio no discorda de la indisolubilidad? ¿Y es que el aborto no 
contraviene, para la Iglesia, la prohibición de matar a que obliga la moral 
natural? 

Y el indiferentismo de la escuela pública hacia la instrucción religiosa, 
¿no choca contra el deber del católico de instruirse en la propia religión? 
La verdad es que en la axiología de la República italiana tienen cabida la 
alfabetización, la cultura física, la sanidad, el trabajo, la seguridad social, las 
artes y las letras, pero aquel valor que según la doctrina católica es el valor 
originario y los consuma a todos queda sin embargo excluído y rebajado a la 
esfera privada, bajo la protección de la libertad 2 . 

Geno Pampaloni, en un artículo titulado /l Tevere piú stretto (II Gior- 
nale, 6 de enero de 1984), ilumina la creciente convergencia entre Estado e 
Iglesia en Italia, pero la considera erróneamente como efecto de una flexión 
de la laicidad, cuando al contrario es debida a una decoloración en el catoli- 
cismo de cuanto es peculiar en él: no es el Estado el que se inclina hacia la 
religión, es la religión la que se inclina hacia el Estado y (valga la expresión) 
se desreligioniza. Este proceso lo denomina Pampaloni con un término del 
léxico político italiano, compromiso histórico. En su amplitud y profundi- 
dad, es sin embargo la transformación de fondo que prepara la cosmópolis 
humanitaria y la teocracia universal % . 


6.20. La Iglesia de Pablo VI. Los discursos de 
septiembre de 1974 


La disposición propia de Pablo VI a disimular las dificultades de la Iglesia 
no podía persistir en la mente del Papa, ya que tal disposición constituye en 
cierta manera un estado violento, y ya hemos visto en 81.7 sus clarísimas 
denuncias de esas dificultades. Estas denuncias culminaron por otra parte en 
los dos discursos del 11 y del 18 de septiembre de 1974, que dejaron atónita 
a la opinión mundial, fueron acogidas en su texto integral por los mayores 


27] juicio del Papa recibió un áspero desmentido en las declaraciones del Card. 
BALLESTRERO, presidente de la Conferencia episcopal italiana, en el OR del 25 de 
noviembre de 1983: Nuestro país está terriblemente desapegado de la Iglesia porque los 
principios que lo inspiran en casi todas sus decisiones y en sus comportamientos ya no 
son los del Evangelio. 

2BTeocracia es, en sentido estricto, mezcla de divinidades. 


6.20. La Iglesia de Pablo VI. Los discursos de septiembre de 197,4 139 


órganos de estudios históricos y políticos (RI, 1974, p. 932), y tuvieron un 
largo comentario en OR en la pluma de su director. 

El hecho proveniente tanto de Oriente como de Occidente es el firme 
avance del secularismo descristianizador. Después de haber reconocido la en- 
emistad teórica y práctica del mundo moderno con la religión en general y 
con el catolicismo en especial, y abandonándose a un movimiento de tris- 
teza espiritual, el Papa confiesa no sólo que la religión parece no tener una 
próspera existencia en ese mundo, sino que parece a quien observa las cosas 
superficialmente algo impensable en nuestros días, parece una Iglesia desti- 
nada a apagarse y a dejarse sustituir por una concepción científica y racional 
del mundo, más fácil y experimentable, sin dogmas, sin jerarquías, sin límites 
al posible goce de la existencia, sin cruz de Cristo. 

La Iglesia (dice el Papa) sigue siendo todavía una gran institución, pero 
abramos los ojos: en estos momentos, bajo ciertos aspectos, está sometida 
a graves sufrimientos, oposiciones y contestaciones corrosivas. Y el Papa 
pone en duda que el mundo necesite todavía de la Iglesia para captar los 
valores de caridad, de respeto de los derechos, de solidaridad, dado que por 
el momento todo esto lo hace ya el mundo profano por sí mismo, y aun parece 
que bastante mejor, y el triunfo del mundo en la consecución de estos valores 
parece justificar tanto el abandono de la observancia religiosa por parte de 
poblaciones enteras, como la irreligiosidad del laicismo, la emancipación de 
la ley moral, la defección de los sacerdotes y el que algunos fieles ya no teman 
ser infieles. 

Finalmente el Papa avanza la idea de la superficialidad del cristianismo y 
de la ausencia de la religión en el mundo contemporáneo: es el advenimiento, 
podemos decir, del hombre microteo. 

Una nota importante de la presente crisis la reconoce el Papa en el hecho 
de que las vacilaciones de la Iglesia no se deben al asalto de fuerzas externas, 
sino internas a sí misma. 

Éste es el criterio mismo establecido por nosotros para establecer en la 
historia de la Iglesia cuándo hay crisis y cuándo no la hay (881.2, 2.1 y 2.8). 
Gran parte de los mismos (males) no asaltan a la Iglesia desde fuera, sino 
que la afligen, la debilitan y la extenúan desde dentro. El corazón se llena 
de amargura. La novedad no consiste en la aparición de males provenientes 
del estamento clerical, pues siempre en el pasado los males tuvieron en él 
su origen. La novedad bien intuida por el Papa es aquélla definida como 
autodemolición en el célebre discurso al Seminario Lombardo. La expresión 
es dogmáticamente insostenible, y de hecho no volvió a ser repetida nunca por 
el Papa, porque la Iglesia es esencialmente constructiva y no destructiva; pero 
históricamente entendida, es exacta. Tratando del problema de la superación 
de la crisis, si el Papa se mantuviese en el campo de los hechos y de las 


140 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


conjeturas razonables que éstos admiten, se encontraría con las manos atadas. 
Por tanto, concluyendo, pasa del plano histórico en el cual la Iglesia resulta 
sufriente y declinante, al plano de fe donde el ánimo del creyente se sostiene 
en el divino non praevalebunt (no prevalecerán) (Mat. 16, 18). Este paso al 
discurso de fe es frecuente en la apologética postconciliar. Pero es dudoso 
que sea realmente un cambio de plano. El diagnóstico que ha concretado el 
mal radical del mundo en el alejamiento de Dios, en la desacralización y en 
la total Diesseitigkeit, es ya un discurso de fe. Solamente la fe entiende como 
ruina lo que parece perfeccionamiento y progreso del género humano a quien 
carece de ella. 


6.21. Intermitente irrealismo de Pablo VI 


Pablo VI superó de dos maneras la tristeza que la causaba la contem- 
plación de la Iglesia contemporánea. La legítima, necesaria y tradicional con- 
siste en introducir la interpretación filosófica y teológica propia del catolicis- 
mo, y bajo esa luz contemplar unos hechos cuya naturaleza no es desconocida. 
La ilegítima está fundada sobre la gran ley psicológica del gratissimus mentis 
error, por la cual al espíritu le repugna reconocer lo que conoce, porque le 
parece desagradable; se da cuenta de ello en el contacto con lo real, pero 
se lo oculta a sí mismo y tampoco lo comunica a los demás. Sobre este 
fenómeno hablan abundantemente los escritores morales y los Profetas bíbli- 
cos (a quienes grita el pueblo loquimini nobis placentia), pero también lo 
percibe todo individuo en sí mismo. 

Quizá las palabras de una carta juvenil de Montini revelan los primitivos 
síntomas de esta prevalencia de la facultad ideativa sobre la percepción de lo 
concreto: Estoy convencido de que un pensamiento mío, un pensamiento de 
mi alma, vale para mí más que cualquier otra cosa en el mundo. 

Solamente para quien conoce poco las agustinianas latebrae (recovecos) 
o el manzoniano batiburrillo en que consiste el corazón humano (incluso el 
pontificio), puede resultar sorprendente encontrar en el mismo discurso de 
Pablo VI, contiguas y ligadas, la tristeza correlativa a la realidad y el triun- 
falismo que la esfuma, trasfigura o invierte. Por ejemplo, en el discurso del 
16 de noviembre de 1970 el Papa ha pintado vivamente el estado lamentable 
de la Iglesia postconciliar. Externamente es la legalidad opresora de tantos 
países la que encadena a la Iglesia: ella sufre, lucha, sobrevive como puede, 
porque Dios la asiste. Además, internamente es para todos motivo de estu- 
por, de dolor y de escándalo ver que precisamente desde dentro de la Iglesia 
nacen inquietudes e infidelidades, y a menudo por parte de quienes deberían, 
por el compromiso adquirido y por el carisma recibido, ser más leales y más 


6.21. Intermitente irrealismo de Pablo VI 141 


modélicos. Y lo son también las aberraciones doctrinales, el alejamiento res- 
pecto a la autoridad de la Iglesia, el generalizado libertinaje de costumbres, 
y el desprecio de la disciplina en el clero. Sin embargo, pese al onus grave 
anunciado tan articuladamente, el Papa ve idealmente algo de positivo en 
la situación, e incluso signos maravillosos de vitalidad, de espiritualidad, de 
santidad. Los ve, pero indistintamente los ve e indistintamente los anuncia, 
transportado como está por los movimientos de su facilidad ideativa. Has- 
ta en las vísceras de los errores dogmáticos, que él sin embargo condena 
vigorosamente en la encíclica Mysterium fidei, el Papa encuentra razones de 
relativo aplauso, hallando hasta en la herejía que niega la Presencia Real el 
laudable deseo de escrutar tan gran misterio y explorar su inagotable riqueza. 
La propensión papal a no apagar esa lucecita humeante se excede aquí incluso 
hasta considerar loable la tentativa de quienes intentan restringir y disolver 
el misterio. 

Pero también en otras alocuciones la tendencia de Pablo VI al irrealismo le 
lleva a confundir las figuraciones de su pensamiento con la consistencia de los 
hechos. A causa de una especie de generalizada sinécdoque, cualquier parte 
(incluso diminuta e irrelevante) queda afectada por un valor exponencial 
ilusorio, y se la relaciona con una escala mayor para convertirla en indicio de 
hechos generales. 

En palabras de Arnobio, es como si se negase el carácter telúrico de la 
montaña porque se encuentra enterrada en ella una pepita de oro, o la en- 
fermedad de un enfermo completamente magullado y dolorido porque tiene 
una uña sana. 

El mayor testimonio del gratissimus error es quizá la alocución del 23 de 
junio de 1975 con ocasión del decimosegundo aniversario de su coronación. 
Después de haber dicho que el Vaticano II ha iniciado realmente una nueva 
era en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo, el Papa exalta la grandísima 
sintonía de toda la Iglesia con su supremo Pastor y con los propios obispos, 
justo cuando casi todos los episcopados del mundo juzgaban las encíclicas 
papales y fabricaban doctrinas particulares, y después de que en el Katho- 
likentag de Essen habían tenido lugar los hechos mencionados en 86.5. 

El Papa sucumbía tres semanas después a un ictus de olvido de tal 
grandísima sintonía al añadir, como ya vimos: ¡Basta con la disensión den- 
tro de la Iglesia! ¡Basta con una disgregadora interpretación del pluralismo! 
¡Basta con la lesión que los mismos católicos infligen a su indispensable co- 
hesión! (OR, 18 de julio de 1975). Del mismo modo, decir que el Concilio ha 
hecho comprender a fondo la dimensión vertical de la vida” supone que la 
Ielesia preconciliar se había vuelto al mundo más que al vértice, y contradice 
al intento precipuo y confesado del Concilio desde su inicio, que fue precisa- 
mente corregir esa dirección del catolicismo y atemperarlo al horizonte de la 


142 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


historia. 


Dice todavía el Papa que los frutos de la reforma litúrgica aparecen ahora 
en todo su esplendor; pero pocas semanas antes la catedral de Reims sufría 
tal profanación (con conocimiento del obispo) que se pidió su reconsagración, 
y mientras tanto en Francia se multiplicaban desmesuradamente las liturgias 
arbitrarias, pululaban a centenares (con desprecio de las normas romanas) los 
cánones ilegítimos, y la Missa cum pueris excitaba las más vivas protestas del 
mundo católico. En fin, con una generalidad de pronunciamiento que apenas 
sería propia de siglos de verdadera unidad espiritual, el Papa declaraba que 
las enseñanzas del Concilio han entrado en la vida diaria, se han convertido 
en sustancia que corrobora el pensamiento y la práctica cristiana. La afirma- 
ción es válida si el Papa entiende por vida cristiana esos pequeños círculos 
a los que ha quedado reducida al retirarse del gran cuerpo social (según su 
antiguo vaticinio: 83.8), y así debe ser 2 . Pero si el diagnóstico del Papa 
concierne al mundo entero y a la Iglesia hodierna, entonces se oponen de- 
masiado a aquellas palabras la degradación de costumbres, la violencia civil 
que convierte en selvas las ciudades % , la constitucionalización del ateísmo 
(fenómeno novísimo en la historia humana), el cínico desprecio del derecho 
de las naciones, el divorcio, el aborto y la eutanasia. Hay en este discurso un 
velo de falta de discernimiento que cubre la realidad histórica y a veces la 
invierte, considerando como simples sombras el fondo negro del cuadro. Esta 
visión monocolor de la situación es retomada por el diario de la Santa Sede, 
que no pudiendo cerrar los ojos recurre a la distinción entre la buena salud 
de fondo y los fenómenos visibles (OR, 24 de diciembre de 1976); si así fuese, 
el diagnóstico del estado de la Iglesia sería función de un juicio esotérico del 
cual es incapaz el sentido común de la Iglesia y del mundo. Ahora bien, aun 
siendo verdad que el substrato de la Iglesia es un principio invisible que lleva 
a cabo en el fondo de la conciencia acciones de por sí invisibles, es cierto 
también que perteneciendo ese algo invisible a la historia, se manifiesta en el 
orden de los hechos. En cuanto que la Iglesia está en el mundo, forma parte 
del orden de lo visible: es como el reino de Francia, decía Bellarmino. 


No diré de la Iglesia contemporánea lo que del decadente mundo romano 


22No es válida, sin embargo, para la ciudad de Roma, sede de Pedro, donde según las 
estadísticas del OR de 19 de noviembre de 1970, el 80% se declara católico, pero el 50% 
de éstos no cree en el paraíso ni en el infierno. Tampoco es válido a la luz de los hechos 
posteriores, ya que en mayo de 1981 sólo el 22% de los romanos se pronunció contra el 
aborto. 

30 A tal punto que no ya en tiempos de Pablo VI, sino en 1984, algunos países celebraban 
el día del odio, que viene a unirse al día de la madre, al día del enfermo, al día de las flores, 
y a todas esas fiestas laicas que van sustituyendo a las fiestas religiosas de la liturgia. 


6.21. Intermitente irrealismo de Pablo VI 143 


decía Tácito (Germ.19): corrumpere et corrumpi seculum vocatur * , pero 
tampoco haré como los bíblicos antílopes, que incluso caídos dentro de las 
redes tenían el ánimo confiado, ignorando voluntariamente su propia prisión 
(Is. 51, 20). 


31Se llama vida a corromper y corromperse 


144 6. La Iglesia postconciliar. Pablo VI 


Capítulo 7 


La crisis del sacerdocio 


7.1. La defección de los sacerdotes 


El rechazo de Pablo VI a entristecerse con las realidades tristes de la 
Iglesia no pudo mucho contra el hecho de la defección de los sacerdotes, 
estadísticamente probado * , y por todas partes evidente. Pablo VI entró en 
tan espinoso y doloroso tema en dos discursos. En la alocución del Jueves 
Santo de 1971, reevocando el drama pascual del hombre Dios (abandonado 
por los discípulos y traicionado por el amigo), el Papa pasó de hablar de 
Judas a la apostasía de los sacerdotes. Anticipó que es necesario distinguir 
caso por caso, es necesario comprender, compadecer, perdonar, atender, y es 
siempre necesario amar. Pero después llamó a los traidores o a los apóstatas 
infelices o desertores, habló de los viles motivos terrenales que les guían, 
y deploró su mediocridad moral, que pretende encontrar normal y lógica la 
trasgresión de una promesa largamente meditada (OR, 10 de abril de 1971). 

El corazón del Papa está apesadumbrado por la evidencia de los hechos, y 
no pudiendo quitarle culpabilidad a la apostasía la atenúa un poco, diciendo 
por ejemplo infelices o desertores. ¿Cómo no ver que la deserción no es una 
alternativa a la infelicidad, y que los lapsi son infelices precisamente por 
haber desertado? 

Hablando al clero romano en febrero de 1978 sobre las defecciones sa- 
cerdotales, el Papa dijo: Las estadísticas nos abruman; la casuística nos des- 


En el Annuarium statisticum de 1980 se aprecia una disminución de la tendencia 
regresiva y algún signo de recuperación del número de sacerdotes. La proporción de las 
ordenaciones sacerdotales ha subido de 1,40 a 1,41 por cada cien sacerdotes. Las defecciones 
se han detenido. Sin embargo el número de sacerdotes en el orbe católico ha decrecido 
durante el año en un 0,6%. Religiosos y religiosas siguen disminuyendo, pero más las 
religiosas (con una proporción negativa del 1,4%, que era sólo del 1,1% el año anterior). 
En general la caída es propia de Europa y el aumento de África (OR, 28 de mayo de 1982). 


145 


146 7. La crisis del sacerdocio 


concierta; las motivaciones, sí, nos imponen respeto y nos mueven a com- 
pasión, pero nos causan un dolor inmenso; la suerte de los débiles que han 
encontrado fuerza para desertar de su compromiso nos confunde. Y el Papa 
habla de manía de aseglaramiento que desconsagra la figura tradicional del 
sacerdote y, con un proceso que tiene algo de inverosímil, ha extirpado del 
corazón de algunos la sagrada reverencia debida a su propia persona (OR, 11 
de febrero de 1978). 

La zozobra del Papa deriva por una parte de la amplitud estadística del 
fenómeno, y por otra de la profunda corrupción que éste supone. Tampoco 
se trata principalmente de la corrupción de las costumbres sacerdotales en 
cuanto violación del celibato (pues se corrompió también en otras épocas, 
aunque sin caer en apostasía), sino de otra corrupción consistente en el re- 
chazo de las esencias y el intento posterior de convertir al sacerdote en algo 
distinto de sí mismo (es decir, un no-sacerdote), arrogándose sin embargo el 
nuevo estado la identidad del primero. Evidentemente, alterando la esencia, 
esa identidad se convierte en algo puramente verbal. 

En cuanto a las estadísticas, conviene recordar las dos formas en que 
tuvo lugar el abandono del sacerdocio (inadmisible en cuanto sacramental- 
mente ordenado): por dispensa de la Santa Sede, o por arbitraria y unilateral 
ruptura. Esta segunda forma no es ninguna novedad en la Iglesia. 

En la Revolución Francesa apostataron veinticuatro mil de veintinueve 
mil sacerdotes del clero assermenté y veintiún obispos de ochenta y tres, 
casándose diez de ellos ? . Durante el pontificado de San Pío X no fueron 
pocos quienes abandonaron los hábitos por razones de fe o por deseo de 
independencia. Pero hasta el Concilio el fenómeno era esporádico; cada caso 
suscitaba interés o escándalo, y el défroqué se convertía en sujeto literario. La 
peculiaridad de las defecciones en la Iglesia postconciliar no proviene de la 
impresionante cantidad de los casos, sino de su legalización por la Santa Sede, 
concediendo amplísimamente la dispensa pro gratia que dispensa al sacerdote 
del ministerio pero le mantiene todos los derechos y funciones propias del laico 
(desactivando y haciendo insignificante el carácter indeleble de la ordenación 
recibida). Si rara era la reducción de un sacerdote al estado laico infligida 
como pena, rarísima era la concedida pro gratia por falta de consentimiento, 
algo afín al defectus consensus del derecho matrimonial. 

Dejando a un lado los de la Revolución Francesa, escasean en la historia 
de la Iglesia ejemplos de obispos casados. Son casos célebres los de Vergerio, 
obispo de Capo d'Istria, en tiempos del Concilio de Trento; De Dominis, 
arzobispo de Split, en tiempos de Pablo V; Seldnizky, obispo de Breslau, 


2AUL CHRISTOME., Les choiz du clergé dans les Révolutions de 1789, 1830 et 1848, 
Lille 1975, t. 1, p. 


7.2. La legitimación canónica de la defección sacerdotal 147 


bajo el pontificado de Gregorio XVI; y después de un siglo, mons. Mario 
Radovero, auxiliar de Lima, ya padre del Vaticano II (CR, 23 de marzo de 
1969). 


7.2. La legitimación canónica de la defección 
sacerdotal 


La novedad del fenómeno de la defección sacerdotal no está tanto en su 
gran número (enormemente desproporcionado con respecto al del período 
preconciliar) como en la variación en el modo con que fue contemplado y 
tratado por la Iglesia * . En realidad no hay ningún hecho en la historia que 
puntualmente no se encuentre ya en el pasado. Por eso bien puede afirmarse 
según un dicho del comediante latino, Nihil est ¿am factum quod non factum 
sit prius. Pero el elemento relevante e innovador es su estimación moral por 
la mente, y solamente esta estimación es indicio del curso real de la historia. 

Aunque ciertamente desde un punto de vista numérico las defecciones 
turbaban al Papa, la práctica de la dispensa (convertida en habitual después 
de haber sido casi nula durante largo tiempo) ha dado otra configuración 
moral y jurídica al fracaso en el compromiso sacerdotal, quitándole el carácter 
de deserción que tuvo en otro tiempo. 

Un altísimo personaje de la Curia Romana a quien correspondía por oficio 
habérselas con tales prácticas me confesaba cómo esas reducciones al estado 
laico, que entre 1964 y 1978 se hicieron anualmente por millares, eran en 
tiempos tan insólitas que muchos (incluso en el clero) ignoraban hasta la 
existencia de tal institución canónica. 

De la Tabularum statisticarum collectio de 1969 y del Annuarium statis- 
ticum Ecclesiae de 1976 editado por la Secretaría de Estado, se desprende 
que en esos siete años, en el orbe católico los sacerdotes descendieron desde 
cuatrocientos trece mil a trescientos cuarenta y tres mil, y los religiosos desde 
doscientos ocho mil a ciento sesenta y cinco mil. 

Del mismo Annuarium statisticum de 1978 se deduce que los abandonos 
fueron de tres mil seiscientos noventa en 1973 y de dos mil treinta y siete en 
1978. 

Las dispensas cesaron casi totalmente a partir de octubre de 1978 por 
orden de Juan Pablo 11 *. Aunque las defecciones hayan diezmado las tropas, 


3La novedad consiste en la participación de la jerarquía en el movimiento contrario al 
celibato. Dice el Card. LÉGER, por ejemplo: Es lícito preguntarse si no podría reconside- 
rarse esta institución (ICI, n. 279, p. 40, 1 de enero de 1967). 

“La decisión del Papa Wojtyla fue vivamente censurada por los innovadores. Véase por 
ejemplo la entrevista concedida por HORST HERRMANN, profesor de derecho canónico 


148 7. La crisis del sacerdocio 


la verdadera gravedad del hecho reside en la legitimación recibida a través 
de aquella abundante generosidad de la dispensa. 

El derecho canónico (can. 211-4) establecía que por la reducción al es- 
tado laico el clérigo pierde oficios, beneficios y privilegios clericales, pero 
permanece obligado a guardar el celibato. De esta obligación se libran (can. 
214) solamente aquéllos de quienes se demuestre la invalidez de la ordenación 
por falta de consentimiento. Pero da la impresión de que la jurisprudencia 
actual de la Santa Sede no deduce la falta de consentimiento a partir de las 
disposiciones del sujeto en el momento de la ordenación, sino a partir de las 
posteriores experiencias de incapacidad o de descontento moral desplegadas 
en la vida del sacerdote ya ordenado. Es el criterio que intentaron introducir 
en las causas de nulidad matrimonial los Tribunales diocesanos de los Estados 
Unidos, siendo reprobado e interrumpido por Pablo VI en 1977. Siguiendo 
tal criterio, el hecho mismo de que un sacerdote pida en un momento de su 
vida retornar al estado laico se convierte en la prueba de que, ya en el mo- 
mento en que se comprometió, era inmaduro e incapaz de un consentimiento 
válido. Queda también excluida la convalidación del consentimiento inválido 
prevista por el can. 214, que impediría la concesión de la dispensa. En esto 
como en la jurisprudencia de los Tribunales americanos existe tanto un vela- 
do rechazo del valor que ante el carácter absoluto de la ley posee todo acto 
moral individual, como una adopción no confesada del principio de la globa- 
lidad ($829.1-29.3). Se exoneran de responsabilidad los momentos puntuales 
de la voluntad, para revestir de ella a su conjunto. 

Quizá la disminución de las vocaciones sacerdotales (pareja al crecimiento 
de las defecciones) depende en sus más profundas razones de esta frivolización 
del compromiso, que arrebata al sacerdocio ese carácter de totalidad y de 
perpetuidad que satisface (pese a los momentos amargos y difíciles) a la 
parte más noble de la naturaleza humana. 

Como dijo Juan Pablo II, estas defecciones son un anti-signo y un anti- 
testimonio, que están entre los motivos del retroceso de las grandes esperanzas 
de nueva vida que brotaron en la Iglesia del Concilio Vaticano II (OR, 20 de 
mayo de 1979). 

La crisis del clero ha dado lugar a explicaciones apoyadas en el habitual 
non causas pro causis, argumentando con lo sociológico y lo psicológico en 
lugar de con lo moral. La etiología del fenómeno es eminentemente espiritual 
y afecta a un doble orden. En primer lugar, desde un punto de vista natural, 
existe un rebajamiento del valor de la libertad, considerada incapaz de vincu- 


en la Universidad de Tibingen, al semanario Der Spiegel de 6 de octubre de 1981: ¿Por 
qué tenemos que seguir formando parte de un grupo de hombres que traicionan continua- 
mente el Evangelio del Amor? 


7.3. Intentos de reforma del sacerdocio católico 149 


larse de modo absoluto a nada absoluto, y por el contrario capaz de deshacer 
cualquier atadura. Como es fácil de comprender, estamos ante algo idéntico 
o análogo al caso del divorcio. También éste se fundamenta en la imposibil- 
idad de la libertad humana para vincularse a sí misma incondicionalmente: 
es decir, se basa sobre la negación de lo absoluto. 

En segundo lugar, desde un punto de vista sobrenatural (además del 
debilitamiento de la libertad como virtud que absolutiza los propósitos y 
sitúa al hombre en una indefectible coherencia), hay una flexibilización de la 
fe: una duda acerca de ese absoluto al que se dedica el sacerdote y al que no 
hay dedicación auténtica si no es de ¿ure absoluta. 

Esta flexión, que podría enderezarse o ser enderezada, resulta sin embargo 
reforzada a causa de la dispensa otorgada por el Superior. Se cae en un círculo 
vicioso creyendo que la virtud flaquea precisamente a causa de lo que podría 
sostenerla y gobernarla. 

Dicha praxis indulgente y generosa causaba escándalo en sí misma como 
síntoma de debilidad moral y de un decadente sentido de la dignidad per- 
sonal, y también al compararla con la condición de los laicos, ligados por la 
indisolubilidad del matrimonio; por eso fue interrumpida rápidamente por 
Juan Pablo II. 

Además, la Congregación para la Doctrina de la Fe, con un documento 
fechado el 14 de octubre de 1980 y publicado en Documentation catholique (n. 
566, octubre de 1980) y en Esprit et vie (1981, p. 77), promulgó una disciplina 
restrictiva que reduce a solamente dos puntos los motivos de dispensa: la falta 
de consentimiento en el acto de la ordenación, y el error del Superior en la 
admisión a ella. 


7.3. Intentos de reforma del sacerdocio católi- 
co 


Ninguna de las múltiples tentativas de reforma del sacerdocio que resue- 
nan en el gigantesco aparato de megafonía de la opinión pública tiene ni 
siquiera un fumus de novedad: circulan a lo largo de toda la historia de la 
Iglesia. 

Generalmente son propuestas con consciente espíritu heterodoxo, como 
en el caso de los Cátaros, los Husitas o Lutero; pero otras veces se trata de 
una ingenua aberración de fe, como la del célebre cardenal Angelo Mai (no 
tan buen teólogo como filólogo) ? , quien habría querido que se concediese 
a todo el clero la facultad de solicitar la desvinculación del orden sagrado a 


Ver Nuova Antologia, enero 1934, p. 80, Memorie de Leonetto Cipriani. 


150 7. La crisis del sacerdocio 


cualquier edad. Todos los motivos subyacentes a la reforma del sacerdocio 
se resuelven en el rechazo de las esencias y en un impulso de trasgresión de 
ese límite que las circunscribe y, circunscribiéndolas, las determina y las hace 
ser. 

Se lamenta hoy día que el sacerdote viva en un estado de inferioridad y de 
imperfecta responsabilidad, y se pide que se le restituya la facultad de deter- 
minar su propia situación concediéndole la facultad de contraer matrimonio, 
de trabajar en una oficina, de publicar libros, de manifestar sus propias opi- 
niones, etc. * Esta última reivindicación es contraria a la realidad: la libertad 
de expresión del clero católico jamás ha sido tan amplia, fácil y resonante 
como ahora. Pueden los sacerdotes publicar libros sin previa licencia de su 
obispo, hacer declaraciones, celebrar congresos de protesta, hablar en la ra- 
dio y en la televisión, echarse a la calle a manifestarse contra los decretos 
del Papa, o mezclarse con los no creyentes y figurar al lado de ellos en sus 
andanzas. El rápido alejamiento de la disciplina canónica ha sido solícito y 
fructuoso. Y debe señalarse además cómo bajo la capa de autoridad recibi- 
da en la ordenación, muchos sacerdotes predican como kerygma evangélico 
y doctrina de la Iglesia sus fluctuantes y meteóricas opiniones propias: es 
decir, se predican a sí mismos o algo de sí mismos. Consuman así un abuso 
típicamente clerical y bien conocido en la historia, ejercitado en tiempos por 
la confusión de lo político con lo religioso, pero hoy día a causa de un ale- 
jamiento de la doctrina y con el objetivo de reformar el dogma y dislocar las 
estructuras de la Iglesia. 

Por consiguiente, no solamente tienen los sacerdotes la autoridad que les 
compete en virtud de su ordenación, sino que in actu exercito la amplían más 
de la cuenta atribuyendo a su ministerio esa autoridad indebida con la cual 
tratan de revestir sus opiniones privadas. 

Conviene observar también que la reivindicación por parte del sacerdote 
de una más amplia facultad para determinar su propia situación (¿pero acaso 
hay alguien que pueda conseguir tal cosa?) supone un debilitamiento de la 
fe y consiguientemente del concepto de la dignidad sacerdotal. Quien tiene 
el poder de producir sacramentalmente el cuerpo del Señor y de absolver 
los pecados transformando el corazón de los hombres, ¿cómo puede sentirse 
inferior y carente de una responsabilidad completa, si no es porque padece 
un oscurecimiento del intelecto y un eclipse de la fe? Este sentimiento de 
inferioridad nace de haberse despojado el sacerdote del sentido esencial del 
sacerdocio (dar lo sagrado a los hombres), tomando como modelo para el 
estado sacerdotal el otro estado en que el hombre busca su propia realización 


SSon las propuestas del congreso de laicos y sacerdotes reunido en Bolonia, citado por 
el periódico La Stampa del 28 de septiembre de 1969. 


7.4. Crítica de la crítica del sacerdocio católico. El P. Mazzolari 151 


y promoción en el mundo. 


7.4. Crítica de la crítica del sacerdocio católi- 
co. El P. Mazzolari 


Dicen que el sacerdote sufre porque está en medio de un mundo indiferente 
y hostil que no es receptivo a su actuación y pasa a su lado sin encontrarse 
con él. ¡En verdad no convienen al sacerdote contemporáneo las palabras 
del Salmista que inauguraron el Concilio Vaticano I: Kuntes ¿bant et flebant 
mittentes semina sua, venientes autem venient cum exsultatione portantes 
manipulos suos (Ps. 125, 6) " . Los sacerdotes del presente siglo sufren al ir 
a sembrar y sufren cuando regresan, porque no existen para ellos los racimos 
que alegran el corazón. Ciertamente la posición del sacerdote es difícil, pero 
se trata de una dificultad primordial y constitutiva; ni los Apóstoles tuvieron 
otra, ni otra les fue prometida. Y es chocante que se haga un problema de esta 
distancia entre el sacerdocio y el mundo, para acusar luego de triunfalismo a 
aquellos siglos de gran fe en los cuales esa distancia no se sentía de tal forma; 
no porque no existiese, sino porque quedaba absorbida en la armonía general 
del mundo humano. 

El P. Mazzolari observa que el sacerdote padece por tener que predicar 
palabras más elevadas que su vida, y que le condenan. Pero ésta no sólo es 
la condición constitutiva del sacerdote ante la ley moral, sino la de todos los 
hombres, y lo mismo vale para la ley evangélica. Basta reconocer la distin- 
ción entre el orden ideal y el orden real (necesaria para la moralidad, que es 
la unión tendencial de ambos órdenes) para comprender cómo nadie puede 
predicar las verdades morales a título personal; nadie posee una virtud com- 
parable a la elevación de la doctrina. Apoyar la predicación moral sobre una 
base distinta al título de la verdad supondría querer medir la validez de la 
predicación por la perfección del predicador, como suponía la herejía de Juan 
Hus. 

De este modo la predicación sería imposible. Si la acreditación del sacer- 
dote para predicar fuese una altura moral comparable a la doctrina, hasta 
el sacerdote más santo se abstendría de hacerlo. Sin embargo, es necesario 
que muchos, más bien todos, prediquen una moral superior a sus acciones. 
El ministerio hace que hombres débiles y que en la realidad ceden alguna vez 
a las pasiones prediguen una moral austera y perfecta. 

Nadie puede acusarlos de hipocresía, porque hablan por misión y por con- 


"Irá, es cierto, llorando el que lleva el zurrón de la semilla, mas volverá radiante de 
contento trayendo sus gavillas. 


152 7. La crisis del sacerdocio 


vencimiento y confiesan implícitamente (y alguna vez explícitamente) estar 
lejos de la perfección que enseñan. Por desgracia ocurre alguna vez que la 
predicación desciende al nivel de las costumbres; pero esto es un inconve- 
niente: sin el ministerio, sería un sistema * . La inadecuación presente en la 
vida del sacerdote es sólo un caso de la inadecuación presente en la vida de 
todos los hombres con respecto al ideal. Y la consecuencia que debe extraerse 
es la humildad, no la angustia de la soberbia. Por otro lado, tampoco desa- 
parece la parte humana del sacerdote, ya que en el ejercicio del ministerio se 
despliegan sin impedimento todos los talentos, todo el celo, todos los valores 
del individuo: en fin, todo aquello que constituye el mérito. ¿No hay acaso en 
la historia de la Iglesia infinitos conceptos de la belleza, empresas de caridad, 
u obras de doctrina, que dejan un espacio anchísimo a la actuación de la 
persona incluso si no le es permitido predicarse a sí misma? ¿Dónde ha acae- 
cido tan frecuentemente como en la Iglesia que el nombre de un individuo 
acabase bautizando a enteras corporaciones de hombres con puntos de vista, 
objetivos, y acciones comunes? 


7.5. Sacerdocio universal y sacerdocio orde- 
nado 


El sentido de la crítica planteada contra el sacerdocio histórico de la Iglesia 
(que es el sacerdocio como tal) consiste en desconocer las esencias y recon- 
ducirlo todo a funciones de naturaleza puramente humana. El dogma católico 
atribuye al sacerdote una diferencia con el laico no sólo funcional, sino esen- 
cial y ontológica, debida al carácter impreso en el alma por el sacramento 
del orden. La nueva teología, sin embargo, reavivando antiguas pretensiones 
heréticas que confluyeron después en la abolición luterana del sacerdocio, 
oculta la distancia existente entre el sacerdocio universal de los fieles bauti- 
zados, y el sacerdocio sacramental que solamente pertenece a los sacerdotes. 

Por el bautismo el hombre es agregado al Cuerpo Místico de Cristo y 
consagrado al culto divino mediante una participación en el sacerdocio de 
Cristo, único que prestó a Dios el debido culto en modo perfectísimo. Pero 
además del carácter bautismal, el sacerdote recibe en la ordenación un ulte- 
rior carácter que es como la reimpresión del primero. Gracias a la ordenación 
se hace capaz de actos in persona Christi de los cuales los laicos son incapaces; 
los principales son la presencia eucarística y la absolución de los pecados. La 
tendencia de la nueva teología consiste en disolver el segundo sacerdocio 
en el primero y reducir al sacerdote al estatuto común del cristiano. Según 


SALESSANDRO MANZONI, Osservazioni sulla morale cattolica, ed. cit., vol. II, p. 


7.5. Sacerdocio universal y sacerdocio ordenado 153 


los innovadores, el sacerdote tiene una función especial, como la tiene todo 
cristiano en la diversificada comunidad de la Iglesia. 


Esta función especial es conferida al sacerdote por la comunidad y no im- 
plica ninguna diferencia ontológica respecto al laico, ni el ministerio debe ser 
considerado como algo superior (CIDS, 1969, p. 488). La dignidad del sacer- 
dote consiste en haber sido bautizado como cualquier otro cristiano (CIDS, 
1969, p. 227). Se niega así la distinción entre las esencias, rechazando el 
sacerdocio sacramental y haciendo del cuerpo de la Iglesia (orgánico y dife- 
renciado) un cuerpo homogéneo y uniforme ? . En el libro de R. S. Bunnik, 
buen ejemplo del pensamiento predominante en la Iglesia holandesa y en sus 
institutos de formación teológica * , la tesis está desarrollada ex professo. El 
sacerdocio universal se impone como una categoría básica del pueblo de Dios, 
mientras que el ministerio particular no es sino una categoría funcional y es 
una necesidad sociológica que proviene de abajo. Del hecho de ser el sacer- 
docio universal la base del particular (lo es, puesto que el ordenando debe 
estar bautizado), el teólogo holandés pasa a negar que la ordenación sitúe 
al hombre en una base distinta de la cual emanen actos imposibles para la 
base bautismal, la cual proporciona una capacidad activa para ciertos actos, 
pero para otros solamente otorga una capacidad pasiva, como la de recibir la 
Eucaristía y el orden sacerdotal. 


El paralogismo sobre el sacerdocio se duplica con el paralogismo sobre 
la posición de la Iglesia en el mundo. Así, dice que la Iglesia del Concilio 
descubre progresivamente que en última instancia la Iglesia y el mundo com- 
ponen una única e idéntica realidad divina. Aquí se presentan las esencias 
disueltas y confundidas: en primer lugar, la del sacerdocio ordenado confun- 
dida con la del sacerdocio bautismal, y luego la de la Iglesia sobrenatural 
teándrica confundida con la sociedad universal del género humano indiferen- 
ciado. 


%Inequívoca y ostensible es la posición de Mons. RIOBÉ, obispo de Orleans, que en una 
declaración de la Conferencia episcopal francesa publicada en Le Monde de 11 de noviembre 
de 1972, propone la institución de laicos que ejerciten por encargo de la comunidad y 
con el consentimiento del obispo, aunque sólo temporalmente, las funciones del sacerdote 
ordenado 

10 Prétres des temes nouveaux, traducido del holandés por Denise Moeyskens, Tournai 
1969 (edición original en Ed. Casterman, Amsterdam 1969). Los pasajes citados están en 
las pp. 64 y 43. La tesis que sostiene es la del P. SCHILLEBEECKX. 


154 7. La crisis del sacerdocio 


7.6. Crítica del adagio «el sacerdote es un 
hombre como los demás» 


La confusión teológica se ha convertido en un lugar común de la opi- 
nión popular, en parte causa y en parte efecto de la doctrina de algunos 
autores muy difundidos. Según esta opinión, el sacerdote es un hombre co- 
mo los demás. La afirmación es superficial y falsa, tanto en sentido teológico 
como en sentido histórico. En sentido teológico, porque va contra el dogma 
del sacramento del orden, que unos cristianos reciben y otros no, quedando 
así diferenciados ontológica y, por tanto, funcionalmente. 

En sentido histórico, porque en la comunidad civil los hombres no son 
iguales, salvo en la esencia: y eso cuando es contemplada en abstracto y no 
en concreto, donde se encuentra diferenciada. Decir que el sacerdote es un 
hombre como todos los demás (no sacerdotes) es aún más falso que decir que 
el médico es un hombre como todos los demás (no médicos): no es un hombre 
como todos los demás, es un hombre-sacerdote. No todo el mundo es sacer- 
dote, como no todo el mundo es médico. Basta pensar en el comportamiento 
de la gente para darse cuenta de que todo el mundo diferencia entre un médico 
y quien no lo es, o entre un sacerdote y quien no lo es. En unos apuros llaman 
al médico, en otros al sacerdote. Los innovadores, fijándose en la identidad 
abstracta de la naturaleza humana, rechazan el carácter sobrenaturalmente 
especial introducido por el sacerdocio en la especie humana, merced al cual 
el sacerdote está separado: Segregate mihi Saulum et Barnabam (Separadme 
a Bernabé y Saulo) (Hech. 13, 2). 

De este error descienden los corolarios prácticos más comunes: el sacerdote 
debe hoy día aplicarse al trabajo manual, porque sólo en el trabajo puede 
cumplir su propio destino individual y además tomar conciencia de la realidad 
humana en la que leer los designios de Dios sobre el mundo. Se considera 
así al trabajo como fin del hombre o condición sine qua non de dicho fin, 
situando la contemplación y el padecimiento por debajo de la productividad 
utilitaria. Por otra parte, siendo el sacerdote un hombre como los demás, 
reivindicará el derecho al matrimonio, a la libertad en la forma de vestirse, y 
a la participación activa en las luchas sociales y políticas; y así se adherirá a 
la lucha revolucionaria, que convierte en un enemigo contra el cual luchar a 
quien, aunque sea una persona injusta, es un hermano. 

Resulta infundado lamentarse porque el sacerdote esté segregado del mun- 
do. 

En primer lugar, porque está separado, como Cristo separó a sus apóstoles, 
precisamente para ser enviado al mundo. Y el plus introducido por la orde- 
nación sacramental en el hombre separado era hasta tiempos recientes tan 


7.6. Crítica del adagio «el sacerdote es un hombre como los demás» 155 


notorio para todos que hasta las expresiones populares en lengua vernácula lo 
atestiguan: distinguen al hombre-sacerdote de su sacerdocio, y evitan ofender 
al sacerdote incluso cuando quieren ofender al hombre, sabiendo diferenciar 
al hombre de su hábito (tomado como signo del sacerdocio) y de lo que él 
administra: lo sagrado. 

En segundo lugar, la separación del clero respecto al mundo en el sentido 
lamentado por los innovadores no encuentra ningún apoyo en la historia. 
Tanto el clero llamado secular como el regular están separados del mundo, 
pero en el mundo. Y para probar victoriosamente que aquélla separación del 
mundo no convierte al clero en algo extraño a éste, basta el hecho de que 
el mismo clero regular (el más separado del siglo: el hombre del claustro) es 
quien más potentemente difundió no sólo la influencia religiosa, sino también 
la influencia civil en el mundo. 

Informó la civilización durante siglos; o más bien la hizo nacer, habiendo 
originado en su seno las formas de la cultura y de la vida civil, desde la 
agricultura a la poesía, desde la arquitectura a la filosofía, desde la música a 
la teología. 

Retomando una imagen de la que suele abusarse y colocándola en su 
significado legítimo, diremos que el clero es el fermento que hace germinar la 
pasta, pero sin convertirse en ella. También, según los químicos, los enzimas 
contienen un principio antagonista de la sustancia que hacen fermentar. 


156 7. La crisis del sacerdocio 


Capítulo 8 


La Iglesia y la juventud 


8.1. Variación en la Iglesia postconciliar en 
cuanto a la juventud. Delicadeza de la 
obra educativa 


Otros aspectos de la realidad humana también son contemplados con mi- 
rada distinta por la Iglesia posterior al Concilio. De la novedosa consideración 
sobre la juventud existía ya un signo indirecto en la deminutio capitis infligi- 
da a la ancianidad en la Ingravescentem aetatem de Pablo VI. Pero otros 
documentos expresan directamente este nuevo punto de vista. 

La filosofía, la moral, el arte y el sentido común, ab antiquo hasta nuestros 
tiempos, consideraron la juventud como una edad de imperfección natural y 
de imperfección moral. San Agustín, quien en el sermón Ad ¿uvenes escribe 
Hos aetatis, periculum tentationis (P.L. 39, 1796), insistiendo después sobre la 
imperfección moral llega a llamar estulticia y locura al deseo de repuerascere. 

A causa de la debilidad de su razón, aún no consolidada, el joven es cereus 
in vitium flecti (Horacio, Ars poet., 163) y su minoría reclama un tutor, un 
consejero y un maestro. En efecto, le hace falta luz para darse cuenta del 
destino moral de la vida, así como una ayuda práctica para transformarse 
y modelar las inclinaciones naturales de la persona sobre el orden racional. 
Esta idea fue colocada como fundamento de la pedagogía católica por todos 
los grandes educadores, desde San Benito de Nursia a San Ignacio de Loyola, 
desde San José de Calasanz hasta San Juan Bautista de La Salle o San Juan 
Bosco. 

El joven es un sujeto en posesión de libre albedrío y debe ser formado para 
ejercitarlo de manera que, eligiendo el cumplimiento del deber (la religión no 
da a la vida otro fin), se determine a sí mismo hacia ese unum para elegir el 


157 


158 8. La Iglesia y la juventud 


cual nos es precisamente dada la libertad. La delicadeza de la acción educativa 
deriva de tener como objeto un ser que es un sujeto, y como fin la perfección 
de éste. En suma, es una acción sobre la libertad humana que no la limita, 
sino que la produce. Bajo este aspecto la acción educativa es una imitación 
de la causalidad divina, la cual según la teoría tomista * produce la acción 
libre del hombre precisamente en cuanto libre. 

La conducta de la Iglesia hacia la juventud no puede por consiguiente 
prescindir de la oposición entre los siguientes elementos correlativos: quien 
es imperfecto ante quien es perfecto (relativamente, se entiende), y quien no 
sabe y por tanto aprende, ante quien sabe (relativamente, se entiende). No 
puede dejarse de lado la diferencia entre las cosas y tratar a los jóvenes como 
maduros, a los proficientes como perfectos, a los menores como mayores, y 
en último análisis al dependiente como independiente. 


8.2. Características de la juventud. Crítica de 
la vida como alegría 


También en lo referente a la juventud, la profunda teoría tomista de 
la potencia y el acto sirve de guía al estudioso de las realidades humanas, 
sosteniéndole en la búsqueda de las características esenciales de esta edad de 
la vida y preservándole de la desviación a la que le impulsan las opiniones 
hoy dominantes. 

Siendo la juventud una vida incipiente, es necesario que comprenda y le 
sea explicado el todo de la vida, es decir: el fin en el cual la virtualidad del 
incipiente debe realizarse, y la forma en la cual la potencia debe desplegarse. 
La vida es difícil, o si se quiere, seria. En primer lugar, porque el hombre 
es una naturaleza débil, en combate con su finitud en medio de la finitud 
de los otros hombres y de la finitud de las cosas (que tienden a invadirse 
recíprocamente). 

En segundo lugar (y esto es un dato de fe católica) el hombre está corrom- 
pido y tiende al mal. Y a causa de las malas inclinaciones, la condición de 
la vida humana, atraída por motivos opuestos, es una condición de milicia, 
o más bien de guerra, o mejor aún de asedio. 

La vida es difícil, y las cosas difíciles son las cosas interesantes, porque 
interesante es lo situado dentro de la esencia (inter-est), dada como potencia 
y que quiere salir y explicitarse. 


Incluso según el molinismo puede decirse que la educación es una imitación de la 
causalidad divina, en cuanto que dispone las circunstancias favorables para la elección 
justa. 


8.3. Los discursos de Pablo VI a los jóvenes 159 


El hombre no debe realizarse (como se suele decir), sino realizar los valores 
para los cuales ha sido creado y que exigen su transformación. Y es curioso 
que mientras la teología postconciliar frecuenta la palabra metanoia, que 
quiere decir transformación de la mente, haga luego tanto hincapié en la 
realización de sí mismo. Seguir la pendiente es suave; castigar al propio Yo 
para modelarlo es áspero. Tal aspereza fue reconocida en la filosofía, en la 
poesía gnómica, en la política, en el mito. Todo bien se adquiere o se conquista 
a precio de fatiga. Los dioses, dice el sabio griego, han interpuesto el sudor 
entre nosotros y la virtud, y afirma Horacio: multa tulit fecitque puer, sudavit 
et alsit (Ars poet. 413). Que la vida humana es combate y fatiga era un lugar 
común de la educación antigua y se convirtió en símbolo de ello la letra 
epsilon, no la de dos brazos igualmente inclinados, sino la pitagórica con un 
brazo recto y otro doblado. La antigiedad formó sobre ella la divulgadísima 
fábula de Hércules en la encrucijada. 

Hoy se le presenta la vida a los jóvenes, de un modo no realista, como 
alegría, sustituyendo la alegría de la esperanza que serena el ánimo ¿n via por 
la alegría plena que lo apaga solamente in termino. Se niega o disimula la 
dureza del humano vivir, descrita en tiempos como valle de lágrimas en las 
oraciones más frecuentadas. Y pues con ese cambio se presenta la felicidad 
como el estado propio del hombre, constituyendo así algo que le es debido, 
el ideal consiste en preparar a los jóvenes una senda libre de todo obstáculo 
y desgarro (Purg., XXXIII, 42). 

Por eso a los jóvenes les parece una injusticia cualquier obstáculo que 
deban salvar, y no consideran las barreras como una prueba, sino como un 
escándalo. Los adultos han abandonado el ejercicio de la autoridad para 
de este modo agradarles, porque creen que no podrán ser amados si no se 
comportan con suavidad y no les conceden sus caprichos. A ellos va dirigida la 
admonición del Profeta: Vae quae consuunt pulvillos sub omni cubito manus 


et faciunt cervicalia sub capite universae aetatis ad capiendas animas (Ez. 
13, 18) ?. 


8.3. Los discursos de Pablo VI a los jóvenes 


Todos los motivos de esta juvenilización del mundo contemporáneo, com- 
partida por la Iglesia, se dieron cita en el discurso de abril de 1971 a un grupo 
de hippies reunidos en Roma para manifestarse por la paz. El Papa señala 
con alabanzas los valores secretos que buscan los jóvenes, y los enumera. 


2¡Ay de las que cosen almohadillas para todas las articulaciones de los brazos y hacen 
cabezales de todo tamaño para las cabezas, a fin de cazar almas! 


160 8. La Iglesia y la juventud 


En primer lugar la espontaneidad, que al Papa no le parece en contradic- 
ción con el intento de pretenderla, pese a que si se procura la espontaneidad, 
ésta deja de ser tal. No le parece muy en contradicción ni siquiera con la 
moralidad, aunque ésta, por ser intencionalidad consciente, se superponga a 
la espontaneidad y pueda contradecirla. 

El segundo valor de la juventud es la liberación de ciertos vínculos for- 
males y convencionales. El Papa no precisa cuáles son. Además, las formas 
son la apariencia de la sustancia: son la sustancia misma en su manifestación, 
en su presencia en el mundo. Y lo convencional es lo convenido, es decir, lo 
que se acuerda, y es bueno si es un acuerdo sobre cosas buenas. 

El tercero es la necesidad de ser ellos mismos. Pero no se aclara cuál 
es el Yo que el joven debe realizar y en el cual reconocerse: de hecho, en 
una naturaleza libre existe una pluralidad de ellos, modificable en todas las 
formas posibles. El Yo verdadero no exige que el joven se realice de cualquier 
manera, sino que se transforme e incluso se convierta en algo más allá de 
sí mismo. Además, las palabras del Evangelio no admiten interpretación: 
abneget semetipsum (renúnciese a sí mismo) (Luc. 9, 23). El Papa mismo 
había exhortado el día anterior a la metanoia. ¿En qué quedamos, entonces? 
¿Realizarse o transformarse? 

El cuarto es el impulso a vivir e interpretar su propia época. Sin embargo 
el Papa no da a los jóvenes la clave para interpretar su tiempo; ni señala 
que, según la religión, en la brevedad de su propio tiempo el hombre no ha 
de buscar lo efímero, sino el fin último que permanece a través de todo lo 
efímero. 

Habiendo desarrollado el discurso sin ninguna explicitación religiosa, Pablo 
VI concluye un poco por sorpresa: Nos pensamos que en esta búsqueda inte- 
rior vuestra vosotros percibís la necesidad de Dios. En verdad el Papa habla 
aquí opinativamente y no magisterialmente. 

La semiología de la juventud hecha por el Papa en el discurso del 3 de 
enero de 1972 es aún más claramente antitética a la tradicional católica. Se 
describen como cualidades positivas el natural desinterés por el pasado, el 
fácil genio crítico, la previsión intuitiva. Estos caracteres no convienen a la 
verdadera psicología de la juventud, y no son positivos. 

Separarse del pasado es una imposibilidad moral, histórica y religiosa: 
basta decir que para el cristiano toda su vida y su compromiso en la vida 
dependen del bautismo, que es un antecedente; y el bautismo, a su vez, de la 
familia, otro antecedente; y la familia, finalmente, de la Iglesia, que constituye 
el antecedente último. 

Que la juventud tenga sentido crítico (es decir, juicio de discernimiento) 
es difícil de sostener si se reconoce la evolución en la formación del hombre, 
si se distingue el momento de inmadurez del ya maduro, y si se admite 


8.4. Más sobre la juvenilización de la Iglesia. Los obispos suizos 161 


que primitivamente el sujeto se encuentra en una situación en la cual debe 
convertirse en lo que todavía no es. 

Finalmente, la previsión es cosa novísima en la psicología, que ha recono- 
cido siempre en el joven un tardus previsor (Horacio, Ars poet. 164): alguien 
que ve tardíamente no sólo los acontecimientos del mundo, sino también su 
propia utilidad. En realidad, temeritas est florentis aetatis, prudentia senes- 
centis (Cicerón, De senectute, VI, 20). 

Pero el entusiasmo por Hebe lleva al Pontífice a proclamar que vosotros 
podéis estar en la vanguardia profética de la causa conjunta de la justicia y 
de la paz porque vosotros, antes y más que los demás, tenéis el sentido de la 
justicia, y todos (los no jóvenes) están a favor vuestro: éstos como triarios, 
los jóvenes como vanguardistas. 

No es difícil descubrir en el discurso juvenilizante de Pablo VI a la Ciu- 
dad de los Muchachos una singular inversión de las naturalezas, por la cual 
quien debe guiar es guiado, y el inmaduro es ejemplo para el maduro. La 
atribución a la juventud de un sentido innato de la justicia no tiene fun- 
damento en ninguna semiología católica. Ciertamente la conmoción de su 
ánimo (contagiado por el temple juvenil) inclinó al Papa hacia una doxología 
de la juventud. Esta misma inclinación al entusiasmo efébico le condujo en 
otra ocasión a cambiar la letra del texto sagrado, leyendo los jóvenes donde 
está escrito los niños (Mat. 21, 15), en apoyo de la afirmación según la cual 
fue la juventud la que intuyó la divinidad de Cristo (OR, 12 de abril de 1976). 


8.4. Más sobre la juvenilización de la Iglesia. 
Los obispos suizos 


Para demostrar que el culto de Hebe no es solamente algo propio del 
Papa, sino que está difundido en todos los órdenes de la Iglesia, no citaré las 
casi infinitas obras de clérigos y laicos, sino un documento de la Conferencia 
Episcopal suiza para la fiesta nacional de 1969. Se dice en él que la protesta 
juvenil lleva consigo valores de autenticidad, de disponibilidad, de respeto del 
hombre, de rechazo de la mediocridad, de denuncia de la opresión: valores 
que, bien mirados, se encuentran en el Evangelio. 

Resulta fácil apreciar cómo los obispos helvéticos pecan de indetermi- 
nación lógica. 

La autenticidad en sentido católico, no consiste en presentarse como natu- 
ralmente se es, sino en hacerse como se debe ser: es decir, en última instancia, 
consiste en la humildad. 

La disponibilidad es en sí misma indiferente y se calificará como buena 


162 $. La Iglesia y la juventud 


solamente en función del bien hacia el cual el hombre se encuentre disponible. 

El respeto del hombre excluye el desprecio por el pasado del hombre y 
el repudio de la Iglesia histórica. El rechazo de la mediocridad, aparte de 
pecar de indeterminación (¿mediocridad en qué?), es opuesto a la sabiduría 
antigua, a la virtud de resignación y a la pobreza de espíritu. 

Y que estamos en presencia de nuevas metas humanas y religiosas es 
una afirmación que privilegia lo nuevo en cuanto nuevo, y olvida que no 
hay otra criatura nueva aparte de la re-fundada por el hombre-Dios, ni otras 
metas diferentes a las por Él prescritas. Ver 885.7-5.8. Después, los obispos 
llegan hasta señalar a los jóvenes como un signo de los tiempos y como la voz 
misma de Dios ante toda la cristiandad contemporánea, pero ese compuesto 
de palabras resulta absurdo por lo desmesurado de la adulación, y aún más 
absurdo que el de voz populi vox Dei, porque hace de un movimiento en gran 
parte irreflexivo un órgano de la divina voluntad y casi un texto de la divina 
Revelación. 

También va contra el principio católico de la humildad y de la obediencia 
alabar que los jóvenes quieran ser protagonistas, ya que la Iglesia no es sólo 
de los jóvenes ni todos ellos pueden llegar a prevalecer: este protagonismo 
desconoce los derechos de los demás. Reconocer a los demás es el principio 
de la religión, aparte del principio de la justicia. 

Concluyendo este análisis de la nueva conducta del mundo y de la Igle- 
sia hacia la juventud, notaremos que también aquí se ha consumado una 
alteración semántica, convirtiéndose los términos paternal y paternalista en 
términos despreciativos: como si la educación del padre (en cuanto padre) 
no fuese un ejercicio excelente de sabiduría y de amor, y como si no fuese 
paternal toda la pedagogía con la cual Dios educó al género humano en el 
camino de la salvación. 

¿Cómo no ver que en un sistema donde el valor se apoya sobre la au- 
tenticidad y el rechazo de toda imitación, el primer rechazo será hacia la 
dependencia paterna? Por encima de los eufemismos de clérigos y laicos, lo 
cierto es que la juventud es un estado de virtualidad e imperfección, y no 
puede ser considerada como estado ideal ni tomada como modelo. 

Además, el valor de la juventud existe en cuanto es futuro y esperanza 
de futuro, de tal modo que mengua y desaparece cuando el futuro se realiza. 

La fábula de Hebe se convierte en la fábula de Psique. Si se diviniza 
a la juventud se la conduce al pesimismo, porque se la obliga a desear una 
perpetuación imposible. La juventud es un proyecto de no-juventud, y la edad 
madura no debe modelarse sobre ella, sino sobre la sabiduría de la madurez. 
Ninguna edad de la vida tiene como modelo su propio devenir hacia otra edad 
de la vida, propia o ajena. En realidad el modelo para cada una viene dado 
por la esencia deontológica del hombre, que debe ser buscada y vivida, y es 


8.4. Más sobre la juvenilización de la Iglesia. Los obispos suizos 163 


idéntica para todas las edades de la vida. También aquí el espíritu de vértigo 
impulsa al dependiente hacia la independencia y a lo insuficiente hacia la 
autosuficiencia. 


164 8. La Iglesia y la juventud 


Capítulo 9 


La Iglesia y la mujer 


9.1. Iglesia y feminismo 


La acomodación de la Iglesia al mundo manifestada en la idolatrización 
de la juventud es patente también en el apoyo al feminismo, planteado desde 
sus inicios como un sistema de emancipación e igualación integral de la mu- 
jer respecto al hombre. Sin embargo, por razones estrictamente dogmáticas, 
dicho apoyo no ha podido llegar hasta la igualdad en el sacerdocio, excluida 
desde siempre por la Tradición (que es una fuente dogmática), y siendo esta 
exclusión de derecho divino positivo. 

El mensaje del Concilio a las mujeres del 8 de diciembre de 1965 había 
sido muy reservado sobre la cuestión de la promoción de la mujer. Aunque 
aseguraba que ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en 
plenitud (n. 3), esta vocación era descrita al modo tradicional como la guarda 
del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna (n. 5). El 
mensaje exhortaba además: transmitid a vuestros hijos y a vuestras hijas las 
tradiciones de vuestros padres (n. 6). 

Quedaban muy claros los méritos de la Iglesia, que está orgullosa de haber 
elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los 
siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el 
hombre (n. 2). 

El desarrollo postconciliar se salió en general de estos términos, alaban- 
do no ya la conservación de los valores tradicionales, sino los impulsos de 
emancipación y de igualdad. 

Como todos los demás principios de la fe y de las costumbres, la imposibi- 
lidad del sacerdocio de las mujeres fue firmemente confirmada por Pablo VI 
en la carta al Primado anglicano (OR, 21 agosto 1971); pero a causa de dicha 
breviatio manus característica, como hemos dicho, de su Pontificado ($6.8), 


165 


166 9. La Iglesia y la mujer 


las reivindicaciones feministas no fueron contradichas ni contenidas eficaz- 
mente. El III Congreso mundial para el apostolado de los laicos (Roma, oc- 
tubre de 1967), entre otras instancias doctrinalmente erróneas y disimuladas 
por el diario de la Santa Sede como constatación de facto del sentimiento de 
los laicos, formuló un voto para que un estudio doctrinal serio determine la 
situación de la mujer en el orden sacramental (OR, 21 octubre 1967). 

En Francia, una asociación llamada Juana de Arco persigue como objetivo 
el sacerdocio de la mujer, mientras en los Estados Unidos subsiste y opera 
sin escándalo del episcopado una Convención nacional de religiosas norteame- 
ricanas que exige la ordenación de mujeres. La osadía de este movimiento se 
hizo evidente, para estupefacción del mundo, con ocasión de la visita de Juan 
Pablo Il a dicho país, cuando sor Teresa Kane (presidenta de la Convención) 
se enfrentó de improviso al Sumo Pontífice reivindicando el derecho de la 
mujer al sacerdocio e invitando a los cristianos a abandonar toda ayuda a la 
Iglesia mientras tal derecho no fuese reconocido (ICI, n. 544, 1979, p. 41). 

También en la Conferencia internacional de la mujer reunida en Copen- 
hague, el obispo Cordes, delegado de la Santa Sede, declaró que la Iglesia 
Católica se alegra ahora de la sed de una vida plenamente humana y libre 
que está en el origen del gran movimiento de liberación de la mujer, dando a 
entender que después de dos mil años de cristianismo esta vida plenamente 
humana le había sido negada demasiado a menudo. De hecho, todavía no 
puede decirse que la mujer es acogida como el Creador y Cristo la han queri- 
do, es decir, por sí misma como una persona humana plenamente responsable 
(OR, ed. francesa, 12 agosto 1980). La tendencia feminista circula por la 
Islesia incluso con ostentaciones clamorosas, como la de la presidenta le la 
Juventud católica de Baviera, que durante la visita de Juan Pablo II renovó el 
gesto de la norteamericana (R1, 1980, p. 1057). 

Dos rasgos del pensamiento innovador se dibujan claramente en el movi- 
miento: primero, la adopción del vocabulario propio del feminismo; segundo, 
la denigración de la iglesia histórica. Con ocasión de dirigirse a un vasto 
auditorio femenino, Juan Pablo 11 ha compartido a visión histórica propia 
del feminismo: Es triste ver cómo la mujer en el curso de los siglos ha sido 
tan humillada y maltratada (OR, 1 mayo 1979). Y puesto que estas palabras 
incluyen también (parece) a los siglos cristianos, el OR del 4 de mayo in- 
tentaba hacer una distinción a la defensiva, atribuyendo a la incoherencia de 
los cristianos, y no a la Iglesia, las citadas injusticias y vejaciones contra la 
mujer. 

Pero este subterfugio no es válido, ya que en tiempos en los cuales toda 
la civilización estaba informada por el espíritu y las prescripciones de la Igle- 
sia, no se puede quitar a ésta la responsabilidad de los acontecimientos (me 
refiero a los acontecimientos en general) de aquellos siglos; sí, puede quitárse- 


9.2. Crítica del feminismo. El feminismo como masculinismo 167 


le, sin embargo, hoy día, cuando la sociedad en su conjunto ha apostatado 
de la religión y la rechaza. Y es curioso que mientras se pretende disculpar 
a la Iglesia de las cosas malas del pasado, se la culpe de una crisis nacida 
precisamente de la defección el mundo moderno respecto a ella (85.9) 

La verdad histórica impide secundar la denigración de la Iglesia histórica; 
más bien obliga a refutarla. El primer gran movimiento femenino organizado 
fue, en nuestro siglo, Acción católica femenina suscitada por Benedicto XV, 
quien en audiencia concedida en 1917 delineaba sus motivos y fines: Las 
nuevas condiciones de los tiempos han alargado el campo de la actividad de 
la mujer: un apostolado en medio del mundo ha sucedido para la mujer a 
aquella acción más íntima y restringida que ella desenvolvía antes entre las 
paredes domésticas. 

Frente a las civilizaciones antiguas, que mantenían a la mujer en la abyec- 
ción mediante el despotismo masculino, la prostitución sagrada, y el repudio 
casi ad libitum, el cristianismo la emancipó de esas servidumbres execrables: 
santificando y haciendo inviolable el matrimonio, estableciendo la igualdad 
sobrenatural de hombre y mujer, enalteciendo a un tiempo la virginidad y 
el matrimonio, y en fin (cumbre inalcanzable para el hombre), coronando e 
incorporando a la especie humana por encima de sí misma exaltando a la 
mujer madre de Dios. 

El derecho perpetuo e inviolable de la mujer en el matrimonio (derivado 
de la indisolubilidad) fue defendido por los Romanos Pontífices contra el 
despotismo masculino en ocasiones famosísimas. No voy a negar que en las 
célebres causas del emperador Lotario, Felipe Augusto (es memorable el grito 
de Ingeburga: ¡Mala Francia, mala Francia! Roma, Roma!), de Enrique IV de 
Francia, de Enrique VIII de Inglaterra, o de Napoli, junto a la principal razón 
religiosa de la indisolubilidad imperasen de modo concurrente y subordinado 
(o contraoperasen) aspectos políticos. 

Pero eran sólo concausas secundarias, siempre superadas por el principio 
firmísimo de la paridad de los sexos en el matrimonio. No hay en la historia 
ejemplo alguno, fuera de la Iglesia romana, de un sacerdocio alzándose con 
toda su fuerza moral en defensa del derecho de la mujer. 


9.2. Crítica del feminismo. El feminismo co- 
mo masculinismo 
Hay una parte de la variación acaecida en las costumbres y en la dis- 


posición del mundo moderno que, como necesaria conformación del principio 
católico a las mutables accidentalidades históricas, no puede no repercutir 


168 9. La Iglesia y la mujer 


sobre la vida de la Iglesia: toda variación en las circunstancias repercute 
siempre en las costumbres, en la mentalidad, en los ritos, y en las manifesta- 
ciones exteriores de la Iglesia; pero son sólo variaciones circunstanciales, es 
decir, de actos y de modos que circundan la esencia de la vida cristiana, que 
cambian precisamente para conservar lo idéntico, y no pueden perjudicarlo. 

Más arduo de discernir es en qué medida los cambios surgidos en un 
momento histórico dado atacan al principio, y en qué medida lo amplían y 
desarrollan ($2.14); y es oficio de la Iglesia preservar y a la vez desarrollar el 
principio, temperando el espíritu existencial de edad con el espíritu esencial de 
conservación, como lo enseñó Pablo VI definiendo a Iglesia como intransigente 
conservadora (OR, 23 de enero de 1972): no puede extirpar y desecar su raíz 
para implantarse en otra. 

También en el feminismo la cuestión estriba en el principio de dependen- 
cia, que se pretende debilitar para así emancipar y desvincular lo que en la 
naturaleza y en la Revelación está dado como dependiente y vinculado. El 
catolicismo rechaza toda dependencia del hombre respecto a otro hombre. 
Profesa sin embargo la del hombre respecto a su propia esencia, es decir, una 
dependencia que excluye el principio de creatividad. Al ser esencias en cuanto 
tales formas divinas increadas, y al ser en cuanto existencias participación 
de aquéllas (puestas en acto mediante creación), en última instancia esta de- 
pendencia lo es respecto al Ser primero. El hombre consciente de ella y capaz 
de asumirla realiza un acto de obediencia moral al ser divino. El fondo del 
error del feminismo moderno consiste en que, desconociendo la peculiaridad 
de la criatura femenina, no se ha dedicado a reivindicar para la mujer lo que 
se encuentre como propio de ella mediante la contemplación de la naturaleza 
humana, sino aquello que parece pertenecer a la naturaleza humana con- 
siderando al varón. El feminismo se reduce por consiguiente a una imitación 
de lo masculino, perdiendo aquellos caracteres recogidos por la naturaleza 
humana a partir de la dualidad de los géneros. Bajo este aspecto, el feminis- 
mo es un caso evidente de abuso de la abstracción, origen del igualitarismo; 
pretende desvestir a la persona de las características impresas por la natu- 
raleza. En último análisis, no se trata de una exaltación de la mujer, sino 
de una obliteración de lo femenino y su reducción total a lo masculino. Su 
evolución última (como se está viendo) es la negación del matrimonio y de la 
familia, solemnizados por aquella dualidad. La igualdad natural de los sexos 
no impide la peculiaridad de la mujer y mantiene su primordial destino hacia 
la vida interna de la familia y hacia funciones incomunicables al otro sexo. 

La Exhortación Apostólica Familiaris consortio del 15 de diciembre de 
1981 de Juan Pablo II, en la cual son reasumidas las orientaciones prescritas 
por el Sínodo de obispos para la familia, dice en el n. 23 que debe erradicarse 
la mentalidad por la cual censetur honor mulieris magis ex opere foris facto 


9.2. Crítica del feminismo. El feminismo como masculinismo 169 


oriri quam ex domestico * 

Y en el n. 25 declara que la sociedad debe estar ordenada de modo que ut 
uxores matresque re non cogantur opus foris facere, necnon ut earum familiae 
possint digne vivere ac prosperari etiam cum illae omnes curas in propriam 
familiam intendunt ? . 

El Papa recoge aquí el pensamiento al cual había hecho referencia en las 
oraciones por el Sínodo de obispos sobre la familia: Est profecto ¡ita! Necesse 
est familiae nostrae aetatis ad pristinum statum revocentur ? . E igualmente 
lo recoge sor Teresa de Calcuta en una entrevista en el Giornale nuovo del 29 
de diciembre de 1980: La mujer es el corazón de la familia. Y si hoy tenemos 
grandes problemas se debe a que la mujer ya no es el corazón de la familia, 
y cuando el niño vuelve a casa ya no encuentra a su madre para recibirlo. 

Por tanto, el feminismo es en realidad un masculinismo, que equivoca 
la dirección de su propio movimiento y no toma como modelo su prototipo 
propio, sino la masculinidad. Por ejemplo, cuando se habla de emancipación 
de la mujer respecto al hombre, no se entiende el respeto hacia ella por parte 
de él, obligándole a la fidelidad y a la castidad conyugal, sino su conducción 
hacia el libertinaje y las costumbres del hombre. 

Y en su forma más delirante, la reivindicación emancipadora lleva ese 
igualitarismo contranatural no sólo hasta al repudio de una imaginaria infe- 
rioridad, sino también de las ventajas que la civilización reconoce al género 
femenino. 

Así, son rechazadas como indicio de disparidad las consideraciones pres- 
critas por la ley hacia las mujeres embarazadas y en periodo post-parto, la 
prohibición de imponer a las mujeres trabajos pesados, las pensiones sociales 
a las viudas (los viudos no la reciben) y en general cualquier protección 
especial hacia las madres de familia. Todo esto por la razón de que este 
reparto tradicional de las tareas y deberes entre hombre y mujer debilita a la 
mujer en el mercado de trabajo * . La igualdad de los desiguales es contraria 
a la variedad del ser creado; choca contra el principio de contradicción, pero 
se fundamenta en una situación de soberbia que rechaza el propio beneficio si 
procede de una disparidad considerada humillante (cuando por el contrario 
es originalidad y riqueza). 


1Se considera que la dignidad de la mujer deriva más del trabajo realizado fuera de 
casa que del doméstico. 

2Que las mujeres y las madres se no encuentren de hecho constreñidas a trabajar fuera 
de casa, y que sus familias puedan vivir dignamente y prosperar, incluso aun cuando 
dediquen todas sus atenciones a la propia familia. 

3¡Es precisamente asíl Es preciso que las familias de nuestro tiempo retornen a la 
condición inicial 

“Rapporto della Commissione federale per le questioni femminili, Berna 1980. 


170 9. La Iglesia y la mujer 


9.3. La teología feminista 


La pérdida de los verdaderos nombres de las cosas, el extravío doctrinal, 
el circiterismo histórico, o la generalizada tendencia a secundar el espíritu 
del siglo, han producido también una teología feminista. Esta teología (con- 
tradictoria hasta en el mismo vocablo, referido al discurso en torno a Dios) 
incluye al sujeto teologizante en el objeto teologizado, y hace de la mujer la 
luz bajo la cual deben verse las cosas de la mujer. En la teología auténtica 
la mujer es vista bajo la luz de la Revelación y en relación a Dios, que es su 
objeto formal. 

El diario de la Santa Sede no se libró de la teología feminista. No me re- 
fiero al intento de eliminar el concepto de paternidad del Padrenuestro: dicha 
tentativa deriva de una repugnancia hacia el género gramatical masculino, 
comúnmente privilegiado para expresar la excelencia; a causa de análoga re- 
pugnancia, la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos ha sustituido en 
la liturgia la voz hombre por la voz gente. Me refiero al OR del 1 diciembre 
de 1978, donde se denigra a la Iglesia histórica, a la cual el feminismo con- 
temporáneo habría revelado los valores femeninos después de dos milenios, 
y donde el postulado de la mujer cristiana es configurado como solicitud de 
ser considerada persona ? y consiguientemente poder actuar como tal: como 
un ser que se realiza y se expresa a sí mismo. Evidentemente, no siempre 
el pensamiento precede a la palabra, y por eso no siempre lo que se dice 
consigue también ser algo pensable. 

Que la Iglesia durante dos milenios haya honrado, catequizado, dado los 
sacramentos, y hecho sujeto de derechos y de canonizaciones, a seres a quienes 
negaba el ser persona, resulta un simple compuesto de palabras, del que si 
algo es posible descifrar es la ignorancia de la autora en torno a lo que es ser 
persona, lo que es la libertad, lo que es el fin del cristiano, y lo que es la Iglesia 
6 . Más temerario aún (Seminari e teología, abril 1979) es el intento de una 
monja de introducir el género femenino en la Santísima Trinidad, convirtiendo 
al Espíritu Santo en una Espíritu Santa. La ignorancia histórica anima a 
la autora hasta la insolencia, llamando extrañísima anomalía y descomunal 
equivocación a la teoría trinitaria de la teología católica, al no haberse dado 
cuenta de que la tercera persona de la Santísima Trinidad es la Espíritu 


Esto se ha convertido en un lugar común, o más bien comunísimo. No hay discurso 
de sacerdotes o de laicos sobre la mujer en el que no se vuelva sobre la fórmula de que la 
mujer se ha convertido por fin en persona y sujeto. Por ejemplo ICI, n. 556, (1980), p. 42, 
Le nouveau róle de la femme dans la famille occidentale. 

SContra el absurdo y la impiedad del artículo protesté con carta del 3 de diciembre de 
1978 al director del periódico que, siendo tanguam modo genitus infans, ignoró la tradición 
de veracidad y de cortesía del periódico vaticano y no se dignó responderme. 


9.4. La tradición igualitaria de la Iglesia 171 


Santa; la voz hebraica traducida al griego con un neutro y al latín con un 
masculino sería en realidad femenina, y el Espíritu Santo de nuestra Vulgata 
sería un Dios-madre, una Espíritu Santa ” . 

Desde una óptica histórica, sólo la ignorancia puede encontrar nueva esta 
extravagancia de la Espíritu Santa. Se encuentra ya recogida por Agobardo 
(PL. 104, 163) y la profesaban los herejes llamados Obscenos, que hacían 
mujer a la tercera persona y la adoraban encarnada en Guillermina Boema. 
Desde una óptica teórica, causan pavor las monstruosidades lógicas y biológi- 
cas originadas por esa extravagancia. La Santísima Virgen (Mat. 1, 18) sería 
cubierta por la sombra de un ente de género femenino, y de ese modo Jesús 
nacería de dos mujeres. Y si la tercera persona es la Madre, como procede del 
Hijo, se tendría el absurdo de una madre originada por su hijo. Como se ve 
por estos argumentos teológicos de la monja, no escribir es para ella mucho 
más difícil que escribir. 

Conviene además señalar que la introducción de la mujer en la Santísima 
Trinidad habría encontrado ocasión (que no se dió) y creído encontrar sufra- 
gio en un discurso del Papa Luciani, quien en torno a un pasaje de Isaías 
había afirmado que Dios es madre. Pero aquel pasaje habla sobre la miseri- 
cordia divina y dice que Dios es como una madre, o más bien que es madre, 
porque ¿Puede acaso la mujer olvidarse del niño de su pecho, sin compade- 
cerse del hijo de sus entrañas? Y aun cuando ella pudiera olvidarle, Yo no 
me olvidaría de tí (Is. 49, 15). Se trata de una figura poética bellísima que no 
supone la existencia de feminidad en Dios, sino de una ilimitada misericor- 
dia divina sobre la cual Juan Pablo II escribió después la encíclica Dives in 
misericordia. Giovanni Testori, un literato convertido que no ha abandonado 
el vicio de amplificarlo todo y llegar al extremo de causar escándalo, llegó a 
escribir que la Virgen ha entrado en la Trinidad. En conclusión, es evidente 
que la teología feminista confunde los atributos ad intra con los atributos 
ad extra, y asigna a la Trinidad un carácter sexual propio solamente del or- 
den creado, el cual transportado al orden trinitario da lugar a conclusiones 
meramente equívocas. 


9.4. La tradición igualitaria de la Iglesia 


La tradición igualitaria de la Iglesia. Subordinación y primacía 


"Conviene hacer notar que esta teología feminista en el seno del catolicismo es uno de 
los puntos en los que se intenta la aproximación a los no católicos. En el documento final 
de la asamblea del Consejo Ecuménico de las Iglesias de 1983 en Vancouver se recogen 
propuestas no sólo en favor del sacerdocio de las mujeres, sino para que se defina como 
Dios madre al Espíritu Santo. Ver OR, 10 agosto 1983. 


172 9. La Iglesia y la mujer 


de la mujer 

La igualación de la mujer al hombre (introducida hasta en la Trinidad) 
es menos aceptable que la superioridad afirmada por los jacobinos; éstos la 
deducían del relato del Génesis, donde la mujer es creada después del hombre 
por ser una criatura más perfecta que supone un grado de actividad creativa 
más avanzado * . 

Pero todo feminismo choca contra el orden natural, el cual diferencia los 
dos géneros y no los subordina unilateralmente, sino recíprocamente. Esta 
distinción armónica no es (como algunos biólogos se atreven a sostener) un 
efecto puramente social que desaparecería o se invertiría al desaparecer o in- 
vertirse las tendencias sociales. Sin esa diferenciación, la naturaleza no estaría 
completa, porque ha sido arquetípicamente ideada en dicha dualidad. 

El sentido de la soledad de Adán es el sentido profundo del propio ser 
(que apela a la totalidad). No voy a internarme en el aspecto metafísico de la 
dualidad sexual (dualidad ordenada a la unidad) ni necesito evocar el mito del 
andrógino, intuición de la unión conyugal. Me bastará recordar que al estar 
los sexos coordinados uno con otro, esa subordinación innegablemente natural 
en el acto conyugal * no supone que la identidad en el fin (la procreación o 
la donación personal, da igual ahora) suponga entre los dos una igualdad 
absoluta. 

Del mismo modo, esa subordinación no supone que las funciones natu- 
ralmente diferenciadas de los dos respecto a las consecuencias y al efecto de 
tal acto unitivo sean moral y socialmente de igual valor. La doctrina de la 
inferioridad de la mujer como masculus occasionatus (macho castrado) no es 
doctrina católica, pero sí lo es la coordinación de los dos desiguales en una 
unidad igualadora. 

Y en la unidad de los desiguales, son innegables tanto la subordinación 
fisiológica de la mujer, como su prioridad psicológica en el sentido inverso del 
orden de la atracción, pues el polen de la seducción no lo liba el hombre sino 
la mujer, y si el hombre es activo en el congressus conyugal lo es después de 
ser subyugado por la solicitación en la fase de aggressus. 

Por esta reciprocidad de subordinaciones pierde todo sentido la antigua 
controversia (frecuente en la literatura) en torno a la mayor fuerza amatoria 
de uno u otro sexo, y se convierten en puras anécdotas el caso de Mesalina, 


SGiacobini italiani, Bari 1964, vol. 11, P. 459, La causa delle donne (anónimo). 

9Que en el acto unitivo el hombre es principio activo y la mujer pasivo me parece una 
verdad reconocida desde los antiguos y no desconocible por los modernos: el fiasco en 
la experiencia erótica existe sólo del lado del hombre, porque sólo el hombre tiene parte 
activa en la consumación carnal. Ver STENDHAL, De l'amour, París, s.a., en el capítulo 
dedicado al Fiasco. En OVIDIO, Amorum III, VII, se encuentra la descripción clásica del 
fenómeno. 


9.5. La subordinación de la mujer en la tradición católica 173 


el caso contrapuesto del mitológico Hércules, y el famoso decreto de la reina 
de Aragón *% . Lo que haya de verdad en estos hechos reflejaría solamente 
predisposiciones individuales, que no alteran esa reciprocidad de influencias 
a que hemos hecho referencia. 

La primacía de la mujer se actúa de modo peculiar en el ámbito estric- 
tamente doméstico, y Juan Pablo II se ha distanciado explícitamente de las 
visiones innovadoras en el importante documento promulgado en 1983 como 
Carta de los derechos de la familia. El Papa enseña que el lugar natural donde 
se expresa la persona de la mujer es la familia, y su misión es la educación 
de los hijos. El trabajo fuera de casa es un desorden que debe corregirse. 

El art. 10, sobre la remuneración del trabajo, establece que debería ser tal 
que no obligue a las madres a trabajar fuera de casa, en detrimento de la vi- 
da familiar y especialmente de la educación de los hijos. Y al pedir oraciones 
para el Sínodo de obispos sobre la familia, el Pontífice parece auspiciar una 
restauración del orden familiar antiguo: Est profecto ita! Necesse est familae 
aetatis nostrae ad pristinum statum revocentur. Necesse est Christum con- 
sectentur. Pero la enseñanza papal fue pronto abiertamente contradicha por 
el Congreso de las mujeres católicas al proclamar la tesis innovadora: Ningu- 
na mujer considera positivo renunciar a la experiencia del trabajo fuera de 
casa, ni ninguna se plantea ser ama de casa durante toda la vida (OR, 1 abril 
1984). 


9.5. La subordinación de la mujer en la tradi- 
ción católica 


En sentido religioso, tanto la igualdad como la subordinación de los dos 
géneros pertenece al orden sobrenatural. Según el relato del Génesis (2, 21- 
2) aludido por San Pablo (1 Cor. 11, 8), la mujer fue extraída del hombre 
para apartarle de la experiencia de la soledad, de modo que al despertar 
del sueño enviado por Dios se encontró siendo hombre y mujer. La mujer es 
por consiguiente secundaria al hombre en línea de creación. Está sujeta al 
hombre, pero no porque el hombre sea el fin de la mujer. El fin de ambos 
es idéntico y superior a ambos. San Pablo dice con firmeza que respecto al 
fin no hay varón y mujer (Gál. 3, 28), como no hay judío ni gentil, libre ni 
esclavo. No es que no existan esas cualidades con sus diferencias, sino que 
todos los bautizados están revestidos del mismo Cristo y en cuanto tales no 


Sobre Mesalina, ver JUVENAL VI, 128-130; respecto a Hércules, ESTACIO, Silv. II, 
42; y en cuanto al decreto de la reina, MONTAIGNE, Ensayos (E.D.A.F., Madrid 1971), 
lib. TIT, cap. V (Sobre unos versos de Virgilio), p. 847. 


174 9. La Iglesia y la mujer 


existe entre ellos ninguna diferencia. 

No hay en el orden de la gracia acepción o excepción de personas. Todos 
son hechos miembros de Cristo e informados de una unidad de vida. Sin 
embargo San Pablo prescribe la subordinación de la mujer, retomando así la 
ordenación primitiva del Génesis: Mulieres, subditae estote viris sicut oportet 
in Domino (Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el 
Señor) (Col. 3, 18), donde el verbo del original está quizá peor traducido 
con un predicado nominal que con uno verbal reflexivo, porque el sentido 
más cercano al griego (someteos) es someteos por vosotras mismas $. Y es 
notable que el texto indique también modo y límite de la sujeción, que ha 
de ser in Domino: es decir, ha de tener por norma la servidumbre debida a 
Dios, que es servidumbre liberadora. Y si in Domino se enlaza con subditae 
stote, entonces está indicada la razón suprema de sujetarse al marido, que 
ciertamente no es el marido, sino el primer principio de toda obediencia. 

La libertad cristiana no es liberación de todo orden y subordinación, sino 
elección del orden al que someterse. Y como explica Ef. 5, 22, esa sujeción 
al marido es una sujeción al Señor +? . Es difícil reducir la subordinación 
de la mujer al hombre a contingencias puramente históricas, como suele ha- 
cerse, siguiendo esquemas de historiografía marxista, como toda cuestión e 
institución católica que desagrada al siglo. 

No solamente tiene su origen en la legislación divina de los inicios de la 
humanidad. Ni solamente se funda en la diversidad de la naturaleza de los 
dos sexos, uno marcado por el sello de las virtudes de gobierno y movido por 
el instinto de la procreación, otro marcado por el sello de la dirigibilidad y 
de la adhesión al marido. 

También la recalca la Revelación en el texto de I Cor. 11, 3, en el cual 
el carácter no servil de la sujeción está asegurado por una gradación de 
entidades teológicas, diciendo el Apóstol que ésta sucede porque la cabeza 
de todo varón es Cristo, y el varón, cabeza de la mujer, y Dios, cabeza de 
Cristo. 

La subordinación se encuentra esculpida en la naturaleza, no contem- 
plándola en su abstracción genérica, sino reconociéndola con la impronta de 
los dos sexos. Negar su consistencia es una vez más efecto de una abstrac- 
ción viciosa y falaz, que después de haber desvestido a los seres de sus notas 
especificantes e individuantes, se encuentra delante de una esencia genérica 


lMPor otra parte, no se puede olvidar cuando Ef. 5, 21 dice que los cónyuges están 
recíprocamente subordinados, como advierte Juan Pablo II en el discurso del 13 de agosto 
de 1982. 

2Decisivo a este propósito es Ef. 5, 24, donde la sujeción de la mujer al marido está ejem- 
plarizada sobre la de la Iglesia a Cristo: así como la Iglesia se sujeta a Cristo, ast también 
las mujeres a sus maridos en todo. 


9.6. Apología de la doctrina y de la praxis de la Iglesia en torno a la mujer 175 


y la toma como si fuese una realidad. 

En verdad lo es, pero no con esa forma abstracta, sino con la forma 
individual y concreta. Y tomando la abstracción como un hecho, se derivan 
de ella títulos de derecho, los cuales por el contrario derivan de hechos reales: 
por ejemplo, el derecho del trabajador a su sueldo no deriva de ser hombre, 
sino de ser circunstancialmente trabajador. 

Se podrá oponer que históricamente la posición de la mujer en la Iglesia 
fue a veces de subordinación, más de sierva que de socio. Se podrán así aducir 
algunos juicios envilecedores de Padres de la Iglesia (sobre todo de la Iglesia 
griega) y algunas discriminaciones litúrgicas. Entre las primeras está el céle- 
bre pasaje de Clemente de Alejandría (Paedagogus 2): Toda mujer debería 
morir de verguenza ante el pensamiento de ser mujer. Entre las segundas 
no se puede incluir la exclusión del sacerdocio, porque es de derecho divino 
positivo. 

Una de las discriminaciones más visibles y notorias era la exclusión de las 
mujeres del presbiterio, que duró hasta la reciente reforma litúrgica, pero que 
no puede considerarse como una discriminación debida al sexo, ya que fue 
mantenida (por San Carlos, por ejemplo) incluso respecto a los soberanos; 
expresaba la contraposición entre sacerdotes y laicos, no entre hombres y mu- 
jeres. Discriminaciones ciertamente concernientes al sexo son sin embargo las 
que en siglos lejanos gravaban más a la mujer que al hombre en la penitencia 
impuesta por el mismo pecado, y la que alejaba a la mujer de la Eucaristía 
en determinados ciclos. 

Pero algunas de estas discriminaciones están conectadas con la idea (acogi- 
da también en el Viejo Testamento) de la impureza producida por ciertos he- 
chos fisiológicos a los que se consideraba inseparables de una impureza moral, 
en la cual por otra parte están en ciertos casos unidos hombre y mujer. 


9.6. Apología de la doctrina y de la praxis de 
la Iglesia en torno a la mujer 


Para hacer un juicio de esta presunta inferioridad de la mujer en la Iglesia 
conviene tener presentes dos consideraciones. 

La primera es que la desigualdad natural de la que hablamos en 89.5 puede 
motivar un distinto reconocimiento de derechos que competen a los dos, y 
esto sin daño alguno de esa superior igualdad, tan claramente exaltada por el 
mismo Clemente de Alejandría: No hay más que una única e idéntica Fe para 
hombre y mujer; existe para ambos una única Iglesia, una única modestia, 
un único pudor. Iguales son los alimentos, el matrimonio, la respiración, la 


176 9. La Iglesia y la mujer 


vista, el oído, el conocimiento, la esperanza, la obediencia, el amor, la gracia, 
la salvación, la virtud (Paedagogus 1, 10). Los derechos particulares de todo 
sujeto no derivan de su esencia abstracta (como sí lo hacen los comunes), 
sino de la esencia concretada y circunstanciada existencialmente: es decir, de 
los hechos. 

Conviene además considerar la historicidad de la Iglesia y su perfecciona- 
miento tanto en cuanto a las cosas que creer como en cuanto a lo agible. Si 
bien la ortodoxia y la ortopráxis son inmutablemente otorgadas desde el prin- 
cipio, se determinan, explican y especifican en una multitud de aplicaciones 
que forman un proceso temporal. 

En cuanto a la ortodoxia, por ejemplo, es manifiesto que la noción clara y 
plena de la dignidad y pureza de la Virgen es posterior a la noción indistinta 
y perfecta que de ella tuvo la Iglesia primitiva y a la que tuvieron los mismos 
Apóstoles *% . Y paso por alto hablar del dogma de la gracia, de la infalibilidad 
pontificia, de la Asunción, y de tantos otros puntos de fe que la Iglesia del 
siglo XX posee en forma mucho más explícita y distinta que la Iglesia antigua. 

Y lo que ocurre con la ortodoxia, ocurre con la ortopraxis. La Iglesia 
católica siempre ha mantenido el principio de la igualdad axiológica y tele- 
ológica de los dos géneros, gracias a la cual la distancia natural (no la causada 
por la corrupción y la concupiscencia) y la conveniente subordinación se re- 
suelven en la igualdad. 

Éste es el elemento inamovible de la doctrina. Pero las consecuencias de 
las que el principio está preñado salen a la luz por efecto de un desarrollo 
histórico de la inteligencia, y las deducciones que se deben derivar fluyen 
poco a poco a través de retrasos y desviaciones; y máxime si son deducciones 
remotas, tanto más difíciles de encontrar cuanto más alto era el principio. 
La esclavitud, por ejemplo, queda superada por la absoluta igualdad del 
destino moral y por la filiación espiritual de los cristianos, incluso aunque la 
esclavitud se mantuviese en las leyes civiles. 

Pero la exigencia inmanente de esa igualdad requiere que desaparezca. Y 
de hecho la religión retiró poco a poco la esclavitud hasta de su subsistencia 
en las leyes civiles. 

La opinión sobre la abyección y el envilecimiento de la mujer por obra de 
la religión se ha convertido en lugar común en las publicaciones innovadoras; 
y es ampliamente compartida por quien concede sin pruebas históricas o 
filosóficas que la mujer ha tenido en los siglos pasados un status de objeto, 
ha sido privada de la personalidad, y además tiene la culpa de ello por no 
haber reflexionado sobre su propia servidumbre y haberla aceptado ** . 


13No concedo la sentencia inverosímil según la cual los Apóstoles conocían perfectamente 
las verdades de fe (después gradualmente reconocidas), pero no las manifestaron. 
1MVer el cuaderno Sulla condizione femminile de Vita e pensiero de mayo-agosto 1975. 


9.7. Elevación de la mujer en el catolicismo 177 


La verdad es que aquí, como en muchas otras partes del pensamiento 
contemporáneo, se ha utilizado una sinécdoque historiográfica (aislando una 
parte y tomándola como el todo). Hay tiempos en el ciclo histórico de la 
Iglesia en los que, oscureciéndose los principios, se duda también de las de- 
ducciones lógicas que deben extraerse de ellos. Entonces, la praxis en primer 
lugar, y después en menor grado la teoría, caen en deducciones ilegítimas que 
el principio rechaza y condena. 

Pero al principio hay que pedirle cuentas de sus consecuencias legítimas, 
no de las que las pasiones del hombre extraen arbitrariamente. Ahora bien, 
los siglos en los que más importancia tuvo la religión son igualmente los 
siglos en los que la dignidad de la mujer era reconocida y su influencia sobre 
el mundo se desplegó más ampliamente. 


9.7. Elevación de la mujer en el catolicismo 


Paso por alto las santas mujeres a las que en sus cartas San Pablo presta 
nominalmente tantos honores. Paso por alto la preeminencia de la Magdalena 
en el anuncio de la Resurrección. No entro en un discurso que sería casi 
infinito: el del orden de las vírgenes y de las viudas dentro de la comunidad 
eclesial, un orden cuya elevación moral y religiosa celebran con escritos a 
propósito todos los Padres, desde Tertuliano a San Agustín. 

El discurso, aparte de infinito, resultaría difícil, porque la mentalidad mo- 
derna no tiene alas para elevarse a ese punto de vista en el que se aprecia lo 
estimable y se admira la exquisitez de la virtud. Mencionaré sin embargo el 
importante papel que tuvieron en la evolución del mundo cristiano en Oriente 
y Occidente mujeres virtuosas en el trono imperial, como Elena y Teodora II. 
Más tarde (en tiempos en que se redujo la barbarie a la mansedumbre y la 
civilización), mujeres como Teodolinda, Clotilde o Radegunda, tuvieron más 
influencia que ninguna mujer moderna ?? . 


Este supuesto es profesado desde las primeras páginas y además su tratamiento está embe- 
bido de freudismo, marxismo e historicismo. Se cita a autores heterodoxos, se olvida toda 
la tradición católica y se ignora a San Agustín y a Santo Tomás. También el lenguaje es 
extravagante a causa de circiterismos de toda clase. Ver también el OR de 4 mayo 1979, 
donde concede que la mujer fue en el pasado universalmente maltratada. De este modo, 
lo que era un lugar común verdadero (que el cristianismo elevó a la mujer) cede ante un 
lugar común falso (que la envileció). 

I5Conviene recordar que hubo mujeres que tuvieron relevancia e influjo en la vida de 
Atenas, y que Epicuro admitió a mujeres en su escuela. Pero la cosa causaba estupor, 
y todavía tres siglos después CICERON, De nat. deorum 1, XXXIII, 93, aludiendo a 
los escritos de Leontium, discípula de Epicuro, escribía: Leontium contra Theophrastum 
scribere ausa est, scito fila quidem sermone et attico, se tamen .... Este hecho no impide 


178 9. La Iglesia y la mujer 


El perfeccionamiento de la mujer llegó a un grado singular en los monas- 
terios de Francia y Alemania, tanto en el orden de la cultura intelectual 
como en el regimiento de la comunidad. Durante el florecimiento carolingio, 
el primer tratado de pedagogía lo escribió una mujer (Duoda), no un hombre. 

Más tarde, en los grandes monasterios donde germinaron todas las for- 
mas de la civilización, también por obra de mujeres llegó la cultura a una 
alta perfección. Eloísa (siglo XIII), abadesa del Espíritu Santo, enseña a sus 
monjas griego y hebreo, renovando la didascalia de San Jerónimo en Roma 
y Belén; Hildegarda (siglo XII), abadesa de Bingen, escribe de historia nat- 
ural y de medicina; Roswitha, abadesa de Gandersheim, compone comedias 
latinas y las hace representar. Son pruebas de una elevación paritaria de la 
mujer, en modo alguno esporádica. Especial atención merece la participación 
de la mujer en las asambleas medievales, donde tuvieron gran parte en la 
promoción de la dulcificación de las hostilidades guerreras y en la introduc- 
ción de las treguas de Dios. Hasta qué punto estuviese avanzada la igualación 
sobresale en modo singular en el hecho de que en los monasterios gemelos de 
hombres y mujeres, más de un vez el regimiento unitario de la comunidad 
estaba confiado a mujeres **, 

Aunque vinculado a título censitario, como estaba vinculado el de los 
hombres hasta nuestro siglo, la participación de las mujeres en las asambleas 
de comunes (únicas asambleas populares del pasado, estando gobernados los 
grandes asuntos nacionales por los soberanos) no fue rara hasta el siglo XIX. 
Y sólo el envilecimiento de la condición femenina causado por el advenimiento 
de la economía utilitaria e industrial y por la concomitante descristianización 
de las masas pudo traer consigo la reducción de la participación política de la 
mujer. Pero conviene recordar que las mujeres tenían derecho de sufragio en 
las comunidades municipales de Austria, en Suiza, e incluso en las Legaciones 
pontificias. 

La exaltación más grande con la que se enalteció a la mujer en la Edad 
Media cristiana tuvo lugar con la poesía cortés, a la que hace referencia la 
obra teórica de Andrea Capellano. 

La poesía cortés reflejó todo un complejo de sentimientos y de costumbres 
fundados sobre la delicadeza de pensamiento, el respeto y la fidelidad. El amor 
cortés se extravió tal vez en forma de dilección desencarnada u, opuestamente, 
de la opuesta pasión erótica; pero en su conjunto es una prueba del alto 


la generalizada abyección de la mujer en las sociedades paganas, denunciada por todos los 
Padres. 

16 A] igual que los hombres, en los monasterios las abadesas ejercían una jurisdicción casi 
episcopal: la totalidad del legítimo gobierno espiritual y temporal en el propio territorio. 
Ver la importante obra de ADRIANA VALERIO, La questione femminile nei secoli X-XII, 
Nápoles 1983. 


9.8. La decadencia de las costumbres 179 


sentimiento que genera en la civilización medieval la contemplación de lo 
femenino. 

Una cumbre aún más alta alcanzó el motivo de la mujer angelical en la 
escuela poética siciliana y en el dulce stil nuovo. La Divina Comedia exalta lo 
femenino en la Virgen María y Beatriz, y a las benditas mujeres del preludio 
como el trámite excelso de la elevación espiritual del hombre y virtud que le 
otorga la salvación. 

Si no se ignora el valor de la poesía en aquellos siglos, es imposible des- 
conocer la dignificación y magnificación de la mujer llevada a cabo por la 
religión. 

Es cierto que la separación del amor respecto de la relación personal y 
el matrimonio (determinada por la exaltación de lo femenino en sí mismo) 
inclinaba a la desviación neoplatónica incompatible con el realismo cristiano, 
pero el fenómeno atestigua irrefragablemente que el catolicismo se mantuvo 
fiel a una doble verdad, adulterada por el moderno feminismo: que la mujer 
es axiológica y teleológicamente igual al hombre, y a la vez desigual, debiendo 
vivir esa igualdad axiológica según su propia diversidad. 

Una nueva prueba de la paridad que el catolicismo reconoce entre los 
dos sexos se obtiene del influjo que sobre el gobierno de la Iglesia, sobre las 
orientaciones religiosas, y sobre los momentos de renovación y de reforma, 
ejercitaron mujeres de elevado intelecto y de vehemente inspiración mística. 

Basta acudir a los nombres de Sta. Catalina de Siena, Sta. Juana de 
Arco, Sta. Catalina de Génova, o Sta. Teresa de Ávila, para conseguir una 
demostración más que suficiente de esta prestancia de lo femenino en la 
Iglesia. 

Se olvida a las muchísimas mujeres de gran temple activo que fundaron 
órdenes y compañías religiosas o simplemente indujeron a los Romanos Pontí- 
fices a empresas de importancia universal (como en el siglo pasado mademoi- 
selle Tamisier, que promovió con Pío IX los Congresos Eucarísticos). Y no 
mencionamos a tantas mujeres honradas por la Iglesia con la canonización, 
ni a aquéllas a quienes adornó incluso con el título de doctor de la Iglesia, 
como sucedió con Sta. Catalina de Siena y la española Sta. Teresa. 


9.8. La decadencia de las costumbres 


Afín a la desviación sobre la naturaleza de la mujer es la desviación acerca 
de los actos de la sexualidad. Para formar un juicio recto conviene advertir 
que en todo género del obrar humano, pero especialmente en las costumbres, 
aun siendo importante la frecuencia mayor o menor de los hechos (sin tal 
frecuencia no hay costumbre), importa primariamente lo que los hechos son 


180 9. La Iglesia y la mujer 


en la mentalidad: es decir, el modo con el cual la conciencia pública los juzga. 


En cuanto a la frecuencia, nadie niega que el impudor esté hoy más exten- 
dido que en el pasado, cuando los excesos eran fenómenos de capas restringi- 
das y, cosa aún más importante, se procuraba esconderlos sin osar ostentarlos. 
Hoy se han convertido en el rostro de nuestras ciudades. Se puede decir que 
el pudor fue la característica general de los siglos pasados, mientras el impu- 
dor lo es del nuestro; y basta recorrer los tratados de amor, los libros para 
la educación de mujeres, las disposiciones civiles y canónicas y las Praxeis 
confessariorum (fuentes primarias en este campo) para tener certeza de ello. 


Por el contrario, hoy las intimidades carecen del antiguo velo purpúreo 
del pudor y son propaladas, ostentadas y comunicadas hasta en las portadas 
de los periódicos de los que se alimenta la gente. Los espectáculos (sobre 
todo el cine) tienen como tema de elección las cosas del sexo, y la estética, 
que les da un apoyo teórico, llega a establecer que la prevaricación del límite 
moral es una condición del arte. De aquí se sigue una progresión puramente 
mecánica e in infinitum de la obscenidad: de la simple fornicación al adulterio, 
del adulterio a la sodomía, de la sodomía al incesto, del incesto al incesto 
sodomítico, a la bestialidad, a la cropofagia, etc. 


El hecho comprobado del coito público, para encontrar el cual hay que re- 
montarse hasta los Cínicos y que San Agustín juzgaba imposible incluso por 
razones fisiológicas, es quizá la prueba suprema de la realidad de la lujuria 
contemporánea; a no ser que se vea superada por las muestras internacionales 
de objetos eróticos, como aquella famosa de Copenhague en 1969, y la mues- 
tra internacional de arte pornográfico inaugurada en 1969 en Hamburgo por 
el ministro de Cultura. 


La Iglesia asumió pronto una conducta indulgente hacia la lujuria cine- 
matográfica. Suprimió de su propia prensa la indicación de los espectáculos 
que debían evitarse, justificó la supresión sosteniendo que la moral actual es 
distinta del moralismo gazmoño en que no pocas veces se cayó en el pasado, 
premió obras cinematográficas de estrepitosa impureza, y presentó la nueva 
actitud indulgente como un homenaje a la madurez del hombre moderno. 
Pero, como dijimos, por encima de los hechos prevalece el significado que 
tienen en la mentalidad de los hombres y las persuasiones profundas y tácitas 
por las que se mueven los juicios. Conviene por tanto que nos adentremos 
un poco en el fenómeno del pudor para demostrar cómo también la actual 
decadencia de las costumbres procede de la negación de las naturalezas y de 
las esencias. 


9.9. Filosofía del pudor. La verguenza de la Naturaleza 181 


9.9. Filosofía del pudor. La vergúenza de la 
Naturaleza 


Lejos de ser un fenómeno social temporal y en vías de desaparición (re- 
ducible a la psicología y la sociología, como hacen los modernos), el pudor es 
un fenómeno que alcanza a la base metafísica del hombre y debe ser estudiado 
en antropología y en teología. 

El pudor es una especie del género de la vergúenza: es la vergienza en 
torno a las cosas del sexo. La vergilenza in genere es el sentimiento que 
acompaña a la percepción de un defecto, y como el defecto puede estar en 
la naturaleza o en la persona, existe una vergúenza natural y una vergúenza 
moral. 

La naturaleza se avergúenza de sus propios defectos porque toda natu- 
raleza quiere estar a la altura de la idea que tiene de sí misma; y si por fallo 
congénito o sobrevenido está en disonancia con ella, advierte el defecto y esa 
advertencia va acompañada de un sentimiento de vergúenza causada por él. 

Puesto que no se da naturaleza real sino en un individuo, y por consi- 
guiente tampoco naturaleza defectuosa si no es en un individuo defectuoso, 
la vergúenza de aquélla se convierte en vergúenza de éste. 

Se objetará que el individuo no es culpable y no puede avergonzarse de 
los defectos de su naturaleza. La objeción es superficial. No importa que el 
individuo no sea culpable de los defectos de la naturaleza: la naturaleza se 
avergúenza de su propio defecto en el individuo. Los hechos más comunes de 
la vida lo prueban. 

Nadie que esté en sus cabales presume o le resulta indiferente ser jorobado, 
lisiado, o ciego. Nadie considera esos defectos como normales en el hombre 
o en sí mismo como individuo. Y no basta observar que estos defectos están 
en el individuo sin culpa suya para negar que el individuo sea defectuoso y 
evitar la vergitenza que la naturaleza padece por ello. 

Por ese motivo resulta notable el dolor y la vergúenza experimentada por 
el hombre a causa de su propia mortalidad, defecto radical de la naturaleza 
humana. Ese sentimiento, oscura o claramente experimentado, se extiende 
de la mortalidad a la enfermedad, a la vejez, o a todas las operaciones que 
suponen la mortalidad. Los actos de nutrición, generación o defecación los 
ejercita el hombre entre paredes y a escondidas. Filósofos y poetas grandes 
se han referido a este arcano. 

Epicuro (que sin embargo se aplicaba a apagar en el hombre el horror a la 
muerte) habla de la indignación del hombre por haber nacido mortal (De rer. 
nat. III, 884). Horacio sabe que ante la muerte el hombre experimenta temor 
y cólera, porque la siente como una contradicción con su propia naturaleza: 


182 9. La Iglesia y la mujer 


mortis formidine et ¿ra (Epist II, II, 207). 

Gabriele d'Annunzio aborrece la vergúenza de la decrepitud y de la muerte, 
como el antiguo Mimnermo. ¿Qué vergúenza es ésa, si el hombre no es cul- 
pable? 

La vergúenza es metafísica: es desprecio por la destrucción de un ser cuya 
estructura originaria rechaza la muerte; es vergúenza por un defecto que no 
es del individuo como tal, sino de la naturaleza. El hombre no se avergúenza 
ni se desprecia por no tener alas (no tener alas no es un defecto para él), sino 
por no ser inmortal (la mortalidad sí que es un defecto). 

La profundidad del fenómeno del pudor se manifiesta también por su 
involuntariedad. El hombre se ruboriza de la propia y de la ajena erranza 
(Par. XXVII, 32): aun a su pesar, su rostro se inflama. No es la persona la 
que se avergilenza, sino la naturaleza de la persona. La frente arrugada y el 
rostro apesadumbrado son, en todas las naciones, signos de tristeza. 


9.10. La verguenza de la persona. Reich 


Pero más profundo que el pudor de la naturaleza es el pudor de la persona, 
que es la vergúenza por el defecto moral del cual la persona es causa. 

Su forma moral ya no es un puro sentimiento, sino un acto libre de conoci- 
miento del propio defecto y de detestación voluntaria del voluntario defecto, 
es decir, de la culpa. El fenómeno del pudor resulta aún más profundo si se lo 
contempla teológicamente. La libido es la más amplia desobediencia que se 
Opera en el hombre, carente de armonía a causa de la desobediencia original. 
Fue ciertamente una exageración, o más bien un error grave (popular, aunque 
no de las personas instruidas |” ), hacer del pecado carnal el pecado esencial. 
Sin embargo es cierto que la concupiscencia (aun no coincidiendo con el 
pecado) es el síntoma máximo del presente estado del hombre, pecador por 
naturaleza. La sujeción de la parte vidente y racional a la parte ciega e 
instintiva del hombre es máxima en la consumación carnal, que en su cima 
constituye un momento de delirio y pérdida de la conciencia, anulándose la 
percepción misma del significado unitivo del acto. 

Considerada a la luz de la religión, la vergúenza del sexo pertenece a 
la esfera profunda de la realidad humana, y si se frivoliza con el pudor re- 
duciéndolo a la esfera meramente psicológica o sociológica, se niega todo el 
drama del amor y el sentido del combate moral. 

Muy al contrario, es el signo de la escisión causada en la naturaleza hu- 
mana por el pecado. Á causa de tal escisión la voluntad de gobierno resulta 


17En el Infierno y en el Purgatorio de Dante los lujuriosos están en el lugar de más leve 
pena, al ser portadores de más leve culpa. 


9.11. Documentos episcopales sobre la sexualidad 183 


gobernada, y necesita preservar su señorío moral con un combate perpetuo. 
No está encadenada a la concupiscencia, como quería Lutero, sino al combate 
contra la concupiscencia, y en este combate consigue la victoria; pero es una 
victoria siempre en acto, puesto que en acto es el combate. 

Por tanto las doctrinas modernas enemigas del pudor olvidan el combate 
y celebran la lujuria como la liberación total. En la famosa obra de Reich 
La revolución sexual (Ed. Roca, Méjico 1976) se proclama que la felicidad 
del hombre consiste en el placer sexual, y por tanto todo impedimento a la 
libido debe apartarse por constituir un impedimento para la felicidad. 

Siendo la prohibición moral la suprema prohibición, ya que persiste pese 
a toda trasgresión resurgiendo con más ímpetu a cada una de ellas, la eman- 
cipación respecto al pudor se identifica con la felicidad. De aquí procede en 
línea teórica la negación de todo finalismo y de toda ley en la actividad 
sexual, y en línea práctica la abolición del matrimonio, el coito público, los 
ayuntamientos antinaturales, la pammixis, o la minimización del vestido. En 
el fondo del erotismo está un concepto espurio de libertad, según el cual el 
dependiente desconoce la dependencia de la idealidad imperativa de la ley 
inscrita en el fondo de su propia naturaleza. 


9.11. Documentos episcopales sobre la sexua- 
lidad 


Documentos episcopales sobre la sexualidad. Card. Colombo. 
Obispos alemanes 

Muchos documentos episcopales sobre la sexualidad no tienen ninguna 
profundidad religiosa: el impudor no es condenado en virtud de la prevari- 
cación moral que implica, sino puramente como un desarreglo de la mecánica 
vital y como un impedimento para el desarrollo de la personalidad. No apare- 
cen razones teológicas, no se establece ningún nexo con el pecado original, 
no se considera la escisión entre el hombre y la ley moral, no se adoptan ni 
siquiera los términos de castidad y de pudor. 

El Card. Giovanni Colombo, arzobispo de Milán, en la homilía de Pente- 
costés de 1971 sobre el amor como principio único de la unión de los sexos, 
no hace mención ni del fin generativo ni de la ley divina, ni conoce otra 
motivación para la continencia que la maduración de la persona, fuera de la 
cual la sexualidad se convierte en causa de frenos psicológicos y sequedades 
afectivas a veces irreparables, y por consiguiente daña y deforma el proceso 
de maduración personal (OR, 5 junio 1971). 

También la carta pastoral de los obispos de Alemania (OR, 18 julio 1973) 


184 9. La Iglesia y la mujer 


parte de una antropología que no es católica, porque afirma que la sexualidad 
informa toda nuestra vida, y por ser cuerpo y alma una unidad, nuestra 
sexualidad determina también su sensibilidad y fantasía, nuestro pensamiento 
y nuestras decisiones. 

Deseando no agravar los cargos, al juzgar estas afirmaciones de los obispos 
alemanes quiero tener en cuenta el general circiterismo teológico del episco- 
pado moderno, y por tanto no tomo rigurosamente los términos utilizados. 
Pero la antropología aquí subyacente está lejos de la antropología católica 
(en cualquiera de sus escuelas), según la cual sexus non est in anima (el sexo 
no está en el alma) (Summa theol. Supp. q. 39, a. 1). 

La forma de toda la vida no es la sexualidad, sino la racionalidad. La 
definición clásica, asumida en el Concilio Lateranense IV, es que anima ra- 
tionalis est forma substantialis corporis, es decir, el principio primero que da 
el ser a todo el individuo humano. 

Por tanto, decir que la sexualidad determina el pensamiento y las de- 
cisiones de la voluntad es una afirmación contraria a la espiritualidad del 
hombre. Ésta consiste propiamente en que el alma que informa al cuerpo es 
una actualidad que no se agota informando el cuerpo, sino que subsiste como 
forma. De esta facultad emergente de la materia proviene la aptitud para 
lo universal, y con ella la elección libre, que alcanza a la universalidad del 
bien y no se restringe sólo a los términos de lo particular. Si la sexualidad 
determina la decisión, la decisión no puede ser libre $ . 

Posteriormente, en un pasaje del documento se invierten la ética y la 
ascética del pudor; se trata de aquél en el cual al condenar las relaciones 
prematrimoniales se abandona la cautela (tan predicada en el pasado) acerca 
de las ocasiones próximas de pecado, y se defiende la familiaridad entre los 
sexos, como si ponerse en tentación fuese síntoma de madurez moral. 

Incluso si subsiste el peligro de que estos encuentros desemboquen en rela- 
ciones sexuales y conduzcan a un vínculo prematuro, no es justo rechazar o 
intentar evitar este pequeño avance en la maduración de la capacidad de amor 
de los hombres. 

Resultan implícitamente eludidos dos principios de la moral de la Iglesia. 
El primero es teológico: al haber perdido la naturaleza la integridad a causa 
del pecado original, y por consiguiente habiendo perdido su señorío la parte 
más elevada del hombre, la debilidad ante las solicitaciones sexuales es la 
condición misma del hombre. El segundo punto es propiamente moral: cier- 
tamente, aproximarse al pecado sin caer en él no significa haber caído en ese 


18A este respecto se podría decir que la facultad sensitiva, la facultad nutritiva y la 
facultad respiratoria informan toda la vida. No es así, sino que la integran con varios 
grados axiológicos de los cuales el que caracteriza al hombre es el racional. 


9.11. Documentos episcopales sobre la sexualidad 185 


pecado; y no es pecado por ese motivo, sino por la soberbia y la presunción 
de no caer, implícitas en la conducta de quien se arroga una fuerza moral 
capaz de contrapesar todo impulso contrario a la ley. La máxima salus mea 
in fuga, que presidió la ascética católica, parece aquí olvidada y pospuesta a 
la idea de la madurez personal y de la educación para el amor. 


186 9. La Iglesia y la mujer 


Capítulo 10 


Somatolatría y penitencia 


10.1. La somatolatría moderna y la Iglesia 


Si bien se considera frecuentemente a la sexualidad como la forma misma 
de la persona humana, mucho más general es secundar el culto de la corporei- 
dad, convertido por la civilización contemporánea en una parte significativa 
de la vida del hombre. Sé bien que el culto del vigor y de la belleza de la 
persona fue uno de los vínculos que unieron en la antiguedad a las ciudades 
helénicas en los anfictiones, y que recibieron en las fiestas nacionales su más 
elevada exaltación. Pero en él concurría toda la cultura de la estirpe griega, 
y los poetas, historiadores y dramaturgos no eran menos coronados que los 
atletas de la carrera o de la cesta: no hay sin embargo ningún Píndaro entre 
los campeones contemporáneos. 

Las actitudes hoy llamadas deportivas eran una parte (sin duda impor- 
tante, pero parte al fin y al cabo) de los valores celebrados en aquellos juegos; 
aun sabiendo esto, no puede ignorarse que la estima hacia tales valores de- 
saparecía tan pronto como se separaban del compuesto en el que estaban 
integrados, y que la profesión pura del deporte era despreciada por los filóso- 
fos y objeto de burla en la comedia. Séneca, en Epist. ad Lucilium 88, 19, 
habla con desprecio de los atletas quorum corpora in sagina, animi in macie 
et veterno sunt | ; Epícteto sentencia que abiecti animi esse studio corporis 
ímmorari ? ; Persío III, 86, se burla de la juventud muscular; y Plutarco, en 
Quaestiones Romanae, atribuye a la gimnasia la decadencia de Grecia. En 
la tradición de la pedagogía católica el cuidado del cuerpo formaba parte 
de las virtudes de ejercicio y alacridad, y se confundía (desde un punto de 
vista médico) con la higiene. En el difundidísimo Manuale dell éducazione 


¿Cuyo cuerpo está lleno de vigor y cuya alma está demacrada y en letargo 
2Es propio de un ánimo abyecto dedicar demasiado tiempo al cuidado del cuerpo 


187 


188 10. Somatolatría y penitencia 


umana (Milán 1834) del P. Antonio Fontana, director general de instrucción 
pública en el Lombardo-Veneto, esta indistinción es todavía perceptible: de 
los cuatro libros de que consta, se dedica uno entero a la educación física; 
pero bajo ese título se trata del alimento, del sueño, de la limpieza, y un solo 
capítulo, Degli esercizi della persona, trata sobre la educación física. 

La especialización en las disciplinas, la elevación del ejercicio corporal a 
ser una forma especial de la actividad humana, y finalmente su celebración 
y apoteosis, son un fenómeno del último medio siglo. 

El deporte llena la vida de los deportistas profesionales, ocupa gran parte 
de la actividad y casi completamente el ánimo de los jóvenes, y ha invadido 
la mentalidad de masas enormes para quienes no constituye un ejercicio, sino 
un espectáculo fuente de inflamables pasiones de competición y rivalidad. 
Los periódicos dedican habitualmente una tercera parte de su espacio al 
deporte, han creado un estilo de metáforas grandilocuentes para describir 
las competiciones, exaltan a gestas y héroes con las formas de la epopeya, y 
confunden la victoria en un partido con la conquista de la perfección de la 
persona. 

Cuando en 1971 se enfrentaron dos púgiles por el campeonato del mundo 
con arrebatos de bestialidad que llegaron al insulto personal, los cronistas 
deportivos (algunos de gran talento) adoptaron las palabras estilo e incluso 
filosofía para referirse a las diversas formas de aquella única rabia semi- 
homicida; profanaban así esas palabras de modo similar a como lo hacen con 
las de especulación y argumento para referirse al desarrollo de una jugada 
sobre el campo de fútbol. 

Magistrados y autoridades exaltan en ocasiones especiales la significación 
espiritual del deporte y proclaman que además de una sucesión de acciones 
disciplinadas dirigidas a un altísimo fin, el deporte tiene el valor de un noble 
certamen del pensamiento civil, y frente a los odios que dividen a los pueblos, 
sólo el deporte puede reconciliarlos y hermanarlos * . 

Esta exorbitancia del deporte más allá de su ámbito natural, atribuyéndose 
la dignidad de fuerza espiritual, no fue eficazmente refutada por la Iglesia; 
casi admitiendo la injusta y fatal acusación de destruir el vigor de los miem- 
bros con la carcoma del espíritu, temió no compartir (o que así lo pareciese) 
la exaltación de lo físico y añadió incentivos al movimiento somatolátrico del 
siglo; ¡como si a tal movimiento le hiciese falta su auxilio, y la pasión deporti- 
va no estuviese ya lo bastante encendida entre los hombres! El único signo 
de la permanencia de la Iglesia en su actitud de reservada aprobación es la 


3Son palabras del alcalde de una ciudad suiza en la inauguración del campo de deportes. 
También JUAN PABLO II, recibiendo a los futbolistas del Varese, habló de este deporte 
como de una noble actividad humana (OR, 5 de diciembre de 1982) 


10.2. El deporte como perfección de la persona 189 


ausencia de sección deportiva en el Osservatore Romano. Pero la jerarquía 
ha pasado a posiciones de alabanza y participación. 

Existieron siempre en la época moderna asociaciones deportivas y gimnásti- 
cas que se reunían bajo la enseña católica; pero la alusión a la religión era 
esa alusión genérica posible en cualquier género de actividad honesta. Hubo 
bancos católicos, ligas agrarias católicas, etc., pero más bien eran católicos 
en los bancos y en las ligas que bancos y ligas católicas. 


10.2. El deporte como perfección de la per- 
sona 


Los principales motivos del bautismo concedido por la Iglesia al culto del 
cuerpo son dos. Primero: la prestancia corpórea perseguida con los ejercicios 
deportivos es una condición del equilibrio y de la perfección de la persona. 
Segundo: al reunir a grandes multitudes diferenciadas por la lengua, el modo 
de vivir o la constitución política, las competiciones deportivas contribuyen 
al conocimiento mutuo de las gentes y a la formación de un espíritu de frater- 
nidad mundial. Así describe estos dos motivos Gaudium et Spes: Manifesta- 
ciones sportivae ad animi aequilibrium nec non ad fraternas relationes inter 
homines omnium condicionum, nationum vel diversae stirpis statuendas adi- 
umentum praebent? . 

Pío XII expuso estos dos motivos, refutándolos o corrigiéndolos, en un 
importante discurso del 8 de noviembre de 1952 en el Congreso científico 
nacional del deporte ? . 

Las actividades del hombre se califican por su fin próximo; el deporte 
no pertenece a la esfera de lo religioso, pero aun siendo la conservación y 
el desarrollo del vigor físico el fin próximo del ejercicio corporal, dicho fin 
está ordenado al fin último de todos los fines próximos, la perfección de la 
persona en Dios. El Papa señala que entre los fines próximos del deporte 
está el dominio cada vez más ágil de la voluntad sobre el instrumento unido 
a ella: el cuerpo. Pero el cuerpo que se constituye en objeto del deporte es 
el cuerpo de muerte destinado a ser devuelto a la corriente de la mortalidad 
biológica, mientras que el cuerpo integrado en el destino sobrenatural del 
hombre es ése mismo, pero revestido de inmortalidad (a la cual nada añade 
el vigor adquirido aquí abajo). 


4 ..manifestaciones deportivas, que ayudan a conservar el equilibrio espiritual incluso en 


el público, y a establecer relaciones fraternas entre hombres de todas las clases, naciones 
y razas. 
5Vid. el citado volumen de Discorsi ai medici, Roma 1959, pp. 215 y ss. 


190 10. Somatolatría y penitencia 


Aquí observaré de pasada lo falsa que resulta la idea de que el ejercicio 
del cuerpo produce por sí mismo salud moral. Esta falsedad ya había sido 
denunciada por los antiguos. La frase de Juvenal mens sana in corpore sano, 
que ha pasado mutilada al habla coloquial, es en realidad una refutación del 
sentido que se le atribuye. No dice que un cuerpo sano implica una mente 
sana, sino que hay que orar a los dioses para que nos den uno y otra: Orandum 
est ut sit mens sana in corpore sano (Sat. X, 356). El deporte está sujeto a 
la ley ascética que exige la ordenación racional de la totalidad del hombre; el 
uso intensivo del vigor físico no puede ser el fin del deporte: si se emancipa 
de la austeridad (es decir, del dominio del espíritu sobre los miembros), el 
deporte desenfrena los instintos mediante la violencia o las seducciones de la 
sensualidad. 

La conciencia de la propia fuerza corporal y el éxito en la competición no 
son el elemento principal de la actividad humana (son ayudas apreciables, 
aunque no indispensables), ni una necesidad moral absoluta, ni mucho menos 
una finalidad en la vida. 

Sin embargo, la deformación general del juicio de las masas sobre este 
punto era tal que el Papa creyó su deber reafirmar que ningún hombre queda 
mermado en su realidad humana por el hecho de no ser apto para el deporte. 
Dada la unidad de la persona, definida por su parte superior, no se puede 
hablar de personalidad física y de personalidad espiritual. También quien no 
puede practicar deportes cumple a pari un misterioso designio individual de 
Dios $ . 

Pero esta reserva ante el deporte impuesta por la razón teológica, que dis- 
tingue la fuerza física de la perfección de la persona, se abandona a menudo 
bajo la influencia del entusiasmo de las multitudes. Cuando tuvo lugar aquel 
violento combate que hemos mencionado, el OR del 20 de marzo de 1971 
(bajo el título La deslumbrante victoria de los puños) escribía que el in- 
terés universal por tal evento podría ser considerado en cierto modo positivo 
porque pese a todo la humanidad tiene todavía la oportunidad de reaccionar, 
de concentrarse sobre un valor o un acontecimiento considerado como tal. 

Es como si para el articulista el grado de actividad moral del hombre se 
midiese solamente por su activismo, y dedicarse a un valor o a un supuesto 
valor tuviesen igual carácter positivo. Es la herejía del dinamismo moderno, 
para el cual la acción vale por sí misma independientemente de su objeto y 
de su fin. Es el dinamismo que hace al autor parangonar el interés mundial 
por el acontecimiento pugilístico con el de la conquista de la Luna en 1969, 


S Hasta qué punto ha avanzado después de ese discurso la mentalidad somatolárrica, se 
ve en el hecho de que hoy parece que los inválidos quedan injustamente privados de su 
perfección de personas si no practican deportes. 


10.3. El deporte como incentivo de fraternidad 191 


concluyendo que el boxeo representa un gran momento de la vida, con la única 
reserva de que no debe ser absolutizado. 

Pero es demasiado evidente que tal reserva concierne al deporte como idea 
del hiperuranio, y no se refiere a la realidad del deporte en el mundo: éste 
tiende a su apoteosis, de la cual no quiere la Iglesia distanciarse mediante 
una condena. 


10.3. El deporte como incentivo de frater- 
nidad 


No menos falaz es la segunda motivación de la somatolatría moderna, 
según la cual el deporte no sólo favorece el dominio del espíritu sobre los 
miembros, sino también las virtudes de lealtad y respeto entre los hombres, 
y por consiguiente contribuye a la concordia entre las naciones. No negaré que 
la forma competitiva del deporte supone una disciplina de obediencia a las 
reglas de la competición, generalmente observadas. En realidad ese orden 
prescrito a la acción en la contienda es una condición para su misma existen- 
cia, como para cualquier acción en la que concurran varios individuos: si los 
contendientes no las observasen, la actividad deportiva sería imposible. 

Pero contra esa afirmación común se alzan situaciones de fraude, violencia 
e intolerancia. 

De fraude, como en 1955 en Italia, cuando equipos enteros de fútbol fueron 
degradados por haber sobornado a jugadores de equipos contrarios para de- 
jarse ganar; y las aún más extensas de 1980, planteadas ante la llamada 
magistratura deportiva. 

De violencia, como en octubre de 1953 en el encuentro entre Austria y 
Yugoslavia, que dio lugar a una petición diplomática de excusas; en Belfast 
en diciembre de 1957, donde los jugadores de la selección italiana fueron 
agredidos por la muchedumbre y hubieron de ser protegidos por la Policía; 
y en el estadio de Lima en 1964, con decenas de muertos pisoteados por el 
gentío, enfurecido tras el encuentro con Argentina. 

Por otra parte, en mayo de 1984 se reunieron en Malta los ministros de 
deportes de veintidós países europeos para buscar remedio a la violencia en 
los estadios y al fraude en la competición. 

Y en cuanto al sentimiento de respeto por la persona humana, no quisiera 
mencionar (aunque debo hacerlo) cómo en junio de 1955 en Le Mans, habién- 
dose salido de la pista un vehículo provocando una matanza de espectadores, 
ochenta muertos no bastaron para evitar que continuase la mortífera com- 
petición. En fin, hay un hecho cuyo carácter increíble prueba el atizamiento 


192 10. Somatolatría y penitencia 


de odios nacionales y civiles por obra del deporte: la guerra mantenida du- 
rante varias semanas entre San Salvador y Honduras (con decenas de muertos 
y centenares de exiliados) por culpa de un partido de fútbol (RI, 1969, p. 
659). 

No obstante, el Card. Dell Acqua, vicario del Papa para la Urbe, exaltaba 
el deporte en OR del 20 de febrero de 1965 y con mediocre argucia veía en 
la palabra sport un acrónimo de Salud, Paz, Orden, Religión y Tenacidad. 

El documento más relevante del apoyo de la Iglesia al espíritu soma- 
tolátrico del siglo es el discurso de Pablo VI para las XX Olimpiadas de 
Munich, trágicamente contradicho después por los atroces acontecimientos 
que enlutecieron aquellos juegos. 

El discurso comienza con una doxología de la juventud sana, fuerte, ágil y 
bella, resucitada de la antigua forma del humanismo clásico, insuperable por 
su elegancia y por su energía; juventud ebria de su propio juego en el disfrute 
de una actividad que es fin en sémisma, liberado de las mezquinas y utilitarias 
leyes del trabajo cotidiano, leal y alegre en las más diversas competiciones que 
pretenden producir, y no ofender, a la amistad. El Papa pasa después a la 
habitual celebración de la juventud como ¿magen y esperanza de un mundo 
nuevo e ideal en el cual el sentimiento de la fraternidad y del orden nos revela 
finalmente la paz. Y proclama felices a los jóvenes porque están en un camino 
ascendente. En este punto el Papa no puede abrogar ni derogar la doctrina 
católica, y así concluye que el deporte debe ser un impulso hacia la plenitud 
del hombre y tender a superarse para alcanzar los niveles trascendentes de esa 
misma naturaleza humana, a la cual ha conferido no una perfección estática, 
sino dirigida hacia la perfección total. La alocución terminaba con una cita 
del ciclista Eddy Merckx. 

Esta doxología del deporte está en armonía con la declaración de Avery 
Brundage, presidente del Comité olímpico internacional, que explicita el sen- 
tido teológico y parateológico de la alocución de Pablo VI. Desaparecida en 
virtud de los hechos la débil reserva del Papa sobre el carácter no último 
del ideal deportivo, la actividad deportiva puede muy bien simular una axio- 
logía religiosa o casi religiosa. El olimpismo, dice por tanto lord Brundage, 
es la más amplia religión de nuestro tiempo, una religión que lleva consigo 
el núcleo de todas las demás (OR, 27 de julio de 1972). 

Analizando la alocución papal se encuentra en ella que de las cuatro cuali- 
dades con las que el Pontífice adorna a la juventud, ninguna (y menos que 
ninguna la belleza) expresa un valor moral: o lo que es lo mismo, una virtud. 
En segundo lugar, no puede ser objeto de satisfacción que la juventud parezca 
ebria de su propio juego, porque la religión excluye toda desmesura y toda 
ebriedad (salvo la sobria ebriedad del Espíritu Santo). Y ese rebajamiento del 
trabajo (encadenado al parecer a las leyes utilitarias) parece olvidar que el 


10.4. La somatolatría en los hechos 193 


trabajo es una actividad esencialmente moral en la cual se explicitan muchas 
virtudes. 

Tampoco cabe en la concepción católica, que no concibe ninguna activi- 
dad del hombre que sea fin de sí misma, tomar al deporte como un fin en 
sí mismo cuando ni el hombre lo es siquiera. Ni es admisible identificar la 
felicidad de los jóvenes con la senda del éxito, ni se puede ver el progreso 
en el deporte como un progreso humano: como mucho, según la distinción 
de Santo Tomás, un progreso del hombre. Ni puede el deporte superarse y 
alcanzar niveles trascendentes, ya que no puede salir de su esencia propia y 
no pertenece a la línea del desarrollo espiritual del hombre. 

En fin, es absolutamente verdadera la proposición del epílogo según la 
cual el deporte no lo es todo en la vida, ni constituye una religión. Pero con 
esta negación ya no es posible reconocer en el deporte ninguna peculiaridad 
moral; todas las actividades de la vida, en cuanto capaces de entrar en la 
finalidad moral por obra de la voluntad son, como el deporte, una categoría 
de la perfección: pero no precisamente por sí mismas, sino por obra de la 
voluntad moral. Debe tenerse cuidado en no confundir las esencias y en no 
tomar el deporte como una forma de espiritualidad. No tuvo ese cuidado el 
OR del 1 de enero de 1972, donde se lee: El deporte se beneficia del misterio 
pascual y se convierte en instrumento de elevación. Como no hay en la Rev- 
elación absolutamente ninguna referencia posible a una actividad deportiva 
de Cristo, con una operación confusa y circiterizante se intenta al menos 
introducir el deporte en el misterio pascual. 


10.4. La somatolatría en los hechos 


La doxología del deporte, propia del mundo moderno y aceptada en parte 
o en su totalidad por la Iglesia, recibió una cruda contradicción con los 
acontecimientos de la Olimpiada de Munich de 1972, y precisamente en lo 
que respeta al espíritu de filantropía y amor internacional que haría crecer 
en los hombres ” . Sobre los sentimientos de filantropía y de humanidad 
prevalecieron en aquellos Juegos las pasiones del atropello en la lucha y los 
odios nacionales. No insisto sobre el hecho de que en la concepción original del 
barón De Coubertin las Olimpiadas eran una competición entre individuos 
y no entre Estados, mientras ahora se sufre y se glorifica siempre la victoria 
del atleta como victoria de Rusia, de Estados Unidos, de Italia, etc. Durante 
el desarrollo de la competición, las masas que chillan, silban o canturrean 
dividen los ánimos y suponen la existencia de ánimos divididos. En cuan- 


7A las Olimpiadas de Moscú de 1980 no acudieron los Estados Unidos, y a las de Los 
Angeles de 1984 no acudió la Unión Soviética. 


194 10. Somatolatría y penitencia 


to a la lealtad, dieciocho jueces fueron destituidos por haberse demostrado 
parcialidad hacia sus deportistas preferidos, y se excluyó de la competición 
a muchos atletas por haber utilizado estimulantes y vigorizantes químicos 
prohibidos. 


Pero la contradicción que aterrorizó al mundo fue la atroz y alevosa 
matanza del equipo israelí por obra de terroristas palestinos, con la posterior 
y execrable decisión de no suspender las Olimpiadas. El motivo de la decisión 
fue que un acto criminal no debe prevalecer sobre el espíritu deportivo. Es 
el habitual quí pro quo. No se trataba de hacer prevalecer el crimen sobre el 
espíritu deportivo (concepto confuso sobre el cual los hombres se ponen de 
acuerdo precisamente gracias a su misma indeterminación), sino de honrar 
y respetar a las víctimas, y no proceder como si los muertos no estuviesen 
muertos y los asesinos no fuesen asesinos. 


Esta falta de humanidad y de piedad manifiesta la irreligiosidad de las 
Olimpiadas modernas con respecto a las antiguas. 


Para formar un juicio exento de toda prevención sobre la moderna soma- 
tolatría conviene no olvidar que las pasiones de odio entre unas facciones y 
otras se encendían también en el circo romano y en el hipódromo bizantino. 
Como es conocido, Vitelio ajustició a los enemigos de sus Azules, y la plebe 
de Constantinopla se enfureció muchas veces hasta el asesinato y el incendio 
de media ciudad. Y también conviene recordar que las rivalidades deportivas 
fueron bastante vivas entre los pueblos cristianos durante la Edad Media. 


Incluso entre las cofradías, que tenían como finalidad devociones u obras 
de misericordia, duraron hasta época reciente emulaciones y rivalidades. Pero 
en el presente discurso no se ha pretendido en modo alguno que las bajas 
pasiones de los hombres sean una novedad del siglo: son materia de tales 
pasiones objetos hermosos y objetos que no lo son y que incluso se apropian 
de la religión convirtiéndola en animosidad iracunda e insensata. La novedad 
observada consiste en la tendencia a quitar a estas pasiones su base propia 
(el orden somático) para darles otra base axiológica que las dignifique y las 
ponga en contacto con la religión, o incluso directamente con el misterio 
cristiano. 


El deporte no pertenece por sí mismo a la perfección humana ni al destino 
de la persona, y en modo alguno confiere ni una ni otro, ya que puede existir 
excelencia en las habilidades corporales y ser sin embargo débil el vínculo 
de dependencia de las potencias inferiores con la razón. Lo que le da valor 
al ejercicio físico es solamente el ejercicio de la voluntad, que aumenta en 
el hombre la potencia de la razón y la libertad moral. No se debe pasar del 
género físico al género moral como si la línea fuese continua. Es un saltus que 
sólo la voluntad moral puede realizar. 


10.5. Espíritu de penitencia y mundo moderno 195 


10.5. Espíritu de penitencia y mundo moder- 
no 


Espíritu de penitencia y mundo moderno. Reducción de absti- 
nencias y ayunos 

Cuando avanza la somatolatría, retroceden por necesaria consecuencia el 
principio penitencial y la exigencia ascética propias de la religión católica. 
El retroceso parece comenzar con el indulto especial de 1941, que abrogaba 
mientras durase la guerra la abstinencia de carne los viernes, así como todos 
los ayunos excepto los de Ceniza y Viernes Santo. No se trataba en realidad 
de un retroceso, sino de una normal readaptación del principio a las mutables 
condiciones. Aparte de producir una disminución de la cantidad pro rata, la 
generalizada penuria de alimentos durante el tiempo de guerra hacía difícil 
la selección de los alimentos como obsequio al precepto de la Iglesia. 

Para comprender la reducción que suponía el ayuno eclesiástico en la can- 
tidad diaria de alimentos conviene recordar que consistía en una única comida 
normal a lo largo del día, añadiendo el llamado frustulum de la mañana y una 
modesta cena. Se prescribía también la selección de las viandas, quedando 
excluidos muchos de ellos de la comida de ayuno. Incluso el ayuno eucarísti- 
co, que es de reverencia al sacramento y no ascético (como la abstinencia y 
el ayuno eclesiásticos), fue mitigado en 1947 tras la introducción de las misas 
vespertinas. Posteriormente fue posible para el pueblo, a quien antes se obli- 
gaba al ayuno desde la medianoche, comulgar habiendo dejado de comer una 
hora antes de la Comunión. El motivo de la relajación se encuentra en la de- 
bilidad de aquella generación a causa de la creciente penuria de suministros 
y los sufrimientos de la guerra. 

Pero la disciplina penitencial fue después retocada en 1966 reduciendo 
la abstinencia de carne solamente a los viernes de Cuaresma, y mediante 
sucesivos recortes el ayuno eucarístico fue disminuido en 1973 (al menos 
para los enfermos) hasta un cuarto de hora antes de sumir el sacramento 
(OR, 1 de abril de 1973). De hecho, la abstinencia de los viernes está hoy 
también abolida. La disciplina del ayuno fue en pocos años disminuyendo de 
rigor hasta casi la abolición del precepto. Sin embargo hubo un tiempo (como 
es notorio en los anales eclesiásticos y se desprende de las costumbres y el 
habla del pueblo) en que el ayuno no sólo era universalmente practicado, sino 
incluso fijado en las leyes civiles y considerado objeto de negociación entre 
los gobiernos y la Santa Sede. 

Esta relajación produjo más efectos. Uno fue de orden lingúístico y léxico. 
Fue transformado el vocablo ayuno, que de indicar la privación de comida 
durante un tiempo notable (vaciándose el estómago) pasó a significar sola- 


196 10. Somatolatría y penitencia 


mente no comer, aunque sea por pocos minutos. En la nueva acepción, se 
puede estar saciado y en ayunas, y como tal ir a comulgar. 

El segundo efecto fue falsificar la liturgia quitándole veracidad a las fórmu- 
las del rito, que vienen a decir lo contrario de lo que la Iglesia practica. El 
motivo dominante del tiempo de Cuaresma era el ayuno corporal, y en el 
prefacio se invocaba por ejemplo: Deus quí corporal ievunio vitia comprimis, 
mentem elevas, virtutem largiris et praemia ?. 

Pero el prefacio del Novus Ordo, en lugar del ayuno corporal, habla sólo 
genéricamente del ayuno cuaresmal. En la feria II post Dominicam I se pedía 
ut mens nostra tuo desiderio fulgeat, quae se carnis maceratione castigat * . 
Pero en la nueva práctica cuaresmal no aparece ahora ninguna maceración y 
en las nuevas fórmulas no hay ni sombra de tal idea (que sin embargo proviene 
directamente de San Pablo en 1 Cor. 9, 27). Y así, el sábado post Domini- 
cam II ut castigatio carnis assumpta ad nostrarum vegetationem transeat 
animarum * . 

Esta falsificación de los textos litúrgicos, contradichos por la reformada 
praxis de la Iglesia, se ha obviado después con la reforma de los mismos 
textos, en los cuales se encuentra ahora aquí y allá algún resto del antiguo 
sistema, pero cuya inspiración general deriva de la doctrina penitencial mo- 
dernizada y conformada a la repugnancia del siglo por la mortificación ** . 
En la religión católica el ayuno tiene un fundamento netamente dogmático: 
es una aplicación especial del deber de la mortificación, el cual desciende a 
su vez del dogma del pecado original. Solamente si la naturaleza no estuviese 
corrompida ni fuese concupiscente deberían secundarse fielmente sus impulsos 
en vez de reprimirlos. Pelagio y Vigilancio parten de la misma negación, y 
en la áspera polémica con Vigilancio, San Jerónimo se burlaba justamente 
de su adversario llamándole Dormitancio: quería decir que cerraba los ojos 
sobre la condición profunda del hombre. 

Todos los demás motivos asignados por los teólogos al ayuno descienden 
de la necesidad de la mortificación para el hombre corrompido a fin de poder 
ser vivificado como una nueva criatura. La mortificación puramente filosófica, 
como la practicada en las sectas orientales, no tiene tal fundamento: en ella el 
cuerpo se castiga por un motivo gimnástico, porque estorba a las operaciones 


8Dios eterno, que por el ayuno corporal domas nuestras pasiones, elevas la mente, nos 
das la virtud y el premio 

%Haz que nuestro espíritu, que se castiga con la maceración de la carne, resplandezca 
ante tu presencia con el deseo de Tí 

lOPara que la mortificación de la carne fortalezca nuestras almas 

MbEfecto y síntoma de la degradación del espíritu de penitencia es también la abolición 
del tiempo preparatorio de la Cuaresma, en otro tiempo asignado a los tres domingos de 
Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima. 


10.6. La nueva disciplina penitencial 197 


de la mente, y sólo para que no las estorbe. Esta mortificación puede tener 
lugar sin ninguna intervención de motivos religiosos. 

Las obras penitenciales en el catolicismo expresan además y principal- 
mente el dolor, por la culpa. Este dolor (acto imperado por la voluntad) con- 
stituye la penitencia como virtud interior; pero a causa del lazo antropológico 
merced al cual nada se mueve en el hombre interior que no se mueva en el 
exterior, la penitencia exterior es necesaria a la penitencia interior, o más 
bien es la misma penitencia interior en cuanto acto humano. 

A este respecto el ayuno es una parte primaria de la penitencia, y conviene 
señalar que cuando Cristo habla del facere ¿ustitiam ejemplifica las obras de 
la justicia en tres soles: la limosna, la oración y el ayuno; como explica San 
Agustín, la benevolencia y la beneficencia ¿n universale, la aspiración a Dios 
in universale, y la represión de la concupiscencia in universale * , 

En el discurso del Miércoles de Ceniza de 1967 en Santa Sabina, Pablo 
VI recalcó la enseñanza de la Iglesia de que la penitencia es necesaria para 
la metanoia (por estar corrompida la naturaleza) y para la reparación de los 
pecados. Pero el ayuno no es solamente un perfeccionamiento de la virtud 
natural de la sobriedad, algo conocido también por los Gentiles, sino algo 
propio de la religión cristiana, que habiendo hecho al hombre consciente de 
sus males profundos, le ha proporcionado los remedios. Los placeres de la 
mesa (pues de esta parte de la concupiscencia se trata) se pueden ciertamente 
conciliar con la sobriedad, pero la religión reconoce en ellos una tendencia 
sensual que nos desvía del verdadero destino, y conforme a su percepción de 
lo humano en el hombre, hostiga esa tendencia al mal antes de que el mal 
haya comenzado. 


10.6. La nueva disciplina penitencial 


La reforma de la disciplina del ayuno parece cambiar la esencia de la 
restricción (quitándole el carácter de aflicción de la carne, anteriormente tan 
evidente y proclamado incluso en la liturgia) para mantener solamente el de 
regularidad moral. Sin embargo, la penitencia no consiste en abstenerse de la 
magnificencia de la comida, sino en un recorte en el régimen ordinario de la 
sobriedad con vistas a un doble fin: reforzar las deficientes energías morales 
de la mente, que debe sostener el combate contra la ley de su cuerpo (Rom. 
7, 23), y expiar los fallos en los cuales la fragilidad heredada hace caer incluso 
a los virtuosos 1% . 


12De perfectione vitae hominis, cap. VIII, 18 en P. L., 44, 300. 
13Véanse sobre el ayuno las páginas de MANZONI en Osservazioni sulla morale cattolica, 
ed. cit., vol. 11, p. 284 y ss. 


198 10. Somatolatría y penitencia 


Se puede añadir que a causa de la organicidad del cuerpo de la Iglesia 
(en el que todos los miembros están unidos entre sí y con Cristo, su cabeza), 
las obras penitenciales del cristiano son también una imitación y una pat- 
ticipación en la obra penitencial llevada a cabo por el Cristo inocente en 
beneficio del género humano pecador: y ello aunque el valor de estas obras 
derive enteramente del valor de las de Cristo. 

La reforma de la praxis penitencial no anduvo separada de la denigración 
de la Iglesia histórica paralela a toda modernización. Las costumbres católi- 
cas de abstinencia (celebradas por todos los Padres de la Iglesia con obras 
especiales, a menudo obras maestras, y seguidas con unánime obsequio du- 
rante siglos y siglos por generaciones reflexivas y obedientes) fueron en los 
tiempos modernos argumento de burla por parte de escritores superficiales e 
irreligiosos. 

Estos escritores no supieron separar la verdad, profundidad y belleza de 
las prescripciones de la Iglesia, de los contingentes abusos que ocurrieron en 
ésta como en cualquier otra acción religiosa; y no tuvieron en cuenta el fun- 
damental principio de que una doctrina se debe juzgar por las consecuencias 
que descienden de ella lógicamente, y no por los hechos con los cuales los 
hombres la contravienen o la contradicen. 

El ridículo promovido contra el precepto de la Iglesia en torno a los al- 
imentos tiene su causa en la general aversión del mundo a la mortificación 
de los sentidos, y encuentra después un pretexto en el modo en que pueden 
ser a veces seguidas estas prescripciones: sólo materialmente, sin atención ni 
intención hacia los fines altamente morales a los que están ordenados. Ciertos 
cristianos toman una sola parte de la penitencia convenida por la Iglesia, y 
la aíslan del resto de lo ordenado por la Iglesia; y de este modo se ve resaltar 
a esa parte dentro de una vida enfangada en contenidos mundanos. 

Entonces los espíritus superficiales e irreligiosos, encontrando disonancia 
entre ese fragmento de penitencia y la totalidad del precepto, encuentran 
motivo para despreciar también la penitencia entera y reírse de ella. Pero el 
hecho notable en el estado actual de la Iglesia es que tal espíritu de superfi- 
cialidad (que desestima la mortificación de los sentidos y la ridiculiza) se ha 
comunicado también al clero, incapaz ya de percibir el sabor y la sabiduría 
del precepto. 

Por citar uno solo de entre los muchísimos ejemplos que he recogido, en 
el Boletín de la Catedral de San Lorenzo de Lugano de octubre de 1966 se 
bromeaba con lenguaje ramplón sobre la nula diferencia entre lenguado y 
bistec y entre fritos y salados. 

Aquí resulta ignorado el delectus ciborum conocido por la ley mosaica y de 
la Iglesia. En cierto modo se extiende también a los alimentos la parificación 
de las esencias. Una vez separadas de los conocimientos fisiológicos de tiempos 


10.7. Etiología de la reforma penitencial 199 


pasados, las razones de la diferenciación entre unos alimentos y otros (que 
son de derecho positivo) son sujeto de variación, y después de la expansión 
extraeuropea del catolicismo, la abstinencia de ciertos alimentos de los cuales 
están totalmente privadas ciertas naciones era incongruente y reclamaba una 
reforma de la disciplina. 

No obstante, la Iglesia no tiene porqué avergonzarse de su legislación ni su 
doctrina está expuesta al ridículo, porque era razonabilísima, estaba fundada 
sobre la naturaleza, había sido ordenada por Cristo, y quedó sancionada 
por la obediencia de unas generaciones que no eran más brutas, sino más 
reflexivas, ni menos frágiles, sino menos sensuales, que las actuales. 


10.7. Etiología de la reforma penitencial 


La reforma de la disciplina penitencial tuvo dos motivos: uno antropológi- 
co y pseudo espiritual, y otro libertario. El motivo antropológico es el de una 
viciosa concepción de la reciprocidad entre alma y cuerpo. Se desconoce la 
unidad profunda entre los dos elementos metafísicos que integran el hombre, 
creyendo que los actos del cuerpo no expresan los actos del alma. Se ignora 
que estos últimos no son auténticos si quedan sin expresión y sin repercusión 
en la experiencia sensible. Ciertamente es posible cumplir una norma dirigida 
a la mortificación de la voluntad, inclinada hacia los sentidos, sin mortificar 
a la voluntad: es decir, obedecer materialmente al precepto sin adoptar su 
finalidad. 

Pero, en primer lugar, este desdoblamiento no es peculiar de la norma de 
la abstinencia, sino que se extiende a todo mandamiento moral: las obras de 
la justicia pueden hacerse sin justicia, las obras de la castidad sin castidad, 
o las obras del amor sin amor; y todo se puede hacer sobre el teatro de la 
virtud con la única máscara de la virtud y sin el animus in quo sunt omnia, 
el ánimo del que todo depende. 

Sin embargo, el cumplimiento de la ley, por ese principio antropológico 
de la solidaridad de todas las partes del compuesto humano, produce efectos 
incluso preterintencionales: en el cuerpo macerado los impulsos de los senti- 
dos quedan debilitados, y su contumacia contra las leyes del espíritu parece 
menos violenta. La tendencia de los innovadores a descalificar la penitencia 
corporal es por tanto errónea. Ciertamente el ayuno debe ser acompañado 
de la compunción del corazón y se hace esencialmente para provocarla, pero 
incluso separado de ella produce un efecto saludable que impide despreciarlo. 
Por tanto, sería falaz la remisión del ayuno corporal a la mortificación interior 
realizada por los documentos innovadores, si implicase un desprecio por el 
valor de la abstinencia corporal (que es el valor moral del compuesto); y sería 


200 10. Somatolatría y penitencia 


tanto más inaceptable si (como a menudo sucede) se contemplase la obser- 
vancia del precepto penitencial casi como un impedimento al ejercicio de una 
verdadera penitencia: como si ver a un cristiano mortificado según el precepto 
del ayuno de la Iglesia fuese un indicio de hipocresía o de espíritu materialista. 
Aparte de dividir al hombre por la mitad, la penitencia exclusivamente espiri- 
tual es imposible, ya que no se pueden amputar los deseos de la soberbia sin 
humillarse externamente, ni los deseos de los sentidos sin reprimir sus actos 
ilícitos y exteriores, ni los deseos de la glotonería sin hacer una disminución 
en la magnificencia y en los alimentos ordinarios. Cristo mismo, que tanto 
condenó enérgicamente el ayunar in facie, no lo condenó ciertamente como 
exterioridad de la mortificación (exterioridad necesaria e intrínseca a ella), 
sino como ostensión soberbia y respeto humano. 

Y está tan lejos de condenar la observancia de los preceptos concernientes 
a los alimentos y a los actos externos (incluso de los más mínimos), que la 
considera tan necesaria como la de los actos interiores: haec oportuit facere 
et illa non omittere (Mat. 23, 23) ** , comparando lo exterior a lo interior. 
El mal está en la falta de espíritu, no en el cumplimiento de las prácticas. 

Esa equiparación no se basa en la igualdad de peso moral entre abstinen- 
cia de alimentos y abstinencia de pecado: siendo la primera medio para la 
segunda, no puede tener su mismo grado axiológico. Está fundada sobre el 
principio de la obediencia, al cual la reforma de la disciplina penitencial ha 
quitado nervio al sustituir los largos períodos penitenciales que se ordenaban 
en otros tiempos por un precepto de solo dos días, y abandonando además el 
deber moral y religioso de la mortificación a la libertad de los fieles, supuesta- 
mente iluminada y madura. Cuando Juan XXIII promulgó la encíclica sobre 
la penitencia no hubo proclamación de un gran ayuno y ni siquiera un solo día 
de abstinencia preceptuada de alimentos, diversiones, o placeres mundanos. 

Y cuando Pablo VI instituyó en octubre de 1971 un domingo de oración 
y de ayuno, muchos obispos al celebrarlo ni siquiera mencionaron el ayuno, 
remitiéndolo todo a la interioridad. 

El paso de una obligación impuesta a los fieles mediante una ley positiva 
eclesiástica, a una obligación impuesta por la ley moral, es análoga a la 
acaecida en la reforma sobre la lectura de libros ($1.4 6.14-6.15). Se remite 
a los hombres a sus propias luces, a la legislación de su propia conciencia, 
elevando el principio de la libertad por encima del de la ley. 

Ya Santo Tomás, respondiendo a una objeción, escribía que los ayunos 
no son tampoco opuestos a la libertad de los fieles, sino un camino para 
libertar el espíritu del imperio de la carne (Summa theol. II, II, q. 147, a. 
3 ad tertium). La objeción, cuyo origen se encontraba en argumentos del 


MEsto hay que practicar, sin omitir aquéllo 


10.8. Penitencia y obediencia 201 


espiritualismo herético de la Edad Media, fue recogida por Erasmo: todo 
cristiano es libre de ayunar solamente cuando lo crea necesario en virtud de 
su finalidad, la mortificación. 

La exaltación de la libertad se ha convertido en lugar común de la teología 
postconciliar; la idea ha penetrado en distintas publicaciones sobre todo por 
obra de las llamadas firmas, o asesores teológicos de los más divulgados 
semanarios. 

Mons. Ernesto Pisoni, por ejemplo, interrogado sobre el precepto ecle- 
siástico de la abstinencia (Arnica, 2 de agosto de 1964), respondía que se 
trata simplemente de un precepto que recibe su justificación y su valor moral 
de la libre voluntad de quien los quiere observar en espíritu, porque en la le- 
tra es fácil eludirlo. De este modo un sacerdote católico insinúa a un público 
de más de medio millón de lectores una idea errónea de la moralidad. El 
acto del hombre recibe su valor de la conformidad con el precepto, mientras 
aquí se hace derivar el valor del precepto del acto libre del hombre escogien- 
do cumplirlo. Se propone un doble sofisma; primero, que la voluntad rechaza 
toda heteronomía: es decir, el dependiente se convierte en independiente; se- 
gundo, que el fiel, miembro de ese cuerpo colectivo y místico de Cristo que 
es la Iglesia, se disocia o se desmiembra de él para erigirse como individuo 
que se da la ley a sí mismo. 


10.8. Penitencia y obediencia 


La relajación de la práctica penitencial ha tenido lugar bajo el supuesto 
de una más madura conciencia ascética de los fieles y con el intento de es- 
piritualizar y refinar la mortificación. Pero el supuesto es desmentido por 
los hechos. Los pueblos cristianos gozan generalmente de abundantes place- 
res sensuales y satisfacciones mundanas, y la otra parte del mundo que hoy 
padece carencias está destinada a ser conducida gradualmente a una idéntica 
abundancia. 

Con la reducción por la Iglesia de las privaciones corporales, en la creencia 
de que así se incrementaría la humildad interior, casi ha desaparecido todo 
ayuno de la vida ordinaria del pueblo cristiano. Y es una extravagancia la 
del cardenal inglés Godfrey, que en el mismo momento en que tenía lugar la 
desaparición universal de la mortificación quería que se hiciese participar en 
la Cuaresma incluso a los animales. En fin, y como ya hemos observado, en la 
decadencia del precepto se descuidó totalmente el valor de la obediencia: más 
bien fue derribado e invertido, transformándolo en su contrario. La penitencia 
es necesaria, escribe el Boletín de la Catedral de San Lorenzo de Lugano de 
enero 1967, haya o no haya prescripciones eclesiásticas que digan lo que hay 


202 10. Somatolatría y penitencia 


que hacer y lo que no: mejor aún si no las hay. Y Diocesi di Milano (1967, 
p. 130), comentando la pastoral de los obispos lombardos, asegura después 
de referirse a la abolición de prohibiciones y prescripciones que la penitencia 
es libre y por tanto más meritoria. En esta nueva doctrina se olvidan tres 
valores. Primero, hacer por obediencia a la Iglesia y en el modo prescrito 
por ella lo que el deber de la penitencia impone. Segundo, realizar el acto 
penitencial no sólo individualmente, sino eclesialmente (como la liturgia del 
Vetus ordo declaraba) y remitiendo a la Iglesia la determinación de la forma 
sustancial de ese deber. Tercero, el mérito que proviene de la abdicación de 
la propia voluntad en lo referente a la modalidad de la penitencia, abdicación 
que ya es ella misma una penitencia. 

Pero estos valores dependientes del sometimiento de la voluntad a las 
formas y a los tiempos prescritos ya no son apreciados como en aquellos 
tiempos en que se pesaban en onzas los alimentos permitidos y se esperaba 
el tañido de las campanas para romper el ayuno. 

De hecho, la Congregación romana, ante la duda de si la obligación grave 
de observar los días penitenciales se refería a los días aislados o a su conjunto, 
respondió que a esto último (OR, 9 marzo 1967). Esta respuesta abandona 
a la libertad de los creyentes el tiempo y la modalidad de la mortificación 
corporal, y hace móvil el carácter sagrado que parecía asignado al miércoles 
de Ceniza y al Viernes Santo en la Semana Santa. 

En fin, la convertibilidad de la abstinencia en obras de misericordia, 
con perjuicio del concepto de penitencia, ha sido fijada en instituciones 
como la del Sacrificio cuaresmal, obligación monetaria que se hace equiva- 
lente a la mortificación corporal. Tal sacrificio de dinero, sustituto del ayuno 
(considerado inadecuado a los tiempos), no es sin embargo más conforme a 
los tiempos que éste. 

Siendo la sociedad cristiana en gran parte rica y adinerada, esa renuncia 
resulta de escaso valor, aparte de que es siempre más penoso quitarse algo 
del cuerpo que de los bienes de fortuna. La confusión de lo penitencial y lo 
no penitencial, considerados como una misma cosa, está profesada explícita- 
mente en el documento de 1966, que declara:, Pueden considerarse actos de 
penitencia: abstenerse de alimentos particularmente apetecidos, un acto de 
caridad espiritual o corporal, la lectura de un pasaje de las Sagradas Escritu- 
ras, la renuncia a un espectáculo o diversión, y otros actos de mortificación. 
La lectura no es un acto de mortificación, y las obras de caridad tampoco. 
Perdido el concepto de penitencia, todo se convierte en penitencia. 

También en el mensaje de Juan Pablo II para la Cuaresma de 1984, la 
Cuaresma consiste en obras de misericordia, pero no aparece el ayuno por 
ningún lado. 


Capítulo 11 


Movimientos religiosos y 
sociales 


11.1. Abandono de la acción política y social 


Al estar dominada la sociedad contemporánea por la idea del dominio del 
mundo mediante la técnica (es decir, mediante la aplicación de las ciencias 
de la naturaleza a su dominio), la vida política en su totalidad ha asumido 
un nuevo carácter. El sujeto social es ahora la masa de los individuos unidos 
en la búsqueda de la utilidad, y el fin social se ha convertido en la producción 
del maximum de utilidad y su máxima distribución. La variación acaecida se 
puede resumir en el abandono de la religión, sustituida por la dedicación a 
la acción política y social. 

Durante el siglo XIX los partidos políticos, carentes de organización, casi 
no tenían otra base que la cuestión religiosa. Todo el siglo del liberalismo se 
caracterizó por esa dualidad: un partido alentaba la separación de la vida 
civil respecto a las cosas de la religión, remitidas a la conciencia individual y 
a las que no se consideraba relacionadas con la pública prosperidad; el otro se 
resistía a ello, considerando que la religión no sólo es parte de la vida histórica 
nacional, sino también (más allá de la política y de la historia) una necesidad 
moral de la vida en sociedad. La lucha entre la Iglesia y el Estado moderno 
(que va constituyéndose en valor autónomo y desligándose de la cepa religiosa 
sobre la que había funcionado) explica hasta qué punto las luchas políticas 
implicaban valores religiosos y se presentaban como un compromiso, ya fuese 
para mantenerlas en el cuerpo social, ya para circunscribirlas a la esfera de 
la libertad individual. 

Los Pontífices del último siglo habían promovido una amplia expansión 
de la actividad política y pública de los católicos, bien mediante la creación 


203 


204 11. Movimientos religiosos y sociales 


de partidos políticos autónomos que se denominaban católicos e informaban 
su acción sobre la doctrina de la Iglesia, o bien mediante el florecimiento de 
asociaciones diferenciadas por ramas (desde culturales a deportivas, desde 
asistenciales a económicas). 

No incluimos en esta categoría las luchas sostenidas por el partido católico 
en Inglaterra, al tratarse de un Estado heterodoxo donde la acción de los 
católicos (y sobre todo de los irlandeses) era prácticamente una continuación 
de las guerras de religión, y su ímpetu político llevaba mezclada la aspiración 
a la independencia. Pero ciertamente entran en esta categoría los partidos 
católicos operantes en Estados que profesaban todavía la religión católica en 
sus constituciones. 

En Francia, en tiempos de Luís Felipe, una vez consumada la disyunción 
de la causa católica con respecto a la causa monárquica, Montalembert y 
Dupanloup reivindicaron los derechos de la religión, pero con una motivación 
nueva: el título de libertad simpliciter. 

En Suiza el partido denominado conservador-católico tenía su razón priori- 
taria en la defensa de los derechos e incluso de los privilegios de la Iglesia. 
Persiguió su fin con tanta vehemencia que los Cantones católicos creyeron 
su deber separarse de la Liga helvética formando una Liga separada y sin 
rehusar la guerra civil. Una difundida y activa organización que tomaba su 
nombre de Pío IX (Piusverein) sostenía la acción política mediante grandes 
asambleas populares. 

En Bélgica y Holanda las fuerzas católicas se unían en fuertes organiza- 
ciones que a menudo tuvieron un peso preponderante a la hora de imprimir 
su dirección a la vida nacional. 

En Alemania, la minoría católica (imponente por su número, potente 
por su organización, segura por su unidad de intenciones y la valía de sus 
dirigentes) hostilizó la política anticatólica de Bismarck, que acabó cediendo 
a esa Oposición retirando la ley del Kulturkampf. 

Las condiciones de incapacidad y minoría política en la que se encontraron 
los católicos italianos (a causa de la enemistad entre la Iglesia y el Estado 
debida al conflicto sobre el poder temporal del Papado) impidieron al partido 
católico desplegar su fuerza. Pero cuando desapareció esa incapacidad, el 
Partido Popular de los católicos fundado por Sturzo ejercitó un profundo 
influjo en la vida del país, o por lo menos demostró cuánto habría podido 
llegar a ser éste. 

Pero la dirección emprendida después del Vaticano II supuso la deco- 
loración y desalación (sal terrae evaniut) de los partidos y las organizaciones 
sociales de los católicos. Sé bien que tal decoloración es parte de un proceso 
general por el cual todo partido, una vez perdida la peculiaridad por la que 
se oponía a los demás, conserva aquella parte genérica de finalidad política 


11.2. Desaparición o transformación de los partidos católicos 205 


que tenía en común con los otros. De esta forma, desaparecido el motivo de 
defensa de la libertad de la Iglesia concebida según el sistema que les oponía a 
los demás, los partidos católicos han adoptado la bandera de la libertad sim- 
pliciter, el cual ciertamente incluye el motivo antiguo, pero sometido ahora 
al motivo prioritario y superior de la libertad simpliciter. 


11.2. Desaparición o transformación de los 
partidos católicos 


Todos los partidos católicos han sufrido una reducción o decoloración de 
los contenidos para los que se habían creado, o bien han desaparecido del 
teatro de la vida nacional. Ha desaparecido completamente el Mouvement 
Républicain Populaire surgido en Francia después de la guerra por obra de 
Maurice Schumann | . 

En Suiza el partido conservador católico abandonó su antigua denom- 
inación (que revelaba demasiado su carácter originario), llamándose ahora 
Partido Demócrata Cristiano, e inspiró su programa en una genérica idea- 
lidad cristiana que asume todos los principios de la filosofía política libe- 
ral. En el cantón Ticino, por ejemplo, se ha convertido en Partido Popular 
Democrático, en cuyo nombre está presente una incongruente redundancia 
de la idea de «pueblo», habiendo desaparecido además toda expresa cali- 
ficación católica. Siguiendo las directrices del obispo diocesano, el partido 
acogió y promovió la transformación constitucional del Cantón católico en 
un Cantón de mixta religión. En Alemania, un proceso análogo llevó al 
Christliche demokratische Partei (sucesor del célebre Zentrum y que con- 
eregaba a católicos y protestantes) a volverse hacia la doctrina política del 
liberalismo. 

España, que ha tenido durante cuarenta años un régimen político que 
excluía los partidos, ha visto surgir después de la muerte del general Fran- 
co movimientos de inspiración católica en sincretismo con las máximas del 
Estado moderno. 

En Bélgica y Holanda los movimientos católicos (que llegaron a tener una 
organización unida y potente) sufrieron la misma desalación, desapareciendo 
las razones del inveterado antagonismo hacia el liberalismo del Estado moder- 
no. También el antagonismo hacia el comunismo cedió ante la solidaridad 
con la clase obrera, y epocadas las condenas de Pío XI y Pío XII, el partido 


Ver R. RICHET, La démocratie chrétienne en France. Le Mouvement républicain popu- 
larre, Besancon 1980. Para valorar el fenómeno recuérdese que en los primeros años después 
de la guerra el Mouvement era el partido más fuerte de Francia. 


206 11. Movimientos religiosos y sociales 


y el movimiento social católico se volvieron hacia posiciones tendentes al 
liberalismo y al comunismo. 

El ejemplo más conspicuo de esta renuncia a caracterizarse católicamente 
es el de la Democrazia cristiana italiana; después de treinta años en posesión 
del gobierno, ha ido debilitando gradualmente su contraposición al socialco- 
munismo, para debelar el cual había recibido en las elecciones del 18 de abril 
de 1948 una imponente investidura por parte de la nación ? . Y para calibrar 
la aspereza de la contraposición y la gravedad del peligro ante el cual en 1948 
se creyó podía sucumbir la nación, baste recordar que fue incluso levantado 
el sello de la clausura a las monjas de más estricta observancia, para que 
pudiesen ayudar con el voto contra la amenaza de Hannibal ad portas. Y por 
el contrario, para apreciar el cambio de actitud del partido (que ha pasado 
de una enérgica y combativa actitud de antítesis a otra de aquiescencia y 
acomodación), baste señalar que en ningún país democrático de Europa el 
cambio de la situación política y de la mentalidad nacional fue tan radical 
como en Italia. 

Mientras la debelación del socialcomunismo fue en 1948 la mayor causa 
y el supremo fin de la lucha, hoy el mayor fin de la acción de ese partido es 
la unidad (llamada compromiso histórico) con los adversarios de ayer. 

Desde la célebre declaración del Papa Gelasio en el siglo V confirmada 
posteriormente por Bonifacio VIII, la Iglesia reconoce su incompetencia en 
materias políticas, en la que laicos y sacerdotes están sujetos al soberano 
temporal; pero reivindica una potestad absoluta en materias espirituales y 
en las que tengan un lado espiritual (mixtas), en las cuales laicos y sacerdotes 
le están sujetos. 

Y aunque se conserve apartada de la acción política, que constituye un 
medio para el fin moral del hombre, puede entrar a juzgar las leyes de la 
comunidad política cuando impidan ese fin o violen la justicia natural y los 
derechos de la Iglesia. Porque si bien en los regímenes modernos la soberanía 
pertenece a todo el cuerpo de ciudadanos, la Iglesia puede resistir a las leyes 
inicuas prescribiendo la conducta que los católicos en cuanto ciudadanos 


2No menos indicativa fue su debilidad en la oposición al divorcio. Discutiéndose en el 
Parlamento el proyecto de divorcio Fortuna-Baslini, Gumo GONELLA deploró da ausencia 
de toda orientación gubernativa en el foro. Desde 1948 el gobierno da su opinión sobre 
todos los proyectos de ley; pero hoy, con quince ministros en el gabinete, la DC no tiene 
ni una palabra que decir. Y en el Congreso nacional de la DC el mismo GONELLA pedía 
que si no se consentía en la devolución de la ley, el partido provocase una crisis ministerial. 
Le parecía imposible que la DC no supiese impedir con su fuerza lo que fue rechazado 
durante un siglo por la Italia laicista y anticlerical. Ya en 1919, el p. GEMELLI y mons. 
F. OLGIATIT denunciaron la falta de programa del Partido Popular. En Renovatio (1979, 
pp. 402-406) se pidió que el partido abandonase esa adjetivación, ya que en su actividad 
no se encontraba ninguna acción específicamente cristiana. 


11.3. La desistencia de la Iglesia en la campaña italiana 207 


deben mantener usando su derecho político, y fuera de todo espíritu de odio 
o sedición. 

Esta doctrina fue confirmada por Juan XXIII en Pacem in terris al hacer 
coincidir el deber religioso con el deber civil: el bien de la justicia (objeto de la 
virtud moral) es un constitutivo del bien común (objeto de la virtud política). 
A causa de esta coincidencia, en alguna circunstancia de la historia pudieron 
los Romanos Pontífices anular las leyes del Estado. El último ejemplo es el 
de Pío XI, que en 1926 declaró nulas las leyes antirreligiosas de Méjico. 

Pero prescindiendo de la anulación de una ley inicua por decreto pontif- 
icio, sigue siendo cierto el derecho de los católicos (en regímenes en los que 
participan del poder legislativo) a oponerse a las leyes que ofendan al derecho 
natural, así como el deber de la Iglesia de atacarlas suscitando y regulando 
la acción civil del laicado. 

Actualmente la Iglesia ha abdicado casi totalmente de este derecho del 
cual se valió el laicado católico, incluso en nuestro siglo, siguiendo a la jer- 
arquía; y del mismo modo que ha practicado una política de renuncia en 
sus relaciones directas con los Estados ($6.18), ha conseguido inspirarla a las 
masas católicas en el interior de cada Estado. 


11.3. La desistencia de la Iglesia en la cam- 
paña italiana 


La desistencia de la Iglesia en la campaña italiana sobre el di- 
vorcio y sobre el aborto 

Citaré sólo dos ejemplos de este fenómeno de claudicación, que contrasta 
con la firmeza combatiente del anterior movimiento católico; según el método 
que profeso, los apoyaré sobre documentos de la jerarquía y no sobre opiniones 
privadas. 

El primero es el abandono y aislamiento en que la Iglesia italiana dejó al 
movimiento laico que se oponía a la introducción del divorcio promovien- 
do un referéndum abolicionista. La alacridad combativa de los sacerdotes 
innovadores * (que a cara descubierta defendían el divorcio en encuentros 
públicos) contrasta con la reserva malévola y descontenta del episcopado, que 
parecía compartir las razones de prudencia carnal planteadas por quienes se 


3Revistas nominalmente católicas como 1 Regno (Bolonia) e 1 Gallo (Génova) hicieron 
campaña a favor del divorcio. Un centenar de profesores y de alumnos de la Universidad 
católica de Milán se rebelaron contra un artículo de mons. G. B. GUZZEITI porque pre- 
tende decidir de una vez por todas cuál es la doctrina de la Iglesia. Sostenían que el católico 
no puede imponer a los demás lo que hace él en nombre de su fe. 


208 11. Movimientos religiosos y sociales 


oponían al referéndum. Giulio Andreotti * relata cómo el mismo Pablo VI 
tenía hacia el referéndum una conducta dubitativa en cuanto a su éxito, pero 
de una intrínseca disconformidad en cuanto a la iniciativa en sí. De hecho, el 
Papa declaró que no podía impedir a un grupo de católicos italianos que uti- 
lizasen libremente el instrumento ofrecido por el ordenamiento italiano para 
intentar abrogar una ley considerada injusta. 

Parece más bien que el Papa debería haber estimado su deber animar, en 
vez de no impedir, el movimiento democráticamente legítimo y religiosamente 
obligatorio de unos católicos movidos por espíritu de justicia a combatir una 
ley rechazada hasta entonces por la conciencia nacional. 

Tampoco la previsión de un resultado adverso podía disuadir del com- 
bate: nuestra tranquilidad consiste en cumplir con nuestro deber, no en que 
las probabilidades estén a nuestro favor. El laicado fue abandonado por la 
jerarquía, que se prestaba menos a sostener un punto de la ley natural y 
evangélica que a averiguar las disposiciones de la opinión pública para poder- 
las secundar. 

El arzobispo de Milán, Card. Giovanni Colombo, formulaba el principio de 
la desistencia en estas tres proposiciones: primera, no estaría en sintonía con 
el Episcopado el sacerdote que se opusiese al referéndum; segunda, tampoco 
estaría en sintonía el sacerdote que recogiese personalmente firmas en favor 
del referéndum; tercera, quienes están en sintonía son los sacerdotes que 
se afanan en estimular a los fieles católicos a actuar en coherencia con su 
conciencia cristianamente iluminada. 

Es digna de reseñarse en estas directrices la remisión a una sintonía con 
el episcopado en una cuestión en la que la conciencia debe primariamente 
conformarse a la ley moral; la predicación de esta conformidad es el oficio 
propio de esos mismos pastores, sin apartarse de la franqueza por la que sus 
antecesores del siglo XIX se dejaron encarcelar defendiendo puntos que al fin 
y al cabo no eran de derecho natural. 

En segundo lugar es notable la prohibición a los sacerdotes de ejercitar 
un derecho civil al servicio del deber religioso, impidiendo su participación 
activa en la recogida de firmas. Finalmente, resulta llamativa la remisión a la 
conciencia individual de una decisión que siendo de derecho natural y divino 
positivo compete a la Iglesia prescribir y ordenar, en vez de abandonarla a las 
inciertas luces privadas de los fieles. Parece que en el discurso del cardenal la 
Iglesia rehuyese prestar ese servicio de adoctrinamiento de los espíritus que 
le incumbe en cuanto lumen gentium. 

Y si el OR del 5 de mayo de 1971 dice correctamente que conviene man- 
tener separado lo religioso de lo civil, yerra sin embargo cuando defiende la 


%A ogni morte di Papa, Milán 1980, p. 121. 


11.4. La Iglesia y el comunismo en Italia. Las condenas de 1949 y 1959 209 


abstención de la Iglesia en la lucha del divorcio; ésta es una materia mixta 
religiosa y civil, y quien defiende la abstención viene a sostener que la Iglesia 
debe abstenerse también en las materias mixtas, sobre las que siempre había 
reivindicado su competencia. 

Esta reticencia a comprometerse en puntos significativos de la religión 
referidos al consorcio civil (por ser puntos dolorosos y en torno a los cuales es 
preciso el combate) queda completamente al descubierto por parte del mismo 
Card. Colombo cuando la opinión nacional estaba agitada por la proposición 
de ley sobre el aborto. 

El arzobispo de Milán, predicando en el Duomo, aseguró que los obis- 
pos no pretenden sostener exclusivamente con una ley la observancia de una 
norma moral, cuando ya no sea reconocida como tal por la mayoría de las 
conciencias (OR, 26 de febrero de 1976). En este texto están reunidos los 
términos de mayoría y conciencia, que chocan intrínsecamente. 

El arzobispo se opone a la ley que introduce el aborto (definido como 
crimen nefando por el Vaticano II) porque supone que es rechazada por la 
mayoría, del mismo modo que si la mayoría de las conciencias estuviese en 
favor de ese crimen los obispos se callarían y los católicos deberían como 
ciudadanos aceptar la iniquidad. 

Según la homilía del prelado milanés, parece como si la admisibilidad de 
una ley civil dependiese del consentimiento del mayor número, la moralidad 
fuese una emanación del hombre, y en caso de existir una mayoría contraria 
se debiera ceder en la resistencia o como mucho agazaparse en el solitario 
refugio de la conciencia personal. 


11.4. La Iglesia y el comunismo en Italia. Las 
condenas de 1949 y 1959 


El abandono por la Iglesia de su compromiso en la vida civil adquiere 
la forma de una remisión del cristiano a sus propias luces en las opciones 
concernientes a asuntos de la vida pública. El criterio enseñado por los obispos 
italianos (asumido por el Congreso eclesiástico de 1976) es que a los fieles 
les compete una total libertad de elección, con la única condición de que la 
elección sea coherente con la fe religiosa. Es la fórmula común en la Iglesia 
desde que las constituciones democráticas confieren la soberanía a la mayor 
parte o a la totalidad de los ciudadanos. Pero el criterio de tal coherencia es 
arrancado de las manos del Magisterio (que en otros tiempos se lo reservaba) 
y colocado en las de la comunidad. 

En el congreso mencionado, el padre Sorge aprobó la expresión militad 


210 11. Movimientos religiosos y sociales 


donde queráis, pero seguid siendo cristianos, y añadió la condición de que 
el juicio sobre lo que es ser cristiano no sea personal y arbitrario, sino en 
armonía con el de toda la comunidad cristiana (Corriere della sera, 5 de 
noviembre 1976). 

La sustitución del imperativo de la Iglesia por la opinión general es evi- 
dente. No sólo se remite la elección política a la libertad (justamente), sino 
también el juicio de la coherencia entre ésta y la fe: realmente no se la remite 
a los individuos, sino a toda la comunidad cristiana. ¿Pero tal expresión, se 
refiere a la Iglesia con su nexo orgánico entre jerarquía y laicado, o bien al 
conjunto de los fieles, que se supone manifiestan su fe de modo mayoritario? 
¿O de qué otro modo? El límite que la Iglesia pone a la libertad política es 
análogo al que pone a la libertad del pensamiento teológico y en general a 
toda libertad, asegurando la ortonomía a la vez que la autonomía. Y puesto 
que la libertad política se ensancha ampliamente antes de chocar contra el 
límite, las determinaciones que la Iglesia hace del límite son de las pocas que 
parecen necesarias. Las más importantes son sin duda el decreto del Santo 
Oficio de 28 de junio de 1949 y el más agravante de 25 de marzo de 1959, ya 
con Juan XXIIT. El primero declara que incurren en excomunión los fieles que 
profesan la doctrina comunista, atea y materialista, y condena como ilícito el 
apoyo prestado al partido. El segundo condena a quien da su voto al partido 
comunista o a partidos que apoyen al partido comunista. 

El agravamiento del segundo es manifiesto. La primera condena daba 
lugar a la distinción entre el comunista que profesa la doctrina (condenada 
en la Divini redemptoris de Pío XI) y el comunista que la practica pero no 
la profesa (que son la mayoría). 

El segundo decreto prescinde del animus del ciudadano y ataca al acto 
externo de dar el voto al partido. Culpa además también a las coaliciones que, 
para administrar la cosa pública, llevase a efecto un partido no condenado 
con el partido condenado; y pone así entre paréntesis todo el juego político 
de las naciones democráticas, donde la pluralidad de partidos hace necesaria 
la cooperación de fuerzas políticas dispares. 

La intervención de la Iglesia en Italia provocó también conflictos abiertos 
entre obispos y autoridades civiles. El más grave y clamoroso fue el de Mons. 
Fiordelli, obispo de Prato, que por haber condenado públicamente como con- 
cubinato el matrimonio civil de un comunista fue denunciado, condenado y 
después absuelto. Ante el anuncio de la condena, el Card. Lercaro ordenó en 
su diócesis el toque de difuntos en las campanas, y Pío XII desconvocó la 
celebración del aniversario de su coronación. 

En Aosta, por haberse realizado una alianza electoral con los comunistas, 
el obispo suspendió la procesión teofórica del Corpus Christi; en Sicilia el 
Card. Ruffini se adentró en las elecciones regionales a combatir al candidato 


11.5. La Iglesia y el comunismo en Francia 211 


democristiano, y en Bari el arzobispo Mons. Niccodemo rechazó la presencia 
del alcalde comunista de la ciudad, juzgándola incompatible con la acción 
sagrada. 

En estas manifestaciones episcopales me parece no haberse observado la 
norma que distingue la persona privada de la persona pública, y al ente moral 
(la ciudad en toda su complejidad) de la mayoría que en un momento dado la 
rige y la representa. Es máxima de derecho constitucional que los diputados 
no representan a la fracción que los ha elegido, sino a la totalidad de los ciu- 
dadanos. Además, los Papas admiten anualmente la visita del Ayuntamiento 
de la capital, incluso cuando es de mayoría comunista. 


11.5. La Iglesia y el comunismo en Francia 


Hemos visto la transformación operada por el episcopado italiano desde 
una conducta de resistencia activa a una de desistencia, en relación al Partido 
Comunista. Este paso condujo a la Iglesia de Italia a posiciones en las que 
mucho antes se había colocado la Iglesia de Francia, estableciendo la completa 
libertad del cristiano para participar políticamente en cualquier causa que le 
pareciese conforme con su propia conciencia. 

Puesto que este libro no es una historia del movimiento social católico, 
supongo conocidas las vicisitudes que el movimiento tuvo en Francia antes del 
Concilio, y fundamentaré mis observaciones sobre el documento del Episcopa- 
do de Francia sobre el diálogo con los militantes cristianos que han realizado 
la opción socialista *? . 

Ya en el planteamiento y en la forma literaria, el documento claudica de 
la naturaleza propia del oficio didáctico, directivo y preceptivo de un acto 
episcopal. 

Sólo pretende répercuter y respetar las opiniones del mundo obrero, toma- 
do sustancialmente como un todo homogéneo. En esta perspectiva, el movimien- 
to social católico queda totalmente olvidado. 

Es imposible disimular la distancia entre este estilo y el estilo de los docu- 
mentos pontificios que hemos citado en 811.4 

Sobre el asunto del diálogo se enuncian en él muchas proposiciones profe- 
sadas por los trabajadores cristianos (considerando por sinécdoque que todos 
son comunistas), pero no aparece ninguna contraposición o refutación, más 
que a veces de pasada, con ambages y anfibologías. 

El documento pretende ayudar desde el interior de su situación espiritual 
a estos cristianos que profesan el comunismo; es como si en el mismo sentido 


En Documentation catholique, 29 de mayo de 1972, col. 471 y ss. 


212 11. Movimientos religiosos y sociales 


de su persuasión estuviese subyacente el germen de la idealidad cristiana y se 
tratase solamente de desarrollarlo; y como si tal ayuda, propia de los pastores, 
no pudiese jamás suponer una oposición de principio y una abjuración de 
eventuales errores: en suma, una conversión, como se suele decir. 

Esta posición está ligada en el documento a una confusión de prospectivas 
que ve la acción del Espíritu en las agitaciones y en las luchas del mundo 
obrero * y confunde el movimiento del comunismo (que se puede desplegar 
con las fuerzas históricas y naturales que generan los acontecimientos) con 
uno de esos movimientos en los cuales operan los impulsos sobrenaturales del 
Espíritu Santo (n. 16-17); en fin, hace de las agitaciones sociales del siglo un 
fenómeno religioso. 

El circiterismo innovador de carácter inmanentista no distingue entre las 
razones de la Providencia (que conduce el destino humano al resultado pre- 
destinado) y la acción del Espíritu Santo (que es el alma de la Iglesia, pero 
no del género humano). 

Sobre el documento de reflexión de 1972, el episcopado francés mod- 
eló después su praxis de 1981, renunciando a toda intervención en la campaña 
electoral que llevó a Francia a un régimen social comunista cuyo Proyecto 
anuncia la instauración de una sociedad totalmente atea y de filiación marx- 
ista. 

En un documento del 10 de febrero de 1981, los obispos declaran su 
neutralidad hacia todos los partidos y no querer influenciar las decisiones 
personales de los fieles: como si las cosas políticas fuesen hiperuranias y el 
magisterio de la Iglesia no debiese enderezar e iluminar las conciencias. 

En el documento del 1 de junio de 1981 los obispos profesan una absoluta 
neutralidad: es decir, incapacidad de juzgar los diversos partidos de Francia 
según el aut aut cristiano; y esto porque (dicen) los cristianos se encuentran 
en todas partes del abanico político. 

Ellos no quieren apoyar a un grupo ni oponerse a nadie, sino llamar la 
atención sobre valores esenciales. Como hemos visto, estos valores los re- 
conocen en todos los partidos, y por tanto no pueden ni proscribirlos ni 
prescribirlos. 

La diferencia que la Divini Redemptoris y las enseñanzas papales elevan 
a criterio de conducta de los cristianos ante el comunismo, es puesta en lugar 
secundario ante la denominada profundización; ésta consiste en descubrir en 
lo profundo de dos concepciones opuestas un fondo ulterior y común en el 
cual puede tener lugar un recíproco reconocimiento y una compartición de 


STeniendo su origen el movimiento comunista en el Espíritu Santo, resulta menos in- 
explicable la introducción de Karl Marx en el Missel des dimanches promulgado por el 
episcopado francés, donde en la p. 139 se recuerda al fundador del comunismo el 14 de 
marzo, día de su muerte 


11.6. Más sobre los cristianos comprometidos 213 


valores. 

La fórmula que recoge tal equivalencia de sistemas en la inspiración de 
fondo es que hay valores comunes que son percibidos de maneras diferentes 
según el medio al que se pertenezca (n. 29). 

Aquí late una negación del sistema católico. El documento expolia al hom- 
bre de la capacidad de captar un valor en su ser propio y solamente le asigna 
la posibilidad de percibirlo según su condición subjetiva (que aquí no es el 
idiotropion de la psicología individual, sino la idiotropion de la situación de 
clase del sujeto). Puesto que las percepciones difieren, pero el valor percibido 
diferentemente es idéntico, los obispos pueden afirmar que dos concepciones 
contradictorias son sin embargo percepciones diferentes de lo mismo. Esta 
forma de subjetivismo está deducida del análisis marxista, que considera que 
la percepción brota de la situación social. Por tanto en el documento francés 
se desconoce la diferencia entre las esencias. La religión no es para los obispos 
un principio, sino una interpretación y un lenguaje. 

El Verbo cristiano ya no es principio y caput, sino una interpretación 
destinada a conciliarse con las otras interpretaciones en un quid confuso, que 
unas veces parece ser la justicia y otras el amor. 

Este desconocimiento del carácter esencial de la oposición entre cristian- 
ismo y marxismo aleja al documento de las enseñanzas de Pío XI, que califica 
al comunismo como intrínsecamente perverso. 

Y por otro lado pone de manifiesto la simpatía de los redactores hacia la 
opción socialista, ya que al tiempo que rechazan la perversidad esencial del co- 
munismo estigmatizan como intrínsecamente perverso al sistema capitalista 
(n.21): así desaparejan a los dos sistemas, que sin embargo han condenado 
por igual las enseñanzas papales, desde la Rerum novarum a la Populorum 
progressio. 

Después de haber encontrado falazmente al Espíritu Santo y a Jesucristo 
(n. 47) en el dinamismo del mundo obrero y colocado la opción socialista 
a la par con el compromiso cristiano, el documento se lanza a una nueva y 
última confusión: sentencia que si el trabajo de los cristianos comunistas en 
favor de mayores justicia, fraternidad e igualdad, alcanza ese citado fondo 
común, encuentra una forma real de contemplación y de camino misionero 
(n. 54). La praxis marxista y la lucha de clases usurpan así el lugar de la 
contemplación, que como es conocido ocupa el lugar supremo. 


11.6. Más sobre los cristianos comprometidos 


El valor de la identidad profunda de los contradictorios, disueltos en un 
imaginario valor anterior, hace posible expoliar de su especificidad las tesis 


214 11. Movimientos religiosos y sociales 


de las dos escuelas opuestas, y por tanto negar su oposición. 

Ateniéndonos sólo a lo fundamental, la opción socialista contradice dos 
artículos fundamentales de la doctrina social de la Iglesia: el principio de la 
propiedad privada y el principio de la armonía entre las clases sociales. 

Mientras Juan XXIII en la Mater et Magistra afirma el derecho natural 
a la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción y auspicia 
su difusión (n. 113), el documento francés (adoptando un análisis marxista) 
restringe la afirmación papal negando que la propiedad societaria (dominante 
hoy en la economía y controlada por un pequeño número de accionistas), entre 
en la categoría de la propiedad privada y deba ser protegida como un valor 
de derecho natural. 

Pero la defección más evidente de la doctrina social católica es aquélla por 
la cual se identifica la lucha por la justicia con la lucha de clases, suponiendo 
que la justicia no pueda realizarse más que yendo más allá de la justicia: 
siendo una especie de contrainjusticia. 

Ello supone que el orden social es independiente del orden moral y que 
hace falta trascender éste para instaurar aquél. 

La lucha de clases es una acción de guerra inducida dentro del conjunto de 
las sociedades civiles, y según la doctrina de Lenin y Stalin, jamás abandona- 
da, tiende a transferirse, cuando lo dicten las circunstancias, al conjunto de 
la sociedad etnárquica: se convierte así en guerra de toda la clase obrera del 
mundo contra toda la clase no obrera del mundo. 

Si se equipara la lucha de clases (que ha sido condenada por la Iglesia) 
con una obra de justicia, es evidente que al ser una actividad de guerra habría 
que incluirla en la categoría de la guerra justa, que es guerra lícita. 


11.7. Debilidad de las antítesis 


La debilidad de la antítesis entre comunismo y cristianismo, cuya evolu- 
ción lógica hacia la teología de la liberación veremos en el próximo epígrafe, 
es consecuencia de dos hechos: el disenso doctrinal en el seno del comunismo 
y la doctrina enunciada por Juan XXIII en la Pacem in Terris. 

En cuanto al primer hecho (llamado éclatement du marrisme) debe men- 
cionarse ante todo la reforma hecha por algunos partidos comunistas en sus 
estatutos, al prescindir de la necesidad de profesar el materialismo histórico 
y admitiendo en el partido incluso a quienes se inspiran para el compromiso 
obrero en otras ideas filosóficas o religiosas. 

Esta transformación del comunismo había estado precedida por la In- 
ternacional socialista, que al reconstituirse en Frankfurt en 1951 establecía 
en el punto IX del preámbulo: El socialismo democrático es un movimiento 


11.7. Debilidad de las antítesis 215 


internacional que no exige una rigurosa uniformidad doctrinal. Ya sea que 
funden sus propias convicciones sobre el marxismo o sobre otros sistemas 
de análisis de la sociedad, o que estén inspirados por principios religiosos y 
humanitarios, todos los socialistas luchan por el mismo fin: un sistema de 
justicia social, de mayor bienestar, de libertad y paz mundiales (RI, 1951, p. 
576). 

Epocados todos los principios específicos del marxismo (como el materia- 
lismo histórico, el rechazo de la religión, la expropiación de los medios de pro- 
ducción, o la lucha de clases) resulta posible la convergencia de movimientos 
heterogéneos en una ideología atípica, como la de la justicia, el bienestar y 
la paz. 

De este modo el documento de Frankfurt se emparenta con el documento 
del Episcopado de Francia: pasa por encima de lo específico para encontrar 
un fundamento genérico y confuso. En realidad, la justicia es algo totalmente 
distinto en el pensamiento de los Papas (que la conciben como comunidad 
de las riquezas en cuanto a su uso) y en la ideología marxista (que quiere 
llevarla a cabo mediante la centralización estatal de todos los bienes). 

A esta convergencia de las dos doctrinas concurren también las discre- 
pancias surgidas entre los teóricos del marxismo. Permaneciendo en Francia, 
bastará recordar la disidencia de Garaudy, que rechazando la centralización 
del poder como único medio de realización del comunismo imagina un cen- 
tralismo democrático y policéntrico; y la de Althusser, que rechazando el 
primado exclusivo de lo económico, doctrina corriente entre los marxistas, 
admite una pluralidad de estructuras, asignando a la económica solamente 
una primacía dominante sobre las otras ” . 

Sin embargo, estas variantes dejan intacta la esencia del comunismo. Se 
explican simplemente por la diversidad que nace de toda elaboración intelec- 
tual realizada a partir de una idea fundamental. Se podrían parangonar estas 
variedades del marxismo a las variedades en las cuales se debate la teología, 
cuando se introduce en la deducción del principio y en las interpretaciones 
del dato de fe. 

Se abre entonces un campo amplísimo a la disputa de lo disputable, según 
diversas escuelas (tomista, escotista, suarista, rosminiana) en las cuales el 
intelecto cristiano está preso en obsequio a la fe, pero no más allá de las 
palabras de la fe; y es en éstas, y no en las argumentaciones teológicas de 
cada escuela, en lo que todas las escuelas coinciden. 

Pero volvamos al marxismo. Las diversas especies del género no pueden 
ni ensanchar el principio de modo que llegue a incluir a su opuesto, ni que- 


"Sobre las variantes del comunismo, ver MAURICE CORVEZ, Los estructuralistas, Ed. 
Amorrortu, Buenos Aires 1972, cap. 5, págs. 114 y ss. 


216 11. Movimientos religiosos y sociales 


brantarlo, ni alterarlo. Además, el partido, la fuerza históricamente eficaz, 
ha repudiado siempre el ataque de sus variantes contra el principio. Georges 
Marchais, secretario general del Partido Comunista francés, entrevistado por 
el diario La Croix, declaraba sin ambages: No queremos crear ilusiones sobre 
este punto: entre el marxismo y el cristianismo no hay conciliación posible, 
ni convergencia ideológica posible. Esta declaración coincide enteramente con 
la del presidente social comunista de Francia, Francois Miterrand, en el li- 
bro Aquí y ahora (Ed. Argos-Vergara; prólogo de Felipe González), que es 
una declaración abierta contra la religión. Se afirma en él la perfecta Dies- 
seitigkeit del comunismo, que sustituye el destino ultramundano del hombre 
por la visión de una felicidad que debe conseguirse ¿ci (aquí: en el mundo) y 
maintenant (ahora: no en la vida futura). 

Y si se acude a las fuentes doctrinales del movimiento, nos encontramos 
con el texto de Lenín citado en OR, 5-6 julio de 1976: Los comunistas que 
se alían con los socialistas democráticos y con los cristianos no dejan de 
ser revolucionarios, porque coordinan tales colaboraciones con vistas a su fin 
propio, que es la destrucción de la sociedad burguesa. 

Esta referencia al principio comunista es paralela a la realizada por Pablo 
VI al principio católico en la Carta apostólica del 14 de mayo de 1971 al card. 
Roy: El cristiano que quiere vivir su fe en una acción política concebida como 
servicio, tampoco puede adherirse sin contradicción a sistemas ideológicos que 
se oponen radicalmente o en los puntos sustanciales a su fe y a su concepción 
del hombre (Octogesima Adveniens, n. 26). Es curiosa la negación que hace 
OR de 1 de septiembre de 1982 de la distancia entre cristianismo y marxismo, 
en un artículo titulado Cultura, pluralismo y valores. Con tesis novísimas se 
niega en él la oposición enseñada por Pío XI: Realmente es digno de plantearse 
si todavía persiste el patrón de análisis que distinguía entre cultura católica 
y cultura marzrista. 

Parece que el autor ignora quasi modo genitus infans la Divini Redemp- 
toris y todos los documentos pontificios. 


11.8. Principios y movimientos en la Pacem 
in Terris 


Y sin embargo parece que tanto el catolicismo como el comunismo se han 
apartado de esta posición de integridad lógica que aleja ¿n infinitum las dos 
concepciones sin posible coincidentia oppositorum. 

A los católicos el impulso les ha llegado de un pasaje famoso de Juan 
XXIII en la Encíclica Pacem in terris: Es también completamente necesario 


11.8. Principios y movimientos en la Pacem in Terris 217 


distinguir entre las teorías filosóficas falsas sobre la naturaleza, el origen, el 
fin del mundo y del hombre, y las corrientes de carácter económico y social, 
cultural o político, aunque tales corrientes tengan su origen e impulso en tales 
teorías filosóficas. Porque una doctrina, cuando ha sido elaborada y definida, 
ya no cambia. Por el contrario, las corrientes referidas, al desenvolverse en 
medio de condiciones mudables, se hallan sujetas por fuerza a una continua 
mudanza (n. 159). 

La tesis del Papa se presenta como una deducción de la máxima enseñada 
siempre por la Iglesia, según la cual es necesario distinguir entre el error y 
el que yerra, entre el aspecto puramente lógico del asentimiento y el aspecto 
que éste reviste en cuanto acto de la persona. 

El defecto contingente de una disposición mental no quita a la persona 
su destino hacia la verdad y la dignidad axiológica que deriva de ella. Esta 
dignidad proviene del origen y la finalidad ultramundana del hombre, que 
ningún hecho intramundano puede cancelar y que es más bien propiamente 
indestructible: incluso en los condenados tal dignidad subsiste. 

Pero de esta máxima que distingue al error de quien yerra, la encíclica 
llega a la distinción entre la doctrina y los movimientos que se inspiran en ella; 
califica a las doctrinas como inmutables y cerradas en sí mismas, mientras 
los movimientos dentro del flujo de la historia estarían en continuo fieri, y 
perpetuamente abiertos a novedades que los transforman hasta convertirlos 
en sus contrarios. 

Pero la legítima distinción entre el movimiento (masa de hombres con- 
cordantes) y la idea que lo inspira no puede apagarse hasta atribuir fijeza 
a la doctrina y flexibilidad al movimiento. Puesto que el movimiento inicial 
originado por la doctrina sólo puede concebirse como una masa de personas 
que están de acuerdo en ella, no se puede pensar que queda fijada sin la ex- 
istencia de personas con esas ideas coincidentes, ni que la masa (plegándose 
según el devenir histórico) se quede sin ninguna referencia a la doctrina. 

La masa se mueve porque la va repensando, y la doctrina participa del 
flujo histórico en cuanto se trata de opiniones de hombres en movimiento. La 
historia de la filosofía, ¿no es quizá la historia de los sistemas en su desarrollo 
y devenir? ¿Cómo se puede decir que los sistemas son fijos y solo los hombres 
que los piensan se mueven? 

Parece por consiguiente que la encíclica descuida el nexo dialéctico siem- 
pre apremiante entre lo que las masas piensan (ciertamente de un modo 
menos diferenciado que los teóricos) y lo que las masas hacen sin conexión 
con la ideología, la cual sólo tendría como función dar inicio al movimiento. 

Se descuida aquí la precedencia del pensamiento sobre la praxis y da 
la impresión de que las ideologías son hijas del movimiento, en vez de sus 
progenitoras. 


218 11. Movimientos religiosos y sociales 


Ciertamente las ideologías se resienten de las fluctuaciones propias de los 
hombres que fluyen en la historia, pero la cuestión que se impone sigue siendo 
si los movimientos cambiantes continúan o no inspirándose en el principio del 
cual nacieron. 

Después de haber separado la doctrina y el movimiento para consentir a 
los católicos adherirse a éste y guardar reservas respecto a aquélla, la encíclica 
enuncia también otro criterio para permitir a los católicos la cooperación 
con fuerzas políticas opuestas: Por lo demás, ¿quién puede negar que, en la 
medida en que tales corrientes se ajusten a los dictados de la recta razón y 
reflejen fielmente las justas aspiraciones del hombre, puedan tener elementos 
moralmente positivos dignos de aprobación? (n. 159). 

La tesis del Papa responde al antiguo y común sentimiento de la Iglesia, 
ya expresado por San Pablo: Omnia autem probate (...), quod bonum est 
tenete (I Tes. 5, 21) $ . Pero ante todo, según las palabras del Apóstol, no se 
trata de experimentar (es decir, de participar del movimiento en la praxis), 
sino de examinar para discernir y apegarse en la praxis a lo que por ventura 
se encuentre de positivo en el movimiento. 

Y sin embargo, el consentimiento y la cooperación, que son posibles cuan- 
do los hombres dirigen la voluntad a objetivos inferiores y contingentes, se 
hacen imposibles cuando la dirigen hacia fines últimos incompatibles entre 
sÍ. 

Ahora bien, toda la vida política para el catolicismo está subordinada a 
un fin último ultramundano, mientras que para el comunismo está ordenada 
al mundo y repudia todo fin fuera de él. 

No sólo prescinde, como hace el liberalismo, sino que lo repudia. En la 
condena del comunismo no resultan condenados los fines subordinados que 
persigue, sino ese objetivo último de absoluta sistematización terrena del 
mundo a la cual van dirigidos los fines subordinados, e incompatible con el 
fin de la religión. En realidad, cuando dos agentes que tienen fines últimos 
antitéticos participan en la misma obra, no hay cooperación salvo en sentido 
material, porque las acciones son calificadas por el fin y aquí los fines son 
antitéticos. El efecto total de la cooperación concordará con el fin de aquél 
de los cooperantes que haya sabido prevalecer ? . Resulta útil observar que 
esos elementos positivos que se reconocen en el movimiento son considerados 
en la encíclica como propios de la ideología comunista, cuando en verdad son 


SExaminadlo todo y quedaos con lo bueno 

%La cooperación entre fuerzas antitéticas respecto al fin último fue enunciada por RON- 
CALLI, siendo Patriarca de Venecia, en un mensaje al Congreso del Partido Socialista 
italiano en 1957, hablando de común elevación hacia los ideales de verdad, de bien, de 
justicia y de paz. Ver GREGORIO PENCO, Storia della Chiesa in Italia, Milán 1978, vol. 
11, p. 568. 


11.9. Sobre la existencia de un socialismo cristiano. Toniolo. Curci 219 


primordialmente valores de la religión (incluidos los de justicia natural) y 
adquieren su significado y su fuerza interna solamente cuando son remitidos 
al complejo de las ideas religiosas. 

Por tanto no basta con reconocerlos, sino que hace falta reconocerlos 
como partes de una verdad completa y reivindicarlos para la religión, a fin de 
restituir su total integridad. Pero esta acción de reivindicación (que arrebata 
al movimiento, como algo que no es suyo, lo que en él parece justo y razonable, 
y lo restituye a la religión) está ausente en Pacem in terris. 

La encíclica enuncia más bien el reconocimiento de valores que se en- 
contrarían a pari en el movimiento comunista y en el cristianismo, y por 
consiguiente remiten a un valor anterior y común que otorgaría valor a am- 
bos. 

No se especifica en la encíclica cuál es éste, que sería el verdadero y 
auténtico valor principal, ni podría especificarse sin que el valor de la religión 
(que es el primum) se degradase a ser un medio para aquel primer valor 
común. 

La coherencia abstracta de las ideas lógicamente encadenadas y que se 
desenvuelven de una a otra sin posibilidad de detención, es bastante más 
fuerte que la coherencia táctica que los hombres se esfuerzan en llevar a cabo 
entre ideas que se repelen. Así, de la opción de los cristianos por el marxismo, 
que contiene en sus entrañas la lucha de clases culminante en la revolución, 
tenía que brotar una teología de la liberación. 

El fenómeno citado en el epígrafe precedente, de que el fin que prevalece 
absorbe al fin del otro cooperante incompatible con el primero, se ha verifi- 
cado exactamente en el paso desde la opción comunista a la teología de la 
liberación. 


11.9. Sobre la existencia de un socialismo cris- 
tiano. Toniolo. Curci 


Hay un concepto legítimo de socialismo cristiano. Giuseppe Toniolo, en 
Indirizzi e concetto sociale (diseñando no ya una nueva forma del Cristianis- 
mo, sino un nuevo ciclo de la civilización cristiana), preconizaba en el orden 
religioso una renovación de la unidad y de la sobrenaturalidad contra la 
herejía y el racionalismo; y estrechamente unida a ésta, una renovación en el 
orden social con la recomposición orgánica de las clases y con la integración 
del proletariado en la sociedad. Con la idea del auténtico patronazgo y de la 
auténtica hermandad, el catolicismo debe sustituir por completo al socialismo 
marxista. 


220 11. Movimientos religiosos y sociales 


Más detallado aún es el pensamiento del célebre padre Curci en la obra 
titulada Di un socialismo cristiano (1895), informada por la idea de la actitud 
social del cristianismo hasta entonces sólo implícita. Curci reclama las ideas 
cristianas de riqueza, que supone una cantidad de bienes condividida, y de 
comunidad social, que pretende asemejar a todos los miembros del cuerpo 
social, no en modo aritmético sino proporcional. El fondo de la cuestión puede 
expresarse en el verso horaciano: Cur indiget indignus quisquam te divite? 
(Sat. IT, IT, 103) *% . Aquí se mantiene el concepto de justicia, pero contra este 
indignus los ricos hacen valer la calumnia profetizada por Amós 4, l: vaccae 
pingues quae calumniam facitis egenis ** . Y Curci capta agudamente la 
delicadeza especialísima de la reforma social contemplada en sentido católico. 

La reforma debe eliminar la injusticia consumada contra una parte del 
cuerpo social sin fomentar el odio contra las demás partes. Si se fomenta 
ese odio y deja de ser la justicia un fruto del amor social, convirtiéndose 
por el contrario en una simple contrainjusticia, toda la acción social queda 
corrompida. 

Como se ve, tanto este socialismo cristiano de Curci como el de Toniolo 
rechazan el principio marxista de la lucha de clases y buscan una reforma 
social que no sea efecto de una lucha violenta; y ni siquiera primordialmente 
obra de las leyes civiles, sino fruto del desarrollo moral de la cristiandad. 

Es preciso mantener firmes dos artículos esenciales del sistema católico. 
Primero: el fin del género humano es sobrenatural; en este mundo se sirve 
al valor absoluto, y en el otro se goza de él. Segundo: la obra del hombre 
no puede prevaricar contra la justicia, ante la cual ningún hecho y ninguna 
utilidad pueden prevalecer. 


11.10. La doctrina del Padre Montuclard y la 
desustanciación de la Iglesia 


Estos dos artículos son suplantados en la praxis y en la teoría de los 
movimientos cristianos que optan por el marxismo. Por su citerioridad (Dies- 
seitigkeit) absoluta, el movimiento queda constreñido a situar la finalidad reli- 
glosa ultramundana por debajo de la liberación económica y el eudemonismo 
mundano. El proceso se realiza en tres fases. Primero se iguala el fin de la 
justicia mundana con el fin ultramundano del hombre, dejando los dos mo- 
tivos a la par. Después se desaparejan, elevando el fin terrenal y aparcando 


10; Por qué hay quien yace en la indigencia sin culpa suya, mientras que tú eres rico? 
MEscuchad estas palabras, vacas de Basán, que vivís en el monte de Samaría; que oprimís 
a los desvalidos y holláis a los pobres, y decís a vuestros señores: Traed y beberemos 


11.10. La doctrina del Padre Montuclard y la desustanciación de la Iglesia 221 


el sobrenatural. Finalmente se hace predominar la visión mundana abando- 
nando lo específico del cristianismo, refutado como opinión falsa o relegado 
a la órbita de las opiniones subjetivas e irrelevantes. 

A este propósito es importante por su significación prodrómica *? el libro 
titulado Les événements et la foi 1940-1952, expresión del movimiento Jeu- 
nesse de l'Eglise del dominico Montuclard, prohibido por el Santo Oficio con 
decreto del 16 de marzo de 1953. Contra el libro ya habían advertido a los 
católicos los obispos franceses, aunque el decreto romano de condena del co- 
munismo de 1949 hubiese quedado en letra muerta 1%. Más tarde apareció en 
el OR de 19 de febrero de 1954 una denuncia sobre los movimientos católi- 
cos de opción marxista. La doctrina delineada en el libro ataca la doctrina 
de la Iglesia en varios puntos, a lo que se añade la denigración de la Iglesia 
histórica bajo la máscara de un celo amargo y acrimonioso. 

El primer ataque a la verdad católica está en el modo de concebir la fe. 
Ésta es considerada como un sentimiento de comunión con Dios: como una 
experiencia de lo divino, separada de toda justificación racional y de toda 
expresión en fórmulas teóricas verdaderas. 

El segundo es una resonancia de las herejías medievales de la espiritua- 
lidad pura. El p. Montuclard considera que lo espiritual y lo temporal son 
heterogéneos, y que lo espiritual no tiene influjo sobre las realidades tempo- 
rales. Pero la doctrina de los dos órdenes independientes es aquí aplicada de 
modo que destruye la esencia misma de la Iglesia. 

En realidad, de las dos liberaciones, la relativa liberación temporal (co- 
mo se ha realizado con la abolición de la esclavitud y se va realizando con la 
supresión de la guerra) y la liberación espiritual, la primera es completamente 
remitida al comunismo, y la segunda puede solamente seguir a la primera: 
En lo sucesivo los hombres exigirán a la ciencia, a la acción de las masas, 
a la técnica, y a la organización social, la realización a una escala mucho 
mayor de esa liberación humana de la que la Iglesia se había ocupado en el 
pasado sólo por añadidura (p. 56). La misión de la Iglesia en la vida presente 


12Este párrafo sobre la doctrina del p. MONTUCLARD nos dispensa de hacer un análisis 
extenso del documento promulgado en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe 
sobre ciertos puntos de la llamada teología de la liberación. Los principios de tal teología 
son idénticos a los del p. Montuclard, que el Santo Oficio había ya condenado muchos años 
antes. La perspicacia del antiguo Santo Oficio derivaba de Prometeo, no de Epimeteo: quien 
tiene el sentido de los principios tiene igualmente el sentido de los desarrollos futuros de 
una doctrina. 

13 L "ami du clergé, revista difundidísima entre el clero de Francia, respondiendo a quien 
les preguntaba porqué el decreto no se aplicaba en Francia, citaba las prescripciones de 
los obispos, que expresan una voluntad formal de aplicar y de ver aplicado en todas partes 
el decreto romano; pero no podía negar el hecho general e intentaba reducirlo a alguna 
negligencia (op. cit., 1953, p. 267). 


222 11. Movimientos religiosos y sociales 


se esfuma: Los hombres ya no se interesarán por la Iglesia más que a partir 
del momento en que hayan conquistado lo humano. Por tanto se vacía históri- 
camente al cristianismo de posibilidades, ya que lo que él puede en virtud 
de la fe no tiene raíz en sí mismo, y todas sus posibilidades dependen de la 
antecedente obra de liberación humana, que compete sólo al comunismo. 

Del cristianismo, primum e incondicionado, se hace algo secundario y 
condicionado. No sólo se le impide concurrir indirectamente a la liberación 
humana, sino que se le considera efecto de la liberación humana previamente 
operada por el comunismo. La liberación espiritual (el reino de Dios) espera 
recibir su propio ser de un cambio temporal, o por lo menos totalmente 
humano. 

No hace falta señalar cómo aquí está implicado el error primario del comu- 
nismo: destina a algunos hombres a la liberación (los que vivan aún cuando 
llegue la liberación temporal) mientras sacrifica las presentes generaciones 
a las futuras; como si no todos los hombres, sino sólo algunos, estuviesen 
ordenados a su fin. 

En segundo lugar la vida futura ultramundana, inalcanzable antes de ser 
instaurado el paraíso en la tierra, deja a la Iglesia inane e inerte en el presente 
de la historia. Más aún: si en virtud de su esencia sobrenatural y ucrónica la 
Islesia ejercitase en nuestro tiempo su oficio de predicar la verdad, apelar a 
lo ultramundano y edificar el hombre nuevo, el destino del hombre resultaría 
impedido. 

Como la perfección humana es la condición de la liberación espiritual, 
subordinar o simplemente coordinar lo temporal a lo espiritual es algo ru- 
inoso para el género humano. El p. Montuclard lo profesa sin ambigúedad: 
No, los obreros cristianos no desconocen el cristianismo. ¡Cuántas veces no 
habrán escuchado el mensaje cristiano! Pero ese mensaje les ha parecido un 
engañabobos. Y ahora, se les hable del infierno, de la resignación, de la Igle- 
sia, o de Dios, ellos saben que en realidad todo eso sólo sirve para arrancarles 
de las manos los instrumentos de su propia liberación. Aquí se adopta el pen- 
samiento propio de los Jacobinos, según el cual la religión puede aparecer a 
la mente desapasionada como una impostura cuya finalidad es desarmar la 
justicia. Está presente también el motivo, incompatible con el catolicismo, 
de que el reino previsto en el Evangelio es la instauración del hombre en la 
plenitud natural del hombre, y no la instauración de una nueva criatura. 

Y la inferencia práctica de tal axiología es la ineficacia absoluta del cris- 
tianismo en el mundo presente y su obligación de retirarse, de contraerse, de 
callar ante la expectativa de la liberación temporal: la única de la cual puede 
nacer la liberación espiritual; pero, ¿para qué, si el hombre habrá alcanza- 
do entonces su perfección humana? Las palabras de Jeunesse de l'Eglise son 
conmovedoras: ¿Qué queréis entonces que hagamos? No hay para nosotros 


11.11. Paso de la opción marzista a la teología de la liberación 223 


más que una actitud posible y veraz: callarnos, callarnos durante largo tiem- 
po, callarnos durante años y años, y participar en toda la vida, en todos los 
combates, en toda la cultura latente de esta población obrera a la que, sin 
quererlo, hemos confundido tan a menudo (pp. 59-60). 


11.11. Paso de la opción marxista a la teología 
de la liberación 


Paso de la opción marxista a la teología de la liberación. El 
nuncio Zacchi. El documento de los diecisiete obispos 

Este vaciamiento o inanición del cristianismo profesado por Montuclard lo 
liga claramente con los ideólogos del marxismo. Estando éstos desligados de la 
necesidad de hablar ahorrando palabras, como hacen a menudo los políticos, 
y siendo más fuertes en la facultad lógica, profesan como axioma la incon- 
ciliabilidad de marxismo y cristianismo. En la gran Historia de la filosofía ** 
, de la cual salió en 1967 el sexto tomo en traducción alemana, se define al 
hombre como Naturwesen (pura naturalidad), se contempla el desarrollo del 
pensamiento como evolución hacia el ateísmo y el humanismo radical, y la 
actual aproximación dialéctica al catolicismo está explicada como efecto de 
la inclinación de la fe, que cede ante la ciencia y la mentalidad moderna. El 
diálogo es un momento puramente táctico que no puede incluir concesiones 
sobre la doctrina. Pero frente a la firmeza lógica de los comunistas abundan 
en la llamada Gauche du Christ los que admiten el carácter positivo de la 
lucha de clases y su compatibilidad con la religión, o incluso reconocen en el 
comunismo una naturaleza intrínsecamente cristiana. No me detendré sobre 
las declaraciones del nuncio Mons. Zacchi, que tras visitar Cuba dijo que el 
régimen comunista de Fidel Castro no es ideológicamente cristiano, pero lo 
es éticamente; ¡como si se pudiese tomar por cristiano, bajo cualquier aspec- 
to, un sistema en el cual la idea de Dios es una ilusión funesta para el género 
humano! ¡Como si el cristianismo no fuese una idea, y una ética cristiana 
pudiese germinar a partir de una idea no cristiana! De mayor relevancia es 
el documento firmado por diecisiete obispos de todo el mundo y publicado 
el 31 de agosto de 1967 por Témoignage chrétien. El documento realiza el 
salto desde el reconocimiento positivo del comunismo hasta la teología de la 
liberación. 

Según Mons. Helder Camara (primer firmante y redactor del documento) 
la Iglesia no condena, sino que acepta e incluso promueve las revoluciones 


MeGeschichte der Philosophie, herausgegeben ven der Akademie der Wissenschaften der 
URSS, Berlín 1967. 


224 11. Movimientos religiosos y sociales 


que sirven a la justicia. Ciertamente esta proposición pertenece al sistema 
católico, y fue conducida a su perfección teórica por los teólogos españoles 
del siglo XVI, rebeldes ante el despotismo regio; pero en la formulación de 
Camara se convierte en un error, porque atribuye a la clase que se rebela 
el juicio sobre la justicia de la causa, mientras la doctrina correcta exige un 
consentimiento al menos implícito del cuerpo social. 

Además deben intentarse las vías no violentas, la transacción, el consenso 
y la cooperación, preconizadas a tal efecto por la sociología católica. El docu- 
mento hace sin embargo de la revolución un medio legítimo e idóneo por 
sí mismo para la reforma social. En fin, colocando dos conceptos dispares bajo 
un mismo término, pretende que el Evangelio es un principio consustancial 
a la revolución marxista por la razón de que el Evangelio ha sido siempre, 
visible o invisiblemente, en la Iglesia o fuera de la Iglesia, el más poderoso 
fermento de mutaciones profundas de la Humanidad desde hace veinte siglos. 

Realmente créve les yeux este tránsito ilegítimo desde la transformación 
moral operada por el cristianismo hasta la agitación revolucionaria, así como 
la carencia de fundamento de la causalidad universal atribuida al cristianismo 
en toda revolución del género humano. No sólo entrarían en ella la Revolución 
francesa (en la cual, con diagnóstico superficial o por lo menos discutible, 
Mons. Camara ve una impronta cristiana), sino incluso la revolución religiosa 
del Islam y la Revolución rusa, manifiestamente atea * . La falta de un sólido 
criterio hace ver todo en todo y perder la distinción entre unos hechos y otros. 
El documento ataca después la complicidad de la Iglesia con el dinero y la 
riqueza injusta, condena el interés en el préstamo, exige no que la justicia 
social sea otorgada a los pobres, sino arrancada por los mismos pobres a 
los ricos, y sustituye abiertamente la transformación armónica por la guerra 
social. 

Como no ve realizados los valores cristianos en el Cristianismo, sino en 
el comunismo, el documento concluye: La Iglesia no puede sino alegrarse de 
ver aparecer en la Humanidad un sistema social menos alejado de la moral 
evangélica. Lejos de poner mala cara a la socialización, sepamos adherirnos 
a ella con alegría como a una forma de vida social mejor adaptada a nuestro 
tiempo y más conforme al Evangelio. 

El documento de los Diecisiete es claramente antitético a la posición que 
Pío XII delineó en la Navidad de 1957 declarando imposible no sólo la con- 
vergencia, sino incluso el diálogo con el comunismo; y esto porque no puede 
haber razonamiento si no hay un lenguaje común, al referirse en este caso la 
antítesis a valores absolutos. 


l5Baste recordar la célebre carta de LENIN a Máximo Gorki, en la que la religión es 
llamada una infamia indecible y la más repugnante de las enfermedades. 


11.12. Juicio sobre el documento de los diecisiete obispos 225 


El Papa condenaba después la actitud que los Diecisiete han hecho ahora 
propia: Con profundo dolor debemos lamentar el apoyo prestado por algunos 
católicos, eclesiásticos y laicos, a la táctica de la confusión. ¿Cómo puede 
aún no verse que ése es el objetivo de toda esa insincera agitación escondida 
bajo los nombres de «Coloquios» y «Encuentros» ? ¿Qué finalidad tiene, desde 
nuestro punto de vista, razonar sin tener un lenguaje común, y cómo es 
posible encontrarse si los caminos divergen, si una de las partes rechaza e 
ignora los comunes valores absolutos? (RI, 1957, p. 17). 


11.12. Juicio sobre el documento de los dieci- 
siete obispos 


La conclusión del documento excluye equívocos, pero su punto de partida 
es falso. Tanto en cuanto sistema de pensamiento como en cuanto puesta en 
práctica de ese pensamiento, tanto por haberlo admitido sus ideólogos como 
por sentencia de todos los Pontífices, el comunismo no es un sistema social al 
cual los obispos puedan aplaudir como a una de las posibles formas políticas, 
sino un completo sistema axiológico que repugna intrínsecamente al sistema 
católico. La reducción del comunismo a simple sistema social (como en las 
célebres Reducciones *? del Paraguay) le quita el aguijón, pero desnaturaliza 
su esencia. El paso de la opción marxista a la teología de la liberación se hace 
posible porque a los diecisiete obispos se les escapan la esencia del comunis- 
mo y la esencia misma del cristianismo. Y si externamente considerado, el 
aplauso a la lucha de clases se compagina mal con las condenas del Magisterio 
(y esta disconformidad plantea también un problema de coherencia a la je- 
rarquía), internamente considerado el documento se aparta del pensamiento 
católico al menos en dos puntos. Á causa de una defectuosa teodicea, calla 
el principio escatológico de la religión, por el cual la tierra está hecha para el 
cielo y la noción integral del destino humano sólo puede comprenderse desde 
la prospectiva ultramundana. Además, por una defectuosa visión histórica, 
el documento calla el principio de la injusticia social, que la religión ubica en 
el desorden moral y por tanto se encuentra distribuido entre todas las partes 
del cuerpo social, no pudiendo atribuirse a esa única parte que disfruta de 
las felicidades mundanas. 

En suma, falta en el documento tranquilidad de juicio, ya que los obispos 
se ponen sólo de una parte, con preterición de todo el movimiento obrero 
católico rechazado por los ricos; y falta además la superior tranquilidad del 
ánimo religioso, que iluminando la historia descubre en ella una dirección que 


16(N. del T.) En español en el original. 


226 11. Movimientos religiosos y sociales 


va más allá de la historia. No se encuentran en el documento ni el Alfa ni el 
Omega que rigen la teología de la historia. En realidad aquí no hay teología 
de la historia, sino una filosofía de la Diesseitigkeit que solamente conoce 
la liberación de la miseria mundana y solamente la espera de la perfección 
autónoma del hombre. 


11.13. Más sobre las opciones de los cristianos. 
Mons. Fragoso 


La preterición de la obra social del catolicismo y de su doctrina social 
(separándose el documento de los diecisiete obispos de la enseñanza de la 
Iglesia) es llamativa también en otros documentos episcopales en los cuales 
la liberación espiritual producida por el cristianismo resulta ser cronológica o 
axiológicamente posterior a la lucha por la justicia en el mundo. Es evidente 
que dicha posposición no sólo destituye y degrada al cristianismo, sino que lo 
destruye, al ser la religión intrínsecamente un primum y no pudiendo descen- 
der de ese primado sin perecer. Mons. Antonio Fragoso, obispo de Crateús 
(Brasil), enseña abiertamente que el fin sobrenatural de la Iglesia debe ser 
pospuesto a la lucha por la justicia mundana. En una entrevista concedida a 
ICI, n. 311 (1968), pp. 4 y ss., el obispo niega el saltus entre vida mundana 
y vida eterna, entre la naturaleza y lo sobrenatural; el designio de Dios es 
(dice) que este mundo sea justo, fraterno y feliz; el Reino de Dios se realiza 
en la vida presente de tal modo que tras la Parusía el mundo continuará sin 
catástrofe en el Reino eterno, estando ya en ese momento realizados los cielos 
nuevos y la nueva tierra 1” . Las doctrinas del quiliasmo, tanto las antiguas 
como las que lo son menos (la última gran sistematización es de Campane- 
lla), se fundaban sobre una instancia teológica legítima: el cristianismo es un 
sistema completo, y Cristo, Razón eterna encarnada, debe producir también 
la perfección temporal del hombre y no sólo la espiritual y sobrenatural, que 
le dejaría en minoría respecto a las cosas del mundo. El milenarismo tenía 
clara la distinción entre el cielo y la tierra, entre la historia y la eternidad; y 
no sostenía que la perfección mundana, la civilización, fuese la incoación del 
Reino * , 

Aquí sin embargo la tierra nueva y los nuevos cielos no trascienden, sino 
que continúan la Creación; y así la perfección del mundo se convierte en su 


17Es superfluo observar que esta parusía destinada a acaecer en un mundo ya maduro 
en la perfección es opuesta ad litteram a la Parusía descrita en la Escritura, en la que 
concurrirán errores, huidas, odios y desastres. 

18Ver ROMANO AMERIO, 1I sistema teologico di Tommaso Campanella, Milán-Nápoles 
1972, cap. VII, pp. 272 y ss. 


11.13. Más sobre las opciones de los cristianos. Mons. Fragoso 227 


finalidad, desaparece la subordinación de todo a Dios, y la Iglesia se confunde 
con la organización del género humano. 

Eclipsado el orden trascendente, los fines terrenos pueden ser perseguidos 
con el carácter absoluto propio de los fines últimos, y la sumisión a la ley, 
junto con los deberes de obediencia y paciente fortaleza, se extingue a causa 
del derecho a la felicidad en este mundo. La violencia se convierte en el deber 
cristiano más alto, inmediatamente conectado con su responsabilidad: Se le 
reconoce a la conciencia adulta una responsabilidad y un derecho a optar por 
la violencia. Todos los problemas que en una concepción correcta pertenecen 
a la política se convierten en problemas religiosos, y la Iglesia debe asumir el 
problema del hambre, de la sequía, de la higiene, de la regulación demográfica 
y del desarrollo, como hoy se dice sintéticamente. 

Según Mons. Camara (conferencia pronunciada en París el 25 de abril 
1968, ICI, n. 312), por haber fallado en esta función de desarrollo humano 
no carecen de razón las acusaciones de Marx contra la Iglesia, porque Ésta 
ofrece a los pobres de la tierra un cristianismo pasivo, alienado y alienante, 
verdaderamente un opio del pueblo. Por consiguiente el deber de la religión 
se convierte en la edificación de la civitas hominis y se adultera la relación 
entre civilización y religión, haciendo de las dos una misma cosa. 

Es interesante a este propósito la declaración con la cual Mons. Fragoso 
aplica sus principios eclesiológicos a un caso particular, articulando distinta- 
mente las misiones de un obispo católico. 

En una entrevista publicada por Francois de Combret en el libro Las tres 
caras del Brasil (Plaza y Janés, 2a ed., Barcelona 1974, cap. VI), y después de 
haber establecido que el Evangelio debe ser vivido antes de ser aprehendido, 
discurre sobre su propia acción pastoral con los campesinos de su provincia 
y hace la siguiente declaración: Si los campesinos trabajan juntos, se unen y 
se ayudan mutuamente. Si adquieren el sentido de la solidaridad, se darán 
cuenta de que lo que creen ser una fatalidad no es más que una injusticia o 
un defecto de organización. Viviendo el Evangelio, perderán su religiosidad 
pasiva. Después, solamente después, les hablaré de Dios (p. 167). 

Parece como si el obispo de Crateús no conociese la doctrina sobre el mal y 
atribuyese sequías, aluviones, terremotos y heladas a la injusticia de los ricos 
y aun defecto de organización. Ahora bien, la falta de organización (es decir, 
el defecto de la técnica) no constituye una injusticia, sino una deficiencia 
inherente a la finitud. 

Tampoco da indicio de una mente reflexiva el obispo de Crateús cuando 
supone que se puede vivir el Evangelio antes de conocer a Dios. Y habiéndole 
objetado su interlocutor si en esta transformación de mentalidad su pueblo 
no corre el riesgo de perder la fe, él responde en estos términos: Es un riesgo, 
y tengo conciencia de él. Pero mi trabajo puede abocar a tres clases de resul- 


228 11. Movimientos religiosos y sociales 


tados: el primero, no modificar en nada la situación actual, y yo consideraría 
entonces que habría fracasado completamente en mi misión; el segundo, con- 
cienciar a los campesinos transformando su fe, y ése es el éxito, y el tercero 
concienciar a los campesinos, pero hacerles perder la fe, lo que no sería más 
que un semiéxito (p. 168). 


11.14. Examen de la doctrina de Mons. Frago- 
so 


Aquí se manifiesta claramente el paso de la opción marxista a la negación 
de la religión. En primer lugar Mons. Fragoso confunde los dos órdenes, asig- 
nando a la Iglesia la promoción de un cierto orden social, pero no como misión 
indirecta y consecutiva, sino directa y primaria. Mide el éxito de su propio 
ministerio de obispo y de sacerdote en función de un triunfo de tal naturaleza. 
En segundo lugar considera como un éxito, aunque parcial, dejar perder la fe 
a su pueblo, si esta pérdida está compensada por la concientización: es decir, 
por la conversión de los pueblos al ideal de la civitas hominis. 


Ésta es por consiguiente un valor positivo incluso fuera y contra la religión. 
En tercer lugar, ¿cómo puede tenerse auténtica concientización, si no se tiene 
al menos confusamente el conocimiento de Dios? En vano se reserva Mons. 
Fragoso la predicación de Dios a sus pueblos después de constituida la civitas 
hominis. En fin, no se reconoce en las operaciones reservadas al obispo por 
Mons. Fragoso ninguna de las operaciones que le asigna la Iglesia: enseñar las 
verdades de fe, santificar con los sacramentos, gobernar y apacentar (Lumen 
Gentium 24-25). Por el contrario, el orden terreno se convierte en el objeto 
propio y primario de la responsabilidad pastoral; y si el pueblo pierde la fe, por 
la que se entra en el camino de la salvación (Inf 11, 30), para mons. Fragoso 
la misión del obispo no fracasa completamente, sino sólo parcialmente, con 
tal que consiga la misión civilizadora. 


Podemos concluir añadiendo que aunque los diecisiete obispos son sola- 
mente una fracción del Episcopado, la singularidad de la doctrina recogida 
en el documento en el ejercicio de su función ministerial, el hecho de que no 
fueran nominatim rechazados por la Santa Sede, y finalmente la amplitud de 
los apoyos que suscitó, confieren al documento un carácter importante como 
indicio de la debilidad doctrinal del episcopado católico y de la desistencia 
de la autoridad. Ver 386.8 y 6.9. 


11.15. Apoyos a la doctrina de los diecisiete obispos 229 


11.15. Apoyos a la doctrina de los diecisiete 
obispos 


Si nos hemos atenido también en este capítulo al criterio metódico de apo- 
yar nuestro análisis solamente sobre los actos de la jerarquía, no omitiremos 
señalar que esta concepción de la finalidad del mundo, totalmente marxista 
o en cualquier caso totalmente terrena, es compartida por no pocos obispos, 
que se adhirieron al documento aunque no lo suscribieran *? . Lo mismo pro- 
fesan importantes movimientos del clero y de los laicos. Son ejemplos: Tercer 
mundo en el Brasil; el del padre Camilo Torres, reducido al estado secular y 
que murió, formando parte de grupos guerrilleros colombianos, cuando esta- 
ba a punto de rematar a un soldado herido; el del padre Laín, también en 
Colombia; y el del padre Joseph Comblin en Chile, para el cual la religión es 
total y esencialmente arte política, más bien arte bélica: Sería preciso susci- 
tar vocaciones políticas auténticas para suscitar grupos resueltos a intentar 
la toma del poder. Es necesario estudiar la ciencia del poder y el arte de su 
conquista 

Que el cristianismo desemboca necesariamente en el marxismo es también 
la tesis de la asociación universitaria Pax romana, que en su boletín de mayo 
de 1967, p. 26, declaraba: Pese a las declaraciones pontificias, desde hace 
treinta años cristianismo y socialismo son plenamente compatibles. En estas 
palabras no es menos notable la insolente impugnación de la autoridad que 
el error doctrinal ?! . 


19E] obispo de Cuernavaca, en polémica con el arzobispo de Ciudad de Méjico, enseña 
que en la variedad dialéctica del pensamiento marrista, se puede muy bien ser fiel a Je- 
sucristo y marzista, y que la crítica marzista de la religión ha contribuido a liberar al 
cristianismo de la ideología burguesa (ICI, n. 577, p. 54, 15 de agosto de 1982). 

20 Note pour le document de base préparatoire á la deuxiéme Conférence de CELAM, 
Recife 1965. 

21 Y pese a las condenas de Pablo VI y de Juan Pablo Il, la teología de la liberación 
continúa siendo predicada en los púlpitos y en los medios de comunicación de masas. 
Así por ejemplo, en la rúbrica dominical La fede oggi, de la que es responsable la Con- 
ferencia episcopal italiana y cuyo consultor teológico es Claudio Sorgi, el 29 de agosto de 
1982 un sacerdote sudamericano sostuvo que el Evangelio no condena la violencia y que 
la interpretación revolucionaria del Evangelio es la única interpretación verdadera. 


230 11. Movimientos religiosos y sociales 


Capítulo 12 


La escuela 


12.1. La escuela en la Iglesia postconciliar 


Si de la opción por el comunismo o la revolución nos desplazamos a la 
catequesis, la razón que une ambos argumentos es la misma que rige todo el 
análisis de este libro: la acomodación de la Iglesia al espíritu moderno. La 
acción educativa de la Iglesia se ejercita de modo triple. Primero, de modo 
directo: como catequesis dentro de la órbita de la Iglesia independientemente 
de la sociedad civil, en virtud de un derecho divino. Segundo, de modo in- 
directo: en la órbita de la sociedad civil mediante acuerdos realizados con el 
Estado, al ser la obra educativa, bajo ciertos aspectos, materia mixta. Ter- 
cero, de modo indirecto: con la creación de escuelas católicas en las cuales la 
totalidad de la enseñanza está informada por la religión. 

En todas estas formas la obra educativa de la Iglesia fue muy extensa, 
incluso aunque no siempre fuese fructífera. La educación es una operación del- 
icada sobre la libertad humana, y sus efectos no están determinados, como los 
de las fuerzas físicas. Si bien tienen lugar éxitos espléndidos dentro de la es- 
cuela católica, también se obtienen resultados paradójicamente negativos. No 
se puede olvidar que toda la generación jacobina salía de las escuelas católi- 
cas. Hasta la Segunda Guerra Mundial, algunos países como Alemania tenían 
escuelas públicas diferenciadas por confesiones; otros, como el cantón Ticino 
(Suiza), disponían de escuelas públicas de inspiración agnóstica: acogían la 
religión en la ratio studiorum como enseñanza constitutiva y obligatoria, pero 
concedían su dispensa en obsequio al principio constitucional de la libertad 
de conciencia; finalmente otros, como España, integraban la enseñanza reli- 
giosa en la pedagogía como parte eminente de la conciencia nacional y de la 
tradición cultural del país. 

Éstos últimos hacían de ella una obligación inexcusable, sin consideración 


231 


232 12. La escuela 


a las convicciones íntimas de los alumnos. Era un residuo de los sistemas 
políticos adoptados por las monarquías absolutas, que además de los deberes 
civiles incorporaban a las obligaciones de los educandos los deberes religiosos. 
A menudo estos sistemas le quitaban al cumplimiento del deber ese elemento 
de libertad que lleva consigo el valor moral de la conducta. En la declaración 
Gravissimum educationis el Vaticano II distingue y admite dos géneros de 
escuelas. 

Las primeras son las escuelas públicas instituídas y gobernadas por el 
Estado: tienen por fin genérico el desarrollo intelectual, la transmisión del pa- 
trimonio cultural, y la preparación profesional (n. 5). Su principio unificante 
(impuesto, según se dice en el n. 6, por el pluralismo vigente en muchísimas 
naciones) consiste en prescindir de la religión. 

No se advierte en este pasaje de la Declaración que el principio unifi- 
cante de la educación debe ser de un orden más elevado que el respeto del 
pluralismo, y a causa de tal inadvertencia el n. 6 contrasta con la definición 
del segundo género de escuela, precisamente la católica. El fin de la escuela 
católica incluye los fines asignados a la escuela pública, pero va más allá y 
vuela más alto que ellos, porque ayuda a los adolescentes para que en el de- 
sarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo según la nueva criatura 
que han sido hechos por el bautismo, y ordena últimamente toda la cultura 
humana según el mensaje de la salvación, de suerte que quede iluminado por 
la fe el conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida 
y del hombre (n. 8). 

Por consiguiente se admite un valor positivo en la educación que prescinde 
de los valores religiosos del hombre; pero se reivindica también el derecho de la 
Ielesia a desarrollar la obra educativa con sus propias escuelas. Sin embargo, 
según el Concilio el derecho de la Iglesia en la sociedad civil está fundado 
sobre un principio de la sociedad civil, el de la libertad, que iguala a todas 
las doctrinas. 


12.2. Necesidad relativa de la escuela católica 


La necesidad de la escuela católica es remarcada por Pablo VI en el dis- 
curso del 30 de diciembre de 1969, pero como una necesidad condicional que 
no brota de la naturaleza axiológica propia de la Iglesia. El Papa dice: La 
escuela católica es necesaria para quien quiera una formación coherente y 
completa; es necesaria como experiencia complementaria en el contexto de 
la sociedad moderna; es necesaria allí donde faltan otras escuelas; es nece- 
saria también para uso interno de la Iglesia, a fin de que la Iglesia no se 
vea perjudicada en el esfuerzo y en la capacidad de ejercitar su fundamental 


12.3. El documento del 16 de octubre de 1982 233 


ministerio, el de enseñar. 

Como se desprende de los términos utilizados, la escuela católica es una 
forma supererogatoria de educación: responde a la necesidad de los per- 
fectibles y de los perfectos, pero no propiamente a la del común de los cris- 
tianos, que pueden formarse sin ella. A la escuela católica el Papa le asigna 
por sí misma solamente un oficio de integración y de complementariedad re- 
specto a la escuela estatal, que se supone idónea para dar a la persona un 
completo desarrollo mental y moral * . 

Ahora bien, si por el contexto debe entenderse que la sociedad moder- 
na a la que hace referencia el Pontífice es la estructura pluralista, entonces 
(como ya dijimos arriba) la escuela católica tendría como justificación de su 
propio reconocimiento el pluralismo y subsistiría solamente a fin de permitir 
el pluralismo. 


12.3. El documento del 16 de octubre de 1982 


2 


Este documento, destinado a determinar la misión de los laicos católicos 
que enseñan en la escuela estatal, lleva la impronta de la nueva pedagogía: 
admite la educación como autoeducación (n. 21), celebra con alabanzas el 
progreso de las instituciones en el mundo contemporáneo (n. 3 y 4), reconoce 
en la escuela una estructura esencialmente dialéctica (n. 49 y 50), y no hace 
referencia a la autoridad del maestro. Pero el proyecto general del documen- 
to padece una dificultad mayor. En el n. 47 afirma que en la escuela pública 
todo educador imparte su enseñanza, expone sus criterios y presenta como 
positivos determinados valores en función de su concepción del hombre o de 
su ideología. La afirmación no responde al estado real de la escuela públi- 
ca. En muchísimos países se obliga al maestro a profesar y transmitir una 
determinada ideología, excluyendo cualquier otra y a menudo impugnando 
expresamente la doctrina cristiana. En muchos otros países está prescrito 
al educador de la escuela pública prescindir en su obra de sus propias con- 
vicciones religiosas y filosóficas, y respetar las de los alumnos. A la acción 
educativa del maestro se añade como límite la obligación de respetar las con- 
vicciones del alumno. La fuerza moral de la escuela (es imposible que no la 


1El 10 de abril de 1968, en la televisión de la Suiza italiana, se le preguntó al Card. 
BENNO GUT si la Iglesia debía mantener todavía colegios católicos. La respuesta fue que 
eso depende de las circunstancias, y que donde exista una buena escuela pública no hace 
falta la católica. El cardenal añadía que sin embargo el Papa deseaba en cualquier caso la 
existencia de colegios católicos. 

2Por necesidades tipográficas abreviamos el título de esta sección, que completo es: El 
documento de la congregación para la educación católica del 16 de octubre de 1982 


234 12. La escuela 


tenga) se deduce solamente del conjunto de máximas que informan la so- 
ciedad civil, que se resumen en los valores de la ética natural: hacer el bien, 
respetar al prójimo, reprimir el egoísmo, cultivar una benevolencia universal, 
ser veraces, cooperar al bien común, o reverenciar y honrar a la patria. Sin 
embargo esta conducta sólo era posible cuando los Estados no habían abjura- 
do de las bases de la justicia natural en las cuales los hombres se encontraban 
de acuerdo (8$820.6-22.1), ni habían adoptado el principio de la independencia 
de la persona, derivado del principio del pirronismo y de la autonomía sin 
ortonomía ($8$15.2-15.3). 

Hasta tiempos recientes la escuela pública obligaba a los maestros a des- 
prenderse en su umbral de sus opiniones personales, y a conformar su obra 
educativa sobre el sensus communis de la moral natural * . 

Esta concepción es parcial, pero católica: la escuela eleva los espíritus 
por encima de las pasiones (que dividen y laceran) y los sume en una luz 
en la que docentes y discentes descubren por encima de su diálogo al Logos, 
más importante que el diálogo; y en ese sentimiento perciben su verdadera 
fraternidad y la unidad profunda de su naturaleza. 

El documento del Card. Baum abandona esta pedagogía, en cuya base 
está la doctrina que distingue el orden natural del orden sobrenatural: pasa de 
la libertad de enseñanza, es decir, de la pluralidad de escuelas homogéneas en 
su propio ámbito, a la libertad de los enseñantes en el ámbito de cada escuela. 
Lo dice expresamente: la escuela consiste en una relación entre personas, el 
docente y el discente. 

Por el contrario, la Iglesia decía que se trataba de una relación de ambos 
con el mundo de los valores. No es al maestro a quien el discípulo debe 
conocer, sino ambos al mundo de los valores, y hacia él dirigir conjuntamente 
los ojos. Pero así como en la liturgia reformada el rostro del hombre se vuelve 
hacia el rostro del hombre, lo mismo sucede en la pedagogía reformada. Ya no 
entro a observar que el pluralismo entendido como diversidad de enseñanzas 
dentro de un mismo colegio público, ofende a la libertad. Sería necesario 
que a las familias que eligen un colegio público les fuese posible elegir a los 
profesores. La escuela se convierte así en lugar de duda, de contradicción, de 
anulación doctrinal: desaparece la esencia misma de la educación, que es la 
unidad del saber. 


3Entre 1898 y 1930 los profesores del Liceo cantonal de Lugano eran exiliados políticos, 
italianos gallardamente militantes que estaban marcados por vehementes pasiones ideales 
y también por padecimientos injustos: huían de la ira de otros y de la suya propia. Sin 
embargo esos hombres, cuando entraban después en el aula, sabían deponer en la orilla de 
aquel proceloso mar del que provenían todas sus pasiones elevadas y furiosas. Ninguno de 
los discípulos se sintió nunca ya no digo ultrajado, sino ni tan siquiera aludido con una 
sombra de desprecio hacia sus opiniones religiosas y civiles. 


12.4. Rechazo católico a la escuela católica. Mons. Leclerq 235 


Bastará concluir que si la escuela es una institución en la cual todo mae- 
stro tiene derecho a dejar la huella de su personal ideología, la escuela deja 
de ser comunidad de espíritus hermanados en la superior forma de la ver- 
dad. Finalmente no se puede descuidar que de esa forma hasta los profesores 
católicos de la escuela pública se encontrarán en contraposición con la nat- 
uraleza de dicha institución, que por ser pública (es decir, para todos) exige 
prescindir de lo específico de la religión. 


12.4. Rechazo católico a la escuela católica. 
Mons. Leclerq 


Si el motivo de la existencia de la escuela católica en el seno de la so- 
ciedad moderna le parece a algunos incierto, para otros es del todo inex- 
istente. Apoyaremos esta afirmación tanto con hechos como con doctrinas. 
En Wirttemberg, el Partido de la Democracia Cristiana abandonó en 1967 
la defensa de las escuelas católicas, y asociándose a los socialistas introdujo 
las escuelas llamadas simultáneas, con base cristiana pero ya no confesional. 
Una circunstancia significativa de este hecho es que en el acto mismo con 
que el Nuncio Mons. Bafile protestaba al gobierno por la violación del Con- 
cordato de 1933, declaraba: También la Iglesia está realmente interesada en 
la creación de un sistema escolar progresista (RI, 1967, p. 395). 

En Baviera un referéndum popular modificó la constitución del Estado, 
con la aprobación del 75% de los sufragios, para introducir la escuela cris- 
tiana en lugar de la católica. En Italia, debiéndose repartir en 1967 doscientos 
mil millones para edificaciones universitarias, no prosperó la propuesta de los 
liberales de extender el beneficio a las Universidades libres (incluida la Católi- 
ca de Milán) porque los diputados democristianos se abstuvieron obedeciendo 
a acuerdos con otros partidos. 

Mientras en tales abandonos de la escuela católica se percibe la influencia 
del impulso ecuménico, en otros el influjo reconocible es sin embargo el de 
la opción marxista. En la africana República socialista de Mali, las escuelas 
católicas se adhieren al programa de educación estatal y por tanto imparten 
lecciones de marxismo. En Ceilán los católicos decidieron remitir la mayor 
parte de los colegios católicos al Estado, regido por marxistas, a fin de que 
los jóvenes se integrasen más fácilmente en la vida nacional, la Iglesia evitara 
formar un ghetto, y la escuela se convirtiese en sede de diálogo y no en origen 
de tensiones (ICI, n. 279, pp. 25-26, 1 de enero de 1967). 

En los países comunistas la conducta del episcopado hacia la escuela es- 
tatal se corresponde con la que mantiene hacia el comunismo mismo. Pero 


236 12. La escuela 


no menos relevantes que los hechos son las apreciaciones teóricas acerca de la 
actual inutilidad y sinsentido de la escuela católica. Mons. Leclercq, eméri- 
to de teología moral en la Universidad católica de Lovaina, reconoce en las 
universidades católicas una generalizada incompatibilidad con la civilización 
contemporánea, marcada por el pluralismo y enemiga de todo ghetto. Esta 
incompatibilidad la priva de toda razón de ser. Pero el argumento de Mons. 
Leclerg no es concluyente y se niega a sí mismo por contradicción. Precisa- 
mente en un mundo pluralista es normal la presencia de una universidad 
católica: no se puede querer el pluralismo, es decir, la pluralidad de doc- 
trinas, y rechazar ésta pretendiendo que una doctrina cualquiera no pueda 
entrar como elemento de la pluralidad. 

El segundo argumento con el que se quita toda razón de ser a la univer- 
sidad católica en el mundo contemporáneo es que se encontraría constreñida 
a aislarse, al tener como objetivo la seguridad de los espíritus y por con- 
siguiente la preservación de la mente de un enfrentamiento con la oposición 
promovida por la civilización moderna contra el catolicismo: el método de la 
preservación, o como se dice con intento burlesco, de «meter en cintura», no 
podría producir mentes abiertas y convicciones robustas. Este argumento no 
tiene cabida en la filosofía católica. Con los hechos en la mano, puede respon- 
derse que la escuela católica ha formado hombres de ese temple, o más bien 
generaciones enteras. Y desde un punto de vista axiológico, ese argumento 
desconoce el valor de la seguridad, considerándola como una condición casi 
degradante y «burguesa». Por el contrario, la seguridades son el reflejo moral 
de la certeza; y en un nivel superior, si la certeza es de fe, constituye un reflejo 
moral de la salvación. Certeza y seguridad son el rostro intelectual y el rostro 
psicológico de un idéntico estado del hombre. Tampoco puede olvidarse que 
la fe sobrenatural no sumerge al espíritu en un reposo de desistencia, sino de 
consistencia, en el cual no puede insinuarse la duda. Ver 818.5. 

La seguridad sobre la cual se basa la enseñanza católica no es una huída de 
la lucha: el creyente debe, pro rata de su conocimiento de la fe, y por profesión 
si es maestro, dar razón a cualquiera de su propia visión sobrenatural (1 Pedr. 
3. 19) 

Y la comparación entre las diversas opiniones es un paso necesario real- 
izado por el pensamiento en la búsqueda de la verdad y en su mantenimiento, 
siendo ese análisis una práctica universal, como inquisición o como refutación. 
Y más bien fue característico de la Escolástica el método de la confrontación; 
no puede olvidarse que en la Universidad parisiense los magistri se ofrecían 
a responder pública y espontáneamente a las objeciones y la curiosidad de 
sus discípulos en las artes, e incluso a las de la plebécula, como se ve en esa 
viva pintura de la mentalidad y del animus del siglo que son las Quaestiones 
quodlibetales de Santo Tomás. El género literario de la apología no habría 


12.4. Rechazo católico a la escuela católica. Mons. Leclerq 237 


podido nacer si el principio de la religión fuese el aislamiento: Es cierto que 
la religión se aísla del error, pero para conseguirlo debe confrontarse dialécti- 
camente con las diversas oposiciones que se le plantean. Este aislamiento del 
error no está bien visto por la nueva teología, viciada de pirronismo. 

Se ignora el principio fundamental de la apologética: no hace falta haber 
refutado todas las objeciones que se hacen a la fe para que ésta pueda seguir 
siendo firme. Ver 8816.2 -16.3. 

Un ulterior argumento de mons. Leclerq hace referencia a la epistemología 
y a la relación entre las partes del sistema de lo cognoscible. Según él, la 
universidad católica confesionaliza la ciencia e impide la libertad y la falta 
de prejuicios de la investigación: la ciencia rechaza toda irrevocabilidad y 
toda heteronomía. En la voz del eminente teólogo parece resonar la voz del 
racionalismo irreligioso. La ciencia no se desconfesionaliza, es decir, no se 
convierte en parte de la fe cayendo así bajo otro principio heterogéneo, sino 
que es autónoma en su propio orden. ¿Cómo podría prestar un servicio a 
la Fe si no estuviese constituida precisamente como una ciencia individual, 
autónoma, y especial? Una subordinación extrínseca no altera la intrínseca 
autonomía de cada objeto de investigación, más bien al contrario: rige el 
organismo enciclopédico, es condición de todas las disciplinas, no ofende a la 
autonomía de cada una de ellas, y es necesaria para la arquitectura del saber. 
Por poner un ejemplo, la farmacología es ciertamente una ciencia, ciertamente 
subordinada a la medicina y que no camina sino al servicio de la medicina; 
pero no por eso toma sus leyes de la medicina: solamente toma de ella su fin. 
La farmacología ni se convierte en medicina ni abdica de sus propios métodos 
para asumir los de la medicina. Del mismo modo, toda ciencia tiene su propia 
independencia incluso si está extrínsecamente enderezada a un fin. 

Un último argumento del celebrado emérito de Lovaina niega la au- 
tonomía (es decir, la cientificidad) de la ciencia en el sistema católico, pero me 
parece que contradice a la epistemología. Afirma que poniendo otra fuente 
de verdad más allá de la ciencia ésta resulta esclavizada. Ahora bien, ser 
orgánico no significa ser siervo. 

En el organismo enciclopédico ninguna parte es sierva, aunque esté co- 
ordinada con las otras y sea dependiente de ellas. La fuente primera de las 
dos fuentes de verdad (ciencia y fe) es la Razón objetiva, es decir el Verbo * 
; para juzgar imposible que puedan mantenerse unidas teóricamente ciencia 
y religión hace falta abrazar una de estas tesis: o que la Revelación contiene 
a la ciencia, volviéndose al error de la teología pregalileana; o que la razón 
subjetiva no está limitada y no admite nada cognoscible más allá de su límite, 


“Ver el discurso de JUAN PABLO Il a los universitarios de Pavía, donde enseña que 
el principio de la sabiduría es Cristo (OR, 12 de abril de 1981) 


238 12. La escuela 


adoptándose el panlogismo de la filosofía heterodoxa alemana. 

La verdad es que el rechazo de la escuela católica, lejos de ser una simple 
variante de la filosofía política, es el advertido o inadvertido corolario de 
opiniones contrarias al pensamiento católico. Se quita a la escuela católica 
su base propia y se coloca su esencia fuera de sí misma, condicionándola al 
pluralismo y al nihilismo cultural. 

El programa elaborado en Friburgo (Suiza) para la reforma de los semina- 
rios repudia la ratio studiorum tradicional y prescribe que debe darse desde 
el principio una noción global enfrentándose a los problemas planteados por 
la existencia de otras creencias y de la increencia, de modo que el estudiante 
evite el riesgo de la autosuficiencia cristiana * (ICI, n 279, p.20,1 de enero 
de 1967). Para medir hasta qué punto se aleja tal concepto de la pedagogía 
católica bastará observar que se está negando a la concepción cristiana del 
mundo el carácter de concepción global, privándola de un principio universal; 
que se pretende hacer frente desde el inicio a las otras filosofías sin conocer 
ningún criterio con el que proceder a ese enfrentamiento; que finalmente (cosa 
de la cual es difícil decir si es mayor la extrañeza o el error) se advierte a los 
jóvenes del riesgo de tomar al cristianismo como un quid autosuficiente. 

Por tanto el cristianismo, aun siendo una enseñanza divina, no sería su- 
ficiente por sí mismo para dar al espíritu el apagamiento y el reposo en la 
verdad; debe ser considerado solamente como una opinión que necesita inte- 
erarse en las otras para conquistar relevancia axiológica * . 

De aquí deriva la progresiva pérdida de originalidad de la escuela católica, 
que va modelándose deliberadamente sobre la escuela estatal en las estruc- 
turas, en la ratio studiorum, en la coeducación, en el calendario y en todo. 
Culturalmente hablando, ha abandonado en gran parte las concepciones pe- 
culiares del catolicismo acerca de los hechos históricos, adoptando los puntos 
de vista que fueron propios de los adversarios de la Iglesia en el siglo pasado 
7 

Concluyendo el discurso sobre la desafección de la escuela católica, y 
pasando por alto el cierre o laicización de institutos y los escándalos doc- 


5No menos explícito es Mons. MARTINOLI, obispo de Lugano, que le dice a los alumnos 
del Colegio Papio de Ascona: Os pido profundizar cada vez más en el conocimiento de 
Jesús, de la Iglesia, de la religión. Aumentad vuestro conocimiento de otras religiones y 
corrientes filosóficas que no están en armonía con el Cristianismo. Ver Palaestra virtutis, 
Anuario del Collegio Papio de Ascona, p. 26 

6Que no exista actualmente una cultura católica específica e independiente, estando 
diluida en la cultura general, fue sostenido sin oposición, por P. EMMANUEL en el colo- 
quio de Roma sobre las raíces cristianas de Europa (OR, 26 de noviembre de 1981) 

"Véase por ejemplo el manual Images et récits d'histoire, París 1979, en el cual los 
dirigentes de la persecución religiosa, como Gambetta y Jules Ferry, son exaltados como 
«grandes» de la patria. 


12.5. Pedagogía moderna. La catequesis 239 


trinales de las escuelas católicas * , conviene medir el salto regresivo hecho 
por la escuela católica en el período postconciliar. Y lo mediremos citando al 
Card. Michael Faulhaber, arzobispo de Munich en 1936, momento álgido del 
despotismo hitleriano: Hace más daño cerrar de un plumazo cien escuelas 
que destruir una iglesia. 


12.5. Pedagogía moderna. La catequesis 


En el estado actual de la Iglesia, la cuestión de la escuela es bastante 
más una cuestión sobre las verdades que enseñar que sobre el método con 
que enseñarlas; el movimiento postconciliar de renovación de la catequesis 
pasa, como no podía ser de otra forma, de la didáctica a la doctrina, al ser 
también la didáctica expresión de una doctrina. La crisis de la catequesis es 
primariamente crisis de contenidos, y desciende del pirronismo que inviste el 
pensamiento eclesial. Congresos y congresos sobre la catequesis se preguntan: 
¿Es posible encontrar, después del Vaticano II, una doctrina católica indis- 
cutible que rehaga la unidad perdida? (Dossier su le probléme de la catéchése, 
París 1977, p. 36). 

La pedagogía moderna tiene sus raíces remotas en la pedagogía negativa 
de Rousseau, que suponiendo al hombre bueno por naturaleza, borra de él la 
educación; tiene sus orígenes próximos en la filosofía trascendental alemana 
del siglo XVIII, que considera al espíritu individual como un momento del 
espíritu universal. En fin, tuvo su sistematización teórica más rigurosa en el 
Sommario di pedagogia come scienza filosófica (1912) de Giovanni Gentile, 
que proporcionó las bases a la reforma de la escuela italiana. 

El pensamiento que informa tal pedagogía consiste en ver en el Espíritu 
universal al verdadero maestro; nuestro espíritu se mueve siempre dentro de 
sí; el Espíritu no es más que el acto mismo de lo individual, cuyo proceso es 
autoformación y no tiene ni objeto ni modelo fuera de sí mismo ? . 

También en el sistema católico el verdadero maestro es el espíritu univer- 
sal: el Verbo divino, la verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, viene a 
este mundo (Juan 1, 9) manifestando la verdad natural; pero este Espíritu es 
distinto del espíritu y lo trasciende; sin embargo, en la pedagogía moderna 
no hay trascendencia ni del Espíritu al espíritu, ni de la verdad al intelecto, 
ni del maestro al discípulo. 

Y pasamos por alto que aparte de la luz natural del intelecto, la religión 
conoce otra luz sobrenatural que sobre ilumina al espíritu considerándolo 


8El dominico Pfiirtner (Friburgo, Suiza), el prof. Franco Cordero (Universidad Católica 
de Milán), el obispo de Cuernavaca, etc. 
9Qp. cit., IV ed., Bari 1926, p. 174. 


240 12. La escuela 


capaz no ya de ver las verdades que sobrepasan la esfera natural, sino de 
asentir a ellas sin verlas y hacerlas propias. 

En la pedagogía moderna, por el contrario, a causa de la inmanencia de 
la verdad, del bien y de cualquier otro valor del espíritu respecto al espíritu 
mismo (en suma, por la inmanencia de lo divino en el hombre), la realidad 
se convierte en auto creación, la verdad en autoconciencia, y la didáctica en 
autodidáctica. 


12.6. La nueva pedagogía 


Veamos entonces la exacta articulación del error en la nueva pedagogía. 

El primer error consiste en negar y callar la dependencia del espíritu edu- 
cando respecto al principio educador, y en suponer que la verdad es resultado 
de la creatividad personal; por el contrario, se trata de una luz que el inte- 
lecto encuentra y no crea: o mejor, que tanto más encuentra cuanto menos 
experiencia vital mezcla con la intuición de la verdad. 

La experiencia es el medio de acceso a la verdad, pero ésta no consiste 
en lo vivido, como hoy se dice, sino en lo puramente visto. Tanto en el agus- 
tiniano De magistro como en el tomista De magistro se afirma que la verdad 
trasciende al discípulo y al maestro, y el hombre no la produce, sino que la 
descubre. El hombre puede ciertamente aprehender sin maestro, leyendo en 
la realidad. El maestro no trasfiere la ciencia al discípulo, pero suscita en él 
actos personales de conocimiento. El docente, que ya posee actualmente el 
saber, actúa lo que el discente posee potencialmente, haciendo así que él lo 
conozca por sí mismo. Queda por tanto radicalmente excluido que la didácti- 
ca sea autodidáctica y la educación «autoeducación», como está excluido por 
principio metafísico que un ente en potencia venga al acto por sí mismo. 

Santo Tomás afirma explícitamente esta tesis: Non potest aliquis dici sui 
ipsius magister vel seipsum docere (De verit., q. XI a.2) % . Aquí hace falta 
reivindicar tres puntos fundamentales de la pedagogía católica. El primero es 
metafísico: la distinción de potencia y acto: es decir, la no creatividad de las 
facultades humanas. El segundo es axiológico: la superioridad axiológica de 
quien sabe respecto a quien no sabe. El tercero es gnoseológico: el primado 
del conocimiento respecto a la experiencia moral; tal es (ceteris paribus) la 
vida moral del hombre, como lo es su pensamiento, es decir, el juicio que 
realiza sobre los fines y sobre los actos de su ser. 

El segundo error de la nueva pedagogía es que la enseñanza tiene por fin 
directo producir una experiencia, que igualmente su método es la experiencia, 


10No se puede afirmar que un individuo sea su propio maestro ni que se enseñe a sí mismo 


12.7. El conocimiento del mal en la doctrina católica 241 


y que el conocimiento abstracto de lo vivido es puro conceptualismo. Ahora 
bien, el fin propio y formal de la enseñanza (sin excluir de ella a la cate- 
quesis) no es producir una experiencia, sino un conocimiento. El discípulo es 
conducido por el maestro a pasar de unos conocimientos a otros mediante 
un proceso dialéctico de presentación de ideas. El fin de la catequesis no es 
immediate un encuentro existencial y experimental con la persona de Cristo 
(se entraría entonces en la mística), sino el conocimiento de las verdades 
reveladas y de sus preámbulos. 

La ascendencia modernista de esta pedagogía no puede escapársele a quien 
sabe que el principio filosófico del modernismo era el sentimiento, que resuelve 
en sí todo valor y prima sobre los valores teóricos; se considera a éstos como 
lo abstracto de lo cual la experiencia es lo concreto. 


12.7. El conocimiento del mal en la doctrina 
católica 


Bastante más grave es el reflejo moral de la desviación pedagógica. Si 
el conocimiento es la experiencia (lo vivido), entonces el conocimiento del 
bien será experiencia del bien y el conocimiento del mal será experiencia del 
mal, es decir, pecado: todo el sistema de la ascética y de la ética cristiana 
resulta arruinado. Desaparece la distinción entre el orden real procedente de 
lo vivido, y el orden ideal procedente del intelecto. 

Como enseña San Agustín en De civ. Dei, XX11, 30, 4, scientiae malorum 
duae sunt, una qua potentiam mentis non latent, altera qua experientia sen- 
sibus cohaerent, aliter quippe sciuntur ommia vitia per sapientis doctrinam 
aliter per insipientis pessimam vitam ** . 

Hay dos conocimientos del mal: uno consiste en la presencia del mal en la 
mente, y otro en la aprehensión del mal mediante la experiencia. Pero esta 
segunda ciencia por la que se conoce el mal viviéndolo no es conocimiento, 
sino que lo sobrepasa y forma parte de la moralidad, por ser el acto con el 
que el espíritu elige lo conocido y une así el orden ideal con el orden real de 
lo vivido. No se ha de confundir experimentar con conocer, ni mucho menos 
hacer de ello la única fuente de conocimiento. Toda la ascética y la pedagogía 
católica se apoyan sobre esta base y no pueden desaparecer sin que el edificio 
se arruine. Y es falso lo que se viene enseñando, incluso entre católicos, de que 
hace falta conocer el mal para combatirlo; por lo menos es falso que haga falta 


1 Así, los males se pueden conocer de dos maneras: por ciencia intelectual o por expe- 
riencia corporal. De una manera conoce los vicios la sabiduría del hombre de bien, y de 
otra, la vida rota del libertino. 


242 12. La escuela 


conocerlo experimentalmente, más de cuanto lo permitan el conocimiento y 
la voluntad del bien. 

Por ejemplo, tanto más se conoce el valor de la castidad cuanto menos se 
conoce experimentalmente su contrario. 

Profunda sentencia es la del siervo de Dios Francesco Chiesa: No digáis 
” Habría que encontrarse en su pellejo”. Algunas cosas se conocen mejor pre- 
cisamente no encontrándose en su pellejo *? . 

La nueva pedagogía tiende a identificar aprehensión con experiencia, 
aunque no explícitamente, no pudiendo ser ex professo una pedagogía del 
pecado, sino tendencialmente. De aquí deriva su inclinación a quitar todo 
límite a la experiencia y desvincular al discípulo del maestro, a lo menor de 
lo mayor, a la ética de la ley (que no se experimenta, sino que se obedece o 
se viola), a la virtud de la razón. Ese nunquam satis que la filosofía católica 
dice del ¿ntelligere, la pedagogía moderna lo dice del vivere. 

De ahí deriva la libertad de realizar cualquier experiencia para poder cono- 
cer: libertad que es reivindicada por los innovadores incluso en materia de 
celibato eclesiástico, continencia prematrimonial, indisolubilidad conyugal, o 
fidelidad en todo compromiso de vida. Se dice que no es justo el compro- 
miso que la voluntad adquiere sin conocer experimentalmente la materia del 
compromiso. La crisis de la escuela católica es en el fondo una degradación 
de la racionalidad ante la experiencia, y una muestra del vitalismo propio 
del mundo contemporáneo, que no aprecia lo que es verdadero y puede con- 
tradecir a la vida, sino lo que está vivo y es medida de la verdad: vivo, ergo 
sum. 


12.8. Enseñanza y autoridad. La catequesis 


Si se niega que la verdad trasciende al maestro y a discípulo y se reduce 
la educación a autoeducación, desaparece de la pedagogía la idea de autori- 
dad. La autoridad es la cualidad de un acto que no puede ser resuelto en la 
subjetividad de quien lo plantea ni en la de quien lo recibe, sino que en cierto 
modo es independiente del asentimiento y del disentimiento. 

No puede por tanto sorprender que los innovadores ataquen a la escuela 
autoritaria y pretendan que el principio de autoridad no sea un principio 


12Ver ANTONIO VICOLUNGO, Nova et vetera. Can. Francesco Chiesa, Edizioni Pao- 
line, Alba 1961. Este sacerdote, no menos insigne por doctrina que por caridad pastoral, 
fue inspirador y cooperador del p. Alberione, fundador de la Sociedad de San Pablo para la 
prensa católica. La Sociedad ha sido después públicamente censurada dos veces por Pablo 
VI a causa de sus desviaciones doctrinales. Se comprende que la Compañía haya quitado 
de sus catálogos todas las obras teológicas del siervo de Dios. 


12.8. Enseñanza y autoridad. La catequesis 243 


pedagógico. Así como en la moral autónoma la voluntad que se da la ley 
a sí misma carece de ley, así en la pedagogía autónoma quien se educa a 
sí mismo carece de una autoridad subyacente. Por el contrario, si cualquier 
verdad trasciende al intelecto imponiéndose al asentimiento del hombre, más 
particularmente ocurre con las verdades de fe (objeto de la catequesis): no 
sólo trascienden al hombre como cualquier otra verdad, sino de un modo 
muy especial en cuanto son verdades reveladas y no deben ser reafirmadas 
por evidencia, sino por obsequio a Dios. 

Existe una incompatibilidad peculiar entre catequesis y autoeducación. 
Abatiendo la verdad como autoridad, la catequesis deja de ser aprehensión 
de la verdad para reducirse a su búsqueda, en estado de igualdad absoluta con 
cualquier otra enseñanza. El enorme movimiento de renovación catequética 
posterior al Concilio ha conseguido hasta ahora destruir todo vestigio de la 
catequesis tradicional 1% , pero no ha producido ni una dirección doctrinal 
común ni ninguna realización positiva *%* : no pocos catecismos publicados 
por los centros diocesanos correspondientes están llenos de temeridades, de 
errores dogmáticos y de extravagancias. La nueva catequesis puede creerse 
apoyada en el discurso de Pablo VI del 10 de diciembre de 1971, que parece 
adoptar los dos principios de la nueva teología: primero, que es preciso aban- 
donar los métodos excesivamente autoritarios en la presentación de los con- 
tenidos doctrinales, asumiendo una conducta más humilde y fraternal * de 
búsqueda de la verdad; segundo, que enseñar significa estar abiertos al diálo- 
go con los alumnos, respetuosos de su personalidad. En el primer pasaje del 
discurso es manifiesta la confusión entre didáctica y heurística, entre comu- 
nicación del saber poseído y búsqueda de la verdad, entre la cátedra y la 
polémica. Es un nuevo caso de transición inadvertida de una esencia a otra 
y de implícita anulación de una de ellas. Es cierto que en el acto de enseñar 
pueden insinuarse todas las semillas de la miseria humana, incluida la sober- 
bia; pero no conviene sorprenderse de ello, incluso si hace falta prevenirlo 
continuamente: en los más ocultos pliegues del obrar humano bulle esa mise- 
ria. ¿Tal vez no se insinúa también la soberbia en el diálogo de búsqueda 
de la verdad? La verdad puede ser enseñada sin espíritu de verdad y con 


13 El Nuovo catechismo antico de FRANCO DELLA FIORE, ensayo de auténtica reno- 
vación editado por la SEI de los Salesianos y recomendado por cartas de la Secretaría de 
Estado, fue retirado después por decisión del editor, no obstante su éxito de venta. Fue 
reeditado por la ARES en 1981 y en 1985. 

lWSobre la «miseria» doctrinal de la nueva catequesis, denunciada por el card. 
RATZINGER en el discurso de enero de 1983 en Lyon y en París, ver $6.11. 

l5Esta acusación de autoritarismo puede parecer extraña hoy, cuando cualquier predi- 
cador presenta sus opiniones nuevas e infundadas y no teme contraponerlas a la doctrina 
perpetuamente enseñada por la Iglesia. En tiempos los fieles se encontraban frente a ellos 
a la autoridad de la Iglesia, hoy se encuentran frente a la del predicador. 


244 12. La escuela 


ánimo que mira a presentarse a uno mismo y a enseñarse a uno mismo; pero 
el tratamiento de los actos humanos debe referirse a su esencia, y no tomar 
como esencia sus contingentes imperfecciones. 

E insisto en que la eliminación de la autoridad es intrínseca a la didáctica 
entendida como autodidáctica, por la cual el espíritu extrae de sí mismo la 
verdad. Aunque la verdad trasciende al espíritu, es independiente del intelecto 
que la piensa: no es ser pensada por el hombre, sino ser pensada por Dios, lo 
que la hace pensable por el hombre. En la Iglesia postconciliar se ha difundido 
sin embargo la idea de que el hombre es auto creación; se discurre por tanto de 
autoeducación, de autodidáctica, de autogobierno, de auto evangelización, e 
incluso de autorredención: se hace consistir la autenticidad en esa autonomía. 

Este círculo vicioso entre maestro y discípulo, equivalente a la alteración 
de la relación natural entre los dos sujetos, es proclamado sin ambages en 
la carta del Secretario de Estado al congreso de Estrasburgo de la Union 
nationale des parents des écoles de l'enseignement libre. Pueden leerse estas 
palabras: Sin dimitir de sus graves responsabilidades, los maestros se conver- 
tirán en consejeros, orientadores y ¿por qué no? amigos. Los alumnos, sin 
rechazar sistemáticamente el orden o la organización, se harán corresponsa- 
bles, cooperadores, y en cierto sentido coeducadores (OR, 21 de mayo de 
1975). La conversión del discípulo en maestro, y viceversa, contiene virtual- 
mente la abolición de toda pedagogía e inclusive la denigración de toda la 
obra escolástica de la Iglesia histórica. 

De la filosofía del diálogo hablaremos en 316.6. Aquí, volviendo al dis- 
curso de Pablo VI, según el cual parecería que la enseñanza anterior de la 
Iselesia no hubiese sido respetuosa de la personalidad, ni los maestros hu- 
mildes o dispuestos para el servicio, basta reducir las cosas a la diferencia 
esencial: dialogar no es enseñar. Además, no todos los sirvientes tienen que 
prestarse a todos los servicios (considerarse capaz de un servicio omnímodo 
es ceguedad y soberbia), sino sólo a aquél para el cual están en concreto 
llamados, preparados y encargados. 


Capítulo 13 


La catequesis 


13.1. La disolución de la catequesis. El sínodo 
de obispos de 1977 


Una vez arrebatada al maestro su autoridad y disuelta la verdad en pu- 
ra heurística, la reforma de la catequesis no ha podido evitar dirigirse ha- 
cia desviaciones heterodoxas, que a la variación en el método añaden una 
variación en los contenidos. Ya el congreso de Asís de 1969 sobre la enseñan- 
za religiosa había concluido con un documento que preconizaba el abandono 
de todo contenido dogmático (es decir, específicamente católico) y la sub- 
rogación de la enseñanza de la religión católica considerada en los países 
democráticos como un injusto privilegio, en la historia de las religiones. 

Tampoco el Sínodo de obispos de 1977 sobre la nueva catequesis supuso 
una eficaz rectificación, sino que puso de manifiesto el disentimiento entre 
los Padres inclusive en torno a los principios, así como una generalizada falta 
de fuerza lógica y sobre todo la incapacidad de ceñirse a lo que estaba en 
discusión; lo cual, sin embargo es la norma fundamental en toda discusión, y 
basta atenerse a ella para que ésta sea provechosa. En el Sínodo la catequesis 
se convirtió en sociología, política, o teología de la liberación. Basten pocos 
ejemplos. 

Para el obispo de Zaragoza la catequesis debe promover la creatividad de 
los alumnos, el diálogo, y la participación activa, sin olvidar que es acción 
de la Iglesia. Ahora bien, la creatividad es un absurdo metafísico y moral, y 
aun cuando no lo fuese no podría ser el fin de la catequesis, ya que el hombre 
no puede darse su propio fin: ya le es dado y él debe solamente quererlo. 

Para el padre Hardy la catequesis debe conducir a la experiencia de Cristo, 
proposición que confunde lo ideal y lo real y desemboca en el misticismo. 
En sí misma y formalmente, la catequesis es conocimiento, no experiencia, 


245 


246 13. La catequesis 


aunque esté ordenada a la experiencia: es decir, a actuar en la vida. 

Según el cardenal Pironio la catequesis se libera por la experiencia profun- 
da de Dios en la humanidad cristiana y es una más profunda asimilación del 
amor y de la fe (OR. 16 octubre 1977). Hay resonancias modernistas en tales 
afirmaciones. La catequesis es doctrina y no procede de la experiencia exis- 
tencial de los creyentes, porque hay en ella contenidos sobrenaturales que esa 
experiencia no contiene. Desciende de la enseñanza divina y no es producida 
por la experiencia religiosa: es ella quien la produce. 

Finalmente, un obispo de Kenia declara que la catequesis debe comprome- 
terse en la denuncia de las injusticias sociales y defender las iniciativas de 
liberación social de los pobres (OR, 7 de octubre de 1977), degradando la 
palabra de vida eterna a un conocimiento económico y social. 


13.2. La disolución de la catequesis. Padre 
Arrupe. Card. Benelli 


Aparte de por las ideas de socialidad y de creatividad, el Sínodo estuvo 
dominado por la del pluralismo, al pronunciarse varios Padres a favor de 
la pluralidad de los catecismos, que deberían tomar el color de las diversas 
culturas nacionales. 

El padre Arrupe, prepósito general de la Compañía de Jesús, conduce la 
exigencia pluralista a su expresión última: El Espíritu apaga la íntima as- 
piración del hombre de unir las exigencias aparentemente antitéticas de una 
radical unidad con una ¿igualmente radical diversidad (OR, 7 de octubre de 
1977). Parece como si el fondo del pensamiento humano no fuese la identidad, 
sino la contradicción, y el Espíritu Santo realizase la síntesis de los contradic- 
torios a los que íntimamente aspira el ánimo del hombre. Además, no se evita 
el paralogismo de fondo con un adverbio adventicio como aparentemente. 

Si las exigencias son distintas desde la raíz es imposible que se unifiquen, 
es decir, que dejen de ser distintas desde la raíz: conducen forzosamente a 
una pluralidad y diversidad de cosas. Unidad y diversidad no pueden estar 
al mismo nivel. Tampoco desea el P. Arrupe en la catequesis definiciones 
completas, estrictas, ortodoxas, porque podrían conducir a una forma aris- 
tocrática e involutiva. ¡Como si la verdad consistiese en un confuso circite- 
rismo, la ortodoxia fuese un antivalor y la auténtica catequesis naciese de la 
oclocracia! También en esto, como en la confrontación entre cristianismo y 
marxismo, se consideran simplemente como modos distintos de ver lo mismo, 
cosas e ideas que no son lo mismo. Si se desea una diversidad de catecismos 
es porque se considera que todas las oposiciones que caracterizan la especi- 


13.2. La disolución de la catequesis. Padre Arrupe. Card. Benelli 247 


ficidad de la doctrina se resuelven en una identidad de fondo situada por 
encima de ella. 

El Card. Benelli, hablando a un congreso de profesores de religión, ha 
preconizado que la escuela de religión debe favorecer la confrontación objeti- 
va con otros conceptos vitales que es necesario conocer, valorar y, eventual- 
mente, integrar. 

No ve el cardenal en el mundo mental y religioso ningún error que rec- 
hazar, sino sólo cosas que integrar. Además dice que la única manera de 
enseñar la religión católica es la de hacer una propuesta de vida: no se trata 
por consiguiente de proponer verdades que reciban su autoridad de la divina 
Revelación. Finalmente, el cardenal confía al alumno mismo garantizar su 
validez, porque él ya la ha experimentado (OR, 28-29 de septiembre de 1981). 
Los dos caracteres de la nueva catequesis (ser búsqueda antes que doctrina, e 
intentar producir respuestas existenciales más que una persuasión intelectual) 
se evidencian en la solución dada al problema de la pluralidad de catecismos 
y de la memorización * . Donde no se da contenido dogmático al cual asentir, 
no puede haber un único catecismo universal, no existiendo fórmulas de fe 
adaptadas a toda la Iglesia en razón de ese único contenido. 

Se abandona por consiguiente la antigua costumbre iniciada en los primeros 
tiempos de la Iglesia y continuada con los catecismos de Trento, de San 
Roberto Bellarmino, de San Pedro Canisio, hasta los de Rosmini y San Pío 
X. La Conferencia episcopal alemana adoptó para su catecismo la forma alter- 
nativa de preguntas y respuestas, pronto atacada por la mayoría del sínodo 
de obispos de 1977. Respeta bien la índole didáctica y no heurística de la 
catequesis católica, que por consistir en proposiciones de verdad no interroga 
suponiendo metódicamente dudosa la respuesta, sino que responde asertiva- 
mente la verdad. Incluso en la mayéutica misma a la que apelan los adversa- 
rios del modo tradicional, Sócrates guiaba al discípulo hasta la verdad, pero 
el maestro ya la poseía. La memorización es descalificada y vilipendiada por 
los pedagogos modernos, acusándola de psitacismo; en realidad es el princi- 
pio de la cultura, como entrevieron los antiguos en el mito de Mnemósine, 
madre de las Musas. Sin embargo, acompaña de modo natural al concepto 
de catequesis, si ésta es comunicación de conocimiento en vez de una pura 
acción vital. Para un obispo del Ecuador la catequesis consiste no tanto en 
los que se escucha como en lo que se ve en quien la imparte. De este modo la 
verdad (perceptible con el intelecto) es rebajada ante la experiencia vital, y 
no se vincula al Evangelio con su virtud propia sino con la virtud del predi- 


De la pluralidad de los catecismos de la religión católica se llega a un verdadero 
sincretismo religioso: en muchas escuelas tenidas por religiosas se enseñan ya junto a la 
religión católica las otras religiones, como obsequio a los no católicos o no cristianos. 


248 13. La catequesis 


cante, dando o quitando valor a la palabra según sea ésta. La inclinación 
antropocéntrica por la cual se hace depender el efecto de la catequesis más 
de la virtud de quien habla que de la virtud de la verdad, es un error en el 
que se oculta una vez más la confusión de las esencias. 

Se asimila al catequista con el comediante, el actor o el poeta, que poseen 
una capacidad propia para mover las almas. Sin embargo la catequesis es 
algo distinto de la antigua retórica flexanima. De este modo la acogida de la 
verdad divina vendría a faltar cada vez que faltase la virtud retórica. Dicho 
error es adoptado también en el Dossier sur le probléme de catéchese, París 
1977, p. 22, que sin embargo realiza una crítica a la nueva catequesis. 


13.3. La disolución de la catequesis. Le Du. 
Charlot. Mons. Orchampt 


El lolium temulentum que hemos destacado en los documentos sinodales 
y episcopales vegetó en una extensa literatura de catecismos oficiales, por 
no hablar de los catecismos de iniciativa privada de los cuales prescindimos, 
dado nuestro criterio metódico ? . 

La repercusión en la Iglesia universal del Catecismo holandés (expresión 
del alejamiento de la ortodoxia por parte de dicha Iglesia) fue resonante, ex- 
tensa y dolorosa. Dos cosas sorprendían al mundo. Por un lado, la temeridad 
de las innovaciones: desde la negación de los ángeles, el diablo y el sacerdocio 
sacramental, hasta el rechazo de la presencia eucarística y la puesta en duda 
de la unión teándrica. 

Por otro, la débil condena realizada por la Santa Sede. Ésta, pese a haber 
sometido el Catecismo al examen de una congregación extraordinaria de car- 
denales que encontró en él errores, ambigúedades y omisiones de artículos 
eravísimos, lo dejó circular por el mundo, disputándose las editoriales católi- 
cas y religiosas en todos los países el privilegio de editarlo. A la divulgación 
había impuesto la Santa Sede una sola condición: que al corruptorium consti- 
tuido por la obra se añadiese el correctorium constituido por el decreto que 
lo había condenado. 

El Catecismo holandés fue acogido por todas partes como la mejor pre- 
sentación que de la fe católica puede hacerse al mundo moderno. 

A pesar del juicio de la Santa Sede, los obispos lo introdujeron en las 
escuelas públicas y lo defendieron frente a los padres * , quienes cumpliendo 


2También lo percibe así ENRICO CASTELLI en la introducción al Catechismo de 
Rosmini, ed. nac., vol. XLV: Hoy los catecismos se suceden en el seno de la Iglesia Católica 
con variantes más o menos aceptables 

Un ejemplo es la carta de 28 de octubre de 1964, de Mons. MARTINOLI, obispo de 


13.3. La disolución de la catequesis. Le Du. Charlot. Mons. Orchampt 249 


el deber de custodiar la fe de sus hijos los apartaban de una enseñanza co- 
rruptora impartida por sacerdotes con la aprobación del obispo. El Catecismo 
holandés fue suprimido solamente en 1980, después del sínodo extraordinario 
de los obispos holandeses celebrado en Roma bajo la presidencia de Juan 
Pablo Il. 

Las comisiones para la catequesis de la diócesis de París han producido 
muchos textos que malinterpretan la Escritura, ponen en duda el dogma y 
corrompen la moral. Por ejemplo, el libro de Jean Le Du Qui fait la loi?, so- 
bre el decálogo, impugna la historicidad de la legislación sinaítica, que sería 
una operación fraudulenta realizada por Moisés para consolidar su autori- 
dad. Le Du adopta plenamente la tesis de la impostura religiosa difundida 
por Voltaire debido a su furibundo odio antihebraico, antecedente perpetuo 
del odio anticristiano (como se vió claramente en la ideología nazi). Respon- 
diendo a la pregunta del título, Le Du quita a la ley su origen divino, natural 
y revelado, haciendo de ella una producción de la evolutiva conciencia del 
hombre, que se libera del mito, se seculariza y en definitiva, elige el tipo de 
hombre que quiere ser. 

Aún más viva conmoción suscitó el libro Dieu est-il dans l'hostie? de 
Léopold Charlot, sacerdote responsable del Centre régional d'enseignement 
d'Angers, vendido también en los despachos parroquiales. El libro tiene por 
tema la forma en que hay que considerar hoy la Eucaristía como presencia 
real. Su contenido esencial, cuyo sentido no mide el autor, es que para cada 
época hay un modo diferente de entenderla, y que el modo propio de nuestro 
tiempo es entender dicha Presencia Real como una presencia no real, sino 
imaginativa y metafórica: idéntica a aquélla con que afirmamos la presencia 
de Beethoven en cualquiera de sus sonatas y en el sentimiento de quien las 
escucha. Charlot enseña a los catecúmenos que la Eucaristía no fue instituida 
por Cristo en la Ultima Cena, sino por la comunidad cristiana primitiva. 

Pan y vino siguen siendo sustancialmente pan y vino, y son solamente el 
signo convencional de la presencia de Cristo en el pueblo de los fieles. Por lo 
tanto es absurdo que se consagren y se conserven con vistas a la adoración. 
Más aún, Léopold Charlot aconseja a las madres permanecer de pie junto 
con sus hijos delante del tabernáculo para inculcarles que el sacramento no 
es adorable. El escándalo, en sentido estricto de acto que conduce a otros 
al pecado (en este caso, pecado contra la fe), consiste en que un sacerdote 
encargado por su obispo de la responsabilidad de la catequesis, niegue en un 
catecismo oficial el dogma eucarístico y lo haga con tranquilidad de ánimo. 

Pero como es ley psicológica y moral que las responsabilidades no de- 


Lugano, al ingeniero Walter Moccetti, que le comentaba haber retirado a su hijo de la 
enseñanza religiosa. 


250 13. La catequesis 


scienden, sino que ascienden, aún supone mayor desorden que tal blasfemia 
sea propagada en un catecismo del obispo, maestro de la Fe y custodio del 
rebaño contra los lobos de la herejía. 

Y si el sacerdote es piadoso (como dicen de Léopold Charlot) y predica 
de buena fe, no habrá por parte del sacerdote más que escándalo fenoménico, 
o material, como se dice en la teología clásica; pero entonces surge con más 
vistosidad el escándalo dado por la Iglesia, que precisamente como tal (por 
medio de un ministro suyo aprobado y mandado por el obispo) enseña el 
error y la blasfemia. 

Las declaraciones de Mons. Orchampt, obispo de Angers, impelidas por 
una gran cantidad de protestas del laicado y del clero, son un síntoma lla- 
mativo del declive de la lucidez intelectual y de la virtud de fortaleza en el 
episcopado. 

A quien le reclamaba, según el can. 336, su deber de dar satisfacción de la 
ofensa causada públicamente por él contra la fe, se limitaba a responder: El 
obispo responsable de la fe de su pueblo debe señalar los peligros de mutilación 
que podrían afectar a una fe que se atuviese a la perspectiva de este fascículo. 
Debe invitarse a quienes lo utilicen a la crítica y a la profundización con vistas 
al necesario esfuerzo de renovación pastoral (Semaine religieuse du diocése 
d'Angers, 11 de noviembre 1976 y 16 de enero de 1977). El obispo no condena 
ni retira la obra publicada por su Centro catequístico, considera mutilación 
del dogma lo que es una negación del dogma, admite que se continúe enseñan- 
do la religión católica con un libro que la rechaza, no aparta de su puesto al 
autor, juzga la tesis de Charlot como una tesis sostenible (aunque no deba 
sostenerse de modo exclusivo: como si sostener una de las dos contradictorias 
no implicase negar la otra), y finalmente (retomando el habitual leit-motiv 
de los innovadores) no pide una refutación, sino una profundización; palabra 
que, como vimos en el 85.4, en la hermenéutica innovadora significa discutir 
y volver a discutir eternamente un punto dogmático hasta que se convierta 
completamente en su contrario. 

Por último, el obispo de Angers persiste en sostener que tentativas como 
la de Charlot contribuyen a la renovación eclesial. 

La Santa Sede dio un signo de reprobación, pero genérico y siempre en 
clave lenitiva. Ciertamente se refiere al obispo de Angers el pasaje del dis- 
curso de Pablo VI del 17 de abril de 1977: Los fieles se quedarían extrañados 
con razón si quienes tienen el encargo del «episcopado», que significa, des- 
de los primeros tiempos de la Iglesia, vigilancia y unidad, toleraran abusos 
manifiestos. Y debe también señalarse la dimisión y delegación que hacen 
muchos obispos en otros obispos (que a su vez se remiten a las opiniones mal 
formadas de alguno de sus sacerdotes), de responsabilidades indimisibles e 
indelegables. De hecho, el catecismo de Charlot había sido adoptado en todas 


13.4. Renovación e inanición de la catequesis en Italia 251 


las diócesis del Este de Francia. 


13.4. Renovación e inanición de la catequesis 
en Italia 


La delegación de la autoridad magisterial de las Conferencias episcopales 
en sacerdotes de la escuela innovadora se evidenció también en la comisión 
que redactó el nuevo catecismo, formada por intelectuales de opción marxista 
que desertaron después clamorosamente presentándose como candidatos en 
las listas del partido comunista. 

En el Catecismo de los jóvenes (Roma 1979) la preocupación ecuménica, 
arbitrariamente interpretada, hace a los autores defender un acercamiento 
de la búsqueda exegética católica con la protestante; este acercamiento es im- 
posible, porque los protestantes no reconocen por encima de la luz privada 
la luz exegética del Magisterio de Pedro. También debilitan los autores uno 
de los artículos principales de la doctrina católica, acercándose a la doctrina 
modernista: la fe no procede de la realidad de los milagros, sino que la fe 
hace que exista en la persuasión de los creyentes la realidad de los milagros. 
También la idea de la inmutabilidad de la fe está en el libro poco pulida, 
prevaleciendo la del movilismo propio de los renovadores, según el cual la 
Islesia está perpetuamente a la escucha y en búsqueda. Más manifiesta to- 
davía es la nueva dirección en el Catecismo dei fanciulli, publicado en 1976 
por la Conferencia Episcopal italiana, sobre todo en cuanto a la interpretación 
del ecumenismo. Se considera al ecumenismo como un reconocimiento de va- 
lores de evidencia mayor o menor, pero todos ellos idénticamente contenidos 
en cualquier creencia religiosa. Por tanto no existe jamás conversión de una 
a otra, sino solamente profundización de la propia verdad en la verdad de 
otros, suponiendo siempre el diálogo un recíproco enriquecimiento. Se aparta 
a los catecúmenos en edad infantil de la especificidad de la religión católica, 
invitándoles a contemplar la universalidad del fenómeno religioso, y no se les 
conduce a reafirmarse en la adhesión, sino en la búsqueda. Se afirma que la 
catequesis debe ayudar a los niños a colaborar con todos los hombres para 
que haya libertad, justicia y paz, sin dejar de reconocer sin embargo en la 
fe y en los sacramentos la fuente de fuerzas espirituales. Este sin embargo 
es significativo. La condición mínima que debe satisfacer un catecismo es no 
negar la fe y reconocer en los sacramentos una fuente de fuerzas espirituales, 
al igual que todas las creencias de los pueblos bajo el cielo. Lo específico 
del catolicismo resulta así eludido. No se habla del pecado, ni del error, ni 
de las maldiciones, ni de la redención, ni del juicio, ni del fin trascendente: 


252 13. La catequesis 


el cristianismo, que si no lo es todo no es nada, se ve reducido a ser algo 
apendicular, subsidiario y cooperante. 


13.5. El congreso de los catequistas romanos 
en torno al Papa 


La inanición de la catequesis aparece en modo inequívoco en el encuentro 
de los catequistas de Roma con Juan Pablo II (OR, 7 de marzo de 1981). El 
Papa distingue entre la catequesis, obra directa de la Iglesia, y la enseñan- 
za. religiosa en la escuelas públicas, que incumbe al Estado en cuanto parte 
orgánica de la formación del alumno. Afirma el deber del Estado de prestar 
tal servicio a los alumnos católicos, que constituyen la casi totalidad de los 
estudiantes, y a sus familias, que lógicamente se presume que quieren una 
educación inspirada en sus propios principios religiosos. Pero no obstante 
tales declaraciones, en el Congreso se formularon propuestas y opiniones que 
se resuelven en el rechazo de la enseñanza católica. Algunos relatores disuel- 
ven la religión católica en una religiosidad cristiana sincrética, otros en una 
religiosidad natural, otros en una expresión de libertad: todos se refieren a la 
crisis de identidad (como suele decirse) del sacerdote. A la enseñanza religiosa 
no se le encontró otro motivo que la exigencia cultural merced a la cual el 
conocimiento de los mundos hebraico y cristiano parece necesario para enten- 
der los valores constitutivos de la civilización moderna. No se encontró otro 
fin a la catequesis que dar a conocer a los jóvenes el abanico de las ideologías 
para hacerles capaces de realizar elecciones libres; ¡como si el conocimiento 
de los valores elegibles proporcionase el criterio mismo de la elección! 

No fue encontrado ningún fundamento específico para la religión católica. 
No siendo la única portadora de valores religiosos, en los colegios italianos 
no debería ser la única en entrar en la escuela para dar lecciones de religión. 
Sería necesario diversificar las horas de religión admitiendo todas las creen- 
cias. Conviene por consiguiente abrogar el Concordato, que privilegia a la 
religión católica. 

Los sacerdotes romanos parecen continuar una línea de la tradición nat- 
uralista: reclaman el pantheon sincrético expulsado de los jirones de la cam- 
panelliana Ciudad del Sol, donde Cristo está con Osiris, Caronda y Mahoma, 
o los oratorios de algún humanista del Renacimiento, o la cupulita sincretista 
de Notre-Dame de la Garde (Marsella) proyectada por Mons. Etchégaray. No 
se encontró razón peculiar a la verdad católica y fue declarado que no se paga 
a los catequistas para dar catequesis y para enseñar una fe, sino que están 
al servicio de la persona humana (...) Se trata de un trabajo de precateque- 


13.6. Antítesis de la nueva catequesis con las directrices de Juan Pablo II 253 


sis, de preevangelización, que debería reconocer el Estado como una ayuda al 
desarrollo de la persona. Es patente la desviación profunda del espíritu del 
clero, claudicante ante circiterismos como desarrollo de la persona; para ellos 
enseñar la verdad católica se opone al servicio de la persona humana y se 
convierte en un apoyo o el inicio de un proceso de descubrimiento donde no 
decide la verdad, sino la libertad. 

La desviación de la catequesis se expresa a cara descubierta en las propues- 
tas del documento final: que se celebre una Misa para los estudiantes en tiem- 
po de preparación de exámenes, que se celebre también en Roma un día de 
la escuela, que el Papa reciba pronto en audiencia a los catequistas romanos, 
que realice una visita a un gimnasio de alguna escuela pública, etc. Es im- 
posible no ver qué cosas tan tibias salieron del encuentro * romano coram 
Sanctissimo: ciertamente buenas, pero totalmente extrañas a lo intrínseco 
de las cuestiones debatidas. Da lugar a creer que tal tibieza de conclusiones 
haya sido el último expediente para no reflejar en el documento de conclusión 
la singularidad de las opiniones expresadas, poco consecuentes con la recta 
filosofía y con la tradicional praxis de la Iglesia. 


13.6. Antítesis de la nueva catequesis con las 
directrices de Juan Pablo II 


5 


La mentalidad del clero manifestada en dicho Congreso es tanto más 
notable cuanto que está en clara oposición con la Exhortación Apostólica de 
Juan Pablo II (OR, 26 de octubre de 1979). 

La nueva catequesis es de impronta existencialista y promueve una expe- 
riencia de fe, y el Papa por el contrario afirma el carácter intelectual de la 
catequesis y quiere que los catecúmenos estén penetrados de certezas simples 
pero firmes quibus ad Dominum magis magisque conoscendum adiuventur * 
. La nueva catequesis quiere la adaptación de la fe a las culturas históricas 
particulares, y el Papa sin embargo (n. 53) quiere que la fe transforme las 
culturas singulares: non esset catechesis si Evangelium ipsum mutaretur cum 
culturas attingit ” . La nueva catequesis repudia el principio de autoridad y 


“En el encuentro con el Papa en la audiencia general del 28 de agosto de 1982 el portavoz 
de los catequistas de la diócesis de Roma sólo fue capaz de proponer un congreso general 
(OR, 29 de agosto de 1982). 

Por necesidades tipográficas abreviamos el título de esta sección, que completo es: 
Antítesis de la nueva catequesis con las directrices de Juan Pablo II. Card. Journet. 

SDe las cuales reciban ayuda para conocer cada vez mejor a Dios. 

"No habría catequesis si fuese el Evangelio el que hubiera de cambiar en contacto con 


254 13. La catequesis 


por consiguiente el método amebeo y el ejercicio de la memoria, y el Papa 
en cambio recalca (n. 55) que es necesario poseer permanentemente (es de- 
cir, en la memoria) las palabras de Cristo, los principales textos bíblicos, las 
fórmulas de fe, el decálogo, las oraciones comunes * , los textos litúrgicos. 


La nueva catequesis procede con un diálogo paritario, eurístico, fundado 
sobre la especificidad de la verdad, y el Papa por el contrario (n. 57) rechaza 
como peligroso ese diálogo que saepe ad indifferentismum omnia exaequan- 
tem delabitur ? . La nueva catequesis se propone guiar al catecúmeno a una 
experiencia de lo divino y de Cristo, y el Papa sin embargo define la cateque- 
sis (n. 18) como institutio doctrinae christianae (enseñanza de la doctrina 
cristiana), instrucción que mira a hacer conocer cada vez mejor, y asentir 
cada vez más firmemente, a la verdad divina: no a hacer desarrollarse y afir- 
marse cada vez más la persona del catecúmeno. En la crisis de la catequesis se 
refleja toda la actual desviación de la Iglesia. Se reconocen en ella el despre- 
cio del orden teórico, la incertidumbre (no sólo doctrinal, sino dogmática), el 
orgullo del espíritu subjetivo, la disensión entre obispos *% , la discordia de los 
obispos respecto a la Santa Sede, el rechazo de las actitudes fundamentales 
de la pedagogía católica, la prospectiva temporal y quiliástica, y la dirección 
antropotrópica de toda la obra didáctica. Gérard Soulages *! aporta algunas 
cartas dramáticas del Card. Journet sobre el estado actual de la catequesis. 
El cardenal lo contempla con exactitud como un efecto de la desviación de 
la jerarquía y de la disolución interior de la Iglesia: Sería catastrófico que 
los obispos, sucesores de los Apóstoles, estuviesen a merced de comisiones 
y de iniciativas limitadas a la adaptación del mundo y al servicio de una 
descristianización del pueblo cristiano. 


las culturas 

8Un efecto generalizadísimo y evidentísimo de la reforma contraria al uso de la memoria 
en la catequesis es que los niños ignoran el Pater y el Ave Maria, que ya no les enseñan 
ni sus madres ni sus párrocos. Así lo afirma Mons. MARTINOII, obispo de Lugano, en 
la homilía del 20 de mayo de 1973 en la Catedral de Lugano. Del mismo modo, Mons. 
ORCHAMPT, presidente de la Comisión episcopal para la catequesis en Francia, pide 
que se vuelva a enseñar a los niños el Pater y el Ave Maria. Ver MARTIN-STANISLAS 
GILLET, Notre catéchése, París 1976. 

%Cae muy a menudo en un indiferentismo nivelador 

19En el transcurso del caso Charlot, del que ya hablamos, el obispo Elchinger se salió de 
la comisión episcopal por desacuerdo sobre puntos dogmáticos. 

MU Dossier sur le probleme de catéchese, septiembre de 1977, p. 53. 


13.7. La catequesis sin catequesis 255 


13.7. La catequesis sin catequesis 


La nueva catequesis está marcada, como hemos visto, por dos caracteres 
intrínsecamente ligados. Uno metódico: el abandono de la pedagogía católica, 
que enseña la trascendencia de la verdad respecto al intelecto que la apre- 
hende. Y otro dogmático: el abandono de la certeza de fe, sustituida por el 
examen y la opinión subjetivas. La nueva catequesis preparada por el epis- 
copado francés con los Fonds obligatoires de 1967 tuvo su culminación con la 
promulgación de Pierres vivantes en 1982. 

No habiendo obtenido este texto la aprobación de la Santa Sede, y estando 
acompañado de la prohibición de cualquier otro catecismo (por tanto también 
de los del Concilio de Trento y de San Pío X, que entretanto se habían 
reeditado), pareció que iba a abrir, aunque no lo hizo, un creciente conflicto 
entre el Episcopado francés y la Santa Sede. 

El Card. Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 
se desplazó hasta Lyon y París en enero de 1983 para pronunciar una confe- 
rencia sobre las actuales condiciones de la catequesis (la miseria de la nueva 
catequesis, dice en el curso de la conferencia), suscitando vivas protestas de 
los prelados de Francia, así como un difuso malestar en el clero y no pequeña 
agitación de la opinión pública. 

El cardenal reprueba la nueva catequesis porque en vez de anunciar ver- 
dades, a las que se presta asentimiento de fe, propone los textos bíblicos ilumi- 
nados mediante el método histórico-crítico, y remite al juicio del catecúmeno 
otorgar o quitar el asentimiento. Las verdades de fe anunciadas por la Iglesia 
son separadas de la Iglesia, que es su organismo viviente, y propuestas in- 
mediatamente al creyente, llamado a hacerse intérprete y juez: así aislada, la 
Biblia se convierte en un simple documento sujeto a la crítica histórica, y se 
coloca a la Iglesia por debajo de la opinión subjetiva. La desviación consiste 
esencialmente en proclamar la Fe directamente *? a partir de la Biblia sin 
pasar por el Dogma. 

Es el error luterano, que niega la Tradición y el Magisterio y además al- 
tera el valor de la Biblia misma, la cual separada del organismo viviente de la 
Iglesia, se reduce a un simple museo de cosas pasadas y una colección de libros 
heterogéneos. La Iglesia es remitida a las luces individuales, y la doctrina de 
fe a los historiadores y críticos: la adhesión a la verdad religiosa adquiere la 
forma de un acto individual fuera de la comunidad querida por Cristo. Ahora 
bien, como la exégesis con la que se presenta el texto bíblico está dominada 
por el prejuicio racionalista, que rechaza todo lo que supere a lo inteligible, 


Siguiendo esta dirección pedagógica, se llega al absurdo de que los niños se vuelquen 
sobre los apócrifos y los logia de Cristo, mientras que desconocen el Credo, los sacramentos 
y los principales misterios de la fe. 


256 13. La catequesis 


se tiende hoy a evitar la dificultad allí donde el mensaje de la Fe nos pone en 
presencia de la materia en cuestión, y a atenerse a una perspectiva simbóli- 
ca. Esto comienza con la Creación, continúa con el nacimiento virginal de 
Jesús y su Resurrección, y finaliza con la Presencia Real de Cristo en el pan 
y el vino consagrados, con nuestra propia resurrección y con la Parusía del 
Señor * . Aquí se hace referencia claramente a los errores dogmáticos que 
vician la nueva catequesis. La Creación no se profesa claramente, ni consti- 
tuye el discurso inicial de la enseñanza: se la menciona solamente en el cap. 
9, identificada con la creación que Dios hace de su pueblo liberándolo de la 
esclavitud. 

El nacimiento virginal de Cristo no tiene en Pierres vivantes ninguna 
connotación dogmática, pues se designa a María como una joven de Palestina 
a quien Dios ha escogido para ser la madre de Jesús: no se habla de la Inmacu- 
lada Concepción, ni del parto virginal, ni de la maternidad divina. 

La Resurrección de Pascua es un evento pneumático que tiene lugar en la 
fe de la comunidad primitiva, y por necesaria consecuencia (tan fuertemente 
afirmada por San Pablo en I Con 15, 12 y ss.) también la resurrección de 
los muertos es algo en lo cual simplemente se cree, pero carece de realidad 
histórica. 

La Ascensión es una pura metáfora de la apoteosis moral de Cristo, ya que 
Pierres vivantes declara expressis verbis: Ascender a los cielos es una imagen 
para decir que Él está en la alegría del Padre. Incluso un simple hombre se 
eleva así a la alegría del Padre. Donde la Escritura dice que se elevó al cielo 
videntibus illis (Hech. 1, 9), el catecismo francés enseña que los cristianos 
creen que el cuadragésimo día después de Pascua Jesús está por encima de 
todas las cosas. 

Finalmente, la Eucaristía es reducida a la memoria de la cena del Señor 
celebrada por la comunidad cristiana, y el capítulo dedicado a ella en Pier- 
res vivantes se titula Los cristianos recuerdan. Es la tesis innovadora de 
la transignificación y transfinalización, de la que trataremos en 837.3-37.11. 
Aunque no sea detalladamente, artículo por artículo, sino a través de omi- 
siones, metáforas, y reticencias (tanto más significativas si se confrontan estas 
fórmulas con la fórmulas del catecismo antiguo), Pierres vivantes no puede 
ocultar la sustancia anómala y heterodoxa que presenta a los niños de Francia 
como la fe de la Iglesia católica ** . 


15E]l texto integral de la conferencia está publicado por el editor Téqui, París 1983, bajo 
el título Transmission de la foi et source de la foi. 

lMPoco tiempo después del discurso del Card. Ratzinger, el Papa reafirmaba ante el 
Consejo internacional para la catequesis el lazo esencial de ésta con el dogma. Es misión 
de la catequesis (decía) transmitir, explicar, y hacer vivir integralmente las realidades 
contenidas en el Símbolo de la Fe (OR, 16 de abril de 1983). 


13.8. Restauración de la catequesis católica 257 


13.8. Restauración de la catequesis católica 


Según el Card. Ratzinger, la catequesis católica es una didáctica (una 
comunicación de verdad) y su contenido es el dogma de la Iglesia: no la 
palabra de la Biblia, histórica y filológicamente abstracta, sino la palabra de 
la Biblia conservada y comunicada a los hombres por la Iglesia. No se puede, 
como pretende el catecismo francés, diferir a la edad de la adolescencia la 
enseñanza de los dogmas y entretanto acercar directamente al niño a la Biblia, 
cuyo sentido es recogido a partir de diversas lecturas: el sentido del Viejo 
Testamento, el del Nuevo, y en fin, el que la Biblia tiene para los católicos de 
hoy Y . El historicismo aplicado a la Revelación es perfectamente conforme 
con la doctrina modernista de que lo divino es un noúmeno incognoscible que 
el espíritu del hombre reviste y transforma de mil maneras, cuyo resultado 
es el complejo fenómeno religioso de la humanidad. Al catecismo francés 
va dirigida la advertencia de Juan Pablo II en el discurso de Salamanca: 
Sed, pues, fieles a vuestra Fe, sin caer en la peligrosa ilusión de separar 
a Cristo de su Iglesia ni a la Iglesia de su Magisterio (Mensaje de Juan 
Pablo II a España, B.A.C., Madrid 1982, pág. 54). Al historicismo de Pierres 
Vivantes el Card. Ratzinger contrapone la inmovilidad del dogma, que debe 
ser iluminado por los catequistas de diversa manera: con variedad psicológica, 
literaria, y didáctica, pero preservándolo en su sustancial identidad dentro 
del flujo histórico. No existen diversas modalidades del dogma, sino diversas 
(más bien infinitas) posibilidades expresivas. La catequesis es esencialmente 
intelectual y se dirige a la transmisión de conocimientos, no a la experiencia 
existencial o a la llamada inserción en el misterio de Cristo. Ciertamente se 
enseñan las verdades de fe para que se conviertan en práctica y vida, pero el 
objeto propio de la catequesis es el conocimiento, y no directamente la ética. 

El cardenal quiere que la materia se ordene según el esquema del Cate- 
cismo tridentino, seguido en todo el orbe católico hasta el Vaticano II. Es 
necesario por consiguiente enseñar a los niños, tan pronto como sean capaces 
de aprender, lo que el cristiano debe creer, lo cual constituye la exposición del 
Credo; luego lo que se debe desear y pedir a Dios, lo cual constituye la expli- 
cación del Pater noster, finalmente, lo que se debe hacer, lo cual constituye 
la lección del Decálogo. 

Tal tripartición tiene una gran profundidad metafísica y teológica (los 
nuevos catecismos ni siquiera la han columbrado), porque responde a la 
constitución primaria trinitaria del ente, a la interna distinción de la divi- 
na Trinidad, y por último a la distinción ternaria de las virtudes teologales: 


15Y nótese que estas tres lecturas del mismo texto son diferenciadas incluso tipográfica- 
mente, adoptándose tres colores para señalarlas. 


258 13. La catequesis 


fe, esperanza y caridad. A estas tres partes del catecismo católico viene a 
añadirse el tratado de los sacramentos, y también la existencia de esta cuar- 
ta sección es conforme a la doctrina católica: sólo con el auxilio de la gracia, 
comunicada a través de los sacramentos, se hace el hombre capaz de cumplir 
la ley moral, confirmada y elevada por la ley evangélica. El Card. Ratzinger 
reclama también la necesidad del uso de la memoria y la eficacia del método 
amebeo: ambos son connaturales al contenido dogmático e incompatibles con 
el examen heurístico y con la aproximación existencial. 

La grave censura planteada por el Card. Ratzinger al catecismo francés no 
pierde absolutamente nada de su valor teórico doctrinal por el hecho de que, 
tras exponerla en un discurso editado después en veinte páginas, se retractase 
de ella en una declaración de veinte líneas acordada con los obispos franceses. 
Remitimos a 36.3-6.8 sobre la desistencia de la autoridad. 


Capítulo 14 


Las órdenes religiosas 


14.1. Las órdenes religiosas en la Iglesia post- 
conciliar 


Puesto que las órdenes y los institutos religiosos asumen la parte su- 
pererogatoria o de consejo de la religión, es normal que la desviación que ha 
investido a la parte común de la religión haya realizado un asalto especial a 
la parte especial de la Iglesia. La ley del loguimini nobis placentia, con la cual 
se embellecen los defectos propios y se pinta con vivos colores la propia per- 
fección, sirvió generalmente para disimular el gran decaimiento ocurrido en 
las órdenes religiosas, adoptándose la prospectiva optimista de Juan XXIII 
y considerando síntomas de vitalidad la variación y el movilismo. 

Pese a ello, la decadencia se hace evidente en el fenómeno de las defec- 
ciones de la vida consagrada por parte de los consagrados (87.1). No voy a 
decir que todas las compañías religiosas (grandes o pequeñas, masculinas o 
femeninas, contemplativas, activas o mixtas) se hayan diezmado en veinte 
años, pero sí que se han reducido a una fracción de sí mismas. Cinéndonos a 
las estadísticas oficiales de la Tabularum statisticarum collectio (1978), entre 
1966 y 1977 el número de religiosos en el mundo ha descendido de doscien- 
tos ocho mil a ciento sesenta y cinco mil, es decir, en una cuarta parte | . 
Tampoco puede afirmarse, como se intenta hacer, que la disminución numéri- 
ca vaya acompañada de un refinamiento cualitativo: la calidad se manifiesta 
por sí misma en la cantidad. La experiencia de un ideal sólo puede adquirir 
perfección si son muchos los sujetos comprometidos con él. Es necesario ser 
muchos para que algunos sobresalgan, del mismo modo que debe trabajarse 


La mayor ruina se manifiesta en los Dominicos, de diez mil a seis mil; en los Capuchi- 
nos, de dieciséis mil a doce mil; en los jesuitas, de treinta y seis mil a veintiséis mil; y en 
los Salesianos, de veintidós mil a diecisiete mil. 


259 


260 14. Las órdenes religiosas 


mucho para trabajar bien. 

La decadencia queda demostrada además por las novedades ?. En capítu- 
los reunidos al efecto, todos los institutos religiosos han reformado sus con- 
stituciones y reglas de forma a veces temeraria, y siempre con más efectos 
destructivos que constructivos. Interrogado el Card. Daniélou sobre la exis- 
tencia de una crisis de la vida religiosa, dio una respuesta cruda y apesadum- 
brada: Pienso que hay actualmente una crisis muy grave de la vida religiosa 
y que no se puede hablar de renovación, sino más bien de decadencia * . Y 
sitúa su razón sumaria en la desnaturalización de los consejos evangélicos, 
tomados como una prospectiva axiológica y sociológica en vez de como un 
estado especial de vida estructurada sobre ellos * . 

La renovación debería haber supuesto una adaptación ad extra con el ob- 
jeto de conseguir más eficazmente la santificación, fin general de la Iglesia 
y fin específico de la vida religiosa. La relación con el mundo estuvo siem- 
pre presente en la mente de los fundadores y de los reformadores. Cuando 
entre Mahometanos y Cristianos estaba vigente la esclavitud surgieron los 
Mercedarios para el rescate de los esclavos; cuando se recrudecían las epi- 
demias aparecieron los Antomanos, los hermanos de la Caridad, y los Ca- 
milianos; cuando había que difundir la instrucción entre las clases populares, 
ahí estaban los Escolapios. Por no hablar de las congregaciones modernas, 
diversificadas de mil maneras para adaptarse a las diversas necesidades de la 
sociedad. 

La ley general bajo la cual ocurrieron las reformas postconciliares fue la 
siguiente: toda las reformas sin excepción se hacen de lo difícil a lo fácil o 
a lo menos dificil, y jamás por el contrario de lo fácil a lo dificil o a lo más 
difícil. Esta ley general de las reformas postconciliares es la inversa de la que 
aparece en la historia de las órdenes religiosas. Todas las reformas nacen de 
la repugnancia por la dulcificación de la disciplina y del deseo de una vida 
más espiritual, orante y austera. De los Cluniacenses, por ejemplo, salieron 


2El espíritu de novedad produce también desafecto hacia el Fundador, abandonándose 
incluso los lugares esenciales de su vida. En 1870 Pío IX propuso a don Bosco trasladar la 
obra de Turín a Roma preguntándole: ¿Perdería algo vuestra congregación ?; respondióle 
el Santo: Santo Padre, sería su ruina ( Memorie biografique di don Bosco, vol. TX, p. 319). 
Sin embargo, en 1972 el Capítulo Mayor de los Salesianos se trasladó a Roma y el Rector 
declaró textualmente: Lo que entonces habría sido la ruina para los salesianos, cien años 
después (habiendo cambiado radicalmente la situación) se convierte en una necesidad (OR, 
9 de junio de 1972). Y no vale afirmar que Turín continúa siendo el centro espiritual y lo 
será más que antes. Se abusaría de las palabras: un centro no puede seguir siendo el centro 
cuando los órganos centrales se marchan de él. 

3MAURICE DE LANGE, Dans le sillage des Apótres, París 1976, p. 223. 

“También el Card. CIAPPI, en OR del 3 de julio de 1981, denunció las desviaciones de 


la reforma realizadas bajo pretexto de una adaptación al mundo. 


14.2. La alteración de los principios. La estabilidad 261 


los Cistercienses, y de los Cistercienses los Trapenses. De los Menores, por 
sucesivas aspiraciones a una mayor severidad, salieron (pasando por alto los 
Fraticelli) los Observantes y aún después los Reformados y los Capuchinos, 
siempre con un movimiento ascendente y desmundanizante, y jamás con una 
tendencia descendiente y mundanizante, como por primera vez ha ocurrido 
hoy en la Iglesia. 

La reforma se elabora en gran parte a través de una enorme palabrería 
monotípica propia del léxico innovador. En los Capítulos de renovación la 
Congregación se interroga, se deja interpelar, confrontan las experiencias, 
busca identidades nuevas (lo que implica, inadvertidamente, que se convierte 
en algo distinto de sí misma), pone a punto nuevos principios operativos, 
toma conciencia de la nueva problemática de la Iglesia (lo que significa que los 
fines son alterados), ataca el problema de la creatividad, y tiende a construir 
verdaderas comunidades (como si durante siglos no se encontrasen en las 
instituciones religiosas más que pseudo comunidades), excogita los modos 
para insertarse en el contexto, etc. * 


14.2. La alteración de los principios. La esta- 
bilidad 


Como la de todas las demás partes del cuerpo eclesial, la crisis de los re- 
ligiosos es consecuencia de una exagerada asimilación al mundo, cuyas posi- 
ciones se adoptan porque se desespera de conquistarlo a partir de posiciones 
propias. Es una alienación por pérdida tendencial de la esencia y su traslación 
a otra. Y ni menor ni insignificante es la transformación del hábito de los 
religiosos y de las religiosas, siempre informado por el deseo de no diferen- 
ciarlo ya de las ropas seglares. A la vez que es un síntoma de la pérdida de 
la esencia o por lo menos de los accidentes propios de la esencia, es también 
un síntoma de servidumbre. No se debe olvidar que la singularidad a veces 
extravagante de los vestidos religiosos estaba destinada a indicar la singulari- 
dad del estado religioso y era además un signo importante de la libertad de 
la Iglesia, independiente de modas y costumbres. Del habitual desprecio al 
hábito eclesiástico se desciende después al desprecio del litúrgico, y se ve hoy 
oficiar en las celebraciones a sacerdotes con ropa puramente laica (Esprit et 
Vie, 1983, p. 190, que deplora la abulia de los obispos sobre este punto) * . La 


Estos ejemplos están extraídos de los planes de renovación de los Salesianos de His- 
panoamérica en Boletín salesiano, septiembre 1978, pp. 9-12. Pero son comunes a todos 
los capítulos de reforma (OR, passim). 

SJUAN PABLO II condena la licencia en el vestir de los eclesiásticos en la carta a su 
Vicario de la Urbe del 8 de septiembre de 1982, donde afirma que las razones y los pretextos 


262 14. Las órdenes religiosas 


vida religiosa es un género de vida conformado sobre los consejos evangélicos 
y por tanto objetivamente más excelente (es la opción ofrecida por Cristo, 
Mat. 19, 21: Si vis perfectus esse (Si quieres ser perfecto)) que la vida común, 
conformada sobre los preceptos. La tendencia según la cual se reforma hoy 
la vida religiosa es paralela a la tendencia con la que se reforma el sacerdo- 
cio. En éste es la obliteración de la distancia entre sacerdocio sacramental y 
sacerdocio común de los fieles, en aquélla es la obliteración de la distancia 
entre estado de perfección y estado común. Se destiñe y diluye lo específico 
de la vida religiosa, sea en la mentalidad o sea en la práctica. Dado que la 
existencia del hombre está constantemente fluyendo y la voluntad humana 
deambula perpetuamente en torno a la persistencia y fijeza de la ley, un es- 
tado de vida implica un orden fijo sobre el cual se modele dicho flujo. Esa 
fijeza es otorgada por el compromiso de la voluntad, que se liga pro sem- 
per a ese orden: es decir, al triple voto de castidad, pobreza y obediencia. 
Ahora bien, precisamente a causa del alejamiento en la observancia de los 
votos (no a causa de un arbitrio individual y contingente, sino por canónico 
aligeramiento establecido en Capítulos generales de reforma) se produce tal 
declive de la Regla. 

Y sobre todo ha decaído el principio de la estabilidad. La estabilidad 
que el monje prometía según la Regla benedictina tenía un doble significado, 
consecutivo al doble significado de la palabra. Basta a menudo referirse al 
sentido originario e íntimo de las palabras para clarificar una cuestión. El 
latino regere (de donde tenemos regula) tiene una doble acepción, ya que 
significa sostener y dirigir. 

La regla monástica es una norma que imprime la dirección a la vida y al 
mismo tiempo la sustenta. Del mismo modo, el latín stare (de donde tenemos 
stabilitas) significa permanecer firme y permanecer derecho. La estabilidad 
religiosa implicaba que el monje permaneciese en un monasterio y no cambia- 
se de domicilio, para que en aquella estabilidad local el religioso encontrase 
un elemento de escala vertical y una condición que facilitase su permanecer 
derecho en el comportamiento moral y religioso. 

Hoy la estabilidad local ha desaparecido. Ya no se trata de que en to- 
das las órdenes religiosas el superior no haya modificado desde hace siglos el 
domicilio de los súbditos: más bien el derecho canónico contemplaba expresa- 
mente esta inestabilidad ordenada por los superiores. Es que la movilidad se 
ha introducido en la vida interna de las comunidades individuales. No sola- 
mente a causa de la mayor movilidad general de la humanidad salen también 


a favor del modo promiscuo de vestir son mucho más de carácter puramente humano que 
eclesiológico (OR, 18-19 octubre 1982). El Cardenal Vicario promulgó en seguida normas 
válidas para todo el clero residente en Roma, pero aún se está esperando su observancia. 


14.3. La variación de fondo 263 


los religiosos para viajes, vacaciones, o deportes (a menudo encubiertos con 
intención cultural o de apostolado), sino que los miembros de una misma 
comunidad habitan en casas separadas, apartándose local y vivencialmente 
de sus hermanos. El instituto de la exclaustratio, que era una singularidad, 
se ha convertido en una forma normal de la vida religiosa. En lugar de una 
morada cenobítica se tiene una especie de diáspora en la cual se dispersan 
los mencionados valores de estabilidad, y perece la vida comunitaria. 


14.3. La variación de fondo 


Hay una variación de fondo hacia la cual se mueve la renovación, y que si 
fuese alcanzada daría lugar a un cambio catastrófico (884.2 y 5.7) equivalente 
a una aniquilación. Esta variación de fondo entra a formar parte de una 
revuelta antropotrópica que caracteriza el momento actual de la Iglesia ” . 
Esto aparece in capite librien la definición de los fines de la profesión religiosa 
y contempla los principios generales de la moral y de la religión. Aquí basta 
observar que el nuevo fin asignado a la vida religiosa, el servicio al hombre 
más que el servicio a Dios (o bien el servicio al hombre identificado con 
el servicio a Dios), se apoya sobre la suposición falsa de que el hombre no 
tiene ni puede tener como fin su propia salvación, porque mirar a su propia 
salvación sería un vicio de utilitarismo teológico. En el amor del hombre no 
podría tener lugar el amor del individuo a sí mismo, y sería algo vicioso 
perseguir la justicia sólo porque de la justicia se siga la beatitud. 

Sin adentrarse en este argumento, bastará recordar que la finalidad que 
se proponía quien hacía los votos religiosos era expresis verbis la salvación 
de su propia alma. Sin retroceder al monaquismo oriental, este fin de la 
vida religiosa se desprende incluso del prólogo de la Regla de San Benito: 
Et si fugientes gehennae poenas ad vitam perpetuam volumus pervenire, dum 
adhuc vacat et in hoc corpore sumus, currendum et agendum est modo quod 
in perpetuam nobis expedit (P L., 66, 218) ? . 


"También en el congreso de la Unión de Superiores generales, que tuvo lugar en Grotta- 
ferrata en mayo de 1981 con la presencia del Card. Pironio, se proclamó que la renovación 
hunde sus raíces no tanto en ciertos cambios más superficiales que sustanciales, sino en la 
auténtica revolución copernicana acaecida con el modo concreto con el que hoy los miem- 
bros de los Institutos se interrogan a sí mismos como religiosos. Aquí aflora el motivo 
de la variación catastrófica citado en 885.7-5.8. Muy singular es también la afirmación de 
que será la historia del Instituto quien defina su carisma. Parece como si la historia de 
un instituto, que es la explicación del carisma del Fundador, fuese sin embargo su matriz 
(OR, 11 de junio de 1981). 

8Y si huyendo de las penas del infierno, queremos llegar a la vida eterna, preciso es 
que, mientras hay tiempo aún y moramos en este cuerpo y nos es dado cumplir todas estas 


264 14. Las órdenes religiosas 


Pero no menos aparece en los grandes Fundadores modernos. Al P. Lemoyne, 
que en 1862 deseaba entrar en la congregación instituida por Don Bosco para 
ayudarle en lo poco que pueda respondía el Santo: No, las obras de Dios no 
necesitan de la ayuda de los hombres: venga únicamente para bien de su alma 
2 . Juan Pablo II no se aparta de la doctrina tradicional, y en el discurso a 
los sacerdotes amonestó: Vuestro primer deber apostólico es vuestra propia 
santificación (OR, 1 octubre de 1979). En la concepción católica el bien de 
la propia alma es la perfecta justicia, es decir, el cumplimiento de la divina 
voluntad, en lo que consiste el servicio divino y donde se celebra la gloria 
misma de Dios. No hay en esta visión, difícil pero verdadera, sombra alguna 
de utilitarismo teológico. Aún más expreso es expuesto el fin de toda pro- 
fesión religiosa en las Constituciones del Instituto de la Caridad y en las 
explicaciones dadas sobre este punto por Antonio Rosmini: El Instituto de la 
Caridad asocia a los fieles cristianos que, encendidos en el deseo de seguir 
a Cristo, "con la ayuda y la exhortación mutuas atienden a su propia per- 
fección”. Y explicando el propio y singular fin de la vida religiosa Rosmini 
escribe que tal fin es pensar ante todo en sí mismo, en la propia alma, para 
limpiarla cada vez más con la ayuda de Dios, fin para el cual el hombre se 
propone, en este Instituto, hacer un completo sacrificio de sí mismo a Dios; 
y los mismos ejercicios de San Ignacio y las misiones que el Instituto acep- 
ta llevar a cabo, no se consideran como un fin, sino como un medio para 
la propia santificación * . Finalmente, el Opus Dei (fundado en 1928 por 
el Beato Escrivá de Balaguer, erigido en Prelatura personal en 1982 y que 
cuenta con setenta mil miembros) tiene como fin principal la santificación 
personal mediante el cumplimiento de los deberes del propio estado. Las 
fórmulas por la propia salvación, para llegar al paraíso, para salvar el alma, 
no son peculiares del ascetismo monástico, sino que llegan al fondo común de 
la conciencia cristiana y forman parte de la oración litúrgica, de la oración 
común en centenares de expresiones populares e incluso del estilo notarial 
de contratos y testamentos: por la salvación de mi alma, en sufragio por mi 
alma, etc. La vida religiosa, cuya forma esencial eran los tres votos, se incli- 
na hoy fuera de la vertical institucional y se vuelve hacia el desarrollo de la 
personalidad de sus miembros en el mundo y al servicio del hombre ?! . 


cosas a la luz de esta vida, corramos y practiquemos ahora lo que nos conviene para la 
eternidad 

“Esta verdad es hoy negada por laicos y sacerdotes. Mons. RIBOLDI, obispo de Ace- 
rra, en el simposio de Lugano sobre Evangelio y sociedad condena a quien crea que la 
pertenencia a la Iglesia se reduce a un compromiso de perfección religiosa y a la búsqueda 
de la propia salvación. 

197 Epistolario completto, vol. VI, p. 92, Casale Monferrato 1890, carta al p. G. B. 
Reynaudi. 

ll Una visión amplia y distinta de la reforma de las órdenes religiosas desde la óptica 


14.4. Las virtudes religiosas en la reforma postconciliar 265 


14.4. Las virtudes religiosas en la reforma post- 
conciliar 


Las virtudes religiosas en la reforma postconciliar. Castidad. 
Temperanza 

Esta inclinación de la vertical puede reconocerse en el ejercicio de las vir- 
tudes comprometidas en los votos, y así particularizar distintamente. Sabe- 
mos bien que todas las virtudes están conectadas (Summa theol. 1, Il, q. 
65), o más bien son una única virtud. En efecto, si virtud es el hábito de la 
voluntad siempre inclinado hacia la ley eterna, el acto de cada virtud singular 
es una especificación de ese hábito; por lo que puede decirse que en cada una 
están las otras, aunque no aparezcan: fta quaelibet non tantum cohaeret, sed 
etiam inest alter, ut qui unam habet, vere omnes habere dicatur *? . Se pueden 
por tanto analizar las virtudes singulares en la vida religiosa: la disminución 
de cada una de ellas supondrá simultáneamente la disminución de la virtud 
religiosa en general * . 

En cuanto a la castidad, se hacen patentes una menor delicadeza y aten- 
ción, tanto en la general laxitud asumida por las costumbres clericales, como 
en la más frecuente promiscuidad incluso en los viajes, y en el abandono 
de aquellas cautelas practicadas por hombres santos y grandes, hoy deses- 
timadas en teoría y descuidadas en la práctica. No se debe esconder que la 
repugnancia por la castidad, normalmente oculta, es causa de gran parte de 
las defecciones. En el Motu propio Ecclesiae Sanctae de Pablo VI se pres- 
cribe en el $22: Atiendan los religiosos más que los demás fieles a las obras 
de penitencia y mortificación. 


renovadora la dieron los Capuchinos de la provincia helvética en un programa difundido 
por la Televisión suiza el 7 de abril de 1982. Las reformas realizadas fueron presentadas en 
su totalidad bajo una fórmula general: las desviaciones de la Regla serían modos nuevos de 
seguir la Regla y así, violando la Regla, se interpretaría auténticamente al Fundador San 
Francisco. Fueron exhibidos como valores positivos las experiencias de aquellos Capuchinos 
que al regresar de las misiones abandonan su comunidad y dejan toda actividad propia de 
los religiosos declarando querer entrar en una nueva experiencia de búsqueda de Dios: se 
entregan entonces a una vida vagabunda o eremítica, eluden las obligaciones profesadas, 
siguen como principio la fe en el hombre, y emprenden obras de filantropía (proclamando 
no emprender obras católicas, sino obras de gente reunida en torno a la fe del hombre). 
Afirman que la pobreza no consiste en el abandono de las riquezas, sino en su reparto. 
Como de costumbre confunden las esencias, transformando la pobreza por imitación de 
Cristo en la virtud de caridad por amor al hombre. 

12SAN BUENAVENTURA, De profectu religionis, lib. IL, cap. 24. 

ISPara percibir la distancia entre la antigua y la moderna disciplina, es útil leer a 
ROBERT THOMAS en La journée monastique, París 1983, donde describe las costumbres 
cistercienses. 


266 14. Las órdenes religiosas 


La virtud de temperanza (ordenada en las Órdenes antiguas por la Regla, 
observada individualmente y practicada comunitariamente) se mantuvo en 
los tiempos modernos hasta la renovación postconciliar. 

Pasando por alto las dietas de pan y agua de los anacoretas orientales, las 
xerofagias cenobíticas y las dietas rigurosas de Chartreux, de los Trapenses 
y de los Mínimos, se puede afirmar que todos los institutos religiosos desde 
el Concilio de Trento hasta las más modernas fundaciones prescribieron co- 
midas parquísimas y bebidas módicas: por la mañana café con leche y pan, 
a mediodía minestra, carne con guarnición, una fruta y un pequeño vaso de 
vino + ; por la noche, una minestra y una comida con verdura. 

Es superfluo añadir que se practicaban la abstinencia de carnes y el ayuno 
en los días de precepto. Hoy en ciertos países ricos la comida consiste, para 
desayunar, en café, chocolate, té, leche, mermelada, bacon, queso, yogurt, 
pan y bizcochos; para comer, en entremeses, minestra, carne o pescado con 
dos guarniciones, fruta o dulce, pan, café, y un vaso de cerveza o de vino; a 
media tarde se ofrece leche, café, té, bizcochos y fruta; en la cena, igual que 
para comer, salvo los entremeses y el café. 

No quiero aquí caer en el juicio erróneo de quien, por falta de conocimien- 
tos históricos, equipara todos los tiempos y todas las costumbres; al aplicar el 
juicio mixto histórico-moral sobre la virtud monástica debe tenerse firme el 
criterio de la virtud, pero sin olvidar las relatividades históricas. Aquellas fe- 
roces mortificaciones del instinto del apetito en las que es célebre la ascética 
oriental eran un modo de separarse de la comida común de los hombres, 
mucho menos rica y menos variada que hoy. 

La privación mortificante debe ser calculada pro rata parte, de modo que 
el alimento mortificante se diferencie del alimento común. En una época en 
que la mayoría se alimentaba de pan de centeno (por limitarnos a la costum- 
bre de la región de la Insubria en Lombardía) sentado además desde hacía 
semanas y meses, o bien de castañas, la temperanza monástica exigía que 
se quitase todavía algo de aquel ya pequeño alimento, llegando a austeri- 
dades hoy inconcebibles. El alimento monástico debe actualmente mermar 
un régimen alimenticio incomparablemente más opíparo: pero debe mermar- 
lo. En medio de las relatividades, que mudan de siglo en siglo, permanece la 


1El vino era a menudo de mala calidad. Don Bosco, por ejemplo, adquiría los restos 
del mercado y aún así los aguaba, por lo que bromeando decía: He renunciado al diablo, 
pero no a sus pompas, Memorie biografiche, vol. TV, p. 192 (edición no comercial). Pero el 
escrito más significativo está en la Apología ad Guillelmum abbatem de SAN BERNARDO, 
donde se encuentra una vívida pintura de la relajación de la vida monástica en el siglo 
XIT. Puede verse ahora en el primer tomo de las Opera Omnia, editado por el Seriptorium 
Claravallense, Milán 1984, pp. 123 y ss. Y véase lo que digo al respecto en la Introducción, 
pp. 139-143. 


14.5. Pobreza y obediencia 267 


exigencia fundamental de que el alimento de los consagrados sea inferior al 
régimen común y pueda ser reconocido como tal. Ni siquiera en el alimento 
es el religioso un hombre como los demás. 


14.5. Pobreza y obediencia 


Considero la temperanza incluida en la pobreza, porque aquélla es en rea- 
lidad una parte de la vida humilde y pequeña a la que se reconduce ésta. Sin 
embargo, aunque la temperanza es la pobreza en el alimento, la expoliación 
comprometida en los votos religiosos alcanza (además de a las partes tocantes 
a lo necesario, como es el alimento) incluso a todos los adminículos que 
forman las comodidades del vivir y a las que se debe disminuir y renunciar, 
se entiende que siguiendo el criterio de la relatividad histórica antes citado. La 
pobreza no exigirá iluminar la noche con luces de aceite y con candelas en el 
siglo de la electricidad, y ni siquiera atenerse a los lugares señalados de Deut. 
23, 12-13 en un siglo donde los cuartos de baño son lujosos como estancias 
regias y de ellos se publican incluso catálogos; tampoco defenderse del frío 
con un único fuego en el siglo de los radiadores eléctricos y de la calefacción 
central, cuando el salutífero calor es distribuido desde una única fuente a todo 
un edificio, a todo un solar, a toda una ciudad. Ni reducir la comunicación 
a sólo la epistolar, mediante lentas y escasas mensajerías postales, en la era 
de la telefonía y de la telegrafía. Es necesario que el incremento general de 
la comodidad transfiera al género de lo necesario lo que antes pertenecía al 
de lo superfluo. 

Sé bien que se llama progreso a ese movimiento que cada vez más, y a 
cada vez a un número mayor de personas, hace necesario lo que era superfluo. 
La progresiva desaparición de la autarquía del individuo es característica de 
la civilización contemporánea, en la cual el hombre es ayudado y dirigido al 
hacerlo todo. 

Pero incluso si el movimiento de la civilización es en tal sentido, es propio 
de los hombres dedicados al estado de perfección sustraerse todo lo posible a 
él, o por lo menos a sus excesos. Por ejemplo, el uso de medios radiofónicos y 
de televisión, hasta hace pocos años prohibido en las comunidades religiosas, 
se concedió posteriormente a la comunidad como tal, y ha entrado ahora en 
las celdas individuales. 

Los medios audiovisuales, que graban diariamente en millones de cerebros 
las mismas imágenes y al día siguiente vuelven a grabar encima otras distin- 
tas en los mismos cerebros (como sobre un mismo folio reimpreso miles de 
veces), son el órgano más poderoso de la corrupción intelectual en el mundo 
contemporáneo. 


268 14. Las órdenes religiosas 


No negaré que de estas prodigiosas antenas, que envían sobre el mundo 
influjos más eficaces que las constelaciones de las esferas celestes, provenga 
también algún mínimo influjo capaz de ser útil per accidens a la religión. 
Niego sin embargo que esta pequeña parte pueda legitimar el uso habitual 
e indiscriminado de tal comodidad y convertirse en un criterio sobre el cual 
modelar los ritmos de la vida religiosa. ¿Cómo no escandalizarse cuando 
ciertas comunidades han abandonado la costumbre plurisecular de recitar en 
la iglesia las oraciones de la noche, para así no impedir el disfrute de los 
programas de televisión que chocan con la observancia de la Regla? 


14.6. Nuevo concepto de la obediencia reli- 
glosa 


Pero el punto en el que el redireccionamiento que facilita la renovación 
de las órdenes religiosas se manifiesta más claramente es en la obediencia. La 
flexión resulta grande si se parangona con la antigua observancia, pero más 
aún si se considera la variación acaecida en el concepto mismo de obediencia. 
Rebajado el concepto de esta virtud se rebaja inevitablemente su práctica. 
La declinación teórica sancionada en los Capítulos generales de reforma ha 
acaecido según el proceso habitual en la corriente innovadora. No se propone 
un nuevo concepto en el que se advertiría pronto el cambio de género, sino 
que se pretende llegar a otro estilo y a otro modo de lo mismo (885.3-5.4). 

Por aportar una prueba, después de haber rebajado el principio de au- 
toridad introduciendo un estilo fraternal, en el Congreso antes citado los 
Superiores Generales rebajan concomitantemente el de obediencia: la acen- 
tuación del carácter de servicio de la autoridad implica un nuevo estilo de 
obediencia. Ésta debe ser activa y responsable (OR, 18 de octubre de 1972). 
Y divagando en el circiterismo: Autoridad y obediencia se ejercitan como 
dos aspectos complementarios de la misma participación en el sacrificio de 
Cristo. 

Ciertamente no niegan los Superiores que el obediente deba hacer la vo- 
luntad de Dios, pero ya no identifican la voluntad de Dios con la del Superior, 
como lo hace la ininterrumpida doctrina del ascetismo católico. Al contrario, 
obediente y superior proceden paralelamente en el cumplimiento de la volun- 
tad de Dios buscada fraternalmente por medio de un diálogo fecundo. 

Bajo unas mismas palabras corren aquí conceptos de un género muy dis- 
tinto. La obediencia no es en modo alguno una búsqueda dialéctica de la 
voluntad a la que someterse, sino una sumisión a la voluntad del Superior. 
No supone una reconsideración de la orden del Superior por parte de quien 


14.7. Enseñanza de Rosmini sobre la obediencia religiosa 269 


obedece. La obediencia católica no admite estar fundada sobre el examen 
de la orden o de la calidad del Superior. Es falsa la opinión del Delegado 
apostólico en Inglaterra de que la autoridad vale únicamente lo que valgan 
sus argumentos (OR, 24-25 de octubre de 1966). Esto es verdad en la dis- 
cusión, en la que prevalece la fuerza lógica, pero no en la autoridad de go- 
bierno. Nótese además cómo la teoría de la obediencia absoluta es propia de 
los despotismos y no es doctrina católica. La religión obliga a desobedecer a 
quien ordena una obra manifiestamente ilícita. 

Esta obligación de desobedecer es la base del martirio. 

La obediencia no busca una coincidencia de voluntad entre súbdito y 
superior. Esta coincidencia, conseguida en la obediencia tradicional haciendo 
propia la voluntad del otro, se obtiene ahora con una inclinación de las dos 
voluntades utrinque. La obediencia resulta entonces enteramente subjetiva, 
y la vía del consentimiento deja de ser la del sacrificio de la propia voluntad 
modelada sobre la voluntad de otro. 

En la vía de la concordancia, quien se sujeta lo hace en última instancia 
a sí mismo. El principio de la independencia (al que hemos visto producir 
el autogobierno, la autodidáctica, la autoeducación e incluso la autorreden- 
ción) no podía dejar de revestir la vida religiosa, quitando a la obediencia su 
fundamento: hacer desaparecer tendencialmente el sujeto para elevar el ob- 
jeto. El principio de la obediencia religiosa cede del todo ante el espíritu de 
independencia y ante la emancipación igualitaria. Ostentaciones clamorosas 
de tal Úppig (insolencia) se vieron en Estados Unidos con ocasión de la visita 
del Papa, a quien se enfrentó públicamente Sor Teresa Kane, presidenta de 
la Federación de monjas de aquel país. 

Y cuando el Vaticano cesó a Sor Mary Agnes Mansour, directora de un 
centro estatal para la interrupción del embarazo, miles de religiosas reunidas 
en Detroit se rebelaron contra la Santa Sede acusándola de ser un poder 
machista, de violar los derechos de la persona, de sofocar la libertad de con- 
ciencia, e incluso de transgredir el derecho canónico. 


14.7. Enseñanza de Rosmini sobre la obedien- 
cia religiosa 


Para calibrar cuánta distancia existe entre el concepto reformado de la 
obediencia religiosa y el concepto perpetuamente seguido en la Iglesia, no 
citaré a legisladores de las Órdenes antiguas, sino el pensamiento de un fun- 
dador moderno en quien iban a la par la profundidad de la especulación 
teológica y la profundidad de la inspiración religiosa. Antonio Rosmini, fun- 


270 14. Las órdenes religiosas 


dador del Instituto de la Caridad (aprobado por la Santa Sede en 1839), 
aparta en sus obras ascéticas toda sombra de subjetivismo en la virtud de la 
obediencia, y la reduce a su nuda esencia. La obediencia consiste en abdicar 
libremente semel pro semper la voluntad propia en la voluntad del Superior, 
y por consiguiente renunciar al examen de la orden. 

Ciertamente la obediencia es un acto sumamente racional, porque está fun- 
dada sobre una persuasión razonada: pero no sobre la persuasión de que la 
obra concreta ordenada sea buena (ésta era la doctrina de Lamennais), sino 
en la persuasión de que el superior tiene autoridad legítima para ordenar. La 
filosofía de las palabras se pone del lado de la ascética. El verbo griego que 
significa obedezco, significa primordialmente y por sí mismo estoy persua- 
dido: no de la bondad del acto, que por tanto yo mismo haría por elección 
autónoma, sino del derecho de mandar de quien manda. 

Si se reduce la obediencia a la persuasión subjetiva sobre la bondad de la 
cosa mandada, la virtud de obediencia se diluye. La obediencia se convierte 
en auto-obediencia. Rosmini lo enseña en muchos lugares. 5% se establece 
como motivo de la obediencia la razonabilidad de la orden, se destruye la 
obediencia. Y más expresamente: Se debe obedecer con simplicidad, sin pensar 
si la orden es justa o no, útil o inútil. Y todavía: La ceguera de la obediencia 
es la ceguera misma de la fe. Y con expresión más enérgica: Debemos ser 
víctimas con Cristo, y lo que se inmola debe ser el hierro de la obediencia. Y 
a uno de sus religiosos en Inglaterra, con paradoja no paralógica: Vale más 
un solo acto de obediencia que la conversión de toda Inglaterra *?. 

La doctrina rosminiana, que es la católica, es enormemente profunda, 
porque identifica la obediencia con el acto esencial de la moralidad: recono- 
cer la ley y someterse a ella. Se encuentra en las antípodas de la óptica de los 
innovadores, para la cual se hace por obediencia a la orden lo que se haría 
por libre elección incluso sin ella. Por el contrario, obedecer es hacer porque 
está mandado lo que sin estar mandado no se haría. La variación acaecida 
alcanza al principio de la moral y también al de la teología. El cristianismo no 
asigna al hombre-Dios y a la voluntad humana un fin distinto a la obediencia 
a la voluntad de Dios, natural o sobrenaturalmente conocida. La obediencia 
desaparece tras las reformas postconciliares, y Pablo VI lo hizo notar en el 
discurso pronunciado en la Congregación general de la Compañía de Jesús 
(OR, 17 noviembre 1966), en el cual atestiguaba no poder esconder su estu- 


I5Para estas cinco citas rosminianas, ver Epistolario ascetico, Roma 1913, vol. I, p. 308; 
vol. 111, p. 255; vol. III, p. 91; vol. l, p. 567; vol. III, p. 211. Lo que era la obediencia 
religiosa y cómo el Superior concebía el deber de exigirla, aparece en la carta con la 
que SAN FELIPE NERI excluyó de la sucesión a dos de sus religiosos (que se habían 
distinguido por otros motivos) por falta de esta virtud. La carta se incluye en el artículo 
de NELLO VIAN en OR, 16-17 de noviembre de 1981. 


14.8. Obediencia y vida comunitaria 271 


por y su dolor al conocer las extrañas y siniestras sugerencias que siguiendo 
el criterio de la absoluta historicidad intentaban quitar a la Compañía sus 
bases y trasladarla sobre otras, como si no existiera en el catolicismo un 
carisma de verdad permanente y de invencible estabilidad. También en la re- 
forma operada o intentada en la célebre Compañía se reconoce un espíritu 
de novedad radical que para rimar con el mundo derriba, conjuntamente con 
las derribables relatividades históricas, la esencia y lo suprahistórico de la 
religión. 


14.8. Obediencia y vida comunitaria 


Siendo la Regla el objeto de la obediencia, así como la norma unificado- 
ra que mentes fidelium unius efficit voluntatis ** , el debilitamiento de la 
obediencia da lugar al debilitamiento del espíritu de comunidad. En el OR 
del 22 de diciembre de 1972, un artículo sobre la secularización de la vida 
religiosa menciona un Capítulo de reforma de una Congregación que ha ba- 
rrido de las Constituciones del Fundador todas las prácticas de piedad (Misa 
diaria, lectura espiritual, meditación, examen de conciencia, retiro mensual, 
rosario, etc.), todas las formas de mortificación, y ha puesto en discusión 
incluso el valor del voto de obediencia, concediendo al religioso el derecho de 
objeción de conciencia para casos en los que quiera sustraerse a las órdenes 
de los Superiores. 

El artículo afirma justamente que estamos ante la anulación de la vida 
religiosa. Pero después, por la habitual acomodación, se pliega a conceder que 
en esa subversión y aniquilación de la vida religiosa existe algo de positivo 
que tendría una función catártica. 

En verdad no veo cómo una tendencia definida como destructiva para la 
vida religiosa puede después calificarse de purificación de la misma. 

Disuelto por consiguiente el nudo de la obediencia, que vincula a todos 
los miembros de la comunidad a perseguir in comune los fines del instituto 
y a dedicarse al cuidado del alma conjuntamente con los otros miembros, 
los actos específicos del estado religioso son realizados por los individuos 
como si no existiese la comunidad. Se celebra la Misa en hora ad libitum, se 
medita según el propio gusto y eremíticamente, o se remite la oración a la 
espiritualidad personal. El mismo hábito, en tiempos uniforme para todos los 
miembros de un instituto, se deja a la libertad individual, y así las formas 
varían desde la túnica al hábito talar, al clergyman, al vestido laico, al mono, 
etc. 


16Da a las mentes de los fieles un solo querer. Liturgia del IV Domingo después de 
Pascua 


272 14. Las órdenes religiosas 


Tampoco la imposición de la práctica de la concelebración constituye 
un suficiente correctivo al alejamiento de la vida comunitaria. No teniendo 
carácter obligatorio, y siendo seguida solamente por una parte de la comu- 
nidad, parece más un signo de división que de comunión. Se puede por tanto 
afirmar que al no hacerse ya en común todos los oficios de piedad, la comu- 
nión entre los miembros de una misma familia tiende a convertirse solamente 
en comunión de mesa y de domicilio (aunque véase 814.2), o todo lo más de 
trabajo. Tampoco la libertad individual en los ejercicios de piedad se puede 
justificar alegando la necesidad de conformar esas cosas al ¿idiotropion de cada 
religioso. 

Si la exigencia que hubiese que satisfacer fuese la del ¿diotropion, no exis- 
tirían institutos religiosos, que están precisamente destinados a poner en 
común lo que en la reforma postconciliar se reivindica in proprio. 

Es obviamente una contradicción ¿n terminis entrar en una comunidad 
para hacer aisladamente y por cuenta propia las cosas cuya realización en 
común es la causa de asociarse. Como última conclusión de este análisis 
diremos que también la crisis de la vida religiosa germina a causa de la 
adopción del principio de independencia y de la disolución de los valores 
en la subjetividad. La comunidad retorna a la multiplicidad disorgánica: 
Chacun dans sa chacuniére. De la libertad de juzgar al superior se desciende 
a la libertad de elegirlo todo (incluso, como veíamos, el domicilio). No es 
casualidad que en algunos monasterios esté abolido el oficio del hermano 
portero. No digo que estas reformas no se abriguen con alguna razón: lo que 
digo es que el abrigo es corto. 


Capítulo 15 


El pirronismo 


15.1. Fundamentación teológica del discurso 


Sin duda, un análisis del espíritu de vértigo (es decir, de revolución y de 
exceso) que ha entrado en la Iglesia del siglo XX puede ser conducido también 
en línea puramente filosófica. Sin embargo, en la epistemología católica la 
filosofía es una disciplina subalterna que apela a una ulterioridad de fe, y por 
eso la consideración filosófica está incluida en una consideración más alta, a 
la cual sirve sin perder su autonomía propia. 

La crisis de la Iglesia, según se reconoce y según hemos indicado en los 
epígrafes iniciales de este libro, es una crisis de fe, pero el vínculo existente 
entre la constitución natural del hombre y la vida sobrenatural (no yuxta- 
puesta, sino inherente a él) impone al estudioso católico la búsqueda de la 
etiología de la crisis en un orden más profundo que el filosófico. 

En la base de la actual desviación se sitúa un ataque a la potencia cognosc- 
itiva del hombre, apelando en última instancia a la constitución metafísica del 
ente, y finalmente a la constitución metafísica del Ente primero: a la divina 
Trinidad. Este ataque a la potencia cognoscitiva del hombre lo denominamos 
con una palabra históricamente expresiva: pirronismo; y no se refiere a esta 
o aquella certeza de razón o de fe, sino al principio mismo de toda certeza: 
la capacidad del hombre para conocer. 

Esta vacilación en el eje en torno al cual gira el mundo de las certezas 
requiere dos acotaciones. 

Primera: ya no es un fenómeno aislado y esotérico, peculiaridad de alguna 
escuela filosófica, sino que empapa la mentalidad del siglo; y hasta el mismo 
pensamiento católico transige con él. 

Segundo: el fenómeno alcanza una profundidad teológica además de metafí- 
sica, porque alcanza a la constitución del ente creado y por tanto también a 


273 


274 15. El pirronismo 


la del Ente Increado, del cual el primero es una imitación analógica. Así como 
en la divina Trinidad el amor procede del Verbo, en el alma humana lo vivido 
procede de lo pensado. Si se niega la precedencia de lo pensado respecto a 
lo vivido o de la verdad respecto a la voluntad, se intenta una dislocación 
de la Trinidad. Si se niega la capacidad de captar el ser, la expansión del 
espíritu en la primacía del amor queda desconectada de la verdad, perdiendo 
toda norma y degradándose a pura existencia. Abandonando la Idea divina, 
considerada inalcanzable, la vida humana se reduce a puro movilismo y deja 
de llevar consigo valores del mundo ideal. Y si no fuera porque Dios no puede 
dejar que su criatura se desenvuelva en un puro movimiento escindido de la 
axiología, el mundo del hombre sería un devenir sin sustancia, sin dirección 
y sin término. 

Introduciendo el alogismo pseudoabsoluto (pseudo, porque el pensamiento 
no puede negarse a sí mismo) el pirronismo deforma el organismo teológico 
de la Trinidad, e invierte en ella las procesiones. Si la verdad es inalcanzable, 
la dinámica de la vida no procede de lo inteligible, sino que lo precede y lo 
produce. Como vió agudamente Leopardi, el rechazo de la Idea equivale en 
sentido estricto, último e irrefragable, al rechazo de Dios, porque quita de la 
vida humana toda sombra de valores eternos e indestructibles. 

Si la voluntad no procede del conocimiento, sino que se produce y se jus- 
tifica por sí misma, el mundo (apartado de su base racional) se convierte 
en insensatez. Y si se niega la aptitud de nuestro intelecto para formar con- 
ceptos que tengan similitud con lo real, entonces cuanto más incapaz sea la 
mente para aprehender y concebir (es decir, tomar consigo) lo real, tanto 
más desarrollará por sí misma su propia operación, produciendo (es decir, 
extrayendo) simples excogitaciones. Estas excogitaciones están ocasionadas 
por algo que alcanza a nuestras facultades, pero ausente de nuestro concepto 
de ellas. De aquí proceden tanto la Sofística antigua como la moderna, que 
confían en el pensamiento al mismo tiempo que desconfían de alcanzar la 
verdad. 

Si el pensamiento no tiene una relación esencial con el ser, entonces no 
soporta las leyes de las cosas y no es medido, sino medida. La frase del ab- 
deritano Protágoras retrata bien la independencia del pensamiento respecto 
de las cosas: el hombre es la medida de todas las cosas (DIELS, 74 B I). Y 
en las tres proposiciones de Gorgia de Leontini son palpables el rechazo a 
acudir al objeto y la perversidad de la mente, que da vueltas sobre sí misma: 
Nada existe. Si algo existiese, no sería cognoscible. Si fuese cognoscible, no 
podría ser expresado (DIELS, 76 B) * . La maldad de la heurística ha tenido 


lLas tres proposiciones son paralógicas si se toman sin comentario, pero se hacen ver- 
daderas si se les añade la condición de la absolutividad. Ningún ente finito es perfectamente, 


15.2. El pirronismo en la Iglesia 275 


manifestaciones en todas las ramas de la ciencia, siempre en tiempos en que 
el espíritu subjetivo sacaba a relucir su fuerza de independencia. Dejando 
de lado las extravagancias de los Sofistas griegos y la sofística irreligiosa que 
niega la misma existencia individual de Cristo, trataré del pirronismo en la 
Iglesia contemporánea. 


15.2. El pirronismo en la Iglesia 


El pirronismo en la Iglesia. Card. Léger. Card. Heenan. Card. 
Alfrink. Card. Suenens 

El fondo de la actual desviación mundial y eclesial es el pirronismo: la 
negación de la razón. Resulta superficial considerar, como comúnmente se 
hace, que la civilización moderna se caracteriza por una sobrevaloración de 
la razón. Si por razón se entiende la facultad calculadora y constructiva del 
pensamiento, al cual debemos la técnica y el dominio de las cosas, dicha 
atribución puede valer. Pero tal facultad es de grado inferior, y hasta se en- 
cuentra en las arañas y en las abejas. Pero si, con más propiedad, se define 
la razón como la facultad de captar el ser de las cosas y su sentido y de 
adherirse a ellas con la voluntad, entonces la edad contemporánea es mucho 
más deudora del alogismo que del racionalismo. Pío XII, en el tercer Syllabus, 
volvió a reivindicar contra el espíritu del siglo verum sincerumque cognitionis 
humanae valorem ac certam et immutabilem veritatis assecutionem ? (DEN- 
ZINGER, 2320). Y Pablo VI en OR, 2 junio 1972, afirmó claramente: Somos 
los únicos en defender el poder de la razón. En la Constitución doctrinal Dei 
Verbum 6 , el Vaticano II retomó el texto antipirroniano del Vaticano I: Deum 
omnium rerum principium et finem natural humanae rationis lumine certo 
cognosci posse* . En Gaudium et Spes, 19, se condena a quienes rechazan sin 
excepción toda verdad absoluta. 

Pero estas afirmaciones contra el pirronismo no reflejan la mentalidad de 
gran parte del Concilio y están en antítesis con los desarrollos postconci- 
liares. El cardenal Léger, en la LXXIV congregación (OR, 25-26 noviembre 
1963), sostuvo: Muchos consideran que la Iglesia exige una unidad demasiado 
monolítica. En los últimos siglos se ha impuesto una uniformidad exagerada 
en el estudio de las doctrinas. 


es decir, todo lo que es posible ser; nada hay que sea cognoscible perfectamente, es decir, 
tanto cuanto es cognoscible; y nada es expresable perfectamente, es decir, tanto cuanto es 
expresable. 

2... el verdadero y auténtico valor del conocimiento humano (...) y, finalmente, la con- 
secución de la verdad cierta e inmutable 

3Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz 
natural de la razón humana, partiendo de las criaturas. 


276 15. El pirronismo 


El cardenal canadiense parece reconocer menor unidad doctrinal de la 
Islesia en siglos bastante anteriores, cuando sobre quien la rompía recaían 
sanciones sangrientas; y además ignora completamente la variedad de escue- 
las teológicas que caracterizan la vida histórica de la Iglesia. 

Pero Léger asocia con el juicio histórico una valoración teórica mediante 
la cual cae en un puro pirronismo: Sin duda la afirmación según la cual la 
Iglesia posee la verdad, puede resultar justa si se hacen las distinciones nece- 
sarias. El conocimiento de Dios, cuyo misterio explora la doctrina, impide la 
inmovilidad intelectual (OR, 25 noviembre 1963). Por tanto niega que existan, 
en la Iglesia y fuera de ella, verdades inconmovibles, y apoya su pirronismo 
sobre la trascendencia: como si la imposibilidad del ente finito de conocer 
infinitamente al infinito impidiese toda cognición, cuando al contrario, cons- 
tituye su fundamento. El pasaje de San Agustín, según el cual hace falta 
buscar para encontrar y encontrar para seguir buscando, es mal compren- 
dido por el cardenal, pues es contrario al pirronismo; hay que buscar para 
encontrar, y se encuentra para seguir buscando, pero son cosas distintas lo 
que se ha encontrado y lo que se sigue buscando: no son la misma cosa, como 
si no se hubiese encontrado nada y, en tales condiciones, no se convirtiese en 
«posesión definitiva» * . 

El cardenal Heenan constataba en OR del 28 de abril de 1968 la genera- 
lizada postura de escepticismo relativista del Magisterio: El Magisterio no se 
ha conservado más que en el Papa. Ya no es ejercitado por los obispos, y es 
muy difícil que una doctrina errónea sea condenada por la jerarquía. 

Fuera de Roma, el Magisterio se ha convertido hoy en algo tan inseguro 
de sí mismo que casi ni intenta ya ni siquiera guiar. Aquí se ataca ciertamente 
la desistencia de la autoridad, pero también se señala la incertidumbre pirro- 
niana introducida en el cuerpo docente de la Iglesia. 

El cardenal Alfrink, en rueda de prensa del 23 de septiembre de 1965 di- 
fundida por las agencias en el curso de la cuarta sesión del Concilio, percibe 
también el fenómeno; pero contrariamente al cardenal inglés, le da una con- 
notación positiva, profesando expresis verbis el pirronismo: El Concilio ha 
puesto a los espíritus en movimiento y no existe casi ninguna cuestión en la 
Iglesia que no sea puesta en discusión. 

Finalmente, el card. Suenens, en la Semana de los intelectuales católi- 
cos franceses (París, 1966): La moral es ante todo viva; es un dinamismo de 
vida, y bajo este título está sometida a un crecimiento interior que impide 
toda permanencia * (Documentation catholique, n. 1468, coll. 605-606). Evi- 


“Feliz es a este propósito la fórmula de Juan Pablo II en el discurso al CERN durante 
la visita a Ginebra: Es preciso aunar la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya 
las fuentes de la verdad. (OR, 16 junio 1982). 

5Esta fijeza del espíritu en la verdad es considerada como un mal por los obispos de 


15.3. La invalidación de la razón. Sullivan. Rechazo de la certeza 277 


dentemente, el cardenal confunde la moral en cuanto exigencia absoluta e in- 
mutable que se impone al hombre, con la vida moral concreta, continuamente 
fluctuante en el individuo entre un juicio y otro. La moral no es dinamismo 
subjetivo, sino Regla absoluta, participación de la Razón divina. 


15.3. La invalidación de la razón. Sullivan. 
Rechazo de la certeza 


En el libro de Jean Sullivan Matinales (París 1976) * se sostiene a cara 
descubierta la invalidación de la razón. El autor niega como privada de fun- 
damento escriturístico la distinción entre fe y amor; por consiguiente, sin im- 
portarle deformar la divina Trinidad, niega la existencia en la Iglesia de una 
crisis de fe. Obviamente no se puede hablar de crisis, que significa discerni- 
miento, cuando no se tiene medida fija, es decir, instrumento para discernir 
la fe de lo que no lo es; y menos cuando, con confusa consideración, se toman 
como una unidad ideas contrapuestas. Debe observarse además que la distin- 
ción entre creer y amar no sólo está fundada sobre la Escritura, sino sobre 
el ser del hombre, en el cual intelecto y voluntad son realmente cosas dis- 
tintas. Su distinción remite por analogía a la distinción real en el organismo 
ontológico de la Trinidad. 

Que destruir esa distinción signifique destrucción radical de la racional- 
idad se desprende de las proposiciones de Sullivan acerca de la incompat- 
ibilidad entre fe y certeza: Los creyentes se imaginan que la fe va unida 
a la certeza. ¡Se lo han introducido en la cabeza! Hay que desconfiar de la 
certeza. ¿Sobre qué se fundan generalmente las certidumbres? Sobre la falta 
de profundización de los conocimientos. 

Muchos absurdos lógicos y religiosos son recogidos en el libro. Si el autor 
pretende afirmar que una cosa no puede ser creída si es vista, dice una cosa 
obvia y trillada en filosofía. Pero si insinúa que no se puede tener certeza de 
una cosa creída, camina fuera de la doctrina católica. Que la fe es certeza es 
dogma católico, y también lo es que esta certeza no es privilegio de almas 
místicas o de almas simples, sino luz común para todos los creyentes. En 
segundo lugar, Sullivan subvierte toda gnoseología cuando pone en razón 
inversa la certeza y la profundización de los conocimientos. Antes al contrario, 
la certeza es el estado subjetivo de quien conoce, precisamente en cuanto que 


Francia en su Missel pour les dimanches 1983, en el que hacen rezar por los creyentes que 
sienten la tentación de apoltronarse en sus certezas. 

SReseñado ampliamente por ICI (n. 506, p. 40, septiembre 1976), el más difundido 
órgano francés de la corriente innovadora. 


278 15. El pirronismo 


conoce, la ignorancia es una falta de conocimiento, y la duda un minus de 
conocimiento. 

La opinión de Sullivan se resiente de la calumnia irreligiosa celebrada 
por Giordano Bruno (en páginas memorables de los Diálogos) sobre la santa 
estupidez. Dicha calumnia acompaña al otro error, ya definitivo, según el cual 
la certeza y la fe truncarían la posibilidad de la acción; como dice el autor con 
rastreras paradojas, vivir es perder la fe. Toda estabilidad del pensamiento 
haría imposible la comunión con otros espíritus, debiendo ser nuestro espíritu 
en todo momento transmutable de todas las maneras. La doctrina católica 
supone por el contrario que la comunión implica algo que permanece idéntico 
en el movimiento de la vida. 

Además, el pensamiento no procede de la vida, sino la vida del pensamien- 
to; y teológicamente, no procede el Verbo del Espíritu Santo, sino el Espíritu 
Santo del Verbo. La acción humana nace de la persuasión de la verdad, y la 
historia de la filosofía lo confirma. Los Eféticos en la Antigúedad, así como 
todos los sistemas de huída de la acción, consideraron que debían reducirse 
las certezas para poder reducir la acción, y en último término llegar a la 
anulación del conocer para entrar en el puerto de seguridad y de ataraxia del 
espíritu. 

La certeza es el estado mental subsiguiente a la profundización del cono- 
cer, y no a su superficialidad, como propaga Sullivan. Él niega que haya un 
fondo que resiste a la búsqueda: un caput mortuum, un «absoluto». Aquí el 
pirronismo va de la mano de su gemelo, el movilismo, y al igual que éste 
concluye en la blasfemia: Vivir es también perder la fe y comprender que se 
está poseído por ella. Por eso, encontrar a Dios implica renegar, en el mismo 
instante, de Él. 

Se advierte aquí una frívola afición a la paradoja, pero más allá del es- 
quema literario está la negación del Verbo y, como agudamente vió Leopardi, 
la negación de Dios. 


15.4. Más sobre la invalidación de la razón 


Más sobre la invalidación de la razón. Los teólogos de Padua. 
Los teólogos de Ariccia. Manchesson 

Tampoco se piense que para demostrar el pirronismo introducido en la 
Islesia hemos aislado y destacado algún caso con el objeto de causar estupor. 
Los hemos señalado como síntoma, no como extravagancia. Y la difundida 
mentalidad que indican puede captarse también no sólo en manifestaciones de 
personas individuales autorizadas, sino de corporaciones intelectuales enteras. 

El Congreso de los moralistas italianos de 1970 en Padua votó entre sus 


15.4. Más sobre la invalidación de la razón 279 


conclusiones que, estando sistemáticamente incluido el ejercicio de la razón 
en una condición histórica particular, no es posible su ejercicio en términos 
universales. Evidentemente esto supone la destrucción de la razón y por 
tanto de todas las cosas, comprendido el congreso de moralistas. Análogo es 
el pirronismo del Congreso de los teólogos de Ariccia, presidido por el Card. 
Garrone, prefecto de la Congregación para la enseñanza católica. El OR del 
16 de enero de 1971 daba relación de él sin plantear crítica alguna. Según la 
corriente dominante, ninguna proposición puede considerarse absolutamente 
verdadera. No se dan preámbulos racionales a la teología, porque la palabra 
de Dios se justifica por sí misma y se interpreta por sí misma. 

La antítesis con la teología de la Iglesia es aquí aún menos importante 
que la antítesis con su filosofía. En primer lugar, la fe del hombre no puede 
existir sin racionalidad, siendo el hombre una criatura racional. Segundo, la 
palabra de Dios sólo se justificaría por sí misma (como aquí se pretende) en 
caso de ser evidente, pues solamente la evidencia, inmediata o mediata, da 
justificación a unas palabras; ahora bien, esta evidencia falta a la palabra 
de fe, a la cual precisamente se asiente por fe, y no por evidencia. Tercero, 
decir que la palabra de Dios se interpreta por sí misma es un compuesto 
de palabras, pero no una sentencia lógica. Interpretar significa introducirse 
entre palabra y oyente, entre lo inteligible y la inteligencia. El intérprete es 
una tercera persona que media en una dualidad, y no puede la palabra de 
Dios estar en medio de sí misma. 

De la relación entre filosofía y teología los teólogos de Ariccia llegan a la 
relación entre sujeto y objeto, y establecen que para hablar según las cate- 
gorías del hombre de nuestro tiempo, el teólogo debe tener en cuenta el giro 
antropológico, consistente en una inversión de la relación entre sujeto y ob- 
jeto y en la imposibilidad de aprehender el objeto en sí mismo. 

Es la formulación explícita del pirronismo y la destrucción de la doctrina 
católica. En realidad, la fe supone la razón. Es una sumisión de la razón 
querida por la razón misma. Las tesis del Congreso de teólogos son regresi- 
vas y llevan a la filosofía a posiciones presocráticas. El hecho de haber sido 
acogidas por un congreso de teólogos católicos presididos por un cardenal 
significa, o bien que se abusa de las palabras, o bien que ya no existe teología 
católica. 

El pirronismo se desprende del último velo en la conclusión: Para un 
encuentro válido y eficaz con el hombre contemporáneo es necesario conocer la, 
condición trascendente, es decir, las estructuras generales, del hombre de hoy. 
Sino se ha perdido el significado de las palabras, aquí se dice que trascendente 
es lo mismo que empírico. 

La vena pirronística no se ha marchitado en los tiempos del postconcilio 
más próximos a nosotros, sino que circula en declaraciones oficiales y oficiosas. 


280 15. El pirronismo 


El coloquio desarrollado en Trieste en enero de 1982 en el Centro de teología 
y cultura, cuyas Actas están publicadas con introducción del obispo, concluye 
con esta tesis: No existe una razón absoluta de impronta idealista o marrista 
(ni de ninguna otra clase) que se despliegue en la historia de la Humanidad 
en su concreto devenir, sino una razón históricamente dada cuyas formas 
cambian al variar los contextos culturales (OR, 8 de julio de 1983). 

Se invalida así sin ambages la razón, se repudia la Providencia, se niega 
la metafísica y se aparta a Dios. 

Yves Manchesson, del Institut catholique de París, presentando el estado 
de la Iglesia en Francia después de la Liberación, delinea en estos términos 
la misión de la Iglesia en el mundo: La Iglesia trata de descifrar los signos de 
los tiempos; no cree tener respuesta para todo, y busca menos precisar una 
verdad en sí misma que una verdad para todos los hombres " . La fórmula 
del respetable autor nos parece simplemente un compuesto de palabras. Ante 
todo, la Iglesia no se ha anunciado jamás a sí misma como el lugar de todas 
las verdades, porque existe toda una esfera de conocimiento abandonada 
por Dios a la investigación y el debate de los hombres: et mundum tradidit 
disputationi eorum, ut non inveniat homo opus quod operatus est Deus ab 
initio usque ad finem (Eccle. 3, 11) ? . 

Esta esfera está constituida por las cosas que llamaríamos extramorales, 
que no se refieren a la axiología ni a la teleología humanas: es decir, las que 
no conciernen al destino último. 

Pero la Iglesia es sin embargo el lugar de toda la verdad, es decir, de 
aquélla sin la cual no puede el hombre cumplir su destino ni el del mundo. 

En segundo lugar hay una increíble desatención al sentido de las palabras 
al hablar de una verdad que no es en sí, sino que es para todos los hombres, 
pues la verdad para todos los hombres es precisamente una verdad en sí mis- 
ma, que existe y permanece independientemente de que sea aprehendida por 
el intelecto finito. No es el consentimiento del hombre quien da valor a la 
verdad (como no se teme hoy afirmar), sino al contrario, es la verdad quien 
da valor al consentimiento del hombre. Una verdad puede estar en relación 
con el hombre solamente si es independiente de él y autónoma: per prius es 
en sí misma, y per posterius es verdad para el hombre. 


7 Amitiés catholiques francaises, abril de 1979. 
8 Además puso el mundo en el corazón de ellos, sin que pueda el hombre descubrir la 
obra que Dios realiza del principio al fin 


Capítulo 16 


El diálogo 


16.1. Diálogo y discusionismo en la Iglesia 
postconciliar. El diálogo en Ecclesiam 
suam 


En el vocablo diálogo se ha consumado la más grande variación de la 
mentalidad de la Iglesia postconciliar, solamente parangonable a la ocurrida 
en el siglo pasado con el vocablo libertad. El término era completamente 
desconocido e inusitado en la doctrina previa al Concilio. No se encuentra ni 
una sola vez en los Concilios anteriores, ni en las encíclicas papales, ni en la 
homilética ni en las parénesis pastorales. 

En el Vaticano Il el término dialogus aparece veintiocho veces, doce de las 
cuales en el decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo. Esta palabra, 
novísima en la Iglesia católica, se convirtió (con una propagación fulminante 
y con enorme dilatación semántica) en el vocablo principal de la protología 
postconciliar y en la categoría universal de la nueva mentalidad * . No sólo 
se habla de diálogo ecuménico, de diálogo entre la Iglesia y el mundo, o 
de diálogo eclesial, sino que con inaudita catacresis se adscribe estructura 
dialéctica a la teología, a la pedagogía, a la catequesis, a la Trinidad, a 
la historia de la salvación, a la escuela, a la familia, al sacerdocio, a los 
sacramentos, a la Redención, y a cuanto había existido durante siglos en la 
Ielesia sin que ese concepto se encontrase en las mentes ni esa palabra en el 
lenguaje. 


1El Card. ROY, en OR del 15 marzo 1971, consideró el diálogo como una experiencia 
nueva, y no sólo de la Iglesia, sino del mundo. Por contra, en OR de 15-16 noviembre 1966 
se sostiene que la Iglesia practicó siempre el diálogo (confundiendo con éste la controversia 
y la refutación) y que si alguna vez no lo practicó, se trataría de periodos de mayor o 
menor depresión. 


281 


282 16. El diálogo 


El deslizamiento desde el discurso tético propio de la religión a un discurso 
hipotético y problemático es evidente incluso en la transformación de los 
títulos de los libros: en tiempos enseñaban, hoy buscan. Los libros llamados 
Instituciones, Manuales, o Tratados de filosofía, teología, o cualquier otra 
ciencia, se convierten hoy en Problemas de filosofía, Problemas de teología, 
etc.; se aborrece y desprecia la manualística precisamente por su estilo tético 
o apodíctico. 

Así ocurre en todos los campos: en vez de Manual de la enfermera se 
tendrá Los problemas de la enfermera, en vez de Manual del automovilista el 
título será Los problemas del automovilista, etc.; todo pasa de lo cierto a lo 
incierto, de lo positivo a lo problemático. 

De la apropiación intencional de los objetos reales mediante noticia (señala- 
da por el tema no de nosco) se desciende al simple dejar al objeto delante de 
la mente (lanzar). 

Al dedicar al diálogo una tercera parte de la encíclica Ecclesiam Suam 
(agosto de 1964), Pablo VI planteó una ecuación entre el deber que incumbe a 
la Iglesia de evangelizar al mundo y su deber de dialogar con el mundo. Pero es 
imposible no advertir que esa ecuación no encuentra apoyo ni escriturístico 
ni léxico. En la Escritura el vocablo dialogus no se encuentra nunca, y el 
equivalente latino colloquium se utiliza sólo en sentido de reunión de jefes y 
de conversación, y jamás en el sentido moderno de encuentro entre personas. 

Tres veces se encuentra colloquio en el Nuevo Testamento en el sentido 
de discusión. Además, la evangelización es un anuncio, y no una discusión. 
La evangelización ordenada por los Apóstoles en los Evangelios se identifica 
de modo inmediato con la enseñanza. El mandato apostólico se refiere a la 
doctrina, y no a la discusión; el vocablo mismo «mensajero» supone la idea 
de algo que se otorga para ser comunicado, no para lanzarlo a la disputa. 

Ciertamente en los Hechos de los Apóstoles Pedro y Pablo disputan en 
las sinagogas, pero no se trata del diálogo en sentido moderno (diálogo de 
búsqueda cuyo origen es un estado de ignorancia confesada), sino del diálogo 
de refutación e impugnación del error. 

Y la posibilidad de diálogo desaparece cuando el disputante, por obsti- 
nación o incapacidad, ya no es susceptible de ser convencido; se ve por ejemplo 
en el rechazo al diálogo por parte de San Pablo en Hech. 19, 8-9. Y así co- 
mo Cristo hablaba con autoridad: Erat docens eos sicut potestatem habens 
(les enseñaba como quien tiene autoridad) (Mat. 7, 29), los Apóstoles evan- 
gelizan con palabras investidas de una autoridad intrínseca que no esperan 
recibir del diálogo. Más aún, en dicho pasaje se contrapone el modo tético 
de hablar de Cristo al modo dialéctico de los Escribas y Fariseos. El fondo 
de la cuestión consiste en que la palabra de la Iglesia no es palabra humana 
siempre controvertible, sino palabra revelada destinada a la aceptación, y no 


16.2. Filosofía del diálogo 283 


a la controversia. 

Y también es notable que la Ecclesiam Suam, después de haber planteado 
la ecuación entre evangelizar y dialogar, plantea en cambio la inecuación entre 
evangelizar la verdad y condenar el error, e identifica condena y constricción. 
Vuelve el motivo del discurso inaugural del Concilio, citado en 84.1; dice la 
encíclica: así nuestra misión, aunque es anuncio de verdad indiscutible y de 
salvación necesaria, no se presentará armada con la coacción exterior, sino 
solamente por las vías legítimas de la educación humana (n. 69). 

El concepto de Pablo VI es totalmente tradicional, como lo prueba el 
hecho de que inmediatamente después de la promulgación de la encíclica, el 
secretario del Consejo Ecuménico de las Iglesias, Wisser Hooft, se apresurase 
a notificar que el concepto papal de diálogo como comunicación de verdad sin 
reciprocidad no era compatible con el concepto ecuménico (OR, 13 septiembre 
1967). 


16.2. Filosofía del diálogo 


En esta nueva filosofía, el diálogo tiene por base (como lo confiesa OR 
de 15 enero 1971) la perpetua problematicidad de lo cristiano: es decir, la 
imposibilidad de detenerse en cualquier cosa que no sea un problema. Resulta 
así negado el gran principio lógico, metafísico y moral, de anagke stenai ? . 
El diálogo tropieza con una primera aporía cuando se lo hace coincidir con el 
oficio universal de la evangelización y se lo preconiza como medio de difusión 
de la verdad. Es imposible que todos dialoguen. La posibilidad de dialogar 
está en función de la ciencia adquirida sobre el tema, y no en función de la 
libertad o de la dignidad del alma, como se pretende. El título para disputar 
depende del conocimiento, y no del general destino del hombre a la verdad. 

Sobre las cosas de gimnasia, enseñaba Sócrates, se debe escuchar al ex- 
perto en gimnasia, y sobre caballos al experto en cosas de caballos, y sobre 
heridas y enfermedades al experto en medicina, y sobre las cosas de la ciudad 
al experto en política. La pericia es fruto de la fatiga y del estudio; no de 
una reflexión rápida y ocasional, sino metódica y asidua. Sin embargo, en el 
diálogo contemporáneo se supone que todo hombre, por ser racional, es apto 
para dialogar con todos sobre cualquier cosa. Por tanto se exige la ordenación 
de la vida de la comunidad civil y de la comunidad eclesial en modo tal que 
todos participen; pero no aportando cada uno su propia ciencia, como quiere 
el sistema católico, sino su propia opinión; y no cumpliendo la parte que le 
compete, sino pronunciándose sobre todo. 


2Es necesario detenerse en algún punto 


284 16. El diálogo 


Y es curioso que este título para disputar sea extendido a la universalidad 
de las materias justo en un momento en el cual el título auténtico (la ciencia) 
se debilita y escasea incluso en el estamento docente de la Iglesia. 

Hay además un rebajamiento referente a la carga de la prueba. Se supone 
que el diálogo debe y puede satisfacer a todas las objeciones del contradicente. 
Ahora bien, que un hombre se ofrezca a otro hombre para procurarle una 
completa satisfacción intelectual sobre un punto cualquiera de la religión, 
arguye un vicio moral. En efecto, resulta temerario quien después de afirmada 
una verdad se expone a una discusión general, extemporánea y omnímoda. 

Todo tema presenta mil lados, de los cuales él solamente conoce unos 
pocos, o uno solo. Sin embargo se expone a ello como si se sintiese preparado 
contra toda objeción, incapaz de ser sorprendido, y como si estuviese pre- 
venido respecto a todos los pensamientos posibles que surjan sobre aquel 
tema. 

También del lado del interrogante el diálogo padece dificultades, porque se 
apoya sobre un supuesto gratuito ya agudamente intuido por San Agustín. Un 
intelecto puede ser capaz de una objeción y a la vez ser incapaz de comprender 
el argumento con el que se resuelve la objeción. 

Esta situación en la cual la fuerza intelectual de una persona es mayor 
para objetar que para comprender la respuesta, es una causa muy común 
de error. Ecce unde plerumque convalescit error, cum homines idonei sunt 
his rebus interrogandis quibus intelligendis non sunt idonei (De peccatorum 
meritis et remissione, lib. TIT, cap. 8) ? 

Esta inadecuación entre el intelecto que concibe una pregunta y el int- 
electo que comprende la respuesta es una consecuencia de la distancia entre 
potencia y acto. 

El rechazo de la distinción lleva por un lado al paralogismo político: todos 
los individuos (por naturaleza) pueden potencialmente mandar, luego todos 
mandan en acto. Del otro lado el rechazo lleva al paralogismo ínsito en el 
diálogo: todos los individuos pueden potencialmente conocer la verdad, luego 
todos los individuos conocen en acto la verdad. 

Antonio Rosmini, en el primer libro de la Teodicea (al que denominó «lógi- 
co»), enseña que el individuo no puede someter a su propio intelecto la solu- 
ción de las aporías de la divina Providencia: ningún individuo puede estar 
seguro de que su propia fuerza intelectual sea similar a la fuerza de las obje- 
ciones planteadas en su contra. Este elemento de falta de conocimiento de los 
límites de la propia fuerza intelectual lo descuidaba Descartes en su método, 
suponiendo esta fuerza de la razón igual en todos los individuos y ejercitable 


He aquí cómo prevalece muchas veces el error con hombres muy hábiles en preguntar 
sobre cosas que son incapaces de comprender 


16.3. Falta de idoneidad del diálogo 285 


igualmente por todos ellos. 


16.3. Falta de idoneidad del diálogo 


Como dijimos, en la Escritura el método de la evangelización es la enseñan- 
za, y no el diálogo. En el imperativo que sella la misión de Cristo con la misión 
de los Apóstoles, el verbo adoptado es jabnrvaTe que literalmente quiere 
decir haced discípulos a todos los pueblos: como si la obra de los Apóstoles 
consistiese en reducir a los pueblos a la condición de oidores y discípulos, 
y como si a0yreveAv fuese un grado previo a d100d€eAv * . Además del 
fundamento bíblico le falta al diálogo el fundamento gnoseológico, porque la 
naturaleza del diálogo contradice a las condiciones del discurso de fe. 

Supone que la credibilidad de la religión depende de la solución previa 
de todas las objeciones particulares planteadas contra ella. Ahora bien, es 
imposible poseer y anteponer tal resolución al asentimiento de fe. El procedi- 
miento correcto es el contrario. Confirmada, incluso por una única prueba, la 
verdad de la religión, ésta debe mantenerse incluso aunque no estén resueltas 
las dificultades particulares. 

Como enseña Rosmini * la proposición La religión católica es verdadera 
prescribe las particulares objeciones posibles que puedan hacerse. No es nece- 
sario resolver primero las quince mil objeciones de la Summa Theologica para 
llegar razonablemente al asentimiento. 

En suma, la verdad del catolicismo no se recoge sintéticamente como 
un compuesto de verdades particulares, y no implica una completa satisfac- 
ción intelectual; por el contrario, es el asentimiento a esa proposición univer- 
salísima lo que produce los asentimientos particulares. 

En fin, debe observarse cómo la actual concepción del diálogo olvida la 
vía de la ignorancia útil, propia de aquellos espíritus que, encontrándose 
incapaces de la vía del examen, se aferran a esa adhesión fundamental y 
no consideran con atención las opiniones opuestas para así descubrir dónde 
está el error. Temiendo todo pensamiento contrario a aquello que conocen 
como incontrastablemente verdadero, se mantienen en un estado de igno- 
rancia que para preservar la verdad poseída excluye las ideas falsas, y junto 
con éstas también las ideas verdaderas que por ventura las acompañen, sin 
separar las unas de las otras. 

Esta vía de la ignorancia útil es lícita en la religión católica, está fundada 


1LAGRANGE, en el comentario a Mateo (París 1927), p. 144, traduce la primera voz 
por enseigner y la segunda por apprendre. 

5 Epistolario, vol. VII, Casale 1891, p. 464, carta del 8 de junio de 1843 a la condesa 
Teodora Bielinski. 


286 16. El diálogo 


sobre el principio teórico explicado arriba, y es por otra parte el caso de la 
mayor parte de los creyentes * . Es inaceptable la opinión expresada en OR 
de 15-16 noviembre de 1965, según la cual quien renuncia al diálogo es un 
fanático, un intolerante que acaba siempre siendo infiel a sé mismo antes que 
a la sociedad de la que forma parte. Sin embargo, quien dialoga renuncia al 
aislamiento, a la condena. Dialogar sin conocimiento es prueba de temeridad 
y de ese fanatismo que confunde la propia fuerza subjetiva con la fuerza 
objetiva de la verdad. 


16.4. Los fines del diálogo. Pablo VI. El secre- 
tariado para los no creyentes 


Es notable la distancia entre el diálogo tradicional y el diálogo moderno 
cuando se considera el fin asignado a éste. Dicen que el diálogo no tiene como 
fin la refutación del error ni la conversión de aquél con quien se dialoga ” . 
La nueva mentalidad aborrece la polémica, considerada incompatible con la 
caridad, cuando por el contrario es un acto de ella. El concepto de polémica 
es indisociable de la contraposición entre lo verdadero y lo falso. La polémica 
mira precisamente a abatir la igualdad que se intenta establecer entre una 
posición verdadera y una posición falsa. 

Bajo este aspecto, la polémica es connatural al pensamiento, el cual in- 
cluso no derrotando a la falsedad en la persona del enemigo dialogante, la 
derrota en el proceso monológico interno. 

El fin del diálogo por parte del dialogante católico no puede ser heurístico, 
porque en cuanto a las verdades religiosas está en estado de posesión y no de 
búsqueda. 

Ni siquiera puede ser erístico (de carácter contencioso), porque tiene por 
motivo y por objetivo la caridad. Por el contrario, el diálogo es entendido co- 
mo medio para demostrar una verdad, para producir en otros una persuasión 
y en última instancia una conversión. 

Esta finalidad metanoética del diálogo católico fue enseñada por Pablo 
VI en el discurso del 27 de junio de 1968: No es suficiente con acercarnos 
a los otros, admitirlos a nuestra conversación, confirmarles la confianza que 
depositamos en ellos, buscar su bien. Es necesario además emplearse para que 
se conviertan. Es preciso predicar para que vuelvan. Es preciso recuperarles 
para el orden divino, que es único. 


SLa teoría de la ignorancia útil está desarrollada por MANZONI en la Moral católica, 
edición citada., vol.Il, pp. 422-423 y vol. 111, p. 131. 

7 Así lo expresa también la Instrucción sobre el diálogo de 28 agosto 1968 del Secretari- 
ado para los no creyentes. 


16.5. Sobre si el diálogo es siempre enriquecimiento 287 


La declaración del Papa adquiere una relevancia singularísima, porque 
el diálogo al cual se refería Pablo VI es el diálogo ecuménico; la relevancia 
especialísima de aquellas palabras estaba confirmada incluso por la diversi- 
ficación tipográfica (verdadera «excepción») utilizada para esa perícopa por 
el Osservatore Romano. 

Esto no obstante, en el OR del 21 de agosto de 1975 el secretario del 
Secretariado para los no creyentes hacía estas declaraciones diametralmente 
opuestas a la declaración papal: Sin duda el Secretariado no ha surgido con 
la intención de hacer proselitismo entre los no creyentes, aunque éste se 
entienda como algo positivo, y ni siquiera con intención apologética, sino 
más bien con la de promover el diálogo entre creyentes y no creyentes. 

Habiendo yo objetado al autor la contradicción de su texto con la afir- 
mación papal, me respondió con carta oficial del 9 de septiembre que ningún 
acto se hace por el Secretariado sin acuerdo con las autoridades superiores, 
y que en concreto aquel artículo del OR había pasado la supervisión de la 
Secretaría de Estado. 

La discordancia entre el Papa y el Secretariado resulta por consiguiente 
(según dicha carta) aún más significativa. En consideración a mi objeción, 
la respuesta reafirma que aun siendo la misión de la Iglesia la conversión 
del mundo, eso no implica que todo paso y todo órgano de la Iglesia tenga 
como misión específica la conversión de los interlocutores. La respuesta peca 
de indistinción. La Iglesia tiene un fin universal y único, la salvación del 
hombre, y todas las obras que realiza son especificaciones diversas de ese fin: 
cuando enseña, enseña y no bautiza, cuando bautiza, bautiza y no enseña, 
cuando consagra la eucaristía consagra, y no absuelve, y así sucesivamente. 
Sin embargo, todos estos fines específicos son precisamente especificaciones 
y actualizaciones del fin universal, y todos miran al fin de la conversión del 
hombre a Dios. Es la conversión, fin último de la acción de la Iglesia, quien 
da la razón de fin a todos los fines subordinados, y sin eso ninguna acción 
particular tendría el ser (Summa theol. I, II, q.1, a.4). De hecho las citadas 
palabras de Pablo VI dicen sin equívoco que el diálogo tiende a la conversión. 


16.5. Sobre si el diálogo es siempre enriqueci- 
miento 


Excluidas del diálogo postconciliar la conversión y la apologética, se suele 
decir que el diálogo es siempre un intercambio positivo; pero es difícil admitir 
esa afirmación. En primer lugar, junto al diálogo que convierte existe un 
diálogo que pervierte, en el cual la persona con quien se dialoga es apartada 


288 16. El diálogo 


de la verdad y cae en el error. ¿O acaso se dirá que las palabras de verdad 
son eficaces y no lo son las del error? En segundo lugar debe considerarse 
aquella situación en la cual el diálogo, además de no ser útil a los dialogantes, 
les fuerza a un imposible. Es el caso contemplado por Santo Tomás cuando, 
faltando a los dos coloquiantes un principio común a partir del cual silogizar, 
resulta imposible probar la verdad al adversario que rechaza el medio de la 
demostración. 

Entonces ya sólo queda probar el carácter no concluyente de los argumen- 
tos opuestos, o la insolubilidad de las objeciones. En tal caso no resulta en 
modo alguno verdadero que el resultado sea positivo para ambas partes ni 
que tenga lugar un recíproco enriquecimiento. Antes al contrario, la verdad 
es que en el caso contemplado el diálogo es improductivo. Y si se opone que 
pese a todo es constructivo porque permite conocer la psicología e ideología 
del oponente, se ha de observar que el conocimiento de la psicología del opo- 
nente pertenece al ensayo psicológico, pero no a la religión; ni constituye 
la finalidad del diálogo religioso, sino de la historia, de la biografía o de la 
sociología. Puede ser útil para encuadrar el diálogo y ajustarlo mejor a la 
situación de los dialogantes, pero no es en modo alguno un enriquecimiento. 


16.6. El diálogo católico 


El diálogo católico tiene por fin el convencimiento, y en un orden más 
elevado la conversión de aquél con quien se dialoga. 

El obispo Mons. Marafini, en OR del 18 diciembre 1971, dice (pero no se 
sabe si dice lo que quiere decir) que el método del diálogo es entendido como 
un movimiento convergente hacia la plenitud de la verdad y la búsqueda de 
la unidad profunda $ . 

En estos textos se confunden el diálogo en materia natural y el diálogo 
de fe sobrenatural. El primero se desarrolla bajo la luz de la razón, que 
iguala a todos los hombres. Poniéndose bajo esta luz, todos los individuos 
están a la par con todos los demás: los dialogantes sienten por encima de 
su diálogo al Logos, más importante que su diálogo ($12.3), y experimentan 
su fraternidad verdadera y la unidad profunda de su naturaleza. Hay sin 
embargo otro diálogo en el cual está comprometida la fe y en el que los 
dialogantes no pueden moverse convergentemente hacia la verdad ni situarse 
en condiciones de paridad. El coloquiante no creyente está en una situación 


8 También el Card. KONIG, presentando a la prensa la citada Instrucción, declaró: El 
diálogo sitúa a los interlocutores en un pie de igualdad. En él el católico no es considerado 
como alguien que posee toda la verdad, sino como quien (teniendo la fe) busca dicha verdad 
junto con los otros, creyentes y no creyentes (ICI, n, 322, p. 20, 15 octubre 1968). 


16.6. El diálogo católico 289 


de rechazo o de duda en la cual le es imposible al creyente situarse. 

Se podría objetar que la posición del creyente es análoga a la cartesiana: de 
rechazo o de duda metódica y provisional; el creyente se pone en la situación 
de incredulidad, pero sólo para dialogar. Pero resurge la dificultad: si la duda 
o el rechazo de la fe es real, implica en el coloquiante creyente pérdida de 
la fe, y es un pecado; y si es supuesto y fingido, el diálogo está viciado de 
simulación y tiene una base inmoral. 

Y no nos detenemos a preguntarnos si quien por razones dialécticas finge 
no creer en lo que cree no peca contra la fe, ni a investigar si un diálogo fun- 
dado sobre el fingimiento no es, aparte de malo, infructuoso. En un artículo 
de OR de 26-27 diciembre 1981 sobre Fe y diálogo se intenta mantener que el 
diálogo es fructífero incluso para el creyente: aparte del mérito de la caridad, 
también por adquisición de fe. Pero la contradicción es manifiesta. Por un 
lado establece que si el Señor Jesús que se posee no es la verdad suprema 
total del hombre, entonces se trata de aprender algo más de cuanto se ha 
recibido por gracia. 

Al contrario, si Cristo es la verdad suprema y total, entonces no se ve 
cómo pueda añadírsele una idea o una experiencia. Pero después el autor tira 
por tierra su dilema afirmando que también en el diálogo el creyente encuen- 
tra algo que añadir a su fe, con la condición sin embargo de que esas nuevas 
adquisiciones no sean percibidas como añadiduras a Cristo; son simplemente 
tallados, dimensiones, aspectos del misterio de Cristo que el creyente ya posee 
y descubre bajo el estímulo de quien, aun no siendo conscientemente cris- 
tiano, ya lo es en la realidad. 

Aquí se dice que la añadidura de conocimientos no es añadidura de conoci- 
mientos; que el ateo es un cristiano implícito (ver 835.9 sobre esta doctrina); 
y que el ateo posee las filigranas del misterio, desconocidas para el cristiano 
explícito, y a quien le son sugeridas. Concluyendo con la dialéctica de la 
Islesia postconciliar, digamos que el nuevo concepto del diálogo no es el 
diálogo católico. 

Primero, porque tiene una función puramente heurística: como si la Iglesia 
dialogante no poseyese la verdad, sino que la buscase; o como si dialogando 
pudiese prescindirse de la posesión de la verdad. 

Segundo, porque no reconoce la posición superior de la verdad revelada: 
como si hubiese desaparecido la distinción de grado axiológico entre natu- 
raleza y Revelación. 

Tercero, porque supone paridad (aun solamente metódica) entre los dia- 
logantes: como si prescindir de la ventaja de la fe divina, incluso sólo por 
ficción dialéctica, no fuese un pecado contra la fe. 

Cuarto, porque postula que todas las opiniones de la filosofía humana 
son indefinidamente disputables: como si no existiesen sin embargo puntos de 


290 16. El diálogo 


contradicción esencial que truncan el diálogo y dejan solamente la posibilidad 
de la refutación. 

(Quinto, porque supone que el diálogo es siempre fructuoso y nunca hay 
nada que sacrificar (OR, 19 noviembre 1971): como si no existiese un diálogo 
corruptor que suplanta la verdad e implanta el error, y como si no se debiese 
en tal caso rechazar el error antes profesado. 

El diálogo de convergencia de los interlocutores hacia una verdad más 
alta y más universal no es propio de la Iglesia católica; no es acorde a su 
naturaleza un proceso heurístico que la sitúe sobre las pistas de la verdad: 
solamente puede serlo una operación de la caridad destinada a comunicar una 
verdad poseída por gracia y no para conducir a quien la escuche a Ella misma, 
sino a la verdad. No se trata de la superioridad en el diálogo del creyente 
sobre el no creyente, sino de la superioridad de la verdad por encima de todas 
las personas dialogantes. 

No se confunda el acto con el que un hombre persuade a otro de la verdad 
con un acto de atropello y de ofensa a la libertad de los demás. La contradic- 
ción lógica y el aut aut son estructuras del ser; en ellos no hay violencia. 

El efecto sociológico del pirronismo y del consiguiente discusionismo es 
el pulular de asambleas, encuentros, comités y congresos, iniciado con el 
Vaticano II. De ahí que se haya introducido la costumbre de convertir todo en 
un problema y de remitir todos los problemas a comisiones plurales, diluyendo 
la responsabilidad (que en otros tiempos era personal e individual) en cuerpos 
colegiales. 

El discusionismo ha desarrollado toda una técnica; en 1972 se reunió en 
Roma un Congreso de moderadores de diálogos destinado a preparar a éstos, 
como si se pudiese dirigir un diálogo en general, sin ningún conocimiento 
específico sobre la materia específica sobre la que discurre. 


Capítulo 17 


El movilismo 


17.1. El movilismo en la Filosofía moderna 


El movilismo * es al orden metafísico lo que el pirronismo (origen del 


discusionismo) al orden lógico. 

Aquél es el antecedente de éste, pues un vicio en la primacía del conocer 
supone un vicio en la primacía del ser. El movilismo es característico de la 
Iglesia postconciliar, en la cual todo se ha puesto en movimiento (según la 
citada frase del Card. Alfrínk) y no hay parte alguna del sistema católico que 
no esté en fase de mutación: nihil quietum in causa. El movilismo constituye 
un axioma para las organizaciones internacionales. El informe 1972 de la 
UNESCO se titula Apprendre áú étre (París 1972), pero étre se toma como 
sinónimo de devenir o se développer. 

El fin de la pedagogía y de la política es hacer que el espíritu no se detenga 
en persuasiones definitiva sino al contrario se haga extremadamente dispuesto 
a cambiar. 

Se afirma consiguientemente la necesidad de educar el pensamiento de 
modo tal que se acostumbre a plantear como hipótesis una multiplicidad de 
soluciones divergentes y no convergentes, e impedir que el espíritu se detenga 
en cualquier convicción definitiva (OR, 10 enero 1973). 

La ley del pensamiento no es la verdad (es decir, la estabilidad), sino 
la opinión (es decir, la fluctuación continua). Pero la UNESCO no cae en la 
cuenta de que por su propia naturaleza habrá alguien que dirija el movimiento 


1(N. del T.) Romano Amerio traduce directamente como «movilismo» el término 
acuñado por M. Chide (Le mobilisme moderne, 1908) para denominar la teoría según 
la cual el fondo de las cosas está en perpetuo movimiento y transformación continua sin 
leyes fijas, haciendo ineficaz todo intento de organización racional (vid. Vocabulaire tech- 
nique et critique de la philosophie, Presses Universitaires de France, París 1956, 7 ed., pág. 
635). El mismo criterio seguimos nosotros. 


291 


292 17. El movilismo 


de la opinión, y por tanto a la opinión, abriendo así la vía al Leviatán. 

En Gaudium et Spes 5 se considera al movilismo como uno de los carac- 
teres de la civilización moderna: /ta genus humanum a notione magis statica 
ordinis rerum ad notionem magis dynamicam atque evolutivam transit ? . 
Y tratando sobre la reivindicación de los derechos del hombre moderno, el 
mismo documento (84.4) estima al dinamismo como positivo y conforme al 
Evangelio: Ecclesia ergo ¡ura hominum proclamat et hodierni temporis dy- 
namismum haec tura undique promoventem, agnoscit et magni aestimat * 


La segunda expresión se refiere específicamente al dinamismo social, pero 
la primera abraza la totalidad de la vida humana y alcanza a la cuestión del 
orden moral: éste parece aquí sujeto a la ley de la movilidad, mientras que 
la religión lo estima inmóvil y partícipe de la inmutabilidad divina. Cierta- 
mente, si el vocablo dinamismo equivale a perfeccionamiento, el pensamiento 
del Concilio cabría en la concepción tradicional, según la cual todo es perfec- 
cionable dentro de un orden que prescribe la perfección pero no es perfectible. 


17.2. La crítica del movilismo. Ugo Foscolo. 
Kolbenheyer 


Como se desprende de la historia de la filosofía, el movilismo consiste en 
una mentalidad que da más valor al devenir que al ser, al movimiento que 
a la quietud, a la acción que al fin. Es una característica del pensamiento 
moderno. Heráclito de Éfeso (siglo VI a.C.) enseñó que la realidad es desliza- 
miento, pero ese deslizamiento procede de una ley inviolable: el Logos. Toda 
la filosofía cristiana concibió el devenir como un accidente de las sustancias 
finitas, siendo solamente Dios indevenible. Que la mutación coincide con la 
vida y por consiguiente el valor del espíritu consiste en buscar la verdad más 
que en poseerla, fue también opinión del Romanticismo italiano, en la medida 
en que imitó al alemán. Foscolo, por ejemplo, en el Discurso Dell órigine e 
dell úfficio della letteratura, sostiene que la vida consiste en la agitación de 
las pasiones y en la continua modificación de los pensamientos del alma, que 
aspira a contemplar toda la verdad. 

Pero según sostiene, esa perpetua aspiración tiene mayor valor que su 
consecución: ¡Ay de mí, si llegase a contemplarla! (Quizá ya no encontrase 
una razón para vivir. 


2La humanidad pasa así de una concepción más bien estática de la realidad a otra más 
dinámica y evolutiva 

3La Iglesia proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamis- 
mo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos 


17.3. El movilismo en la Iglesia 293 


El Fausto de Goethe es el poema del hombre que sueña con saciarse en 
una infinidad de experiencias sucesivas: desea, y alcanzado lo deseado, vuelve 
a desear, sin reposar jamás en un bien alcanzado. Esta inquietud del ser fue 
en tiempos recientes celebrada en la gran trilogía de Guido Kolbenheyer, 
Paracelso (Berlín 1935): el sentido profundo de lo real se encuentra en el 
devenir, en la peripecia perpetua de formas nacientes y murientes proyec- 
tada por una esperanza falaz sin reposar jamás en el bien conseguido. La 
primacía del devenir lleva consigo la primacía de la acción y la insignificancia 
del fin: lo valioso no es la conquista, sino conquistar; no llegar, sino ir. La 
sistematización teórica más completa del movilismo es la filosofía de Hegel: lo 
existente es lo deviniente, infinitamente voluble en el tiempo, y el devenir se 
comunica a Dios quitándole los atributos de inmutabilidad e intemporalidad 
absolutas. 


17.3. El movilismo en la Iglesia 


Pero también en la Iglesia ha penetrado extensamente la idea de la mu- 
tabilidad como un valor positivo que debe ser acogido por encima de las 
ideas de estabilidad e inmutabilidad. Sin embargo el precepto de la religión 
es claro: Stabiles estote et immobiles (estad firmes, inconmovibles) (I Cor. 15, 
58). En su Bulletin diocésain del 10 de octubre de 1967, el obispo de Metz 
escribía: La mutación de civilización que estamos viviendo supone cambios 
no solamente en nuestro comportamiento exterior, sino en la concepción que 
nos hacemos tanto de la Creación como de la salvación traída por Jesucristo. 

Y el 18 de agosto de 1976 el mismo obispo declaraba en los micrófonos 
de France-Inter: La teología preconciliar, la de Trento, ya ha concluido. El 
mismo Pablo VI, en disonancia con sus enérgicas declaraciones sobre la in- 
mutabilidad de la Iglesia, admitía que la Iglesia ha entrado en el movimiento 
de la Historia, que evoluciona y cambia (OR, 29 de septiembre de 1971). 
En la mentalidad del siglo (ya sea docta, semidocta o indocta) se ha con- 
vertido en lugar común la afirmación según la cual un acto no vale por su 
resultado, sino por sí mismo, sea cual sea el fin que se proponga (honesto 
o deshonesto): lo decisivo es la actividad como tal, no el valor que persiga 
o consiga. El movilismo que busca la acción por la acción es también el al- 
ma de las grandes perversiones políticas modernas, como el nazismo (así lo 
muestra Max Picard * en un libro muy elogiado, pero nunca lo suficiente- 
mente). Mons. Illich, entrevistado en su propio semanario de Cuernavaca, ha 
declarado: Creo que la función de la Iglesia es participar conscientemente en 
todas las formas de mutación, en cualquier mutación. Es la tarea que nos 


“MAX PICARD, Hitler in uns selbst Erlenbach-Zrich 1946. 


294 17. El movilismo 


ha confiado Cristo. Queremos una Iglesia en la cual la principal función sea 
la celebración del cambio (Dauphiné libéré, 26 de febrero de 1968). Aunque 
el estilo es extravagante, el espíritu aquí expresado es el que agitat molem. 
Y el presidente de la Asociación teológica italiana, en un congreso nacional, 
enseñaba que la misión de la evangelización es poner en crisis toda estabi- 
lización o absolutización (OR, 11 septiembre 1981). 


17.4. Movilismo y mundo de la huida. San 
Agustín 


El movilismo como filosofía del puro devenir tiene un profundo significado, 
agudamente intuido por Rosmini en el ensayo sobre la filosofía de Ugo Foscolo 
(llamada con acierto filosofía de la esperanza falaz). 

El movilismo supone la negación de lo Infinito como plenitud del ser, y 
pone la noción de vida en antítesis con la de Dios. En la novela Los que 
vivimos, de Ayn Rand (Ed. Orbis, Barcelona 1984), la vida en sí misma es el 
supremo valor, y Dios es concebido como la antítesis de la vida. Para saber 
si las personas con las que habla creen (como él) en la vida, el protagonista 
les pregunta si creen en Dios: y si me contestan que sí, entonces sé que no 
creen en la vida (cap. IX, p. 120). 

El movilismo tiene una parte verdadera y un parte falsa. 

La parte verdadera consiste en la descripción de la existencia de lo finito 
como devenir, caducidad, paso, insaciabilidad, proyección. Este mundo de la 
huida es bien conocido en la religión y en la ascética cristiana. 

La parte falsa consiste en afirmar que la deviniente realidad de lo finito 
no está destinada a un Infinito indevenible y saciante, y que sólo existe para 
el hombre un infinito devenir, negándosele la posibilidad de llegar jamás a un 
infinito indevenible y perfecto. El mundo de la huida, tal como se lo muestra 
al hombre la religión, ha sido admirablemente dibujado por San Agustín 
(Confess. IV, 10-11), descubriendo su esencia en el déficit ontológico. Las 
cosas del mundo huyen y el alma quiere ser y gusta de descansar en las 
cosas que ama. Y en ellas no hay asiento para el descanso, porque no tienen 
Firmeza; huyen, ¿y quién las perseguirá en su huída con el sentido de la 
carne? 

Y se siente lacerado porque las cosas huyen y él querría retenerlas y dete- 
nerse en ellas, pero no encuentra el ubi de tal detención: in ¿llis enim non est 
ubi, quia non sunt. Por tanto, de las cosas en movimiento no se puede decir, 
en ningún momento del movimiento, que son; están siempre en la inminencia 
del ser, en tránsito a ser, jamás descansando en el ser: siempre in fieri y jamás 


17.5. El movilismo en la nueva teología 295 


in facto esse. 

Por tanto, aunque el alma tiene el sentimiento fundamental del ser y aspi- 
ra a la realidad total, debería desear la huida, es decir, la devolución total de 
la realidad al devenir, así como una serie interminable de sucesivos momen- 
tos devinientes. El alma, por el contrario, no quiere la infinidad sucesiva de 
la fugacidad de las cosas, sino la infinidad simultánea del instante: en otros 
términos, un momento donde se agregan y unifican todos los momentos pasa- 
dos y todos los momentos futuros. Ahora bien, esta agregación y unificación 
es la definición de la eternidad: tota simul et perfecta possessio. 

Surgen aquí las palabras del doctor Fausto de Goethe ante el instante 
fugitivo: ¡Detente! ¡Eres tan hermoso! Estas palabras expresan el contradic- 
torio deseo de que el momento (cuya raiz es movere) se detenga, lo huidizo 
no huya, lo finito sea infinito, lo parcial se convierta en totalidad. Si la vida 
es puro devenir y es falso el supuesto de la religión de que anima esse vult 
et requiescere amat in eis quae amat ? , entonces solamente el devenir nos 
otorga la realidad, y sólo la devolución completa del devenir (si tuviese lugar) 
nos otorgaría la realidad entera. Por el contrario, si la realidad total no es 
un devenir, sino un ser entero e indevenible, entonces el devenir es sólo la 
manera en que la criatura participa del ser entero y accede a él. 


17.5. El movilismo en la nueva teología 


El movilismo ha penetrado en la conducta práctica del clero y de los 
laicos, habituados a estimar la acción por la acción y a despreciar el fin 
sobre el cual la acción reposa. Pero también ha penetrado en la teología. En 
la mentalidad del siglo el movilismo se encuentra en estado difuso. No se 
reconocen ya en él sus núcleos doctrinales, que han sido difuminados. Este 
estado difuso se puede parangonar al color de una tela impregnada de tinta, 
que sin embargo el tintorero ha dejado desaparecer, y cuya existencia no se 
reconocería si no fuese por lo que ha dejado en la tela. Pero el núcleo del 
movilismo teórico que ha penetrado en la mentalidad católica es profesado y 
solemnizado en un gran artículo de portada del OR de 3 marzo 1976, muy 
relevante por dos motivos: impugna la doctrina de la inmutabilidad de la ley 
moral (consecuente al principio metafísico de la invariabilidad de las esencias) 
enseñada por Pablo VI en la Aumanae vitae, y además introduce la mutación 
y el devenir incluso en la misma esencia divina. 

El artículo pone en cuestión el fondo metafísico de la teología católi- 
ca, que concatenándose con toda la filosofía griega, tanto en la corriente 
platónica como en la aristotélica, y en consonancia con la tradición hebraica, 


5El alma quiere ser y gusta de descansar en las cosas que ama 


296 17. El movilismo 


ha considerado siempre a Dios como Ser perfectísimo cuya esencia es el ser, 
y por tanto es inmutable e indevenible: quien deviene no es, sino que viene 
a ser. Dios se contrapone a la criatura, cuyo ser es imperfecto, deviniente, 
temporal. 

La noción filosófica de Dios coincide además con la noción vulgar, que ex- 
pulsa de Dios toda sombra de imperfección, de no-ser o de minus esse, para 
contemplar en el Ser absoluto la inmensidad, la eternidad, y la totalidad. 
La primera página del diario vaticano contiene todas las tesis del movilis- 
mo esencialista inconciliables con la fe católica y por la fe católica siempre 
rechazadas. 

Haber sido creado a imagen de Dios no fija al hombre en un inmovilismo 
esencial, sino que lo consagra a un «hacerse» a imagen de Dios. De ahí la 
licitud de la manipulación en beneficio de la propia naturaleza. 

Prescindamos de observar que aquí se declara lícita la manipulación de 
los procesos generativos naturales, declarados solemnemente ilícitos por la 
Humanae vitae. Se confunde además la realización moral del hombre (que 
es responsabilidad suya) con su realización ontológica (que constituye un 
absurdo). Es evidente que el concepto de la libertad humana mantenido por 
el autor no es católico, sino propio del existencialismo heterodoxo. Según 
la doctrina católica, en el fondo de la libertad hay una natura inmutable 
en conformidad con la cual debe ejercitarse la libertad, y que especifica el 
acto de la libertad calificándolo: la libertad no es creación, y mucho menos 
autocreación ? . 

Más abierto es el rechazo de la metafísica católica en las palabras sigu- 
ientes, que transforman el ser de Dios en devenir: a la definición de Dios 
como «ens a se», es decir, como esencia activa y dinámica que se pone a 
sí misma en el ser, ofrece la clave para pasar ..., etc. 

Análogamente a Dios, el hombre se crea a sí mismo, aparece también 
como un «ens a se». 

Aquí se derrumba el concepto católico de Dios, que no es ens a se por 
ponerse en acto a sí mismo, sino porque es: no por desarrollar su propia 
realidad en una perpetua indigencia que se va colmando perpetuamente, sino 
porque posee indefectiblemente y sin progreso posible su propio ser. El Dios 
esbozado por OR es el dios de los trascendentalistas alemanes, no el Dios del 


SEn el volumen de AA. W., 1 problema di Dio in filosofza e in teología oggi, Milán 1982, 
p. 34, LUIG1 SARTORI considera plausible que si Dios es concebido como amor y liber- 
tad, no hay razón para que las dimensiones de historicidad (= devenir) que Él eventual- 
mente asumiese (naturalmente no por obligación, es decir, por necesidad de «conquistar» 
o de «crecer», sino solamente por libertad) fuesen incompatibles con Su infinita perfección. 
Ahora bien, es evidente que la libertad de Dios no puede extenderse a su esencia, porque 
la libertad no puede hacer devenible al Indevenible, ni imperfecto al Perfecto. 


17.5. El movilismo en la nueva teología 297 


Credo católico; es el Dios que dice ego sum qui fio, no el bíblico que afirma 
ego sum quí sum. 


Igualmente heterodoxo es el concepto del hombre proclamado por el movi- 
lismo. Aunque es posible afirmar que el hombre crea su propia vida moral, 
pues a causa de su libertad está in manu consilii sui (Ecli. 15, 14), es una 
barbaridad metafísica decir que se crea a sí mismo y es un ens a se. La 
afirmación no es válida ni siquiera tomándola en sentido analógico, porque 
anula la distinción entre Creador y criatura y cae en el panteísmo. 


El autor del artículo dice finalmente: Esta naturaleza es creada por Dios 
no como una realidad estática y como realización (perfecta desde sus inicios) 
de una idea de Dios, sino como realidad dinámica destinada a autorealizarse 
en la dinámica de la historia. 


Leemos aquí cosas inaceptables. 


Primera, se confunden, como ya dije, el devenir moral del hombre y su 
devenir metafísico. 


Segundo, se toma el devenir como auto creación y (usando la terminología 
del idealismo de Gentile) como autoctisis, rechazando toda la filosofía del ser, 
que ha negado siempre a la criatura el atributo de la creatividad (Summa 
contra Gentiles Il, cap. 21). 


Tercero, se niega el Verbo, tanto el filosófico como el teológico: es decir, 
la existencia eterna en Dios de las formas de las cosas creadas y creables. Se 
rompe así ese firmamentum que constituye el pensamiento divino, generador 
del mundo, del tiempo y del devenir, del cual derivan la inmutabilidad y la 
absolutividad de los valores del hombre. Quien niega el Verbo y las ideas 
eternas, dice Leopardi, niega a Dios. 


Concluyendo con el movilismo y reduciendo la cosa a sus términos esen- 
ciales, diremos que el devenir no debe ser dignificado por encima del ser, ni 
lo dinámico por encima de lo estable, porque el devenir proviene del no ser 
y es signo de imperfección. 


La criatura deviene en la medida en que no es ni tiene en sí misma el 
principio para sostenerse en el ser. Le corresponde asumir incesantemente 
las determinaciones del ser que le faltan. Sin embargo, Dios (el ser determi- 
nadísimo) posee la totalidad del ser con todas sus determinaciones en una 
unidad simplicísima. La criatura cae por sí misma en el no-ser si no la sostiene 
la acción divina: el principio de la estabilidad le viene de fuera. El movilismo 
es extraño a la religión. No parece que el deber de la Iglesia sea secundar y 
acelerar el movimiento, sino detener el espíritu del hombre en el firmamentum 
veritatis y detener la huida: siste fugam (Séneca). 


298 17. El movilismo 


17.6. EL movilismo en la escatología 


Al atacar al ser de Dios, el movilismo no puede no atacar también a 
esa participación del ser divino que es la felicidad sobrenatural. Si la deidad 
está en devenir, también lo estará el hombre deificado, y el estado final del 
hombre no será propiamente un estado, sino un perpetuo movimiento de 
búsqueda. Esta tesis la profesa explícitamente el Padre Agostino Trapé, para 
quien el hombre encontrará la propia integración en la visión de Dios, visión 
que no se consumará en una estaticidad, aunque fuese admirable, sino en una 
búsqueda infinitamente dinámica del Sumo Bien. Por tanto, nada se opone 
más a este inagotable camino hacia la posesión terrena y terminal de Dios 
que cualquier clase de inmovilismo. 

No creo que la concepción estática de la beatitud, propia de todas las es- 
cuelas católicas, represente el máximo alejamiento de la genuina escatología; 
y me parece advertir contradicción en los vocablos inagotable camino hacia 
la posesión, pues estas palabras indican un proceso infinito de adquisición 
que excluye la posesión ”. 

Pero la teoría de Trapé (ya anticipada con una fuerza filosófica bien dis- 
tinta por Gioberti en la Filosofía della Rivelazione) es errónea, porque para 
la Iglesia la condición del hombre comprensore difiere totalmente de la del 
hombre viatore. Negar la diferencia equivale a hacer desaparecer esa especial 
duración, diferente a la del tiempo, en que vive la criatura liberada de la 
vanidad a la cual está sujeta (la del devenir y del no-ser: cfr. Rom. 8, 20-21). 
Equivale también a encerrar a la criatura en la temporalidad, hacer de la 
vida eterna una continuación del tiempo, y cancelar la trascendencia divina, 
y junto con ella también nuestra analógica trascendencia. Dios no se busca 
a sí mismo: se posee; y del mismo modo, la criatura beatificada ya no lo 
buscará: lo poseerá. 

Por este motivo la concepción de la vida eterna como infinita prosecución 
de la vida en el tiempo es una regresión a los Elíseos de los Paganos. 

Éstos sólo supieron imaginar la felicidad ultramundana como la continua- 
ción imperturbable de los deleites del mundo. Ovidio dibuja la felicidad de los 
Elíseos como antiquae imitamina vitae (Metam. IV, 445). En la catábasis de 
la Eneida, la felicidad consiste en juegos deportivos, cantos, músicas e incluso 
meriendas sobre los prados verdeantes (Aen. VI, 656 y ss.). El movilismo 
aplicado a la escatología conduce al inmanentismo puro, que introduce en 
Dios el devenir y borra además la trascendencia del fin proyectando al infinito 
la presente vida y desconociendo el saltus a novi caeli et nova terra. 


"Basta conocer la distinción entre beatitud esencial y beatitud accidental, y haber leído 
el Paraíso de Dante, para descartar este movilismo ¿n termino. 


Capítulo 18 


La virtud de la fe 


18.1. Rechazo de la Teología Natural. Card. 
Garrone. Pisoni 


Ha penetrado muy extensamente en la Iglesia esa negación de la primacía 
del conocimiento sobre la vida que hemos examinado en 815.3. Hoy día se 
pone en duda, se elude o se niega, la doctrina de los preámbulos racionales 
de la fe, según la cual Dios vivo y verdadero, Creador y Señor nuestro, puede 
ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana (Vaticano l, 
DENZINGER, 1806). 

De este modo las virtudes sobrenaturales de esperanza y caridad pierden 
su base y se convierten en categorías de la vitalidad. 

Cinéndome al criterio metódico que me he propuesto, demostraré el eclipse 
del sentido racional en la Iglesia aportando solamente dos testimonios: del 
cardenal Prefecto de la Congregación para la educación católica (también lla- 
mada de Seminarios y de los Estudios) y de un sacerdote encargado durante 
muchos años, con autorización de su obispo, de la sección religiosa en uno de 
los más difundidos semanarios de Italia. 

En el Congreso de los teólogos italianos (Florencia, 1968) el Card. Gabriele 
M. Garrone consideró que la crisis de la fe desciende de la incapacidad (a la 
que sin embargo habría escapado Teilhard de Chardin) de ofrecer al hombre 
contemporáneo una noción de Dios que tenga sentido para él: es decir, una 
noción conforme a su animadversión por la racionalidad y por la verdad. 

Su Eminencia reconocía en la teología católica un exceso de teoricidad, 
una intemperanza de la razón, una especie de filosofismo. Los términos pre- 
cisos son éstos: En el siglo pasado los teólogos fueron conducidos a afirmar la 
capacidad de la razón humana para probar la existencia de Dios. Los teólogos 
han abandonado a Dios en manos de los filósofos. Tenemos que reconocer 


299 


300 18. La virtud de la fe 


que nos hemos equivocado, porque le hemos pedido a la filosofía lo que ella 
no puede darnos. Debemos reencontrar los atributos de Dios: no las ideas 
abstractas de la filosofía, sino los nombres, los verdaderos nombres de Dios. 
No tenemos la misión de predicar ideas, sino la fe. 

La autoridad de la persona no abroga el derecho de todo fiel de confrontar 
la enseñanza de los ministros particulares con la enseñanza de la Iglesia uni- 
versal. Realmente no son los teólogos, sino la Iglesia misma en el ejercicio de 
su supremo oficio didáctico quien en el Vaticano I enseñó solemnemente la 
capacidad de la razón para probar la existencia de Dios. Por tanto no basta 
decir nos hemos equivocado: habría que decir la Iglesia se ha equivocado. 

El circiterismo doctrinal y la debilidad de razonamiento no sólo han estado 
presentes en el congreso de Florencia; el pueblo de Dios habla hoy medio 
azótico y medio hebraico, como en tiempos de Nehemías (II Esdr. 13, 24). O 
si no, estaría la Iglesia bajo una mala estrella si estuviese hoy en el caso de 
decir a los hombres: creed en mí, aunque yo no crea. 

Al discurso del cardenal se hace referencia en ICI, n. 305 (1 febrero 1968), 
pp. 12-13. Habiendo yo preguntado a la dirección de ese periódico si no hu- 
biese tal vez cometido un error al referirlo y habiendo hecho saber al cardenal 
mismo la pregunta planteada por mí a la revista, éste me respondió: No había 
pasado por alto ese texto de ICI, y me he puesto en contacto con los responsa- 
bles del modo conveniente enviándoles el texto auténtico de esta conferencia. 
No hace falta decirle que el tono era muy distinto. 

Habiéndome parecido que la cosa era digna de continuarse, y habiendo 
instado a ICI para que publicase el texto auténtico, mi insistencia provocó una 
entrevista en Roma de dos redactores de la revista con el cardenal. Mons. 
Garrone, quien declaró entonces que prefería no continuar con el asunto ! . 

No hace falta adentrarse en ello. No se puede sin embargo dejar de obser- 
var (basta leer los textos) que las palabras de Mons. Garrone son contrarias 
al Vaticano I, en la misma medida en que no ser capaz es lo contrario de 
ser capaz. Es superfluo por tanto señalar que el tono, sea sostenido o be- 
mol, no cambia el tema musical, y que el sentimiento con el que se enuncia 
un juicio no puede cambiar ni el significado de los términos ni el valor del 
juicio ($6.15). Igualmente superfluo es señalar los orígenes modernistas de la 
afirmación del cardenal, ya que es propio del modernismo fundar la creen- 
cia sobre un sentimiento y una experiencia de lo divino más que sobre una 
previa certeza racional, y sostener que la razón nec ad Deum se erigere potis 
est nec illius exsistentiam, utut per ea quae videntur, agnoscere ? (Encíclica 
Pascendi, DENZINGER, 2072). 


lTodo el intercambio de cartas, abierto con la mía a ICI de 18 de febrero de 1968 y 
cerrado con la susodicha preferencia, forma parte del material de trabajo de lota Unum. 
2ni es capaz de levantarse hasta Dios ni puede conocer su existencia ni aun por las 


18.2. La virtud teológica de la fe 301 


En el semanario Amica del 7 julio de 1963, en la rúbrica La posta dell 
ánima, Mons. Ernesto Pisoni escribe: La razón humana puede ciertamente 
por sí misma demostrar la posibilidad de la existencia de Dios y probar por 
consiguiente la credibilidad de la existencia de Dios. Esta posición es pre- 
cisamente la contraria de la doctrina de la Iglesia. La razón no sólo prueba 
la posibilidad de la existencia de Dios, sino la realidad de tal existencia. Se 
puede quizá también decir que la existencia de Dios es posible (aunque de 
esa posibilidad San Anselmo deduce inmediatamente su existencia), y tal 
posibilidad se demuestra mostrando que no implica contradicción: la no con- 
tradicción es de hecho la condición de la posibilidad de una cosa. 

Sin embargo la Iglesia no enseña que la existencia de Dios es posible (es 
decir, no absurda) sino que es real. La existencia de Dios no repugna a la 
razón, dice mons. Pisoni, no dándose cuenta de que aplica así a las verdades 
naturales la tesis aplicable a las verdades sobrenaturales. 

Frente a las verdades naturales, que son su propio objeto inteligible, la 
razón aprehende y ve. Sin embargo, frente a las verdades sobrenaturales, la 
razón no aprehende, sino que tiene por oficio demostrar que no repugnan a 
la razón. 


18.2. La virtud teológica de la fe 


La indistinción entre la esfera de lo inteligible natural y la esfera de lo 
suprainteligible lleva en sí misma un rechazo de la doctrina católica de las 
virtudes teologales, que nos corresponde ahora examinar. La razón no puede 
llegar a demostrar las verdades sobrenaturales, como la Trinidad, la unión 
hipostática, la resurrección de la carne o la Presencia Real en la Eucaristía. 
Éstas son verdades propuestas por Revelación y aprehensibles solamente por 
la fe. Pero esa imposibilidad no quita al acto de fe su carácter razonable: 
sigue siéndolo en grado sumo. En efecto, la razón, reconociéndose finita, ve 
que más allá de su límite pueden existir verdades cognoscibles (porque la 
cognoscibilidad se refiere a lo verdadero), pero no aprehensibles por evidencia 
racional. 

A tales verdades la razón se adhiere con un asentimiento; sin embargo 
este asentimiento no está producido por la necesidad lógica de la evidencia, 
sino por un determinante sobrenatural que es la gracia. 

La fe es la virtud sobrenatural propia de la primacía del conocer por 
la cual el hombre, yendo más allá de su propio límite, asiente a lo que no 
puede ver porque está más allá del límite. Por consiguiente, según la doctrina 
católica, la fe es una virtud del hombre que reside en el intelecto, como la 


cosas que se ven 


302 18. La virtud de la fe 


caridad en la voluntad; y su posibilidad, como ya dijimos, es una consecuencia 
necesaria de la finitud del intelecto. 

El motivo de la fe es por un lado el hecho de la finitud del intelecto (por 
lo cual todas las ciencias se fundan sobre la fe) * y por otro la autoridad de 
la palabra divina revelada. 

El hecho de la Revelación es de relevancia histórica y recibe una de- 
mostración histórica. La autoridad de la palabra divina es igualmente un 
elemento racionalmente cognoscible. No es mediante la autoridad de Dios 
como el espíritu humano reconoce la autoridad de Dios (sería un círculo vi- 
cioso), sino mediante una argumentación que encuentra la autoridad de la 
Revelación examinando analíticamente el concepto mismo de Dios. 

Por consiguiente en el sistema católico toda autoridad es producto de la 
razón, porque si bien la razón se somete, es la razón misma la que ve la 
necesidad de someterse. Por tanto la autoridad divina constituye un criterio 
que prevalece por encima de cualquier otro. Las cosas creídas por el cristiano 
son certísimas, porque el fundamento de creerlas no está en algo propio de 
la criatura, sino en la verdad del pensamiento divino. 


18.3. Crítica de la fe como búsqueda. Lessing 


Para la nueva teología, por el contrario, la fe se caracteriza más por la 
movilidad de la perpetua búsqueda que por la estabilidad del asentimiento. Se 
llega a decir que una fe auténtica debe entrar en crisis, pasar por tentaciones, 
alejarse todo lo posible de un estado de reposo. Se llega a proclamar deseable 
la multiplicación de las objeciones, que estimulan a repasar y reconquistar 
continuamente la propia certeza del mensaje cristiano (OR, 15-16 de enero 
de 1979). Tal concepción dinámica de la fe deriva próximamente del mod- 
ernismo, para el cual la fe está en función del sentimiento de lo divino y las 
verdades conceptuales elaboradas por el intelecto son expresiones mutables 
de ese sentimiento. Remotamente deriva además de las filosofías trascenden- 
tales alemanas, que elevan el devenir por encima del ser y, por necesaria 
consecuencia, la inquieta duda por encima de la certeza y la búsqueda por 
encima del hallazgo. Es la mentalidad a la que dió sugestiva expresión Less- 
ing en la parábola de Eine Duplik: Si el infinito y omnipotente Dios me diese 
la posibilidad de escoger entre el don escondido en su mano derecha, que es 
la posesión de la verdad, y el don escondido en su mano izquierda, que es la 


3En realidad toda ciencia recibe de otras ciencias conocimientos que ella no demuestra: 
cree a las otras ciencias de las que los recibe. También en las ciencias los conocimientos 
del hombre están fundados sobre la fe que un científico presta a otro. No de otra manera 
sucede en la vida común y civil. 


18.4. Crítica de la fe como tensión. Los obispos franceses 303 


búsqueda de la verdad, yo rogaría humildemente. ¡Oh Señor! concédeme la 
búsqueda de la verdad, porque poseerla solamente es propio de Tí? . 

La parte errónea de esta concepción está en tomar por humildad una 
disposición de ánimo que es sin embargo de exquisita soberbia: quien pre- 
fiere la búsqueda de la verdad a la verdad misma, ¿qué prefiere en realidad? 
Prefiere su propio movimiento subjetivo y la agitación vital de su Yo a ese 
valor para detenerse en el cual le ha sido dado el movimiento subjetivo. En 
suma, se trata de una posposición del Objeto ante el sujeto, y de un pre- 
supuesto antropotrópico inconciliable con la religión, que desea la sumisión 
de la criatura al Creador y enseña que mediante ella la criatura encuentra su 
propia saciedad y su propia perfección. El error por el cual se estima más la 
búsqueda de la verdad que su posesión es una forma de indiferentismo. 

Juan Pablo II lo ha condenado en estos términos: También es indiferen- 
tismo hacia la verdad considerar más importante para el hombre buscar la 
verdad que alcanzarla, ya que en definitiva ésta se le escaparía irremedia- 
blemente (OR, 25 de agosto de 1983). A este error sigue el de confundir el 
respeto debido a toda persona, sean cuales sean las ideas que profesa, con la 
negación de la existencia de una verdad objetiva. 


18.4. Crítica de la fe como tensión. Los obis- 
pos franceses 


Se dice que la fe consiste en una tensión del hombre hacia Dios. Tal 
doctrina está avalada por el documento que promulgaron los obispos franceses 
tras su reunión plenaria de 1968. En la p. 80 se repudia expresamente la 
definición de la fe como adhesión del intelecto a las verdades reveladas, y se 
reconoce en la fe una adhesión existencial a un acto vital: Durante mucho 
tiempo se ha presentado la fe como una adhesión de la inteligencia esclarecida 
por la gracia y apoyada por la palabra de Dios. Hoy se ha regresado a una 
concepción más conforme con el conjunto de las Escrituras. La fe se presenta 
entonces como una adhesión de todo el ser a la persona de Jesucristo. Es un 
acto vital y ya no solamente intelectual, un acto que se dirige a una persona 
y ya no solamente a una verdad teórica; de este modo no podría ser puesta 
en peligro por dificultades teóricas de detalle. 

Puesto que la fe consiste en esa tensión vital, subsiste mientras ésta sub- 
sista, independientemente de aquello que se crea. Esta doctrina se aparta 


“Edición de Frankfurt, 1778, p. 10. Explicita el sentido de la parábola el pasaje de la 
p. 9: Lo que constituye el valor del Hombre no es la Verdad, en cuya posesión cualquier 
hombre está o cree estar, sino el honrado esfuerzo que ha empleado para alcanzarla 


304 18. La virtud de la fe 


de la tradición de la Iglesia. Ciertamente la religión es una disposición de 
la totalidad de la persona y no solamente de su intelecto, pero el acto de fe 
lo realiza la persona específicamente mediante el intelecto. No se deben con- 
fundir las prioridades, confundiendo después como consecuencia necesaria las 
virtudes teologales. La fe es una virtud del hombre del género conocer, no 
del género tender hacia. Es cierto que la religión está integrada por las tres 
virtudes teologales, pero su fundamento es la fe, no la tensión (es decir, la 
esperanza). 

Yo no niego que la religión pueda contemplarse en general como una 
tendencia hacia Dios; es falso sin embargo que consista por sí misma en esa 
tendencia. En primer lugar, porque tal tensión es compatible con cualquier 
experiencia religiosa del género humano, comprendida la de quienes adoran al 
estiércol y a los escarabajos y ofrecen sacrificios humanos. En segundo lugar, 
porque tal tensión se asemeja al titanismo, en el cual el esfuerzo humano no 
se dirige a reverenciar al Numen, sino a desafiarlo y a abatirlo. 

La tensión más bien se compagina en grado sumo con la experiencia reli- 
glosa de Satanás, que tendía con todas sus fuerzas a Dios, pero no para ado- 
rarlo, sino para serlo. La característica propia de la religión es el sometimien- 
to, y el principio que la constituye es el reconocimiento de la dependencia. 
El principio de la tensión es sin embargo un principio de autodeterminación 
y de independencia. 


18.5. Motivo y certeza de la fe. Alessandro 
Manzoni 


También en torno al motivo de la creencia religiosa los innovadores difieren 
de la doctrina de la Iglesia. Dicen que el motivo de creer es la integración 
perfecta de la persona humana y la completitud de la saciedad buscada por el 
hombre. Este motivo es legítimo y bien conocido por la teología católica: pero 
no como motivo primero y determinante, pues el fin de la religión no es la 
saciedad del hombre, sino el cumplimiento del fin de la Creación, Dios mismo. 
Aquí reaparece la tendencia antropotrópica del pensamiento innovador. El fin 
que Dios asigna al hombre es la justicia ? , es decir, la adhesión a la voluntad 
divina; pero ahí se esconde precisamente el objetivo que Dios se propone 
al asignar al hombre como fin la justicia: conducirlo a la felicidad. En la 
prospectiva del hombre, el primum debe ser la justicia. La felicidad consiste 
en ser perfectamente justo, según la palabra de Cristo: Bienaventurados los 


5 Quaerite ergo primum regnum Dei et iustitiam eius (Buscad, pues, primero el reino 
de Dios y su justicia) (Mat. 6, 33). 


18.5. Motivo y certeza de la fe. Alessandro Manzoni 305 


que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán hartados (de justicia) 
(Mat. 5,6). El elemento subjetivo de la felicidad debe reducirse a fin de que 
triunfe el Objeto. 

También el fundamento de la certeza de fe queda completamente fuera del 
sujeto. Para el creyente es la más firme de las certezas, por encima de la inin- 
teligibilidad del dato revelado y de todo condicionamiento histórico. Siendo 
el dato revelado de tal naturaleza que la mente humana no puede encon- 
trarlo ni verificarlo, la única manera posible de fundamentar la certidumbre 
es recibir esa verdad, recibirla puramente sin mezclar nada de nuestro lado: 
en resumen, trasladar completamente los motivos de la certeza del lado del 
sujeto al lado del Objeto. La certeza del creyente sobre los dogmas de fe 
no se apoya sobre argumentos históricos de su verdad, y ni siquiera, como 
ya dije, sobre la refutación de las objeciones opuestas. Se apoya sobre un 
principio que va más allá de todas las condiciones, todos los presupuestos 
e incluso todas las eventualidades históricas. Creer de fe católica es saber 
firmísimamente que contra las verdades creídas no vale argumento encontra- 
do o encontrable, es saber que no sólo son inconsistentes, falsas y solubles 
las objeciones establecidas contra ella, sino que serán inconsistentes, falsas 
y solubles las que puedan establecerse en todo el curso del futuro in saecula 
saeculorum, bajo cualquier extensión de las luces del género humano. ¿Habéis 
examinado, escribe Manzoni * , todas estas objeciones (contra la Revelación)? 
Son objeciones de hecho, de cronología, de historia, de historia natural, de 
moral, etc. ¿Habéis discutido todos los argumentos de los adversarios, habéis 
reconocido su falsedad e inconsistencia? No basta esto para tener Fe en las 
Escrituras. Es posible, y desgraciadamente posible, que en las generaciones 
venideras haya hombres que estudiarán nuevos argumentos contra la verdad 
de las Escrituras; rebuscarán en la historia, pretenderán haber descubierto 
verdades de hecho por las cuales las cosas afirmadas en las Escrituras irán 
a parecer falsas. Ahora debéis jurar que estos argumentos que aún no han 
sido encontrados serán falsos, que esos libros que aún no han sido escritos 
estarán llenos de errores: ¿lo juráis? Si os negáis a hacerlo, confesad que no 
tenéis fe. Por consiguiente la fe es una persuasión firmísima, que no admite la 
cláusula rebus sic stantibus (es decir, no admite la cláusula de la historicidad) 
e introduce al hombre en la esfera suprahistórica e intemporal de lo divino 
en sí mismo, en el cual non est transmutatio nec vicissitudinis obumbratio 
(Sant LTS 


6 Morale cattolica, ed. cit., vol. IL, págs. 544-545; para el análisis de la teoría manzoniana, 
ver vol. III, pp. 358-359. 
7... no existe vaivén ni oscurecimiento, efecto de la variación 


306 18. La virtud de la fe 


Capítulo 19 


La virtud de la esperanza 


19.1. Hibridación de fe y esperanza 


Hibridación de fe y esperanza. Hebr. 11. Razonabilidad de las 
virtudes sobrenaturales 

El abandono de la base intelectual de la fe (sustituida por una tensión) 
altera la naturaleza de la Revelación, que deja de ser un desvelamiento al 
hombre de verdades inalcanzables por su fuerza intelectiva natural, para con- 
vertirse en una tensión o impulso que proyecta sus energías hacia el infinito. 

Esta confusión se asienta sobre el convencimiento de que la adhesión inte- 
lectual a los dogmas sobrenaturales es cosa fácil, o más fácil que la adhesión 
práctica. En realidad, dicha adhesión intelectual implica una superación total 
de la parte superior del hombre, y no es comparable con la sencilla adhesión 
a objetos imaginarios de la mitología. Supone un saltus a lo sobrenatural y 
es un acto que realiza toda la persona junto con el intelecto. La fe posee 
por consiguiente una profundidad metafísica que la asemeja a las otras dos 
virtudes teologales de la esperanza y la caridad. 

Puesto que el pensamiento moderno considera la fe como una tensión, 
tiende a hacer de ella una forma de esperanza, falsificando el orden de prio- 
ridades y trasladando la fe del orden cognoscitivo al orden apetitivo. La 
confusión de la esperanza con la fe desciende del existencialismo y cree en- 
contrar apoyo en la misma definición paulina de Hebr. 11, 1, traducida por 
Dante en Par. XXIV, 64-5: es sustancia la fe de lo esperado / y argumento 
de cosa no patente. 

Todos los Padres y los Escolásticos entendieron rectamente que la fe es 
sustancia, es decir, substrato y fundamento de la esperanza: las cosas sobre- 
naturales que se esperan tienen como principio y sustrato las cosas sobrenatu- 
rales que se creen. La fe es sustancia que da sustancia a la esperanza, no que 


307 


308 19. La virtud de la esperanza 


la recibe de ella. Se espera el Paraíso porque se cree en él, no se cree en él 
porque se lo espere. 

Pero los modernos han invertido voluntariamente el orden y convertido a 
la fe en hija de la esperanza, cuando la realidad es exactamente la contraria. 
Afirman que el hombre se lanza primero con la esperanza hacia su mundo 
de valores, y después hace de esos valores esperados objeto de creencia y de 
certeza. 

La transformación de la fe en esperanza se ha infiltrado en los documentos 
de los Sínodos nacionales con definiciones extravagantes que suenan a vanilo- 
quio; un ejemplo es la propuesta por el Sínodo del Ticino según el cual la 
fe es comunicar a sí mismo y a Dios la propia esperanza: fórmula que, si no 
fuese indicio de déconfiture doctrinal y separación de la tradición teológica, 
podría tomarse como alteración oficiosa (pues el Sínodo estaba presidido por 
el obispo) de la relación entre ambas virtudes teologales. 

En cierto modo, puede considerarse que la fe es experiencia de Dios. 
Aunque los modernistas lo sostuvieron en sentido incorrecto, olvidando que 
la experiencia de Dios sólo se concede en esta vida a través de una gracia 
particular que fundamenta la teología mística, resulta posible afirmarlo si se 
entiende dicha experiencia en sentido lato, como acto consciente y verificable 
en la misma forma que el resto de los actos cognoscitivos. También Juan 
Pablo II, hablando a los teólogos, enseñó que el hombre trasciende los límites 
del conocimiento puramente natural y tiene una experiencia de Él que de otro 
modo le estaría vedada. 

Pero en seguida explicó, apelando a Santo Tomás, que la experiencia de 
fe es un hecho esencialmente intelectivo: el hombre puede alcanzar alguna 
inteligencia de los misterios sobrenaturales gracias al uso de su razón, pero 
sólo en cuanto la razón se apoya sobre el fundamento firme de la fe, que 
es participación del conocimiento mismo de Dios y de los bienaventurados 
comprensores (OR, 17 de octubre de 1979). Ahora bien, ¿quién dirá que el 
hombre en esta vida tiene la experiencia de quienes ya gozan de la gloria? 

En conclusión, la primacía de la fe sobre la esperanza pertenece al fun- 
damento de la religión católica, que es la razonabilidad. Todas las virtudes 
teologales son de hecho motivadas, y ¿qué es un motivo, sino una razón? 

El carácter de acto motivado aparecía en las fórmulas (hoy desusadas) 
de los actos de fe, esperanza y caridad (a los que se añadía un acto de 
contrición) enseñadas en el catecismo y practicadas cotidianamente en la 
vida cristiana. Se cree en la Revelación porque Dios existe y es veraz. Se 
espera la salvación eterna y el perdón de los pecados porque Jesucristo nos 
los ha merecido y sostiene nuestra voluntad. Se ama a Dios porque es un bien 
infinito infinitamente amable, y se ama al prójimo, que no es infinitamente 
amable, porque se ama al infinitamente amable que ha creado por amor 


19.1. Hibridación de fe y esperanza 309 


a quien no lo es. Finalmente, se experimenta dolor y arrepentimiento de 
los pecados porque se ha ofendido a Dios y porque se lo ha perdido como 
felicidad. 

La razonabilidad domina todos los actos de la religión católica, que no 
se apoya jamás sobre el hombre, criatura y dependiente, sino sobre Dios y 
sobre lo independiente ? 


lLa confusión de los conceptos teológicos se combina además a menudo con el circi- 
terismo propio de la mentalidad postconciliar, que pone bajo una misma palabra ideas 
dispares. En el OR del 30 de marzo de 1983, por la pluma de un obispo, se asegura que no 
basta con creer en Dios, sino que es necesario creer en el hombre, porque Dios ha creído 
en el hombre, en Adán, en Eva, en los Apóstoles, en Judas, etc.: tan verdad es que ha 
intentado salvarle de todos los modos posibles. Además de contradecir a la Escritura (Jer. 
17, 5) y desatender a la distinción clásica entre credere Deum, credere Deo y credere in 
Deum, aquí se confunde manifiestamente creer con amar, consumando una equivocación 
por la cual podría decirse cualquier cosa sobre cualquier cosa. 


310 19. La virtud de la esperanza 


Capítulo 20 


La virtud de la caridad 


20.1. Concepto católico de la caridad 


La referencia a las fórmulas teológicamente vigiladísimas y perfectas de los 
Actos de fe, esperanza y caridad (en tiempos muy frecuentadas) nos introduce 
en el concepto de caridad, que tiende hoy a absorber a la fe y a la esperanza 
en una única tensión. 

Ciertamente, el primado de la caridad, proclamado en un célebre pasaje 
de San Pablo (1 Cor. 13, 13), es reconocido por toda la teología, sea en las 
escuelas intelectualistas, sea en las voluntaristas; pero no porque las otras dos 
virtudes teologales se reduzcan formalmente a la caridad y pierdan en ella su 
esencia específica, sino porque como explica Santo Tomás en la Summa theol. 
11, 11, q. 23, a. 8, la voluntad tiene la ventaja de volcarse sobre el objeto 
querido y transferir (podría decirse) el sujeto al objeto. Por el contrario, el 
intelecto recibe el objeto y lleva, por decirlo así, el objeto al sujeto: operatio 
intellectus completur secundum quod intellectum est in intelligente * . 

La fe, virtud intelectiva, alcanza a Dios con un asentimiento a cosas no 
vistas; la esperanza lo alcanza con la expectativa de Dios no poseído; pero la 
caridad alcanza a Dios ut in ¡pso sistat (para reposar en Él). 

Ya en esta vida Dios es amado, y es en cuanto que amado como se le 
alcanza. Por esta razón de medio que las caracteriza, fe y esperanza son 
caducas, mientras que Caritas nunquam excidit (el amor nunca se acaba) (1 
Cor. 13, 8). La fe cesa cuando Dios es visto, y la esperanza cuando es alcanza- 
do, mientras que la caridad continúa en el estado escatológico, simplemente 
desvestida de la imperfección que tuvo en la vida temporal. 

Pero la excelencia de la caridad deriva también (aparte de no ser un 
medio, sino un acto del hombre que concluye y se eterniza en Dios) de una 


La operación intelectual queda completa cuando lo entendido está en el que entiende 


311 


312 20. La virtud de la caridad 


razón teológica más profunda. En cuanto que están en el pensamiento de 
Dios, los entes finitos no pueden no ser, al ser el orden ideal una procesión 
natural interna a la esencia divina. Esta rosa, por ejemplo, podría no ser, 
pero la idea de esta rosa es imposible que no sea; Juan podría no ser, pero 
la idea de Juan, no. Las cosas reales, sin embargo, con su acto de existencia, 
podrían no ser, y solamente por el amor divino son hechas. 

Esta profunda verdad es cantada magníficamente por Dante en Par. 
XXIX, 13 y ss.: No por ser de algún bien nuevo provisto, / que absurdo 
es, mas porque su esplendor / resplandeciese al pronunciar subsisto, / solo 
en su eternidad y a su sabor, / sin tiempo, y como Él sólo comprendía, / se 
abrió en nuevos amores el Amor. 

La criatura procede de la caridad divina, sin la cual naturalmente exis- 
tiría en Dios, pero no en sí misma. Sin embargo es claro que tampoco esta 
excelencia de la caridad creadora impide la precedencia de la Idea (a la que 
pertenece una excelencia de otro género), ya que es más ser necesariamente 
(aunque sólo en idea y en Dios) que ser contingentemente (como el mundo, 
que en verdad es algo per accidens). 

Y no solamente es la caridad la más excelente de las virtudes, sino que 
es muy propia del cristianismo, ya que los Paganos apenas conocieron el 
amor de Dios por el mundo o el amor del hombre por Dios. En la Ética a 
Nicómaco, Aristóteles niega, a causa de la trascendencia de uno sobre otro, 
que pueda haber amistad entre Dios y el hombre; y Platón en el Banquete lo 
niega igualmente, porque el amor es hijo de Penia e implica indigencia. 

Esta excelencia del amor es transformada por las corrientes innovadoras. 
Del mismo modo que suprimen lo lógico en favor de lo vivido, así abrogan la 
ley en favor del amor; y como la ley es la estructura de la moralidad y de la 
religión, reducen la Iglesia misma a fermento de amor. 


20.2. La vida como amor. Ugo Spirito 


En la obra de Ugo Spirito La vita come amore se teoriza con coherencia 
inflexible sobre esta resolución de todos los valores (y sobre todo de los lógi- 
cos) en la categoría del amor, calificándola como la cima de la civilización 
cristiana, demasiado dominada por el Logos. 

La tesis de Spirito implica (como dijimos ya tantas veces, aunque no de- 
masiadas) la negación del Verbo: es decir, del organismo trinitario; es decir, 
de Dios. El autor sostiene que el Logos es incompatible con el ágape, y que 
solamente se puede alcanzar el amor eliminando la dualidad y oposición de 
bien y mal y consiguientemente el juicio de valor expresado en dicha oposi- 
ción. Para poder amar hace falta una absoluta falta de crítica, que borre toda 


20.3. El amor y la Ley 313 


discretium spirituum y que finalmente degrade el principio de contradicción 
en virtud del cual el mal no es el bien y debe ser odiado, mientras que el bien 
es amado. 

Según Ugo Spirito, la crisis del mundo es, propia y formalmente, efecto del 
juicio por el cual el hombre se encuentra dividido entre valores y antivalores, 
entre cosas deseables y cosas aborrecibles. 

Ciertamente no puede esquivarse la profundidad metafísica y verdadera- 
mente esencial de este amor asumido como lo trascendente, en el cual todo 
se hace uno. En realidad el amor sería posible solamente en la nulidad de 
los valores. Pero hay una intrínseca contradicción en decir que una cosa es 
amable cuando es imposible juzgarla como tal. El círculo vicioso es el mismo 
círculo vicioso del pirronismo; aunque el amor permita superar la distinción 
entre lo amable y lo odiable, esa distinción sigue haciendo falta sin embargo 
para poder considerar amable la indistinción: utcunque philosophandum, est. 

Es superfluo observar que la teoría de la vida como amor aborrece los 
juicios absolutos y por tanto rechaza ese juicio absoluto que en la ética se 
llama infierno. Y no porque se diga que todos se salvan, los justos a través 
de la justicia y los malvados a través de la misericordia de Dios, sino porque 
virtud y crimen se hacen uno en el amor, que se sitúa más allá de toda 
contraposición ?. 


20.3. El amor y la Ley 


Así como en el Infinito el Espíritu Santo procede del Verbo y en la criatura 
espiritual la voluntad del intelecto, así la negación de esa procesión supone la 
absorción de la ley en el amor. El hombre que tuviese caridad sería libre ante 
la ley, tomada únicamente como un orden obligante y coercitiva. Más bien 
se contrapone la ley al espíritu, haciendo de aquélla el carácter del hombre 
antiguo y de éste el del Evangelio. La doctrina católica, al contrario, enseña 
que el amor incluye la obediencia a la ley y modela la voluntad sobre el orden 
de la ley. Las palabras de Cristo en Juan 14, 15, son irrefragables: Si diligitis 
me, mandata mea servate (Si me amáis, conservaréis mis mandamientos). Si 
no fuese por la ley, ¿cómo se manifestaría el amor? El amor no deroga la ley, 
sino que la cumple, del mismo modo que metafísicamente la voluntad supone 
el intelecto y teológicamente el Espíritu Santo supone (si es lícito decirlo) el 


2Ésta es también la doctrina de DAVID FLUSSER en Jesús en sus palabras y en su 
tiempo, Ed. Cristiandad, Madrid 1975, caps. V y VI. Pero basta conocer un poco la historia 
para reconocer lo poco novedosas que son las elucubraciones modernas. La doctrina de la 
vida como amor es una variante de la herejía de los Eticoproscoptos, combatida por San 
Juan Damasceno. 


314 20. La virtud de la caridad 


Verbo. 

Sobre todo conviene observar que al igual que la ley moral natural, la 
ley cristiana de la gracia constituye un principio de obligación, puesto que 
el Evangelio es una ley (nueva, pero ley) y un mandamiento (nuevo, pero 
mandamiento). La ley tiene un carácter coactivo, porque está alimentada por 
una sanción doble: la inmanente de la reprobación interior y (dejando aparte 
otras) la de la recompensa escatológica. En modo alguno está fundamentado 
el rechazo del ¿us como incompatible con la moral, ya que el ¿us es una 
réplica de lo moral. Y si San Pablo dice que lex ¡usto non est posita (la Ley 
no fue dada para los justos) (1 Tim. 1, 9), y que los hombres que viven sin 
la Revelación en la simple moralidad natural ¿psi sibi sunt lex (son Ley para 
sí mismos) (Rom. 2, 14), estas palabras, según la unánime tradición católica, 
no insinúan que al justo no le ha sido dada la ley, sino que no le es impuesta. 

El justo se apropia por amor de la prescripción de la ley, dejando ésta 
de serle extrínseca al ser adoptada interiormente. Entonces la necesidad de 
observarla, que sigue existiendo, se transforma en libertad. Esta filosofía que 
interiorizando la ley le quita la coactividad es de origen estoico; pero adquiere 
en la ética cristiana el carácter particular de la ley de la gracia. Santo Tomás 
enseña en el comentario a Rom. 2, lect. III, que el grado supremo de la 
dignidad humana consiste en moverse al bien por impulso propio; el segundo 
grado está en moverse al bien por impulso de otros, pero no forzadamente; y 
el ínfimo (aun siendo grado de dignidad), en tener necesidad de la coacción. 

En todos los grados, sin embargo, la obligación de la ley es la causa última 
de la voluntad: es decir, del amor. Y entiéndase bien: no es la ley la que se 
hace interna al hombre y es reconducida al hombre, sino el hombre a la ley, 
que penetra y modela la voluntad. 

El primum es la ley, no el hombre. De hecho, como enseña San Agustín 
en el De spiritu et littera, lib. 1, cap. XXX, 52 (P. L. 44, 233), la ley no 
es eliminada, sino confirmada por la libertad; y el caput de la vida humana 
está fuera del hombre: vitium oritur cum sibi quisque praefidit seque sibi ad 
vivendum caput facit (cap. VI, 11, P. L. 44, 206) * . 

El discurso sobre la preeminencia de la ley sobre el amor y del amor 
sobre la ley prepara el discurso sobre el ataque emprendido en la Iglesia 
postconciliar contra la existencia y el carácter absoluto de la ley natural, 
fundamento de la vida moral. El ataque fue llevado de diversas maneras: 
impugnando la existencia misma de un principio inmóvil para sustituirlo por 
la moral de situación, por el principio de globalidad, o por el de gradualidad. 
El concepto de destino individual fue rebajado respecto al de la salvación 


3Vicio que levanta la cerviz cuando el hombre pone ante todo la confianza en sus propias 
fuerzas, constituyéndose a sí mismo en razón autónoma de su vida 


20.4. La negación de la Ley Natural. Sartre 315 


comunitaria. 


20.4. La negación de la Ley Natural. Sartre 


Esta negación desciende de las desviaciones que hemos ilustrado, y sobre 
todo del pirronismo y del movilismo que irrumpieron en la Iglesia ($$15.2 
y ss., y 17.1 y ss.). El asalto conducido por todas partes contra el derecho 
natural es evidente en la claudicación general de la legislación de las naciones 
europeas con la adopción del divorcio, del aborto o de la sodomía, borrada 
de la categoría de lo ilícito. Éste es el signo más irrefutable y más formidable 
de la corrupción de la civilización que se está operando en el presente ar- 
ticulus temporum. Aquí sin embargo nos limitamos a ilustrar brevemente las 
modernas teorías destructivas de la ley natural y a demostrar que suponen 
un radical rechazo de las esencias. 

Dejamos aparte la perversión sartriana, que no contenta con desconocer 
la existencia de la ley natural la invierte (cierto que contradictoriamente) y 
se configura como una verdadera ¿ustificatio diaboli o diabolodicea opuesta a 
la teodicea tradicional. 

Es la celebración de la voluntad incondicionalmente malvada: no la vol- 
untad que por el radikal Bases kantiano se desvía contingentemente de la ley 
moral, sino la voluntad que tiene por estructura fundamental la intención de 
hacer el mal. 

No es por consiguiente eversión de la ley (ésta se limitaría a desconocer 
la antítesis entre bien y mal y la imperatividad del bien), sino propiamente 
una inversión, porque el mal en cuanto mal (y no como indiferente) es lo 
determinante y el ideal de la voluntad. Esta independencia total de la ley 
sustituye la libertad por el delirio (en sentido etimológico) y la autonomía 
por la anomia: Mal, sé tú mi bien, suspira Satán en El paraíso perdido de 
Milton (edición de Esteban Pujals, Ed. Cátedra, Madrid 1986, L. IV, n. 110, 
pág. 183). 

No pocos teólogos católicos sostienen * que la prohibición del aborto no 
es una exigencia inmutable de la ley moral, sino una exigencia de la ley 
evangélica; y que ésta no puede imponerse a la sociedad civil, fundada sobre 
la libertad de opción por los valores. 

Contra las doctrinas que ponen en duda la firmeza de la ley natural se 
levantó Pablo VI (OR, 31 agosto 1972): La norma moral, en sus principios 
constantes, tanto los de la ley natural como los evangélicos, no puede sufrir 
cambios. Admitimos, empero, que pueda experimentar incertidumbres cuando 


“Por ejemplo, el catedrático de teología pastoral de la Universidad de Tiibingen, exco- 
mulgado por su obispo (OR, 17 mayo 1973). 


316 20. La virtud de la caridad 


se trata de la profundización especulativa de tales principios, o también cuan- 
do se trata de su desarrollo lógico y de su aplicación práctica. El Pontífice 
repropone la doctrina clásica de la gran tradición filosófica grecoromana y 
de la teología católica desde San Agustín a Rosmini, y casi en los mismos 
términos. La norma moral es absoluta, al ser una expresión del orden eterno 
de las esencias presente en la divina razón: lex naturalis est participatio legis 
aeternae et impressio divini luminis in creatura rationali qua inclinatur ad 
debitum actum et finem (Summa theol. 1, 11, q. 91, a. 2). 


20.5. Apelación a la doctrina católica 


La teoría católica de la ley natural se resume en estas tres proposiciones. 
Primera: la ley natural es un orden absoluto inherente al Absoluto ontológico. 
Segunda: la ley natural es inmediatamente cognoscible en la estructura de la 
criatura racional. Tercera: la ley natural contiene la calificación de todos los 
actos humanos posibles y tal cualidad es reconocida por una ciencia práctica. 
Esta ciencia práctica la sigue todo el que actúa en sus propias elecciones 
morales, pero constituye también un cuerpo sistemático: la casuística. 


Por consiguiente, la ley natural es un dictamen de la razón práctica (la 
razón que juzga el deber ser de las acciones humanas) y discurre paralela- 
mente con la razón especulativa, que juzga el ser de las cosas (Summa theol. 
1, 11, q. 9, a. 2). 

Por lo tanto, así como de los principios de la razón especulativa se de- 
ducen todas las verdades particulares acerca de las cosas no agibles, de los 
principios de la razón práctica se deducen todos los juicios sobre las particu- 
lares cosas agibles; y al igual que en aquéllas, en éstas también interviene la 
posibilidad de error, tanto mayor cuanto más se aleje el proceso deductivo de 
los principios para entrar en la complicadísima y variada región de los hechos 
contingentes. 


La teología católica ha distinguido siempre entre las deducciones próxi- 
mas, extraídas inmediatamente de los principios y de las que existe certeza, y 
las deducciones remotas, que tanto decrecen en certeza cuanto más se alejan 
de los principios. En el citado discurso Pablo VI repropone esta enseñanza. 
Hay algo de indefectible e indestructible en el imperativo moral, y algo de 
mutable en el mundo de las acciones humanas, que deben ser modeladas so- 
bre el absoluto del imperativo moral. Esta conformidad es a menudo difícil 
de reconocer, y siempre difícil de querer. Pero es claro que la dificultad de 
un conocimiento no quita absolutividad y validez a su objeto. 


20.6. Majestad y vilipendio de la Ley Natural 317 


20.6. Majestad y vilipendio de la Ley Natural 


Ha correspondido a nuestro siglo transformar la absolutividad, el tremen- 
dum y la majestad de la ley natural en frivolidad de pura opinión y en 
irracional insania propia de los tabúes. 

El mundo griego celebró altamente la inviolable, inmóvil, innata e inde- 
fectible ley. En el Edipo rey ella cammina in excelsis (865-866), y el olvido 
no la adormece (870). En Antígona, no está vigente hoy o ayer, sino que vive 
eternamente (456). No menos elevada es la exaltación de la ley de la concien- 
cia en Séneca, Ad Helviam 8, para el cual la conciencia recta y el espectáculo 
de la naturaleza son las dos cosas más bellas bajo el cielo. Ni hace falta acudir 
al célebre pasaje de Kant en la conclusión de la Crítica de la razón práctica: 
Dos cosas llenan el ánimo de admiración y de una veneración siempre nueva 
y creciente: por encima de mí, el cielo estrellado; dentro de mí, la ley moral. 

La majestad de la ley moral procede de su indefectible vigor, que se iden- 
tifica en Dios con el ser de Dios. Participa de su carácter de intemporalidad y 
de absolutividad, y es completamente extraña a la idea de creación. Al igual 
que Dios, la ley natural es ingénita, y la tradición teológica de la Iglesia ha 
excluido siempre que sea una creación: el mundo es creado, pero la ley moral 
es increada. 

Es verdad que la escuela voluntarista que culmina en Guillermo de Occam 
considera que también la ley natural es un efecto creado contingente, pero 
a pesar de las interpretaciones atenuantes, tal doctrina hace contingente la 
moralidad y sustancialmente la elimina. 

Para Occam, es posible suponer sin contradicción otro orden moral, tan 
libremente querido por Dios como éste, en el cual el bien fuese el mal del 
presente orden. La absolutividad supone sin embargo que la acción malvada 
es malvada no sólo en este mundo creado, sino en cualquier mundo posible. 
La ley natural es por consiguiente impersonal, pero no en el sentido de que 
no tenga en cuenta a la persona: la tiene en cuenta en sumo grado, pero 
precisamente la contempla, no es una emanación de ella. 

El fundamento ontológico de la ley moral es atacado por las corrientes 
renovadoras que intentan negar la anterioridad de la ley sobre la voluntad 
humana, refiriéndola a la creatividad del sujeto. La XII Semana bíblica na- 
cional celebrada en Roma en 1972 tuvo como finalidad confesada renovar la 
teología moral no sólo en el método expositivo, sino también en los contenido, 
y confesó querer proporcionar un auténtico planteamiento de la moral. 

Sustituyendo las sólidas definiciones de la Iglesia por un enorme circiteris- 
mo semifilosófico y semipoético, sostiene que antes de ser doctrina, la religión 
eristiana es presencia del día del Señor resucitado, atestiguada eclesialmente 
con autenticidad (OR, 1 de octubre de 1972). La definición es viciosa, porque 


318 20. La virtud de la caridad 


la religión no tiene su raíz en la experiencia subjetiva de una presencia, sino 
en el asentimiento a hechos y palabras objetivas. No es verdad, además, que 
el mal consista en romper la tensión escatológica de la persona en la historia 
de la salvación (OR, 27 septiembre 1972). 

Es cierto que la rompe, pero no es mal porque rompa la proyección de 
la persona hacia el futuro, sino porque viola la relación entre una naturaleza 
y otra, entre lo finito y lo infinito, independientemente de su consecuencia 
temporal. 

Además, la Semana pone en duda también la permanencia de la ley moral, 
ya que distingue con inusitada y ambigua terminología la moral trascendental 
y la moral categorial, y multiplica las éticas del Nuevo Testamento, muchos 
de cuyos preceptos serían derivaciones puramente históricas. Finalmente, el 
menosprecio del precepto está formulado explícitamente: no se trata preva- 
lentemente de observar una serie de preceptos, sino de someterse a la verdad 
de Cristo, es decir, de vivir en la fe profunda (OR, 30 septiembre y 1 octubre 
1972). No se ve la utilidad de sustituir ideas y vocablos precisos por ideas 
circiterizantes y vocablos anfibológicos, como se hace aquí. Esta posición re- 
tornaría a la posición de la teología católica, si lo que se quiere decir es que 
la fe opera mediante la caridad, y si no se rechaza reconocer que el espíritu 
de Cristo se identifica con los preceptos de Cristo (ya que Cristo ordena las 
obras y el espíritu, es decir, las intenciones de las obras). 


Capítulo 21 


La Ley Natural 


21.1. La Ley Natural como tabú. Card. Sue- 
nens. Hume. Crítica 


La mutabilidad de la ley natural, lugar común de la nueva teología * , no 
puede aislarse del intento de reducirla a puro hábito irracional de opinión, 
quitándole su carácter absoluto e intemporal. El vocablo tabú, tomado de la 
etnología y que indica una degradación extrema del espíritu (capaz de tomar 
una cosa material como sagrada e inviolable), ha sido adoptado tanto por 
las publicaciones profanas como por obispos y teólogos. El cardenal Suenens, 
por ejemplo, en una carta pastoral sobre la sexualidad (OR, 21 de julio de 
1976), calla completamente el fin procreador del matrimonio (perteneciente 
a la ley natural) y declara que una sana evolución ha desbloqueado ciertos 
tabúes y ha hecho más naturales y verdaderas las relaciones entre hombre y 
mujer. En general las virtudes cristianas han sido degradadas desde el grado 
que poseen en la ética cristiana al grado de falsas opiniones o supersticiones. 

Quienes comparan la ley natural con los tabúes no se dan cuenta de que 
negar la ley natural es negar el ser y chocar contra el principio de contradic- 
ción. En efecto, el ser existe con su propia consistencia, y se resiste ante la 
fuerza que el hombre ejercita sobre él para dislocarlo, deformarlo, o reducirlo 
al no-ser. Lo mismo se debe decir de la ley natural, que es el orden del ser. 

El padre moderno de esta doctrina es David Hume, en el Ensayo sobre la 


Es típico el caso del padre CURRAN, uno de los discípulos más notorios del padre 
Háring, exponente de la problemática católica en los Estados Unidos. Fue destituido por 
el arzobispo de Washington por enseñar que la ley natural y los preceptos morales están 
en continua evolución. Pero seis mil estudiantes y cuatrocientos profesores protestaron en 
su defensa, y el mismo arzobispo lo restituyó en su cátedra (ICI, n. 288, p.7, 15 de mayo 
de 1968). 


319 


320 21. La Ley Natural 


justicia, donde afirma: La misma definición de superstición se podría aplicar 
a la justicia, con la única diferencia de que la superstición es frívola, inútil 
y opresiva, mientras que la justicia es útil y absolutamente necesaria para 
el bienestar de la sociedad. Pero en realidad se debe confesar que todas las 
consideraciones que se tienen por el derecho y la justicia están completamente 
privadas de fundamento ? . Ese adverbio, absolutamente, y ese predicado, 
completamente carente de fundamento, están en el texto de Hume demasia- 
do próximos, y el olvido no consigue producir la suficiente oscuridad como 
para que puedan coexistir cosas contradictorias. En cualquier caso, no se 
puede apagar la potencia lógica del hombre y persuadirlo para que admita 
la contradicción afirmando a la vez la necesidad de una cosa (es decir, su 
imposibilidad de no ser) y la privación de su fundamento para ser. 

No puede darse marcha atrás; y después de haber dicho que la propiedad, 
el pudor o la obediencia son tabúes, hay que decir también que lo son el afecto 
paterno, filial, o conyugal, y la repugnancia a la sodomía, a la antropofagia y a 
la necrofilia. En realidad se dice así, y toda la sociedad civil se va empapando 
de tal sentimiento mediante el divorcio, la sodomía y el aborto. 


21.2. La Ley como creación del hombre. Du- 
méry 


El ataque a la ley natural vuelve sobre el intento del pensamiento mod- 
erno de cancelar la diferencia entre las esencias y de hacer desaparecer la 
dependencia experimentada por el dependiente. Contra el carácter absoluto 
del Legislador divino, de quien Víctor Hugo decía il est, il est, il est éper- 
dument, surge la libertad del sujeto para deshacer y rehacer las esencias. 
Dicho ataque regresa también a la filosofía de la revolución, ya que ésta es 
una insurrección del hombre contra toda ley que provenga de una naturaleza 
o esencia. Según Sartre, no existe naturaleza humana, sino sólo un continuo 
deshacer y rehacer del hombre por obra del hombre. El principio católico nie- 
ga que el hombre pueda crear (incluso secundariamente), pero le concede la 
educación y actuación de las virtualidades presentes en la naturaleza creada. 

El hombre posee, disfruta y trabaja su propia naturaleza y las cosas del 
mundo, pero no transforma las esencias: le está ordenado obedecerlas. El 
principio de la revolución, sin embargo, consiste en el rechazo y en la des- 
trucción osada. La naturaleza de las cosas, he ahí el enemigo. El hombre que 
cumple su oficio de hombre es aquél que rechaza someterse a ella. 

Esta fórmula es admirable: comprende profundamente cómo la religión 


2 Ensayo sobre los principios de la inteligencia humana (1748). 


21.2. La Ley como creación del hombre. Duméry 321 


consiste en conocer y reconocer el orden de las esencias, mientras la irreligión 
es Belcebú, es decir, el que no sufre ningún yugo. 

Sin embargo, si la cita expresa la doctrina de un movimiento radical fuera 
de la Iglesia, la profundior intentio (como decía Santo Tomás) de esa corriente 
aparece también en la obra de Henri Duméry, que defiende expresamente la 
creación humana de valores * . Los valores son una creación del Cogito, cuya 
actividad consiste en actuar las esencias en sentido absoluto. Según el autor, 
el hombre posee una creatividad axiológica, es decir, una capacidad para crear 
valores viviéndolos. Con esto el autor no entiende la capacidad del espíritu 
de vivir en la experiencia moral valores que están dados en el intelecto y que 
él en algún modo hace de nuevo que sean, reconociéndolos libremente. 

Si fuese esto lo que entendiese, cabría dentro de la doctrina común, que 
considera como deber de la persona humana hacer emerger los valores de 
la ley mediante su propia libertad. El autor entiende, por el contrario, una 
verdadera y propia creación de valores: La ley es la de la relación del espíritu 
a lo Absoluto, de su retorno hacia Dios. Pero esta ley está puesta por el acto 
espiritual mismo, que saca de lo Absoluto la fuerza de hacerse, dándose un 
mundo de esencias, un horizonte de valores. De donde es bien verdadero que 
el espíritu deriva de lo Absoluto y que los valores derivan de la ley inmanente 
al acto. Pero no es verdad que los valores estén preformados en el Absoluto, 
lo que suprimiría todo poder productor de la libertad humana. 

Esta tesis implica la independencia del dependiente * : es decir, la fac- 
ultad del espíritu creado para crear un mundo de valores. Tal mundo no es 
secundario y participado por la Idea divina increada: es un mundo original 
verdaderamente primordial de valores no preformados en Dios. Es la teoría 
rechazada radicalmente por Santo Tomás, de la criatura capaz de crear. El 
ente dependiente operaría como un ente independiente, sin causa eficiente ni 
causa ejemplar. 

No voy a incidir sobre la afinidad de esta posición con la posición molinista 
en el específico problema de la gracia. En último análisis, se trata siempre 
de reservar a la naturaleza al menos una fracción de independencia: Molina 
entiende la independencia como autodeterminación de la voluntad, pero no 
la alarga hasta la creación de valores; pero la nueva teología asigna al espíritu 
humano mucho más que la realización de un acto: la creación de valores. Se 
puede decir que en cuanto ser moral, el hombre es Dios para sí mismo. 


3Sobre todo en el libro La fe no es un grito. Fe e institución., Ed. Taurus, Madrid 1968, 
puesto en el Indice en 1958. Ver la cita posterior en lib. II, IV, I, p. 221, n. 20. 

“La tesis de la moral independiente fue sostenida en el congreso de Pax Romana en 
septiembre de 1982 en Roma. En el documento de base se dice que la conciencia ética 
hace valer sus exigencias a partir de sí misma, sin apoyarse sobre una base religiosa o 
metafísica (OR, 12 de septiembre de 1982). 


322 21. La Ley Natural 


21.3. Rechazo de la Ley Natural por la so- 
ciedad civil 


La negación del derecho natural (no sólo en los argumentos filosóficos y 
teológicos de los estamentos intelectuales, sino en las costumbres y las leyes 
de los pueblos) constituye la ruptura general del sistema católico. 

Las naciones cristianas, que incluso bajo regímenes adversos a la Iglesia 
regulaban el matrimonio y la familia bajo las máximas de la justicia natu- 
ral, van separando el derecho individual, familiar y social de los principios 
religiosos en los que esas máximas están contenidas y fundadas. 

Los códigos, que durante siglos fueron en esta cuestión una réplica del 
Derecho Canónico, se han emancipado completamente y se van conforman- 
do por completo al principio de la independencia de la vida humana. Esto 
aparece en la universalidad del divorcio, en la licitud y casi obligatoriedad 
(para los médicos) del aborto, y en la legalización de la sodomía. Será in- 
teresante indagar brevemente el pensamiento postconciliar en cada uno de 
estos tres puntos (lo haremos en los tres próximos capítulos). Conviene por 
otra parte señalar in limine una característica absolutamente nueva de la 
variación acaecida. Los muchos cambios registrados en la historia, del do- 
minio político en este O aquel país o en el régimen político interno de cada 
uno, o incluso en la religión de naciones enteras, dependieron infinitas veces 
del arbitrio de un monarca o de la voluntad violentamente activa de minorías, 
incluso mínimas. Entender aquellos cambios como efecto de movimientos del 
alma y del convencimiento de las masas sería caer en un sofisma. 

Por el contrario, la adopción por parte de los Estados contemporáneos del 
divorcio y del aborto expresa un sentimiento general. Las leyes, que en un 
tiempo consistieron en la convicción de unos pocos promulgada para todos, 
son hoy (como consecuencia de los regímenes populares instaurados en todas 
partes) una decisión del sentimiento y, en suma, de la filosofía de una nación 
entera. 

Por esta razón, como dice profundamente Carlo Caffarra (OR, 12 de julio 
de 1978), la adopción del aborto en la legislación de los pueblos nominal- 
mente cristianos ha dejado perfectamente clara la descomposición de nuestra 
civilización, degradándola, no obstante la superviviente decencia y elevación 
del cuadro social, por debajo de las grandes civilizaciones gentiles * . 


5Juan Pablo II, en el discurso del 9 de noviembre de 1982 en Santiago de Compostela, 
ha considerado sin embargo la unidad europea como aún existente e informada por valores 
cristianos (OR, 10 noviembre 1982). 


Capítulo 22 


El divorcio 


22.1. El divorcio. Mons. Zoghbi. El patriarca 
Máximos IV en el Concilio 


Habiendo obtenido el divorcio en 1974 la aprobación del pueblo italiano, 
ese plebiscito no podía no contener la voluntad general de la nación; y por 
haber sido precedido por una extensa campaña de clarificación, no podía 
disimular su carácter anticatólico. 

La enemistad del Estado moderno hacia la Iglesia no había llegado jamás 
a la impugnación del derecho natural, cuyo principal custodio es la Iglesia. 
Pero en la época postconciliar, la defección de Italia en 1974 y de España 
en 1981 ha consumado la completa emancipación de la sociedad europea 
respecto a su base religiosa. 

He mencionado en 89.1 la valiente defensa opuesta por la Iglesia a la 
violencia que el despotismo de los príncipes, no raramente anuentes con las 
jerarquías nacionales, intentaba infligir a la indisolubilidad del matrimonio. 
En el siglo pasado puede encontrarse algún caso raro de desviación respecto a 
la doctrina de siempre incluso en publicaciones de eclesiásticos, pero siempre 
denunciada y condenada. 

La desistencia en la firmeza por parte de la Iglesia se manifestó en Italia en 
la época de la campaña del referendum contra el divorcio, cuando se vio a no 
pocos sacerdotes defender la disolubilidad con la tolerancia de sus Superiores; 
algunos obispos condenaron directamente la participación de los sacerdotes 
en la promoción del referendum contra el divorcio; y el Patriarca de Vene- 
cia tuvo que apartar del oficio al asistente eclesiástico de los universitarios 
católicos por pronunciarse públicamente a favor del divorcio. 

La desistencia apareció también en el Protocolo firmado por la Santa 
Sede con Portugal en febrero de 1975 para reformar el Concordato de 1940. 


323 


324 22. El divorcio 


Mientras el pacto precedente estipulaba que en obsequio al principio de la 
indisolubilidad los cónyuges católicos renunciaban a la facultad civil de pedir 
el divorcio, y que por tanto los tribunales de la República portuguesa no 
podían pronunciar sentencias de divorcio de cónyuges canónicamente casa- 
dos, el Protocolo de 1975 se limita a recordar a los cónyuges católicos la 
indisolubilidad, y se reconoce a los tribunales civiles la concesión de la dis- 
olución del vínculo (OR, 16 de febrero de 1975). 

El estupor ante tal innovación disminuye si se consideran las declaraciones 
de algunos Padres del Vaticano II en favor de la disolubilidad del vínculo. 
Eran obispos de la Iglesia Oriental, sujetos al influjo de la disciplina matri- 
monial de la Iglesia ortodoxa. Ésta admite el divorcio en diversos casos, entre 
los cuales está la culpa del cónyuge que conspira contra el Estado. 

El Card. Charles Journet dejó bien claro en la CXXXIX sesión del Con- 
cilio (OR, 1 de octubre de 1965) de qué manera esta disposición indulgente 
de la Iglesia ortodoxa depende históricamente de su servidumbre política 
respecto al Imperio bizantino y al Imperio zarista. 

La intervención era una respuesta a las sugerencias de Mons. Elia Zoghbi, 
vicario patriarcal de los Melquitas en Egipto, para que se disolviese el vínculo 
entre el cónyuge injustamente abandonado y el cónyuge culpable. Habiendo 
provocado esta sugerencia un desmesurado alboroto en la asamblea y en la 
prensa, el prelado consideró su deber declarar en una posterior intervención 
en el Concilio que proponiendo esa dispensa él no pretendía derogar com- 
pletamente el principio de la indisolubilidad (OR, 5-6 octubre 1965). Pero 
la réplica es obvia: no basta mantener verbalmente una cosa, si después se 
pretende hacerla coexistir intacta con otra cosa que la destruye. 

El ataque más explícito a la indisolubilidad fue sin embargo conducido 
por el Patriarca de los Melquitas, Máximo IV que retomó con mayor empeño 
las propuestas de Mons. Zoghbi y recogió en un volumen sus intervenciones 
conciliares y sus declaraciones extraconciliares. 

El abandono de la doctrina no es obviamente profesado como tal, sino 
propuesto como una variación de la disciplina y no del dogma, y como una 
solución pastoral. Se defiende in capite libri la indisolubilidad, definida solem- 
nemente en Trento como objeto de fe, y que cierra la puerta a toda discusión. 
Pero después, con la sofística propia de los innovadores, se viene a decir: 
En la Iglesia católica se encuentran casos de una injusticia verdaderamente 
sublevante, que condena a seres humanos cuya vocación es vivir en el estado 
común del matrimonio, y a quienes esto se les impide sin que haya falta por 
su parte y sin que puedan, humanamente hablando, soportar durante toda su 
vida ese estado anormal | . 


1CI, n. 250, p. 11, 1 de abril de 1967. 


22.1. El divorcio. Mons. Zoghbi. El patriarca Máximos IV en el Concilio 329 


A los argumentos del Patriarca se opone la perpetua tradición de la Igle- 
sia 2 , y desde un punto de vista teórico toda la dogmática católica. No 
nos extenderemos sobre el método bustrofédico propio de los innovadores, 
que caminan en un sentido concediendo vocalmente la indisolubilidad, para 
después volverse en seguida en sentido opuesto afirmando la disolubilidad, 
como si pudiesen coexistir los contradictorios. 

Las afirmaciones del Patriarca van más allá del límite que separa la liber- 
tad teológica del dogma de fe, y vienen así a investir torcidamente los princi- 
pios de la religión. Se rechaza implícitamente la diferencia entre sufrimiento e 
injusticia, alegando que el cónyuge inocente padece por culpa de la Iglesia un 
dolor injusto. Aquí resulta implicada toda la teodicea, aparte de la doctrina 
católica del dolor. 

La injusticia es evidente por parte del cónyuge que ha roto la comunión, 
pero el Patriarca considera que existe también injusticia por parte de la 
Ielesia; Ésta, por no mantenerse menos fiel al principio evangélico que al 
derecho natural, no se arroga la capacidad de evitar ese dolor. 

Ella castiga al cónyuge culpable de la injusticia, privándole, por ejemplo 
de la Eucaristía e infligiéndole otras disminuciones de sus derechos, pero no 
hace prevalecer jamás el bien eudemonológico sobre el bien moral y la ley. 

Más bien la base del cristianismo es la idea del justo sufriente, y la religión 
no promete la exención del dolor terrenal, sino del dolor en la otra vida: 
introduce al dolor en un orden integrado por la vida presente y por la futura, 
en una visión esencialmente sobrenatural. La posición del Patriarca es natu- 
ralista. Según la fe, Dios no conduce las cosas del mundo de modo que los 
buenos obtengan el bien mundano en el mundo, sino de modo que obtengan 
al final todo bien de quien es Todo-el-Bien. 

La Iglesia no tiene por fin peculiar la supresión del dolor. Rechaza la in- 
solencia del filósofo antiguo, que sentenciaba: nihil accidere bono viro malum 
potest y de la del moderno: Cuando se habla de una acción buena acompañada 
por el dolor se dice algo contradictorio * . Los hombres deben trabajar para 
evitar y sancionar la injusticia, pero todos están expuestos a ella independien- 
temente de su estado moral. Los hombres sufren porque son hombres, no 
porque sean personalmente malvados. No entro en el discurso teológico que 
demuestra que todo mal humano depende del pecado original. La religión no 
se escandaliza por el sufrimiento del justo y no ve en ello una injusticia; lo 
contempla dentro del orden total del destino y asociado siempre a un sen- 


2Sobre este punto versa fundamentalmente el estudio de H. ROUZEL, L'Eglise primitive 
face au divo París 1971. Contra la indisolubilidad no se encuentran más que el anónimo 
del Ambrosiaster y un paso ambiguo, y tal vez no auténtico, de San Epifanio. 

3SENECA, De providentia, 11, 1. BENEDETTO CROCE, Filosofía delta pratica, IV 
ed., Bari 1968, p. 233. 4 


326 22. El divorcio 


timiento prevalente de alegría que proviene de la esperanza en la inmortalidad 
feliz: feliciter infelices, según la fórmula de San Agustín con resonancia de 
textos paulinos * . Sin embargo el mencionado patriarca considera que el 
dolor es una injusticia, en vez de experiencia de la virtud, participación con 
Cristo, y purificación y expiación por los pecados propios y ajenos; y además 
traslada la responsabilidad de la injusticia desde el culpable hasta la Iglesia 
inocente. 


22.2. Más sobre Máximos IV. La expresión 
«humanamente hablando» 


La teoría matrimonial de Maximos IV pone en cuestión la teodicea mis- 
ma de la religión católica, según la cual en cualquier situación en la que se 
encuentre el cristiano en el mundo, ni la injusticia de los hombres ni el dolor 
inferido por la naturaleza pueden jamás perjudicar a su salvación eterna y al 
cumplimiento del fin para el que ha sido creado. 

Esta difícil verdad está fundada inmediatamente sobre la trascendencia 
del fin y sobre la inconmensurabilidad del mal eudemonológico (el dolor) re- 
specto al bien moral (la virtud), aparte de sobre la inconmensurabilidad de 
los padecimientos terrenales respecto a la recompensa del más allá. Son céle- 
bres los pasajes de San Pablo: non sunt condignae passiones huius temporis 
ad futuram gloriam * (Rom. 8, 18) y quod in praesenti est momentaneum et 
leve tribulationis nostrae supra modum in sublimitate aeternum gloriae pon- 
dus operatur in nobis * (II Cor. 4, 17) . Es en realidad el contrapeso que hace 
el infinito a toda cantidad finita. El Patriarca hace en cosas de fe un discurso 
puramente humano (humanamente hablando), descuidando el dogma de la 
gracia, según el cual es posible apud Deum lo que es imposible apud hominis, 
como enseña Cristo en Mat. 19, 10 y 26, precisamente in re conjugali. 

En virtud del dogma de la gracia el hombre no está jamás obligado al peca- 
do: su inserción en la contingencia histórica confiere concreción a la volición, 
pero no puede determinarla. Es el dogma negado por Lutero y reafirmado en 
Trento, que el Patriarca anula o al que quita nervio cuando profesa hablar 
humanamente. 

La reserva expresada con la fórmula humanamente hablando es una in- 
vención de los Iluministas, que fingían corregir sus afirmaciones contrarias a 


“Enarr. in Psalm. 127, PL., 37, 1632. 

Esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria 
venidera que ha de manifestarse en nosotros 

SPorque nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de 
gloria cada vez más inmensamente 


22.8. El valor de la indisolubilidad 327 


la religión alegando hablar sólo humanamente. 

Pero la distinción planteada por el Patriarca es vana y nula. Quien cree en 
una religión sobrenatural no puede hablar jamás sólo humanamente; o, si se 
quiere, puede hablar así, pero hipotéticamente, no téticamente: ad personam, 
non ad rem. 

No hay tres tipos de sentimientos -los justos, los injustos, y los humanos-; 
y no hay tres tipos de juicios: los verdaderos, los falsos, y los humanos. Esta 
tercera categoría tiene gran importancia en el habla coloquial, pero carece de 
consistencia. Todo sentimiento es justo o injusto, y todo juicio es verdadero o 
falso. Todo el pensar y todo el querer humanamente se reduce por necesidad 
a una o a otra de estas clases. Finalmente, la posición de Maximos IV da 
origen a un humanismo incompatible con la doctrina católica. La religión no 
conoce término medio entre lo verdadero y lo falso, esa especie de limbo que 
frustraría la Redención de Cristo haciendo retroceder al género humano a la 
situación del tiempo en que el Divino Maestro aún no había venido ” . 

Los obispos del Canadá promulgaron en 1967 un documento a favor de 
la ley que facilitaba el divorcio: La Iglesia, llamada a juzgar una ley civil 
del divorcio, debe no sólo tener en cuenta su propia legislación, sino también 
considerar lo que mejor sirve al bien común de la sociedad civil (ICI, n. 287, 
p. 79, 1 de mayo de 1967). Por consiguiente los obispos no se oponen a una 
reforma de la ley que amplíe y facilite el derecho a disolver los matrimo- 
nios. La relación entre la multiplicación de los divorcios y el bien común no 
está explicada por los obispos, aunque declaran que el divorcio tiene sentido 
(para ellos) solamente en el conjunto de una política abierta y positiva de 
consolidación de los valores familiares. Los obispos canadienses consideran 
que el divorcio es un medio de consolidación de los valores familiares, que 
contribuye al bien común y que contiene un sentido cristiano. Pero no con- 
siguen que olvidemos a aquellos hermanos suyos en el episcopado que en el 
siglo pasado se dejaban encarcelar por defender el matrimonio cristiano. 


22.3. El valor de la indisolubilidad 


La negación de la indisolubilidad viola no solamente la ley sobrenatural, 
como se pretendió durante la campaña italiana del divorcio, sino aún antes la 
ley natural. Pío IX, en el Syllabus, condenó en la proposición 67 la doctrina de 
que el matrimonio no es indisoluble por derecho natural. No puede por con- 
siguiente aceptarse el argumento de que siendo la indisolubilidad solamente 


"Todo este desarrollo está inspirado en el tratamiento de MANZONI sobre este punto 
en la Morale cattolica, Parte Primera, cap. 111, ed. cit., vol. 11, pp. 47 y ss. 


328 22. El divorcio 


un derecho religioso, debe concederse al Estado la capacidad para disolver el 
vínculo de quien no se considere obligado por la prescripción religiosa $ . 

En cuanto sacramento, el matrimonio representa y realiza la indisoluble 
unión de Cristo con la Iglesia, y esta significación mixta produce la peren- 
nidad inviolable del vínculo, según la doctrina de Ef. 5, 32. Pero incluso 
desvestido de la sacramentalidad (como es in puris naturalibus) el matrimo- 
nio es intrínsecamente indisoluble, y su reducción a comunión temporal es 
un corolario de la mentalidad moderna que eleva al sujeto por encima de la 
ley y le convierte en autolegislador independiente. 

Este concepto permite identificar al divorcio con la libertad de matri- 
monio. El matrimonio ya no es un objeto que debe quererse con su propia 
estructura, sino que resulta enteramente construido por la voluntad subjetiva, 
y así se alinea con todas las libertades reivindicadas por el hombre. Si el eje 
de la vida moral se coloca en el sujeto más que en el objeto, entonces (como 
se dijo en 8320.4-21.1) no hay obligación, sino auto obligación disoluble. 

Un contrato que obligue para siempre parece imposible, porque, dicen, 
el hombre no puede saber si mañana estará persuadido y voluntarioso como 
hoy; y además porque, dicen, la voluntad actual, y por tanto real, no puede 
estar vinculada por una voluntad pasada, y por tanto irreal. 

Es el sofisma de Hume, que negando toda conexión de causalidad entre 
los momentos de la conciencia, contempla la vida volitiva del hombre como 
una serie de puntos independientes uno respecto a otro. Esto implica también 
la negación de la libertad. Si la libertad es la facultad de preferir un objeto, 
es también la facultad de preferir un acto propio de libertad que se determine 
a perpetuidad. 

Según Santo Tomás, el carácter de la voluntad es el figere un juicio entre 
los posibles. ¿Por qué no va a poder la voluntad fijarse a sí misma? Según el 
Aquinatense, en la fijación de la voluntad en un punto y la consumación ins- 
tantánea de todo un destino consiste la perfección específica de la naturaleza 
angélica: la volición humana que se fija en un pacto perpetuo e irrevocable 
puede representarse como una imitación de esta fijeza angélica por parte de 
una naturaleza perpetuamente versátil; en suma, la superación de la movili- 
dad en el tiempo. 

Pero en todo caso, la doctrina católica de la indisolubilidad del matrimo- 
nio es una gran celebración de la potencia de la libertad; más aún, es una 


8Por tanto también es errónea la opinión según la cual el ciudadano católico que exige 
de la ley civil el matrimonio indisoluble ejercita violencia contra la conciencia de quien, al 
contrario, lo desea disoluble. Si el divorcista tiene derecho a un matrimonio civil disoluble, 
igual derecho tiene el católico a un matrimonio civil indisoluble. Si la ley no le ofrece tal 
matrimonio, él queda desfavorecido. Su matrimonio civil será de hecho indisoluble por su 
propia voluntad, pero no de derecho, y por consiguiente no existe paridad entre los dos. 


22.3. El valor de la indisolubilidad 329 


gran celebración de la potencia ordinaria de la libertad, porque concierne a 
todos los actos individuales. Por tanto toda disminución que se haga de ella 
para querer desenvolverse humanamente hablando redunda en una disminu- 
ción de la dignidad humana. Á causa de su intransigencia, la indisolubilidad 
conyugal está por encima de los votos religiosos. Éstos son de la misma natu- 
raleza (la voluntad cual víctima se ofrece ... / y se hace con su acto, Par. V, 
29-30), pero menos excelentes que aquélla, porque su dispensabilidad, más 
fácil en la Iglesia postconciliar, les quita mérito y los pone por debajo (según 
dicho verso) de la perpetua comunión matrimonial. 

La indisolubilidad, estrechamente unida con la monogamia, puede ser 
demostrada con reflexiones sociales y psicológicas, en último análisis más 
eudemonológicas que deontológicas. Tales consideraciones van desde la casi 
paridad de número en la estadística de hombres y mujeres, hasta la necesidad 
civil de legitimar a la prole, la inestabilidad de las pasiones, que deben ser 
refrenadas, y la exigencia de la educación de los hijos. 

En realidad el motivo esencial de la indisolubilidad, prescindiendo, se 
entiende, de la razón sacramental y de derecho divino, es de alto orden espiri- 
tual. El matrimonio es una donación total de persona a persona, por la cual 
dos personas de sexo distinto se unen tan plenamente como es posible según 
la recta razón. Esta unión presupone el amor que es debido por toda persona 
a toda persona independientemente del sexo, y le añade el amor entre hombre 
y mujer según la impronta natural de la sexualidad. Del matrimonio y del 
fin procreativo hablaremos a su tiempo. 

Aquí basta concluir con dos observaciones. 

Primera: la indisolubilidad desciende de la monogamia, y la monogamia 
desciende de la totalidad de donación de las personas, solus ad solam. Esta 
totalidad es una expresión del amor universal, que remite en última instancia 
al amor de Dios. 

Segunda: puesto que el divorcio responde a la lógica de las pasiones y 
(digámoslo así) a las súplicas de la naturaleza corrompida, la prohibición que 
la Iglesia hace de él se convierte en una prueba de la verdad y de la divinidad 
de la Iglesia. La Iglesia profesa como obligatoria una doctrina moral más 
elevada y más perfecta que la de cualquier otra religión o filosofía, a las 
cuales tanta perfección les parece imposible de practicar. 

Esto puede hacerlo la Iglesia porque tiene una idea más noble y más 
honorable de la humanidad, a la que se juzga capaz de toda moralidad alta 
y exquisita % . Y esta idea está fundada sobre la conciencia que la Iglesia 
tiene de poseer una mayor fuerza moral, por lo que a la vez que impone un 


“Este pensamiento es de ROSMINIL, Filosofia del diritto, n. 1336. Ed. nac., vol XXXVII, 
p. 1107, nota. 


330 22. El divorcio 


precepto difícil, también anima y da fuerzas para observarlo. 


Capítulo 23 


La sodomía 


23.1. La sodomía 


No vamos a entrar en el tema de la sodomía, en el cual las opiniones 
teológicas secundaron la propensión del espíritu del siglo a romper la secular 
fidelidad de la legislación al derecho natural, introduciendo en toda Europa 
la legitimidad de las relaciones homosexuales. 

Bastará señalar también aquí la negación de las esencias, en particular de 
la estructura natural y moralmente inviolable del acto sexual. 

Se sostiene que heterofilia y homofilia son solamente dos modalidades de 
una idéntica dimensión sexual, siendo su diferenciación una consecuencia de 
influencias meramente sociales. De este modo la sodomía, condenada seve- 
ramente por la filosofía, las costumbres y la disciplina de la Iglesia, deja 
de ser una perversión para convertirse en una expresión de la sexualidad, y 
desaparece del elenco de pecados que claman venganza al cielo, que incluye 
además el homicidio voluntario, la opresión de los pobres y la negación del 
salario al trabajador. 

Se superan las diferencias naturales con una sofística del amor, considera- 
do capaz de instaurar una comunión espiritual de personas más allá de las 
normas naturales y con ultraje de las prohibiciones morales. 

En la Iglesia holandesa el escándalo pasó de las disquisiciones teológicas a 
la praxis, y tuvieron lugar celebraciones litúrgicas de unión de homosexuales 
e incluso una Missa pro homophilis que Notitiae, órgano de la Comisión para 
la ejecución de la reforma de los ritos, se encontró en la obligación de deplorar 
(marzo 1970, p. 102). 


331 


332 28. La sodomía 


Capítulo 24 


El aborto 


24.1. La formación del feto 


Según la definición dada por la medicina legal, concorde con la del derecho 
canónico, el aborto es la expulsión del feto inmaduro. Se diferencia por tanto 
de la craneotomía, la embriotomía y otras operaciones obstétricas directa- 
mente occisivas para el feto, condenadas por la Iglesia en distintos decretos 
(DENZINGER, 1889 y ss.). Sixto V sancionó con excomunión a los reali- 
zadores y cooperadores del aborto excepta matre, pero el Código de Benedicto 
XV (can. 2350) levantó esa excepción. 

Hasta las revueltas de postguerra, todos los códigos europeos, incluso los 
promulgados bajo gobiernos de filosofía irreligiosa, sancionaban a la mujer 
que aborta y a todos los cooperadores del aborto. No se infligía pena por 
el aborto terapéutico (denominado interrupción del embarazo), dependiente 
de un juicio médico. Todas las legislaciones civiles, reformadas después de 
la Segunda Guerra Mundial, han rechazado el derecho natural legalizando 
el aborto, haciendo de él un servicio estatal y gratuito, y colocándolo in- 
verosímilmente en la política de protección a la familia * . Llegan incluso a 
imponer al médico la obligación de practicar el aborto a la mujer que se lo 
pida. El aspecto de la cuestión del aborto que aquí importa señalar es aquél 
en el que aparece la historicidad relativa del precepto moral. El juicio acerca 
de la licitud de un acto es la conclusión de un silogismo variopinto, en el cual 
la mayor es absoluta, la menor es contingente, y la tesis es una verdad en la 
cual lo contingente está inmerso en lo absoluto. 


lLa Santa Sede se encontró obligada a condenar y excomulgar a Sor Mary Agries 
Mansour, que había aceptado dirigir un centro de interrupción del embarazo en Detroit. 
Ante la intimidación del obispo alegó la religiosa que, puesto que la ley autoriza el aborto, 
no podía arrogarse el derecho de oponerse a la ley (Lactualité religieuse) 15 de junio de 
1983, p. 24). 


333 


334 24. El aborto 


En la materia del aborto el silogismo se forma así: 1) la vida del hombre 
inocente es inviolable; 2) el embrión es un hombre inocente; 3) por consigu- 
iente su vida es inviolable. 

Por tanto, en el silogismo que decide de la licitud de un acto hay una 
no pequeña holgura en la apreciación del hecho contenido en la menor. En 
este caso lo es el punto de choque entre la ley y la elección práctica que el 
sujeto hace en el hic et nunc de su obrar. Es también el punto en el que 
los conocimientos científicos ayudan necesariamente a la valoración moral, 
estableciendo el hecho expresado en la menor. 

No es competencia de la teología establecer si el embrión puede o no puede 
caracterizarse como hombre, sino de la ciencia biológica. Ésta, como cualquier 
otra ciencia, está subordinada a la teología: no porque la teología prescriba 
a la biología las tesis biológicas, sino porque de estas tesis, constituidas en 
modo autónomo por la biología, se sirve en su propio orden la teología. 

En realidad la teoría del aborto es un caso conspicuo en el que se evidencia 
la historicidad de las opiniones morales, sea genéricamente entre los hombres, 
sea en particular en la Iglesia. Varían las apreciaciones morales no porque 
sufran variación los principios, sino porque se perfecciona el conocimiento de 
los hechos sometidos a ellos. 

Los teólogos católicos pensaron durante siglos que el aborto del feto ani- 
mado por el principio sensitivo, pero aún no por el racional, era lícito e 
incluso obligatorio en algunas circunstancias ? . El juicio acerca del status 
humanus del embrión de mujer estaba dictado por la teoría aristotélica de 
los tres principios de vida (vegetativo, sensitivo, racional), de los cuales sólo 
el último confiere en acto al ser vivo la cualidad de ser hombre. 

Santo Tomás en la Summa theol II, 11, q. 64, sobre el homicidio, no hace 
un discurso especial sobre el aborto, y Dante enseña que el alma racional (la 
que hace ser hombre) reemplaza a la sensitiva solo en el momento en el cual 
el cerebro al feto ha enriquecido (Puig. XXV). 

La Iglesia se separó de la filosofía natural de la época enseñando con el 
dogma de la Inmaculada Concepción que la Virgen estuvo libre de la culpa 
original desde el primer instante de su concepción: por consiguiente había sido 
persona humana desde el principio. También Cristo tuvo el status hominis 
desde su concepción, y Santo Tomás nota expresamente que esto lo diversifica 
de la generación de los otros hombres, donde prius est vivum et postea animal 


2Todavía HABERT, en la Theologia dogmatica et moralis, Venecia 1770, vol. VII, p. 494: 
Medicum non solum posse, sed etiam debere foetum eticere, si saluti inatris aliter consuli 
non possit. La teoría de la animación u hominización tardía del embrión fue retomada por 
Mons. LANZA en 1939, argumentando sobre los gemelos monocigóticos. LUIGI GEDDA, 
en OR, 12 de agosto de 1983, Quando incomincia la vita umana, excluye la tesis de la 
animación tardía. 


24.2. La nueva teología del aborto. Los jesuitas de Francia 339 


et postea homo (Summa theol 111, q. 33, a. 2, ad tertium). No menos que 
la teología dogmática se había separado de la filosofía natural dominante, el 
derecho romano, identificando al concebido como persona sujeto de derechos 
y asignando al feto un curator ventris con la misión de representarle en juicio 
y tutelar sus derechos. 

La doctrina de la animación del feto en el nonagésimo día comenzó a ceder 
después de la obra de Fienus, De animatione foetus (1620), cuya doctrina fue 
propugnada y propagada por San Alfonso María de Ligorio. La embriología 
natural se encontró entonces conformada a la sobrenatural de Cristo y de 
la Virgen, y el aborto fue reconocido como delito en cualquier momento del 
embarazo. Un fenómeno singular que se presenta a quien observa en este 
punto el movimiento general de la nueva teología, es que mientras en otro 
tiempo la teología se modelaba sobre la opinión de los filósofos naturales, 
sosteniendo la inocencia del acto abortivo si ocurría antes de la animación 
por la que el animal se convierte en niño, hoy al contrario los innovadores 
se oponen al consenso de los genetistas, que dan por demostrado el carácter 
inmediata e individualmente humano del concebido. 


24.2. La nueva teología del aborto. Los je- 
suitas de Francia 


La verdad aseverada por la genética de que el zigoto (entidad producida 
por la unión del gameto masculino con el gameto femenino) es un indivi- 
duo humano con su propio, irrepetible e inmodificable ¿diotropion, la impug- 
nan francamente algunos defensores del aborto, como por ejemplo la Iglesia 
metodista de los Estados Unidos. 

Según ellos, antes del nacimiento el feto es un tejido y no un individuo, 
y por tanto es expulsable del mismo modo que por razones terapéuticas se 
expulsa un amasijo celular. 

Esta tesis es común al movimiento feminista de inspiración irreligiosa y 
zafia impronta. Mediante qué saltus el feto, mero agregado celular, se con- 
vierte en persona en el momento del nacimiento, es una cuestión que ni 
siquiera se roza. Y la tesis no es nueva, estando mencionada por Tertuliano 
en De anima 25 y condenada por Inocencio XI (DENZINGER, 1185). Pero la 
opuesta verdad biológica es invencible. El embrión es ab initio un individuo. 
Si parece indiferenciado y sin individualidad es porque no se sobrepasan las 
medidas microscópicas y no puede observase el crecimiento experimentado 
3. Es inexacto decir que de un huevo humano fecundado se genera siempre 


3Decisivos son los resultados del prof. BLECHSCHMIDT, de la Universidad de Got- 


336 24. El aborto 


un hombre: no se genera, sino que es hombre, y su existencia se inicia en el 
instante en el que partes vivas de dos animales, separadas de éstos, se unen 
individualizándose. 

La actualidad humana del zigoto y la consiguiente ilicitud del aborto es 
eludida por los teólogos innovadores, que distinguen entre vida humana y 
vida humanizada. 

Vida humana es la del embrión como entidad biológica. Tal entidad se 
reconoce como humana y así se denomina porque resulta de dos gametos 
conocidos que se sabe que son humanos; pero no porque se reconozca el 
¿diotropion humano. 

Vida humanizada es sin embargo el embrión en cuanto recibido por la 
sociedad humana: en concreto por los padres, que aceptan su nacimiento y le 
aman. Si se mata al feto antes de aceptarlo y amarlo no es un crimen. Ésta 
es la doctrina de los jesuitas de la revista francesa Les études (enero 1973), 
sostenida en libros por su director, el padre Ribes * . En ella se apoyaba, como 
sobre voz autorizada de la Iglesia, Loris Fortuna al proponer a la Cámara 
italiana el 11 de febrero de 1969 su proyecto de despenalización y promoción 
del aborto. 

La teoría de los jesuitas franceses es falsa, superficial y novedosa en la 
Iglesia, a no ser que se la quiera relacionar remotamente con los casuistas 
del siglo XVII ? . Se ocultan tras ella la negación de las esencias y el vicio 
del subjetivismo. Se niega el ser del niño si no es aceptado, es decir hecho 
ser por el acto subjetivo de voluntad de los padres; se olvida que es justo al 
contrario: el hecho de la aceptación está imperado por el valor ontológico del 
niño, que ya tiene el ser * . Como el niño es, tiene derecho a ser querido como 
existente, y su derecho a ser querido no tiene raíz en ser querido, sino en el 


tingen. Ha llevado a cabo setecientas secciones de un embrión de 7 mm. y tomado dos mil 
fotografías: el embrión está diferenciado a todos los niveles. Ver E. BLECHSCHMIDT, 
Wie beginnt das menschiche Leben, Stein am Rhein 1976, p. 11 . 

4En el coloquio público sobre el aborto referido en Le Monde de 19 de enero de 1973, el 
padre ROQUEPLO declara que es dudoso que la vida del embrión sea una vida humana. El 
padre RIBES sostiene que dada esa duda no solamente no se tiene el deber, sino tampoco 
el derecho de hacerlo nacer. 

Los casuistas del siglo XVII, como ya dijimos, admitían la licitud del aborto y más 
bien en algunos casos incluso su obligatoriedad, porque la ciencia de su tiempo creía que 
el feto recibía la forma racional (que lo hace humano) solamente al tercer mes. las ideas 
morales del género humano dependen también de las ideas que los hombres se hacen sobre 
las cosas naturales. 

SRAMSEY, en OR, 28 de agosto de 1971, hace notar que el 40% de los nacidos no son 
deseados. Pero desbarra al no distinguir entre querer que un niño sea concebido y querer 
que el concebido nazca. Más profundo que toda la psicología moderna es también en esto 
San AGUSTIN en las Confesiones, donde a propósito de Adeodato observa que los hijos, 
incluso los no deseados, constriñen a ser amados apenas nacidos. 


24.3. Más sobre la nueva teología del aborto DÍ 


hecho de ser. 

Esta antropología errónea deriva del marxismo, y al igual que éste hace de 
la persona una relación. Ahora bien, aunque ciertamente la persona está en 
relación con las cosas y con las personas en el mundo, en sí misma no es una 
relación: está constituida como ente antes de entrar en relación conforme a 
su ser. 


24.3. Más sobre la nueva teología del aborto 


Más sobre la nueva teología del aborto. El argumento Beethoven. 
Tribunal constitucional italiano 

En favor del aborto fue retomada por no pocos teólogos la teoría del 
contrapeso de los valores ” , por la cual se argumenta que entre la madre 
y el hijo, entre el adulto y el niño, entre lo desarrollado y lo que está por 
desarrollar, no hay igualdad de valor, sino que predomina el primero. Es la 
doctrina, por ejemplo, del padre Callahan, según el cual la moral católica 
no ha tenido lo bastante en cuenta la vida de la madre: cuando el derecho 
del niño a la vida se halle en colisión con el de la madre o el de la especie 
(perjudicada, por ejemplo, por un exceso de población), la ponderación de 
todos los elementos puede hacer derogar el principio de la inviolabilidad de 
la vida. Los jesuitas franceses encontraban el elemento que diferencia un feto 
de otro en la voluntad extrínseca de los padres de aceptarlo o no como un 
ser humano. El P. Callahan encuentra el elemento que diferencia al feto de la 
madre en la prioridad de la existencia y en el mayor desarrollo de la madre 
respecto al hijo. Se supone que hay una diversidad de valores humanos entre 
el feto y la madre, hasta el extremo de poder inmolar aquél a éstas * . 

A causa de esa supuesta prioridad de derecho, y así como en el paganis- 
mo el nacimiento y la supervivencia del recién nacido dependía de la patria 
potestas (cruel derecho de vida y de muerte sobre la persona del hijo), así hoy 
la decisión es remitida, salvo débiles precauciones jurídicas, al arbitrio de 
la madre, desconociéndose totalmente la con-causalidad del otro cónyuge y 
negándole toda responsabilidad sobre el destino de su hijo. No solamente se 


"Son innumerables los votos a favor del aborto por parte de asociaciones católicas, 
asambleas de sacerdotes y Consejos pastorales. Ver por ejemplo el del Consejo pastoral de 
la ciudad de Lieja (Bélgica), pronto corregido por el obispo, pero que no se desdijo. Ver 
Itinératres. n. 181, p. 77. 

SEl error proviene de una concepción metafísica caracterizada por la negación de las 
esencias. En la madre y en el hijo hay una isotimia esencial, porque en una y en otro 
hay una idéntica esencia. La accidental cantidad de ser (y no hay más en la madre) no 
diferencia el valor de las persona 


338 24. El aborto 


rompe la paridad entre el hijo y la madre, sino también entre un cónyuge y 
otro, como si el concebido lo fuese por partenogénesis. 

Este universal desconocimiento de la igualdad humana desciende de la 
ignorancia de las esencias o naturalezas. En efecto, si el hombre no es natura 
que responde a una idea divina ni depende de Dios que lo ha hecho así, ya 
no será verdad que /pse fecit nos et non ipsi nos (Sal. 99, 3). La sustancia 
humana será una forma plasmable por la humana sustancia. 

Y, ¿con qué otra forma, si no con la de la utilidad? Y puesto que la 
técnica es la organización de la utilidad, no es sorprendente que los grandes 
fenómenos de la existencia humana escapen a la religión, y el nacimiento, el 
amor, la generación y la muerte pasen gradualmente a estar bajo el dominio 
de la técnica. Perdido el concepto (más filosófico que religioso) de la absoluta 
dependencia de la criatura con respecto a Dios, es imposible que no se pierda 
el de la absoluta independencia de una criatura respecto a otra. Solamente 
perteneciendo a Dios es imposible ser esclavizado; solamente si mi título 
axlológico es la idea divina es imposible que nadie me deforme ni esclavice. 

De aquí se deduce que el argumento Beethoven no es un argumento católi- 
co. Consiste en prohibir el aborto no porque el título axiológico del niño sea 
idéntico al de la madre (ser un ser humano), sino porque no se sabe si el indi- 
viduo al que se impide nacer puede llegar a ser un gran genio, un gran santo, 
un gran servidor del género humano: un alpha plus, según la clasificación de 
Aldous Huxley. El argumento no es católico, porque ofende a tres verdades. 

Primera: todos los individuos humanos, al tener su fin en Dios y no en 
los hombres, son axiológicamente iguales. Cada cual tiene mayor o menor 
perfección por causa de los dones naturales, del mérito moral o del don de 
gracia (en lo que no hay dos iguales), pero esta gradación accidental o de 
cantidad no puede nunca suprimir su esencial paridad axiológica. 

Segunda: ninguna disminución puede ser infligida por un hombre a otro 
si no es por razón de culpa; y por eso el niño, que es inocente, no puede ser 
castigado. 

Tercera: el valor del hombre como hombre escapa a toda métrica; se es 
más o menos virtuoso, más o menos hermoso, más o menos sabio, pero no se 
es (aunque sea común decirlo) más o menos hombre. 

Que los hombres pudiesen ser medidos con una métrica cuantitativa fue 
el error del biologismo nazi. Una célebre sentencia del tribunal de Lunéville 
en 1937 declaró que el aborto no era punible si afectaba a un feto de raza 
hebrea, tan sólo si era de raza aria. Y la horrible praxis de las SS de los Ein- 
satzeruppen en Rumania ordenaba en las represalias fusilar a diez rumanos 
o (equivalentemente) a cincuenta judíos. 

No sustancialmente diversa es la filosofía del Tribunal Constitucional de la 
República Italiana, en la sentencia en la que declara anticonstitucional el art. 


24.4. Raíz última de la doctrina del aborto. Teoría de la potencia y el acto 339 


546 del Código penal, que castiga el aborto; no es punible quien hace abortar 
a una mujer para la cual el parto constituya un peligro para su bienestar 
físico y equilibrio psíquico. 

La sentencia decide una cuestión más propia de la filosofía que del derecho: 
a saber, si el embrión es persona humana o no. Y la decide contradiciéndose a 
sí mismo. Admite que el embrión es un sujeto de derechos (como se desprende 
del derecho civil, que instituye el curator ventris para el concebido y revoca el 
testamento ante el sobrevenimiento de hijos), pero viene después a hablar de 
colisión de derechos entre madre e hijo y concluye afirmando la prevalencia 
del de la madre, porque ésta es persona y aquél (reconocido sin embargo 
como sujeto de derechos) aún debe convertirse en persona. 

Pero, ¿qué es un sujeto de derechos, sino una persona? ¿Y cómo y dónde 
tiene lugar su transformación en persona? La doctrina de la Suprema Corte 
(prescindiendo del hecho de que aquí la pitonisa filipiza, es decir, recoge 
las voces de la opinión) choca contra los datos más seguros de las ciencias 
biológicas. La isotimia del feto y de la madre es inviolable, y aún resulta más 
ilícito preferir la madre al feto cuando no se está contraponiendo una vida a 
otra, como en la anterior casuística del aborto, sino que sobre la vida del feto 
se hacen prevalecer la salud, el bienestar y finalmente la simple voluntad de 
la mujer. 

La solución correcta no consiste en suprimir una vida en favor de otra, 
sino en aceptar los límites que la ética impone al arte obstétrico (y por otro 
lado a toda técnica), acompañando su aceptación con potentes estímulos de 
promoción de ese mismo arte ? . 


24.4. Raíz última de la doctrina del aborto. 


Teoría de la potencia y el acto 


Una última observación es necesaria para descubrir la razón profunda del 
moderno extravío en torno al aborto. 

Hemos dicho en estos epígrafes lo que dijimos en todos los demás, nervio 
del presente libro y la «verdad primera» por la cual lo hemos escrito. 

La crisis del mundo contemporáneo consiste en el rechazo de las natu- 
ralezas o esencias y en la creencia de que el hombre no sólo puede ser causa de 
la existencia, sino también de la esencia de las cosas. Volviendo a la cuestión 
del aborto: si ciertamente el hombre es causa de la existencia del concebido, 


“Muchas conquistas de la obstetricia moderna deben atribuirse a la presión ejercida 
sobre ella por las ideas morales de la Iglesia. El ideal es la perfecta compatibilidad de las 
técnicas eutóquicas con el imperativo moral. 


340 24. El aborto 


éste cae sin embargo bajo la ley de su propia naturaleza, y la estructura 
axiológica se impone a toda criatura racional. La cuestión, como decíamos, 
es más filosófica que jurídica. La Corte constitucional sostiene que el feto (a 
quien reconoce sujeto de derechos) no es persona, porque ni es actualmente 
consciente ni tiene voluntad, identificando así la existencia de la persona con 
el ejercicio actual de sus actos. La identificación es falaz: a este respecto, 
ni quien está en coma ni quien está durmiendo serían personas, mientras 
universalmente son reconocidas como tales. 

Creo que este punto escabroso de la doctrina puede resolverse simple- 
mente con la teoría de la potencia y el acto. Tertuliano (Apologeticus cap. 
4) llama al aborto homicidii festinatio, ya que non refert natam quis eripiat 
animam an nascentem disturbet: homo est et qui futurus est * . 

La fórmula es una paradoja y un paralogismo, y se corresponde con un 
esquema estilístico netamente tertuliánico ** . De hecho, quien ya es actual- 
mente hombre no puede comenzar a serlo en un momento posterior: ya lo 
es. 

Pero esta incongruencia entre ser y no ser a la vez desaparece si se inter- 
preta mediante la teoría tomista de acto y potencia, según la cual es idéntica 
la sustancia tanto cuando está en el estado de virtualidad, como cuando es 
actuada in actu exercito. 

El hombre es hombre incluso cuando no ejercita actualmente las opera- 
ciones humanas: el médico es médico incluso cuando no receta (como cuando, 
por ejemplo, duerme y le despiertan, para que pueda recetar y para que re- 
cete). 

Así se ve que la solución de un problema moral puede depender cierta- 
mente de aquello que en torno a un hecho ha descubierto la ciencia; pero 
en último análisis cualquier solución propuesta esconde en sus entrañas un 
supuesto que remite a una verdad primera o a una verdad absoluta. 

El supuesto falso en su evolución última es la independencia de la criatura 
respecto a sí misma. El supuesto verdadero es, sin embargo, la dependencia 
de la criatura respecto a sí misma: es decir, respecto a la propia esencia que 
sólo Dios le ha dado irrevocablemente en la existencia finita. 

El tratamiento que hemos hecho de la violación de la ley natural perpe- 
trada con el aborto puede envolverse además con un corolario sobrenatural. 
Aparte del derecho a la vida natural, el aborto trunca el derecho del hombre 
a la vida sobrenatural a la que es llamado (y de la cual resulta excluido si, 


19No hay diferencia entre destruir una vida ya nacida o destruir una que está naciendo: 
quien será hombre, ya es hombre. 

ll Análogo al del De fuga, 5: si negaturus es, ¡am negasti. Tomada rigurosamente, la 
expresión supone la destrucción del tiempo. 


24.4. Raíz última de la doctrina del aborto. Teoría de la potencia y el acto 341 


como ocurre por norma, el feto abortado no es bautizado) * . Es digno de 


señalar también que todos los errores esparcidos en el orbe católico sobre 
este punto fueron condenados por el documento de la Congregación para la 
Doctrina de la Fe del 18 de noviembre de 1974. 


12En torno al bautismo de los fetos abortados es notoria, como indicio de la general 
decadencia de la ciencia teológica en los eclesiásticos, la opinión expresada por el padre 
GINO CONCETTI, redactor del Osservatore Romano. Consultado por el Giornale nuovo 
del 5 de junio de 1981 sobre la cuestión de los fetos abortivos, enseñaba un método de 
bautismo absolutamente inválido. Fue corregido el mismo 17 de junio en el mismo diario 
por un laico fácilmente menos indocto que él. 


342 24. El aborto 


Capítulo 25 


El suicidio 


25.1. El suicidio 


La variación acaecida en torno al suicido se presenta más en la práctica 
que en la teoría. El hecho fundamental lo constituye la abrogación en el nuevo 
Código de Derecho Canónico de la prohibición de dar sepultura religiosa a 
los suicidas (can. 1184). 

La doctrina común de la Iglesia veía en el suicidio un triple mal: una falta 
de fuerza moral, ya que el suicida claudica ante su desgracia; una injusticia, 
pues pronuncia contra sí mismo sentencia de muerte en causa propia y care- 
ciendo de título para ello; y una ofensa a la religión, al ser la vida un servicio 
divino del cual nadie puede librarse por sí mismo, como observó Platón en el 
Fedón. Este convencimiento ha ido siendo sustituido por el de la existencia 
de unos valores supremos de orden terrenal a los cuales es lícito y hermoso 
inmolar voluntariamente la vida. De este modo, los suicidios por razones 
políticas, como los de Jan Palak (que se quemó vivo en una plaza de Praga) 
o la huelga de hambre de Bobby Sand (Irlanda, 1981), dejan de tener una 
connotación reprobable y se convierten en expresión de la suprema libertad 
del alma y signo de heroísmo. 

El Card. Beran, arzobispo de Praga, contemplando el funeral de Palak, 
declaró: Admiro el heroísmo de estos hombres, incluso aunque no pueda apro- 
bar su gesto. Se le escapaba al cardenal que el heroísmo y la desesperación 
(es decir, la falta de fortaleza) no son compatibles ! . 


1Se ha convertido ahora en costumbre elogiar al suicida en la homilía de la Misa de 
exequias. Tras el suicidio de un chico de veinte años, el rector de un instituto eclesiástico 
que lo había tenido como alumno, agradeció al suicida, en el discurso pronunciado en los 
funerales del desventurado, el bien difundido en torno sí, y le pidió perdón por las culpas 
que de su gesto tenían los que continuaban viviendo (Virtutis palestra, Íscona 1983, p. 
121): es la disolución de la responsabilidad personal en el pecado de la sociedad; es decir, 


343 


344 25. El suicidio 


También se ha ido introduciendo bajo la influencia de la psicología y de 
la psiquiatría la convicción de que en el ánimo del suicida, atacado por una 
invencible turbación, la libertad padece una grave limitación o incluso resulta 
anulada. Mientras que en el pasado la Iglesia concedía un amplio margen a la 
responsabilidad moral del agente, después el Concilio ha acogido en creciente 
medida la idea de la irresponsabilidad del suicida. La Iglesia ha rechazado 
siempre la moral estoica, según la cual el suicido es expresión suma de la 
libertad moral del hombre y la cima de la virtud. 


de los demás. Y cuando en agosto de 1983 un joven de dieciséis años se mató en Roma 
junto con su novia, le fueron concedidos los ritos religiosos y se pronunció su elogio fúnebre 
(OR, 6 agosto 1983). Mucho más verdaderas y auténticas resultan las palabras que sobre la 
tumba del Dr. Giuseppe Zola, sepultado como suicida cerca del camposanto, pronunció en 
Lugano en 1834 Giacomo Luvini-Perseghini, uno de los jefes del partido radical del cantón 
Ticino: Esperamos que el Dios de nuestros padres, cuya misericordia es infinita, quiera 
perdonar el error de un instante a aquél cuya vida estuvo adornada de muchas virtudes. 


Capítulo 26 


La pena de muerte 


26.1. La pena de muerte 


Hay instituciones sociales que derivan de los principios del derecho natu- 
ral, y como tales se perpetúan en diversas formas: es el caso del Estado, 
la familia o el sacerdocio; y hay otras que, teniendo su origen en un cierto 
grado de reflexión sobre esos principios y en circunstancias históricas con- 
cretas, deben desaparecer cuando la reflexión pasa a un grado ulterior o esas 
circunstancias desaparecen: así ocurre, por ejemplo, con la esclavitud. Hasta 
tiempos recientes, la pena de muerte era justificada teóricamente y practicada 
en todas las naciones como la sanción extrema con que la sociedad castiga 
al delincuente con el triple fin de reparar el orden de la justicia, defenderse, 
y disuadir a otros del delito. La legitimidad de la pena capital se basa en 
dos proposiciones. Primera: la sociedad tiene derecho a defenderse; segunda: 
la defensa supone todos los medios necesarios para ella. La pena capital 
está contenida en la segunda proposición, a condición de que quitarle la vida 
a un miembro del organismo social resulte necesario para la conservación de 
la totalidad. 

La creciente disposición de los contemporáneos a la mitigación de las pe- 
nas es por un lado efecto del espíritu de clemencia y mansedumbre propio 
del Evangelio, contradicho durante siglos por feroces costumbres judiciales. 
Es cierto que a causa de una contradicción que no vamos a indagar ahora, el 
horror por la sangre perseveró en la Iglesia. Conviene así recordar que no sólo 
el verdugo era objeto de irregularidad en el derecho canónico, sino también el 
juez que condenaba a muerte ¿uxta ordinem turis e incluso quien intervenía 
y testificaba en una causa capital, si se seguía la muerte de una persona. La 
controversia no se plantea sobre el derecho de la sociedad a defenderse (inata- 
cable premisa mayor del silogismo penal), sino sobre la necesidad de eliminar 


345 


346 26. La pena de muerte 


al delincuente para defenderse de él (que es la premisa menor). La doctrina 
tradicional, desde San Agustín a Santo Tomás y a Taparelli d'Azeglio, afirma 
que el juicio acerca de dicha necesidad, que condiciona la legitimidad de la 
pena, es un juicio histórico y variable según el grado de unidad moral de la 
comunidad política, y según la mayor o menor fuerza que deba desplegar el 
bien común que une contra el individualismo que disgrega. Los sistemas abo- 
licionistas de la pena capital, empezando por Beccaria, supuesta la mayor del 
silogismo, dan también a la menor un carácter puramente histórico, porque 
admiten en situaciones de conflicto (la guerra, por ejemplo) la eliminación 
del delincuente. Incluso en Suiza, durante la última gran guerra, se condenó a 
muerte por fusilamiento a diecisiete personas culpables de alta traición. 


26.2. La oposición a la pena capital 


La oposición a la pena capital *, puede nacer de dos motivos heterogéneos 
e incompatibles, y conviene juzgarla por los aforismos morales de que procede. 

Puede surgir de la execración del delito unida a la conmiseración por la 
debilidad humana, y por consideración hacia la libertad del hombre, capaz 
durante toda la duración de la vida mortal de resurgir de cada caída. Puede 
sin embargo también derivar del concepto de inviolabilidad de la persona 
en cuanto sujeto protagonista de la vida terrena, tomándose la existencia 
mortal como un fin en sí misma que no puede ser roto sin frustrar el destino 
del hombre. 

Este segundo modo de rechazar la pena de muerte, aun considerado por 
muchos como religioso, es en realidad irreligioso. Olvida que para la religión 
la vida no tiene razón de fin, sino de medio para su fin moral, más allá del 
orden de los subordinados valores mundanos. Por tanto, quitar la vida no 
equivale sin más a arrebatar al hombre definitivamente el fin trascendente 
para el cual ha nacido y que constituye su dignidad. 

El hombre puede propter vitam vivendi perdere causas, es decir, hacerse 
indigno de la vida por haberla identificado con ese mismo valor al que sin em- 
bargo ella debe servir. Por esta razón está implícito en ese motivo el sofisma 
de que matando al delincuente, el hombre, y en concreto el Estado, tiene el 
poder de truncar su destino, sustraerle al fin último, y quitarle la posibilidad 
de cumplir su destino de hombre. La verdad es la contraria. Al condenado 
a muerte se le puede truncar su existencia, pero no arrebatarle su fin. Las 


lTal oposición se ha hecho casi generalizada, y se contempla la pena capital en sí misma 
como una injusticia. Muchos Estados miembros del Consejo de Europa han firmado en 1983 
un protocolo adicional a la Convención europea de los derechos del hombre con el que se 
obligan a abolir de sus leyes la pena de muerte (RI, 1983, p. 1077). 


26.5. Variación doctrinal de la Iglesia 347 


sociedades que niegan la vida futura y ponen como máxima el derecho a la 
felicidad en el mundo de aquí abajo deben huir de la pena de muerte como de 
una injusticia que apaga en el hombre la posibilidad de alcanzar la felicidad. 
Y es una paradoja verdadera (muy verdadera) que quienes impugnan la pena 
capital defienden un Estado totalitario, pues le atribuyen un poder mucho 
mayor del que tiene, más bien un poder supremo: truncar el destino de un 
hombre ? . 

No pudiendo la muerte ejecutada por un hombre contra otro perjudicar 
ni al destino moral ni a la dignidad humana, tanto menos puede impedir 
y prejuzgar a la justicia divina, que ejerce un juicio por encima de todos 
los juicios. El sentido de las palabras inscritas en la espada del verdugo de 
Friburgo (Señor Dios, Tú eres el juez) no es identificar la justicia humana 
con la divina, sino al contrario: es el reconocimiento de esa suprema justicia 
que juzga todas nuestras justicias. 

Se argumenta también con la ineficacia de la pena capital para disuadir 
del delito; y se trae en apoyo la célebre sentencia de César, quien en el proceso 
a los Catilinarios decía ser menor mal la muerte, fin de la infamia y de la 
miseria del maleante, que la duración de la infamia y de la miseria. Pero la 
objeción se refuta por el sentimiento universal que ha inspirado el instituto 
jurídico de la gracia, dejando aparte el hecho de que los mismos maleantes 
se ligan a veces con pactos sellados por la muerte en caso de traición. Éstos 
confirman con un testimonio competente la eficacia disuasiva de la pena 
capital. 


26.3. Variación doctrinal de la Iglesia 


También en la teología penal se delinea en la Iglesia una variación impot- 
tante. Citaremos solamente documentos del episcopado francés (que sostenía 
en 1979 que debía abolirse en Francia la pena de muerte como incompati- 
ble con el Evangelio), los de los obispos canadienses y norteamericanos, y 
los artículos de OR, 22 enero de 1977 y 6 de septiembre de 1978, que con- 
sideraban la pena de muerte lesiva para la dignidad humana y contraria al 
Evangelio. 

En cuanto al último argumento, debe observarse que, sin aceptar (antes 
bien rechazando) la celebración de la pena capital hecha por Baudelaire como 
un acto sacro y religioso, no se puede cancelar de un plumazo la legislación del 


2Es por consiguiente falsa la afirmación de Sor ANGELA CORRADI, misionera entre 
los presos, en el Meeting de Rimini (OR, 25 agosto 1983): la cárcel sería la ocasión para 
«aplastar definitivamente» a un hombre. Según la religión, es imposible para un hombre 
aplastar definitivamente a otro. 


348 26. La pena de muerte 


Viejo Testamento, que es una legislación de sangre. No se puede igualmente 
cancelar de un plumazo ya no digo la legislación canónica, sino la misma 
enseñanza del Nuevo Testamento. Sé bien que según los nuevos cánones her- 
menéuticos se le quita importancia al pasaje típico de Rom. 13, 4 (que otorga 
el 2us gladi a los príncipes y los llama ministros de Dios para castigar a los 
malvados), como expresión de una condición histórica superada. Sin embar- 
go, en el discurso del 5 de febrero de 1955 a los juristas católicos, Pío XII 
rechazó explícitamente tal interpretación sosteniendo que ese versículo tiene 
un valor duradero y general, pues se refiere al fundamento esencial del poder 
penal y su finalidad inmanente. 

Además, el Evangelio de Cristo permite indirectamente la pena capital, ya 
que dice ser mejor para el hombre ser condenado a muerte por ahogamiento 
que cometer un pecado de escándalo (Mat. 18, 6). Y de Hech. 5, 1-11 se 
deduce que la pena de muerte no fue aborrecida por la comunidad cristiana 
primitiva: los cónyuges Ananías y Safira, reos de fraude y de mentira en 
perjuicio de sus hermanos, comparecen ante San Pedro y son castigados. 
Sabemos por los comentarios bíblicos que tal condena fue tachada de cruel por 
los enemigos contemporáneos del cristianismo. La transformación operada 
se evidencia en dos puntos. En la nueva teología penal no se hace ninguna 
consideración a la justicia, y toda la cuestión gira sobre la utilidad de la pena 
y su idoneidad para reinsertar al reo en la sociedad. Aquí el pensamiento 
innovador se reconduce, como en otros puntos, al utilitarismo de la filosofía 
jacobina, según la cual el individuo es esencialmente independiente, y aunque 
el Estado puede defenderse del delincuente, no puede castigarlo porque haya 
infringido la ley moral, es decir, porque sea moralmente culpable. Tal ausencia 
de culpabilidad del reo se traduce entonces en un menosprecio hacia la víctima 
e incluso en la preferencia otorgada al reo sobre el inocente. 

En Suiza el ex-presidiario está privilegiado en las oposiciones a cargos 
públicos en relación al ciudadano sin antecedentes. La consideración de la 
víctima se eclipsa ante la misericordia para el maleante. El asesino Buffet, 
dirigiéndose hacia la guillotina, grita su esperanza de ser el último guilloti- 
nado de Francia. Debería gritar la de ser el último asesino. La pena por el 
delito parece más detestable que el delito, y la víctima cae en el olvido. La 
restauración del orden moral violado por la culpa es rechazada como un acto 
de venganza. Se trata sin embargo de una exigencia de justicia, que debe 
perseguirse incluso si no se puede anular el mal pretérito y resulta imposible 
la enmienda del reo. Hasta resulta atacado el concepto mismo de la justicia 
divina, que castiga con la pena a los condenados, fuera de toda esperanza O 
posibilidad de arrepentimiento (841.4). Pero el concepto mismo de redención 
del reo se reduce a una mutación de orden social. Según OR del 6 de sep- 
tiembre de 1978, la redención es la conciencia de volver a ser útil para los 


26.3. Variación doctrinal de la Iglesia 349 


hermanos y no, como quiere el sistema católico, la detestación de la culpa y 
la reconducción de la voluntad a conformarse con el carácter absoluto de la 
ley moral. 

Y cuando se argumenta que no se puede quitar la vida a un hombre porque 
se le quitaría la posibilidad de la expiación, se olvida esa gran verdad según 
la cual la misma pena capital es una expiación. En la religión humanista, la 
expiación consiste primariamente en la conversión del hombre hacia los hom- 
bres; por consiguiente se hace necesario conceder tiempo a esta conversión, 
y no abreviarla. 

En la religión de Dios, por el contrario, expiación es primeramente re- 
conocimiento de la majestad y el señorío divinos, los cuales, conforme al 
principio de la puntualidad de la vida moral ($29.2), se deben y se pueden 
reconocer en todo momento. El OR de 22 enero 1977, combatiendo la pena 
de muerte, escribe que al delincuente la comunidad debe concederle la opor- 
tunidad de purificarse, de expiar su culpa, de ser rescatado del mal, lo que 
la pena capital no permite. Escribiendo así, el diario niega el valor expia- 
torio de la muerte, que es máximo para la naturaleza mortal del hombre, 
como sumo (en la relatividad de los bienes de este mundo) es el bien de la 
vida en cuyo sacrificio consiente quien expía. Por otra parte, la expiación de 
Cristo inocente por los pecados del hombre está conectada con una condena a 
muerte. No deben además olvidarse las conversiones de ajusticiados logradas 
por San José Cafasso, y tampoco algunas cartas de condenados a muerte 
de la Resistencia % . El extremo suplicio, gracias al ministerio del sacerdote 
que se interpone entre el juez y el verdugo, dio lugar a menudo a admirables 
transformaciones morales: desde la de Niccoló di Tuldo, confortado por Sta. 
Catalina de Siena, quien nos dejó el relato en una carta famosa, a la de Felice 
Robol, asistido sobre el patíbulo por Antonio Rosmini * ; desde Martín Meri- 
no, que atentó en 1852 contra la reina de España, a nuestro contemporáneo 
Jacques Fesch, guillotinado en 1957, cuyas cartas de la cárcel son un testi- 
monio conmovedor de una perfección espiritual propia de un predestinado * 


Por consiguiente, el aspecto más irreligioso de la doctrina que rechaza la 
pena capital resalta en el rechazo de su valor expiatorio, que es sin embargo 
máximo en la visión religiosa, porque incluye el supremo consentimiento a 
la suprema privación en el orden de los bienes mundanos. Viene bien a este 
propósito la sentencia de Santo Tomás, según la cual la condena capital 


3 Lettere di condannati a morte della Resistenza europea, Turín 1975. 

“El discurso que ROSMINI pronunció sobre el estrado de la justicia en Rovereto de 
Trento puede leerse en Opere, Milán 1846, vol. XXVII, p. 132-184. 

Fueron publicadas por A. M. LEMONNIER con el título Lumiére sur l'échafaud, París 
1971.í 


390 26. La pena de muerte 


cancela, además de toda deuda de pena debida por el delito a la sociedad 
humana, también toda deuda de pena en la otra vida. Es interesante referir 
las palabras precisas: Mors illata etiam pro criminibus aufert totam poenam 
pro criminibus debitam in alía vita vel partem poenae secundum quantitatem 
culpae, patientiae et contritionis, non autem mors naturalis * . 

La fuerza moral de la voluntad expiante explica también la infatigable 
solicitud con que la Compañía de San Juan Decollato, acompañando al supli- 
cio a los condenados, multiplicaba las sugerencias, instancias, y ayudas para 
procurar mover hacia el consentimiento y la aceptación el ánimo de quien iba 
a morir, y hacer así que muriese en gracia de Dios ”. 


26.4. Inviolabilidad de la vida. Esencia de la 
dignidad humana. Pío XII 


El argumento principal de la nueva teología penal es sin embargo el in- 
violable e imprescriptible derecho a la vida, que resultaría ofendido cuando 
el Estado impone la pena capital. Dice el artículo citado que a la concien- 
cia moderna, abierta y sensible a los valores del hombre, a su centralidad y 
a su primacía en el Universo, a su dignidad y a sus derechos inviolables e 
inalienables, repugna la pena de muerte como una disposición antihumana 
y bárbara. Conviene en primer lugar hacerle a este texto, que reúne todos 
los motivos del abolicionismo, una glosa fáctica. La mención del OR a la 
conciencia moderna es parecida a la presupuesta en el documento de los 
obispos franceses, según los cuales el rechazo a la pena de muerte se corres- 
ponde en nuestros contemporáneos con el progreso realizado en el respeto a 
la vida humana. Esta afirmación nace de la propensión viciosa de la mente 
a complacerse en las ideas agradables y a forjar las ideas sobre los deseos: 
los atroces exterminios de inocentes perpetrados en la Alemania nazi y en 
la Rusia soviética, la difundida violencia contra las personas utilizada como 


6 Summa theol. Index, en la voz mors (ed. Turín 1926). La muerte infligida como pena 
por los delitos borra toda la pena debida por ellos en la otra vida, o por lo menos parte de 
la pena en proporción a la culpa, el padecimiento y la contrición. La muerte natural, sin 
embargo, no la borra. 

"Sumamente revelador es a este propósito lo que se lee en las Relaciones de la Com- 
pañía de San Juan Decollato en Roma sobre el jueves 16 de febrero de 1600, en torno al 
suplicio de Giordano Bruno. Le fueron acompañando siete confesores, dominicos, jesuitas, 
del Oratorio y de San Jerónimo, para que donde no bastase la espiritualidad de un género, 
tuviese por ventura acogida la de otro: VINCENZO SPAMPANATO, Documenti della vita 
di Giordano Bruno, Florencia 1933, p. 197. A este propósito puede verse el libro de VIN- 
CENZO PAGIJA, La morte confortata, Roma 1982, especialmente el cap. VII, La morte 
del condannato esempio della morte cristiana. 


26.4. Inviolabilidad de la vida. Esencia de la dignidad humana. Pío XII 391 


instrumento ordinario por gobiernos despóticos, la legitimación e incluso la 
obligatoriedad del aborto convertida en ley, y la crueldad de la delincuencia y 
del terrorismo, a duras penas contenidos por los gobiernos, infligen un crudo 
desmentido a ese aserto irreal. 

De la centralidad axiológica del hombre en el universo hablaremos en 
8830.1-31.1. En general, en el discurso sobre la pena de muerte se olvida 
la distinción entre el estado de derecho del hombre inocente y el del hombre 
culpable. Se considera el derecho a la vida como inherente a la pura existencia 
del hombre, cuando en realidad deriva de su fin moral. 

La dignidad del hombre tiene origen en su ordenación a valores que tras- 
cienden la vida temporal, y este destino está señalado en el espíritu como 
imagen de Dios. Aunque sea absoluto ese destino e indeleble esa imagen, 
la libertad del hombre permite que mediante la culpa él descienda de esa 
dignidad y se desvíe de ese finalismo. 

La base del derecho penal es precisamente la disminución axiológica del 
sujeto que viola el orden moral y suscita con su culpa la acción coactiva de la 
sociedad para reordenar el desorden. Quienes sólo encuentran motivo para la 
acción coactiva en el daño inferido a la sociedad, quitan todo carácter ético al 
derecho y hacen de él una prevención contra el delincuente, sin distinción de si 
es libre o necesitado, racional o irracional. En el sistema católico la ecuación 
penal hace que al delito, al cual el delincuente ha llegado buscando una 
satisfacción con desprecio del mandamiento moral, responda una disminución 
de bien, de gozo, de satisfacción. 

Fuera de este contrapeso moral, la pena se convierte en una reacción 
puramente utilitaria, que olvida precisamente la dignidad del hombre y refiere 
la justicia a un orden totalmente material: como ocurría en Grecia, cuando 
se llevaban y se condenaban en el tribunal del Pritanéo piedras, maderas o 
animales que hubiesen causado algún daño. 

La dignidad humana es sin embargo un carácter impreso naturalmente en 
la criatura racional, pero se hace consciente y explícita en los movimientos de 
la voluntad buena o mala, y crece o decrece en ese orden. Nadie querrá nunca 
igualar en dignidad humana al hebreo de Auschwitz y a su carnicero Eich- 
mann, o a Santa Catalina y a Taide. 

La dignidad humana no puede disminuir jamás por hechos distintos de 
los morales; y contrariamente al sentimiento que se ha convertido en común, 
no es por el grado de participación en los beneficios del progreso tecnológico 
($31.1) como se mide la dignidad humana, ni por la parte alícuota de los 
bienes económicos, ni por el grado de alfabetización, ni por el incremento de 
la atención sanitaria, ni por la abundante distribución de las cosas agradables 
de la existencia, ni por la desaparición de las enfermedades. No se confunda la 
dignidad humana, que es un atributo moral, con el crecimiento de los bienes 


392 26. La pena de muerte 


útiles, propio también del hombre indigno. Véase como argumento lo que 
diremos en 8$831.1 y 32.1. 

La pena de muerte y las demás penas, si no se degradan a pura defensa 
y casi a matanzas selectivas, presuponen siempre una disminución moral en 
la persona castigada, y por consiguiente no tiene lugar lesión de un derecho 
inviolable e imprescriptible. No es que la sociedad prive al reo de un derecho, 
sino que como enseñó Pío XII en el discurso del 14 de septiembre de 1952 
a los neurólogos, incluso cuando se trata de la ejecución de un condenado a 
muerte el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Está reser- 
vado entonces al poder público privar al condenado del bien de la vida en 
expiación por su delito, después de que con su crimen él se ha desposeído ya 
de su derecho a la vida (AAS, 1952, pp. 779 y ss.) Y la inviolabilidad del 
derecho a la vida en el inocente, inexistente en el reo, que se lo ha arrebatado 
a sí mismo con la depravación de la voluntad, es también evidente si se con- 
templa paralelamente el derecho a la libertad: podrá ser innato, inviolable o 
imprescriptible, pero el derecho penal reconoce legítima la privación incluso 
perpetua de la libertad como sanción para el delito, y la costumbre de todas 
las naciones la practica. 

Por consiguiente, no existe un derecho incondicionado a los bienes de la 
vida temporal; el único derecho verdaderamente inviolable es al fin último: a 
la verdad, la virtud y la felicidad, y a los medios necesarios para conseguirlas. 
Este derecho no se ve afectado absolutamente en nada por la pena de muerte. 

En conclusión, la pena capital, o más bien toda pena, es ilegítima si se 
parte de la independencia del hombre con respecto a la ley moral (medi- 
ante la moral subjetiva) y con respecto a la ley civil (como consecuencia 
de esa primera independencia). La pena capital se convierte en bárbara en 
una sociedad descristianizada que, cerrada en el horizonte terrestre, no tiene 
derecho de privar al hombre de un bien que es para él todo el bien. 


Capítulo 27 


La guerra 


27.1. El cristianismo y la guerra 


La variación acaecida en la concepción de la guerra puede reconducirse 
al género desarrollo homogéneo, aunque en muchas manifestaciones de la 
opinión católica y en algunos documentos episcopales parezca pertenecer más 
bien al género saltus in aliud. 

Este desarrollo homogéneo permite comprender el sentido legítimo del 
adagio lo que no era pecado puede convertirse en pecado, y viceversa. Esta 
conversión es posible no porque cambie la ley moral, sino porque cambian 
las circunstancias que modifican la culpabilidad de la acción (aumentándola, 
disminuyéndola o anulándola), y también porque con el crecimiento de la re- 
flexión los conocimientos morales del género humano dan origen a conciencias 
nuevas y deberes nuevos. Es doctrina clásica que las circunstancias cambian 
la cualidad de los actos. 

Un idéntico acto es virtuoso en el matrimonio, culpable en la fornicación, o 
aún más culpable en el adulterio. O bien, utilizando ejemplos más modernos: 
en tiempos de carreteras desiertas se consideraba pecado venial conducir un 
vehículo estando ebrio, pero se convierte en pecado mortal en tiempos de 
carreteras de gran densidad y gran peligro en el tráfico. 

En la estimación moral de la guerra son las circunstancias las que cambian 
la especie y hacen ilícito lo que en otras circunstancias era lícito y virtuoso 
en el pasado. La condena absoluta de la guerra queda sin embargo lejos 
de la tradición católica; la milicia no está proscrita por el Evangelio, y fue 
practicada por los cristianos (muchos Santos mártires fueron hombres de 
armas) y considerada por todos los Padres como un oficio honesto. Solamente 
en movimientos de vena maniquea y tintura herética comenzó a considerarse 
ilícita la guerra. 


393 


354 27. La guerra 


Incluso la Regla de San Francisco admite coger las armas en defensa de 
la Patria. Y no hablo de toda la teología católica desde San Agustín a Santo 
Tomás y a Taparelli d'Azeglio. 


Discurriendo sobre los actos que rompen la concordia entre los hombres, el 
Aquinatense califica a la guerra en forma puramente negativa, estableciendo 
que no siempre es pecado. 


San Agustín, en un pasaje del Contra Taustum, cap. 74, concreta en la 
injusticia, y no en el hecho de matar, la iniquidad de la guerra: Quid enim 
culpatur in bello? An quia moriuntur quandoquidem morituri, ut domentur 
in pace victuri? Hoc reprehendere timidorum est, non religiosorum. Nocendi 
cupiditas, ulciscendi crudelitas, implacatus atque ¿implacabilis animus, fer- 
itas rebellandi, libido dominandi et si quo similia, haec sunt quae in bello 
culpantur (P. L. 42, 477) ! . 


Pío XII, en el discurso de Navidad de 1949, después de haber proclama- 
do que todos los violadores del derecho deben ser puestos en un aislamiento 
infamante al margen de la sociedad civil, denunció con fuerza el falso paci- 
fismo: La conducta de quien aborrece la guerra por su atrocidad y no por su 
injusticia prepara el éxito del agresor. La guerra sólo puede ser el peor de 
los males para quien adopte una visión irreligiosa que considere la vida, y 
no el fin trascendente de la vida, como el bien supremo, y equivalentemente 
el placer como el destino del hombre. La guerra es ciertamente un mal, y 
la Iglesia lo incluye junto con el hambre y la peste entre los flagelos de los 
cuales desearía ver preservados a los hombres. 


En la encíclica de 1894 Praeclara congratulationis, León XIII denuncia la 
inutilidad de las guerras y preconiza una Sociedad de los pueblos y un nuevo 
derecho internacional. De Benedicto XV son memorables las lamentaciones 
por la horrenda carnicería y el suicidio de Europa, además de la denuncia 
de la mantanza inútil en la Nota del 1 de agosto de 1917 (Exhortación a los 
gobernantes de las naciones en guerra, Des le début: texto original en francés) 


1¿Qué hay que condenar en la guerra? ¿Quizá el hecho de que hombres destinados en 
todo caso a morir, mueran para someter a hombres destinados a vivir en paz? Condenar 
esto es propio de hombres privados de fortaleza, no de hombres religiosos. Las cosas que se 
condenan en la guerra son la voluntad de hacer mal al enemigo, la crueldad de la venganza, 
el ánimo intranquilo e implacable, la crueldad en la rebelión, el ansia de dominio y otras 
cosas similares. 


27.2. Pacifismo y paz. Card. Poma. Pablo VI. Juan Pablo II 399 


27.2. Pacifismo y paz. Card. Poma. Pablo VI. 
Juan Pablo II 


Por consiguiente no es propio de la Iglesia el pacifismo absoluto que absol- 
utiza la vida, sino el pacifismo relativo, que condiciona la paz, y naturalmente 
también la guerra, a la justicia. Pero el más valiente de los fautores del paci- 
fismo, Erasmo de Rotterdam, en la Querela pacis y en la paráfrasis del Pater 
Noster, enseña al contrario que no hay paz injusta que no sea preferible a la 
más justa de las guerras. 

Y corrientes de pensamiento muy difundidas se han unido a este irenismo 
absoluto y pueden invocar sufragios autorizados. El Card. Poma, arzobispo 
de Bolonia, en OR del 4 de mayo de 1974, escribía: No hay nada más contrario 
al Cristianismo que la guerra. En ella, que es la síntesis de todos los pecados, 
la soberbia se junta con el desencadenamiento de los instintos inferiores. 

Pero afirmaciones tan faltas de distinciones y de sentido histórico son 
contrarias a siglos de Cristianismo, a la reconocida santidad de guerreros 
como Juana de Arco, y a la celebración de la guerra justa hecha por Pablo 
VI en un documento especial dedicado al quinto centenario de la muerte de 
Scanderbeg. El mismo Pablo VI, recordando en un discurso la visita de Pío 
XII al pueblo de Roma tras los bombardeos de 1943 y el grito de un joven: 
¡Santo Padre, es mejor la esclavitud que la guerra! ¡Líbranos de la guerra! 
calificó tal grito de locura (RI, 1971, p. 42). Y a ese gran defensor de la libertad 
y de la paz que fue Gandhi le faltó poco para acusar de vileza al pacifismo 
absoluto: Es ya algo noble defender el propio bien, el propio honor y la propia 
religión, con la punta de la espada. Es todavía más noble defenderlos sin 
intentar hacer daño al delincuente. Pero es inmoral y deshonroso abandonar 
al compañero y, por salvar la piel, dejar su bien, su honor y su religión a 
merced de los delincuentes. 

Ciertamente hay declaraciones de Pablo VI que proclaman lo absurdo de 
la guerra moderna y la suprema irracionalidad de la guerra (OR, 21 diciem- 
bre 1977). En fin, está la declaración de Juan Pablo 11 en Coventry en mayo 
de 1982: Hoy, el alcance y el horror de la guerra moderna, nuclear o conven- 
cional, la hacen totalmente inaceptable para resolver disputas y controversias 
entre las naciones. 

Sin embargo, si se observan los términos de las dos declaraciones papales, 
se reconocerá que no se salen de los principios tradicionales de la teología de 
la guerra y constituyen uno de esos desarrollos de la conciencia moral que 
dependen de la variación de las circunstancias. La licitud de la guerra está de 
hecho ligada a condiciones: que sea declarada por quien tiene la autoridad; 
que se proponga reparar un derecho violado; que existan fundadas esperanzas 


396 27. La guerra 


de conseguir tal reparación; que se conduzca con moderación. Estas condi- 
ciones están recogidas también en el artículo 137 del Codice Sociale elaborado 
por la Unión internacional de estudios sociales, fundada por el Card. Mercier, 
y reflejan una ininterrumpida tradición de las escuelas católicas. 


27.3. La doctrina del Vaticano II 


En Gaudium et Spes 79-80 el Vaticano II ha confirmado la licitud de la 
guerra defensiva, ha condenado la guerra ofensiva emprendida como medio de 
resolver los conflictos entre naciones, y finalmente ha proscrito sin excepciones 
la guerra total, sobre todo la atómica ? . 

En cuanto al servicio militar que los ciudadanos prestan para la seguridad 
y libertad de la Patria, el Concilio no solamente lo admite sino que declara 
que desempeñando bien esta función, realmente contribuyen a estabilizar la 
paz (n. 79). A causa de la inadecuación de una de las condiciones antedichas, 
el derecho de guerra debe ser reexaminado con mentalidad totalmente nueva, 
y por ello el Concilio sentencia: Toda acción bélica que tiende indiscriminada- 
mente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con 
sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad, que hay que con- 
denar con firmeza y sin vacilaciones (n 80). La guerra total está prohibida 
incluso en el caso de legítima defensa que, por falta de moderación, se con- 
vierte también en ilegítima. 

El Concilio, que enseña que la guerra defensiva contra la agresión es lícita 
mientras falte una autoridad internacional competente y provista de medios 
eficaces (n. 79), enseña también que ésta se convierte en ilícita si se orienta al 
exterminio total del enemigo. Se condenan por consiguiente tanto la guerra 
emprendida ofensivamente para resolver un litigio, como la guerra ofensiva o 
defensiva conducida sin el moderamen inculpatae tutelae. 

Pero no se condena la guerra defensiva conducida con ese moderamen. 
Debido a la nueva circunstancia de existencia de la guerra total, la valoración 
moral de la guerra (como, por otra parte, de todas las cosas sometidas a 
circunstancias distintas) queda transformada. Aquí notaré que ya en el Vati- 
cano Í se propuso definir que Qui bellum incipiat, anathema sit; pero tal 


2Esta condena de la guerra inmoderada tiene un análogo en la condena que el Concilio 
Lateranense II, con Inocencio Il, fulminó en 1139 contra artem illam mortiferam et Deo 
odibilem ballistariorum er sagitariorum. La condena demuestra la evolución de la con- 
ciencia moral, que va perfeccionándose en las diversas relatividades históricas. Prueba sin 
embargo también la ineficacia de la acción de la Iglesia en este campo, ineficacia similar 
a la de aquellas proscripciones de la guerra decididas en el Pacto de 1919, en el Pacto 
BriandKellog de 1928, y en el Estatuto de la ONU de 1945. 


27.8. La doctrina del Vaticano II 357 


axioma no entraba en la cuestión del mérito moral, y ciertamente no es la 
prioridad cronológica de la batalla lo que la cualifica. 

Se condena el efecto homicida de los actos bélicos porque niega la difer- 
encia de las esencias y hace que la guerra sea algo que no es. Mientras en el 
pasado las naciones combatían con la acción específica de un órgano específico 
(el Ejército), hoy lo hacen con la totalidad del organismo social, y todo re- 
sulta militarizado; hay guerra política, guerra comercial, guerra diplomática, 
guerra de propaganda, guerra química, guerra biológica e incluso guerra me- 
teorológica * . No sólo Marte, sino Marte, Minerva, Mercurio y tantas otras, 
son deidades del Olimpo moderno. 

La guerra total o paroxística fue inaugurada en 1793 mediante la levée 
en masse y la requisa de hombres y fuerzas económicas, y con la incipiente 
requisa de las almas gracias a la propaganda. El reclutamiento obligatorio, el 
cobro de la sangre, introducido por todos los Estados modernos y considera- 
da un paso adelante en la justicia civil, significó la pérdida de una libertad de 
la que ya gozaban los pueblos antiguos * . Fue un efecto de la más estrecha 
solidaridad de los ciudadanos de una nación, nació del creciente poder del 
Estado, convertido en un macroántropo del cual los individuos son células, y 
llevó la guerra a la pérdida de su especificidad. Debe observarse sin embargo 
que las doctrinas militares van ahora abandonando el concepto de la guerra 
combatida por un pueblo entero con todos sus recursos, y vuelven a ejérci- 
tos no de masas, sino de profesionales altamente especializados. Así se va 
restaurando la idea de la guerra como actividad de un estamento especial, y 
se restituyen a Marte las obras de sangre. Haciendo la guerra con un órgano 
de la nación y no con la totalidad de ella, se volvería al derecho natural y 
a la situación bien descrita por Federico II de Prusia: Cuando yo hago la 
guerra, mis pueblos no se dan cuenta, porque la hago con mis soldados. El 
movimiento de la vida nacional está sin embargo todavía completamente di- 
rigido hacia la guerra total, y todos los órganos de la sociedad se convierten 
en un único órgano bélico orientado a la destrucción del enemigo. La máxima 
de Talleyrand de que en la paz los pueblos deben hacerse el mayor bien posi- 
ble y en la guerra el menor mal posible, se ha invertido en la guerra moderna, 
que transforma la estructura social en una única máquina destructora. 


3En 1977, la URSS y EEUU firmaron en Ginebra una convención para la renuncia a 
la guerra meteorológica. Los Estados Unidos, en la guerra del Vietnam, dejaron impracti- 
cable la pista Ho Chi-minh lanzando cincuenta mil recipientes de ioduro de plata y nieve 
carbónica para producir la lluvia. 

*Es la libertad que SENECA, Efist. LXXIII, 9, agradecía al príncipe, exaltada por GU- 
CLIELMO FERRERO en Discorsi al sordi, Milán 1920. Por el contrario, para ROSMINI, 
Filosofía del diritto, 82154, el reclutamiento obligatorio es el mayor beneficio dejado a 
Europa por el Imperio Napoleónico (Ed. nac., vol. XXXIX, p. 1426). 


398 27. La guerra 


27.4. Las aporías de la guerra 


Por consiguiente, la moralidad de la guerra está sujeta a dos condiciones: 
que sea justa (y solamente es justo el uso de la fuerza que se utiliza para 
rechazar una agresión) y que sea moderada (y no existe ningún derecho a 
hacer la guerra bajo el que no subyazca la obligación de su moderación). No 
entraremos aquí a examinar la teoría de Sturzo en la obra La comunidad 
internacional y el derecho de guerra (París 1932), según la cual la guerra no 
tiene una relación esencial y necesaria con la naturaleza humana, sino sólo 
contingente y por consiguiente evolutiva, siendo posible eliminarla como se 
eliminaron la poligamia y la esclavitud. 

Observaremos solamente que el uso de la fuerza, y por consiguiente el 
principio de la guerra, es esencial a la sociedad civil: ésta ordena la comunidad 
al bien común mediante la ley, pero también reprime a los que la violan, y en 
reprimirlos (sin estar de acuerdo con Hobbes) se reconoce su deber primario. 
Si, como enseña la filosofía católica de la etnarquía, los pueblos del mundo 
deben desistir de su pretensión de soberanía y someterse a una autoridad 
nacional (ver la cita del Vaticano 11 en el epígrafe precedente), esa sujeción 
es imposible si dicha autoridad no tiene poder para reprimir eficazmente a 
quienes la violen: es decir, de luchar contra el socio rebelde. 

Así como en la actual organización imperfecta de la convivencia interna- 
cional la guerra es lícita para los Estados individuales solamente para recha- 
zar la ofensa a su propio derecho de ser Estados, a la sociedad etnárquica 
la guerra le resulta lícita solamente para reprimir el ataque a sus propios 
derechos. 

Según algunos (entre éstos, Gaetano), la nación que hace la guerra en 
legítima defensa cumple un acto de justicia vindicativa, de modo que el belige- 
rante que actúa con la justicia personam gerit iudicius criminaliter agentis. 

Según otros, al contrario, esa guerra es un acto de justicia conmutativa, 
con la que se busca la reparación y la restitución de un mal perdido. No 
se trata de decidir la cuestión en este lugar. La sentencia de Gaetano es 
conforme al principio católico de la defensa de los inocentes, recogido en el 
Syllabus contra el principio de no intervención. 

Pero si la sociedad internacional no está todavía constituida como so- 
ciedad perfecta provista de las tres funciones legislativa, ejecutiva, y judicial, 
es difícil clarificar la justicia de una guerra y sancionar al beligerante injusto 
(lo que supondría ejercitar un oficio de tribunal universal). Incluso por dos 
motivos la guerra justa es siempre digna de lamentación. 

Primero, porque es un fratricidio y, caso de ser combatida entre cristianos, 
también una especie de sacrilegio, dado el carácter sagrado del hombre bauti- 
zado. Segundo, en la guerra la actividad de una parte no puede ser buena sin 


27.4. Las aporías de la guerra 399 


que la opuesta sea mala. La guerra defensiva de quien tiene la razón es justa, 
pero puede serlo solamente si el atacante es injusto. Por esta doble tristeza 
Kant, en La paz perpetua dice que el día de la victoria deberían vencidos y 
vencedores vestir de luto; y en el coro del Carmagnola de Manzoni, hay coros 
homicidas que elevan gracias e himnos que abomina el Cielo. 

Otra aporía de la guerra es la incertidumbre de su resultado, incluso para 
quien la hace con justicia. Es ley de la teodicea que en la vida terrena los 
bienes se acompañan tendencialmente con la virtud, pero no basta esa gene- 
ralidad de la Providencia para sustraer al evento del juego de la insolente 
fortuna. Quien conoce la historia sabe que abundan en ella malvados afortu- 
nados y de justos llenos de sufrimientos. Ni bastan los no poco ejemplos de 
malvados aniquilados por Némesis, para convertir en teorema esa generalidad 
y en ley esa tendencia. 

En el sistema católico no se da sanción inmanente, ni individual ni colec- 
tiva, que sea infalible; y el hombre virtuoso solamente tiene seguridad en la 
esperanza. Dada la incertidumbre del resultado bélico, el conflicto es incierto 
hasta el final, y el dios Marte es homéricamente «inconstante». La decisión 
puede depender de un minúsculo hecho casual en el que se ocultaba la po- 
tencia trascendental del momento ? . 

Por el carácter aleatorio de su consecución, la guerra tiene similitud con 
el juego, y según Manzoni debería ser clasificada por la economía política 
junto con el juego. 

Y por tanto el efecto útil de la guerra se podría obtener sin la guerra, 
excluyendo su irracionalidad característica, que en ese aspecto la asemeja 
al duelo (filológicamente, bellum es lo mismo que duellum). Las razones que 
muestran que la guerra no es buena en sí misma instruyen sobre el modo de 
obtener sin ella el efecto útil. 

El lado aleatorio del resultado de la guerra (quizás reducible, pero no 
eliminable) hace irrelevante el factor cuantitativo de las fuerzas antagonistas. 
Como ya observaba Henri Jomini, el perfeccionamiento de los artefactos béli- 
cos perseguido sin reposo por los Estados no ofrece ventajas a quien lo usa 
si no es el único en usarlos, como se vió en Crécy en 1346 con las armas de 
fuego y en 1945 en Japón con la bomba atómica. Con las nuevas armas no 
se hace sino hacer acopio de un coeficiente común a los dos términos de una 
proporción cuyo valor es el mismo. Aumentan así el costo y la maldad de 
los armamentos, pero no la probabilidad del éxito, siempre dependiente de 


5Este elemento fortuito en el destino de un condottiero fue reconocido por los antiguos: 
entre las dotes del jefe, aparte la autoridad y la pericia, ponían la felicitas o fortuna, como 
se vió en la elección de Pompeyo para la guerra contra Mitrídates (CICERON, Pro lege 
Manilia). También Napoleón tenía en cuenta la fortuna, y hablando del general Mack, 
derrotado en Ulma en 1805, decía: Es un inepto: peor aún, tiene mala estrella. 


360 27. La guerra 


la fortuna en las cosas y del valor en el hombre. La guerra combatida de tres 
en tres no tendría un resultado distinto que la llevada a cabo por millones 
contra millones. 


27.5. Aporía de la guerra moderada 


Aporía de la guerra moderada. Voltaire. Pío XII. Imposibilidad 
final de la guerra moderna 

La moderación aparece por consiguiente como la exigencia imprescindible 
para combatir con justicia. Y no solamente la guerra debe ser moderada hacia 
el enemigo, sino también hacia el beligerante justo. Está por consiguiente 
prohibida la defensa a ultranza, sin esperanza de victoria y con certeza de 
un vano holocausto ? . 

Pero, ¿cuál es el fundamento de la obligación de la moderación? Si se 
plantea la tesis en términos metafísicos, se encuentra que deriva del principio 
de razón suficiente, según la cual es irracional y por consiguiente inmoral 
ejercitar una acción superflua respecto al fin a conseguir. Puesto que la acción 
es adecuada al fin y el añadido es improductivo y nulo, la acción bélica, cuyo 
fin consiste en la restauración del derecho y por consiguiente en la paz, debe 
ser conducida con el minimum posible de destrucciones. La destrucción total 
del enemigo es ilícita, por ser desproporcionada al fin. 

La razón metafísica es sin embargo sobrepasada por la razón moral. Es 
un principie ético que el mal moral del prójimo no se puede querer jamás. 
Tampoco el mal físico se puede querer jamás por sí mismo y directamente, 
sino sólo como medio para un bien moral y en la medida mínima en la que 
es necesario. No se quiere la guerra por la guerra sino para la paz. 

La doctrina de Voltaire en el diálogo Des drots de guerre, según la cual 
la guerra se origina fuera del derecho y por consiguiente no se le puede exigir 
una regla jurídica, es la doctrina de la guerra total. Esa doctrina repugna a 
la religión. Como señala G. Gonell, en Revue de droit international (1943, p. 
205) la guerra justa que surge de un principio moral extraerá de ese principio 
su propia norma: precisamente la moderación. 

Y aquí se manifiesta la aporía. Quien hace la guerra dentro de los cauces 
del derecho contra un agresor que lucha sin moderación perderá en el combate 
y sucumbirá al ataque de quien actúa con mayor maldad. La eficacia de la 


6 Tales fueron en la última guerra la defensa de Stalingrado por obra de Von Paulus 
y la de la isla de Atni, donde los dos mil japoneses que la ocupaban contra fuerzas muy 
superiores quedaron sobre el terreno muertos o suicidados, no sobreviviendo ninguno que 
resultase vencido. Nótese además que la guerra sin cuartel y la defensa a ultranza están 
prohibidas en las Convenciones de La Haya de 1907 y de 1899. 


27.6. Remoción de la aporía de la guerra en la sociedad etnárquica 361 


guerra justa estaría anulada por su misma justicia. La condición de moderar 
el efecto malvado excluiría la posibilidad de victoria y prohibiría emprender 
también la guerra defensiva. La justicia es una proporcion entre el sacrificio 
necesario para establecer el derecho y la compensación de haberle establecido. 
Por consiguiente, cuando falte tal proporción entre los medios y el fin resulta 
víctima quien no podía más que serlo: tolerar la injusticia puede entonces re- 
sulta virtuoso y obligatorio; Pío XII lo enseña explícitamente: No basta tener 
que defenderse contra una injusticia cualquiera para utilizar el método vio- 
lento de la guerra. Cuando lo daños implicados por ésta no son comparables 
a los de la injusticia, se puede tener la obligación de sufrir la injusticia” . La 
aporía de la guerra moderna es manifiesta. Es legítimo defenderse haciendo 
la guerra, pero quien combate está obligado a la moderación y por tanto des- 
tinado a sucumbir ante el arrogante agresor no moderado. Las circunstancias 
vician de inmoralidad a la guerra defensiva, y suscitan la obligatoriedad de 
someterse a la injusticia. De tal sumisión hay ejemplos antiguos y modernos. 
Preclaro e inequívoco es el de Pío IX el 20 de septiembre de 1870; legítimo, 
pero condenado por muchos, el del rey Leopoldo III de Bélgica en junio de 
1940. ¿Habrá por consiguiente que proscribir absolutamente toda guerra, al 
no poder ser hoy más que inmoderada, y serán prohibidos todos los actos 
bélico defensivos, incluso aunque sólo estén incoados? 


27.6. Remoción de la aporía de la guerra en 
la sociedad etnárquica 


El Vaticano 11 en Gaudium et Spes 79, dice expresamente: Mientras exista 
el riesgo de una guerra y falte una autoridad internacional competente y 
provista de medios eficaces una vez agotados todos los recursos pacíficos de la 
diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos. 

Si en los Estados singulares la autoridad social restringe el derecho indivi- 
dual a tomarse la justicia por su mano, también en la sociedad internacional 
constituida (que no es un consorcio de entes soberanos, sino de socios, to- 
dos ellos a su vez súbditos) la autoridad restringe el derecho de los Estados 
concretos a hacerse justicia por sí mismos. 

Del estado salvaje en que yace todavía la comunidad de los pueblos, el 
género humano debe pasar a organizarse en una perfecta societas populorum 
como la que auspició León XIII y delineó en concreto Benedicto XV según 
la tradición de la teología católica desde la Edad Media a Suárez, desde 


"Discurso del 19 octubre de 1953 en la XVI sesión del Ufficio Internazionale de docu- 
mentazione medicina militare, en Discorsi al medici, IV ed., Roma 1960, p. 307. 


362 27. La guerra 


Campanella a Taparelli d'Azeglio. Claro que no será entonces eliminada la 
guerra, pero se sabrá que quien combate para hacerse justicia por sí mismo es 
injusto aunque sea soberano, y la guerra conducida contra él por la autoridad 
única tendrá el carácter de ser justa. El uso de la fuerza por parte de la 
autoridad etnárquica con el fin de reprimir al violador de la justicia es el 
principio del orden y de la paz internacionales. Las sociedades nacionales se 
deshacen en la anarquía cuando la autoridad pierde el uso de la fuerza: la 
sociedad etnárquica también * . 

En el mensaje de la jornada por la paz (OR, 21 diciembre 1981) Juan 
Pablo II enseña que la solución de la aporía de la guerra moderna es posible 
solamente mediante el reconocimiento de una autoridad etnárquica; el Papa 
ve la sociedad de las naciones como un instituto de diálogo y de negociación, 
lo que ya es, pero no habla de la fuerza, que constituye sin embargo el nervio 
esencial de la autoridad. No parece por otra parte que el Papa proscriba la 
guerra defensiva, ya que si la proscribiese se inauguraría una vacatio legis por 
la cual el mundo estaría abandonado a la iniciativa de los malos. 

Las palabras del Papa en Canterbury no condenan la guerra defensiva, 
tampoco condenada por el Concilio, sino la iniciativa de quien toma las ar- 
mas, atómicas o convencionales, con el intento de resolver por sí mismo las 
controversias. Pero quien al ser atacado se defiende, utiliza la fuerza con pleno 
derecho. Sin embargo, a causa de la obligación de la moderación, la aporía 
subsiste. 

La exigencia de constituir al género humano en etnarquía desciende del 
principio católico al cual se atiene todo nuestro razonamiento, el de la de- 
pendencia del dependiente: del derecho, de la ley moral, de Dios. La parte 
debe ser reducida a ser parte. Los Estados, como lo expresa sugestivamente 
Smuts, teórico junto con Wilson de la Sociedad de las Naciones, en la cual 
altos espíritus como Guiseppe Motta reconocieron un ideal cristiano de uni- 
versal filantropía internacional, deben reducirse a su verdadera naturaleza: 
no de enteros, sino de oloides; no de soberanos, sino de súbditos; no de mi- 
crodioses, sino de criaturas. 


8MARTA VISMARA, La ázione politica dell'ONU 1946-1974, Padua 1983, muestra con 
amplísima documentación que el único éxito claro de la ONU fue la solución del problema 
del Congo, porque fue obtenido con el uso de la fuerza, empleándose quince mil hombres 
que en tiempo relativamente breve dieron cuenta de la secesión del Katanga de Ciombe y 
del Kisai de Lumumba. La firme acción del Secretario general Hammarskjóld tuvo efecto 
gracias al uso de la fuerza militar internacional. 


Capítulo 28 


La moral de situación 


28.1. La moral de situación 


La moral de situación. Lo práctico y praxiológico. La ley como 
previsión 

Si divorcio, sodomía y aborto niegan la ley natural en puntos específicos 
de aplicación, la moral de situación ataca a su mismo principio, reduciendo 
la moral a un mero juicio subjetivo del hombre sobre sus propios actos. La 
moral de situación ya había sido condenada por Pío XII como una radical 
inversión de la moral en un discurso a la Federación mundial de la juventud 
católica femenina (OR, 19 de abril de 1952). Es una moral que transfiere 
el criterio sobre la moralidad de una acción desde la ley objetiva y desde 
las estructuras esenciales a la intención subjetiva, y del centro a la periferia, 
como dice el Papa. La acción sería justa cuando existiese recta intención y 
una respuesta sincera a la situación. 


El conocimiento de la situación es invocado para decidir la aplicación 
de la ley, pero se pretende que la ley está dictada por la misma conciencia. 
La elección ya no está determinada por el status de la acción, impuesta al 
juicio, sino que el juicio determina el status determinando su licitud. Queda 
abolida la distinción entre juicio subjetivo, que valora el acto singular, y 
juicio objetivo, que lee en el criterio universal la naturaleza de ese acto. 

Conviene señalar que también la moral tradicional es una moral de situación. 
El conocimiento del universal, regla de los actos, constituye sólo la mitad de 
la moral. La otra mitad necesaria para completar el juicio moral consiste en 
la confrontación de las situaciones concretas con la exigencia expresa de la 
ley, lo que se revela como el sano e irrefragable fundamento de la casuística. 


La moral de situación unifica y confunde el juicio praxiológico con el juicio 


363 


364 28. La moral de situación 


práctico * , eliminando la ley y haciendo de la conciencia medida de sí misma. 
El orden natural (no sólo biológico, sino metafísico y esencial) resulta derriba- 
do, o todo lo más se convierte en dudoso e incognoscible. Hay aspectos de la 
vida donde la complejidad de la acción concreta es tal que hace imposible o 
inoportuna una aplicación literal de la norma moral. En este caso hay que 
confiar en la conciencia personal y en el sentido de la responsabilidad de la 
persona hacia su vida ? . 

Si aquí se pretende hacer notar la dificultad contingente que el hombre en- 
cuentra en el reconocimiento de la moralidad de las situaciones, la observación 
es obvia, y como dijimos da origen a la casuística. Pero no puede tratarse 
de aplicación literal de la ley, ya que la ley no sólo es letra, sino espíritu, 
que debe transcribirse o traducirse de lo universal al caso que se presenta. 
La conciencia personal, que no difiere del sentido de responsabilidad, tiene 
ciertamente enfrente a la vida, pero como algo que debe ser juzgado, no como 
lo que constituye el criterio para juzgar: no se responde ante la propia vida, 
sino ante la exigencia de la ley, tras de la cual se manifiesta la voluntad de 
Dios. 

Por otra parte es errónea también la contraposición que se hace entre la 
norma general y el caso particular, pretendiendo que éste no entra en aquélla, 
sino que tiene su propia norma para regularse a sí mismo. El caso particular 
(conviene recordar la doctrina) entra totalmente en la ley universal, porque 
lo universal no es sino el caso individual tomado en su esencia, que aparece si 
se prescinde de sus notas individuantes. Pero también entra el caso particular 
en la ley universal por una razón que no es lógica, sino metafísica y teológica. 
La ley moral no admite que el caso particular escape al precepto, porque el 
precepto incluye todos los casos posibles. En realidad, si bien como juicio 
de la razón humana la ley es una generalidad abstracta aplicable, en cuanto 
orden ideal inscrito en la mente divina es sin embargo una previsión de casos 
históricos: quien ha promulgado la ley conoce todas las relaciones posibles de 
los sentimientos y de las acciones con la eterna justicia inmutable * . 

La moral de situación, mientras pretende que el caso concreto no es in- 
troducible en la ley y puede calificarse por el juicio subjetivo del agente, pasa 
por alto el hecho de que el caso es siempre un caso de la ley, y como toda la 
ley, está pensado por el legislador divino, ante quien están presentes todos 
los casos posibles. 

Puede por consiguiente haber situaciones extraordinarias si se miran des- 


1El primero tiene un sujeto universal, el segundo lo tiene individual. GARRIGOU- 
LAGRANGE, Dios, Ed. Palabra, Madrid 1980. 

2 Herman y Lena BUELENS-GIJSEN, Jan GROOTAERS, Matrimonio católico y anti- 
concepción, Ed. Península, Barcelona 1969, cap. Il, 4, págs. 106-107. 

3MANZONI, Morale cattolica, Parte Primera, ed. cit., vol. 1, p. 35. 


28.2. Crítica de la creatividad de la conciencia 365 


de el lado del hombre, al que falta a menudo conocimiento de lo concreto 
o incluso rechaza la ley, pero estas situaciones son absolutamente ordinarias 
desde el punto de vista de la ley. Antes bien, le pertenecen más propia y 
distintamente que las otras, porque se presentan al hombre marcadas única- 
mente por el carácter de imperatividad de la ley y sin recomendación alguna 
de otro género. 

No obstante la condena hecha por Pío XIl y las aporías que la afectan, la 
moral de situación es profesada por algunos episcopados y practicada como 
método por movimientos enteros de la Acción Católica. Rechazando partir de 
principios eternos y de normas universales para descender a las situaciones 
particulares, esos obispos parten de situaciones concretas, y analizándolas 
deducen las exigencias humanas y evangélicas. 

Se trata de una nueva manera de concebir la conciencia cristiana: no 
como una función que aplica, mediante un silogismo automático, un principio 
general a un caso particular, sino más bien como una facultad que bajo la 
dirección del Espíritu de Dios está dotada de un cierto poder de intuición 
y de creación que le permite encontrar, para cada caso, la solución original 
conveniente (ICI, n. 581, p. 51, 15 diciembre 1982, sobre el documento de los 
obispos brasileños en torno a los métodos de la Acción católica). 


28.2. Crítica de la creatividad de la concien- 
cia 


Crítica de la creatividad de la conciencia. Pasividad del hombre 
moral. Rosmini 

La moral de situación, rechazando la ley como orden axiológico que de- 
pende de Dios y no del hombre, está forzada por lógica vis a tergo a profesar 
el principio de la creatividad de la conciencia. Mons. Etchégaray, presidente 
de la Conferencia episcopal de Francia, en un comentario a la declaración 
Personae humanae de la Congregación para la doctrina de la fe * , reprue- 
ba la moral que intenta esconderse detrás de los principios; está de acuerdo 
con los jóvenes que rechazan la preexistencia de cualquier moral; afirma que 
el imperativo moral no es como una palabra que cae de lo alto, sino que 
más bien surge de la relación con el hombre y lo hace coautor de esa palabra. 
Mons. Etchégaray condena por consiguiente a quien considera la ley moral 
anterior al juicio moral del hombre; insinúa que la moral se esconde tras los 
principios, cuando en realidad deriva de los principios y los manifiesta; y 
finalmente pretende que el hombre es coautor de la ley. 


El documento está traducido en Giornale del popolo, 28 enero 1976. 


366 28. La moral de situación 


La enseñanza de Mons. Etchégaray es contraria a la de Gaudium et Spes 
16, recordada por Juan Pablo II: El hombre descubre en el fondo de la in- 
ocencia verdadera y recta una ley que no se ha dado a sí mismo y tiende a 
conformarse a las normas objetivas de la moralidad (OR, 2 abril 1982). 

El Papa volvió sobre ese argumento en un memorable discurso del 18 
agosto de 1983, reproponiendo luminosamente la doctrina de la Iglesia: La 
conciencia individual no es el criterio último de la moral; debe conformarse 
a la ley moral; la ley moral está presente para el hombre en su conciencia; 
la conciencia es el lugar donde el hombre lee, escucha, ve la verdad sobre el 
bien y el mal; en la conciencia moral el hombre no está solo consigo mismo, 
sino sólo con Dios, que le habla imperativamente. 

Está en situación de escucha y acogida, no de autonomía y mucho menos 
de creatividad ? . 

El Padre Schillebeeckx, exponente de las novedades holandesas, escribe 
a propósito de la moral de situación: Tenemos que poner hoy el acento en 
la importancia de las normas objetivas tanto como en la necesidad de la 
creatividad de la conciencia y del sentido de las responsabilidades personales 
6 

Se podría observar que la responsabilidad personal ha estado siempre en 
el centro de la teología moral y acusar además de superflua la adjetivación, 
ya que la responsabilidad sólo puede ser atributo de la persona. 

Sin embargo, resulta más importante atacar el error escondido en el con- 
cepto de creatividad de la conciencia, contradictorio in terminis ” . La con- 
ciencia es el sentimiento de la alteridad y de la absoluta preeminencia de la 
ley, a la cual el hombre no puede dar o quitar nada salvo el obsequio de su 
libertad. 

Si la conciencia crease, precisamente en ese acto de creación sería inmoral, 
porque la moralidad es la armonía de la voluntad con el orden ideal que ni 
siquiera en Dios es creado o creable. Por eso, si la conciencia fuese creación 
más que reconocimiento, no tendría norma con la que armonizarse y solem- 
nizaría el arbitrio. La moral es reconocimiento práctico de la verdad y una 
especie de veracidad por la cual el hombre se ofrece a sí mismo la verdad: se 


5OR, 18 agosto 1983, como hace otras veces, falsifica en el título el contenido del discurso 
papal: La conciencia moral es el lugar del diálogo de Dios con el hombre. No aparece en 
todo el discurso ni siquiera una vez la palabra diálogo. El Papa enseña, al contrario y con 
fuerza, que la conciencia es el lugar donde el hombre escucha, acepta y obedece la voz de 
Dios: no dialoga, solamente debe escuchar. 

Edward SCHILLEBEECKX, Dios y el hombre. Ensayos teológicos, Ed. Sígueme, Sala- 
manca 1968, cap. 7, C Il, p. 357. 

"AUGUSTO GUZZO (en su revista Filosofía, 1983, pp. 15-18) ha dedicado páginas 
de rara perspicacia y profundidad al carácter de donación del imperativo moral y de la 
consiguiente obediencia del acto moral. 


28.3. La moral de situación como moral de intención. Abelardo 367 


la ofrece, no se la otorga. 

Se dirá que la vida moral es una actividad, más bien la suprema actividad 
del espíritu. También lo digo yo. Pero no es en modo alguno creación de reglas, 
sino aplicación de una regla que está dada y que el hombre sólo tiene que 
recibir. Uno de los pensadores católicos que más altamente reconocieron la 
posición del hombre ante la ley es Rosmini: El principio obligante afecta y liga 
totalmente al sujeto humano; por consiguiente, si este sujeto en su totalidad 
queda afectado y ligado, no hay nada en él que no sea pasivo: no queda en él 
principio activo alguno, es decir, que pueda tener la virtud de obligar (...) El 
hombre es meramente pasivo hacia la ley moral: es un súbdito a quien la ley 
se impone, no es un legislador que la impone por sí mismo? . 

De este modo, la moral de situación resulta incompatible con la ética 
católica. Ésta admite un quid obstaculizante y limitante que preside la con- 
ciencia y ante el cual debe detenerse, por ser un quid inviolable. Tampoco se 
puede hablar de una moral dinámica contrapuesta a una moral estática. 

Si se contempla la ley, la moral es inmóvil. Si se contempla la concien- 
cia, sí que es dinámica, pero porque se actúa en un continuo esfuerzo por 
conformarse y sujetarse a la inmovilidad de la ley. 

La pasividad del hombre moral es una consecuencia de su dependencia 
del Absoluto: en cuanto a su esencia (increada), en cuanto a su existencia 
(que le es dada) y en cuanto a su libertad (que consiste, según Santo Tomás, 
en moverse por sí mismo siendo movido). 

Por tanto, todo el discurso contra la moral de situación se resuelve en la 
afirmación católica de la dependencia de la criatura. 


28.3. La moral de situación como moral de 
intención. Abelardo 


Transfiriendo al sujeto el criterio del juicio además de la facultad de juz- 
gar, y pretendiendo encontrar en la misma situación la justificación del juicio 
que se hace, la moral de situación incluye en la situación al sujeto mismo y 
lo anula. Se sostiene que no se debe hacer ningún juicio abstracto sobre la 
decisión de una persona, sino un juicio histórico, poniéndose en la situación 
concreta en la que se encontraba en el momento de la elección. 

Pero así se confunde a la persona que está en una situación con la situación 
misma, haciendo de todo una unidad; en realidad la persona afronta la 
situación, pero no se identifica con ella. Y eso que se denomina juicio abs- 
tracto es una exigencia de la ley, que no permite ser rebajada ni deshecha, 


8 Principúi della scienza morale, cap. V, art. 2, ed. nac., vol. XXI, p. 170. 


368 28. La moral de situación 


sino que se impone soberanamente: fiat iustitia, pereat mundus: non enim 
peribit sed aedificatur. 


Para hacer un juicio sobre la obligatoriedad es ciertamente necesaria la 
comprensión del caso concreto, es decir, de las circunstancias; y sin embar- 
go, como lo dice la palabra, las circunstancias están alrededor del sujeto 
agente, y no se identifican con él: cambiadas las circunstancias, él permanece 
inmutable, aunque pueda cambiar el juicio. 


Si la exigencia de ponerse en el pellejo de otro se siguiese coherentemente, 
no se podría sino compartir siempre el juicio del agente, ya que nuestro juicio, 
más que recaer sobre la situación, sería producto de ella. 


La moral de situación es afín a la moral de intención, cuyo teórico más 
célebre sigue siendo Abelardo en el libro Scito teipsum. Según él, la cualidad 
moral de la acción deriva de la intención: es decir, del juicio subjetivo hecho 
sobre ella por el agente. Por tanto, se peca haciendo el bien que se considera 
malo, y se adquiere mérito haciendo el mal que se considera bueno. 


La intención misma de quienes crucificaron a Cristo (pone como ejemplo 
Abelardo), que creían hacer el bien, hace bueno su acto; y aparte de la inten- 
ción buena o mala no existe más que la materialidad de una situación, por 
sí misma indiferente. 


Conviene observar que Abelardo no pudo mantener coherentemente el 
subjetivismo, ya que se salía manifiestamente del cuadro de la teología cris- 
tiana. En un pasaje notabilísimo del cap. 12 se desmiente formalmente, ha- 
ciendo caer todo su sistema: Non est itaque bona intentio quia bona videtur, 
sed insuper quía talis est sicut existimatur, cum videlicet illud ad quod tendit 
si Deo placere credit, in hac insuper existimatione sua nequaquam fallitur? . 


La referencia a una ley objetiva dada al hombre es simplemente recibida 
por él e inevitable en toda ética del cristianismo, en la cual no es el hombre, 
sino la idea divina, la medida de todas las cosas. 


Como se desprende de los citados textos del Card. Etchégaray y del P. 
Schillebeeckx, la moral de situación se limita a introducir, callada y subrep- 
ticiamente, el concepto de recta intención. No hay en realidad nada recto ni 
torcido donde la conciencia, solitaria y desligada de toda norma, sea inde- 
pendiente de la ley. 


%Por tanto la intención no es buena porque parezca buena, sino porque además es 
realmente lo que parece: es decir, cuando no se engaña en la estimación que hace de 
aquello a lo que tiende para agradar a Dios. 


28.4. Sobre si la moral católica impide el dinamismo de la conciencia 369 


28.4. Sobre si la moral católica impide el di- 
namismo de la conciencia 


Tampoco esto impide el dinamismo propio de la vida moral. Sigue siendo 
verdad que suae quisque fortunae faber, pero en el único sentido correcto. El 
hombre es causa de su ser bueno o malo, pero no en el sentido de que cree la 
tabla de valores que lo convierten en una cosa u otra. 

En suma, ¿puede decirse que mientras es liberadora de la observancia de 
la legalidad (la moral evangélica) trasplanta al interior del hombre la raíz 
misma de la vida moral? 

Puede decirse, y lo dijo Pablo VI (OR, 17 junio 1971), pero interpretando 
rectamente palabras que fácilmente pueden caer en anfibología. No es posible 
que las raíces de la moral humana estén en el hombre, que no es un ser radical 
y no puede por consiguiente ser raíz de moral. La moral es en realidad un 
orden absoluto y sin embargo el hombre es un ente contingente y relativo, 
ante el cual lo absoluto está presente y se le impone; pero ciertamente no 
tiene en sí mismo sus propias raíces. 

En segundo lugar, no es posible que la ley moral germine en la conciencia, 
porque la conciencia es el yo y la ley es lo otro. La misma palabra conciencia 
anuncia irrefragablemente que no hay con-scientia si el Yo no se siente en 
dualidad con lo otro, y si el hombre no vive la solidaridad con la ley, a la que 
está unido y a la que debe reverencia. 

Se podrá hablar (como habló siempre la teología católica) de fuente pri- 
maria o remota de la moral, que es Dios, y de fuente secundaria o próxima, 
que es la razón humana en la medida en que conoce la ley absoluta. Pero 
entonces la expresión debe entenderse como de una raíz radicada en otro, 
que en suma ya no es una raíz. 


370 28. La moral de situación 


Capítulo 29 


Globalidad y gradualidad 


29.1. La moral de la globalidad 


No creo que la teoría de la vida moral como globalidad y el consiguiente 
desprecio por los actos singulares tenga precedentes en la historia de la moral, 
y es la novedad más sobresaliente de la escuela innovadora. Se desarrolló con 
ocasión del problema de los anticonceptivos en aquellos años de gran incer- 
tidumbre transcurridos entre la decisión del Vaticano II de remitir al Papa la 
definición sobre este punto, y la promulgación de la Humanae Vitae decidien- 
do la disputa en favor de la doctrina tradicional. La nueva doctrina sostiene 
que el significado moral de la vida, y por consiguiente (teológicamente hablan- 
do) el destino eterno del hombre, se desprende del conjunto de sus actos, de 
su coloración general, de su globalidad. No se niega en principio la influencia 
de los actos singulares sobre el valor global (de otro modo, ¿dónde residiría 
la vida moral?), pero se pretende que el valor de una existencia depende 
de la intención general de la voluntad y de una opción fundamental hecha 
orientándose hacia Dios. 

Ya en el Concilio el patriarca Maximos IV y los cardenales Léger, Suenens 
y Alfrink se habían manifestado en favor de una visión global de la vida de 
los cónyuges y dijeron expresamente que se debería prestar menos atención 
a la finalidad procreadora de cada acto conyugal que a la de la vida conyugal 
en su conjunto. 

La tesis de la globalidad se convirtió después en un argumento principal 
del informe de la Comisión pontificia que propuso a Pablo VI definir la licitud 
de los actos anticonceptivos. La idea reza así: Todo acto está ordenado por su 
naturaleza a la procreación, entendida en sentido global * . La contradicción 
no puede esconderse: aquí se dice que cada acto quiere decir lo mismo que 


Vid. en Humanae vitae, Brescia 1968, p. 19. 


3711 


372 29. Globalidad y gradualidad 


cualquier acto. 

Se trata de una cuestión difícil, pero puede decirse que la idea de la 
globalidad moral se desvía de la enseñanza de la Iglesia. Esta ha mantenido 
siempre la puntualidad de la vida moral, haciendo de ella el tema perpetuo 
de su predicación al pueblo cristiano. 

He tenido ocasión de estudiar las predicaciones de los párrocos del valle 
de Blenio (Ticino) hacia la mitad del siglo XIX y he encontrado predicada 
en ellos, sin excepción e insistentemente, la sentencia de la puntualidad: el 
destino del cristiano depende del momento de la muerte. Por otro lado, ni la 
literatura ni la oratoria sagrada conocen en esta materia excepción alguna, 
culminando en Francia con Bossuet, Bourdaloue y Massillon y en Italia con 
la obra maestra de Daniello Bartoli Lúomo al punto. 

Y la universalidad de esta enseñanza es tanto más notable cuanto más 
obvia, racional y popular es la persuasión opuesta de que la calidad moral de 
una existencia debería deducirse de su totalidad. La moral de la globalidad se 
presenta como una derivación de la moral de intención, al poner de manifiesto 
que la opción fundamental (es decir, la intención buena que gobierna todos 
los actos y los orientaría en su conjunto) hace insignificantes por sí mismos 
los actos singulares: ya no son medidos singillatim por la ley, sino que se 
benefician de la bondad general de la intención. Por este motivo la moral de 
la globalidad se convierte en el subjetivismo abelardiano. 


29.2. Puntualidad de la vida moral 


Es ésta una verdad importante y difícil de la religión, paradójica y ofensiva 
para el sentido común. En efecto, parece injusto e irracional que el valor moral 
de un hombre sea juzgado por lo que él es en el momento puntual del juicio, y 
no por toda la duración completa de su vida. Sin embargo, la religión enseña 
que el destino eterno depende del estado moral en el cual se encuentra el 
hombre en el momento de la muerte: no de la continuidad histórica, sino de 
la puntualidad moral en que le encuentra el fin. La sentencia opuesta según 
la cual su destino depende de la comparación de las acciones buenas con 
las malas es atribuida por Segneri a algunos Rabinos, y es común también 
a los Musulmanes, que tienen el mizan (la balanza de los méritos) ? . Pero 
la sentencia de la Iglesia Católica, enseñada en los catecismos, predicada 
en todos los púlpitos y fijada en el decreto dogmático del Concilio II de 
Lyon (DENZINGER, 464), defiende la puntualidad de la vida moral. Rosmini 
(Epist., vol. IV, p. 214) explica con perspicacia una verdad tan difícil: No 
conviene considerar el bien y el mal moral del hombre como dos cantidades 


2Enciclopedia italiana, voz Islamismo. 


29.3. Crítica de la globalidad 373 


que existen simultáneamente, crecen o decrecen, descontándose mutuamente; 
ni creer que la condenación sucede cuando la cantidad de males llegue a un 
término fijado por Dios según su arbitrio y las leyes de su justicia. El hombre 
es bueno o malo en su totalidad. En el hombre bueno no puede haber mal, 
«quia nihil est damnationis in eis qui vere consepulti sunt cum Christo» (cfr. 
Rom. 8, 1). En el hombre malo no puede haber verdaderamente bien, porque 
«quae societas Christi ad Belial?» (cfr. II Cor. 6, 15) Es cierto que en los 
buenos hay pecados veniales, pero éstos no les convierten en malos. 

No ignoro las dificultades planteadas por el sentido común ni las que 
nacen de los mismos textos bíblicos y de la tradición del arte figurativo * , al 
representar el juicio de las almas como una psicostasia. 

Sin embargo la puntualidad de la vida moral está establecida sobre una 
verdad rigurosa de la religión. La moralidad no es una relación del hombre 
con las cosas, con los fines del mundo (como se dice hoy), o con el futuro del 
género humano, sino del hombre con su fin último o, como puede afirmarse 
equivalentemente, con la ley. Ahora bien, el obsequio del hombre ante la ley 
es debido y retribuible en cualquier instante de tiempo independientemente 
de todos los demás. En cada momento de la vida faltan los momentos ya 
consumidos y los futuros, pero no falta jamás esa relación con el fin último 
que exige para sí al hombre entero y no deja ninguna parte que pueda darse 
a lo finito quitándosela a Dios. En esto reside la base de la seriedad de la 
vida. Como se predicó durante todos los siglos cristianos, no puede haber ni 
siquiera un instante para el pecado. 

Todo instante debe ser rescatado (aprovechando bien el tiempo) (Ef. 5, 
16), es decir, colocado en esa relación con lo trascendente fuera de la cual no 
existe sino el no-ser metafísico o moral. 


29.3. Crítica de la globalidad 


Para juzgar la moral de la globalidad conviene tener firme el principio 
metódico aludido en 816.3: cuando una verdad está bien consolidada, es más 


3El sentido común no admite que un hombre sea condenado por una única caída sola- 
mente porque la muerte le llegue en ese momento. Y si el destino moral es puntual, ¿cómo 
deberá entenderse que el hombre responda de todas sus acciones? Parece que debería res- 
ponder solamente de la última. Y, ¿cómo se entenderán el bíblico Has colmado el número 
de tus iniquidades y el Tequel de Dan. 5, 27: has sido pesado en la balanza y hallado falto 
de peso?. El motivo de la balanza es común en las artes figurativas, que no conciben el 
juicio como una puntualidad sino como una suma neta. En favor de la puntualidad está sin 
embargo la justicia humana, cuyos veredictos se fundan sobre el principio de la puntuali- 
dad: por el acto de un solo momento el asesino es privado de la libertad y a veces de la 
vida. 


374 29. Globalidad y gradualidad 


fuerte que todas las objeciones posibles sobre puntos particulares. 


El carácter absoluto de la obligación moral (impuesta en todo instante 
de tiempo) hace que cada momento sea debido al obsequio de lo absoluto, 
sin que su significado pueda sufrir alteración a causa de los otros momentos. 
Sin embargo, además de chocar contra una verdad consolidada, la moral de 
la globalidad padece y sucumbe ante otras dificultades. Si la globalidad se 
deduce de la suma de los actos buenos y malos, ¿cómo se conoce si un acto 
es bueno o malo, si su valor deriva de su globalidad y ésta a su vez del valor 
del acto? ¿No debe el acto singular tener previamente un valor para poder 
entrar con él en la suma? Pero el sistema de la globalidad sucumbe ante otra 
dificultad más grave e invencible. 


Se pretende que la moralidad del hombre depende del conjunto de sus 
actos. Ahora bien, ¿cómo conocer este conjunto si incluye al futuro, por 
sí mismo incognoscible? ¿Como puedo hic et nunc desviarme de la ley con el 
presente acto apoyándome sobre la globalidad, si no conozco el tiempo futuro 
que podré integrar en mi globalidad? 


Podré juzgar de una vida en su conjunto cuando esté considerada en la 
totalidad de sus actos consumados, pero no podré jamás regularme en mis 
elecciones sobre una totalidad que incluye otros actos futuros inciertos o 
incognoscibles. 


La globalidad no puede proporcionar un criterio con el cual dirigirme en 
la presente elección, porque la presente elección implicaría ni más ni menos 
el conocimiento de mi propio futuro. Considérese en qué se convertiría la 
fidelidad conyugal si un momento de infidelidad pudiese compensarse con 
un incierto momento de futura fidelidad; o en qué se convertiría la honesti- 
dad mercantil si el fraude de hoy pudiese compensarse con la justicia de un 
mañana incierto. Por no mencionar que la intención actual de hacer el mal 
es incompatible con la intención de arrepentirse y reparar. 


La moral de la globalidad destruye el orden de la moralidad consistente en 
una relación con lo absoluto propia de todo momento temporal; pero destruye 
a la vez el orden mismo del tiempo. En efecto, supone contradictoriamente 
que el tiempo es y no es la suma de los momentos: lo es en cuanto la globalidad 
está integrada por ellos y consiste precisamente su conjunto; pero no puede 
serlo, porque para obtener la suma es preciso el último sumando, todavía 
desconocido por ignorarse el futuro. ¿Cómo puede hacerse una suma sin 
saldar la cuenta? 


29.4. La moral de gradualidad 375 


29.4. La moral de gradualidad 


La moral de la gradualidad es afín a la moral de situación y a la de globa- 
lidad, porque sintetiza el error de ambas. El sistema de la situación anula el 
imperio de la ley, y el de la globalidad anula el valor de los actos singulares. 
El sistema de la gradualidad, planteado en el Sínodo de Obispos de 1980, 
sostiene que la exigencia del mandamiento moral se impone gradualmente; 
confunde la gradualidad de la respuesta real del hombre con la gradualidad 
del mandamiento mismo. Á causa de su carácter absoluto, éste exige una 
reverencia total, aunque la voluntad que le responde esté enferma y a menudo 
tienda hacia el fin sin saber mantenerse firme hasta alcanzarlo. 

La gradualidad del mandamiento ataca al inmóvil orden ideal; la gradua- 
idad de la respuesta tiene un carácter psicológico y refleja la versatilidad de 
la voluntad. Ésta fue siempre reconocida en la ética y la ascética de la Iglesia. 

El serpentear de la desviación doctrinal hasta llegar a la jerarquía indujo 
a Juan Pablo II a un claro reencauzamiento: la gradualidad es un hecho, no 
una norma con la que guiar la conciencia: No se puede aceptar un proceso 
de gradualidad más que en el caso de quien observa la ley divina con ánimo 
sincero. Por tanto la llamada ley de la gradualidad no puede identificarse 
con la gradualidad de la ley, como si existiesen grados y formas diversas del 
precepto de la ley divina para hombres y situaciones diferentes (OR, 27-28 de 
octubre de 1980). Como es manifiesto por la condena del Papa, la teoría de la 
egradualidad introduce en la ley divina la progresividad, que existe solamente 
en el devenir moral del hombre. 


376 29. Globalidad y gradualidad 


Capítulo 30 


La autonomía de los valores 


30.1. Teleología antropocéntrica de Gaudium 
et Spes, 12 y 24 


Todas estas desviaciones de la moral responden a la exigencia antropocéntri- 
ca del mundo moderno, que sustituye la idea divina reguladora del mundo 
por la idea del hombre autorregulador. La tendencia antropocéntrica da ori- 
gen a la técnica, y considera que el hombre es la finalidad del mundo y el 
deber del género humano consiste en el dominio de la realidad mundana. Esta 
teleología encuentra acogida en algunos pasajes del Vaticano II. La consti- 
tución pastoral Gaudium et spes 12 se expresa en estos términos: Secundum 
credentium et non credentium fere concordem sententiam omnia quae in te- 
rra sunt ad hominem tamquam ad centrum suum et culmen ordinanda sunt 
! . Y más teológicamente, afirma en 24 que el hombre in terris sola crea- 
tura est quam Deus propter seipsam voluerit ? . Resulta demasiado ingenuo 
afirmar que creyentes y no creyentes coinciden en reconocer que el mun- 
do debe ordenarse al hombre, pues las filosofías pesimistas (desde Lucrecio a 
Schopenhauer) han negado ese finalismo antropocéntrico, y grandísima parte 
de la ciencia moderna rechaza toda teleología. E incluso restringido al mun- 
do terrestre, el finalismo antropocéntrico fue atacado también por todas las 
filosofías mecanicistas. Es memorable el pasaje de Lucrecio (De rer. nat. V, 
195-234) pintando al hombre como un ser infeliz expulsado con espasmos 


Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes 
de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos 

2... es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma. La traducción 
italiana habitual traduce erróneamente por sí mismo, cambiando el sentido y anulando la 
variación en la doctrina. Juan Pablo II citó el texto latino en un discurso sobre el amor 
conyugal (OR, 17 de enero de 1980). 


317 


378 30. La autonomía de los valores 


de la madre sobre la playa de la luz, como un naufragio indigus omni/vitali 
auxilio, constreñido a vivir entre una mortaja de fuego y una mortaja de 
hielo sobre la faz de la tierra, que le ignora completamente. 


30.2. Crítica de la teleología antropocéntrica. 
Prov. 16,4 


Pero si el concepto antropocéntrico puede en cierto modo tolerarse en la 
Antigúedad, cuando se consideraba al universo como algo finito y cerrado en 
esferas numeradas, resulta hoy insostenible cuando sabemos que el universo 
es infinito en todos los sentidos y excede ilimitadamente en el espacio y en el 
tiempo al lucreciano homullus infinitesimal. La ciencia moderna, que rompe el 
lucreciano moenia mundi y expande hasta el infinito los límites de lo creado, 
hace aún más frágil la visión antropocéntrica adoptada por el Concilio, según 
la cual el universo está hecho para el hombre. No puede ser así, porque el 
universo excede infinitamente al hombre. 

Si se estudia la razón del exceso infinito del mundo y el resto del Universo 
sobre nuestra breve entidad, se puede decir ciertamente que esa inmensidad 
del universo se le ha dado al hombre para que reflexione sobre ella y reconozca 
su relativa infinidad (es el argumento pascaliano del roseau pensant). 

No debe negarse sin embargo que es precisamente en cuanto cognoscible y 
no conocido como el mundo excede de la pequeña entidad del hombre, tanto 
macroscópica como microscópicamente. Se debe por consiguiente tener claro 
que esa grandiosidad del universo respecto al hombre tiene lugar precisamente 
para manifestar la infinidad de Dios, y no la insubsistente infinidad del hom- 
bre. Pero aparte de este argumento cosmológico, la centralidad finalística 
del hombre en la creación está excluida por la teología. La afirmación del 
hombre como única criatura querida por Dios por sí misma parece desmentir 
el solemne pasaje de Prov. 16, 4: Universa propter semetipsum operatus est 
Dominus * . 

Es imposible que la voluntad divina tenga por objeto otra cosa distinta de 
su propia bondad, pues las bondades finitas solamente subsisten gracias a la 
Bondad Infinita, y tampoco puede el infinito salir de sí mismo enajenándose 
o apeteciendo lo finito. En realidad, como enseña Santo Tomás, Dios quiere 
las cosas finitas en cuanto se quiere a sí mismo como creador de ellas: Sic 
igitur Deus vult se et alia sed se ut finem, alta ad finem (Summa theol. 1, 
q. 19, a.2). Por consiguiente quiere las cosas finitas por sí mismo, no por 
sí mismas: no puede el finito ser el fin de lo infinito, ni la divina voluntad ser 


Todo ha hecho Yahveh para su fin 


30.3. La autonomía de los valores mundanos 379 


atraída por lo finito y pasiva respecto a él. Las cosas son creadas por Dios 
porque son amables, pero son amables porque son queridas por Dios con su 
amabilidad (Summa theol I, q. 20, a. 2). Del mismo modo que Dios conoce 
las cosas fuera de sí mismo conociéndose a sí mismo, así Él quiere las otras 
cosas queriéndose a sí mismo. 

Por tanto, la centralidad finalística del hombre resulta adecuada al espíritu 
de la humanidad contemporánea, pero no tiene fundamento alguno en la reli- 
gión (totalmente ordenada a Dios y no al hombre). El hombre no es un fin en 
sí mismo, sino un fin secundario y ad aliud, por debajo del señorío de Dios, 
fin universal de la Creación. 


30.3. La autonomía de los valores mundanos 


La negación de la finalidad teocéntrica de todas las criaturas conduce 
a la autonomía de los valores mundanos, y elide la soberanía teleológica y 
protológica del ser divino, que restringe cualquier autonomía. 

Excluye igualmente el fin sobrenatural, que según la fe es el hombre- 
Dios: ya sea considerando a Cristo (como hacen los tomistas) término de 
predestinación después de previsto el pecado, ya sea considerándole (como 
los escotistas) fin absoluto de la creación a priori del pecado. 

Ninguna criatura es por sí misma: ni ontológicamente, pues solamente 
Dios es ens per se, ni teleológicamente, al tener todos los entes finitos por fin 
último a Dios. Sin embargo el decreto conciliar Apostolicam actuositatem 7, 
enseña que las cosas del mundo non solum subsidia sunt ad finem ultimum 
hominis, sed et proprium habent valores a Deo eis imsitum, sive in seipsis 
consideratae, sive ut partes universi ordinis temporalis * . Su valor no recibe 
una particular dignidad de su relación con el fin último, que es la gloria de 
Dios, sino como dice el Concilio ex speciali relatione cum persona humana, 
in cuius servitium sunt creata? . Verdaderamente todo se reasume en Cristo, 
que prevalece en todo (Col. 1, 18); pero esto non privat ordinem temporalem 
sua autonomia... sed potius perficit * . 

Ahora bien, ni el hombre ni el mundo pueden ser el fin del hombre, porque 
ni uno ni otro fueron el fin que tuvo Dios al crearlos: Dios se tuvo como 
fin a sí mismo. Teología y sentido religioso pensaron siempre en los valores 
temporales como súbditos que sirven instrumentalmente ” a la virtud. 


4. no solamente son subsidios para el último fin del hombre, sino que tienen un valor 
propio, que Dios les ha dado, considerados en sí mismos, o como partes del orden temporal 
5... de su relación con la persona humana, para cuyo servicio fueron creadas 
6. no priva al orden temporal de su autonomía (...) sino que más bien lo perfecciona 


T«Cooperative» y «organice» son los términos usados por Santo Tomás en el comentario 
Pp y Pp 


380 30. La autonomía de los valores 


Su sentido deriva del fin último para el cual todo ha sido hecho, no de 
ellos mismos. Por tanto, como lo proclama Pablo VI (OR, 6 de marzo de 
1969), en esta cuestión el Concilio ha precisado, profundizado y alargado 
considerablemente esta visión (del mundo). Ello exige que también nosotros 
modifiquemos bastante muestro juicio y nuestra actitud con respecto al mun- 
do. Por otra parte Juan Pablo II, en el discurso ante la UNESCO en 1980 
declara: Es preciso afirmar al hombre por sí mismo y no por ningún otro mo- 
tivo o razón: únicamente por sí mismo. Más aún, es preciso amar al hombre 
porque es hombre, es preciso reivindicar el amor por el hombre en razón de 
la dignidad particular que posee (RI, 1980, p. 566). 

Las palabras del Pontífice ciertamente se resienten de las consideraciones 
que se le imponían dirigiéndose a una asamblea de inspiración puramente 
humanista e irreligiosa, y quizá también se componen del paulino factus om- 
nia omnibus. Deben además ser contrapesadas con la afirmación explícita de 
la encíclica Redemptor hominis: Christus est centrum universi et historiae. 
Pero este espinoso punto requiere una profundización. 


30.4. El sentido auténtico de la autonomía 
natural 


El sentido auténtico de la autonomía natural. Amabilidad y falta 
de amabilidad del hombre 

La cuestión de la autonomía del orden creado es más metafísica que reli- 
giosa. Todo ente finito es por esencia dependiente: ni autónomo, ni indepen- 
diente. Por otra parte, su existencia es propiamente suya (inconfundible con 
la del Creador que se la otorga), y su acción es propiamente suya (incon- 
fundible con la de Dios, que le da la capacidad de obrar). 

Por lo tanto la acción calorífica del sol es verdaderamente acción calorífica 
del sol y no acción de Dios que calienta en el sol, como planteaban ciertos 
filósofos árabes. 

El acto libre de la voluntad es verdaderamente acto de la voluntad libre, 
y no acto de Dios. Cada cosa creada tiene un ser verdaderamente propio, 
una acción verdaderamente propia, y leyes verdaderamente propias: no es un 
fenómeno de un único ente o una acción de un único agente (el divino). Pero 
a pesar de esto, ninguna existencia es propiamente autónoma, al depender 
todas ellas en cualquier momento del influjo divino; y ningún acto libre es 
propiamente autónomo, ya que según la fórmula de Santo Tomás es movido 
por Dios a moverse por sí mismo. 


a la Ética a Nicomaco, lib. 1, lecc. XV. 


30.4. El sentido auténtico de la autonomía natural 381 


Sin embargo, toda esta realidad y toda esta acción de las criaturas están 
en un orden radicalmente dependiente. Resultan en esto chocantes, y no sólo 
desde un punto de vista teológico, las célebres palabras de II Cor. 3, 5: non 
quod sufficientes simus cogitare aliquid a nobis, quasi ex nobis, sed sufficientia 
nostra ex Deo est? . La autonomía de los valores humanos es una autonomía 
interna en el orden creado, pero el orden creado es dependiente e impide toda 
independencia primaria, originaria y absoluta de esos valores. 

De la autonomía del orden creado se llega directamente a la idea del 
hombre digno por sí mismo de amor. La afirmación se compadece mal con 
la doctrina católica, que enseña cómo el amor al prójimo tiene su motivo 
auténtico en el amor a Dios. 

Todas las fórmulas de los actos de caridad frecuentados por el pueblo 
cristiano hasta el Vaticano II suponen que Dios debe ser amado por sí mismo 
y en grado sumo, y el prójimo por amor a Dios. Esta motivación del amor 
al prójimo no aparece sin embargo en los documentos del Concilio ? . El 
precepto de amar al hombre estaba conectado en la doctrina de la Iglesia 
con el precepto de amar a Dios, pero es secundario respecto a éste y se 
le denomina simile a él (Mat. 22, 39). El amor a Dios es absolutamente 
primordial, y prescribe la forma del amor al prójimo. No es por tanto posible 
esa forma de filantropía pura antepuesta hoy a la filantropía por amor a Dios, 
supuestamente viciada por una vena utilitaria. 

Pero, ¿por qué se dice que el precepto del amor al prójimo es simile al del 
amor de Dios? Por dos motivos. 

Primero, porque a causa de la semejanza del hombre con Dios, amando 
al hombre se ama a Dios en el hombre. 

Segundo, porque cuando se ama al prójimo, amado por Dios, se ama esa 
voluntad divina que le ama: es decir, se ama a Dios. 

En la doctrina católica es imposible encontrar en el hombre una amabili- 
dad que no sea influjo y reflejo del amor de Dios a su criatura. Es imposible 
amar al hombre por sí mismo, separadamente del amor a Dios. Las cualidades 
que se encuentran en una persona podrán influir secundariamente (aunque 
en modo importante) sobre el amor que se le debe, y por ello se ama más 
a una madre que a un extraño; pero no son el motivo del amor que le es 
debido según el precepto nuevo del Evangelio. El hombre debe ser amado 
por el hombre porque es amado por Dios, lo cual implica que es Dios quien 
le hace amable. 

Por otro lado, ¿cómo podría ser amado por sí mismo un ente inexistente 


$No porque seamos capaces por nosotros mismos de pensar cosa alguna como propia 
nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios 

%Lo toca sin embargo Pablo VI en el discurso de apertura y en el de clausura del IV 
periodo. Pero en ellos el amor del prójimo es puesto como condición del amor de Dios. 


382 30. La autonomía de los valores 


por sí mismo? Las muchas razones sobre las cuales se fundamenta el precepto 
del amor al prójimo, tan diversamente elaboradas por los Padres, se resuelven 
en una razón absoluta: el amor a Dios. 

Amando a Dios, que no odia nada de cuanto hace, se ama todo aquello 
amado por Él. Así, la filantropía es una extensión de la filotea y los dos 
amores se confunden; no en el sentido de una confusión panteísta, sino porque 
el amor del hombre está contenido en el amor de Dios, por ser el hombre cosa 
de Dios (tanto por título de creación como por título de redención). Santo 
Tomás enseña explícitamente que es idéntico el amor con que amamos a Dios 
y al prójimo: Eadem caritas est qua diligimus Deum et proximos (Summa 
theol. II, II, q. 103, a. 3 ad secundum) !* . 

La insistencia de la teología postconciliar sobre la amabilidad y dignidad 
del hombre, aparte de ofender el sentido que los hombres tienen de la miseria 
propia de una criatura herida y caída, roba a la filantropía su verdadera base: 
el destino del hombre a lo absoluto y el origen divino de la axiología humana 
en todo su abanico. Y como lo demuestran los hechos, separar la dignidad del 
hombre de su base religiosa debilita la reivindicación de esa misma dignidad, 
convirtiéndola en una verdad aislada y carente de apoyos. 


30.5. Donde se resuelve una objeción 


La concepción ptolemaica que pone al hombre como fin del hombre y como 
fin para sí mismo parece sufragada por la idea primaria de la religión cristiana, 
según la cual Dios propter nos homines et propter nostram salutem descendit 
de caelis et incarnatus est. De tal modo lo divino se pone en movimiento por 
lo humano. ¿Cómo entonces no se movilizará el hombre por lo humano? 

Son conocidas las dos opiniones opuestas acerca de la finalidad de la 
Encarnación. Según Santo Tomás, el Verbo se ha encarnado para rescatar al 
género humano después del pecado: por lo cual si Adán no hubiese pecado, 
el Verbo no se habría hecho hombre. 

Para Duns Scoto, en cambio, la Encarnación cumple el designio de Dios de 
comunicarse en toda la amplitud de su comunicabilidad: por lo cual, incluso 
si Adán no hubiese pecado, el Verbo se habría igualmente hecho hombre para 
comunicarse al hombre en toda su comunicabilidad (aquélla por la cual del 
mismo sujeto se dice a la vez que es hombre y que es Dios). Por consiguiente, 
parece como si en la doctrina de Santo Tomás el fin de Dios fuese el hom- 
bre tomado como un fin en sí mismo, al cual Dios libremente se subordina 


lEste pensamiento es habitual en la ascética. Por ejemplo ROSMINI, Epistolario 
ascético, vol. TI, p. 178 (Roma 1912): En estos ejercicios de la caridad hacia el próji- 
mo es donde con más seguridad se ejercita y se manifiesta la caridad hacia Dios 


30.5. Donde se resuelve una objeción 383 


haciéndose siervo para salvarlo. Si Dios se hace hombre para el hombre, ¿no 
podrá el hombre tomar al hombre como fin y amarlo por sí mismo? 

Y sin embargo el antropocentrismo es incompatible con el sistema católi- 
co, para el cual sólo existe un centro de la realidad universal: Dios contem- 
plado en su trascendencia. 

Ciertamente se puede decir que el hombre es la síntesis de todas las criatu- 
ras y como tal tiene primacía en el orden creado y aparece en su centro. Más 
aún, se puede decir que Cristo es la síntesis de todos los seres, comprendido 
el ser infinito ** . 

Pero la verdad preeminente que impide todo antropocentrismo es que 
el fin primario de Cristo en su pasión no fue salvar a los hombres (ése es 
el fin secundario), sino satisfacer a la divina justicia por la ofensa hecha 
por el hombre y así restaurar el honor divino. Solamente gracias al título 
conquistado ante el Padre con dicha satisfacción se convierte Cristo en Señor 
del género humano y se vale de tal señorío para salvarlo. Pero en todo esto 
Él amaba aún más la voluntad del Padre que a sus hermanos mismos *? . Tal 
posición subordinada del amor del hombre en el proceso de la Encarnación es 
patente en toda la liturgia: ésta no es en modo alguno antropocéntrica, sino 
cristocéntrica, y no tiene por término último a Cristo, sino al Padre (pues es 
a Éste, y no al Hijo, a quien se ofrece el sacrificio). 

En conclusión, la filantropía puramente humanista no es compatible con 
la religión. El hombre no es una criatura querida por Dios por sí misma, sino 
por sí mismo. 


“Por lo cual dice San BUENAVENTURA: Assumpto humanae naturae plus fecti ad 
perfectionem universi quam angelicae, In III Sent. dist. 11, art. I, q. 2. 

12Es la doctrina de ROSMIMI, Filosofia del diritto, Trattato della societá teocratica $620 
y ss., p. 884 del vol. XXXVIII de la edic. nac. Esta doctrina refuta también las aporías 
inherentes a la cuestión del número de los elegidos, en tiempos vivamente debatida: el fin 
de la Redención es alcanzado cualquiera que sea el número de los que se salvan, habiendo 
sido reparada por Cristo, para cualquier número, la ofensa hecha al Padre. 


384 30. La autonomía de los valores 


Capítulo 31 


Trabajo, técnica y 
contemplación 


31.1. Antropocentrismo y técnica. El trabajo 
como dominio de la tierra y como cas- 
tigo 


La técnica moderna es específicamente distinta de la técnica del mun- 
do grecorromano, al estar constituida esencialmente por el saber exacto y 
por la máquina, que los inventores alejandrinos de la mecánica no quisieron 
aplicar a la producción de bienes económicos (asignada entonces enteramente 
al trabajo servil). 

La idea de la producción estuvo durante milenios unida a las de fatiga 
(significa equivalentemente fatiga y trabajo) y penalidad (el bíblico sudor de 
la frente). La separación de las dos ideas, con la tendencia hacia la eliminación 
de la fatiga, es el ideal perseguido por el progreso civil actual. La teología 
moderna ha iluminado más que toda la antigua el problema del trabajo, 
impuesto por la enorme exaltación de la máquina, prácticamente desconocida 
para el mundo antiguo. 

La máquina (entendida en primer lugar como auxilio de la humana in- 
dustria) va poco a poco reduciendo la fatiga humana y tiende a anularla. 
El auxilio que presta al hombre moderno no es solamente un plus de fuerza 
añadido a la del hombre, sino también una fuerza que la sustituye. 

En el concepto católico del trabajo extraído de la protohistoria del Génesis 
están contenidas dos ideas: el dominio sobre la naturaleza y la fatiga, penali- 
dad infligida al pecado y medicina para el pecado. La primera de estas dos 
ideas ha sido sobremanera desarrollada por la teología postconciliar, haciendo 


389 


386 31. Trabajo, técnica y contemplación 


de la vocación a dominar la tierra un deber primario del género humano y 
una forma de la obediencia religiosa debida a Dios: replete terram et subiicite 
eam (Gén. 1, 28). 

La exaltación del carácter religioso de dicha dominación de la tierra llega 
hasta considerarla como un deber y como cooperación y perfeccionamiento 
de la obra creadora de Dios (cuando no una corrección de ella) * . Esta 
dominación a la que el hombre fue llamado antes del pecado no fue abrogada 
después del pecado, sino que adquirió un carácter de penalidad. Persiste por 
consiguiente la finalidad transformadora de la naturaleza promulgada en la 
institución primitiva, pero no cabe en modo alguno la glorificación del trabajo 
realizada por la sociedad contemporánea. 

Esta glorificación es realmente contradictoria: mientras que las Constitu- 
ciones nuevas o renovadas de los Estados fundan el consorcio civil sobre el 
trabajo ? , toda la obra social del Estado propende a su reducción * , es decir, 
a restringir su propio fundamento. 


31.2. La técnica moderna. La manipulación 
genética 


La técnica como dominio y transformación de la naturaleza está uni- 
versalmente reconocida como el principio informante de la civilización con- 
temporánea. Es la baconiana terminorum humani imperúi prolatio ad omne 
possible * . Cuando la técnica nació de la magia rompiendo su grueso cas- 
carón, Bacon y Campanella esperaban la producción artificial de la lluvia, 
carros volantes ad instar avium, la inversión del sexo, la creación de nuevas 
especies vegetales, y sustancias sintéticas que eliminasen el hambre y la sed. 

Únicamente no se arriesgaban con la fabricación del hombre por vía 
mecánica, habiendo comprendido bien que si la máquina llegara a tener con- 
ciencia, se vería a sí misma como una máquina, y no como un hombre. 

Como señala el Vaticano II en Gaudium et Spes 5, la técnica moderna 
está transformando la faz de la tierra y haciendo realidad los pronósticos 


"El concepto es nuevo y no se encuentra, por ejemplo, en el Codice sociale elaborado 
por la Unión internacional de estudios sociales (Rovigo 1927). 

2Por ejemplo, la Constitución de la República italiana, en el art. 1: Italia es una Repúbli- 
ca fundada sobre el trabajo. 

“LECH WALESA, entonces jefe de los sindicatos polacos independientes, en una en- 
trevista televisiva de abril de 1981 en la TV italiana, declaró expresamente: Yo, como 
trabajador, desearía trabajar lo menos posible. 

1Ensanchar los límites del dominio del hombre dilatándolo todo lo posible (Nova At- 
lantis, en Opera latine reddita, Londinii 1638, t. 1, p. 375). 


31.2. La técnica moderna. La manipulación genética 387 


intelectuales o fantásticos del Renacimiento. Incluso la producción de lluvia 
artificial está hoy atestiguada por la convención del 18 de mayo de 1977 
entre EEUU y la URSS para la renuncia a la guerra meteorológica (practicada 
durante la guerra del Vietnam, haciendo impracticable la pista Ho Chi-minh) 
5 

Gracias al aumento ilimitado de la potencia atómica resulta verosímil la 
hipótesis de terremotos artificiales y la colonización de la Luna (ya formu- 
lada por Kepler). Así como la grandeza del efecto es función solamente de 
la progresión de los medios, resulta una hipótesis verosímil incluso la de de- 
clinar o inclinar el eje terrestre con cargas potentes, mutando así los climas 
y verificando la hipótesis imaginada por Dante en Par. X, 19-21: Y si de la 
perpendicular se alejase más o menos, / mucho faltaría arriba y abajo / al 
orden del universo. 


Se superan así las maravillas soñadas por los renacentistas, que en sus 
escritos de dignitate et potentia hominis veían en el relámpago azulado del 
fusil la imitación del rayo y en los milagroides de esa técnica joven la prueba 
de la grandeza del hombre: ¡Oh, cómo se rompen las leyes! ¡Que un simple 
gusano sea / rey, epílogo, armonía, / fin de todas las cosas! * . 


Pero el significado de la glorificación de la técnica se evidencia tanto más 
cuanto más elevada es la naturaleza que resulta transformada. Esto se ve 
hoy día en los intentos de manipulación de la genética humana, en la insemi- 
nación artificial, en la concepción in vitro, en los métodos anticonceptivos, 
en la proyectada producción de tipos humanos superiores (los alpha plus de 
Huxley). 


En general se confía a la técnica la misión de conducir a los hombres 
a la racionalidad y por este medio a la felicidad, misión que los poderosos 
movimientos inspirados por el marxismo se atribuyeron mirando a una ecu- 
mene terrena. La racionalidad que los informa no es la religiosa o teotrópica, 
sino la científica y antropotrópica de una absoluta citerioridad o Diesseit- 
¿gkett. 

Puede verse por ejemplo en la obra del célebre convertido Alexis Carrel, 
que preconiza un esfuerzo de concentración científica que a partir de niños 
normales permita formar grandes hombres (al modo en que mediante una 
técnica instintiva las abejas forman a la reina a partir de las obreras súper 
nutridas). Pero la débil fantasía científica del hombre moderno queda muy 
por detrás del ímpetu poético de la campanelliana Cantica sobre la potencia 
del hombre. 


Science et vie, n. 719, agosto 1977, artículo de O. DISCH. 
SCAMPANELLA, Poesie, Bari 1915, De la possanza de l'uomo, p. 172. 


388 31. Trabajo, técnica y contemplación 


31.3. La llegada del hombre a la Luna 


La llegada del hombre a la Luna. Falsedad de su interpretación 
religiosa 

La exaltación de la técnica llegó a su ápice con la llegada a la Luna de los 
astronautas norteamericanos el 20 de julio de 1969. Ciertamente el evento 
era memorable, pero no podía dignificarse como un hecho significativo de 
la religión. Que fue una gesta totalmente profana se desprende inmediata- 
mente de su confrontación con los grandes descubrimientos del pasado. Colón 
navegó al Nuevo Mundo con la Santa María, y las ciudades fundadas por los 
conquistadores se llamaron Asunción, Santa Cruz, San Pablo, San Salvador: 
la empresa era cristofórica. 

En 1969 las naves y los cohetes que surcaban el espacio estaban dedicadas 
a deidades gentiles (Apolo, Venus o Saturno), despegaban sin bendición pre- 
via, y dejaban sobre la Luna la bandera de los Estados Unidos y una placa 
con contenido profano ” . 

No obstante el carácter profano de la empresa, en el mensaje con el que 
rindió honores a los astronautas Pablo VI cita el Salmo 18 Caeli enarrant 
gloriam Dei y atribuye a la gesta un sentido religioso, aduciendo que Dios 
qui tantam praestitit hominibus virtutem. Pero ese Salmo dice que las cosas 
de la naturaleza cantan la gloria de Dios independientemente del hombre. 
Además, para ser religioso, el ejercicio de la potencia recibida de Dios debe 
ser conscientemente reconocido como venido de Dios, mientras que en este 
caso sólo se le reconoce al hombre. 

A pesar del carácter manifiestamente profano de la conquista de la Luna, 
el OR del 24 de julio, en un artículo de su vicedirector, le atribuía forzada- 
mente un significado religioso $ proclamando que la demostración de las ca- 
pacidades científicas y técnicas del hombre ha sido también un gran acontec- 
imiento religioso, por no decir cristiano. 

Después, dándose cuenta de que había traspasado los límites de lo verosímil, 
concluyó: Aunque los primeros exploradores lunares no han clavado material- 
mente la Cruz en el suelo de la nueva conquista, espiritualmente sí lo han 
hecho. Distinción en este caso falaz, porque la religiosidad exige una expre- 
sión en signos sensibles (y la cruz es en el Cristianismo el protosigno), o de 
otro modo se convierte en meras palabras por medio de las cuales se puede 


7 Aquí han puesto pie por primera vez hombres de la Tierra. Julio 1969, A.D. Hemos 
venido en paz en nombre de todos los hombres. El único rasgo de religión está en las siglas 
de la fecha. 

8 También Guido ACETI, teólogo de la Universidad Católica de Milán, entrevistado en 
Europeo del 27 de julio, replicaba a quien le oponía la religiosidad de Colón comparada 
con la actual que la presencia del hombre en el universo es presencia de Cristo. 


31.4. Nuevo concepto del trabajo. La encíclica Laborem exercens 389 


sustituir cualquier cosa por cualquier cosa. Los Mahometanos podrían con 
razón sostener que los astronautas plantaron la Media Luna. 

Aún más eufórico es el escrito del padre Gino Concetti en OR del 25 de 
julio, donde se lee: Jamás como en esta empresa maravillosa ha resplandecido 
tanto en toda su grandeza la imagen divina esculpida por el Creador en la 
naturaleza humana. 

O estas afirmaciones son de un circiterismo poético lejano de la exactitud 
teológica, o constituyen una desviación del pensamiento católico. Según la 
religión de Cristo, desde un punto de vista natural la excelencia de la imagen 
divina refulge en el hombre en la virtud moral; y desde un punto de vista 
sobrenatural, en la santidad. Solamente ésta es una cosa buena en sí misma 
y para el prójimo. 

El ápice de la perfección no está en la conquista del universo, ni en la 
baconiana prolatio ad omne possibile, ni en ninguna cosa versátil al bien 
y al mal, como la técnica, sino solamente en el heroísmo moral en el cual 
la imagen divina (cuius ad instar está hecho el hombre) celebra las opera- 
ciones deiformes y triniformes. Esa evidencia de la imagen divina que el padre 
Concetti reconoce en las grandezas de la técnica, la teología católica la ha 
reconocido solamente en la humanidad del hombre-Dios (en el cual la técnica 
no tuvo ninguna parte), y secundariamente en el heroísmo de la virtud. No 
es que las obras de la técnica no tengan valor y no deban celebrarse al igual 
que cualquier operación del hombre dirigida hacia su fin último, sino que no 
son valores que deban celebrarse como los más elevados. 


31.4. Nuevo concepto del trabajo. La encícli- 
ca Laborem exercens 


La doctrina del trabajo ha sufrido variaciones importantes en el pen- 
samiento postconciliar ? . 

Estas variaciones se manifiestan sobre tres puntos y se refieren todas a la 
tendencia antropocéntrica y subjetivista. 

En primer lugar el trabajo, que era considerado una virtud especial, lla- 
mada solercia, ejercicio o industria, se contempla ahora como la categoría 
general de la actividad moral, gracias a la cual el hombre cumple su ofi- 
cio principal: dominar la tierra y perfeccionar la creación. El Concilio, en 
Gaudium et Spes 67, enseña: Labore suo homo... potest creationi divinae per- 


“La encíclica Laborem exercens del 17 de septiembre de 1981, en el n. 2, declara pre- 
cisamente que deben reencontrarse nuevos significados y nuevos cometidos del trabajo 
humano. 


390 31. Trabajo, técnica y contemplación 


ficiendae sociam operam praebere. Immo per laborem Deo oblatum tenemus 
hominem ipsi redemptionis operi lesu Christi consociari *” , qui praeeccellen- 
tem labori detulit dignitatem, cum in Nazareth propriiss manibus operaretur 
11 

Con un osado argumento teológico, se llega a decir que con el triunfo de la 
técnica se comienza a manifestar su propia semejanza con Dios, perdida con 
el pecado original 2 . La categoría del trabajo se convierte por consiguiente 
en la forma general de la moralidad en un doble nuevo significado: primero, el 
trabajo es el fin del hombre en la institución primitiva; segundo, es el medio 
universal con el cual el hombre realiza creativamente su personalidad. 

En cuanto al primer punto, conviene observar que el destino del hombre 
al dominio de la tierra mediante el trabajo es propiamente suyo en el sistema 
primitivo (el del Viejo Testamento), que se extendía en una prospectiva emi- 
nentemente terrena, sentía débilmente la vida ultramundana, y daba a la 
virtud y la religión una recompensa temporal: Si queréis y si me escucháis, 
comeréis de lo mejor de la tierra (Is. 1, 19). Este destino completamente 
temporal es sobrepasado en el orden de la gracia anunciado por el Nuevo 
Testamento, respecto al cual la presente exaltación del trabajo aparece como 
un movimiento regresivo. 

No hay vestigio de exaltación del trabajo en la predicación de Cristo, que 
eleva toda su prospectiva al reino de los cielos. Es cierto que éste germina en 
el mundo mediante el mérito moral, pero trasciende todo lo que el corazón 
mortal puede concebir: en su confrontación con las cosas del mundo son 


purgamentum atque peripsema (la basura del mundo y el desecho de todos) 
(cfr. 1 Cor. 4, 13). 


10En la citada encíclica la afirmación está atemperada por quodam modo. Ver también 
el discurso en OR, 17 mayo 1981. 

l1Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de subsistencia; por él el 
hombre se relaciona con sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar una verdadera 
caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creación divina. No sólo ésto. Estamos 
persuadidos de que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la obra 
redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con 
sus propias manos en Nazaret. 

12Son palabras del rector de la Lateranense en Lavoro (órgano de los sindicatos cristiano- 
sociales ticineses, 19-12-1969). Lo que compete a la gracia se transfiere aquí a la técnica. 
La intemperancia del entusiasmo exegético por Laborem exercens es máxima en OR, 28 
octubre 1981, en un artículo de GUGLIELMO FERRARO donde se exalta el carácter 
pascual del trabajo, gracias al cual el obrero participaría y renovaría el misterio de la Muerte 
y Resurrección de Cristo. La participación en la muerte estaría dada por la fatiga inherente 
al trabajo (aunque fatigarse no es morir), mientras la participación en la Resurrección 
consistiría en el mundo nuevo que el trabajo contribuye a realizar. Es obvio que separando 
las palabras de su sentido y los conceptos de su coherencia, es posible decir cualquier cosa 
sobre cualquier cosa. 


31.5. Cristo como hombre del trabajo. Crítica 391 


La celebración del trabajo como forma universal de la espiritualidad hu- 
mana retrocede a una teleología que el Nuevo Testamento ha superado, al 
subordinar claramente la conquista de la tierra al Reino de los Cielos. 


31.5. Cristo como hombre del trabajo. Crítica 
Algo completamente nuevo +% es presentar a Cristo como hombre del 
trabajo: pertinens ad opificum ordinem (Laborem exercens 26). Dicha pre- 
sentación aduce los textos de Mat. 13, 55, donde Cristo es llamado fabri filius 
(hijo del carpintero) y de Marc. 6, 3, donde es llamado faber (carpintero). 

Pero el apoyo escriturístico es débil. Ante todo porque dicho apelativo 
es dado a Jesús por las gentes de Nazareth, que le habían conocido como 
aprendiz de José y que así continuaban identificándole, aunque ya no fuese 
un obrero. En realidad no se encuentra en el Evangelio ningún testimonio en 
favor de un Cristo obrero. En el Evangelio de la infancia falta toda mención 
al trabajo fabril de Jesús; al contrario, como se desprende de Luc. 2, 46, su 
vida de joven (en la que sin duda ayudaba a su padre) fue vida de lecturas, 
reflexiones, y ejercicio intelectual. 

A los doce años comparecía en el Templo, donde sentado en medio de 
los maestros, les escuchaba y les hacía preguntas. Jesús ejercitó el trabajo 
fabril antes de iniciar su ministerio mesiánico, pero abandonó su oficio de 
trabajador tan pronto como dejó Nazareth para comenzar a facere et docere. 
La condición de Jesús, si a alguna puede ser asimilada, es a la del mendigo 
M y ala del pobre (egenus, II Cor. 8, 9), despojado de todo. 

Él no tenía dónde reposar la cabeza (Mat. 8, 20), y para alimentarse 
sus discípulos tomaban las espigas de los campos ajenos (Mat. 12, 1). La 
condición de Jesús en el tiempo de la evangelización no es la condición del 
trabajador, sino la de quien, como los Apóstoles, se ha desprendido de todo 
en una perfectísima pobreza que supera la vocación al trabajo. 

Por tanto, no es conveniente la idea de un Evangelio del trabajo y de 
un Cristo obrero. Esta inconveniencia fue netamente percibida por Pío XII, 
que queriendo consagrar la dignidad del trabajo instituyó la fiesta de San 
José Obrero, pero no la de Cristo obrero. No se podía en realidad comparar 
el título de la fatiga laboral al título de la realeza teándrica consagrado por 


l3Esa novedad explica también el estupor causado por la audiencia concedida por el 
Arzobispo MONTINI a los metalúrgicos bajo una estatua de Cristo obrero con la hoz y el 
martillo. 

MT, AGRANGE, en el comentario a Luc. 21, 37, observa que el verbo con el que se hace 
referencia a las pernoctas de Jesús da a entender una situación característica de quien 
carece de casa propia. 


392 31. Trabajo, técnica y contemplación 


Pío XI con la festividad de Cristo Rey *? . Por otra parte, como reconoce 
Laborem exercens 26, no hay ni una sola palabra de Cristo que recomiende 
el trabajo, sino más bien la condena de la solicitud que está en la base del 
trabajo: Mat. 6, 25-34. 


31.6. El trabajo como autorrealización del 
hombre. Crítica 


El trabajo se presenta como la forma misma de la moralidad, y según se 
afirma comprende también las actividades teóricas, abrazando así la totali- 
dad de la persona. Por tanto le conviene la definición misma de la virtud, 
pero pierde el carácter de virtud especial y se convierte en la dimensión 
fundamental de la vida. El trabajo es a la vez transformación del mundo y 
autorrealización del hombre, aparte de ejercicio de la propia creatividad *' . 

En el discurso del 16 de junio de 1982 Juan Pablo II volvió a afirmar que 
toda actividad es trabajo y que en el trabajo el hombre descubre el sentido 
de la vida. 

El concepto de la creatividad lo hemos examinado en 828.2 y en sentido 
riguroso no puede ser aplicado ni siquiera a la técnica. Como ha demostrado 
Friedrich Dessauer en su Discusión sobre la técnica (Ed. Rialp, Madrid 1964, 
cap. 2, ep. 10-11 y 21, págs. 166 y ss.), la creación técnica verdadera y propia 
consiste en el descenso de formas preexistentes desde un reino en el que están 
presentes, a nuestro reino de la percepción sensible; el conjunto de todas las 
soluciones ya está dado y el inventor no las produce por sí mismo ni el espíritu 
humano las genera en su seno; ese conjunto puede ser llamado un reino. 

Aparte de las funciones de dominio y de perfeccionamiento de la creación, 
la moderna doctrina atribuye al trabajo un carácter sumamente moral, porque 
con el trabajo el hombre seipsum ut hominem perficit, immo quodam modo 


15Ya en 1960 fue instituida en los suburbios de Roma la parroquia del Divino Jesús 
obrero. Pero la Iglesia no ha festejado jamás a los Santos más que por títulos religiosos 
(confesores, doctores, mártires, etc.), y el decreto de Pío XII para San José constituyó una 
novedad. 

16Es curiosa esta exaltación de la creatividad del trabajo en un sistema en el que la 
participación subjetiva del obrero en su obra desciende continuamente. En otro tiempo el 
artesano hacía toda, casi toda, o gran parte de su obra. Hoy la actividad de un trabajador 
en una fábrica es de una media de un minuto y su efecto es una fracción infinitesimal 
del producto final. Para elevar el significado personal del trabajo habría que ampliar el 
objeto. El valor disminuye a medida que crece la parte de la máquina en el trabajo. El 
Papa expuso el problema de la relación entre máquina y hombre en el discurso del 16 junio 
1982 en el Bureau international du travail en Ginebra, pero remitió la solución, un poco 
inesperadamente, a la técnica. Sobre la máquina, ver $31.1. 


31.6. El trabajo como autorrealización del hombre. Crítica 393 


magis homo evadit (Laborem exercens 9) Y, o (como dice en otro lugar el 
Papa) sin el trabajo no sólo el hombre no puede alimentarse, sino ni tan 
siquiera autorrealizarse, es decir, alcanzar su verdadera dimensión * . Pre- 
cisando después dicha dimensión el Papa afirma que el hombre puede alcanzar 
con el trabajo su propia salvación (OR, 21-22 septiembre 1982). 


Esta moralidad del trabajo no es nueva en la doctrina, si se entiende 
referida a la moralidad parcial inherente a toda virtud; pero lo es si se entiende 
que el trabajo se relaciona con toda la esfera de la moralidad, como si no exis- 
tiesen virtudes particulares (la religión, la justicia, la castidad, etc). Toda 
virtud, en cuanto implica rectitud de la voluntad y por consiguiente incluye 
virtualmente a todas las demás, perfecciona al hombre y procura su salvación. 


Pero esta moralidad sería nueva si se entendiese que el trabajo es la esen- 
cia de la actividad moral y sin el trabajo el hombre no puede realizarse 
como hombre. También forman parte de la dimensión humana el dolor y 
el padecimiento (condiciones de pasividad, no de actividad), o la oración y 
la contemplación, tan dignificadas en la tradición cristiana y ubicadas sin 
embargo fuera de la órbita del trabajo. Más bien, según la religión, lo propio 
del cristianismo es la abnegación y no la realización de sí mismo (abneget 
semetipsum, Mat. 16, 24). 


Tal abnegación, conseguida mediante la conformación de sí mismo a la 
ley (es decir, a la voluntad de Dios), no es la negación de sí mismo, sino 
la resección del egoísmo y de la egolatría. Por esta conformación se puede 
decir que el hombre cumple su propia naturaleza y se realiza a sí mismo (si 
se quiere mantener esta catacresis), pero no de modo directo y per primam 
intentionem (en tal caso se entraría en el sistema antropocéntrico), sino de 
modo indirecto y por añadidura. Aquí resuenan las palabras de Mat. 6, 33: 
Quaerite... primum regnum Dei et ¿ustitiam eñus et haec omnia adiicientur 
vobis (Buscad, pues, primero, el reino de Dios y su justicia, y todo eso (com- 
prendida la autorrealización) se os dará por añadidura), y las de Luc. 9, 24: 
Qui enim voluerit animam suam salvam facere, perdet eam (Porque el que 
quiera salvar su vida, la perderá). 


17 Se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre». 

ISTomadas rigurosamente, estas palabras niegan la vida de oración y (como veremos) la 
vida contemplativa. Los contemplativos, que ciertamente no trabajan, no alcanzarían la 
verdadera dimensión humana. 


394 31. Trabajo, técnica y contemplación 


31.7. Distinción entre lo especulativo y lo 
práctico 


La depreciación de los valores puramente especulativos es otra carac- 
terística de la doctrina moderna *% . Se ha operado una inversión con respec- 
to a la filosofía pagana: ésta miraba casi con desprecio la actividad laboral, 
nosotros por el contrario despreciamos toda especulación que carezca de algún 
reflejo utilitario. 

Viendo a los matemáticos de Siracusa ocupados en la invención de máquinas, 
Platón les acusaba de degradar la ciencia desentendiéndose de la contempla- 
ción de los entes ideales. 

Aristóteles justificaba como necesaria la esclavitud de una parte del género 
humano a fin de que la otra parte pudiese vivir una vida verdaderamente hu- 
mana (es decir, contemplativa). 

El desprecio por el trabajo ha cedido el paso en el pensamiento moderno 
al desprecio por la actividad teórica pura, y hoy se pretende que toda es- 
peculación científica esté ordenada a nuestro dominio sobre las cosas (a la 
técnica); e incluso las actividades estéticas sucumben a este utilitarismo 2 . 

La filosofía católica ha dividido siempre la vida en dos géneros: la vida 
contemplativa, en la que se ejercita prevalentemente la actividad interna, y 
la activa, en la que se ejercita prevalentemente la actividad externa. Los dos 
géneros están representados por Lía y Raquel y por Marta y María ?! . 


l9La identificación de las dos actividades humanas está insinuada en el n. 16 de la 
encíclica: Labor, multiplicem secundum hutus vocis sensum, officium est sive obligatio. 
Trabajo y actividad intelectual son situadas dentro de una misma clase. Y aunque puede 
decirse que el trabajo es un deber del hombre, no lo es del individuo. Viejos, niños, enfermos 
o inválidos no tienen el trabajo como obligación. Al igual que la procreación, el deber 
de trabajar incumbe al hombre como especie, no a todos los individuos. La tesis de la 
no obligatoriedad del trabajo se encuentra en la base de la fundación de las órdenes 
Mendicantes y fue contestada contra Santo Tomás y San Buenaventura por Guillermo de 
Sant'Amore, que sostenía que los religiosos debían, en virtud del voto de pobreza, trabajar 
con sus manos para procurarse el alimento. El Aquinatense (Quodlibetum VIT, art. 17 y 
18) responde que, puesto que atienden a las actividades intelectuales, los Mendicantes 
están dispensados de la obligación del trabajo manual si tienen (y porque tienen) quien 
les suministre el sustento. La doctrina de Guillermo de Sant'Amore, que habría acabado 
con las órdenes Mendicantes, fue condenada por Alejandro IV. 

20FE] artista medieval, a menudo anónimo, creaba formas de belleza no para que sirvieran 
a los hombres, sino para que cantasen las glorias de Dios: por eso en las catedrales ponía 
a menudo sus estatuas bajo las bóvedas, sin bautismo de luz, haciéndolas invisibles a los 
hombres, para quienes no estaban hechas. 

21 Obsérvese que los dos géneros están diferenciados por la prevalencia y no por la ex- 
clusividad de los dos tipos de actividad. No existe vida contemplativa sin algún ejercicio 
de vida activa, ni vida activa sin algún elemento de contemplación. 


31.8. Superioridad de la contemplación sobre el trabajo 395 


La vida contemplativa, teórica o intelectiva, consta de actos inmanentes 
cognoscitivos o volitivos, los cuales se originan en el sujeto y terminan en el 
sujeto sin añadir nada al mundo exterior. La vida activa, por el contrario, 
consta de actos transitivos, que se originan en el sujeto pero producen un 
efecto exterior, modificando las cosas. Es manifiesto que cuando se establece 
como fin del hombre la transformación de lo creado, la actividad contempla- 
tiva pierde significado. 

Tampoco se debe confundir la contemplación con la vida de estudio en 
sentido estricto, porque contemplación es también el holgazanear observan- 
do, curioseando, paseando los ojos sobre un espectáculo de la naturaleza o 
sobre un acontecimiento humano: en suma, haciendo lo que según la frase 
de Pitágoras hace quien en el mercado no compra ni vende, sino solamente 
observa. Ni tampoco por oposición se debe confundir el trabajo con la fatiga 
y el sudor, que pueden encontrarse también en el juego, que no es trabajo. 

Aparte de distintos, contemplación y trabajo son también incompatibles. 
Santo Tomás en Summa theol. II, II, q, 182, a. 3, escribe: Manifestum est quod 
vita activa impedit contemplativam, inquantum impossibile est quod aliquis 
simul occupetur circa exteriores actiones et divinae contemplationi vacet 2 . 

El otium, estado de liberación de las fatigas corporales y dedicación al 
servicio del intelecto, es incompatible con el trabajo, actividad sobre las cosas 
externas. La incompatibilidad es atestiguada ab antiquo por la dualidad social 
entre libres y esclavos. Es también reconocida por el sentimiento común por 
el lenguaje mismo. Llegada una cierta edad el joven decide si trabajar o 
estudiar, si sus talentos le llevan a la oficina o a la escuela (es decir, al ocio). 
Por otro lado, todas las antítesis sociales de nuestro mundo (y no sólo del 
nuestro) se plantean entre vida activa y vida contemplativa. 


31.8. Superioridad de la contemplación sobre 
el trabajo 


La superioridad de la dimensión contemplativa sobre la activa es un lugar 
común de la filosofía del Cristianismo, y su expresión mayor fue la pobreza 
perfecta, que practicada por San Francisco suscitó imponentes movimientos 
religiosos y graves controversias doctrinales. La combinación de las dos vidas, 
que según las enseñanzas de Santo Tomás es el género más adecuado al estado 
moral, se encuentra, como es notorio, en la base de la Regla benedictina 


22 Bajo este aspecto es evidente que (la vida activa) impide la vida contemplativa, ya que 
es imposible ocuparse de las obras exteriores y entregarse al mismo tiempo a la contem- 
plación. 


396 31. Trabajo, técnica y contemplación 


que civilizó Europa; pero esto no impide que en esa mezcla la parte mejor 
corresponda a la contemplativa, según las palabras de Jesús: Maria optimam 
partem elegit (María eligió la buena parte) (Luc. 10, 42). 

Santo Tomás aporta muchas razones a esta excelencia de la contemplación 
(Summa theol. II, II, q. 182, a.2), pero las decisivas son dos. 

Primera: la contemplación conviene al hombre precisamente en virtud de 
su naturaleza, constituida por el intelecto incorpóreo e inmortal y destinada 
al conocimiento de la verdad. 

Segunda: la contemplación es una operación que continúa en la vida eter- 
na, mientras el trabajo está circunscrito a la existencia terrena. La excelen- 
cia de la contemplación corresponde por otro lado a la repugnancia % que el 
hombre experimenta hacia la fatiga y el dolor inherentes al carácter penal del 
trabajo. El hombre aspira a la contemplación, y ésta le es dada como premio 
de aquél ?* . Esta antinomia entre obra intelectual y trabajo está poco con- 
siderada en la encíclica Laborem exercens, que en el n. 9 funde en una única 
categoría de trabajo la fatiga de los albañiles, metalúrgicos y mineros, con- 
juntamente con la obra puramente intelectual de los investigadores científicos 
y de los gobernantes. 

La encíclica señala que los dos géneros de vida tienen en común una 
tensión sobre las propias fuerzas a veces muy grande, pero no distingue en- 
tre vires y vires, es decir, entre el ejercicio prevalentemente intelectual y el 
ejercicio prevalentemente corporal. 

Y la paridad entre el trabajo en sentido propio y el trabajo en sentido 
impropio es retomada en el n. 26. Aquí, después de haber representado a Jesús 
como obrero (ver 831.4), la encíclica hace un censo de los oficios mencionados 
en la Escritura y coloca juntos a los hombres del trabajo manual con los 
puramente especulativos, a los mineros y estibadores con los estudiosos de 
historia y los intérpretes de profecías y de enigmas (Ecli. 39, 1-5). 


23Sobre este punto son notables las páginas de Giuseppe Rensi, L'irrazionale, il lavoro, 
l'amore, Milán 1923, pp. 195 y ss. 

24La celebración del otium como suprema aspiración del espíritu es frecuente en los 
paganos, y todo el mundo recuerda la oda horaciana II, XVI. Pero no menos en los cris- 
tianos: PETRARCA, De otio religioso. 


Capítulo 32 


Civilización y cristianismo 
secundario 


32.1. Civilización de la naturaleza y civiliza- 
ción de la persona. Civilización del tra- 
bajo 


Todo ese pasaje de la encíclica se caracteriza por la tendencia a incluir a 
los especulativos y a los demás en un único mundo del trabajo. La negación 
de la peculiaridad y excelencia de la vida contemplativa y la exaltación de 
la actividad laboral (con la que el hombre transforma el mundo, manipula 
la naturaleza y endereza todo a su dominio) contiene en germen el bosquejo 
de una civilización cuyo centro y cuyo fin es el hombre. Naturalmente la 
teología contemporánea no puede dejar de confesar la finalidad trascendente 
de la vida humana, pero ésta se atenúa ante la primacía asignada a la técnica 
y al dominio del mundo. 

Se suele reconocer que en la civilización contemporánea el desarrollo ma- 
terial va separado del espiritual y lo supera. Aunque extendidísima, esta 
terminología resulta defectuosa: ¿no es quizá la técnica, fundada sobre un 
conocimiento cada vez más amplio de la naturaleza material, un prodigioso 
desarrollo de lo espiritual, de la parte intelectual del hombre? De esta im- 
propiedad en los términos desciende esa imprudente celebración de la técnica 
como triunfo del espíritu, que hemos visto con ocasión de la conquista de la 
Luna (831.3). La distinción imprescindible entre dos géneros de civilización 
no proviene de la oposición entre materia y espíritu, ya que las grandes in- 
venciones de la técnica son un acabado fruto del espíritu. La distinción debe 
realizarse entre una civilización dirigida al perfeccionamiento de la naturaleza 


397 


398 32. Civilización y cristianismo secundario 


del hombre y otra dirigida al perfeccionamiento de la persona * . La natu- 
raleza humana está constituida por muchas partes ligadas entre sí, de las 
cuales la más elevada y dominante es la parte personal, en la que actúan el 
intelecto y la voluntad y donde tiene lugar la moralidad. El hombre puede 
perfeccionar alguna parte de su naturaleza sin perfeccionar por ello su per- 
sona. 

Puede por ejemplo perfeccionar su salud, su agilidad física, su conocimien- 
to de las cosas, o su potencial de transformación de los cuerpos, sin que el- 
lo suponga perfeccionar su propia persona, es decir, desarrollar el principio 
moral; puede, como se reconoce y se lamenta, avanzar por el camino de eso 
que hoy se denomina simpliciter el progreso, y sin embargo ser inerte y vicioso 
en la parte personal. 

Las actividades de la naturaleza se separan del principio moral hegemónico 
y buscan ávidamente con todas sus fuerzas el desarrollo del hombre en el mun- 
do. La civilización contemporánea perfecciona en el hombre la naturaleza, 
pero deja sin cultivar su principio personal. 

Las relaciones entre los avances de la naturaleza y los de la persona son 
difíciles de determinar, pero debe quedar claro que el principio personal es 
la cima del hombre, y los otros deben permanecer unidos a él para que se 
dé progreso en la persona y no sólo en la naturaleza. 

La confusión entre naturaleza y persona es el error que da lugar a la 
somatolatría, la glorificación de los deportes, la exaltación de los derechos 
(convertidos en cosa en sí, cuando en realidad derivan del deber moral), la 
doxología de los inventos mecánicos, la temeraria admiración por la riqueza 
y el poder, y en fin, el culto de la ciudad terrestre, cuyo fin se ha conver- 
tido precisamente en el engrandecimiento de la naturaleza humana ad omne 
possibile. 


32.2. Civitas diaboli, civitas hominis, civitas 
Dei 


Las dos clases de hombres están ya dibujadas en el Génesis. 

Unos son potentes a seculo viri famosi, estirpe de gigantes, fundadores de 
ciudades, emprendedores, conquistadores: sus objetivos son el desarrollo y la 
expansión del hombre. 

Los otros, los hijos de Dios, buscan la perfección de la persona y de- 
sean absolutamente y sin condición el fin moral del género humano (el culto 


lEn este epígrafe sigo la doctrina de ROSMINI, Antropología soprannaturale, lib. II, 
cap. 6, art. 10, ed. nac., vol. XXVII, pp. 308 y ss. 


32.2. Civitas diaboli, civitas hominis, civitas Dei 399 


divino), y sólo contingente y relativamente la dominación del universo. 


En el Evangelio las dos clases están indicadas como hijos del siglo e hijos 
de la luz, y el error propio de la civilización contemporánea está misteriosa- 
mente indicado cuando se dice que los hijos de las tinieblas son más prudentes 
que los de la luz, pero en su género: en las cosas del mundo, y sólo en ellas 
(Luc. 16, 8). 


En su obra principal San Agustín describió la historia del género humano 
como el desarrollo de dos ciudades: una es teotrópica y llega hasta el desprecio 
del mundo; la otra es antropotrópica y llega hasta el desprecio de Dios. La 
primera corresponde a quienes buscan la perfección de la persona, y la otra 
a quienes buscan la perfección de la naturaleza. Una es totalmente terrena, 
la otra terrena ¿n transitu y celeste in termino. 


Conviene sin embargo observar que el desprecio de Dios con el cual San 
Agustín caracteriza la ciudad terrena no carece de complejidad. Hay hombres 
que con un acto positivo rechazan de sus perspectivas el fin celeste y lo 
combaten como adverso al fin terreno del género humano. 


Tales hombres forman esas naciones que hoy fundan la civilización sobre 
el ateísmo. Esta es en sentido estricto la agustiniana civitas diaboli, edificada 
sobre la sangre y sobre la mentira, y que pretende la extinción del Cristianis- 
mo. 


Pero hay también hombres (quizá la fracción mayor) que no rechazan el fin 
celeste, pero tampoco lo buscan, y empujan a la sociedad humana hacia una 
perfección de absoluta citerioridad (Diesseitigkeit). Tal es la civitas hominis, 
situada entre las otras dos. Ésta separa el bien humano del bien moral, el bien 
de la naturaleza humana del bien de la persona. Lo reduce todo al progreso 
mundano, considerando el señorío del mundo como fin último del hombre. 
Por el contrario, la religión enseña que dicho fin es el servicio y la fruición de 
Dios: hoc est enim omnis homo (la totalidad del hombre) (Ecl. 12, 13). Hay 
por tanto tres ciudades: 1) la consagrada al fin trascendente, el cual desea 
por encima de todas las cosas; 2) la que lo impugna y por encima de todo 
ama al mundo; 3) finalmente, la que lo descuida. 


Y las tres están mezcladas y corren cada una su propia carrera de modo 
a menudo indiscernible. 


Pero tanto la civitas hominis (a la que se dirige la Iglesia postconciliar 
para bautizarla y ser bautizada por ella) como la civitas diaboli (que rechaza 
débilmente) producen una separación del hombre respecto a su propia alma, 
proclamando como independiente al dependiente. 


400 32. Civilización y cristianismo secundario 


32.3. El cristianismo secundario. Confusión 
entre religión y civilización 


La civitas diaboli rechaza el Cristianismo; la civitas hominis lo asume 
y lo asimila, tomándolo no como lo que es (orientación absoluta de todas 
las cosas de la tierra al cielo) sino como aquello que lo hace asimilable o 
útil para el fin terrenal. Por otra parte, puesto que el Cristianismo o es esa 
orientación absoluta o no es nada, la aceptación de valores cristianos en la 
moderna civilización antropotrópica se convierte en un rechazo de la religión 
imperfectamente larvado. La Iglesia postconciliar tiende a incluir todos los 
valores de la civitas hominis en el ámbito de la religión. 

Son frecuentes las fórmulas como valores humanos y cristianos, o la Igle- 
sia promueve los valores humanos, o la Iglesia tiene por centro al hombre, o 
la religión hace que el hombre sea más hombre, y similares. Dejando aparte 
la impropiedad de dar gradación a un sustantivo, en esta confusa asimilación 
se pierde la distinción entre religión y civilización; y siguiendo la filosofía de 
Gioberti, se considera a la civilización como un efecto primario del catolicis- 
mo. 

Tal es en sustancia la posición postconciliar, aunque se repita que el catoli- 
cismo no se identifica con ninguna civilización, sino que es levadura de todas 
ellas. La religión tiene ciertamente como efecto la civilización, y la historia de 
la Iglesia es testimonio de ello, pero no tiene como fin ni como efecto primario 
civilizar, es decir, un perfeccionamiento terreno. El estado de la civilización 
actual es de dependencia y de aseidad: el mundo rechaza toda dependencia 
fuera de sí mismo. 

La Iglesia parece tener miedo de ser rechazada, como positivamente es 
rechazada por una gran fracción del género humano. Entonces va decolorando 
su propia peculiaridad axiológica y coloreando por el contrario los trazos 
comunes con el mundo: todas las causas del mundo se convierten en causas 
de la Iglesia. Ella ofrece al mundo sus servicios e intenta capitalizar el progreso 
del género humano. 

Esta tendencia, que en otro lugar he llamado cristianismo secundario, es 
un error germinado en el siglo XIX. 

Mientras la filosofía de la incredulidad del siglo XVIII había negado la 
racionalidad del catolicismo y preconizado su destrucción como cosa funesta 
para la civilización (mantenida solamente por fabricateurs de divinités), el 
siglo XIX consideró al Cristianismo como el sistema supremo de los valores 
humanos, adecuado al ideal de perfección del hombre; pero desconoció al 
mismo tiempo su carácter trascendente y sobrenatural; reconoció la encat- 
nación del Verbo, pero su Verbo era la Razón hegeliana revelada en el devenir 


32.3. El cristianismo secundario. Confusión entre religión y civilización 401 


histórico. 

Ahora bien, quien niega lo sobrenatural del Cristianismo (la operación de 
Dios en el alma mediante la gracia) y el fin sobrenatural del hombre, aun 
cuando admita la excelencia de la religión le quita su esencia para hacer de 
ella un medio para el mundo. 

El cristianismo secundario cree poder mantener el fenómeno ideal del Cris- 
tianismo sin la sabiduría mística del Cristianismo: acepta su fruto mundano, 
pero rechaza su fruto total. 

De un cristianismo secundario trató Croce en el célebre ensayo Perché non 
possiamo non dirci cristian, pero la religión no puede sino rechazarlo, porque 
acoge al Cristianismo sólo en su aspecto terreno, y así desfigurado lo reveren- 
cia como el fondo de la civilización humana. 

Ciertamente el Cristianismo es un árbol de tal fecundidad que produce 
también frutos separados del árbol, pero esta fructificación solamente tiene 
significado religioso si no se la separa del árbol. 

Ninguna idea le parecía a Manzoni más falsa que la del cristianismo secun- 
dario, aunque a Carducci en el discurso de Lecco y a toda la escuela idealista 
les parezca precisamente el cristianismo secundario la inspiración de sus /nni 
sacri. De este cristianismo secundario (denominado por otros cristianismo de 
completitud (de valores terrenales)) Manzoni decía que reduce el fin a medio, 
y lo que es per se a lo que es per accidens. 

¡El Evangelio, exclama, reducido a ser un medio! ¡El Evangelio, que no 
puede concebirse si no es el único fin! ? . Manzoni enumera las muchas utili- 
dades de la religión en este mundo: desde la recomendación de la paciencia a 
la de la caridad, desde las costumbres civiles a la conservación de la cultura 
en tiempos de la barbarie, de las inspiraciones de la belleza al consuelo de la 
esperanza. Y prosigue diciendo que si bien se alaba merecidamente al Cris- 
tianismo por todos esos efectos (ciertamente suyos, siéndole propio conducir 
al orden, a la cultura y a la civilización), sería un grave error identificarlo 
con ellos (que son lo menor de su eficacia, son mundanos y pueden nacer de 
otras causas), mientras se deja de lado lo que es más importante: su esencia, 
operación, y fin sobrenaturales ?. 


2Para todo este desarrollo, ver Morale cattolica, ed. cit., vol. II, pp. 83 y ss. La cita 
está en vol. Il, p. 478. 

3La manifestación más abierta del cristianismo secundario resultó ser el Congreso sobre 
las obras de caridad y justicia de la diócesis de Roma: todo era sociología, política, asis- 
tencia, casas de acogida, hospitales, escuelas, construcciones, etc. Ni siquiera una palabra 
de religión, sino una fuerte coloración marxista con la condena del ejercicio privado de 
la profesión y con la propuesta de que la Iglesia ceda todos sus bienes al Estado para 
conseguir ser independiente. OR, 15 de febrero de 1974, e ICI, n. 451, p. 24 (1 de marzo 
de 1974). 


402 32. Civilización y cristianismo secundario 


32.4. Crítica del cristianismo secundario 


Crítica del cristianismo secundario. Error teológico. Error eu- 
demonológico 

El pecado específico del cristianismo secundario que vicia la civitas ho- 
minis es la eliminación de lo trascendente. Coincide con ese pecado llamado 
por San Agustín inadvertentia y por Santo Tomás ¿inconsideratio, y en el cual 
consideran que consistió el pecado de los ángeles. 

Pero la inadvertencia del fin celeste perturba de la cabeza a los pies la reli- 
gión e invierte su prospectiva: habemus hic manentem civitatem nec futuram 
inquirimos (al contrario que Hebr. 13, 14: Porque aquí no tenemos ciudad 
permanente, sino que buscamos la futura). Por consiguiente: prospectiva fi- 
nal puramente terrena, reducción del Cristianismo a medio, apoteosis de la 
civilización. Niega el aut aut del Evangelio para sustituirlo por una especie 
de et et donde se combinan el cielo y el mundo, en un compuesto cuya parte 
predominante y característica es el mundo. 

En un célebre pasaje de Esprit des Lois (lib. XXIV, cap. 3), Montesquieu 
resalta la singularidad de la religión cristiana, que parece no tener otro objeto 
aparte de la felicidad de la otra vida, y sin embargo nos hace felices también 
en ésta. Sin embargo no se le escapa el vivo contraste entre las dos vidas 
tomadas como dos fines últimos. Los dos mundos. Éste perjudica a aquél, y 
aquél a éste. Son demasiados, estos dos mundos. Sería suficiente con uno 
1 . No menos notable es el oxymoron de mundo y religión en una página 
de Leopardi (Zibaldone, 2381; Florencia 1898-1900, 7 vols.), donde el ideal 
cristiano es crudamente puesto enfrente del ideal mundano y considerado 
como la negación radical de la vida presente, que es toda la vida. 

Pero el oxymoron es falaz, porque toma la vida terrena como el fin último, 
y se derrumba si se la toma como mediación al fin último. Dos fines últimos 
son un absurdo (Summa theol. I, II, q. 1, a. 4 y 7). Rebajada la vida mundana 
a preparación y preludio para la vida ultramundana, se diluye la antítesis 
acerba entre los dos mundos. Entonces la vida en el tiempo se armoniza 
plenamente y entra a formar parte del sistema entero, evidenciando así su 
carácter de símbolo (fragmento contenido en el todo). 

El error eudemonológico del cristianismo secundario no es menor que el 
teológico. Pretende que el goce de los honestos bienes terrenos es más seguro, 
más auténtico, y más copioso en la religión que en cualquier otro lugar. Pero 
el concepto de una Iglesia-fuente de felicidad para el género humano en la 
vida terrena es opuesto al Evangelio, que no armoniza, sino contrapone cielo 
y tierra; o más exactamente, mira a ésta bajo un aspecto meramente relativo 


“Pensées, París 1938, p. 77. 


32.5. Iglesia y civilización en el postconcilio 403 


a aquél, y al cielo bajo un aspecto meramente absoluto respecto a la tierra, 
y solamente relativo respecto a Dios. 

La vida futura es el fin de la presente, y Dios es la finalidad de la futura. 
De aquí la excelencia de los consejos evangélicos (cuya actual decadencia 
vimos en $14.2-14.7), plenísimo sacrificio de la tierra al cielo, que parecen hoy 
incompatibles con el orden de la civilización, como les parecieron incompati- 
bles a los Iluministas y a los gobiernos irreligiosos del siglo XIX. El criterio 
para juzgar la religión no es su utilidad civil ? : la religión tiene muchas e 
importantes relaciones con la civilización, pero ninguna es esencial. 


32.5. Iglesia y civilización en el postconcilio 


En la Iglesia contemporánea esta verdad se encuentra entre las rejas de 
la contradicción. 

Por un lado la Iglesia declara no identificarse con ninguna civilización 
particular, y declarándolo así se mantiene en la estela de su tradición; pero 
por otro lado aspira a fermentar todas las civilizaciones particulares im- 
pulsándolas hacia una civilización mundial que se afirma no poder existir 
sin el Cristianismo, y que ha de dar a luz un nuevo mundo más justo y más 
humano: no se puede decir más cristiano. 

La imposibilidad de mantener simultáneamente la posición antropotrópi- 
ca y la teotrópica sólo puede ser falazmente superada olvidando las esencias 
distintivas de las cosas y buscando un fondo común a todas, para después 
identificar en ese fondo el Cristianismo y la civilización. 

El error no podría reconocerse mejor que en la expresión, tantas veces 
citada en las publicaciones postconciliares, del Apologeticus 17, de Tertuliano: 
anima naturaliter christiana. 

Como ya dijimos, no puede haber alma naturalmente cristiana: cristiano 
se vuelve uno, no se nace, y la fórmula tertuliana se resquebraja por sí misma 
por contradicción, al ser intercambiable precisamente con anima naturaliter 
soprannaturale. 

La contradicción se disimula con fórmulas equivalentes, en las cuales el 
mundo y el Evangelio se ponen al mismo nivel, como si la Iglesia tuviese 
miedo de proclamarle al mundo los valores divinos del Evangelio desligados 
de los terrenales. Siempre se dice valores cristianos y humanos, o peor, valores 
humanos y cristianos, y se quiere ser fiel a la vez al mundo y a Dios. No 


5Recuérdese la paradoja de GIOBERTI, que tomando como fenómeno primario del 
Cristianismo su virtud civilizadora sentenciaba que Cristo, y no Isabel, fue el fundador de 
la Compañía de Indias. 


404 32. Civilización y cristianismo secundario 


es posible: Nemo potest duobus dominis servire (Nadie puede servir a dos 
señores) (Mat. 6, 24). 

La Iglesia, volvemos a decirlo, es por sí misma santificadora y no civi- 
lizadora; su acción tiene por objeto inmediato la persona, no la sociedad. La 
Islesia postconciliar insiste sin embargo, incluso en la liturgia, en un mundo 
nuevo y en una sociedad libre y justa, más que en hombres justos y renovados 
en el Espíritu. 

Bajo tal aspecto, el movimiento de la Iglesia es regresivo. Vuelve al Viejo 
Testamento, en el cual el pueblo entero se salva o se condena, las mujeres 
se salvan gracias a la circuncisión de la otra mitad del género humano, y la 
salvación esperada es totalmente terrena. Conviene señalar además que en 
la misma Biblia la civilización camina por senderos propios: los primeros a 
quienes se designa como fundadores de ciudades son Caín y los Cainitas, y 
el inventor de la metalurgia es Tubalcaín, de la estirpe del fratricida. 


32.6. Catolicismo y jesuitismo 


La Compañía de Jesús fue durante siglos, hasta la actual decadencia, 
considerada por los católicos y por los adversarios del catolicismo como una 
de las interpretaciones más auténticas del catolicismo, y casi el brazo armado 
de la Iglesia Romana. 

La gran escuela especulativa teológica de Bellarmino y de Suárez, las con- 
tribuciones a la teología positiva de Petavio y los Bollandistas, las misiones 
en la India, China y Japón, la singular creación del Estado de las Reduc- 
ciones * del Paraguay con una duración de siglo y medio, el predominio en la 
educación, el largo combate contra el absolutismo regio y más tarde contra 
el Estado liberal, el esplendor de santidad, de doctrina y de creatividad, han 
hecho de la célebre Compañía uno de los fenómenos más imponentes de la 
historia de la religión. 

En realidad los Jesuitas infundieron en la Iglesia una potente vitalidad, 
proponiéndose organizar todo el género humano y dirigir toda la tierra al 
cielo; o más bien someter, con tal intento, todas las partes de la enciclopedia 
y todas las ramas de la convivencia social. La mira teotrópica predominó en 
la obra; pero al buscar la siempre difícil armonía dialéctica entre los dos 
mundos, los Jesuitas se inclinaron a veces más por hacer a la religión ami- 
ga de la naturaleza humana (en cuanto buena y creada por Dios) que por 
contraponerla a ella (en cuanto corrompida y contumaz). 

La casuística, parte legítima y necesaria de la ciencia moral, degeneró a 
veces en laxismo. Este tiende a anular las fuertes contraposiciones entre virtud 


6 (N. del T.) En español en el original. 


32.7. El mito del gran Inquisidor 405 


y vicio confundiendo todo en un sentimiento de benevolencia que facilita al 
máximo la vía de la salvación. Yo no digo que el Jesuitismo no tuviese a veces 
tal peligrosa proclividad, pero creo honrar a la verdad diciendo que no se le 
puede considerar coincidente con el cristianismo secundario. 

Sobreestimó la parte del libre arbitrio en el proceso de la salvación, atribu- 
yó a la opinión subjetiva un peso gigantesco en la decisión moral, se in- 
clinó siempre a favor de la debilidad humana (minusvalorando la gracia, 
que puede vencerla), y suavizó el estímulo de la ascética; pero precisamente 
porque sintió con fuerza el antagonismo entre el mundo y la religión, acu- 
dió en ayuda del hombre, simplificando, facilitando y también dulcificando 
ese antagonismo. A pesar de ello, el Jesuitismo mantuvo con igual fuerza 
la trascendencia absoluta del fin, y precisamente por tener firme este punto 
ideó un diseño de regulación universal de la vida de los hombres y de domi- 
nación de las cosas del mundo para salvarlo. Este ideal acerca al Jesuitismo 
a la utopía de la polis platónica, pero también a la que he llamado eutopía 
realista de Campanella. A todas es común la sujeción de la tierra al cielo. 


32.7. El mito del gran Inquisidor 


Por consiguiente, el mito del Gran Inquisidor en Los Hermanos Karama- 
zov de Dostoievski (Ed. Aguilar, 3a ed., Madrid 1946, parte II, L. V, cap. V, 
págs. 1011 y ss.) es una falsificación del ideal jesuítico. El Jesuitismo es rep- 
resentado como el cristianismo secundario en estado puro. La organización 
del mundo y la dirección de las conciencias están puestas en las manos de 
unos pocos, poseedores de la bíblica sentencia del bien y del mal. Saben que 
la vida del más allá es una mentira y un disparate, pero persuaden de ella 
a los hombres para hacerles felices sobre esta tierra, destinados como están 
a vivir y apagarse dulcemente en una esperanza falaz que desemboca en la 
nada eterna. 

Y el Gran Inquisidor reprocha a Cristo haber rechazado el reino terreno 
ofrecido por el Maligno, e impedir ahora, con su mensaje de sufrimiento y 
sacrificio, el intento de instauración de un reino terrenal del hombre. 

El hombre debe separarse de su alma y vender a los gobernantes su liber- 
tad para dejarse felicitar por ello: para recibir a cambio, como dice Spitteler 
en Prometheus und Epimetheus, una conciencia que te enseñará la sustan- 
tividad de las cosas y te conducirá seguramente por el camino correcto. Dando 
al mundo la religión como medio, el mito de Dostoievski la anula, y desfigura 
completamente el Jesuitismo. En las Reducciones ” , el modelo más ajustado 
del ideal jesuita, la organización temporal está ordenada rigurosamente al fin 


7(N. del T.) En español en el original. 


406 32. Civilización y cristianismo secundario 


celestial. Los jesuitas quisieron hacer a la trascendencia amiga del hombre. 
¿Es que acaso es su enemiga? 


Capítulo 33 


La democracia en la Iglesia 


33.1. Los principios de 1789 y la Iglesia 


El cristianismo secundario, que es considerado como parte del mundo y 
medio para el mundo, tuvo su origen en aquel gran movimiento de Francia 
dentro del cual maduró la moderna sociedad civil. Sin embargo, la antítesis 
que la Revolución Francesa supuso hacia la religión, sentida muy vivamente 
al principio, lo fue después menos debido tanto a una interpretación benigna 
de sus principios como a una atenuación y acomodación de los principios de 
la religión. 

La Revolución aporta en esto un ejemplo típico de fórmulas desprendi- 
das de sus principios y por consiguiente débiles y equívocas. El cristianismo 
secundario se convierte entonces en un medio de preservar la religión en el 
nuevo sistema, siendo reconocido como una de sus partes necesarias. Algunos 
contemplan los lemas de igualdad, libertad y fraternidad bajo la luz de los 
principios de los que derivan; mientras otros, al contrario, los separan de su 
principio y los contemplan en sí mismos o religados de modo postizo a otros 
principios. Ahora bien, una fórmula separada de su principio y añadida a otro 
antitético sólo puede ser una anfibología. Así ocurre con los términos liberté, 
égalité, fraternité: tienen primitivamente y por sí mismos un sentido natu- 
ralista, humanitario e inmanente; y secundariamente y por transposición, un 
sentido religioso. 

El primer personaje en dar una interpretación cristianizante a los tres 
lemas (si se excluyen los del clero assermenté) parece haber sido Pío VII, 
siendo todavía obispo de Imola, y su declaración es citada con no poca fre- 
cuencia ? . 


Homilía de Navidad de 1798: No está en oposición con las máximas del Evangelio 
la forma del gobierno democrático adoptada entre nosotros: al contrario, exige todas las 


A07 


408 33. La democracia en la Iglesia 


Sin embargo, cada uno de los tres lemas es anfibológico. 

La igualdad si se refiere a la naturaleza del hombre y a su redención, es 
una verdad filosófica y teológica. La libertad si se entiende como liberación 
del hombre de todo lo que no sea servicio a Dios es, aparte de un efecto de 
la religión, su esencia misma. Finalmente, la fraternidad, fundada no sobre 
la amabilidad del hombre, sino sobre el imperativo evangélico del amor al 
prójimo, es un punctus saliens de la ética cristiana. 

Pero es obvio que el valor específico de esos tres principios en el sistema 
de 1789 consiste precisamente en convertirse en un valor en sí mismo sin 
referencia axiológica a Dios. 

No sólo se desconoce la oposición entre los dos principios de dependencia 
y de independencia, sino que se impulsa la confusión hasta creer que las 
máximas de 1789 son la sustancia del Cristianismo, confesando a la vez que la 
Iglesia comenzó tarde a defenderlas: es decir, a reconocer su propia sustancia. 
Así dice el documento del Episcopado francés publicado en La croix de 8 
de diciembre de 1981. Por otra parte, todos los partidos de la democracia 
cristiana adoptan implícita o explícitamente los Derechos del hombre de 1789 
y la Declaración de la ONU sobre los derechos del hombre. Explícitamente, 
por ejemplo, lo ha hecho la Democracia cristiana de Francia por medio de su 
presidente, respondiendo a una encuesta de Itinémires, n. 270, p. 71. 


33.2. Variación de la doctrina en torno a la 
democracia 


Variación de la doctrina en torno a la democracia. Paso de la 
especie al género 

En el mensaje de Navidad de 1944 Pío XII contraponía democracia y 
dictadura, y recordando los dolores y las atrocidades que Europa cono- 
ció en aquellos años, consideraba la democracia como condición para la paz 
etnárquica, la restauración de la autoridad, y el respeto a la imagen divina 
en el hombre. 

El Papa no afirmó que la representación popular fuese esencial para el 
justo ordenamiento político, sino para la democracia. Pero habiendo pasado 
por alto la doctrina tradicional, en la cual la democracia ? es una especie del 
género político, y no su género, preparó esa variación instituída después por el 


sublimes virtudes que sólo se aprenden en la escuela de Jesucristo. 

2Pío XII volvió sobre el motivo de la democracia en el mensaje a la ACLI (Asociación 
católica de trabajadores italianos) del 1 de mayo de 1955, recalcando el principio de la 
isotimia, pero observando que la igualdad resulta inútil si en el organismo estatal y en los 
oficios públicos se introduce el arbitrio. 


33.2. Variación de la doctrina en torno a la democracia 409 


pensamiento postconciliar como sententiía communis de que la participación 
de todos los individuos en el regimiento de la comunidad es algo de justicia 
natural; y por tanto la monarquía, es decir el ejercicio por parte de uno solo 
del derecho de ordenar la sociedad según justicia, deja de ser una especie 
legítima de la forma de gobierno y se identifica con las formas ¡legítimas 
(simplemente por ser opuesta al sistema popular, único legítimo). 

Aquí paso por alto señalar el enorme abuso realizado universalmente con 
la palabra democracia, merced al cual cualquier gobierno, de derecho o de 
hecho, legítimo o ilegítimo, reivindica el título de democrático. Señalo sola- 
mente la variación acaecida en la filosofía política de la Iglesia, que convierte 
la especie en género y hace de la democracia la única forma legítima de la 
convivencia civil. La autoridad (derecho de mandar y legislar) se debe dis- 
tribuir entre todos los miembros de la sociedad, desde la familiar a la civil 
y la etnárquica. Según las enseñanzas de Pío XII, sin esta participación en 
la potestad gubernativa la multitud se convierte en masa y solamente me- 
diante tal participación se forma como pueblo. La democracia implica por 
consiguiente que cada uno se forme una opinión acerca del bien común y de 
los medios para el fin. Consiguientemente, dada la imposibilidad de que to- 
dos gobiernen, el sistema democrático se convierte necesariamente en sistema 
representativo, en el cual una voluntad es representada por otra voluntad. El 
juicio de excelencia de la democracia era un juicio de orden histórico cuan- 
do se enseñaba que las tres especies de régimen político no son buenas en 
sí mismas, sino sólo históricamente: en la medida en que sean oportunas, 
mesuradas y útiles para una situación histórica dada. Parece por consiguien- 
te una variación importante enseñar ahora que allí donde el ciudadano no 
participe de la autoridad, desaparece la legitimidad de un régimen. Para re- 
conocer la variación, o más bien la crudeza de la variación, será útil buscar 
la posición católica en la antología de estudios publicada en 1940 por la Uni- 
versidad Católica de Milán, ciento cincuenta años después de la Revolución 
Francesa. 

Aquí son declarados absurdos sus principios supuestamente inmortales, 
se describe a la Revolución como plagada de males, y no se culpa al ancien 
regime por haber ejercitado demasiada resistencia, sino demasiado poca. 

Cayendo en el sofisma inverso, casi se identifica la forma monárquica con 
la legitimidad misma de un régimen político, y se afirma con tosquedad que 
el pueblo, la plebe, tiene necesidad de un jefe y de un dominador capaz de 
frenar sus pasiones (p. 45). 

El autor reconoce que las aspiraciones de la Revolución, si son reim- 
plantadas en el terreno del Cristianismo al que son connaturales, pueden 
considerarse legítimas, pero no incide en que extirpadas de su terreno, como 
cualquier otra simiente / fuera de su terreno no dan buen fruto. 


410 33. La democracia en la Iglesia 


33.3. Examen del sistema democrático. Sobe- 
ranía popular. Competencia 


No entraré aquí en las aporías de la democracia, señaladas ab antiguo por 
las escuelas católicas, comprendidas aquéllas que con Suárez, Bellarmino o 
Mariana, elaboraron la primera doctrina filosófica de la soberanía popular. 
Esta doctrina es además toto caelo distinta de las modernas. Concebía al 
pueblo como portador de una autoridad mediata y secundaria de derivación 
divina y regulada por la ley divina, y no inmediatamente inherente a la 
voluntad de la multitud, como se pretende actualmente. 

Las aporías son de diverso género y distinto peso, pero tienen una única 
raíz: niegan la dependencia del obrar político respecto de un principio de 
justicia que vaya más allá de la opinión y marque la pauta incluso contra 
ella. He aquí los supuestos aporéticos del sistema democrático. 

Primero: se supone que haciendo participar, es decir, sumando más inte- 
lecto en la deliberación de un asunto, se obtiene una mayor cantidad de 
sabiduría. El supuesto es contrario incluso a la sentencia de los políticos. 
Guicciardini, por ejemplo, sentencia a través de Antonio da Venafro: Si juntas 
a seis u ocho personas juiciosas acaban todos locos, porque al no ponerse de 
acuerdo antes ponen la cuestión en disputa que en vías de resolución. Es 
contrario además a la teoría de Le Bon del rebajamiento del valor medio del 
individuo en la masa ? . 

El segundo supuesto sujeto a censura es que la deliberación en torno a los 
asuntos civiles debe ser sobre todo y por todos. Se pretende que el derecho de 
intervenir en la deliberación existe en función de la libertad del alma, cuando 
al contrario, tal derecho existe en función de la ciencia adquirida sobre el 
asunto. Es uno de esos derechos dependientes de ciertos hechos, y no de la 
naturaleza del hombre. Se trata del paralogismo que asume como criterio de 
la validez de una opinión algo distinto al conocimiento y la competencia. El 
paralogismo fue claramente denunciado por Sócrates, según narra Platón en 
el Critón 7: si hay que deliberar a propósito de cosas ecuestres, gimnásticas 
o médicas, no se consulta a una persona cualquiera, sino sólo a quien es 
experto en ese género. Esta aporía se agrava hoy por la complejidad y el 
tecnicismo de la acción estatal, que hace necesario remitirse al consejo de los 
peritos. Cuando se remite en última instancia la decisión a la totalidad de los 
ciudadanos, como sucede en las democracias referendatarias, se remite a un 
cuerpo poco apto para decidir con conocimiento, y por consiguiente forzado 
a deliberar sin conocimiento suficiente o a dirigirse a su vez al parecer de los 


3GUICCIARDINI, Scritti politici e ricordi, Bari 1933, p. 309. GUSTAVE LE BON, 
Psicología de las multitudes, Ed. Albatros, Buenos Aires 1968. 


33.4. Examen de la democracia. Sofisma de la sinécdoque 411 


especialistas. 


33.4. Examen de la democracia. Sofisma de 
la sinécdoque 


El tercer supuesto sujeto a censura es universalmente mantenido y predi- 
cado. Consiste en considerar que la voluntad de la mayor parte no sólo es 
la voluntad justa y sensata, sino que es además la voluntad de todos. Es 
el sofisma de la sinécdoque, concretada por Manzoni en el ensayo sobre La 
Revolución francesa de 1789 analizando el razonamiento de Sieyés (según 
el cual los diputados del Tercer Estado, siendo la inmensa pluralidad de la 
nación, tienen derecho a ser considerados como la totalidad de la nación). 
Era como decir: la parte, es decir, el todo. Así, usando una figura estilística 
como la sinécdoque, la asamblea dio origen a sucesos de suma importancia 
y pudo después trasladar la eficacia de la noble palabra pueblo a sus partes 
más pequeñas y a menudo más indignas * . 

Es evidente que la mayoría no tiene por sí misma fuerza axiológica, y que 
lo justo es algo distinto de la voluntad del pueblo. Las leyes en el sistema 
católico no son algo primario, sino algo secundario, pues están sujetas a la 
justicia. La honestidad obliga a quien está fuera de la ley o incluso contra la 
ley. Como ya sentenció Cicerón, illud stultissimum, existimare omnia iusta 
esse quae sita sint in populorum institutis aut legibus (De legibus I, XV, 42) 
5 

La mayoría no es fuente de derecho: ese plus axiológico propio de lo legis- 
lado no proviene del plus numérico del legislador, sino de un plus de otro 
género resumido desde siempre por la doctrina católica (apoyándose sobre 
la Revelación) en la expresión omnis potestas a Deo (no hay potestad que 
no esté bajo Dios): cfr. Rom. 13, 1. En principio podría oponerse que la 
mayoría puede apropiarse de ese plus axiológico si los asociados convienen 
por unanimidad en ello; pero si lo convienen sólo por mayoría, no se escapa 
del sofisma de la sinécdoque. 


“Ver Opere, ed. cit., vol. III, p. 307. Para todo este punto, ver Morale cattolica, ed. 
cit., vol. TIT, p. 299 y ss. El sofisma de la sinécdoque relevado por MANZONT remite a la 
paradoja de CONDORCET, según la cual mediante la suma de las elecciones racionales 
de los individuos no se puede llegar a una elección colectiva que tenga la misma propiedad. 

Considero una completa estupidez considerar justo todo lo que pertenezca a las insti- 
tuciones y las leyes de los pueblos. 


412 33. La democracia en la Iglesia 


33.5. Examen de la democracia. Mayoría 
dinámica. Partidos 


Que la mayoría no es fuente de derecho se desprende también de la 
apelación realizada, contra la mayoría numérica, a la mayoría denomina- 
da dinámica, numéricamente menor o incluso la más pequeña. La mayoría 
dinámica sería la portadora del sentido de la historia, de la adivinación del 
futuro, de la voluntad profunda del pueblo, del espíritu del siglo, de los sig- 
nos de los tiempos, y tantas otras fórmulas. Se trata de pseudoconceptos y 
metáforas, motivos asumidos como subordinados a ese valor que en el sistema 
de la mayoría reside en el simple hecho de la prevalencia numérica. 


La doctrina de la mayoría dinámica se sitúa en las entrañas del sistema 
representativo; desde los inicios del Estado moderno algunos sostuvieron que 
el diputado del pueblo debía obrar obedeciendo la voluntad del pueblo, mien- 
tras otros defendían que debía obrar para bien del pueblo, fuese dicho bien 
reconocido o ignorado por éste; a este respecto el soberano delegante (el 
pueblo) se sujeta al soberano delegado (el diputado) y es corregido, dirigido 
y contradicho por éste. Ya Cicerón exigía además: magistratus populi utilitati 
magis quam voluntati consulat ? . 

La imposibilidad de plegar la autoridad política a contrapuestas y fluc- 
tuantes opiniones carentes de instancia axiológica, impulsa a las democra- 
cias a encontrar un apoyo a la deliberación de la mayoría en otros elemen- 
tos puramente fácticos, abriendo la puerta al llamado realismo político y 
al maquiavelismo. De aquí la execrable política que enseña a violar a cada 
momento la justicia para obtener alguna ventaja; y cuando estas violaciones 
acumuladas hayan conducido a un grandísimo peligro, enseña que todo es 
lícito para salvarlo todo " . 


Una cuarta censura es la planteada por Rosmini al sistema democrático en 
cuanto identificado con el sistema de partidos. Los partidos son expresiones 
de disentimiento y no de concordia, y no pueden por consiguiente dar a la 
voluntad política esa forma que proporcione organicidad y paz al todo social. 


Son en realidad concepciones distintas del fin de la comunidad civil y de 
los medios aptos para conseguir el fin, por lo cual la retirada de un partido 
ante otro supone que se confiesa haber tenido una visión más corta que el 
adversario, o bien menos coraje para resistir. Y resulta notable cómo en los 
momentos de peligro para la salus populi los partidos declaran desistir y 


6 La autoridad debe pensar más en la utilidad del pueblo que en su voluntad (De repu- 
blica, lib. V, fragmentos, ed. Castiglioni, Turín 1944, p. 140). 
7 Morale cattolica, Parte Primera, cap. VII, p. 129 en el vol. II de la citada edición. 


33.6. Iglesia y democracia 413 


anularse por el bien de la nación * 


33.6. Iglesia y democracia 


Ciertamente fue una momentánea ceguera la que atribuyó las reformas 
liberales de Pío IX a la adopción por parte de la Iglesia de las doctrinas de 
1789. Cuando en 1848 Victor Hugo declaraba a los Pares de Francia que un 
Papa que adopta la Revolución francesa y hace de ella la Revolución cristiana 
no es solamente un Hombre, sino un Acontecimiento, con esa prosopopeya 
incongruente enunciaba una imposibilidad religiosa, histórica y filosófica. No 
hay en la Iglesia Católica otra revolución posible distinta de la perpetua, con- 
sumada y siempre renovada llevada a cabo mediante la metanoia en Cristo. 

Sin embargo resulta evidente la tendencia democrática del Vaticano Il: 
sea porque la forma democrática fue trasladada de la especie al género y 
convertida en modelo de todo régimen legítimo; o sea porque las instituciones 
de la Iglesia se acomodaron al espíritu igualitario, el caso es que se debilitó la 
distinción entre clero y laicado, y se erigieron órganos representativos que 
asociaban al pueblo cristiano al gobierno de la Iglesia. 

En la Pacem in terris de 1963 Juan XXIII no hace derivar los derechos 
del hombre sancionados en la Carta de la ONU del deber moral del hombre, 
y por consiguiente de su ligazón finalística con Dios, sino inmediatamente de 
la dignidad humana (utilizando la fórmula antropotrópica, que se apropia- 
rá después el Concilio, de ser el hombre una criatura querida por Dios por 
sí misma: ver 830.1). El Papa recordaba ciertamente el principio católico de 
que toda autoridad viene de Dios, no existiendo en la igualdad de naturaleza 
de todos los hombres un principio de superioridad en virtud del cual uno 
mande y el otro obedezca; sin embargo, no dice que la razón de haber una 
diferencia en esa igualdad, y de que algunos iguales manden sobre otros 
iguales, es el carácter divino de la autoridad, en vez del hecho humano de la 
mayoría. 

La democratización fue realizada por el Vaticano II con la creación de 
órganos eclesiásticos destinados a influenciar, incluso sin fuerza deliberativa, 
sobre el gobierno de la Iglesia, pasándose de un régimen monárquico a uno 


poliárquico ? . 


8Una censura que afecta a la democracia contemporánea y no a la del siglo XIX se refiere 
al método para determinar la mayoría. Cuando están en contraposición más partidos, 
el elector es invitado a elegir uno, como cuando los partidos eran sólo dos, en vez de 
hacerles expresar su juicio comparativo con respecto a todos. Ver mis observaciones en 
L'anacronismo elettorale, en I giorni e le voci, Locarno 1980, pp. 33 y ss. 

“El Consejo para los laicos recalca sin embargo en OR, 4 de diciembre de 1981, que 


414 33. La democracia en la Iglesia 


33.7. Influjo de la opinión pública en la vida 
de la Iglesia 


El Card. Suenens declaraba en una entrevista que sobre todo después del 
Concilio se reconoce la existencia de una opinión pública en la Iglesia. Se 
trata de un hecho relativamente nuevo en la Iglesia Y . 

La declaración peca de inexactitud. ¿Qué reconocimiento entiende el car- 
denal como nuevo en la Iglesia? Es imposible negar la existencia de una 
poderosa influencia de las masas sobre la jerarquía. No entro en lo que sucedía 
en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando se deliberaba en las asambleas 
de los fieles con la fórmula Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros. 

No entro tampoco en el pulular plural de las herejías en los primeros siglos; 
¿qué fueron, sino grandes movimientos de la opinión pública? Cuando los 
pueblos de la Edad Media se movían, se flagelaban, buscaban el bautismo de 
sangre, se levantaban contra los sacerdotes concubinarios, o caían en herejía; 
cuando en el siglo XIII en París Santo Tomás respondía en comparecencias 
periódicas a las extemporáneas preguntas teológicas del pueblo; cuando en 
el siglo XVII la gente sencilla formaba tumultos a favor y en contra de la 
Inmaculada Concepción, echando del púlpito a quienes la negaban; cuando 
en el siglo XVIII las disputas teológicas dividían no sólo a las cortes y los 
estamentos intelectuales, sino a los menos ilustrados del pueblo, conmoviendo 
a la sociedad entera ** ; cuando en el siglo XIX se discutía en miles de libros, 
libretos y gacetas *? sobre la infalibilidad del Papa, ¿no había opinión pública 
en la Iglesia? 

Y por referirnos al más imponente fenómeno espiritual de la Cristiandad, 
es bien notorio el carácter popular propio de la reforma franciscana; y se sabe 
que el gran movimiento penitencial que invadió la Iglesia en el siglo XIII 
preparó la inspiración del clero, y que cuando Bonifacio VIII se decidió a 
promulgar el famoso jubileo, la Cristiandad lo consideraba ya en acto y lo 
había reclamado desde hacía tiempo. Aún más demostrativo para excluir 


la Iglesia no admite el principio democrático: La construcción (...) de la Iglesia no se 
efectúa según los métodos del sistema parlamentario (...) incluso si el modelo democrático 
puede enseñarnos algo para la vida interna de la Iglesia. El parlamentarismo acaba siempre 
necesartamente por entrar en conflicto con el ideal de la unidad en el Espíritu, por la cual 
precisamente los ministros tienen una responsabilidad particular. 

10CIDS, 1969, n. 13, pp. 406 y ss. 

1'NOo deben naturalmente descuidarse las pasiones y las razones políticas entremezcladas 
con las disputas teológicas (sobre todo en Francia), pero este apasionamiento es una prueba 
de la fuerza que tenía la opinión pública. 

l2Basta para persuadirse de ello la diligente reseña bibliográfica que hubo en aquellos 
años en la Civiltá cattolica. 


33.8. Nueva función de la opinión pública en la Iglesia 415 


que el pueblo no tuviese parte en la determinación del curso eclesial son las 
costumbres sobre la elección de los obispos, que duraron siglos. La elección 
no se hacía ad opera del pueblo, porque es oficio propio de los Apóstoles y 
de sus sucesores, sino con la participación del pueblo, que daba testimonio 
de la bondad de los candidatos. En fin, no se puede ocultar en siglos más 
recientes, y máxime después de la reforma tridentina, la increíble vitalidad de 
las cofradías de laicos, en parte dedicadas a la devoción y en parte dirigidas a 
las obras de misericordia, regidas de modo autónomo y de las cuales se puede 
decir que el clero era solamente el siervo ministerial. 


En conclusión, es una visión históricamente infundada la de los laicos 
pasivos, adoptada por Pablo VI en el discurso del 22 de marzo de 1970. En 
la distinción específica, siempre conservada, entre jerarquía y pueblo, éste 
(como parte orgánica del todo eclesial que vive del Espíritu Santo) no fue 
jamás miembro pasivo o mecánico movido por los pastores. Lo que hoy se 
denomina opinión pública no dejó nunca de impulsar, en la forma propia de 
un miembro subordinado, todo el organismo de la Iglesia. 


33.8. Nueva función de la opinión pública en 
la Iglesia 


La novedad no es por consiguiente la señalada por el Card. Suenens, de la 
existencia de opinión pública en la Iglesia, sino su nueva fuerza proveniente 
del periodismo y de los potentes medios de propagación de las ideas. 

Además de manifestar las opiniones, éstos la amplifican desmesurada- 
mente, la hacen aparecer como lo que no es, y a veces simplemente hacen 
que sea. Todo el arte propio de la Sofística que desnaturaliza la tesis fuerte 
reforzando la débil, se ha convertido en el estigma del periodismo contem- 
poráneo, alimentado por el pirronismo latente en la sociedad civil y en la 
Iglesia. 

Con el logro de esta exorbitante eficacia psicológica, la opinión se enseñorea 
del mundo bastante más que en el pasado, cuando las grandes verdades natu- 
rales y religiosas constituían (por usar una imagen astronómica) el máximo 
sistema dentro del cual, y solamente dentro del cual, se ponían en órbita los 
epiciclos de la opinión. 

La novedad de mayor relevancia en la Iglesia postconciliar es haber otor- 
gado a la participación de todos los estamentos de la Iglesia órganos jurídica- 
mente definidos, como el Sínodo permanente de los obispos, las Conferencias 
episcopales, los Sínodos diocesanos y nacionales, los Consejos pastorales y 


416 33. La democracia en la Iglesia 


presbiteriales, etc. Y 


Pero aquí se manifiesta la intestina contradicción que un órgano pura- 
mente consultivo tiene consigo mismo en la medida en que constituye también 
un órgano representativo. En cuanto órgano consultivo, debe estar compuesto 
con el criterio de la competencia, mientras que al contrario, en cuanto órgano 
representativo, debe conceder un lugar a todas las experiencias y a todas las 
opiniones. 

Hay además una contradicción añadida. Incluso reducido a órgano de opi- 
niones dispares que la jerarquía puede acoger o rechazar, un Sínodo de obispos 
o un Consejo pastoral expresa opiniones en las cuales puede también persistir 
aunque el Papa o los obispos las rechacen: por lo cual estos cuerpos eclesiales 
de participación se convierten en realidad en órganos de disentimiento y de 
independencia del pueblo de Dios con respecto a sus pastores y al pastor 
supremo. 

Lo que ya se preveía que había de surgir con la democratización de la 
Iglesia se vió pronto demostrado a posteriori por los desdichados efectos de 
los sínodos nacionales y sobre todo del sínodo holandés, a consecuencia del 
cual la Iglesia de aquella provincia se encuentra en condición precismática, 
que no se ha podido hasta ahora sanar ni siquiera con el Sínodo extraordinario 
convocado en Roma en 1980 por Juan Pablo II. 

Pero comunes a todos los sínodos, diocesanos o nacionales, es la propen- 
sión a la independencia y haber establecido tesis y propuesto reformas en 
contraste con la mente declarada de la Santa Sede, pidiendo por ejemplo la 
ordenación de hombres casados, el sacerdocio de la mujer, la intercomunión 
eucarística con los hermanos separados, o la admisión a los sacramentos de 
los divorciados bígamos (Sínodo alemán, Sínodo suizo). 

No volvemos sobre el disenso doloroso y evidente manifestado en el epis- 
copado en torno a la Humanae Vitae ($86.5-6.6). Nos referiremos sin embargo 
brevemente a la contradicción entre democratización y constitución divina de 
la Iglesia. 

Hay diferencia, o más bien contrariedad, entre la Iglesia de Cristo y las 
comunidades civiles. Estas reciben en primer lugar el ser y luego forman 
su propio gobierno, y por eso son libres y en ellas está originariamente y 
como fuente toda jurisdicción comunicada después (sin privar de ella a la 
autoridades sociales). 

La Iglesia, al contrario, no se formó a sí misma ni formó su gobierno: fue 
hecha in toto por Cristo, que estatuyó las leyes antes de llamar a los fieles 
y concibió el diseño antes de que ellos existiesen; ellos son realmente una 


l3Decreto Christus Dominus y decreto Ecclesia sancta, y nuevo Código de Derecho 
Canónico. 


33.9. Conferencias episcopales. Sínodos 417 


nueva criatura. La Iglesia es una sociedad sin parangón, en la cual la cabeza 
es anterior a los miembros y la autoridad existe antes que la comunidad ** . 

Una doctrina basada en una concepción democrática del pueblo de Dios 
y en el sentimiento y la opinión de éste es antitética a la Iglesia; en ella la 
autoridad no es llamada, sino que llama, y todos los miembros son siervos de 
Cristo obligados por el precepto divino. Allí donde el pueblo de los fieles sea 
soberano y se le atribuya una participación, queda invertida la estructura 
esencial de la Iglesia. Que esta heterogeneidad entre ordenamiento civil y 
ordenamiento eclesiástico sea en general reconocida verbo tenus, no evita la 
interna contradicción de los casos de democracia eclesial. 


33.9. Conferencias episcopales. Sínodos 


La constitución de las conferencias episcopales ha producido dos efectos: 
ha deformado la estructura orgánica de la Iglesia y ha dado lugar a la des- 
autorización de los obispos. Según el derecho preconciliar los obispos son 
sucesores de los Apóstoles y rigen cada uno su propia diócesis con potestad 
ordinaria, en lo espiritual y en lo temporal: ejercitando la potestad legislativa, 
judicial y coactiva (can. 329 y 335). La autoridad era precisa, individual e 
indelegable, excepto en el instituto de vicario general, pues el vicario general 
era además ad nutum del obispo. Ciertamente, en algunas naciones, como en 
Suiza, existían Conferencias episcopales sin estructura jurídica; establecían 
de modo consensuado las providencias pastorales más apropiadas a pueblos 
reunidos bajo un mismo régimen político pero distintos por lengua, estirpe 
y costumbres, a fin de que no resultase una deformidad demasiado llamativa 
en el interior de la nación. La Conferencia episcopal era una asamblea de 
hecho, y todo obispo mantenía durante y después de las deliberaciones la 
plena posesión de su propia autoridad y de su propia responsabilidad. 

El decreto Christus Dominus atribuye al cuerpo episcopal la colegialidad, 
es decir la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal, que sería en 
todo igual a la del Pontífice romano, si pudiese ejercitarse sin su consen- 
timiento. Esta suprema potestad fue siempre reconocida en las asambleas de 
obispos reunidos con el Papa en Concilio ecuménico. La cuestión planteada 
es si una autoridad que solamente se pone en acto a través de una instancia 
superior a ella puede ser considerada aún como suprema, y si no acaba siendo 
una mera virtualidad y casi un ens rationis. Pero según la mente del Vaticano 
II, el ejercicio de la potestad episcopal en el que se concreta la colegialidad 
es el de las Conferencias Episcopales. 


lMÉsta es la peculiaridad de la Iglesia, como defendió Diego Laínez en Trento. Ver SARPI, 
Istoria, ed. cit., vol. III, p. 48. 


418 33. La democracia en la Iglesia 


Es curioso cómo el decreto (n. 37) encuentra la razón de esta nueva ins- 
titución en la necesidad para los obispos de un mismo país de obrar de 
acuerdo, y cómo no vé que este vínculo de cooperación (configurado aho- 
ra jurídicamente) altera el ordenamiento de la Iglesia sustituyendo al obispo 
por un cuerpo de obispos, y la responsabilidad personal por una responsa- 
bilidad colectiva: es decir, por una fracción de responsabilidad. La doctrina 
del Vaticano 1 y del Vaticano 11 en la Nota praevia (ver 84.7) define al Papa 
como principio y fundamento de la unidad de la Iglesia, pues conformándose 
a él es como los obispos se conforman entre sí. 

No es posible para los obispos apoyar su autoridad sobre un principio 
inmediato que sería común a su potestad y a la del Papa. Ahora bien, con 
la institución de las Conferencias episcopales, la Iglesia se convierte en un 
cuerpo policéntrico cuyos numerosos centros son las Conferencias episcopales, 
nacionales o provinciales. 

La primera consecuencia de la nueva organización es una relajación del 
vínculo de unidad, que se ha manifestado con grandes disensiones en puntos 
egravísimos. Ver 336.4-6.8. 

La segunda consecuencia es la desautorización de los obispos individuales 
en cuanto tales; ellos ya no responden ni ante su propio pueblo ni ante la 
Santa Sede: se sustituye la responsabilidad individual por una responsabili- 
dad colegial que, por encontrarse en el cuerpo entero, no se puede colocar en 
ninguno de los componentes del cuerpo *”? . 

En las Conferencias episcopales las deliberaciones se toman por mayoría 
de dos tercios; pero la mayoría así cualificada, aunque tal vez proporcione una 
mayor facilidad de ejecución, no impide la opresión ejercitada por la mayoría 
sobre la minoría (ver $833.3-33.4) *% . Las decisiones mayoritarias, aunque 
hayan sido puestas bajo el examen de la Santa Sede, tienen fuerza para 
obligar jurídicamente, y no solamente en el caso de prescribirlas el derecho 
común o de haber recibido de la Santa Sede una fuerza particular que las 
haga obligatorias. 

No se comprende cómo las Conferencias episcopales pueden tener capaci- 


I5Conviene observar que si por un lado los obispos individualmente considerados son 
desautorizados por la Conferencia Episcopal, por otro ésta es desautorizada por la Con- 
federación de Conferencias Episcopales. 

lSPor tanto resulta superfluo afirmar que estas asambleas eclesiales son toto caelo dis- 
tintas de las asambleas democráticas de la sociedad civil. Tienen idéntica estructura e 
idéntico funcionamiento. Además, las Conferencias episcopales se transforman, por la in- 
terna vis lógica que las mueve, en representaciones de todo el pueblo de Dios, admitiendo 
a laicos en sus propios trabajos. La asamblea de la Conferencia episcopal italiana en abril 
de 1983 contempló la intervención activa en sus trabajos de presbíteros y laicos. En la 
tercera jornada hubo diez intervenciones de obispos, cuatro de presbíteros y seis de laicos 
(OR, 15 de abril de 1983). 


33.10. Sínodos y Santa Sede 419 


dad para obligar cuando ya obliga el derecho común, y menos aún se ve cómo 
puede coexistir la responsabilidad personal con la corresponsabilidad: es de- 
cir, una responsabilidad plena y directa con una responsabilidad condivisa e 
indirecta, en realidad una fracción de responsabilidad. 

La incompatibilidad entre las dos ha dado lugar a profundas divisiones, y 
en alguna provincia como la holandesa, a situaciones precismáticas; en éstas, 
los obispos que consideran su potestad semejante a la del Papa han sido 
abandonados por obispos fieles a Roma, que derivan el principio de unidad 
con sus hermanos de su unión con el Romano Pontífice. 

De ahí procede una general inclinación de las Conferencias episcopales 
a pronunciarse in proprio por encima de los documentos papales; no como 
en el pasado, con un juicio de obediencia y de consenso, sino con un juicio 
crítico y a menudo de disentimiento (como se vió, causando estupor, en la 
promulgación de Humanae Vitae). 


33.10. Sínodos y Santa Sede 


Se podría interpretar el fenómeno como una simple manifestación de la 
opinión pública en la Iglesia; pero en primer lugar, la opinión no puede te- 
ner lugar donde ya existe una decisión del Magisterio, aunque se busquen 
pretextos abusando de la distinción entre magisterio ordinario y magisterio 
extraordinario: el ordinario es considerado discutible, y de hecho discutido, 
por clérigos y laicos. 

En segundo lugar, incluso si en un momento dado la opinión (producto de 
minorías, o más bien de minorías mínimas) se encuentra en disonancia con 
el Magisterio, al producirse el pronunciamiento debería ser abandonada, ya 
que deja de ser libre. Sin embargo, como ya hemos observado, los Sínodos na- 
cionales continúan poniendo en discusión puntos ya decididos: abolición del 
celibato, intercomunión, etc. En el Forum interdiocesano helvético de 1981 
17 todos los temas disputados desde el Concilio hasta entonces, y resueltos 
con decisiones de la Santa Sede (todos, y con la anuencia de los obispos) 
volvieron a figurar en la lista de los temas a tratar. De esta independen- 
cia precismática es también un indicio cierto el hecho de que en el Forum 
helvético de 1981 no tuvo participación alguna el Nuncio pontificio en Suiza. 
Pero la independencia asumida por los obispos ante la Santa Sede al admitir 
como disputables materias ya decididas por ella, es sólo una ficción: cuando 
ellos hacen propias las opiniones ajenas o renuncian a juzgarlas y discernir- 
las, disminuyen o destruyen su propia autoridad. Disminuyen o destruyen la 


17Este Forum es el sucedáneo subrepticio del Sínodo nacional propuesto en Roma por 
los obispos helvéticos y no aprobado por la Santa Sede. 


420 33. La democracia en la Iglesia 


autoridad del obispo individualmente considerado: está entre mi correspon- 
dencia la carta ya citada de aquel obispo suizo que, invitado a resolver un 
escándalo en cosas de fe, confesaba: Como obispo aislado soy absolutamente 
impotente (...) Hasta tal punto están hoy manipuladas las cosas en la Iglesia, 
que la advertencia del obispo no sólo no sería escuchada, sino que sería inclu- 
so escarnecida + . Pero resulta disminuida también la autoridad del cuerpo 
episcopal mismo, ya que un cuerpo cuyos componentes se sienten privados de 
autoridad y responsabilidad no puede estar sino privado de responsabilidad 
y ser irresponsable. 

Debe añadirse también que los obispos remiten los asuntos a comisiones 
de peritos (los cuales a menudo no son realmente peritos) y que el parecer 
de las comisiones se convierte para quienes las han nombrado en una especie 
de coacción moral, como se desprende del caso Charlot (813.3). 


33.11. Espíritu y estilo de los sínodos. El fo- 
rum helvético de 1981 


Además de por la desautorización de los obispos, los sínodos se carac- 
terizan por un gran circiterismo de pensamiento y de expresión. El sínodo 
helvético de 1981 al que me refería fue convocado y preparado durante años 
en torno al tema Por una Iglesia viva y misionera. 

El concepto de Iglesia viva era admisible en la teología tradicional, que 
distinguía no una Iglesia viva y una Iglesia muerta, sino miembros vivos y 
miembros muertos en la Iglesia. Aquí en cambio se trata de una referencia 
genérica al dinamismo y vitalismo moderno, para el cual son indicios de vida 
el movimiento y el cambio, en vez de la permanencia en el propio ser. Sólo 
son precisos y concretos los artículos en los que el Sínodo expresa su disenso 
de la tradición. El resto tiene en común la abstracción, la generalidad, la 
metáfora; son fórmulas como: Es necesario sentirse una comunidad en la que 
cada uno acepta las experiencias, las expectativas, la sensibilidad eclesial del 
otro en un clima de confianza. 

A causa de la creciente información sobre la indigencia en que viven otros 
pueblos, y de la creciente organicidad entre unos continentes y otros, la acción 
de caridad se convierte en una obvia obligación de los pueblos cristianos; el 
Forum la define como apertura a nuevas relaciones de crecimiento con otras 
comunidades. 

El fin de la Iglesia contemporánea es la evangelización, pero en la concep- 


ISCiertamente también en el pasado los obispos fueron desatendidos y ultrajados, pero 
por gente de fuera, no de dentro de la Iglesia. 


33.11. Espíritu y estilo de los sínodos. El forum helvético de 1981 421 


ción del Forum todos son evangelizadores, porque el deber del cristiano se ve 
con claridad solamente en la relación con el prójimo. 

Navegando en un confusionismo aún más superficial y desconocedor de 
toda teodicea, el Forum (en un mundo que todos ven en dificultades, en medio 
de la injusticia y del dolor) sentencia finalmente que se trata de comunicar a 
los otros nuestra alegría, intercambiar esperanzas en la búsqueda de nuevas 
formas de vida de la Iglesia. 

El motivo de la alegría, sustitutivo de la fe y esperanza sobrenaturales, 
hacía después dar saltitos sobre el púlpito como los corderos bíblicos al obispo 
de Lugano en la homilía final del Sínodo. No se puede elevar el tema de la 
alegría a motivo primario de la religión, ya que el problema del dolor y del mal 
es el misterio profundo de la vida y de la religión, y quien cierra los ojos para 
no verlo rechaza la religión misma '% . Para concluir, el Forum, presentado 
como asamblea representativa de la Iglesia de Suiza, era en realidad una 
selección de grupos de nula representatividad, y formado en gran parte por 
personas de poca doctrina que no habrían resistido la docimástica propia de 
las democracias de la Grecia antigua. 

El sínodo tuvo dos partes: una fundada sobre conceptos confusos y circi- 
terizantes, como los de inserción en el mundo, apertura, comunidad viva, o 
ser más hombre. En esta parte falta todo reclamo a conceptos precisos co- 
mo precepto divino, deber personal, espíritu de penitencia, fe sobrenatural, 
o actos de virtud. Hubo después una segunda parte, precisa y sin ambages ni 
circiterismos, en la cual el Forum pretende que son expectativas de la Igle- 
sia helvética los postulados innovadores ya formulados en el primer Sínodo 
y rechazados por la Santa Sede: ordenación de mujeres, sacerdotes casados, 
intercomunión, o admisión a los sacramentos de los divorciados vueltos a 
casar. 

El núcleo del espíritu sinodal es que el espíritu subjetivo prevalece en 
la vida de la comunidad eclesial impregnándola del primado de la opinión 
pública; y que conviene por tanto continuar manteniendo abiertas las cues- 
tiones cerradas por la Iglesia. De la dependencia del cristiano respecto a la 
autoridad de la Iglesia se pasa a la dependencia de la Iglesia respecto a la 
autoridad del Demos. 


l9Para las citas referidas, ver el informe sobre los trabajos del Forum en Giornale del 
popolo, 30 y 31 de octubre de 1981. 


422 33. La democracia en la Iglesia 


Capítulo 34 


Teología y Filosofía en el 
postconcilio 


34.1. Filosofía y Teología en el catolicismo 


Como hemos explicado en 815.1, la importancia de la filosofía para la 
religión católica no se reduce a la de un corolario, sino a la de un principio. 
La religión consiste en una revelación y un desvelamiento de verdades natu- 
ralmente ininteligibles realizados por el Verbo encarnado. El principio es el 
Verbo (es decir, la mente), no la vida o el amor: /n principio erat Verbum 
(En el principio era el Verbo) (Juan 1, 1). Cuando Fausto pretende que el 
principio no es la mente, sino la Acción (die Tat), consuma la desviación del 
hombre respecto a la religión. 

En muchas páginas de este libro hemos planteado la profunda teoricidad 
del catolicismo, en el cual la vida procede de la verdad como en la procesión 
interna de la Trinidad el Espíritu Santo procede del Verbo y del Padre (y no, 
como pretenden los Orientales, inmediatamente del Padre). 

La Iglesia no podía dejar de tener en cada uno de sus estadios históricos 
una filosofía, al no poder dejar de justificar en cada uno de ellos las verdades 
naturales sobre las cuales se apoya la fe; tampoco podía dejar de iluminar y 
profundizar para el hombre (que no es un puro sentiente sino un sujeto inte- 
lectivo) las verdades sobrenaturales, que no por ello conquistan la evidencia. 

Pero si resulta patente la exigencia intrínseca de la filosofía que tiene 
la teología, resulta escabroso comprender el nexo de la dogmática católica 
con una filosofía concreta e histórica. Tampoco sería razonable sostener que 
tenga los mismos con todas las filosofías, pues esto supondría la equivalencia 
de todas con respecto a la fe; o bien, en caso de contradictoriedad entre ellas, 
la negación de la filosofía y el pirronismo puro. Finalmente, tampoco basta 


423 


424 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


afirmar la importancia de la filosofía para la religión si después no se está en 
disposición de precisar cuál filosofía en concreto puede prestar un servicio a 
la religión y cuál no. 

Es la aporía en la cual se empeña el Card. Garrone (OR, 23-24 de octubre 
de 1970) al exaltar la importancia de la filosofía sin determinar la filosofía 
concreta cuya importancia exalta. 


34.2. La desfiguración del 'Tomismo. Schille- 
beeckx 


Es históricamente cierta la preferencia que la Iglesia reservó en sus es- 
cuelas, en un ambiente cultural no tomista, a la filosofía de Santo Tomás; no 
hace falta recordar la entronización de la Summa, incluso ritual, realizada 
por el Concilio de Trento. Baste recordar la encíclica de León XIII Aeterni 
Patris, dando preferencia (sin exclusivismos) a la doctrina de Santo Tomás 
y ligando a la restauración tomista la renovación cultural del catolicismo e 
incluso la salvación de la moderna sociedad civil. 

Sin embargo, muchas voces se elevaron en el Vaticano II contra esa prefe- 
rencia. 

En la sesión CXXII el Card. Léger declaró que la Escolástica no es 
apropiada para los pueblos no occidentales, y que el Concilio no debería tomar 
partido sobre sistemas filosóficos, y propuso suprimir en el texto la mención 
de Santo Tomás, pues no debería ser considerado como maestro tético (au- 
tor de un sistema), sino solamente metódico (sobre el modo con el cual el 
pensador católico debe en cada momento acercarse al mundo cultural de su 
época). 

La degradación de la filosofía de ser un sistema de juicios válidos a ser puro 
método, es la interpretación difundida en el Congreso Internacional Tomista 
de 1974, enseñada también en las publicaciones divulgativas católicas: lo 
actual para el catolicismo contemporáneo, caracterizado por el pluralismo, 
no son las tesis de Santo Tomás, sino su actitud de apertura y de encuentro 
con la cultura del siglo. 

En Famiglia cristiana, del 3 de marzo de 1974, el padre Schillebeeckx 
proponía dos tesis completamente destructivas del valor de la teología de 
Santo Tomás. 

La primera es que Santo Tomás, contra la corriente agustiniana, efec- 
tuó una especie de secularización cristiana que acepta los valores de las cosas 
en sí mismas; y que Santo Tomás antes de hablar de Dios, comienza sobre 
todo con el análisis de las cosas creadas. 


34.3. Actualidad y perennidad del Tomismo. Pablo VI 425 


La segunda tesis es que el contenido tomista parece secundario, aunque 
sin duda no despreciable, en comparación con el método y la aproximación 
tomistas. 

Luego siguen afirmaciones de ética modernista atribuidas a Santo Tomás. 
La primera tesis no es tomista, sino pseudotomista, y se resiente del antropo- 
tropismo de los innovadores. Solamente se puede decir que Santo Tomás, 
antes de hablar de Dios, trata de las causas segundas, si se ignora incluso la 
estructura de la Summa; o si se olvida cómo hasta en el proemio de la obra 
el Aquinatense declara que tratará primero de Dios, después del finalismo de 
las criaturas, y finalmente de Cristo (1, q.2, proemio), y afirma también que 
todas las cosas son tratadas en la teología en relación a Dios (1, q.1, a.1). 

¿Cómo entonces se viene a decir que Santo Tomás analiza antes las causas 
segundas? Ciertamente las analiza (¿si no, qué tipo de filosofía sería?), pero 
no en primer lugar y jamás en sí mismas, sino en relación a Dios. La teología 
pseudotomista del teólogo holandés ve a Dios ordenado al hombre, y no al 
hombre ordenado a Dios. 

La segunda tesis quita completamente todo valor a la filosofía tomista en 
cuanto tal. ¿Dónde está, según Schillebeeckx, el significado de Santo Tomás? 
No en el contenido (considerado secundario), sino en el método: en el modo 
de acercarse a los problemas. Éste consistiría en una apertura horizontal, 
opuesta según él al verticalismo de San Buenaventura, y daría lugar a esa 
secularización cristiana característica de la nueva teología postconciliar. 

Este intento de disminuir el valor teórico de Santo Tomás carece de fun- 
damento. El valor de un sistema de pensamiento no puede ser reducido a su 
método, que pertenece a la lógica; debe buscarse en las proposiciones estable- 
cidas por el teólogo mediante la argumentación propia de su ciencia. Decir 
como hace Schillebeeckx que no es importante lo que Santo Tomás dice, sino 
sólo la posición desde la cual lo dice, equivale a la anulación de la teología. 
La teología es un discurso en torno al ser divino, y no en torno al modo de 
conducir el razonamiento en ese discurso. 


34.3. Actualidad y perennidad del Tomismo. 
Pablo VI 


Que la actualidad del tomismo consista en la adaptación al mundo cultut- 
al de su época está desmentido por el hecho de que el tomismo no asimiló la 
cultura de su siglo, aunque tuvo contacto con ella; más bien la contradijo vig- 
orosamente en todos sus puntos incompatibles con las doctrinas de la religión 


(81.5). 


426 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


Que el valor del tomismo sea metódico y no tético, aun siendo la tesis 
dominante en el Congreso de 1974 que condujo a la fundación de una Aso- 
ciación internacional en defensa de un tomismo sincretista, no pasó sin reprobación 
de Pablo VI, en carta al Maestro general de la Orden de Predicadores el 14 
de noviembre de 1974. 

El Papa restablece conforme a la verdad el valor actual del tomismo. 
Concluye el documento afirmando que para ser hoy un fiel discípulo de San- 
to Tomás no basta querer hacer en nuestro tiempo y con los métodos de que se 
dispone hoy lo que él hizo en el suyo (no sería nada de particular hacer lo que 
hicieron todos los Padres, desde Tertuliano en adelante) contentándose con 
imitarle. Caminando por una especie de vía paralela sin recoger nada de él, 
difícilmente se podría llegar a un resultado positivo o por lo menos a ofrecer 
a la Iglesia y al mundo esa contribución de sabiduría de que tienen necesi- 
dad. No se puede hablar de verdadera y fecunda fidelidad a Santo Tomás si 
no se aceptan sus principios, que son faros para iluminar los más impor- 
tantes problemas de la filosofía, e igualmente las nociones fundamentales de 
su sistema y sus ideas-fuerza. Sólo así el pensamiento del Doctor Angélico, 
en confrontación con los siempre novedosos resultados de la ciencia profana, 
conocerá un pujante desarrollo. 


34.4. Rechazo postconciliar del tomismo 


Precisamente el rasgo propio impreso en la teología postconciliar es el 
rechazo del tomismo como filosofía (es decir, como sistema de tesis) y su 
degradación a mera actitud metódica acomodada a la índole de los tiempos. 
Los ataques llevados a cabo contra el tomismo en el Concilio no quedaron sin 
influencia en la redacción de los textos. El decreto Optatam totius sobre la 
formación intelectual del clero propone ($2.4) que los alumnos sean guiados 
a una sólida y coherente concepción del hombre, del mundo y de Dios innixi 
patrimonio philosophico perenniter valido, pero nada dice del tomismo | or- 
denado sin embargo por la Aeterni Patris, por el can. 1366, y por todos los 
pontífices hasta Juan XXIII. 

El concepto genérico de filosofía perennemente válida, sustituto del más 
específico de filosofía tomista, no tiene ninguna relevancia ad rem. Las ver- 


1El destierro de la filosofía tomista sancionada por el Concilio sigue caracterizando 
los estudios eclesiásticos. Sin embargo, JUAN PABLO II, en el discurso a los obispos 
de Francia, reivindicando la necesidad de la metafísica en los estudios de los seminarios, 
se refirió al tomismo: La aproximación a Dios hecha por la ontología propiamente dicha, 
centrada en la intuición del ser en la perspectiva tomista, sigue siendo irreemplazable (OR, 


11 de diciembre de 1982). 


34.5. El Tomismo teológico en la Iglesia postconciliar 427 


dades que se deslizan en el curso de la filosofía desde Tales a Sartre no son 
filosofía, puesto que la filosofía es un organismo lógico desarrollado a partir 
de un principio. 

Concebida de este nuevo modo, la filosofía es solamente distecta membra: 
aquellas verdades que constituyen lo filosofable, y no lo filosofado. 

Si la filosofía recomendada por el Concilio fuese alguna filosofía armoniza- 
ble con las verdades de la religión, entonces también a la agustiniana, a la 
escotista, a la suareciana o a la rosminiana les competería la preferencia 
reservada por la Iglesia al tomismo, y lo específico del tomismo se diluiría del 
todo. 

Entonces, como escribe el rosminiano Ugo Honaan en Rivista rosminiana, 
1949, p. 287, los Agustinianos serían Tomistas, los Escotistas serían Tomis- 
tas, los Suarecianos serían Tomistas, los Rosminianos serían Tomistas, etc.. 
Como resulta manifiesto, tal sentencia anula la filosofía tomista y todas las 
demás, reduciéndolas a símbolos de la verdad común a todas ellas. A esta 
simbología contribuyen también las filosofías heterodoxas, porque el Concilio 
quiere que se tengan en cuenta las filosofías e investigaciones del pensamien- 
to contemporáneo; pero no para rechazarlas en cuanto errores (se entiende), 
sino para extraer de ellas, en la comparación, sufragios para la verdad (Pablo 
VI, OR, 15 septiembre 1977). 

Es imposible no apreciar en dicha posición algo de escepticismo y una 
sombra de degradación del tomismo, al que ni se nombra. De ese modo la 
filosofía ya no es una, sino varia. 


34.5. El Tomismo teológico en la Iglesia post- 
conciliar 


El Tomismo teológico en la Iglesia postconciliar. Olvido de la 
<«Aeterni Patris» 

Apartado el tomismo de su posición preferente en los estudios filosóficos, 
se lo menciona sin embargo en 82.5, donde se dice que los misterios de la 
fe deben ser iluminados y coordinados entre sí mediante la especulación S. 
Thoma magistro. Pero la real orientación extratomista del Concilio se de- 
sprende del hecho de no ser citada ni una vez la encíclica Aeterni Patris de 
León XIII (1879), que celebró, solemnizó y ordenó la doctrina de Santo Tomás 
como doctrina propia de las escuelas católicas. Esta llamativa omisión es re- 
iterada por la Constitución Apostólica Sapientia Christiana de Juan Pablo 
II, que contiene las directrices para la renovación de las Universidades. 

La Constitución se extiende sobre la libertad de la investigación teológica, 


428 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


pero no manifiesta ninguna preocupación por la unidad doctrinal y deja am- 
plio espacio a la pluralidad de las enseñanzas. La referencia a Santo Tomás 
insertada en la Optatam totius del Vaticano II no sólo desaparece en los 
actos de su aplicación, sino que ha dejado lugar al así llamado pluralismo, 
perdiéndose toda impronta original de los estudios eclesiásticos. Así, el 4 32 
prescribe para la admisión a una Universidad eclesiástica los títulos académi- 
cos que se requieren para la admisión en las Universidades civiles del país. 

De este modo sucederá que la impregnación de filosofía marxista y exis- 
tencialista será condición para entrar en los institutos de formación del clero, 
y esa originalidad y libertad de la Iglesia sobre los contenidos y métodos de 
sus propios estudios (defendida con tanta fortaleza por los obispos en el siglo 
XIX contra el despotismo del Estado) será abandonada para tomar como 
modelo el mismo tipo de la cultura profana, que margina o niega la idea 
católica. 

Incluso en las variaciones introducidas por la Iglesia en su ratio studiorum 
con el abandono del tomismo y de las humanidades clásicas, y en el espíritu 
de pluralismo sincrético, reconocemos un caso de la generalizada pérdida de 
las esencias y de los límites que circunscriben una esencia separándola y de- 
fendiéndola de las otras. En torno a esta pérdida de las esencias se reúnen por 
vis logica todos los fenómenos de la Iglesia postconciliar. Ya no hay filosofía 
y teología, sino algo único e indistinto del cual se dan diferentes expresiones, 
no importa si coherentes o incoherentes, armónicas o contradictorias. 

La Aeterni Patris aducía para dar preferencia al tomismo en las escuelas 
eclesiásticas los siguientes títulos. 

Primero, el tomismo se fundamenta sobre la capacidad de la razón hu- 
mana y rechaza todo escepticismo, total o parcial: al pensamiento le compete 
como misión primaria afirmar las verdades naturales sobre las cuales insiste 
la verdad revelada. 

Segundo, a causa de este reconocimiento de la capacidad del espíritu para 
aprehender lo verdadero, el tomismo presenta (iluminándolas) las verdades 
de fe en cuanto son inteligibles por analogía. 

Tercero, en virtud de esa su capacidad radical, no sólo demuestra verdades 
naturales e ilumina las sobrenaturales, sino que también defiende su validez 
contra las objeciones. 

Pero estos tres títulos se resumen en un único título, el reconocimiento de 
la distinción entre orden natural y orden sobrenatural: es decir, entre filosofa 
y teología, lo cual constituye el sostén de la especulación católica. 

El Vaticano II ha eliminado del todo esa preferencia silenciando comple- 
tamente, como vimos, la Aeterni Patris, rebajando de lo tético a lo metódico 
el valor del sistema, y abriendo la vía a la confrontación con las filosofías 
modernas sin determinar con qué fin deba llegar esa confrontación. Y puesto 


34.6. El pluralismo teológico en la tradición 429 


que (885.3-5.4) la escuela modernizante utiliza ampliamente el procedimien- 
to consistente en admitir ¿n vocabulo las cosas que se niega in re, y siendo 
además ley histórica y psicológica que cuanto más se debilita un valor en el 
orden real, más se frecuenta en el orden verbal, el centenario de la Aeterni 
Patris tuvo su celebración y glorificación (realmente vanas, porque ninguna 
proclamación tiene fuerza para obligar a las cosas a no ser lo que son). 

La variación instaurada en la Iglesia por el Vaticano II es confesada en 
el Congreso romano sobre Santo Tomás de Aquino en el centenario de la 
encíclica Aeterni Patris: Con el Vaticano II, a pesar de su referencia a Santo 
Tomás, se abre el periodo de pluralismo teológico en el que ahora vivimos 
(Actas, Roma 1981, p. 168). 


34.6. El pluralismo teológico en la tradición 


Aunque el vocablo pluralismo sea utilizado en el Concilio solamente para 
indicar las diversidades y las oposiciones internas de la sociedad civil, y jamás 
para referirse a las diversas escuelas teológicas que han ido especulando sobre 
los dogmas en el ámbito de la Iglesia, el pluralismo es, junto con el diálogo, 
la idea inspiradora y directiva del pensamiento postconciliar. 

Pero si el pluralismo político es conforme a la noción de comunidad 
política (sobre todo de la moderna, que rechaza toda unidad salvo la descen- 
diente del principio de la libertad), no es en modo alguno fácil compatibilizar 
la idea de pluralismo con la de verdad dogmática, y por tanto con la de 
teología católica. 

Una pluralidad de escuelas teológicas la conoció el Cristianismo desde sus 
albores; y si quizá no son dualidad de teologías los pensamientos de Juan y 
Pablo, se pueden sin embargo reconocer dos escuelas en la alejandrina y en 
la agustiniana, en la franciscana y en la tomista, en la neotomista y en la 
rosminiana; por no hablar de la pluralidad de las soluciones dadas a pun- 
tos particulares en el ámbito de la ortodoxia, como ocurrió en torno al fin 
de la Encarnación (disputado entre Tomistas y Escotistas), la Inmaculada 
Concepción (entre Dominicos y Franciscanos), o la predestinación y el libre 
arbitrio (entre Bañecianos y Molinistas); y sin mencionar la múltiple diversi- 
dad entre los casuistas sobre la regla inmediata de la conciencia, la contrición 
y la atrición, y muchos otros puntos de la teología moral. 

El pluralismo es inherente a la investigación teológica ? , y no faltó jamás 


2Hay incluso prueba jurídicas que sancionan el derecho a tal pluralidad, y es memorable 
la sentencia de la Sagrada Rota de 1946, que anuló dos decretos del Ordinario de Milán 
que suprimían, no por razones de ortodoxia, sino de escuela teológica, un instituto de 
formación eclesiástica (Revista rosminiana, 1951, p. 158). 


430 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


en el pensamiento católico. Sin embargo, el fundamento de tal pluralidad ha 
cambiado en la teología postconciliar. El pluralismo preconciliar se funda- 
mentaba sobre dos puntos. 

El primero es la inadecuación relativa entre el intelecto especulativo y el 
misterio de fe. Los recursos de la mente teologante son limitados, sea por su 
naturaleza esencialmente finita, sea por su debilidad individualmente contin- 
gente. Sólo puede captar con absoluta certeza (de fe) el sentido primario del 
dogma, pero se le escapan las implicaciones, el quomodo y las consecuencias 
del dogma mismo. 

Por ejemplo, el teólogo capta el sentido primario de la fórmula eucarísti- 
ca: esto es el cuerpo de Cristo, pero acerca del modo de ser esto el cuerpo 
de Cristo disminuye la certeza (ver 833.2). Según las enseñanzas de Santo 
Tomás, el cuerpo de Cristo está en el sacramento por transustanciación y 
permanencia de los accidentes anteriores; según Pico della Mirandola, por 
medio de una especie de unión hipostática; según Duns Escoto, por multipli- 
cación de la presencia; según Campanella, por asunción del pan en el quinto 
modo metafísico trascendente; y según Rosmini, por vivificación transfor- 
madora de la sustancia del pan por obra de Cristo. 

En estas teorías discrepantes puede haber error si la modalidad discutida 
no salva el sentido primario del dogma, haciendo de la presencia sacramental 
un acto más imaginario que real: figurativo y meramente simbólico, más que 
de realidad y existencia. Más allá de la afirmación de fe «esto es el cuerpo de 
Cristo», la teología contrae la duda inherente a la inadecuación de la facultad 
cognoscitiva tanto en las verdades sobrenaturales como en las naturales. 

El segundo fundamento dado por la teología clásica al pluralismo es la 
oscuridad intrínseca del Infinito, sea porque la mente teologante es flaca y 
falible, sea porque el objeto es excesivo y oscuro, dando lugar a una pluralidad 
de búsquedas y de soluciones. 

Ambos motivos del pluralismo conservan el principio protológico de la 
religión, según el cual la verdad coincide con el ser, y la verdad humana es 
una participación de la verdad primera del mismo modo que la entidad finita 
es una participación del Ente Primero. 


34.7. El pluralismo teológico de los innovado- 
res 
La motivación del pluralismo postconciliar es de un género totalmente 


distinto, y rechaza la protología católica. En el Congreso sobre el tomismo 
antes citado el rechazo es manifiesto. Son profesados aperta facie el movilismo 


34.7. El pluralismo teológico de los innovadores 431 


y su bandera, el pirronismo relativista. 

La teología (se dice) debe adaptarse al pensamiento moderno y por tanto 
separarse de la mentalidad clásica con la cual la Iglesia se identificó hasta el 
Vaticano II. 

Aggiornamento es entendido en el Congreso como asimilación a la men- 
talidad moderna, sin demostrar previamente si tal asimilación es posible. La 
realidad (se dice) no debe ser concebida como un sistema de naturalezas que 
reproducen de modo finito los reflejos de la Idea, y al ser conocidas originan 
el concepto de verdad. La realidad (se dice por el contrario) es pura historici- 
dad, y la misma naturaleza humana está continuamente en flujo, no porque 
la esencia inmutable esté revestida de existencias que varían manteniéndola 
idéntica, sino porque su valor consiste en el flujo, en la variación, en contra- 
riarse y contradecirse. Se considera al mundo, dice el Congreso, como si fuese 
algo casi totalmente objetivo, cuando sin embargo es una construcción más 
bien subjetiva y relativa a la prospectiva social e histórica (Actas cit., p. 171) 
3. Pero si no hay sustancia y verdad fijas alcanzables por el intelecto, ¿cómo 
puede salvarse el privilegio concedido por la Iglesia al tomismo? Donde, co- 
mo decía el card. Alfrink (815.2), ninguna verdad es fija, sino que todo se 
mueve, ¿cómo podría existir algún valor teórico inviolable y privilegiable”? 
Allí donde no hay «adquisición para siempre», sino solamente «adquisición 
momentánea», tanto la filosofía como la teología se convierten en opinables: 
resultan, simpliciter, disueltas. 

No menos incompatible con la protología católica es el pseudotomismo que 
hiere de subjetividad todo el proceso de la cognición. Para ser conocida, una 
realidad cualquiera debe entrar a formar parte de nuestra experiencia, donde 
es investida por la subjetividad para convertirse en objeto, pero inmanente y 
por tanto relativo a la conciencia. Aquí resulta abatido el tema fundamental 
de la filosofía de Santo Tomás. Sin duda el ente conocido debe ser investido 
de la forma subjetiva proporcionada por el intelecto, pero según Santo Tomás 
ésta no relativiza ni altera lo conocido, porque la forma subjetiva es sólo la 
de la universalidad: deja idéntico el contenido del pensamiento, quitándole 
simplemente la forma de la concreción (lo no-pensado) para colocarlo en la 
de la universalidad (lo pensado). 

Las consecuencias de pirronismo y movilismo son adoptadas por el Con- 
greso también en los corolarios de la ética, atacada mediante el relativismo. 
Se niega la ley inmutable y se dignifica la conciencia personal, que deja de 
estar sujeta a reglas respecto a las cuales sea totalmente pasiva (828.2), para 
hacerse creadora y autorreguladora. 


3Hemos hecho ya la crítica del pirronismo en $815.2-15.3 y en 8$17.1-17.6 la del movi- 
lismo, y a ellos nos remitimos. 


432 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


Si como dice el Congreso (p. 171) ni siquiera la naturaleza humana puede 
decirse idéntica en todas partes, entonces no sólo no habrá para las concien- 
cias una única regla, sino ni siquiera un modo idéntico de crearla, pues los 
significados y los valores son producidos por la mente humana. 

En conclusión, puede afirmarse que la celebración de la Aeterni Patris 
fue sólo una ficción ceremoniosa * (por así decirlo, para la galería) debida en 
parte al sentido de la decencia, que exige continuidad en la conducta, y en 
parte a la desaparición del sentido lógico, al cual aquí como en otras partes de 
este libro hemos visto perder la percepción de la diferencia entre las esencias 
y confundirlo todo con todo. 

Desde un punto de vista sobrenatural, movilismo y pirronismo se reflejan 
sobre el concepto de la fe, la cual según el Congreso ya no se entiende como 
un acto de asentimiento a verdades reveladas, sino como un compromiso 
existencial (p. 169). Se confunden las primacías, y a través de la causalidad 
de la fe con respecto a la caridad, se salta a la identificación de los dos (820.1). 

¿A qué se reduce entonces el valor del tomismo celebrado por la Iglesia? 
El Congreso no puede asignarle uno sin contradecirse. 

Después de haber encontrado que toda filosofía es provisional, que todo 
conocimiento está afectado por lo relativo y lo efímero, y que no existe esencia 
permanente ni siquiera en el hombre, el Congreso cree poder afirmar que 
Santo Tomás unió de manera notable la mentalidad estática y la mentalidad 
dinámica (es decir, unió sincréticamente lo contradictorio), y separándose 
de las estrecheces de la historicidad ha percibido y formulado intuiciones 
fundamentales que están en la base del pensamiento y el comportamiento 
del hombre. ¿Cómo se puede hablar así, si no hay un fundamento fijo que 
implique el reconocimiento de la Idea, y si se está planteando una pluralidad 
simultánea o sucesiva de principios? 


34.8. El dogma y sus expresiones 


Como estamos viendo, el pluralismo teológico modernizante procede del 
relativismo pirronista, para el cual es imposible concebir un objeto sin intro- 
ducir en él al sujeto; y por consiguiente considera el dogma como un quid que 
no se puede conocer, sino que suscita diversas experiencias vitales formuladas 
por el intelecto en esquemas variables y opuestos, pero equivalentes. Todas 


“Leyendo las Actas de este Congreso conmemorativo vienen a la mente ciertos libros 
publicados, en régimen de censura religiosa o política, en tiempos pasados. Una obra que 
se titulaba en portada Vita della Beata Vergine contenía algunos quinternos de estampas 
irreligiosas, y la Descrizione del viaggio de Sir John Chasterly escondía las ideas de la 
joven Italia 


34.8. El dogma y sus expresiones 433 


las teologías resultan anuladas por equivalencia, y el nudo de la religión sigue 
siendo (según el principio modernista) el sentimiento, lo vivido. 

Tal doctrina pone en cuestión las fórmulas en las cuales la Iglesia expresa 
el dogma, y cuyo valor sería puramente histórico y cultural: no relativo a los 
contenidos intrínsecos de la verdad divinamente revelada, sino sólo de la sub- 
jetiva modalidad con la que los contenidos son históricamente aprehendidos 
y vividos según las diversas culturas y escuelas. 

En la encíclica Mysterium fidei Pablo VI ha reafirmado con fuerza contra 
los innovadores que las fórmulas dogmáticas usadas por la Iglesia representan 
lo que el espíritu humano alcanza de la realidad misma mediante la experien- 
cia: la experiencia es un ut quo, y no un ut quod intelligitur. 

Por tanto las fórmulas son inteligibles para todos los hombres de todos 
los tiempos, gozando de una suprahistoricidad correlativa a la trascendencia 
del objeto. También Pío XII, en las primeras páginas de Humani generis, 
enseñó que los misterios de fe pueden ser expresados en términos verdaderos 
e invariables. La innovación introducida por los innovadores ataca por con- 
siguiente la base gnoseológica de la dogmática católica y retorna al error 
modernista. 

La teología no sería la aprehensión (expresable en fórmulas) de una verdad 
inmóvil, sino como hoy comúnmente se enseña ? , traducción en palabras de 
la experiencia del creyente, según Zahrnt, una noción teológica es solamente 
una experiencia obtenida de la reflexión. Siendo la experiencia esencialmente 
subjetiva y mutable, es manifiesto que solamente habrá teología subjetiva 
y mutable; y aunque tendrá un carácter común, este carácter dependerá de 
una concordancia de experiencias siempre subjetivas, más que de la fijeza de 
un objeto que se impone. 

Es proposición fundamental de la filosofía católica que el verbo mental se 
adecua al ser de la cosa pensada, y el verbo vocal se adecua al verbo mental 
6 . Una cadena de certezas va del orden ontológico al del intelecto y al del 
lenguaje. 

Pero si se sostiene, con los innovadores, que las fórmulas recogen sola- 
mente la aprehensión subjetiva en vez del contenido ontológico de la verdad, 
la teología se disuelve en pura psicología y la dogmática en historia del dog- 
ma. 

La relación entre las verdades de fe y las fórmulas dogmáticas es cier- 
tamente difícil. Pablo VI, en el discurso en Uganda, llamó a la Iglesia con- 
servadora del mensaje y recalcó que lo conserva en fórmulas que se deben 


5Por ejemplo, en el difundidísimo Nuovo Dizionario di teología, ed. Paoline, Turín 1975. 
6Ver mi discurso en Arcadia lam pridem nos vera vocabula rerum amisimus, en Atti e 
memorie di Arcadia, serie tercera, vol. VIII, Roma 1978. 


434 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


mantener textualmente (OR, 2 de agosto de 1969). Concediendo sin embargo 
que el lenguaje de la fe que debe custodiarse admite pluralidad, sigue aún en 
suspenso la cuestión: ¿no son las fórmulas al fin y al cabo determinaciones 
del lenguaje? Esta incertidumbre se encuentra ya en el discurso inaugural 
del Concilio, donde se distinguía entre el depositum fidei y las formulaciones 
de su revestimiento y el modo de enunciarlo «eodem tamen sensu eademque 
sententia». 

Ante todo las fórmulas no son revestimiento (los vestidos son añadidos 
extrínsecos), sino expresión de una verdad desnuda. Como dice el texto lati- 
no de la alocución, son enunciados de verdades recibidas, y no es posible 
mantener el sentido de una proposición expresándolo en términos de sentido 
distinto. 

Si por ejemplo la fórmula de fe es «el pan se transustancia en el cuerpo de 
Cristo», la fórmula «el pan se transfinaliza en el cuerpo de Cristo» destruye la 
verdad de fe, porque cambiar la finalidad es «toto caelo» distinto de cambiar 
la sustancia. Intentando una nueva interpretación de la fe, como se proclama 
hacer, se sustituyen unas palabras por otras; pero dado que las palabras 
no son simples signos o ganchos a los que enganchar los conceptos, se pasa 
igualmente de un sentido al otro, de una verdad a su negación. 


34.9. Teología y magisterio. Hans King 


No me extenderé sobre la transformación que la teología postconciliar 
intentó introducir en la sustancia de los dogmas promoviendo una nueva 
presentación, que envuelve realmente un nuevo sentido. 

La proposición «Jesús es hijo de Dios» significa para unos que Jesús es una 
persona subsistente como verdadero Dios y como verdadero hombre, y para 
otros que Jesús es un hombre perfectamente conforme a la voluntad de Dios y 
moralmente identificado con Dios. Para la nueva teología, sin embargo, éstas 
no son dos cristologías incompatibles entre sí, sino dos modalidades distintas 
de la misma fe. Es la tesis del Card. Willebrands, para quien las diferencias 
dogmáticas entre católicos y ortodoxos serían simples diferencias de lenguaje 
(OR, 16 de julio de 1972). 

En el Sínodo de obispos de 1967, el Card. Seper, Prefecto de la Con- 
gregación para la Doctrina de la Fe, denunció en estos términos el carácter 
heterodoxo de la teología postconciliar: Las cosas han llegado a tal punto 
que ya no se puede hablar de una sana y provechosa investigación, ni de una 
legítima adaptación, sino de una innovación indebida, de opiniones falsas y 
de errores en la fe (OR, 28 de octubre de 1967). Esta descripción no difiere 
de la reiterada por Pablo VI sobre la interna disolución de la Iglesia. 


34.9. Teología y magisterio. Hans Kúng 435 


Pero la disolución a la que llevó el pluralismo tiene una causa más pro- 
funda, y es la libertad de opinión reivindicada por la escuela modernizante 
contra la autoridad didáctica del Sumo Pontífice. 

Que esta autoridad se acortó en su ejercicio durante el Pontificado de 
Pablo VI lo he demostrado en 886.3-6.10. Aquí bastará una simple referencia 
a la doctrina católica. 

La libertad de investigación, o mejor, el espacio de la investigación teológi- 
ca, tiene un doble límite: las palabras de la Escritura y las palabras del 
Magisterio. Sin embargo, en el sistema católico las palabras de la Escritura 
sólo iluminan al teólogo bajo la luz del Magisterio, y el Magisterio sólo le 
ilumina bajo la luz de la Escritura, por una causalidad recíproca que fue 
negada por los innovadores del siglo XVI e igualmente por los innovadores 
contemporáneos. 

Célebre a este propósito es la doctrina de Hans King, separándose de 
todos los dogmas católicos, tanto de los de filosofía racional (por ejemplo, la 
demostrabilidad de la existencia de Dios), como de los de teología revelada 
(por ejemplo, la naturaleza ontológicamente divina de Cristo). Sin embar- 
go, éstas son ramas de la doctrina y descienden de la negación radical del 
principio católico de la dependencia. 

La mente depende del objeto y se adecua a él; la fe depende y se adhiere 
a la Palabra revelada; el teólogo depende y se conforma al dato dogmático 
depositado en la Iglesia y desarrollado por el Magisterio. Para Kung la fe es un 
sentimiento de confianza en la originaria bondad de lo real, cuyo sentimiento 
es vivible y expresable de infinitas maneras, por lo que toda religión es vía 
de salvación. 

Para él la Iglesia no es una fundación centrada en Cristo, sino la expandida 
y difundida memoria de Cristo en el seno del género humano. 

Es demasiado claro que el teólogo ejercita esa memoria de la misma man- 
era que cualquier cristiano; y así como la eminencia de tal oficio no se encuen- 
tra en la positiva institución de la autoridad didáctica de Pedro, sino en la 
excelencia individual, así el oficio didáctico ya no es exclusivo del episcopado 
unido a Pedro, sino competencia común de los teólogos. 

De aquí la negación de la infalibilidad de la Iglesia, que sería falible, 
aunque indefectible, es decir, estaría sujeta al error, sin jamás caer en él 
del todo, e históricamente compuesta de valores y de antivalores como todo 
fenómeno humano. 

En último análisis, el sistema de King es un compuesto de desviaciones 
antiguas avivado por una alta calidad literaria y reasumible enteramente en 
el principio luterano de la luz privada y de la fe como confianza. 

El caso King, tratado con grandes precauciones por la Santa Sede, fue 
decidido con el decreto del 15 de diciembre de 1980, que privaba a King del 


436 34. Teología y Filosofía en el postconcilio 


título de teólogo católico; como se ve el decreto realiza una calificación per- 
sonal, más que doctrinal, y manifiesta una vez más la desunión en la Iglesia: 
fue atacado mediante proclamas diversas por corporaciones universitarias en- 
teras, con firmas de protesta por parte del clero. Es un efecto ulterior de la 
desistencia de la autoridad. 

King continuó enseñando sus doctrinas con la voz y en la prensa. El 
precepto de Pablo a Timoteo, (no enseñar otra doctrina) (1 Tim. 1, 3) es 
invertido: pirronismo y movilismo buscan «enseñar otra doctrina» como si 
ello fuese síntoma de la virtualidad de la fe. 

En el comentario a ese pasaje, Santo Tomás dice ser doble el deber del 
Superior. Primum cohibere falsa docentes, secundum prohibere ne populus 
falsa docentibus intendat” . 

Pero hoy ese deber se inmola ante el principio de la libertad. 


"Primero, reprimir a quien enseña el error; segundo, impedir que el pueblo preste aten- 
ción a quien enseña el error. 


Capítulo 35 


El ecumenismo 


35.1. La variación en el concepto del ecumenis- 
mo. La Instructio de 1949 


Sin duda esta variación es la más significativa de las producidas en el 
sistema católico después del Vaticano II, y se encuentran reunidas en ella 
todos los motivos de la pretendida variación de fondo que solemos concretar 
en la fórmula de pérdida de las esencias. 

La doctrina tradicional del ecumenismo está establecida en la Instructio 
de motione oecumenica promulgada por el Santo Oficio el 20 de diciembre de 
1949 (en AAS, 31 de enero de 1950), que retoma la enseñanza de Pío XI en 
la encíclica Mortalium animos. Se establece por tanto: 

Primero: la Iglesia Católica posee la plenitud de Cristo y no tiene que 
perfeccionarla por obra de otras confesiones. 

Segundo: no se debe perseguir la unión por medio de una progresiva asimi- 
lación de las diversas confesiones de fe ni mediante una acomodación del 
dogma católico a otro dogma. 

Tercero: la única verdadera unidad de las Iglesias puede hacerse solamente 
con el retorno (per reditum) de los hermanos separados a la verdadera Iglesia 
de Dios. 

Cuarto: los separados que retornan a la Iglesia católica no pierden nada 
de sustancial de cuanto pertenece a su particular profesión, sino que más bien 
lo reencuentran idéntico en una dimensión completa y perfecta (completum 
atque absolutum). 

Por consiguiente, la doctrina remarcada por la Instructio supone: que la 
Iselesia de Roma es el fundamento y el centro de la unidad cristiana; que 
la vida histórica de la Iglesia, que es la persona colectiva de Cristo, no se 
lleva a cabo en torno a varios centros, las diversas confesiones cristianas, 


437 


438 35. El ecumenismo 


que tendrían un centro más profundo situado fuera de cada una de ellas; y 
finalmente, que los separados deben moverse hacia el centro inmóvil que es la 
Iglesia del servicio de Pedro. La unión ecuménica encuentra su razón y su fin 
en algo que ya está en la historia, que no es algo futuro, y que los separados 
deben recuperar. 

Todas las cautelas adoptadas en materia ecuménica por la Iglesia romana 
y máxime su no participación (aún mantenida) en el Consejo Ecuménico de 
las Iglesias, tienen por motivo esta noción de la unidad de los cristianos y la 
exclusión del pluralismo paritario de las confesiones separadas. Finalmente, 
la posición doctrinal es una reafirmación de la trascendencia del Cristianismo, 
cuyo principio (Cristo) es un principio teándrico cuyo vicario histórico es el 
ministerio de Pedro. 


35.2. La variación conciliar. Villain. Card. Bea 


La variación introducida por el Concilio es patente tanto a través de los 
signos extrínsecos como del discurso teórico. En el Decreto Unitatis Redinte- 
gratio la Instructio de 1949 no se cita nunca, ni tampoco el vocablo retorno 
(reditus). La palabra reversione ha sido sustituida por conversione. 

Las confesiones cristianas (incluida la católica) no deben volverse una a 
otra, sino todas juntas gravitar hacia el Cristo total situado fuera de ellas y 
hacia el cual deben converger. 

En el discurso inaugural del segundo período Pablo VI volvió a proponer 
la doctrina tradicional refiriéndose a los separados como a quienes no tenemos 
la dicha de contar unidos con nosotros en perfecta unidad con Cristo. Unidad 
que sólo la Iglesia católica les puede ofrecer (n. 31). 

El triple vínculo de tal unidad está constituído por una misma creencia, 
por la participación en unos mismos sacramentos y por la apta cohaeren- 
tia unici ecclesiastici regiminis, incluso aunque esta única dirección supon- 
ga una amplia variedad de expresiones lingiísticas, formas rituales, tradi- 
ciones históricas, prerrogativas locales, corrientes espirituales, o situaciones 
legítimas. 

Pero a pesar de las declaraciones papales, el decreto Unitatis redintegratio 
rechaza el reditus de los separados y profesa la tesis de la conversión de todos 
los cristianos. 

La unidad no debe hacerse por el retorno de los separados a la Iglesia 
católica, sino por conversión de todas las Iglesias en el Cristo total, que no 
subsiste en ninguna de ellas, sino que es reintegrado mediante la convergencia 
de todas en uno. 

Donde los esquemas preparatorios definían que la Iglesia de Cristo es la 


35.2. La variación conciliar. Villain. Card. Bea 439 


Iglesia católica, el Concilio concede solamente que la Iglesia de Cristo subsiste 
en la Iglesia católica, adoptando la teoría de que también en las otras Iglesias 
cristianas subsiste la Iglesia de Cristo y todas deben tomar conciencia de 
dicha subsistencia común en Cristo. 


Como escribe en OR de 14 de octubre un catedrático de la Gregoriana, 
el Concilio reconoce a las Iglesias separadas como ¿instrumentos de los cuales 
el Espíritu Santo se sirve para operar la salvación de sus miembros. En es- 
ta visión paritaria de todas las Iglesias el catolicismo ya no tiene ningún 
carácter de preeminencia ni de exclusividad. Ya en el período de los trabajos 
preparatorios del Concilio ($83.1 y ss.) el padre Maurice Villain (Introducción 
al Ecumenismo, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 1962) proponía hacer caer 
la antinomia entre la Iglesia católica y las confesiones protestantes, distin- 
guiendo entre dogmas centrales y dogmas periféricos, y más aún entre las 
verdades de fe y las fórmulas con las que el pensamiento contingentemente 
las objetiva y las expresa, y que no son inmutables. 


Puesto que dichas fórmulas no son efecto de una facultad expositiva de la 
verdad, sino de una facultad que da categoría a un dato siempre incognoscible, 
la unión debe hacerse en algo más profundo que la verdad, que Villain llama 
el Cristo orante. Pero aparte de lo dicho en 834.8, es de observar que si bien 
la oración de todos aquéllos que se remiten a Cristo es ciertamente un medio 
necesario de la unión, rezar juntos por la unión no constituye la unidad (que 
es de fe, de sacramentos, y de gobierno). 


El Card. Bea retoma una concepción análoga del ecumenismo en Civiltá cat- 
tolica (enero de 1961), así como en conferencias y entrevistas (Corriere del 
Ticino, 10 de marzo de 1971). 


Declaró que el movimiento no es de retorno de los separados a la Iglesia 
romana, y siguiendo la sentencia común aseguró que los protestantes no están 
separados del todo, ya que han recibido el carácter del Bautismo. 


Sin embargo, citando la Mystici corporis de Pío XII, según la cual están 
ordenados al cuerpo místico, llegaba a asegurar que pertenecen a él, y por 
tanto se encuentran en una situación de salvación que no es distinta a la de 
los católicos (OR, 27 de abril de 1962). La causa de la unión es reconducida 
por él a explicitación de una unidad ya virtualmente presente, de la cual 
simplemente se trata de tomar conciencia. 


Esta unidad es solamente virtual incluso en la Iglesia católica, la cual no 
debe tomar conciencia de sí misma, sino de esa más profunda realidad del 
Cristo total que es la síntesis de los dispersos miembros de la cristiandad. Por 
tanto no se trata de una reversión de unos hacia otros, sino de una conversión 
de todos hacia el centro, que es el Cristo profundo. 


440 35. El ecumenismo 


35.3. El ecumenismo postconciliar. Pablo VI. 
El secretariado para la unión 


La sustitución por el término conversión de todos del de reversión de los 
separados es de gran importancia en el decreto Unitatis redintegratio 6, donde 
se enseña una perpetua reforma de la Iglesia. Pero el término tiene un sentido 
incierto. En primer lugar, si no se es indulgente con el movilismo, se debe decir 
que existe un status del cristiano dentro del cual se desarrolla su personal 
perfeccionamiento religioso y del que no debe salir para convertirse a otro 
estado. En segundo lugar la conversión (el continuo movimiento perfectivo 
del cristiano) es necesaria en sí misma incluso para la obra de la reunificación 
de la Iglesia; pero no constituye su esencia, siendo un momento del destino 
personal. 

También en una intervención en el OR del 4 de diciembre de 1963, el 
Card. Bea, aunque reconociendo la diferencia entre las Iglesias, afirma que 
los puntos que nos dividen no se refieren verdaderamente a la doctrina, sino 
al modo de expresarla, puesto que todas las confesiones suponen una idéntica 
verdad subyacente a todas: como si la Iglesia se hubiese engañado durante 
siglos y el error fuese simplemente un equívoco. La acción del pastor de las 
parábolas evangélicas no consistiría en reconducir (es decir, en hacer volver: 
«conducir»), sino puramente en dejar abiertas las puertas del redil, que por 
tanto no sería ni siquiera el redil del pastor, sino otra cosa. 

En una perícopa incluida en el discurso del 23 de enero de 1969, Pablo 
VI parece próximo a tal opinión. A partir de la discusión teológica, dice el 
Papa, puede verse cuál es el patrimonio doctrinal cristiano; qué parte de él 
hay que enunciar auténticamente y al mismo tiempo en términos diferentes, 
pero sustancialmente iguales o complementarios; y cómo es posible, y a la 
postre victorioso para todos, el descubrimiento de la identidad de la fe, de la 
libertad en la variedad de expresiones, de la que pueda felizmente derivar la 
unión para ser celebrada en un solo corazón y una sola alma. 

Se desprende de esta perícopa que la unidad preexiste ubique y debe 
tomarse conciencia de ella ubique, y que la verdad no se encuentra abando- 
nando el error, sino profundizando su sustancia. Idéntica es la posición de 
Juan Pablo II en el discurso al Sacro Colegio de 23 de diciembre de 1982, con 
ocasión de la VI Asamblea del Consejo Ecuménico de las Iglesias: Celebrando 
la Redención vamos más allá de las incomprensiones y de las controversias 
contingentes para reencontrarnos en el fondo común a nuestro ser de cris- 
tianos. En esa asamblea estaban representadas trescientas cuatro confesiones 
cristianas, las cuales, según OR, 25-26 julio 1983, han expresado mediante el 
canto, la danza y la oración los diversos modos de significar una conducta de 


35.3. El ecumenismo postconciliar. Pablo VI. El secretariado para la unión 441 


relación con Dios. 


Es significativo el documento en lengua francesa del Secretariado para la 
unión en aplicación del decreto Unitatis Redintegratio (OR, 22-23 septiembre 
1970). Se toma de Lumen Gentium 8 la fórmula tradicional: unidad de la 
Iglesia una y única, unidad de la cual Cristo ha dotado a su Iglesia desde 
el origen, y que subsiste de forma inamisible, como creemos, en la Iglesia 
Católica y que, como esperamos, debe acrecentarse sin cesar hasta la con- 
sumación de los siglos. De este modo la Iglesia católica posee la unidad y la 
acrecienta no formalmente (es decir, haciéndose más una) sino materialmente 
(añadiendo a sí las confesiones actualmente separadas): es una extensión, no 
una intensificación en la unidad. 


Sin embargo todo el documento se desarrolla después en una prospecti- 
va de unidad que se busca, más que se comunica, en una reciprocidad de 
reconocimientos gracias a los cuales se persigue la resolución de las divergen- 
cias más allá de las diferencias históricas actuales ! . 


Se contemplan las diferencias dogmáticas como diferencias históricas que 
el retorno a la fe de los primeros siete concilios debe hacer caer en la irrelevan- 
cia. Se niega así implícitamente el desarrollo homogéneo del dogma después 
de aquellos siete concilios; se imprime a la fe un movimiento retrógrado; y se 
da al problema ecuménico una solución más histórica que teológica. 


Esta mentalidad por la cual la unidad debe conseguirse sintéticamente 
por recomposición de fragmentos axiológicamente iguales ? , ha trastoca- 
do ahora completamente la situación tradicional. La apelación hecha en la 
congregación LXXXIX del Concilio por el obispo de Estrasburgo para que 
se evitase toda expresión alusiva al retorno de los hermanos separados, se 
ha convertido en el axioma doctrinal y la directriz práctica del movimiento 
ecuménico. 


La crítica del método del diálogo generalizado, desarrollada en 8816.1- 
16.6, conviene en particular al diálogo ecuménico, y a esos epígrafes nos 
remitimos. 


lEsas diferencias podrían incluso ser conservadas como dogmas particulares de Iglesias 
locales. De aquí la propuesta de algunos teólogos reformados de admitir el primado de 
Pedro como dogma de la provincia romana de la Iglesia universal. En no pocas parroquias 
de Francia se predica la práctica de la doble pertenencia, en virtud de la cual los cónyuges 
de mixta religión practican indistintamente ambos cultos (ICI, n. 556, 15 de noviembre de 
1980). 

“También Pablo VI habló (en OR de 27 de enero de 1963) de la recomposición de los 
cristianos separados entre sí en la única Iglesia católica, universal, es decir, orgánica, y 
por tanto propiamente compuesta, pero solidaria en una única y unívoca fe. 


442 35. El ecumenismo 


35.4. Consecuencias del ecumenismo postcon- 
ciliar 


Consecuencias del ecumenismo postconciliar. Paralización de las 
conversiones 

Este libro no puede tocar todos los puntos de fe y de teología que han 
resultado alcanzados por la transformación doctrinal expuesta. 

Conciernen a la doctrina de la salvación, a la teoría que distingue entre 
cuerpo y alma de la Iglesia, a la distancia entre fe y buena fe, y al desarrollo 
del dogma. Conviene sin embargo no dejar pasar del todo algunas conse- 
cuencias manifiestas de esta nueva empresa ecuménica, y sobre las que sin 
embargo no se suele hablar. 

Se abandona el principio del retorno de los separados * , sustituido por el 
de la conversión de todos al Cristo total inmanente a todas las confesiones. 

Como profesa abiertamente el patriarca Atenágoras, no se trata en este 
movimiento de una aproximación de una Iglesia hacia la otra, sino de una 
aproximación de todas las Iglesias hacia el Cristo común (ICI, n. 311, p. 18, 
1 de mayo de 1968). Si ésta es la esencia del ecumenismo, la Iglesia católica 
no puede ya atraer hacia sí, sino sólo concurrir con las otras confesiones en 
la convergencia hacia un centro que está fuera de ella y de todas las demás. 

Mons. Le Bourgeois, Obispo de Autun, lo profesa abiertamente: Mien- 
tras que la unidad no se realice, ninguna Iglesia puede pretender ser ella sola 
la única auténtica Iglesia de Jesucristo (ICI, n. 585, p. 20, 15 de abril de 
1983). El padre Charles Boyer, en OR del 9 de enero de 1975, con un artículo 
que choca con la tendencia del diario en cuanto a la cuestión ecuménica y 
quedó sin resonancia alguna, revela las causas de tal recesión de conversiones, 
y las reconoce en el abandono generalizado por el mundo de la visión teotrópi- 
ca, y también en la sugestión potente de la civitas hominis sobre la presente 
generación; pero acusa de ello explícitamente a la acción ecuménica. Se pre- 
tende que todas las Iglesias son iguales, o casi. Se condena el proselitismo * 
, y para huir de él se evita la crítica de los errores y una clara exposición de 
la verdadera doctrina. Se aconseja a las diferentes confesiones conservar su 
identidad alegando una convergencia que se hará espontáneamente. 

Aunque el autor atenúe su censura atribuyendo (con poca veracidad) 
dicha conducta especialmente a las confesiones separadas, realmente la argumenta- 


3El presidente del Consejo conciliar holandés ha explicado así la posición de dicha 
iglesia: La unidad de la Iglesia ya no significa el retorno a la Iglesia católica tal como ésta 
es hoy día, sino un acercamiento de todas las Iglesias hacia lo que la Iglesia de Cristo 
debería ser (ICI, 281, p. 15, 1 de febrero de 1967). 

WEste es además el término con el que se designa la obra de captación de la Iglesia 
Católica desarrollada en el pasado en las misiones. 


35.5. Carácter político de la ecumene 443 


ción invalida la sustancia del nuevo ecumenismo católico. Las conversiones a 
la Fe católica no pueden no caer desmesuradamente si la conversión ya no es 
el paso del hombre de una cosa a otra totalmente diferente, ni un salto de 
vida o muerte. Si con la conversión al catolicismo nada varía esencialmente, 
la conversión se hace irrelevante, y quien se ha convertido puede sentirse 
arrepentido de haberlo hecho. 

Al vivir en un país de mixta religión, he tenido oportunidad de recoger 
varias veces los sentimientos de protestantes convertidos, que se arrepienten 
hoy de su decisión como de cosa superficial y errada. El gran escritor francés 
Julien Green declara con amarga franqueza que hoy ya no se convertiría: 
¿para qué dejar una religión por otra, cuando no se distinguen más que por 
el nombre? ? 

Conozco casos de judíos convertidos que después de las claudicaciones y 
rectificaciones del Vaticano Il volvieron a la Sinagoga originaria. Por otra 
parte tampoco es posible hoy desconvertirse, porque el acto de la reconver- 
sión al protestantismo sería nulo por equivalencia, como fue nulo el de la 
conversión al catolicismo ? . 


35.5. Carácter político de la ecumene 


En tiempos se le concedió importancia a la conversión personal, y parecía 
un método disconforme con la espiritualidad de la metanoia que ésta se hiciese 
en masa y como fruto de negociaciones realizadas en el ámbito de la jerarquía. 
El método multitudinario fue practicado en siglos en los que el soberano 
dirigía todo el entramado social y también inspiraba su religión. Gran parte 
de la cristianización de los bárbaros siguió a la conversión individual de sus 
reyes, que promovían después la evangelización de los pueblos. 

Todavía en el siglo XVIII la misión era una acción sobre los soberanos y 
las clases dominantes, más que evangelización gregaria. 

La defección de pueblos enteros en tiempos de la Reforma se identifica 
con la defección de los príncipes. Federico de Sajonia en Alemania y En- 
rique VIII en Inglaterra prueban qué potentes concausas políticas han tenido 
las mutaciones religiosas, mediante las cuales naciones enteras pasaban a la 
Reforma tras el decreto del príncipe. 


5Cit. en Jtinéraires, n. 244, p. 41. 

SEl obispo de Coira declaró a la Dra. Melitta Bréger que en el decenio 1954-1964 
hubo en su diócesis (ciento cincuenta mil almas) novecientas treinta y tres conversiones 
de protestantes, y en el siguiente decenio sólo trescientas dieciocho. El obispo de Lugano, 
citando tal disminución, declaró no querer decidir si el fenómeno era positivo o negativo 
(17 de enero de 1975). En los Estados Unidos antes del Concilio se contaban anualmente 
cerca de ciento setenta mil conversiones: ahora, pocos centenares. 


444 35. El ecumenismo 


No obstante el reclamo insistente que se hace por todas partes a la libertad 
de religión, la unión preconizada se debería hacer con un método similar al 
seguido en tiempos en los que estaba vigente el principio cuius regio, eius 
religio. 

No voy a explicar aquí la discordancia de ese método con el carácter 
específico de la adhesión de fe; tampoco veo diferencia entre negociar la 
religión de un pueblo entre príncipes que deciden con la asistencia de teólogos, 
y hacerlo entre jefes de las diversas confesiones; ni pretendo negar que la 
Iglesia negoció siempre la causa unionis (desde Lyon a Florencia, desde Poissy 
a Malinas) por medio de pocas personas. 

Pero sobre este último punto debe observarse que el método autoritario, 
en el cual unos pocos deciden por todos, es plausible en el sistema católico, 
fundado sobre la autoridad de la Iglesia; pero es incongruente en confesiones 
fundadas sobre el principio del espíritu privado y que rechazan todo minis- 
terio jerárquico, no pudiendo decidir sobre puntos de fe sin previa consulta 
a la comunidad. Creer que se puede producir por la vía pragmática de la ne- 
gociación la concordia entre posiciones doctrinales opuestas es propio de los 
espíritus pragmáticos, y no de los filósofos o de los hombres de fe. Un bello y 
agradable precedente es el decreto de Aulo Gelio, hombre enérgico y (como se 
dice hoy) dinámico; convertido en procónsul en Grecia, estimó posible poner 
finalmente término a las controversias de los filósofos y les convocó en un 
congreso: creía poder poner orden en las ideas como lo ponía en la adminis- 
tración. Cicerón se ríe de él amablemente en De legibus I, XX, 53. 

El congreso de Gelio tiene algo de ¿oculare, pero los Concilios convocados 
en el curso de los siglos por la causa unionis (entre católicos y griegos, entre 
católicos y protestantes, o entre unos protestantes y otros) fueron algo serio y 
de grandes consecuencias. Memorable en este género fue la unidad sancionada 
en el ducado de Nassau en 1817 bajo el imperio de tal príncipe, unión singular 
en la cual cada una de las sectas mantenía su propia creencia y sin embargo 
todas entendían formar una única Iglesia. 

Hay que confesar que la conversión de naciones enteras fue a veces el resul- 
tado de actos políticos convenidos en negociaciones u ordenados directamente 
por decreto de autócratas: los pueblos les siguieron coaccionados o condescen- 
dientes, o bien primero una cosa y luego otra. Un ejemplo recentísimo es el 
de la Iglesia católica de Rumanía, separada de Roma y adherida a la fuerza 
por el gobierno soviético al Patriarcado de Moscú. 

No niego que la unión ecuménica exija un comienzo en el que concurran 
razones de género político, pero no olvido que hay dos géneros de hombres: 
los aptos para manejar los negocios y los aptos para manejar las ideas; y 
menos aún olvido que las ideas no son manejables como lo son los negocios, 
y tratarlas de otra forma que con la lógica sólo puede conducir a una unión 


35.6. Incongruencia del método ecuménico 445 


puramente verbal. 


35.6. Incongruencia del método ecuménico 


El método ecuménico actual contradice por varios motivos la mentalidad 
de la que procede. 

En primer lugar descuida un elemento que fue siempre considerado prin- 
cipal, y es que el protestantismo no puede tomarse como una unidad, siendo 
una mezcla plural de creencias. En segundo lugar, el método padece una 
contradicción interna: mientras predica remitir la unión a la conversión per- 
sonal de los creyentes (llamados a profundizar su fe particular), la remite sin 
embargo a la decisión de unos pocos; éstos buscan la unión sin delegación 
de los pueblos, como exigiría sin embargo el gran principio de la persuasión 
personal erigida en criterio religioso. ¿De dónde les viene autoridad repre- 
sentativa a esos poquísimos teólogos a los que les es dado tratar la unión?” 
A esta objeción sólo escapa la Iglesia Católica, fundada sobre el principio de 
autoridad y en la cual los fieles realizarían el acto de unión imperados por la 
jerarquía. Pero esos pocos centenares de confesiones separadas que no tienen 
ningún principio de autoridad y en el fondo son corporaciones de derecho 
civil, no verifican ninguna de las condiciones por las cuales la decisión de 
unirse a otra comunidad tomada por algunos pueda convertirse en acto de 
unión de la comunidad como tal. 

El método ecuménico es puesto en obra por la Iglesia Católica según el 
principio jerárquico, mientras las otras comunidades asumen representar a 
una multitud no unificada y no tienen título para hacerlo. 

Ésta es la razón por la cual Pío IX, al convocar el Concilio Vaticano, se 
dirigió ad omnes protestantes, no a sus comunidades. 

En todo caso, se abandona la tan celebrada exigencia de la toma personal 
de conciencia; un acto puramente religioso es encargado a la virtud política 
de un reducido grupo, y se profesa abiertamente que la unión no se ha de ha- 
cer mediante conversiones individuales, sino mediante el acuerdo de grandes 
cuerpos colectivos como son las Iglesias. 


35.7. Deslizamiento hacia la ecumene de los 
no cristianos 


Por tanto, la variación en la doctrina consiste en que la unión de todas 
las Iglesias se hace, más que en la Iglesia Católica, en la Iglesia de Cristo, 


446 35. El ecumenismo 


a través de un movimiento de todas las confesiones hacia un centro ubicado 
fuera de todas ellas. 

Pero la variación del concepto de unidad de los cristianos da lugar nece- 
sariamente a una variación en el concepto de misión. También las religiones 
no cristianas deben entrar en la unidad religiosa de la humanidad; pero, al 
igual que para los hermanos separados, esto ya no ocurre viniendo ellos por 
conversión al Cristianismo, sino profundizando sus valores intrínsecos y reen- 
contrando así esa más profunda verdad que subyace a todas las religiones. 
La idea está desarrollada por Jean Guitton en el OR del 19 de noviembre de 
1979. La diversidad (dice) es un bien, y nadie debe sacrificar nada. Pero es 
fácil oponer que hay diversidades constituidas por antítesis entre lo verdadero 
y lo falso, y que a veces existen en las religiones no cristianas errores que se 
deben sacrificar. De cualquier forma, según Guitton, el catolicismo no tiene 
nada que aportar de específico: sólo concurre para profundizar valores inma- 
nentes a todas las experiencias religiosas. Por tanto, para un mahometano, 
convertirse significa ser cada vez más mahometano, para un judío ser más 
judío, para un budista ser más budista, etc. La renuncia a convertir (es decir, 
a hacer obra religiosa) se ha convertido en lugar común, y el llamamiento de 
la Iglesia Católica se evita como un deplorable proselitismo. 


La novedad es evidente, y el decreto conciliar Ad gentes 1 sobre las mi- 
siones la fundamenta sobre el presente orden del mundo ex quo nova exsurgit 
humanitatis condicio, si bien no abandona las fórmulas tradicionales que con- 
sideran las misiones como una adhesión a la fe de Cristo. 

La variación conduce, en línea teórica, a hacer superfluas las misiones. 
La novedad es coherente con todo el sistema de tendencial desaparición de 
la trascendencia específica de la religión católica. La unidad de los cristianos 
separados se realiza mediante un movimiento hacia el Cristo total presente 
en el fondo de todos los creyentes en virtud de la gracia bautismal. En algún 
sentido puede considerarse preservado el carácter sobrenatural del movimien- 
to unitivo. Pero si los no cristianos son destinados a unirse a los cristianos no 
por una mutación que les lleve fuera de sí mismos hasta el Cristo de la Iglesia 
Católica, sino por una profundización de su misma creencia, entonces parece 
que Cristo (principio de la ecumene) se encuentra en el fondo de su concien- 
cia natural; y se cae ciertamente en la negación de lo sobrenatural y en la 
igualación de lo natural a lo sobrenatural propio de la gracia. El principio 
de la salvación no viene caelitus, sino funditus es inmanente a la naturaleza 
humana y brilla en todos los hombres ” . 


"Por lo tanto, en perfecta coherencia con esta idea de una teocrasia o pammixis religiosa, 
en el Missel des dimanches 1983 de los obispos de Francia, en la fiesta de Todos los Santos, 
se ruega Junto con los Santos de todas las creencias e increencias. 


35.8. Carácter naturalista del ecumenismo para los no cristianos 447 


Pablo VI no ha despejado esa incertidumbre. En las citadas Conversa- 
ciones con Guitton, pp. 164-165, asegura: No hay más que una Iglesia eje 
de convergencia; una sola Iglesia en la que todas las Iglesias deben reunirse: 
pero, ¿cómo no ver que unirse en la Iglesia no es unirse a la Iglesia ya sub- 
sistente como unificante? Y cuando, concluida la parte de la fe, añade pero 
la caridad nos impulsa a respetar todas las libertades, no aclara que ni con- 
ciencia ni libertad son autónomas, y que el catolicismo no es la religión de la 
libertad, sino de la verdad. 


35.8. Carácter naturalista del ecumenismo pa- 
ra los no cristianos 


Carácter naturalista del ecumenismo para los no cristianos. Doc- 
trina del secretariado para las religiones no cristianas 

Que la religión esté presente en una luz inmanente a la conciencia de todo 
hombre es una tesis apoyada en el prólogo al Evangelio de San Juan, que hasta 
Rosmini fue uno de los textos más meditados por la especulación católica. 
Pero si bien el Verbo, como luz de la naturaleza, consiente en la exaltación 
de los valores de las civilizaciones no cristianas, excluye sin embargo que se 
teorice sobre su autosuficiencia en orden a la salvación. Ahora bien, el titular 
del Secretariado para las religiones no cristianas, en dos extensos artículos de 
OR, reduce las misiones a diálogo no para convertir, sino para profundizar 
en la verdad. En el OR del 15 de enero de 1971 se lee que la Iglesia tiene 
necesidad, para crecer según el designio de Dios, de los valores contenidos en 
las religiones no cristianas. 

La tesis no es nueva, e identifica el orden de la civilización con el de 
la religión, que conviene sin embargo distinguir. Tal afirmación implica que 
en el seno de las religiones no cristianas late el Cristianismo, y que basta 
profundizar en el Logos natural para encontrar al Logos sobrenatural del 
hombre-Dios y de la gracia. 

El Islamismo, por ejemplo, sería un germen de Cristianismo que debe ser 
hecho germinar y crecer * . Al igual que en el ecumenismo para los cristianos 
separados, aquí tampoco se procede por acceso a la verdad cristiana, sino por 
explicitación y maduración de una verdad inmanente a todas las religiones. 
El decreto Ad gentes enseñaba que todos los elementos de verdad y de gracia 
que es posible hallar entre los infieles por una cierta presencia secreta de 


SEl obispo CAPUCCI, vicario del Patriarca latino de Jerusalén, en una entrevista en la 
Televisión de la Suiza italiana el 11 de septiembre de 1982, declaró que todos los hombres 
son hijos de la Iglesia, y que el Papa no hace ninguna diferencia entre mahometanos y 
cristianos. 


448 35. El ecumenismo 


Dios, una vez purgados de las escorias del mal, son restituidos a su autor, 
Cristo. Por lo cual todo el bien que se encuentra diseminado en el corazón y 
en la mente de los hombres o en las civilizaciones o en las religiones propias 
de ellos * , no sólo no desaparece, sino que es sanado, elevado y llevado a su 
completitud. 

La opinión de mons. Rossano arriba citada pone en cuestión un punto de 
eclesiología y otro de teología. 

En cuanto al primero, parece ofender al carácter autosuficiente de la Igle- 
sia en orden a la salvación de los hombres, considerándola defectuosa y corta 
y necesitada de las otras religiones. 

En esto se confunde la religión con la civilización: si bien las civilizaciones, 
en cuanto construcciones del obrar humano siempre parcial, están conectadas 
y son mutuamente tributarias (surgiendo todas ellas de su base común: la 
naturaleza humana), no puede decirse lo mismo de las religiones, ya que la 
religión católica no es consecuencia del pensamiento natural de las naciones, 
sino un efecto sobrenatural que no puede obtenerse de la naturaleza humana 
profundizando en ella. 

Hay por tanto un sofisma que intercambia religión y civilización y elide 
la trascendencia del Cristianismo. La Iglesia, sociedad perfecta que tiene en 
sí misma todos los medios necesarios para su fin, sería entonces una sociedad 
imperfecta, que como dice Rossano necesitaría de las luces y los valores de 
otras religiones. 

Además, una civilización no es una religión, y una civilización universal 
es algo diferente a una religión universal. 

La opinión de Mons. Rossano ataca también la nota de catolicidad de la 
Islesia, ya que una Iglesia que debe ser integrada no sólo extensivamente, 
sino también intensivamente, no es ciertamente universal *% . La defectividad 
es proclamada también por Mons. Sartori, profesor de dogmática en la Facul- 
tad teológica de la Italia septentrional, en el curso de aggiornamento de la 
Universidad Católica de Milán: el catolicismo ha descubierto su parcialidad, 
que es una contracción dentro de la universalidad, y ha reencontrado el Todo 
dentro del cual se encuentra la misma parcialidad cristiana + . El Cristia- 
nismo es así reconocido como una de las infinitas posibles formas históricas 
en las cuales se manifiesta la universal religión natural, siendo lo sobrenatural 
absorbido y naturalizado. 


“En el texto, ritibus, que no se puede traducir, como hacen las ediciones en lengua 
vernácula, como usos. Idéntica perícopa se encuentra en Lumen Gentium 17. 

19En una conferencia en Civiltá cattolica el padre SPIAZZI enseña que ninguna Iglesia 
se identifica perfectamente con Cristo. De ahí la necesidad de que cada Iglesia acepte este 
movimiento centrípeto hacia el Redentor (OR, 27 de enero de 1982). 

1 Vita e pensiero, septiembre-diciembre 1977, pp. 74-77. 


35.9. Teoría de los cristianos implícitos en el nuevo ecumenismo 449 


35.9. Teoría de los cristianos implícitos en el 
nuevo ecumenismo 


La declaración conciliar Nostra aetate 2 cita el célebre texto de San Juan 
Evangelista luz que alumbra a todo hombre, que constituiría el fondo de toda 
religión. Pero el Concilio no menciona lo que según Juan Pablo II es un 
misterio paralelo al de la Encarnación: esa luz ha sido rechazada por los 
hombres. Por tanto es imposible que constituya el fondo de todas las religiones 
(OR, 26-27 de diciembre de 1981). El Papa dice que la Navidad, además del 
misterio (en el cual se cree) del nacimiento del hombre-Dios, incluye también 
el misterio no resuelto de no haber sido acogido por el mundo y por los suyos. 
El Concilio no habla de luz sobrenatural, sino de plenitud de luz. 

El naturalismo que caracteriza los dos documentos, Ad gentes y Nostra 
aetate, es patente incluso en la terminología, al no aparecer jamás el vocablo 
sobrenatural Y . La descripción de las religiones no cristianas, contempladas 
en tal perspectiva, no podía no teñir lo que siendo universal e inespecífico 
y propio del sentido religioso del género humano es común a Islamismo y 
Cristianismo. Del Islamismo, por ejemplo, el Concilio señala la creencia en 
un Dios providente y omnipotente y la expectativa de un juicio final; pero 
olvida el rechazo de la Trinidad y de la divinidad de Cristo, es decir, de las dos 
verdades principales del Cristianismo, cuyo conocimiento se juzga necesario 
para la salvación. 

El problema oculto en el nuevo ecumenismo es la antigua cuestión de 
la salvación de los infieles, que atormentó a la teología desde los primeros 
tiempos y se confunde con el del número de los predestinados (que si fuese 
pequeño parecería producir escándalo). 

El Verbo Divino encarnado, Cristo, se encuentra en el principio de todos 
los valores de la Creación; y por tanto seguir al Verbo, en el orden natural o 
en el sobrenatural, es seguir el mismo principio; por lo cual Campanella, que 
puso el fundamento de toda su filosofía en Cristo como racionalidad universal, 
encontraba en él el motivo para las misiones: Cristo no es sectario, como los 
jefes de las otras naciones, sino que es la sabiduría de Dios, y el verbo y la 
razón de Dios y por tanto Dios, y asumió la humanidad como instrumento de 
nuestra renovación y redención; y todos los hombres, siendo racionales por 
Cristo (Razón Primera), son cristianos implícitamente, y sin embargo deben 
reconocerlo en la religión cristiana explícitamente, única en la que se vuelve 
a Dios * . 


12Ver en las cit. Concordantiae dicha voz. 
¡ROMANO AMERIO, 1] problema esegetico fondamentale del pensamiento campanel- 
liano, en Rivista di filosofía neoscolástica, 1939, pp. 378 y ss. 


450 35. El ecumenismo 


La idea campanelliana de los infieles como cristianos implícitos es re- 
tomada por la nueva teología, que ignorando a Campanella ha elaborado el 
concepto de cristianos anónimos. Estos se adherirían a Cristo por un deseo 
inconsciente, y gracias a tal deseo serían salvados en la vida eterna ** . 


35.10. Crítica del nuevo ecumenismo 


Crítica del nuevo ecumenismo. Tendencia pelagiana. Insignifi- 
cancia de las misiones 

La principal característica que se descubre en el sistema es su tendencia 
pelagiana. Pelagio no dejaba a salvo la trascendencia del Cristianismo, pues 
según él lo que salva no es la gracia (es decir: la especial comunicación que 
Dios hace de su propia realidad en la historia), sino la universal comunicación 
que Dios hace de sí mismo a las mentes mediante la luz de la racionalidad 
en la naturaleza. 

Por tanto se confunde el orden ideal con el orden real, la intuición de la 
idea con la presencia de lo real. La ordenación a los valores naturales, raíz 
de la civilización, es distinta de la ordenación a los valores sobrenaturales, 
raíz del Cristianismo; y no se puede ocultar el saltus de una a otra haciendo 
del Cristianismo algo inmanente a la religiosidad del género humano. Es 
imposible con la luz natural encontrar lo sobrenatural, que aunque injertado 
por Dios con un acto histórico especial en el fondo del espíritu, no proviene 
de dicho fondo ** . 

El nuevo ecumenismo destruye además las misiones. Si las naciones poseen 
en el seno de su propia religiosidad la verdad que salva, su anuncio por el 
Cristianismo se convierte en superfluo o vano. 

Parecerá incluso que intenta sujetar a los espíritus a sí misma, en vez de 
a la verdad que ellos ya poseen. Por el contrario, la realidad es que no sólo 
la Iglesia, sino ni tan siquiera Cristo predica su propia doctrina al predicar 
el Evangelio (Juan 7, 16). En el nuevo ecumenismo el Cristianismo no in- 
tegra (como rectamente sostenía Gioberti) a las otras religiones, sino que 
está integrado en ellas. Mons. Rossano habla expresamente de perpetua pro- 
blematicidad del tema cristiano, fórmula que elimina la certeza de fe y coloca 


MP. ej., la escuela de KARL RAHNER, Das Christentum and die nicht-christlichen 
Religionen, en Schriften zur Theologie, Colonia 1972. 

15Es temerario y erróneo afirmar, como hace el OR de 11 de enero de 1972, que el 
Concilio ha cancelado de una vez para siempre el prejuicio de que sólo los católicos poseen 
la verdad, porque iguala la gracia específica de Cristo con la naturaleza universal de los 
valores humanos. Por consiguiente, negar que la Iglesia es un monolito es negar que tenga 
una única piedra en lo visible y en lo invisible. 


35.10. Crítica del nuevo ecumenismo 451 
el pirronismo en pleno centro de la religión ** . 

En el sistema católico la civilización (en concreto la promoción de la 
civilización técnica) debe ceder ante la predicación del Evangelio, y Pablo VI 
(OR, 25 de octubre de 1971) consideró un error dar prioridad a la promoción y 
a la llamada liberación humana. Pero tal prioridad se despliega ampliamente 
en toda la acción postconciliar. Si, como escribe en Renovatio 1971, p. 229 el 
padre Basetti Sani ” , el Corán es un libro divinamente inspirado; y si, como 
declara Mons. Yves Plumey, más allá de las diferencias de dogma y de moral, 
Cristianismo e Islamismo predican las mismas verdades y tienden al mismo 
fin * ; y si, como escribe el OR del 28 de julio de 1977 reseñando una obra de 
Raimundo Panikkar, el Hinduismo está ya orientado hacia Cristo y de hecho 
ya contiene el símbolo de la realidad cristiana, entonces la acción misionera 
de la Iglesia no podrá ser más que de alfabetización, hidráulica, agronómica 
o sanitaria: es decir, de civilización y no de religión. La idea de una tal misión 
no misionera se ha convertido en la clave del Día mundial de las misiones, 
que en 1974 difundía cientos de miles de ejemplares de una octavilla de este 
tenor: ¿Qué significa (la jornada de las misiones)? Colaborar a eliminar del 
mundo odios, guerras, hambre, miseria. Cooperar a la redención espiritual, 
humana, social de los pueblos a la luz del mensaje cristiano. ¿Qué se pide? 
Guarderías, asilos, escuelas, hospitales, ambulatorios, hospicios, casas para 
ancianos, leproserías, centros para tuberculosos. Los misioneros esperan un 
acto de solidaridad generosa. 

No hay en toda la apelación sombra alguna de religión católica, sino pura 
filantropía antropocéntrica. Ese fondo común a todos los movimientos re- 
ligiosos del género humano no es el Cristo hombre-Dios de la Revelación, 
sino el Cristo hombre-ideal-de-perfección del humanitarismo naturalista. No 
sorprende que los misioneros se desencanten de una misión dirigida primaria- 
mente a una renovación totalmente terrenal; ni sorprenderá que ese ecumenis- 


l6La idea sincretista ha penetrado ampliamente en la masa y, por ejemplo el Meeting 
de Rimini para la amistad de los pueblos, promovido por el gran movimiento católico 
de Comunión y Liberación en agosto de 1982, se convirtió en un coloquio a varias voces 
(participaban protestantes, budistas, hebreos, etc.) sobre experiencias religiosas diversas de 
profesiones de fe, pero con el común denominador de la comunión en favor del hombre y su 
fondo sagrado (OR, 30-31 de agosto de 1982). Esta comunidad era además contraria a la 
enseñanza que Juan Pablo 11 dio en esos mismos días en la homilía de San Marino, donde 
desarrolló el tema de que en el mundo el bien está separado del mal y se le contrapone por 
la voluntad del mismo Dios, y que esta contraposición surge en la conciencia del hombre, 
de la cual el Meeting hacía surgir la asimilación. 

1De quien se protestó verdaderamente desde muchos lados, pero fue protegido por el 
responsable del periódico, G. BAGET BOZZO, que en carta del 9 de septiembre de 1971 
dirigida a mí rechaza las críticas. 

18Cit. en Ami du clergé, 1964, p. 414. 


452 35. El ecumenismo 


mo unido a una caridad meramente natural haya tenido en Marsella, por obra 
de Mons. Etchégaray, su panteón *% . Tampoco sorprenderá finalmente que 
en el seminario islamocristiano de Trípoli, en 1976, el Card. Pígnedoli haya 
aceptado en el punto XVII la condena de toda misión que se proponga la con- 
versión, al considerar a todos los fundadores de religiones como mensajeros 
de Dios (OR, 13 de febrero de 1976). La conversión del concepto de misión 
en el de proselitismo se ha hecho hoy común entre los católicos, que han 
adoptado totalmente sobre este punto la doctrina del Consejo Ecuménico de 
las Iglesias. 

Según el pastor Potter, secretario de ese Consejo, en el discurso a la asam- 
blea ecuménica de Vancouver en julio de 1983, el fruto que ha madurado en el 
mundo cristiano gracias a ese movimiento es el siguiente: De la desconfianza, 
del rechazo al reconocimiento mutuo de ser Iglesias, del proselitismo, de una 
confesión apologética de la propia fe particular, se ha pasado a desalentar 
el proselitismo para hacer más fiel y más convincente el testimonio común 
de Cristo (OR, 28 de julio de 1983, que no hace reserva alguna y parece 
reconocer que ésta es también la posición de la Iglesia Católica). 

No sorprende que en tal circunstancia de teocrasia haya sido erigido como 
símbolo en el campo de las reuniones un enorme tótem de una tribu india 
(OR, 31 de julio de 1983, que pone la noticia bajo el titular «Culturas diversas 
convergentes en la única fe»). 


35.11. Conversión de la religión en civilización 


Conversión de la religión en civilización. El ecumenismo cam- 
panelliano 

El nuevo ecumenismo tiende a desplazarse desde la esfera religiosa (cuyo 
fundamento es lo sobrenatural) hacia la esfera civil, asimilando cada vez más 
la ecumene religiosa a la etnarquía humanitaria propugnada por la ONU. Lo 
confiesa el Consejo ecuménico de las Iglesias, y se empeña en hacer triunfar 
los derechos del hombre, más que en enfrentarse recíprocamente sobre cues- 
tiones sobre la verdad (RI, 1972, p. 887). El motivo del desarrollo mundano 
como fin de las misiones también es retomado por el Card. Ballestrero en el 
IV Congreso nacional misionero italiano. 

Señala cómo el concepto de misión se ha ampliado, porque las misiones 
se entienden hoy como promoción humana: el misionero también anuncia la 


19El intento de transformar en un Centro monoteísta una capilla de Notre-Dame de 
la Garde quitando imágenes de santos para colocar frases del Corán y de la Torah des- 
pertó una viva manifestación popular, que en parte lo hizo fracasar (Itinéraires, 205, pp. 
113 y 167). 


35.12. Influencia de la psicología moderna sobre el nuevo ecumenismo 453 


fe pasando por las vías del progreso humano (OR, 23 de septiembre de 1982). 

La ecumene ya no es la reducción de la humanidad universal a Cristo 
como hombre-Dios, que permite la percepción de las realidades divinas, sino 
una completa explicación de la racionalidad, que es ciertamente una irra- 
diación del Verbo divino, pero in puris naturalibus. Esto se ve en cada paso 
de la civilización moderna, marcada por el carácter de la técnica y de la 
dominación del mundo. A este ideal de perfección terrena ya se le había dado 
una sistematización poderosa en el siglo XVII con la teología de Campanella, 
pero ésta estaba fundada sobre el supuesto de que el Cristianismo tenía la 
virtud de reparar la totalidad del hombre y de desarrollar una perfección, 
incluso temporal, ignorada por la simple naturaleza. Campanella intentaba 
así abatir las objeciones de los políticos de la escuela maquiavélica, según los 
cuales la prosperidad de las naciones sería incompatible con la ley cristiana. 
Campanella mostraba que incluso la perfección temporal del género humano 
es un fruto del Cristianismo. Sin embargo, en su teocosmopoli Campanella 
conservaba el teotropismo esencial al Cristianismo y sometía todo lo tempo- 
ral a la religión (más bien al Papado) para dirigirlo, así sometido, hacia el 
fin sobrenatural. 

Y su ideal era la reducción del género humano a la unidad mediante la re- 
ducción a Cristo, luz natural y sobrenatural. Esta unidad no debe obtenerse 
por maduración de los valores naturales, sino por un tránsito discontinuo a 
la Iglesia Católica. Su gran tratado de teología misionera Quod reminiscen- 
tur conduce a las diversas sectas hasta una religión superañadida (según su 
terminología): ampliada e insertada caelitus en la conciencia. 


35.12. Influencia de la psicología moderna so- 
bre el nuevo ecumenismo 


Como profesa en el OR del 22 de mayo de 1981 el obispo de Castellammare 
di Stabia, la ubicación del movimiento ecuménico no es la que le asigna la 
Tradición en el contexto misionero. Está fuera del contexto misionero porque 
no se debe mandar a los infieles, sino dejar que todas las religiones expliciten 
el Cristo latente. El impulso a esta explicitación opera en todas como deseo 
inconsciente hacia el Cristo sobrenatural, y siguiendo tal deseo todos pueden 
llegar a la salvación. 

La teología clásica dió al problema de la salvación de los infieles incul- 
pables soluciones diversas: unas veces suponiendo un socorro sobrenatural 
extraordinario, y otras imaginando un estado de beatitud natural análogo al 
limbo de los niños, adonde iría el infiel que ha vivido en la rectitud. Pero nadie 


454 35. El ecumenismo 


enseñó jamás que la salvación eterna pudiese conseguirse sin la gracia, que 
le da valor al alma por encima de su valor, con una absoluta discontinuidad 
respecto al estado natural del hombre. 

La imposibilidad de que la naturaleza produzca un acto que supere a 
la naturaleza persuadía más bien a romper la unidad teleológica del género 
humano proponiendo dos fines últimos, uno natural y otro sobrenatural. 

Siempre fue concebida sin embargo la salvación como una luz de la con- 
ciencia, negándosele al inconsciente todo valor en orden al destino moral del 
hombre. 

Por el contrario, la doctrina del deseo inconsciente no tiene en cuenta la 
necesidad de no situar los valores religiosos en la profunda oscuridad, sino en 
la cumbre del intelecto y de la voluntad. Sustrae el hecho de la salvación a la 
opción moral del hombre, que implica conocimiento, advertencia y libertad. 

No puede el destino eterno del hombre (de esto se trata, al fin y al cabo) 
consumarse por actos no deliberados movidos por un oscuro instinto. El hom- 
bre no puede encontrarse salvado sin ejercicio de su libertad. 

Este deseo inconsciente es tanto menos admisible en el nuevo sistema 
cuanto que en éste la dignidad humana estriba precisamente en un acto de 
auto realización. ¿O es que vamos a decir que la auto realización pertenece 
en último análisis al ámbito de lo inconsciente? El influjo de ciertas doctri- 
nas psicológicas ha alterado aquí seriamente la soteriología del catolicismo, 
introduciendo el pseudoconcepto de deseo inconsciente, es decir, voluntad sin 
acto volitivo y consiguientemente sin valor ni mérito. 


35.13. La summa del nuevo ecumenismo en 
dos artículos del Osservatore Romano 


Mons. Piero Rossano, en dos escritos de cuya importancia da indicio ser 
a grandes trazos idénticos ad litteram (OR, 17 de noviembre de 1979 y 11 de 
octubre de 1980), presenta una summa del nuevo ecumenismo ? . Señalare- 
mos solamente los puntos que arguyen una variación de fondo. El primer 
punto cambia completamente la etiología de la división religiosa del género 
humano. Ésta fue siempre considerada como una consecuencia de la defección 
del hombre respecto al principio divino de su unidad. Al romper la ligazón 
del hombre con Dios, el pecado original rompe igualmente la armonía entre 
los hombres desuniendo lo que estaba unido. 


20E] autor retoma el pensamiento de estos dos artículos en el n. 48 del Bulletin editado 
por el Secretariado para las religiones no cristianas (abril de 1982). Se sostiene en él que 
el fin de la Iglesia es salvaguardar por todas partes el sentido religioso y el culto a Dios, 
que es un fin naturalista y sincretista. Ver también OR, 18 de abril de 1982. 


385.13. La summa del nuevo ecumenismo en dos artículos del Osservatore Romano455 


Campanella 2 , que realizó la más imponente sistematización teórica de la 
unificación religiosa del género humano, enseña que el principio metafísico de 
la multiplicidad es el no-ser que integra todo ser finito; su principio histórico, 
la dispersión de las lenguas; y su principio teológico, el pecado adámico; 
éste, hiriendo al espíritu con la enfermedad, la ignorancia y la malicia, ha 
multiplicado las religiones alejándolas de la unidad en la cual sitúa a las 
mentes la Razón divina que ilumina a todo hombre. 

Que los hombres crean prestar un culto divino adorando a escarabajos y 
al estiércol, degollando a sus padres sobre el ara del Numen, prostituyendo a 
sus hijas en el templo, o haciendo siervas a las mujeres con la poligamia, fue 
siempre considerado como un efecto del pecado 2 . 

También Giambattista Vico estimaba que el fin de la cultura era la re- 
construcción de la unidad arruinada por el pecado adámico (VI Orazione 
inaugurale). Ciertamente la variedad forma parte del designio primitivo de 
la Providencia, y se habría verificado también en el estado de inocencia del 
género humano: pero sin ruptura de la unidad ni contradicciones e impugna- 
ciones recíprocas. En la religión única habría tenido lugar variedad sin alterar 
su esencia. Tales variedades serían quizá como las que hay entre rito y rito 
en la unidad de la Iglesia católica, no como las que oponen el panteísmo y el 
nihilismo budista a la trascendencia católica, el politeísmo al monoteísmo, o 
el monoteísmo islámico a la Trinidad cristiana. 

Para Mons. Rossano, sin embargo, la pluralidad de las religiones no tiene 
por causa la culpa adámica, sino que está ya en el designio primitivo de 
la creación. ¿De dónde surge históricamente la pluralidad de las religiones? 
Sin duda deben considerarse como causas, además de la complejidad de la 
cuestión religiosa (llena de múltiples interrogantes), las peculiaridades étni- 
cas, la variedad de las experiencias ecológicas, históricas y culturales, la inm- 
accesibilidad de la meta y del objeto buscado, o la limitación del sujeto hu- 
mano. Pero no hay que infravalorar el influjo capital de los fundadores y de 
los líderes religiosos. 

La teoría no impide la extrañeza: la pluralidad de las religiones, que cuan- 
do se trata de la ecumene de los cristianos se contempla siempre como un 
escándalo y una injuria a Cristo, aquí es al contrario contemplada como un 
hecho altamente positivo, como fruto de la riqueza inagotable de la fami- 
lia humana, que la Sabiduría creadora de Dios ha distinguido en individuos, 
familias y naciones (y, no lo dice, pero debe decirlo, en religiones). 


21 Campanella es totalmente ignorado por la nueva teología. 

22Mons. Rossano transgrede también el dictado explícito del Vaticano II en AA, 7: 
Homines originali labe affecti in perplures saepe lapsi sunt errores circa verum Deum, 
naturam hominis et principia legis moralis: unde mores et institutiones humanae corruptae 
et ipsa persona humana non raro conculcata. 


456 35. El ecumenismo 


La conclusión de Mons. Rossano es franca: Toda religión representa el mo- 
do tradicional de respuesta de un pueblo a la donación e iluminación de Dios. 
Que la pluralidad de las confesiones no sea escándalo, como se decía inmedia- 
tamente después del Concilio, sino signo de comunión y de enriquecimiento, 
es doctrina oficial del Secretariado para la unión. El Card. Willebrands, su 
presidente, en la carta enviada al Consejo Ecuménico de las Iglesias en agos- 
to de 1983 en Vancouver, declara: Hoy día, la diversidad de las formas con 
las que se testimonia ya no es considerada como un signo de división en la 
fe, sino más bien como un elemento capaz de enriquecer su comprensión. Se 
adopta así el nuevo método de hacer pasar cosas distintas como si fuesen 
modalidades de lo mismo (OR, 12 agosto de 1983). 


35.14. Crítica del nuevo ecumenismo 


Crítica del nuevo ecumenismo. Más sobre la inutilidad de las 
misiones 

En toda la doctrina expuesta no se hace consideración alguna del pecado 
adámico que inaugura en el mundo el reino de una patológica multiplici- 
dad. Es cierto que los Padres de los primeros siglos sostuvieron, con Justino 
y los Alejandrinos, la diseminación del Verbo en el género humano; pero 
plantearon también el ofuscamiento de la idea religiosa a causa del peca- 
do original e incluso por obra de los diablos (los cuales, como enseña San 
Agustín, propusieron ser ellos mismos adorados o que lo fuesen simples hom- 
bres) 2 . 

La irradiación de sabiduría reconocible en el mundo pagano es un resto 
de la revelación primitiva. Por el contrario, Mons. Rossano abandona com- 
pletamente la idea de un sistema alterado por la culpa original. 

Tal idea no tiene cabida en su interpretación. Pero como ya hemos citado, 
incluso el Vaticano II en Apostolicam Actuositatem enseña que en el curso 
de la historia el género humano se manchó con graves vicios quia homines, 
originali labe affecti, in perplures saepe lapsi sunt errores circa verum Deum. 
Sin embargo Mons. Rossano contempla como primitivo lo que es secundario, 
y como natural y racional lo que es patológico e irracional. 

Una consecuencia irrefragable del sistema de Mons. Rossano es la su- 
perficialidad, más bien la imposibilidad, de las misiones. Si las religiones son 
primitivamente múltiples y distintas, y si cada una interpreta el mismo impul- 
so innato, constituyendo una variedad considerada enriquecedora, la misión 
desaparece. Todas las experiencias religiosas recibirían su carácter positivo 


23Ver para todo esto la obra clásica de PINARD DE LA BOULLAYE, L'étude comparée 
des religions, París 1922, vol. 1, p. 54. 


35.14. Crítica del nuevo ecumenismo 457 


de ese fondo común que traducen. Además, siendo riqueza la variedad, no 
se debe empobrecer al género humano igualándolo en una única forma. El 
tratado clásico De vera religione cae por sí mismo. El problema específico 
planteado por la pluralidad de las religiones ya no tiene lugar, porque no hay 
una religión verdadera dentro del orden de la pluralidad: es religión verdadera 
la que vive en todos los cultos, modos diversos de su legítima expresión. 

El naturalismo ortodoxo de Campanella viene bien aquí para iluminar 
cuáles son los términos de la ortodoxia transgredidos por los innovadores. 

También él reconoce la religión natural impresa en el alma humana por la 
Razón Primera e igual en todos (religio indita). Y plantea que este impulso 
universal innato se traduce en actos explícitos pasando del desconocimiento 
al conocimiento (religio addita). Niega sin embargo que estas diversas expre- 
siones religiosas sean todas indiferentemente positivas, ya que en ellas hay 
error; y precisamente porque hay error se hace necesaria la religión divina- 
mente revelada. Religio posita a nobis est imperfecta et falsa interdum, indita 
vero perfecta et vera: et quia contingit homines errare ob additas, idcirco ad 
Deum spectat religionem et iter ad se propalare % . 

Por el contrario, en el sistema de Mons. Rossano el Cristianismo, el Is- 
lamismo, el Budismo o el Hinduismo expresan correctamente la exigencia 
religiosa del hombre; todos son vehículos de salvación: la alcanzan o pueden 
alcanzarla % ; todos provienen inmediatamente de Dios, que las ha hecho nac- 
er; no hay ni rastro del pecado original. Ciertamente también Mons. Rossano 
protesta que no pretende confundir la Revelación histórica acaecida en el Lo- 
gos encarnado con la revelación natural del Logos creador, como si Dios se 
hubiese revelado de modo distinto y contradictorio en las diversas religiones. 

Pero en primer lugar no puede negar (habiéndolo afirmado) que esa varie- 
dad es querida positivamente por Dios, ni que constituye una riqueza del 
espíritu humano. Y en segundo lugar, no puede evitar la confusión entre 
lo natural y lo sobrenatural, porque en su discurso 2% usa equivalentemente 
el término Verbo y el término Espíritu Santo, y hace una misma cosa de 
la religión natural y de la sobrenatural, de la cristiana y de las otras. Una 
diferencia en el grado de perfección no crea una diferencia de esencias o de 


24 La religión planteada por nosotros es imperfecta y a veces falsa, mientras que la religión 
innata es perfecta y verdadera; y puesto que los hombres yerran en la «religio addita», 
compete a Dios manifestar la religión y el camino que conducen a Él. (Metaphysicorum 
libri, Parisiis 1638, p. 11, cap. 3, art. 1, p. 204). 

25Obsérvese la equivalencia: alcanzan o pueden alcanzar. Hecho y posibilidad resultan 
ser lo mismo. 

26 Aín menos puede disimularla el padre RAHNER en OR, 10 de octubre de 1975: no 
obstante su sobrenaturalidad y su carácter gratuito, la gracia puede ser considerada como 
algo que pertenece a la existencia del hombre. 


458 35. El ecumenismo 


especies. 

Con el sistema propuesto, la dificultad de una unión que no sea puramente 
sincretista es tan ardua que a la conclusión de su escrito Mons. Rossano 
confiesa que siguen abiertos los problemas de cómo se pueda conciliar en 
concreto la universalidad del mensaje cristiano con el respeto a la identidad 
y a la tradición espiritual de los demás; de si se puede conciliar, y cómo, la 
fidelidad a Cristo y a la propia tradición religiosa no cristiana; de cuál sea 
la relación entre la iluminación universal del Verbo y la revelación histórica 
del Evangelio; de cómo puede decirse que es vehículo para la gracia de Cristo 
una tradición religiosa extraña a Él y que aparentemente está contra Él. 

Mons. Rossano no se da cuenta de que los llamados problemas resid- 
uales son en realidad el problema capital al cual él pretendía proponer una 
solución y que a la luz de la ortodoxia permanece sin embargo irresoluto. La 
relación entre el Logos natural y el Logos teándrico, entre economía natural y 
economía sobrenatural, entre cristianismo y religiones no cristianas, es el an- 
tiguo problema de vera religione y es el problema de fondo de la apologética 
católica. Hic Rhodus. No es el residuo de un problema sustancialmente ya 
resuelto. Es el problema mismo en su instancia inevitable. 


35.15. Debilidad teológica del nuevo ecumenis- 
mo 


Ya he citado en otra parte el completo eclipse del concepto de predes- 
tinación en el horizonte conciliar. También el neoecumenismo padece esta 
debilidad, ya que la cuestión de vera religione pertenece a la teodicea: es 
decir, a la justificación del obrar divino en el mundo. 

En el sistema católico la predestinación es el ápice de la teodicea. No 
pertenece a un libro como éste adentrarse en este tema, pero queremos al 
menos hacer referencia a la imposibilidad de afrontar el tema de la salvación 
en las religiones no cristianas si se calla completamente su base teológica. 

Aparecería como una raíz truncada la variación introducida en la Iglesia 
sobre este punto. 


35.16. Estado real del ecumenismo 


Estado real del ecumenismo. Del ecumenismo religioso al huma- 
nitario 

El ecumenismo es quizá el punto del movimiento postconciliar en el cual 
son más relevantes el uso de la anfibología, la acción de la propaganda, y 


35.16. Estado real del ecumenismo 459 


el efecto del loquimini nobis placentia. En torno a 1970, en las entradas de 
las iglesias de Italia y de la Suiza italiana se fijaban carteles que representa- 
ban el encuentro de Pablo VÍ con Atenágoras, anunciando la leyenda la re- 
unión de seiscientos millones de católicos con doscientos cincuenta millones 
de ortodoxos. Dejando aparte la falsedad de las estadísticas, conviene recor- 
dar, además de la casi nula jurisdicción del Patriarca, la solemne declaración 
ya citada, hecha poco después del encuentro con el Papa: No se trata en este 
movimiento de caminar juntos una Iglesia hacia la otra, sino de caminar 
todas las Iglesias hacia el Cristo común, de reconstruir la Iglesia una, santa, 
católica y apostólica (ICI, n. 311, p. 18, 1 de mayo de 1968). 

La mayor dificultad del encuentro ecuménico está constituida para la Igle- 
sia Católica por el residuo nuclear de la doctrina tradicional. Es este residuo 
el que retrae a la Iglesia Católica de entrar en el paritario Consejo Ecuménico 
de las Iglesias. Este núcleo no es compatible con el espíritu conciliar, para 
quien la unificación religiosa es el primum movens. La exigencia ecuménica 
parece convertida en locus theologicus y las verdades deben responder al cri- 
terio de la conformidad con las expectativas de los no católicos, como señala 
el Card. Siri en Renovatio, 1970, p. 489. A causa de esta interna contradic- 
ción, raramente se concreta y afronta el nudo de la cuestión, no obstante los 
espíritus eutímicos y triunfalistas que se reavivan después de cada encuentro 
de las comisiones teológicas 2 . 

Pablo VI, en un capital y dramático discurso (OR, 19 de enero de 1978), 
invadido por una percepción realista que debe haber ido en contra de su índole 
utópica, disipó algunas ilusiones: Pero las dificultades para restablecer una 
auténtica fusión unitaria entre las diversas denominaciones cristianas son 
tales, que paralizan toda humana esperanza de que pueda realizarse históri- 
camente. Las rupturas acaecidas se han anquilosado, solidificado, organizado 
de tal manera, que califican de utópico todo tentativo de reconstruir, en de- 
pendencia de la cabeza que es Cristo, un cuerpo, como escribe San Pablo, 
trabado y unido (...) El problema de la unidad entre los cristianos parece 
además insoluble, incluso por el hecho de que se trata de verdadera unidad; 
no se puede admitir cualquier interpretación pluralista abusiva (...) Esta exi- 
gencia, comparada con las condiciones concretas e históricas de las distintas 
fracciones de fieles seguidores de las varias denominaciones cristianas, parece 
desanimar toda esperanza ecuménica. ¡La historia no vuelve atrás! Apelando, 
contra la desesperación de base histórica, a una esperanza de base teológi- 
ca, el Papa termina la angustiosa alocución abandonándose completamente 


27E] obispo auxiliar de París, Mons. Gouet, conjuntamente con el Gran Muftí de Francia 
y un pastor calvinista, distribuyó a los alumnos del colegio de Montgeron un colgante que 
reúne la Torah hebraica, la Cruz cristiana, y la Media Luna musulmana. Diario L'Aurore, 
15 de marzo de 1971. 


460 35. El ecumenismo 


a la oración 2 . Por otra parte Pablo VI, en un discurso clarificador del 20 
de enero de 1965, comentado por su importancia también en RI, 1965, p. 
125, había ya afirmado que es optimista quien no conoce la cuestión, pero 
que quien conoce los términos doctrinales, históricos y psicológicos ve que 
será necesario mucho tiempo y ciertamente una intervención especial, casi 
prodigiosa, de la gracia de Dios. Aquí como en otras partes el pronóstico 
papal pasa del razonamiento histórico a la idea del milagro. 

Análoga visión realista se encuentra en el discurso de Juan Pablo II del 
21 de enero de 1982, que reafirma el núcleo no imaginario de las diferencias 
entre cristianos. No se trata sólo de prejuicios heredados del pasado, sino a 
menudo de juicios diversos radicados en profundas convicciones que alcan- 
zan a la conciencia. Lamentablemente además, surgen nuevas dificultades. 
El núcleo, como ya había aparecido en el Concilio en el importante discurso 
del arzobispo de Poznan en la LXXVI congregación, está constituído por el 
primado del Pontífice romano, por el celibato eclesiástico y por la Eucaristía: 
no se trata (decía aquel Padre) de que los protestantes no conozcan la Iglesia 
Católica: la conocen y la consideran el principal impedimento para la unión 
22 El estado actual del ecumenismo, con la renuncia práctica a la expansión 
de la fe, se revela claramente en los discursos de Juan Pablo II en su viaje 
de 1982 a Nigeria: no hay referencia de conversión a Cristo, pero en el men- 
saje específico para los musulmanes (que quedó sin acogida y sin respuesta) el 
consenso de las dos religiones es invocado para favorecer la unidad de Nigeria 
y hacer una contribución al buen orden del mundo como nueva civilización 
del amor (OR, 14 de febrero de 1982). 

Como decíamos, la concordia del mundo ya no es una realidad con- 
cerniente a la unidad de religión, sino a la unidad de civilización, o si se 
quiere, a la única religión natural de la mundanidad y de la citerioridad. 

El ecumenismo religioso se va disolviendo cada vez más en ecumenismo 
humanitario, del cual las diferentes religiones son formas históricas mutables 
e igualmente válidas. 


28E] Sínodo greco-melquita-católico de 1975 dio un explícito desmentido al pensamiento 
de Pablo VI al aprobar la propuesta de Mons. Zocghbi, arzobispo de Baalbek: un proyecto 
en el que se deplora la creación de Iglesias orientales católicas unidas a Roma y se anima 
un proyecto de doble comunión por el cual los católicos se adherirían al Patriarcado greco- 
ortodoxo (del cual se dice que se han separado «sin razón suficiente») sin por otro lado 
romper su comunión con el obispo de Roma. El Sínodo confía en que la doctrina del 
Vaticano 1 sobre el Primado del Papa sea revisada y reformada. El proyecto fue rechazado 
por la Santa Sede. Ver E. ZOGHBY, Tous schismatiques , Beirut 1981. 

29Es por tanto de una visión realista de donde procede la tesis de KARL, RAHNER en 
el discurso pronunciado en Basilea en la iglesia protestante de San Pedro el 20 de enero de 
1982: O reconocer la inconciliabilidad de las diversas confesiones, o contentarse con una 
unidad puramente verbal, o admitir que las diferentes confesiones son una única fe. 


35.16. Estado real del ecumenismo 461 


La organización religiosa del género humano se modela sobre lo civil y 
el movimiento de cosecha se convierte en el del profeta Miqueas (Miq. 4, 5), 
que el presidente israelita Shazar dirigió en enero de 1964 a Pablo VI, quien 
se despedía de Tierra Santa: Dejad que cada nación actúe en nombre de su 
propio Dios y nosotros en nombre de Dios Nuestro Señor (RI, 1964, p. 50) 
30 


30 Aún más acentuado es el sincretismo en las declaraciones del Card. LUSTIGER, ar- 
zobispo de París, en la entrevista del 3 de febrero de 1981 con France-Soir: Yo soy judío. 
Para mí las dos religiones son una misma. Fue desmentido inmediatamente por el Gran 
Rabino de Francia KAPLAN: Para nosotros no se puede ser a la vez judío y cristiano; e 
igualmente por su sucesor, el Gran Rabino SIRAT: No se podría, sin abuso de lenguaje, 
hablar de religión judío-cristiana. Se es judío o se es cristiano. Es viva la contraposición 
entre quien ha perdido el sentido de las esencias y quien lo conserva. 


462 35. El ecumenismo 


Capítulo 36 


Los sacramentos. El bautismo 


36.1. Variaciones en la teología de los sacra- 
mentos 


Sin duda se ha consumado una variación en el orden litúrgico, al haber 
sido modificados los ritos de todos los sacramentos; pero lo que aquí tratare- 
mos brevemente son las transformaciones acaecidas en torno a su mismo 
sentido. La variación tiene un carácter homogéneo consistente en ampliar el 
papel de la subjetividad y reducir proporcionalmente el valor ontológico del 
sacramento. Sin abandonar su definición clásica como signo productor de una 
realidad sobrenatural, se va ampliando su significado, disminuyendo el con- 
tenido ontológico y haciendo del sacramento un signo de realidades subjetivas 
del hombre. 

En la medida en que todo ente creado (si se tiene bien claro el principio 
de la Creación) es un reflejo del Verbo, se puede aceptar un sentido lato para 
el sacramento como signo de lo sagrado, y decir entonces que todo el mundo 
es sacramento. Pero además de la sacramentalidad de la naturaleza creada, 
la religión cristiana conoce una sacramentalidad en sentido estricto: aquélla 
por la cual, al instituir el orden sobrenatural, Dios asume ciertas cosas, ac- 
tos o palabras como instrumentos para producir una realidad sobrenatural 
y para significarla. Hay por consiguiente dos elementos constitutivos de la 
sacramentalidad: una realidad sobrenatural comunicada al hombre, y la sig- 
nificación de esta realidad. Evidentemente, si se abandona lo sobrenatural 
ontológico la cosa significada será puramente lo que el sujeto experimente al 
recibir el sacramento: la transformación subjetiva del receptor. Se mantiene 
el puro simbolismo y se diluye lo ontológico. 

Los sacramentos resbalan hasta la esfera psicológica y existencial, convir- 
tiéndose o bien en puros símbolos figurativos (como los de la antigua Ley) o 


463 


464 36. Los sacramentos. El bautismo 


bien solamente en ocasiones para excitar al ánimo a la fe y para expresarla. 

Esta reducción de lo sobrenatural ontológico puede reconocerse en todos 
los sacramentos, pero nos referiremos solamente a bautismo, eucaristía y 
matrimonio, en los cuales esa reducción resulta más evidente. 


36.2. La práctica del bautismo a lo largo de 
los siglos 


La nueva teología del bautismo revela su propio carácter subjetivista en 
el rechazo al bautismo de los niños, apoyado sobre el principio naturalista de 
que la recepción del sacramento debe ser resultado de una opción libre y el 
efecto del sacramento en el alma debe formar parte de los mecanismos de la 
conciencia psicológica y moral del sujeto. 

Está históricamente demostrado que el bautismo de los niños fue siempre 
practicado por la Iglesia, incluso en los siglos de la evangelización de los gen- 
tiles. A causa de las conversiones los bautismos de adultos prevalecían sobre 
la iniciación de los neonatos, y esta prevalencia tuvo como consecuencia que 
el noviciado propedéutico (con catecumenado, escrutinios, exorcismos y prue- 
bas de todo género) caracterizase hasta nuestros días el rito del sacramento. 
Pero sin duda, la exigencia de que el adulto sea admitido al sacramento sólo 
si va precedido de una libre elección, condicionada por el conocimiento de 
la fe y por convenientes disposiciones morales, no puede transferirse al niño, 
incapaz de esas condiciones; tampoco esta imposible traslación puede imposi- 
bilitar la recepción del sacramento. En tiempos de San Agustín a los nacidos 
se les difería a menudo el bautismo hasta la madurez, y Agustín y Ambrosio 
estuvieron entre ellos. 

Pero esa costumbre era un abuso ocasionado por la propia severidad moral 
de la religión * , y por el rigor de la disciplina penitencial, que infligía penali- 
dades diuturnas e incluso vitalicias a quienes caían en culpa grave. A través 
de San Agustín sabemos que la dilación del bautismo era un paliativo para 
la relajación moral, análoga a la de los llamados clínicos, convertidos en el 
lecho de muerte. Pero la disciplina del bautismo administrado a los niños 
quam primum se hizo universal desde el siglo V. La apoyan y la sancionan 
decretos eclesiásticos y civiles, incluso castigando con penas a quienes lo 
retrasaban. Dejar morir a un niño sin bautismo constituye para la sociedad 
cristiana una culpa grave, porque el bautismo es condición para la salvación 
eterna. 


ISAN Agustin, Confess., 1, XI: Sine illum, faciat quod vult, nondum enim baptizatus 
est. 


36.3. Tendencia innovadora a la subjetivización del bautismo 465 


La cuestión del limbo de los niños fue vivamente discutida en la teología 
desde el tiempo de la controversia pelagiana, pero va más allá del tema de 
este libro. La necesidad de bautizar pronto a los neonatos indujo después a 
separar en ciertos casos el acto bautismal, realizado en casa y por cualquiera 
(dare l'acqua, en dialecto lombardo, y ondoyer, en francés), de las ceremonias 
litúrgicas celebradas más tarde en la Iglesia por el sacerdote. También el 
tiempo de la administración, Pascua o Pentecostés cuando los adultos eran 
mayoría, dejó de tener restricciones con la difusión del bautismo de los niños. 


36.3. Tendencia innovadora a la subjetivización 
del bautismo 


La teología moderna del bautismo tiende a inclinar el eje del sacramento 
de lo objetivo de la gracia a lo subjetivo de la libertad, poniendo el valor 
salvífico primariamente en la conciencia del don de fe de quien lo recibe. De 
aquí la resucitada controversia acerca del bautismo de los niños, en quienes, 
faltando la conciencia, faltaría la condición esencial del sacramento. 

Debe recordarse a este propósito que un elemento de adhesión subjetiva 
siempre fue exigido por la Iglesia para bautizar a los niños: la voluntad y la 
fe de los adultos que presentan al bautizando. Esta fe es la fe de la Iglesia, 
fe de otros y no del niño, que es inconsciente; pero también es fe del niño, 
en cuanto el niño no es una monada aislada sino miembro de la comunidad 
familiar, y ésta es a su vez miembro orgánico de la Iglesia, en la cual todos 
los miembros son vivificados y unificados por el Espíritu Santo ? . 

Pero en el Bautismo, como en cualquier otro sacramento, hay un elemento 
extrasubjetivo que va más allá de la capacidad moral del hombre y opera un 
efecto independiente de las disposiciones subjetivas y de lo que dependa Y de 
ellas: un efecto productor de santidad. Ese efecto principal del bautismo es 
el cumplimiento del célebre vaticinio de Jer. 31, 33, donde está expresada la 
diferencia entre los sacramentos abrahámicos y los de la Nueva Alianza: unos 
son materiales e ineficaces, y otros espirituales y eficaces e inscriben la ley 
en lo más profundo del hombre. 

Dicho efecto, designado por el léxico paulino con el nombre de carácter, 
se actúa en la sustancia y las potencias del alma, pero tiene como propiedad 


2Este elemento subjetivo fue tan vivamente sentido que en la reforma carolingia los 
niños inconscientes asistían con los padres a la catequesis, a los escrutinios y a toda la 
posterior propedeusis. 

3El efecto se produce incluso si el bautizado adulto está en pecado mortal (Card. Pedro 
GASPARRI, Catecismo Católico, Ed. Litúrgica Espaola, Barcelona 1934, p. 197). 


466 36. Los sacramentos. El bautismo 


esencial ser sobrenatural y diferenciar a quien lo recibe haciéndole renacer me- 
diante la incorporación a Cristo. Ahora bien, esta regeneración se hace en el 
niño sin ninguna conciencia, voluntad o acto del niño mismo, y aunque opere 
potentes transformaciones y suscite en el regenerado nuevas inclinaciones, le 
permanece completamente desconocido. Por tanto, la teoría católica está en 
las antípodas del subjetivismo, totalmente referido a la conciencia y a la 
autorrealización, teniendo por vil todo aquello que no emane de la persona 
1. Para la concepción católica, en el bautismo se infunden las virtudes so- 
brenaturales: no ciertamente en acto, sino en hábito, de modo tal que en la 
progresión espiritual del cristiano éste se hace capaz de realizar actos libres 
y conscientes de esas virtudes. 


Es manifiesto que eso que con inconveniente neologismo se llama conci- 
entización, es decir, la reducción de todo el hombre a la conciencia y a lo 
sensible, es radicalmente incompatible con la teología católica: las potentes 
modificaciones que la gracia bautismal opera en el alma, fortaleciéndola más 
allá de sí misma con explícitos actos sobrenaturales, no pueden ser aceptados 
por la nueva teología, ya que no constan psicológicamente y no contienen 
ninguno de esos actos personales en los cuales, según la antropología poste- 
onciliar, se centra el valor humano. 


La tendencia a excluir de la praxis de la Iglesia el bautismo de los neonatos, 
alegando que se celebra en la inconsciencia, para dar paso al bautismo de los 
adultos, es una consecuencia necesaria del rechazo del concepto primordial 
de dependencia. 


Siendo independiente la gracia bautismal del individuo que la recibe, no 
puede tener lugar en un sistema de primacía del sujeto. 


No me adentraré más allá, pero no puedo concluir este epígrafe sobre el 
bautismo sin observar que también aquí los argumentos teológicos proceden 
de los filosóficos: la negación de la teoría de acto y potencia lleva necesaria- 
mente a negar que en el niño bautizado se encuentre una virtud en potencia 
destinada a actuarse en el desarrollo histórico del individuo. 


La fe infusa que no se ve, no existe. Este es un corolario del rechazo del 
visibilium et invisibilium. 


“¿Un documento inspirado en tal subjetivismo es la Déclaration des évéques de France 
sur le baptéme des enfants. Se considera sujeta a reforma la práctica del bautismo infantil, 
y se propone una inserción gradual en el misterio de Cristo Resucitado, así como la di- 
lación del bautismo. También los Cátaros luchaban contra el bautismo infantil, alegando 
la necesidad de actos conscientes (Esprit et Vie, 1966, p. 503). 


36.4. Bautismo «in fide parentum» 467 


36.4. Bautismo «in fide parentum» 


Otra expresión del subjetivismo es la doctrina según la cual los niños 
que no pueden ser bautizados se salvan en la felicidad eterna gracias a la 
fe de los padres, que les encomiendan a Dios. Esta teoría no es nueva en la 
Iglesia, y su más insigne defensor fue el Card. Gaetano. Pero la forma en que 
la propone la nueva teología contiene un punto que anula la eficacia propia 
del sacramento, haciendo equivalentes el deseo de una cosa y su obtención; y 
todo ello centrado en la intencionalidad subjetiva, contradiciendo además la 
doctrina católica del bautismo de deseo. En ésta, el deseo es deseo propio, y 
no ajeno. Sin embargo, la incorporación de los niños no bautizados a la Iglesia 
es ahora también admitida por la liturgia, que junto al rito de exequias para 
niños bautizados ha creado uno para los niños no bautizados. 


468 36. Los sacramentos. El bautismo 


Capítulo 37 


La Fucaristía 


37.1. La Eucaristía en el dogma católico 


La Eucaristía es la cumbre de la religión y la consumación de lo sagrado. 
En comparación con ella todos los otros sacramentos casi son sólo sacramen- 
tales, es decir, ceremonias preparatorias. El misterio de la Presencia Real 
de la persona histórica de Cristo en el seno de la Iglesia no desdice de la 
estructura del ente increado y del ente creado, sino que más bien se articula 
sumamente en ella. 

Es la consumación de todos los valores de la Trinidad, reflejados en la 
estructura de la criatura. 

Es la consumación de la potencia divina, conteniendo el prodigio sumo 
de la transustanciación, de la persistencia de los accidentes, y de la presencia 
simultánea del cuerpo en más de un lugar. 

Es también la consumación del poder de la criatura, que se hace capaz de 
operar la transustanciación prodigiosa, recibe una prenda de su glorificación 
escatológica, y fortifica todas sus energías morales. 

La Eucaristía es igualmente la consumación de la sabiduría, porque aparte 
de la comunicación que Dios hace de sí mismo en la Creación, en la unión 
teándrica y en la gracia, encontró el modo admirabilísimo de comunicarse 
sacramentalmente en forma de alimento. 

Y así como en la Encarnación la naturaleza humana existió sin persona 
humana, siendo asumida por la persona divina, así en la Eucaristía los ac- 
cidentes están sin su sustancia sostenidos prodigiosamente por la sustancia 
del cuerpo teándrico. Y también a la sabiduría del hombre se adhiere la Eu- 
caristía, porque reflejándose en el misterio, nuestra razón se eleva sobre el 
rechazo de la naturaleza sensible y alcanza nociones puramente espirituales. 

Finalmente, la Eucaristía es la consumación del amor divino, porque anhe- 


469 


470 387. La Eucaristía 


lando comunicarse a la criatura de todas las formas posibles, el Infinito Amor 
(ya comunicado en la Creación, en la unión hipostática y en la gracia) se 
comunica ahora nuevamente; y porque el hombre, al consumir el cuerpo de 
Cristo, asume de manera misteriosa la divinidad. Y también se añade la 
Eucaristía al amor del hombre, porque al amor infinito de Dios el hombre 
se hace capaz de responder con un amor que camina por espacios infinitos 
fundiéndose y disolviéndose con el amante ! . 


37.2. Teología de la Eucaristía 


Toda interpretación del dogma eucarístico debe salvaguardar la Presencia 
Real del cuerpo de Cristo en el sacramento, y vale o no vale según sea o no 
sea mantenida dicha realidad. 

No compete a un libro como éste entrar en argumentos teológicos diversos, 
arduos y difíciles, sobre este asunto. 

El fondo del misterio es que el cuerpo de Cristo, o mejor dicho, todo 
el individuo teándrico, se encuentra realmente presente después de la con- 
sagración, habiéndose convertido toda la sustancia del pan en dicho cuerpo. 
Y la ofensa hecha a los sentidos, al no percibir allí donde está el cuerpo de 
Cristo sino la cualidad sensible y la cantidad del pan, no es propiamente una 
ofensa: los sentidos continúan estando en acto respecto a su objeto propio 
(las cualidades, accidentes o especies) aunque tras el objeto del sentido ya 
no subyazca la sustancia del pan, sino la sustancia del cuerpo. El cuerpo 
no está presente con su cantidad propia y fenoménica, sino con la cantidad 
fenoménica que tenía la sustancia del pan antes de la Consagración ? . Tal 
es la doctrina de la encíclica Mysterium fidei de Pablo VI, que repropone ad 
litteram la doctrina del Concilio de Trento. 

Mencionaré el intento moderno de Rosmini de concebir la transustan- 
ciación como la sucesión del cuerpo teándrico al cuerpo del pan tras las 
palabras consagratorias. El principio sustancial del individuo teándrico, que 
está en el Cielo, aviva y hace convertirse en sustancia propia la sustancia 
del pan, en un proceso análogo al de la nutrición vital, mediante la cual el 
alimento se transforma en hombre * . Rosmini mantiene la verdad dogmática 


¡Para todo este desarrollo me he inspirado en CAMPANELLA, Theologia, lib. XXIV, 
cap. 12, art. 7, pp. 46 y ss., Roma 1966. 

2Nótese que no siendo la extensión la esencia del cuerpo, sino un accidente suyo, la mu- 
tación de la sustancia no implica la de la extensión, como ocurriría en el sistema cartesiano, 
en el cual la extensión es la esencia del cuerpo. 

3Ver el amplio tratado sobre la Eucaristía en Antropologia soprannaturale, ed. nac., vol. 
XXVIII, p. 275. Pero la doctrina de ROSMINTI fue censurada por el decreto de 1888 en 40 
proposiciones. 


37.3. Nueva teología de la Eucaristía 471 


de que la sustancia del pan se transforma intrínsecamente en la sustancia del 
cuerpo teándrico. 


37.3. Nueva teología de la Eucaristía 


El fondo del dogma está contenido en el sentido obvio del verbo «es» de 
los Sinópticos y de I Cor. II, 24, ante los que se rendía Lutero diciendo: El 
texto es demasiado fuerte * . Hay ciertamente en la Biblia lugares en los que el 
predicativo ser tiene manifiestamente un sentido metafórico y no ontológico. 
Por ejemplo, en la interpretación del sueño del Faraón en Gén. 41, 27, setpem 
spicae ... septem anni sunt (Las siete vacas flacas y feas, que subían después 
de ellas, son también siete años, y serán (como) las siete espigas vacías que 
abrasó el solano, siete años de hambre); las espigas ciertamente no pueden 
ser sustancialmente una duración en el tiempo. 

Igualmente, en otros lugares y en virtud del contexto, el sentido y la 
intención, el verbo essere quiere decir simbolizar. 

Aquí sin embargo el sentido ontológico, que repugna a la percepción sen- 
sorial, y a causa de ella aleja (Juan 6) a gran parte de los oyentes, es pre- 
cisamente el afirmado por Cristo; es el sentido entendido por la comunidad 
cristiana primitiva; es la fe de la Iglesia a lo largo de siglos ? . 

La nueva teología, expresada en el Catecismo Holandés (convertido en 
libro de texto en las escuelas católicas), ha trasladado la transformación del 
pan eucarístico desde el orden ontológico hasta el orden ideológico, enseñando 
que la mutación operada por las palabras consacratorias se refiere a los fines 
y a los significados ese pan, que de modo natural significa el alimento que 
sostiene la vida corporal y está destinado a ello, pasa a significar el cuerpo 


“En la expresión Hoc est enim corpus meum la partcula enim no significa porque, sino 
realmente, como se demuestra también por su posición. Tal fue la opinión de una comisión 
de latinistas presidida por GIAMBATTISTA PICHI, de la Universidad de Bolonia. 

Las anfibologías en materia eucarística abundan en escritos revestidos de carácter 
oficial. En el n. 2 de los Documenti di lavoro editados por el Centro directivo del XX 
Congreso Eucarístico celebrado en Milán en 1983, se asegura que ni el pan ni el vino en 
sí mismos, ni como realidad ni como signo, ni siquiera después de la Consagración, tienen 
título alguno para sostener y revelar la ecuación puesta por Cristo (esto es mi cuerpo). 
Aquí se niega la eficacia de las palabras consacratorias y al menos está oscurecida la 
verdad de la Presencia Real. La anfibología de la doctrina del documento, inspirada en 
Rahner y Schillebeeckx, fue denunciada en Renovatio, 1982, pp. 198 y ss., y la defendieron 
débilmente los autores en Renovatio, 1983, pp. 255 y ss. Entre otras cosas, sostienen que 
sólo el Magisterio puede juzgar sobre la ortodoxia de una posición doctrinal. También es 
cierto que todo fiel tiene el derecho de confrontar la enseñanza de los doctores privados 
con la de la Iglesia universal, y en ese sentido reconocer si un autor expresa la verdad de 
la fe o una opinión suya contraria a ella. 


472 37. La Eucaristía 


de Cristo y asume como finalidad la nutrición espiritual del cristiano. 

No se puede decir que transignificación y transfinalización correspondan 
mejor al carácter personalista de los actos religiosos, como quieren los au- 
tores de esta sentencia: también en la transustanciación es Cristo, individuo 
teándrico, quien se ofrece como víctima y alimento en oblación de amor. 
Ofrecer la propia sustancia es un acto bastante más oblativo y sublime que 
ofrecer un nuevo significado a la misma sustancia. 

Pasemos por alto que esta transformación no sustancial no responde ni 
al texto sagrado ni a la definición del Concilio de Trento. Pero debe decirse 
que en el nuevo sistema la profundidad del misterio queda diluida. 

Los innovadores insisten sobre la inherencia profunda del fin al ser de la 
cosa, pero no pueden hacer que la finalidad y el significado no sean ulteriores 
y añadidos a la entidad del pan. 

Ciertamente el pan natural tiene una finalidad nutritiva, pero no está cons- 
tituído por ella, porque una idea (y eso es la finalidad) no puede identificarse 
con la sustancia. Un pan cuyo fin no fuese la nutrición no sería pan, pero el 
pan recibe dicho fin de su constitución interna como sustancia apta para la 
nutrición. Una simple transfinalización es un cambio de relaciones, e implica 
siempre la subsistencia de la cosa, que es en sí antes de ser en relación. 


37.4. La desaparición de la adoración 


La mayor y más pujante consecuencia de haber considerado el misterio 
eucarístico como un simple cambio de significación y de finalidad de un pan 
que mantiene su identidad sustancial, es la decadencia del objeto latréutico 
y la decadencia de la adoración. 

Si el significado de una cosa es metafórico y puramente intencional, y si el 
fin (separado de su causa eficiente) no tiene otra base que la mente que con- 
cibe y quiere, ya no es posible encontrar en el pan eucarístico transignificado 
y transfinalizado algún aspecto por el cual sea adorable: antes y después de 
la Consagración se tiene, en el orden real, exactamente lo mismo. 

Sin embargo, en el pan realmente transustanciado en el cuerpo de Cristo 
el acto de adoración encuentra una realidad sobre la que apoyarse, porque 
lo que se adora son los entes, no las relaciones; más propiamente, se adora 
solamente a un ente personal. 

Si la Eucaristía es más una nueva relación que un nuevo objeto real, la 
adoración ya no tiene realidad sobre la que apoyarse. No se adoran metáforas, 
sino entes. Cuando en el politeísmo pagano se hicieron objeto de culto ideas 
y abstracciones como Bondad, Belleza, o Justicia, se convirtieron pronto en 
personas; y el culto no se hacía a esas significaciones abstractas, sino que 


37.5. Culto eucarístico extralitúrgico 473 


experimentaba la necesidad de tomar como término un ser personal. Las 
Gracias, Las Furias, La Memoria, todas están hipostatizadas. 

La dilución de la sustancia que quita objeto a la adoración va acompañada 
por la dilución de la duración, pues ésta es propia de la sustancia y las cosas 
añadidas duran sólo en la duración de las sustancias. Un cuerpo simbólico 
concedido como alimento simbólico consuma completamente su valor con 
la manducación. Reduciendo el valor del pan eucarístico a símbolo de la 
nutrición, no queda nada de valor en el sacramento no manducado. 

De aquí la opinión, hoy difundida en el pueblo cristiano, de que una vez 
recogida la mesa del banquete eucarístico no queda nada de divino en el 
tabernáculo. Por el contrario, si el pan no es puro símbolo, sino sustancia 
real, el sacramento permanece después de la finalización y la manducación. 


37.5. Culto eucarístico extralitúrgico 


La decadencia del culto latréutico de la Eucaristía tuvo lugar dentro de la 
celebración litúrgica (sumiéndose el sacramento sin adorarlo expresamente) 
y fuera de ella: el culto al Santísimo, las visitas, las exposiciones solemnes, 
las Cuarenta Horas o las devociones reparadoras, han caído hoy en desuso y 
casi se las evita como desviaciones. 

Aunque Mysterium Fidei en 1965 y la Instrucción Eucharisticum mys- 
terium en 1967 recomendasen vivamente la devoción pública o privada al 
Sacramento fuera de la Misa como extensión de la piedad cristiana (cuyo 
centro es la Misa), el desafecto por el culto se propagó rápidamente, fomen- 
tado por las desviaciones teológicas y tolerado por el episcopado a causa de 
su habitual acomodación. 

En la carta Dominicae cenae dirigida en 1980 a todos los obispos, Juan 
Pablo II creyó su deber pedir perdón por todo lo que, tras la aplicación 
(a veces parcial, unilateral, errónea) de las prescripciones del Vaticano II 
pueda haber suscitado escándalo o malestar en torno a la interpretación de 
la doctrina y la veneración debida a este gran sacramento. Y para enderezar 
la desviación, lamentada también en el simposio preparatorio de Toulouse, 
el Papa donó al Congreso eucarístico internacional de Lourdes de 1981 no ya 
un cáliz con patena, sino un ostensorio: es decir, un utensilio que se utiliza 
solamente en el culto del Santísimo Sacramento fuera de la misa * . Sin duda 
este abandono de la adoración dentro y fuera de la Misa es consecuencia 
de la desustanciación de la Eucaristía, rebajada de acto sacrificial referido 


Ver Congrés eucharistique Lourdes 1981, París 1981, p. 100. Véase también la 
lamentación que el Card. GIUSEPPE SIRI hace en su revista Renovatio, 1982, n. l, p. 
5, de la notable decadencia del culto eucarstico. 


474 37. La Eucaristía 


inmediatamente a Dios Redentor a acto de convivencia que celebra el ágape 
fraterno. 

Sin embargo, esto constituye algo retrógrado, porque se intenta disfrazar 
ese abandono como un retorno a la tradición más antigua. Ahora bien, 
está demostrado que hasta el siglo XI la Eucaristía era conservada (como 
hoy) con el fin primario de dar la comunión a enfermos y moribundos, pero 
este fin primario no puede alterar la naturaleza del misterio, que es por esen- 
cia el Adorable. Y no se puede dar marcha atrás en la Iglesia ” a un grado 
menos desarrollado de su conocimiento de la Fe y de la consecuente práctica 
del pueblo de Dios. 

Como hemos afirmado, el desarrollo histórico de las creencias y de la 
piedad produce un conocimiento más profundo de la Revelación; y si se rec- 
haza el principio del desarrollo canonizando no los principios (que son in- 
mutables), sino un estadio del desarrollo y deteniendo en él el movimiento 
vivo de la Iglesia, se anula gran parte de la teoría y de la práctica de los 
dogmas cristianos, mucho más esclarecidos hoy de lo que lo estuvieron en los 
primeros tiempos o en los tiempos medievales de la religión. 


37.6. La degradación de lo Sagrado 


Si el pan eucarístico es solamente un pan al que se agrega una nueva 
finalidad, entonces el Santísimo (lo Sagrado subsistente) desaparece del todo. 

La disposición moral con que el pueblo cristiano contemplaba el Sacra- 
mento varió a lo largo de los siglos, pero siempre dentro de un algo invariable 
de reverencia, de temblor y de profunda ternura religiosa, totalmente alejada 
de las nuevas tendencias, que reconocen en la eucaristía un alimento de ágape 
en el cual se celebra la unión de amor de la comunidad $ . Se llega incluso a 
sostener que la presencia de Cristo en el sacramento es la presencia de Cristo 
en la comunidad unida por la caridad fraterna ? . El intento de representar 
la Cena del Señor como una celebración de amistad y de alegría da lugar 


"Desde el siglo XIII hasta hoy la adoración de la Eucaristía fuera de la misa había sido 
buscada por el pueblo, practicada y propagada por los santos (desde San Francisco de 
Asís a Charles de Foucauld), tomada como fin por fundaciones religiosas, difundida en las 
Compañías del Santísimo Sacramento, representada en el arte, introducida en la piedad 
popular. En el siglo XVIII, el opúsculo de SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO Visitas 
al Santísimo Sacramento tuvo en vida del autor veinticuatro ediciones; y después de su 
muerte tuvo en el siglo XIX otras noventa y cinco. Ver en Esprit et Vie, 1982, pp. 273 y 
ss., el estudio de J. ROCHE, Le culte du Saint Sacrement hors messe. 

SFRANCESCO BIFFI, rector de la Universidad Lateranense, en Giornale del popolo 
del 27 de marzo de 1980, escribe que la Misa es fracción del pan, es decir, reparto de 
amistad, de afecto, de ayuda. Nada dice sobre la transustanciación ni sobre el sacrificio 

%La orientación antilatréutica es manifiesta en la gran encuesta de ICI, n. 564, p. 26 


37.6. La degradación de lo Sagrado 475 


hoy a sacrílegas reuniones convivales en las que la promiscuidad de materias, 
arbitrio de gestos, ilegitimidad de los consagrantes, o profanidad de lugares 
y modas, constituyen un escándalo y una tragedia para la Iglesia. 

En realidad la Ultima Cena fue un acto supremo de amor divino, pero 
fue un evento trágico. Se desenvolvió en el presentimiento del deicidio, en la 
sombra de la traición, en el espanto de los discípulos, inseguros de su propia 
fidelidad al Maestro *% , en el temor previo al sudor de sangre de Getsemaní. 
El arte cristiano ha representado siempre la Ultima Cena como un evento 
trágico, y no como un convite divertido * . La desustanciación de la eu- 
caristía forzosamente ha menguado la reverencia al Sacramento, y la reforma 
litúrgica se informa de ella y la produce, quizá por mimetismo ecuménico * . 
Abrogado casi del todo el ayuno previo a la comunión; disminuidas las luces; 
convertidos los besos y las genuflexiones en escasas reverencias 1% ; destituido 
el Santísimo del lugar más digno del templo; descendido el altar desde lo más 
excelso a lo más profundo, y de la posición central a la lateral; caídas en 
desuso las devociones latréuticas paralitúrgicas públicas y privadas; quitada 
de los calendarios la solemnidad del Corpus Christi y convertida la proce- 
sión teofórica de diurna a nocturna, como de lucifuga natio; tolerado el uso 
de cualquier materia, incluso un bizcocho dulce + ; puestas en minúscula las 
iniciales de las palabras sagradas; caídos en desuso los actos de preparación y 
de acción de gracias por la Santa Comunión ** ; decaído el precepto pascual; 


(15 de julio de 1981), donde se deploran los excesos de la Contrarreforma y se impone una 
interpretación no realista del sacramento. 

lONinguno de los discípulos está seguro de no ser el traidor, y preguntan al Maestro: 
¿Soy yo, quizás?. Esta trágica incertidumbre de la propia voluntad moral está recogida 
magníficamente en la Cena de Leonardo en Santa Maria delle Grazie, en Milán. 

1En el discurso del 9 de junio de 1983 Juan Pablo II afirma que, siendo la Eucaristía 
memoria de la muerte, pero también de la Resurrección de Cristo, nos hace participar en 
la vida triunfante del Resucitado, y por consiguiente supone un clima de alegría. Pero es 
evidente que la memoria se dirige primaria e inmediatamente a la Cena y a la Pasión, uno 
de cuyos momentos es la Eucaristía. 

12L a irreverencia llegó a tanto que los obispos austriacos se vieron costreñidos a hacer 
un documento especial. Véase la obra de Mons. GRABER, Obispo de Regensburg, Die 
fúnf Wunden der heutigen Kirche, Regensburg 1977, p. 10. 

13No sólo ya no se ordena la reverencia, sino que incluso se prohibe. El obispo de Antigo- 
nish (Canadá) ha prohibido formalmente recibir la comunión de rodillas: The Globe and 
Matl, diario de New Glasgow, 19 de agosto de 1982. 

141 diario del arzobispado de Seattle (Estados Unidos), North-west Catholic Progress, 
daba en marzo de 1971 la receta para confeccionar la Eucaristía: leche, crisco (que es una 
especie de margarina), huevos, levadura y miel. 

15Cuando siendo niño don Bosco iba a ir a comulgar, su madre le apartaba de los juegos 
durante tres días; y ese otro espíritu elevado que fue Antonio Fogazzaro se preparaba 
desde los primeros de noviembre a la Comunión de la Inmaculada (Epistolario, p. 328), 
sosteniendo que la insuficiencia del fruto de una Comunión deriva de no haberse preparado 


476 387. La Eucaristía 


sustituidos los bancos con reclinatorio por sillas; obsoleta la obligación de 
confesarse de las culpas graves antes de acceder al corpus Christi; tratadas 
las especies sagradas por todas las manos y dada la Comunión por personas 
no consagradas; familiaridades inauditas con las formas consagradas, que los 
sacerdotes envían en un sobre por correo a las personas que desean comulgar 
16 - abolida en el Misal la instrucción de defectibus in celebratione missarum 
occurrentibus  , son miles y miles los signos de la degradación eucarística 
quí crévent les yeux * . Y puesto que la Eucaristía es la cumbre de lo sagra- 
do y la reducción del reino de las almas a la Mónada esencial, puede decirse 
que la crisis de la Iglesia es una crisis de la Eucaristía, crisis de la fe en la 
Eucaristía, la cual incluye toda la descristianización y la desacralización a 
que las múltiples variaciones dieron lugar después visiblemente. 


37.7. Lo «venerandum» y lo «tremendum» de 
la Eucaristía 


Lo «venerandum» y lo «tremendum» de la Eucaristía en la his- 
toria de la Iglesia 

No entrando a tratar de los usos judiciales y taumatúrgicos, a menudo 
abusivos, que se hacía de las especies eucarísticas +? , está comprobado que 
el sacramento, más adorado que sumido como alimento, causaba en los fieles 
profundos sentimientos de temor, de fe y de amor. El diácono cantaba la 
admonición: Accedite cum fide, tremore et dilectione. Estos sentimientos du- 
raron hasta el Vaticano II en la práctica común, la cual en la recepción del 
sacramento quería que se renovasen los actos de fe, adoración, humildad, 
contrición, acción de gracias, esperanza y caridad, como puede observarse en 


desde mucho antes. 

16Ver en L'Est républicain, 8 de febrero de 1977, la declaración del obispo de Verdún, 
que no encuentra nada de reprensible en tal práctica. 

Estos defectos eran contemplados con sumo cuidado en el Misal antiguo. Pero es 
evidente que cuando el Sacramento pierde su esencia sagrada, los defectos que ocurren en 
la celebración resultan irrelevantes. 

18 Además de estas degradaciones, ver en Esprit et Vie (1971, p. II) un sumario de las 
indignidades que ocurren normalmente en la celebración de la Misa, además de la serie 
de abusos, a menudo sacrílegos, denunciados por el Card. RENARD en Documentation 
catholique, 1972, col. 933.- Demum infandum prorsus et incredibile si non in maligno 
positus esset mundus, quod nuper vidimus in quodam religiosorum coenobio, ubi sacellum 
Sanctissimi Sacramenti iuxta foricam ipsique contiguum exstructum est. 

19Es célebre el juramento de Gregorio VII ante Enrique IV en Canossa. Y en la abadía 
de Múnster en los Grigoni, dibujos de la época carolingia representan a San Pedro en el 
acto de echar a los perros el sacramento para aplacarlos. 


37.7. Lo «venerandum» y lo «tremendum» de la Eucaristía 477 


cualquier devocionario. Y el tremendum del sacramento, hoy casi del todo 
diluido (ya que se va a la mesa eucarística tan desenvueltamente como se 
toma el agua bendita de la pila), es históricamente palpable en la conmo- 
ción del pueblo cristiano al difundirse la herejía de Berengario en el siglo XI. 
Se vió entonces qué poder tenía sobre el ánimo de los hombres la fe en la 
Presencia Real, y cómo la sacudida de esa fe hizo que en las multitudes se 
conmoviese hasta la conciencia moral. 


Cuando Berengario negó la transustanciación, robando el tremendum del 
sacramento, hubo en el pueblo una conmoción enorme. 


Da noticia de ello en términos impresionantes su contemporáneo Guit- 
mondo di Aversa: Homines scelestos ad Berengarium concurrere solitos fuisse, 
quí laetabantur se magno metu liberatos, cum intelligerent eucharistíam non 
esse rem tam divinam, ut propter eius perceptionem a sceleribus et flagitus 
se continere deberent (P. L. 149, 1447) % . 


Siendo realmente el cuerpo de Cristo, la Eucaristía constituía un impedi- 
mento al pecado, al ser éste un impedimento para la percepción del sacramen- 
to. El aspecto del tremendum ligado a la transustanciación no prejuzgaba, 
sino que prevalecía sobre la adoración amorosa. 


Dada la existencia en la piedad ortodoxa de todo un rosario de sentimien- 
tos, dicha adoración amorosa prevaleció en algunos momentos dando lugar 
a la fundación de monasterios (sobre todo femeninos) cuyo fin primario es 
la adoración perpetua de la Eucaristía. Pero también la devoción popular se 
caracterizó por dicha ternura. 


Lo atestigua, por ejemplo, un librito de prácticas de piedad del Quattro- 
cento, publicado por Mons. Carlo Marcora en Memorie storiche della diocesi 
di Milano, 1960, pp. 185 y ss. En el momento de la elevación de la hostia, el 
alma ingenua y fervorosa del creyente parece ver no la hostia consagrada, sino 
el cuerpo mismo de Cristo: faltan entonces al alma las palabras suficientes 
para reconocer el beneficio inefable de que el Señor se haya dejado ver por tí. 
Entonces ella vierte su desbordante sentido de adoración en una conmovedo- 
ra efusión de humildad adorante. El decaimiento de la piedad eucarística fue 
confesado por Pablo VI en la encíclica Mysterium fidei y en la Instrucción 
Memoriale Domini del 20 de mayo de 1969. Considera explícitamente que 
deriva de la caída de la fe, porque allí donde la verdad y la eficacia del miste- 
rio eucarístico y de la presencia de Cristo en él han sido más profundizadas, 
se ha sentido también mejor el respeto hacia el Sacramento. 


20L os criminales acudían solícitos a Berengario y se congratulaban con él de haber sido 
liberados de un gran temor, ya que comprendían que la Eucaristía no era aquella cosa tan 
divina que les hacía abstenerse de los delitos y las infamias para poder recibirla 


478 387. La Eucaristía 


37.8. Sacerdocio y sinaxis eucarística 


La centralidad de la Eucaristía en el misterio católico hace que su degrada- 
ción repercuta en la degradación de todos los sacramentos, que son prepara- 
ción y participación de ella. La degradación se ha hecho evidente sobre todo 
en el sacramento del orden, que dispone en el hombre la capacidad ontológica 
de obrar la transustanciación. Y aquí, como en todos los demás puntos de la 
religión (más bien como en todos los demás puntos del conjunto orgánico de 
lo real), las cosas y los fenómenos están encadenados entre sí con vínculos 
para los cuales intentar la ruptura es luchar contra el destino (Inf IX, 97). 

Ya hemos aclarado en 887.2-7.4 la crítica con la que los innovadores atacan 
al sacerdocio católico, intentando igualar el sacerdocio común de los fieles 
(mediante cuyo carácter bautismal son consagrados al culto divino) y el sacer- 
docio sacramental, por el cual algunos individuos, mediante la impresión de 
un carácter reforzado, son revalorizados ontológicamente y habilitados para 
operar la transustanciación del pan eucarístico. 

El elemento ontológico del sacerdocio responde exactamente al elemento 
ontológico de la Eucaristía, y es evidente que si en el sacramento no se opera 
una transmutación ontológica de sustancia, sino sólo una transposición de 
significados que rebasa el orden intencional, no será necesaria ninguna pecu- 
liaridad ontológica para operarla. Si la presencia eucarística es la presencia 
espiritual de Cristo en la comunidad congregada para conmemorar la cena, 
son superfluos los actos específicamente sacerdotales, y la sinaxis del pueblo 
fiel realiza la presencia eucarística de Cristo. 

No es el sacerdote en cuanto que ordenado quien actúa la transustan- 
ciación: en cuanto persona igual a todos los miembros de la Iglesia en el 
ejercicio del sacerdocio común, presidirá la simbólica transmutación actuada 
por la comunidad. 

La reducción de la eucaristía a sinaxis anamnéstica es consecuencia del 
artículo 7 de la Institutio generalis Missalis Romani, promulgada por Pablo 
VI el 3 de abril de 1969. Ésta define la Misa en estos términos: La Cena 
del Señor o Misa es la santa asamblea o reunión del Pueblo de Dios que se 
junta bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor. 
La definición se apoya en Mat. 18, 20: Porque allí donde dos o tres están 
reunidos por causa mía, allí estoy Yo en medio de ellos. Según declaraciones 
del Card. Charles Journet, Pablo VI habría confesado haber firmado sin leerla 
la definición de la Institutio, que indudablemente tiene contenido dogmático 
21 Como se sabe y es necesario, la mayor parte de los documentos papales 
son redactados por sus colaboradores % , y revisados y a veces también 


21 Así lo afirma el padre JOSEPH BOXLER en Mysterium fidei, febrero 1982, p. 3. 
22Sobre la relación entre los Papas y sus colaboradores en la redacción de los documentos, 


37.8. Sacerdocio y sinaxis eucarística 479 


confiadamente aprobados por el Papa. 


La cosa no resulta increíble, aunque las circunstancias y la naturaleza 
del documento la hagan ser un hápax (excepción) en la historia de la Igle- 
sia. El conocimiento personal del acto que se firma es un deber creciente o 
decreciente según la naturaleza del documento, que aquí era un anexo de 
Constitución Apostólica. Los múltiples motivos de censura y la incierta orto- 
doxia 2% de esa definición (evidente al análisis intrínseco) son confirmados a 
posteriori por su retractación algunos meses después de su promulgación y 
tras su sustitución con una fórmula dogmáticamente correcta. El hecho de 
tal retractación casi inmediata no tiene precedentes en los pronunciamientos 
dogmáticos de la Iglesia; y si existen no pocos desdecimientos y abjuraciones 
de errores prácticos y políticos (como los de Pascual II y Pío VII), no hay 
ejemplos de una retractación tan rápida, sea porque concierne a materia 
dogmática, sea porque viene tan prontamente a eliminar la primera senten- 
das 


ver las informaciones sobre León XIII de NELLO VIAN, /l leone nello scritoio, Reggio 
Emilia 1980, pp. 169 y ss. Aquel Papa se hacía confeccionar incluso las poesías latinas, 
que luego retocaba. 

23La incierta ortodoxia de la primera redacción del artículo 7 es el efecto de una contami- 
nación entre las exigencias de la doctrina tradicional y el influjo de los observadores no 
católicos que asistieron a los trabajos de la Comisión conciliar: no sólo como observadores 
(así se decía en su título), sino como consultores y partícipes en la redacción de los tex- 
tos. Mons. BAUM, entonces presidente de la comisión del episcopado americano para el 
ecumenismo, en Detroit News del 27 de junio de 1967, declaró: Ellos (los observadores no 
católicos) no están ahí simplemente como observadores, sino también como expertos con- 
sultores, y participan plenamente en las discusiones sobre la renovación litúrgica católica. 
Si se hubiesen contentado con escuchar, la cosa no hubiese tenido demasiado sentido; pero 
no, ellos sí que contribuyen. 

24La corrección al artículo 7 apareció en el número de mayo de 1970 de Notitiae, órgano 
de la Sagrada Congregación para el culto divino. La precede un proemio en el que se 
lee que habiendo examinado los miembros y los expertos del Consejo, antes y después de 
su promulgación, el artículo 7, no encontraron en él ningún error doctrinal ni ninguna 
razón para modificarlo. No obstante, para evitar dificultades y hacer más claras ciertas 
expresiones, se decidió que el documento fuese retocado en ciertas partes. El artculo 7 
no fue retocado, sino enteramente rehecho, haciendo aparecer los elementos esenciales de 
la doctrina de la Iglesia aunque continúe sin ser mencionada la transustanciación, que 
Pablo VI restauraría después plenamente en la encíclica Mysterium fidei. He aqu el texto 
refundido: In Missa seu Cena Dominica populus Dei in unum convocatur sacerdote prae- 
side personamque Christi gerente, ad memoriale Domini seu sacrificium eucharisticum 
celebrandum. Quare de huiusmodi sanctae Ecclesiae coadunatione locali eminenter valet 
promissio Christi: «Ubi sunt duo vel tres congregati in nomine meo, ibi sum in medio 
eorum». In Missae enim celebratione, in qua sacrificium Crucis perpetuatur, Christus re- 
aliter praesens adest in ipso coetu suo nomine congregato, in persona ministri, in verbo 
suo et quidem substantialiter er continenter sub speciebus eucharisiticis. 

(En la Misa o Cena del Señor el Pueblo de Dios se reúne bajo la presidencia del sacerdote 


480 387. La Eucaristía 


37.9. Análisis del artículo 7 


El análisis de la definición revela pronto la variación doctrinal. Hasta el 
Vaticano II todas las escuelas teológicas y todos los catecismos definían la 
Misa como el verdadero y propio sacrificio con el cual, por ministerio del 
sacerdote, Cristo ofrece su cuerpo y su sangre al Padre para remisión de 
nuestros pecados % . 

En la Institutio, por el contrario, la Misa deja de ser un acto sacrificial 
realizado por el sacerdote in persona Christi y es identificada con una asam- 
blea: Coena Domini vel Missa est synazis. 

Omito reparar en la novedad del término, frecuente entre los protestantes 
pero completamente ignorado por el pueblo católico. Señalaré la incongruen- 
cia lógica que emerge del predicado. La Misa, sucesión de operaciones sagradas, 
no puede identificarse con una asamblea (convocada o convocable), que es 
una entidad moral. Tampoco se reduce a hacer memoria del Señor, porque 
la memoria es un hecho de orden intencional. Es verdad que Cristo ordenó: 
hoc facite in meam commemorationem [Haced esto en memoria mía] (Luc. 
22, 19 y I Cor. II, 24); pero el recordar es posterior al hacer. No ser ordena 
recordar lo que Cristo ha hecho, sino hacer lo mismo que Cristo hizo (hoc 
facite), y hacerlo para recordarle. El imperativo tiene por término la acción, 
no el recuerdo. Es además significativo que en el Misal antiguo todas las 
palabras conmemorativas y operativas del canon estén bajo la rúbrica infra 
actionem. La Misa es una acción real, y la memoria es el hecho ideal al cual 
se ordena la acción real. Sin embargo, el valor puramente anamnésico de la 
Misa es proclamado por el episcopado de naciones enteras; por ejemplo, el 
Missel des dimanches editado por el Episcopado de Francia en 1969 y reedi- 
tado en 1973 declara expresamente que en la Misa sólo se trata de hacer 
memoria del único sacrificio ya realizado. Es ad litteram la fórmula nudam 
commemorationem condenada por Trento, ses., XXII, can. 3. La concepción 
modernizante de la que se resiente el artículo 7 de la Institutio supone en el 
fondo una subjetivización del sacramento, pues no diciendo nada de la tran- 
sustanciación se oculta su base extrasubjetiva. Todo se reduce al sentimiento 
de la asamblea sobre su propia Fe. La renovación del sacrificio, realizada en 


que actúa en la persona de Cristo para celebrar el memorial del Señor, es decir, el sacrificio 
eucarístico. Por tanto, para esta reunión local de la Santa Iglesia vale en modo eminente 
la promesa de Cristo: «Donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en 
medio de ellos». De hecho, en la celebración de la Misa, en la que se perpetúa el sacrificio 
de la Cruz, Cristo está realmente presente en la asamblea misma reunida en su nombre, en 
la persona del ministro, en su palabra, y sustancial y permanentemente bajo las especies 
eucarsticas). 

Cualquiera puede ver si se trata solamente de retoques. 

25Card. Pedro GASPARRI, op. cit., p. 205. 


37.10. La degradación del sacerdocio en la Eucaristía. Card. Poletti 481 


la doctrina tradicional en sentido verdadero y propio, se convierte aquí en 
una renovación metafórica y puramente mnemónica. Sin embargo, este subje- 
tivismo eucarístico tiene carácter social: no es el individuo, sino la comunidad 
in corpore la que actualiza la presencia de Cristo. Es superfluo observar que 
Mat. 18, 20, aludido en al artículo 7, se refiere a la presencia moral de Cristo 
en la Iglesia, no a la Presencia Real en el sacramento. 


37.10. La degradación del sacerdocio en la 
Eucaristía. Card. Poletti 


La anulación del realismo sacramental produce dos efectos principales. 

Primero: si no hay en la Eucaristía mutación ontológica sobrenatural, ni 
siquiera hará falta una potencia ontológica sobrenatural para obrar la pre- 
sencia eucarística; de aquí procede la degradación del oficio del presbítero, 
que de sacerdote (donante de lo sagrado) se rebaja a primus inter pares en 
la celebración asamblearia. 

Y segundo: consistiendo la presencia de Cristo en su presencia en el seno 
de la comunidad, que la consigue simplemente recordándole, el hecho ins- 
tantáneo de la consagración por obra del sacerdote pierde importancia res- 
pecto al hecho de la sinaxis y del consentimiento de los fieles in unum, con 
o sin base ontológica en el sacramento. No ilustraremos las celebraciones 
anómalas, arbitrarias y sacrílegas en las que los laicos presumen de consagrar 
la eucaristía: son abundantes, sobre todo en Holanda, y hay testimonios in- 
cluso fotográficos. 

No las ilustraremos, porque al parecer ningún obispo las ha aprobado nun- 
ca, aunque tampoco reprobado solemnemente; y también porque la enormi- 
dad, tanto en el sentido etimológico como en el usual, es irrefragable. 

Pero no podemos callar cómo en muchas diócesis, sobre todo del área 
germánica, el pueblo se asocia durante la celebración a los actos consagrato- 
rios del sacerdote, profiriendo con él las fórmulas e igualando el sacerdocio 
de los laicos con el sacerdocio ministerial. Y no tanto la relativa frecuencia 
del hecho, como la connivencia o el silencio de los obispos, arguyen la erosión 
acaecida en la Iglesia en torno a la fe en la eucaristía. 

He aquí un hecho concreto. El martes 24 de abril de 1980, en Roma, en 
la Iglesia del Gesú (la más céntrica y frecuentada entre las romanas y en 
la que tienen lugar las solemnidades de homenaje de las autoridades civiles 
de la Urbe a la Iglesia), asistí a una Misa durante la cual todo el pueblo 
co-consagró con el sacerdote, profiriendo en voz alta las palabras de la doble 
transustanciación. Por impulso del Card. Francesco Seper, prefecto de la Con- 


482 37. La Eucaristía 


eregación para la doctrina de la fe, a quien narré lo acontecido, escribí in- 
mediatamente al Card. Ugo Poletti, Vicario de Roma, denunciando el hecho 
como abolitío sacerdotiz, devectio sacramenta, irrisio rubricarum, humanarum 
divinarumque rerum confusio ac permixtio, y siendo el estupor aún mayor 
guia in urbe Roma, quod fuit orbis catholici caput, sacrorumque exemplum et 
speculum orthodoxiae et orthopraxeos, tam monstrosa denormatio apparuit 
26 Pero sólo obtuve respuesta a esta queja en julio siguiente, después de 
que, no queriendo aceptar la conculcación de mi derecho como miembro de 
la Iglesia a ritos según las normas de la Iglesia y a obtener la satisfacción de 
una justa explicación, la hube solicitado con una nueva misiva. El cardenal 
me notificaba entonces haber omitido responderme por considerar la mía una 
simple indicación de un episodio ocasional, y no la denuncia de un hecho del 
cual estuviese obligado a dar explicaciones. De todos modos, confirmaba la 
realidad del absurdo abuso, aseguraba su excepcionalidad, y reivindicaba la 
regularidad de la liturgia celebrada en Roma, que es quizá mejor que en otras 
partes. Es fácil darse cuenta de que el obispo es responsable en su diócesis de 
la ortopráxis litúrgica, y debe dar explicaciones a quien se lo solicite; de que 
la excepcionalidad del abuso en Roma no ocultaba su frecuencia en el orbe 
católico; y en fin, de que la gravedad del exceso habría debido provocar una 
inquietud pastoral, una solícita comprobación de la queja, y rápidas medidas 
de remedio al desorden 2” . 


37.11. Preponderancia de la sinaxis sobre el 
Sacramento 


Hemos visto cómo la alusión a Mat. 18 en el artículo 7 pone de relieve 
la presencia espiritual de Cristo en la sinaxis y no la distingue bien de la 
Presencia Real en el sacramento. El término clásico de transubstanciación 
ni siquiera aparece. La primera consecuencia de la importancia dada a la 
sinaxis separada de la transustanciación es la participación del pueblo en la 
consagración, insinuada también por la anfibología del nuevo canon, donde 
se dice que toda la asamblea es admitida al servicio sacerdotal ? . 


26 Abolición del sacerdocio, degradación del sacramento, burla hacia las rúbricas litúrgi- 
cas, confusión de lo sagrado y lo profano (...) Que tal monstruosa deformación tenga lugar 
en Roma, que fue la capital del mundo católico, ejemplo de los sagrados ritos, espejo del 
recto creer y del recto obrar 

27La correspondencia está entre mis cartas. 

28Mons. RIOBÉ, Obispo de Orléans, defiende que la comunidad elija al ministro con- 
sagrante extrayéndolo de su propio seno, es decir, nombrándolo (ICI, n. 451, p.21, 1, mar 
de 1974). 


37.11. Preponderancia de la sinaxis sobre el Sacramento 483 


Pero si Cristo está presente en la asamblea de los comensales y el ágape 
es el elemento primario de la celebración, la sinaxis será preponderante sobre 
el acto individual del sacerdote que realiza la transustanciación: por tanto se 
deberá concluir que en la imposibilidad de tener en el propio lugar un sacer- 
dote consagrante, no se lo deberá buscar en otros lugares con desplazamientos 
molestos, habituales en los siglos pasados para generaciones más religiosas 
y reflexivas; sino que convendrá identificar el culto dominical con la simple 
reunión del pueblo de Dios. Ésta es en realidad la doctrina que los obispos 
de Francia han promulgado expresamente en documentos, aprobando y ani- 
mando la extendida práctica de reunir al pueblo en asamblea dominical sin 
el sacerdote. Los obispos animan a los fieles a no desplazarse de su parro- 
quia, allí donde no haya sacerdote que celebre, hasta parroquias donde lo 
haga otro sacerdote; y les exhortan a permanecer en la comunidad local por 
dos razones: primera, porque según dicen lo más importante es la comunidad 
eclesial, es decir, la socialidad, como habría redescubierto el Concilio ? . 
Segunda, porque uno no se pone en paz con Dios sometiéndose a una obli- 
gación. Así lo dicen el Obispo de Evreu en Documentation catholique (6 de 
abril de 1975, col. 348), y cientos y cientos de boletines parroquiales y publi- 
caciones oficiosas y oficiales. El obispo parece ignorar que la religión no es 
en esencia sino obligación del hombre hacia Dios, y que en la observancia de 
tal obligación se resume (también según el Evangelio, que es una ley: nueva, 
pero ley) la totalidad de la religión cristiana. Tampoco se trata de plegarse 
a una dura necesidad allí donde la parroquia esté desprovista de vicaría. Se 
trata de una verdadera y propia superioridad otorgada a la sinaxis sobre la 
Eucaristía, a la comunidad de los fieles sobre el presbítero consagrante, al 
sacerdocio común sobre el sacerdocio consagrado. Y se contempla tal supe- 
rioridad como un redescubrimiento de la verdadera naturaleza de la Iglesia, 
del que seríamos deudores al Vaticano II. Lo declara apertis verbis el vicario 
general del obispo de Ain en una entrevista de abril de 1976 al periódico 
Contact (n. 42): dicha costumbre es recomendada por el conjunto de los obis- 
pos de Francia; y dando a dicha práctica una base doctrinal, afirma que el 
Concilio nos ha ayudado a redescubrir lo que es primordial, el pueblo de los 
bautizados... En esta nueva perspectiva lo importante es que el pueblo de Dios 
se reúna. Y mientras esto es contemplado como una esperanza de la Iglesia, 
se preanuncia la superación de la Eucaristía por obra de la sinaxis: La asun- 
ción por los cristianos de la responsabilidad de las asambleas conduce a ir 
más allá de la Misa dominical. Así, la Misa (ápice de lo sagrado, misterio en 


Esta doctrina la han explicitado los obispos de Francia en el Missel des dimanches 
1983: La Eucaristía es sin duda la mejor manera de animar una reunión de fieles, pero en 
modo alguno la única. Aquí la diferencia esencial entre sacramento y sinaxis se sustituye 
por una diferencia de grado. 


484 37. La Eucaristía 


torno al cual gira la Iglesia, acción sagrada para cuyo cumplimiento son orde- 
nados los presbíteros) entra en una prospectiva de evolución y de superación. 
Se descubre la mira última del cambio drástico de que hablábamos en 83.9: el 
desprecio de la Misa con la consiguiente abolición o decadencia del precepto 
dominical % . 

La degradación de la Eucaristía, el fenómeno más imponente de la Igle- 
sia contemporánea, es en último análisis un efecto de la desustanciación y 
consiguiente subjetivización del misterio. Si la Eucaristía es celebración de 
un memorial de amor entre los fieles y de esperanza en un mundo mejor, 
desciende de su grado excelso y se alinea con los ritos de la comida sagrada 
de identificación con el dios (ritos ya conocidos por la etnografía religiosa). 
En los ritos de Dionisio los participantes se convierten en cabras, y en los 
de Hera las sacerdotisas son osas (memorísticamente, se entiende: por asimi- 
lación intencional). No es el proprium del misterio cristiano, en el que el dios 
está realmente presente y se sume realmente * . 


30La cuestin ya se había escuchado en el Concilio en las congregaciones CIX y CX en 
boca de Mons. LA RAVOIRE, obispo hindú, y del patriarca Máximos IV, para quienes es 
difícil encontrar razonable el precepto dominical bajo pena de pecado: nadie nos cree, y los 
incrédulos se mofan de ello (OR, 26-27 octubre 1964; Le Monde, 20 octubre 1964). Ver 
al contrario la admirable apología que hace MANZOM de la racionalidad, religiosidad y 
legitimidad del precepto: Morale cattolica, Parte Primera, cap. VI, en el vol. II, p. 111, ed. 
cit. 

3lPablo VI atacó esa desviación en el discurso a los obispos del Sur-Oeste de Francia, 
recordando que la celebración de la Eucaristía es algo más que un encuentro fraternal y 
un compartir la vida (OR, 18-19 abril 1977). 


Capítulo 38 


La reforma litúrgica 


38.1. La reforma litúrgica 


La reforma de la liturgia católica es la obra más imponente, visible, univer- 
sal y eficaz salida del Vaticano II. Contradice los textos de la gran asamblea, 
y se caracteriza por el carácter anfibológico de sus prescripciones, sobre las 
cuales se ejercitaron tanto la sutileza bicéfala de los redactores como la her- 
menéutica posterior, que a causa de la anfibología de los textos apelaba al 
espíritu del Concilio (ver $85.2-5.4). 

Siendo casi inmensa la selva de las materias, nos circunscribiremos a los 
axiomas patentes y latentes que informaron la reforma, para extraer así de 
ellos su significado esencial, que también en este punto se resuelve en una 
general propensión hacia la independencia y el subjetivismo: ya sea en línea 
histórica, rompiendo con la tradición * , ya sea en línea dogmática: sin re- 
chazar ningún artículo de fe, pero eludiendo algunos y rubricando otros, como 
ya vimos sobre la Eucaristía. 

Siendo uno el objeto real y múltiple la aprehensión subjetiva, la primera 
manifestación de la mentalidad conciliar fue el abandono de la unidad en 
beneficio del pluralismo; y puesto que la Iglesia latina tuvo casi desde el prin- 
cipio unidad de idioma en el uso del latín, el espíritu pluralista rompió pre- 
liminarmente la unidad idiomática proclamando el abandono del latín como 
lengua propia de la Iglesia. La supresión del latín de la liturgia contradice 
en primer lugar el artículo 36 de la Constitución conciliar sobre liturgia, que 
ordenaba: Lingua latinae usus in ritibus latinis servetur. Sin embargo, dicho 


Leyendo las antiguas liturgias (como el Sacramentario de Biasca, que es del siglo IX) y 
reencontrando las fórmulas con las que la Iglesia Romana oró durante más de un milenio, 
se siente vivamente la súbita desgracia de la Iglesia al apartarse del sentido de la antiquitas, 
que incluso para los Gentiles proxime accedit ad deos, aparte del sentido de la inmovilidad 
de lo divino en el movimiento del tiempo. 


485 


486 38. La reforma litúrgica 


uso se restringió desde el principio a la recitación del Canon, y fue luego 
totalmente abrogado con la vulgarización integral de la Misa ? . Contradice 
la Mediator Dei de Pío XII, que reafirmaba las serias razones de la Iglesia 
para conservar firmemente la obligación incondicionada para el celebrante de 
usar la lengua latina. Contradice la Veterum sapientia de Juan XXIII: Que 
ningún innovador se atreva a escribir contra el uso de la lengua latina en 
los sagrados ritos (...) ni lleguen en su engreimiento a minimizar en esto 
la voluntad de la Sede Apostólica (ver 83.4). Contradice finalmente la Carta 
Apostólica Sacrificium laudis de Pablo VI mismo contra la deslatinización, la 
cual no sólo atenta contra este manantial fecundísimo de civilización y contra 
este riquísimo tesoro de piedad, sino también contra el decoro, la belleza y el 
vigor originario de la oración y de los cantos de la liturgia * . 

No observaré, como fue observado y con verdad, que la exterminación del 
latín contradice también al espíritu democratizador que informa al mundo 
contemporáneo y, por acomodación, a la Iglesia. Este espíritu mira a la ele- 
vación cultural de las multitudes, mientras en el abandono del latín se respira 
una especie de desprecio hacia el pueblo de Dios, considerado indigno por su 
crasitud de ser elevado a la percepción de valores excelentes, incluso poéticos; 
y condenado por el contrario a abandonar esos mismos valores. 


38.2. Latinidad y popularidad de la liturgia 


El Concilio de Trento (ses. XXII, cap. 9) ordenó que en el curso de la 
Misa el sacerdote explicase al pueblo parte de las lecturas. 

Esto no sólo se hacía en la homilía, sino también y de modo muy abun- 
dante mediante los libros de piedad, difundidísimos hasta el Vaticano II, que 
facilitaban seguir las diversas partes de la Misa. 

Llevaban oraciones apropiadas que a menudo parafraseaban los textos 
litúrgicos, e incluso viñetas reproduciendo del modo más evidente posible 
ante los ojos el aspecto del altar, los actos del celebrante, y la posición de los 
vasos y de los ornamentos. Naturalmente, siendo analfabeta gran parte del 
pueblo cristiano no se podía encontrar perfecta concordancia entre la devota 
disposición interior del vulgo y la secuencia de las ceremonias sagradas. Por 


2Y esto aunque el Card. LERCARO en una Carta pastoral hubiese asegurado que el 
latín permanecería en el Canon, que es (decía) oración sacerdotal, no oración del pueblo. 
La rapidez de los cambios arguye la labilidad de los fundamentos y también la volubilidad 
del hombre. 

“Sigue siendo inexplicable cómo Pablo VI, recibiendo en enero de 1970 al alcalde de 
Roma, haya podido echar en cara al Estado italiano la abolición del latín en la enseñanza 
media, abolición definida por él como una ofensa a Roma y una autolesión de la civilización 
romana. 


38.3. Los valores de la latinidad en la Iglesia 487 


otro lado, la universalidad (letrada o iletrada) de la asamblea conocía y re- 
conocía los momentos más importantes y las articulaciones del rito, indicadas 
también por la campanilla. 

De este modo no faltaba a los ritos sagrados la participación espiritual de 
los fieles. Y no solamente no faltaba, sino que faltó cada vez menos después 
de que en los años de la primera postguerra (en Italia por mérito de la Obra 
para la Realeza de Cristo) en todos los países europeos se difundieran los 
cuadernillos con el texto latino y la traducción al vulgar del Misal festivo. 

Y conviene señalar que los misales que contenían el texto latino y yux- 
tapuesta la traducción en lengua moderna estuvieron en uso desde el siglo 
XVIN *, y no sé si también antes. En la biblioteca de Manzoni en Brusuglio 
existe uno latín-francés impreso en París en 1778, y era utilizado por doña 
Giulia. Suele objetarse que en el rito latino el pueblo estaba desvinculado de 
la acción de culto y faltaba esa participación activa y personal constituida 
en intención de la reforma. Pero contra dicha objeción milita el hecho de 
que la mentalidad popular estuvo durante siglos marcada por la liturgia, y 
el lenguaje del vulgo recogía del latín cantidad de locuciones, metáforas, y 
solecismos. Quien lee esa vivísima pintura de la vida popular que es el Can- 
delaio de Giordano Bruno se sorprende del conocimiento que los más bajos 
fondos tenían de las fórmulas y de los actos de los ritos sagrados: no siempre 
(es obvio) en la semántica legítima, y a menudo llevados a sentidos deformes, 
pero siempre atestiguando el influjo de los ritos sobre el ánimo popular. 

Por el contrario, hoy tal influencia se ha apagado del todo y el lenguaje 
toma sus formas de otros campos, sobre todo del deporte. El más importante 
fenómeno lingístico por el cual quinientos millones de personas han cambiado 
su lenguaje de culto, no ha dejado hoy la más mínima sombra en el lenguaje 
popular. 


38.3. Los valores de la latinidad en la Iglesia 


No queremos aquí retroceder hasta la Auctorem fidei de Pío VI, que repro- 
bó la propuesta del Sínodo de Pistoya de realizar los ritos en lengua vernácula 
(DENZINGER, 1566). No nos extenderemos ni siquiera sobre la doctrina de 
Rosmini en las Delle cingue piaghe della Santa Chiesa, cuando consideraba 
que el justo remedio a la desvinculación del pueblo de la acción sagrada no 


“Sobre la traducibilidad y divulgabilidad de los textos litúrgicos en las lenguas vulgares 
ha tenido lugar un desarrollo positivo. El decreto del 12 de enero de 1661 de Alejandro VII, 
que condenaba la traducción en francés del Misal romano, estaba ciertamente inspirado 
en la idea de una connaturalidad entre lo sagrado y el latín que sobrepasaría el carácter 
histórico para entrar en lo metafísico, como pronto diremos. 


488 38. La reforma litúrgica 


residía (como hoy erróneamente se le atribuye) en la abolición de la lengua 
latina, sino en el desarrollo de la instrucción vital del pueblo fiel ? . 

Si decimos que el latín es connatural a la religión católica, ciertamente no 
nos referimos a una connaturalidad metafísica coincidente con la esencia de 
la cosa misma (como si el catolicismo no pudiese subsistir sin el latín), sino 
a una connaturalidad histórica: un hábito adquirido históricamente por una 
peculiar aptitud y conveniencia que el idioma latino tiene con la religión. 
El catolicismo nació, por así decirlo, arameico; fue durante mucho tiempo 
griego; se hizo pronto latino, y el latín se le hizo connatural. De entre las 
muchas adaptaciones posibles de un lenguaje a la religión, la connaturalidad 
histórica es la que mejor responde a las propiedades de ésta, modelándose 
perfectamente sobre los caracteres de la Iglesia. 

En primer lugar la Iglesia es universal, pero su universalidad no es pu- 
ramente geográfica ni consiste, como se dice en el nuevo Canon, en estar 
difundida por toda la tierra * . Dicha universalidad deriva de la vocación 
(están llamados todos los hombres) y de su nexo con Cristo, que ata y reúne 
en Sí a todo el género humano. La Iglesia ha educado a las nacionalidades 
de Europa y creado los alfabetos nacionales (eslavo, armenio), dando origen 
a los primeros textos escritos. 


En consonancia con la acción civilizadora de los Estados europeos, ha 
educado a las nacionalidades de África. Sin embargo, no puede adoptar el 
idioma de un pueblo particular, perjudicando a los demás. A pesar de la 
disgregación postconciliar, a la Iglesia católica parece escapársele lo mucho 
que la unidad de la lengua aporta a la unidad de un cuerpo colectivo: no 
ocurre así con el Islam, que usa en sus ritos el paleoárabe incluso en los 
países no árabes; ni con los hebreos, que usan para la religión el paleohebraico; 
tampoco se les escapa a los Estados que han alcanzado después de la guerra 


5 Delle cinque piaghe della Santa Chiesa, Brescia 1966, p. 74: queriendo reducir los 
Sagrados ritos a las lenguas vulgares se iría hacia dificultades mayores, y se añadiría un 
remedio peor que el mal. Las ventajas de que se goza conservando las lenguas antiguas 
son principalmente: la representación que hacen las antiguas Liturgias de la inmutabilidad 
de la Fe; la unión de muchos pueblos cristianos en un solo rito, con un mismo lenguaje 
sagrado, haciéndoles sentir mucho mejor la unidad y la grandeza de la Iglesia y su común 
fraternidad; el tener algo de venerable y de misterioso en una lengua antigua y sagrada, 
casi un lenguaje sobrehumano y celeste; (...) la infusión de tal sentimiento de confianza en 
quien sabe que reza a Dios con las mismas palabras con las cuales oraron durante tantos 
siglos innumerables hombres santos y padres nuestros en Cristo. Con la vulgarización de 
los ritos se introduciría una enorme división en el pueblo y un perpetuo cambio en las 
cosas sagradas. 

SRealmente no es algo difuso (la metáfora viene del líquido, que se expande uniforme- 
mente dando lugar a un velo superficial continuo), sino más bien discontinuamente disper- 
SO. 


38.3. Los valores de la latinidad en la Iglesia 489 


su unidad nacional, pues ninguno de ellos ha adoptado como lengua oficial 
una de las lenguas nacionales, sino el inglés o el francés, lenguas de sus 


colonizadores y civilizadores ” . 


En segundo lugar la Iglesia es sustancialmente inmutable, y por ello se 
expresa con una lengua en cierto modo inmutable, sustraída (relativamente y 
más que cualquier otra) a las alteraciones de las lenguas usuales: alteraciones 
tan rápidas que todos los idiomas hablados hoy tienen necesidad de glosarios 
para poder entender las obras literarias de sus primeros tiempos. La Iglesia 
tiene necesidad de una lengua que responda a su condición intemporal y 
esté privada de dimensión diacrónica. Ahora bien, siendo imposible que una 
lengua de hombres escape al devenir, la Iglesia se acomoda a un lenguaje 
que elide cuanto es posible la evolución de la palabra. Hablo en términos 
prudentes porque, coincidiendo la diventabilidad con la vida de un idioma, 
sé bien que también el latín de la Iglesia va cambiando con el correr del 
tiempo. Incluso prescindiendo de la presente decadencia de la latinidad, tanto 
profana como eclesial, basta confrontar las encíclicas del siglo XIX con las de 
los últimos pontificados para advertir la diferencia * . 


7Que el uso de una lengua supranacional sea, incluso en el orden civil, un coeficiente de 
unidad y de concordia, queda probado por el hecho de que el intento de algunos Estados 
asiáticos y africanos plurilingúes de introducir como lengua oficial alguna lengua del país, 
provocó guerras civiles y debió ser abandonado. 

SPara ser equitativos conviene reconocer que también nuestros doctores daban de modo 
extravagante ejemplos de tal decadencia. OLINTO GUERRINI, que era bibliotecaria en 
el Archigimnasio de Bolonia, en una sáfica erótica de Postuma, Bolonia 1882, p. 145, 
equivocaba acentos y declinaciones, poniendo plvinar en vez de pulvinar y haciendo latum 
acusativo del sustantivo latus. Por venir a tiempos recientes, en la célebre Académie des 
inscriptions et belles lettres, el ilustre AUHAN citaba un paso del medieval Guiberto, 
en el que se dibuja pintorescamente la figura del escolar inclinado sobre el banco: pluteo 
adhaerens tanquam animal peritum que quiere decir: ligado al banco como un animal 
sabio, como un sabihondo. Pero AEPHAN lee perttum en vez de peritum y traduce comme 
un animal emparllé, olvidando que los intransitivos no tienen participio pasado. En la 
abadía de Viboldone, cerca de Milán, una lápida recuerda la restauración promovida por 
el arzobispo Montini antequam ad Summum Pontificatum eligeretu. El redactor del epígrafe 
ignoraba la ley de la oblicuidad, eje de la construcción latina. Con ese subjuntivo se viene 
a decir exactamente que el Card. Montini tenía en mente convertirse en Papa, e hizo 
todo lo posible para restaurar Viboldone antes de que ello ocurriese. El Card. SEPER, en 
diciembre de 1974, me señaló que en el documento de su Congregación sobre el aborto sus 
latinistas se habían equivocado escribiendo ut opinatur. 


490 38. La reforma litúrgica 


38.4. Inmutabilidad relativa. Carácter selec- 
to del idioma Latino 


En tercer lugar la lengua de la Iglesia debe ser selecta y no vulgar, porque 
las cosas que intenta expresar son las cumbres del espíritu, más bien un ensayo 
de realidades sobrehumanas. No es que la Iglesia desprecie el profanum vulgus, 
al contrario, todo aquello que toca lo santifica, y el vulgo, los pobres y los 
simples son objeto precipuo de su cuidado. 

Ella trata con perfecta paridad en sus sacramentos a príncipes y a plebe, y 
catequizó a los pueblos en sus dialectos: Santo Tomás en Nápoles predicó en el 
vernáculo napolitano, Gerson en el de la Alvernia y los párrocos de Lombardía 
hasta final del siglo XIX en el del país. 

Incluso fundó órdenes religiosas expresamente comprometidas en la ins- 
trucción de las capas populares, asemejándose a ellas incluso en la humildad 
del nombre (los Ignorantes). 

No es por desprecio del pueblo o altanería sobre los pueblos como pudo 
la religión tener el latín como lengua propia y connatural. La razón de la 
latinidad de la Iglesia es ciertamente aquélla, que ya tocamos en 83.4, de 
la continuidad histórica, por la cual la religión acompaña el curso de las 
civilizaciones. 

Pero la razón importante es la necesidad para la Iglesia de custodiar el 
dogma con una lengua que se mantenga fuera de las pasiones. Las pasiones, 
en una explicación completa (que abarca desde el orgullo hasta la facilidad 
para sacar conclusiones), son principio de fluctuación de las mentes, de al- 
teraciones de la verdad y de divisiones entre los hombres. Y es ciertamente 
fútil el escándalo que se monta a veces sobre las sutiles diferencias entre una 
definición y otra, como si fuesen chanzas y menudencias de charlatanes. El 
lenguaje es la idea misma, y variar el lenguaje, como se desprende del desa- 
rrollo homogéneo o heterogéneo del dogma, significa idénticamente variar la 
doctrina. Lo hemos visto respecto al término transustanciación en 837.11. En 
conclusión, los caracteres del latín de la Iglesia se fundan en una suprahis- 
toricidad que instaura, más que impide, la comunicación entre los hombres, 
del mismo modo que el elemento de la vida sobrenatural instaura, más que 
impide, la comunión de todos aquéllos que participan de la naturaleza hu- 
mana. Lorenzo el Magnífico, discurriendo de las diversas excelencias de las 
lenguas, atribuye la universalidad del latín a la prosperidad de la fortuna ?. 

No hace falta creer con los medievales que, al igual que el Imperio, así la 
lengua de Roma haya estado establecida por lugar santo / donde mora el 
que a Pedro ha sucedido (Inf. II, 23-24). Se puede rechazar tal sentencia y 


9 Seritti scelti, Turin 1930, p. 46. 


38.5. La neovulgata litúrgica 491 


no desconocer sin embargo la eminencia y el ¿diotropion de la latinidad de 
la Iglesia. No conviene concluir este discurso sin recordar que el latín cons- 
tituía hasta hace poco tiempo la más vasta «lengua común» del mundo de 
la cultura. Si espíritus de renuncia y de flaqueza no hubiesen frustrado la 
restauración ordenada por Juan XXIII (ver 83.4), esta podría conservarse 
dentro de la Iglesia Católica en la enseñanza, en los ritos y en el gobierno. 
Mayor fuerza moral que la Iglesia mostraron esos gobiernos civiles de nues- 
tra época que consiguieron imponer o persuadir a poblaciones enteras una 
lengua desconocida o extraña para ellos: así ocurrió en Israel, que hizo nue- 
vo el antiguo idioma, en la República Popular China y en muchos Estados 
africanos. 


38.5. La neovulgata litúrgica 


La adopción de las lenguas vernáculas introducía ciertamente la plural- 
idad en el culto católico, anulando la una voce de la doxología humana y 
angélica. Pero la pluralidad habría debido encontrar un límite en el texto típi- 
co de la Misa, todavía latino, que fue promulgado el 3 de abril de 1969. Sobre 
tal texto debían modelarse las traducciones concretas, necesitadas además de 
la aprobación de la Sede Romana. 

Y debían modelarse ad amussim, porque esa exactísima conformidad es 
necesaria a toda traducción, al consistir toda traducción (como lo dice la 
palabra) en transportar la misma idea de un idioma a otro. Ahora bien, en 
la neovulgata bíblica y litúrgica ha funcionado poderosamente el espíritu de 
innovación propio del período postconciliar: síntoma de la general tendencia a 
la subjetivización y a la liberación de todo dato inmutable, sea de la tradición 
histórica de la Iglesia, sea del depósito de la fe. Esta independencia resalta 
claramente en los muchos puntos en los que la traducción italiana diverge 
del original latino. El texto que se exhibe como una versión es por muchos 
conceptos un texto nuevo, que opera una verdadera y propia reforma en el 
interior de la primera reforma. Extraeremos los ejemplos solamente del Rito 
de la Misa (latino-italiano) editado por la Conferencia episcopal italiana en 
1969. 

Las variaciones se extienden a toda la órbita de la filología, desde el 
orden léxico al sintáctico, pero todas ellas arguyen una variación profunda 
de la mentalidad. A veces la variación parece proceder de una directriz gene- 
ral. Las proposiciones finales, por ejemplo, son tendencialmente eliminadas o 
sustituidas con proposiciones de hecho. 

Ciertamente esto se debe a la tendencia de los lenguajes modernos a evitar 
la organización de los pensamientos en estructuras fuertemente sintéticas y a 


492 38. La reforma litúrgica 


disolverse en una secuencia paratáctica. Pero también a la repugnancia hacia 
lo ontológico y lo metafísico ínsito en la ley de causalidad: se sustituye el 
nexo real entre una cosa y otra por una simple sucesión entre ellas. 

En la oración que se recita inmediatamente después del Pater noster se 
lee: Da propitius pacem... ut a peccato simus semper liberi, etc. Estas palabras 
significan: Danos la paz (...) para que seamos libres, etc. Sin embargo, en la 
versión italiana: Concédenos la paz (...) y seremos siempre libres, etc. Igual- 
mente, en el primer prefacio de Adviento el latín dice: Nobis salutis perpetuae 
tramitem reseravit, ut capiamus quod nunc audemus exspectare promissum, 
es decir: El nos abrió el camino (...) para que podamos obtener. En italiano, 
sin embargo: El nos abrió el camino (. ..) y podremos obtener. Los dos hechos 
(liberar y estar libre de pecado), y los otros dos (abrir el camino y obtener 
los bienes prometidos) pierden toda conexión finalística y resultan ser pura 
sucesión. 

Son un fenómeno después de otro, no ya un fin al que mira la voluntad y 
que puede o no llegar al acto. Es como tomar por proposiciones equivalentes: 
Tito bebe la medicina para curarse y Tito bebe la medicina y se curará. Ya no 
son efectos ni fines, es decir, responsabilidades, sino hechos. Quien medite en 
tal abolición de las finales encontrará un profundo paralelo con la mentalidad 
desustanciadora y antimetafísica de la filosofía moderna * 


38.6. La neovulgata litúrgica. Variaciones léxi- 
cas. Aires pelagianos 


En el orden léxico las variaciones no son menos significativas y arguyen 
tendencias innovadoras y flexiones dogmáticas. 

Deus Sabaoth se tradujo por Dios del Universo, cambiando el sentido del 
hebraico Sabaoth y del latín exercituum, que significan las potencias (y no 
sólo guerreras) de un Dios del cual se reconoce el poder. 

Pero los traductores han pretendido obviar toda sombra de militarismo, 
aunque todo el Viejo Testamento sea una historia de guerras y la vida misma 
sea descrita, desde Job a San Pablo, como milicia y combate. Igualmente, 
por deferencia al aura antimilitarista del mundo, militia coelestis exercitus se 
convierte en multitud de los Coros celestiales. La imagen musical sustituye a 
la milicia. 

Sin cambiar el latín fueron modificadas en la neovulgata las fórmulas mis- 


Estando toda la traducción conducida de modo diverso y atípico, sucede que a veces 
se cambia una proposición de hecho por una final. En el ofertorio, ex quo nobis fiet panis 
vitae se traduce como para que se convierta para nosotros en alimento de vida. 


38.6. La neovulgata litúrgica. Variaciones léxicas. Aires pelagianos 493 


mas de la Consagración, apartándose no solo de las palabras que se habían 
conservado intactas durante siglos, sino incluso del tenor de la Sagrada Es- 
critura, por no hablar de la delicadeza venerable con la que los teólogos 
disputaron en tiempos sobre la ilicitud de variar su más mínima partícula. 

Por tanto, donde el Canon antiguo decía qui pro vobis et pro multis ef- 
fundetur, se introdujo derramada por vosotros y por todos los hombres. La 
diferencia es evidente. Teológicamente la variación no toca a la fe, porque 
el sacrificio redentor merece a todos los hombres la salvación eterna: aunque 
sólo los que corresponden con una aceptación de la voluntad reciben de hecho 
la salvación. 

Pero es claro que teniendo las dos fórmulas el mismo significado, no se 
habría encontrado motivo para tan imprevista y vistosa novedad si no se 
hubiese querido evitar incluso la sombra del dogma católico de la predesti- 
nación, e insinuar por el contrario la universalidad de hecho de la salvación 
11 

Hay por consiguiente una coloración pelagiana en esta huida de toda idea 
de discriminación. Tal aire pelagiano caracteriza también la variación intro- 
ducida en el prefacio de las ferias de Cuaresma, donde, mientras el latín 
dice: virtutem largiris et praemia, danos la virtud y el premio, la neovulgata 
traduce infunde la fuerza y damos el premio. Prescindiendo de las reservas 
gramaticales que se podrían hacer sobre el desdoblamiento de largiris en dos 
predicados (infunde y da), aquí resulta escondida y oscurecida la verdad fun- 
damental de la ética cristiana de que todo bien (y sobre todo el bien moral, 
es decir, la buena voluntad o virtud) es un don del Cielo. En esta variación 
se agita una fuente pelagiana, ya que Pelagio no podía concebir la virtud 
si no estaba causada exclusivamente por el libre albedrío, creía que la ac- 
ción divina era una simple propuesta (de otro modo la juzgaba incompatible 
con la elección moral del hombre), y rechazaba enérgicamente que el mérito 
procediese de la gracia más que de la inmanente libertad humana. 

Por ello el nuevo Misal expulsa de los oremus todos los lugares donde se 
suplica de Dios la virtud, no comprendiendo que cuando la oración litúrgica 
dice concede o da implica la persuasión de que la virtud es don, y también 
lo es el premio que corona la virtud. 

Son cosas bien distintas infundir la fuerza y otorgar la virtud. Y no entro 
a Observar cómo para llevar al texto latino a ese significado, el traductor ha 
debido plegar el vocablo a su acepción pagana, abandonando la que resulta 


1Es fútil la tentativa de justificar filológicamente la variación aduciendo que muchos 
es un semitismo equivalente a todos. No es en modo alguno verdad. Pretender que los 
antiguos no distinguiesen los conceptos de totalidad y pluralidad es acusarles de no haber 
poseído los primeros principios de la razón. 


494 38. La reforma litúrgica 


obvia en el léxico sagrado * . 

La ética pagana, máxime en sus dos cumbres (epicureísmo y estoicismo), 
sostiene que los bienes corporales deben implorarse a la divinidad, pero la 
virtud sólo el hombre se la puede dar a sí mismo. Es célebre el pasaje de 
Cicerón en De natura deorum, 111, XXXVI, 86-87: omnes mortales sic habent, 
externas commoditates, vineta, segetes, oliveta ... a dis se habere, virtutem 
autem nemo umquam a deo acceptam deo rettulit * . 

Se hace eco el hombre moderno en el desafío de Orestes a Júpiter: Eres 
el rey de las piedras y de las estrellas, pero no eres el rey de los hombres 
(Sartre, Las moscas, acto 111, escena II). Si no se salva el dominio divino 
sobre la humana voluntad, se recorta la Providencia, se mutila la infinidad 
divina, y se altera la religión ** . 


38.7. Neovulgata litúrgica. Anfibologías dog- 
máticas 


A la tendencial negación de la diferencia ontológica entre el sacerdocio del 
sacerdote y el sacerdocio de los laicos se refieren muchos pasajes del nuevo 
Misal, que reflejan la orientación igualitaria examinada en 887.2-7.4. 

Cuando en la Plegaria eucarística I nos servi tui y famuli tui se convierten 
en nosotros tus ministros, resulta innegable la ambigúedad entre sacerdocio 
sacramental y sacerdocio común. Nos has llamado a prestar el servicio sacer- 
dotal son palabras que en esa circunstancia convienen al sacerdote ordenado, 
pero no convienen a los laicos. No menos importante es la variación por la 
cual Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum se convierte en: no 
soy digno de participar en tu mesa. 

Entrar Cristo en mi diámora, es decir, en lo más íntimo de mí, es una cosa 
totalmente diferente que ser su comensal: se niega implícitamente que por la 
Eucaristía Dios entre en el hombre, anunciándose una simple comensalidad y 
familiaridad. Por estar limitado nuestro discurso al Misal italiano, omitimos 
las variaciones de los otros; sobre todo de los africanos, donde las versiones 
son centenares y no se ve cómo pueden ser recibidas y aprobadas por la Curia 
romana, que ignora tantos idiomas heterogéneos y por tanto está obligada a 


12 Al afirmar esto no olvido que a veces virtus significa fuerza, y que virtutes son a veces 
en la Biblia los milagros. 

l3Todos los hombres están persuadidos de recibir de los dioses los bienes externos (la 
recogida de la uva, de la aceituna, del grano); pero jamás pensó nadie haber recibido la 
virtud de los dioses, ni tener que darles las gracias por ello 

MPara este punto ver 8$30.3-30.5 sobre la autonomía de los valores naturales. 


38.8. Derrota absoluta del Latín 495 
aceptar como revisores a los mismos traductores *? . 

Mencionaré solo el Missel romain del Episcopado de Francia 
traducía el consubstantialem del Credo por de la misma naturaleza. 

Es un manifiesto error teológico: el Padre y el Hijo son la idéntica sus- 
tancia, no dos sustancias con la misma naturaleza. Cayo y Tito tienen una 
idéntica naturaleza (humana), pero no son una sustancia idéntica. No menos 
lejana del dogma es en el mismo Missel la traducción de Filip. 2, 6: qui cum 
in forma Dei esset, non rapinam arbitratus est esse se aequalem Deo (el cual, 
siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios). 

En el leccionario de 1960 se traducía exactamente, según la Biblia de 
Jerusalén: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser 
igual a Dios. Pero las ediciones sucesivas tradujeron que Jesucristo es la 
imagen de Dios, pero no ha querido conquistar por fuerza la igualdad con 
Dios. 

El error es manifiesto. Cristo es Dios y por tanto no puede conquistar la 
igualdad con Dios. Son rasgos de arrianismo. ?” 


16 , que 


38.8. Derrota absoluta del Latín 


Es el hecho evidente más innegable de la Iglesia postconciliar y el signo 
de que ha entrado sin rémoras en el movimiento histórico *% . Los órganos 


15En el Alto Volta, país de cinco millones de habitantes donde se hablan sesenta lenguas, 
el Episcopado ha elegido diecisiete de ellas como litúrgicas. 

16Un análisis profundo lo ha hecho JULES RENTÉ, Missale romanum et Missel romain, 
París 1975. Se muestra en él cómo las nuances heterodoxas reflejan la creencia heterodoxa 
de los católicos de Francia, el 20% de los cuales no admite la divinidad de Cristo. Ver pp. 
33-34. 

17Hay que notar que en ediciones posteriores el Missel ha vuelto, bajo la presión de vivas 
protestas, a la traducción correcta. 

18La desaparición del latín se pone de manifiesto en el resultado de la encuesta practicada 
por la Congregación de Sacramentos y del Culto Divino, publicado en Notitiae, diciembre 
1981, pp. 589-611: Por lo que concierne al latín, resulta claramente de la encuesta que su 
uso tiende a desaparecer. La reforma litúrgica ha producido y continúa produciendo frutos 
abundantes. Pero la relación no considera esa desaparición como un fenómeno funesto, 
sino como un fenómeno propicio, y pasa completamente por alto el efecto más imponente 
y visible de la reforma, que fue en todas partes la deserción de la Misa por parte del pueblo. 
El Card. MARTY, en 1975, revelaba que en su diócesis el número de los asistentes había 
caído en un 47% (Documentation catholique, 19 de octubre de 1975); y el% ha crecido 
aún después de aquel año. La encuesta, que se dirigía a todo el Episcopado, se refería al 
espíritu del Concilio y no hacía referencia a sus decretos, que ordenaban la conservación de 
la lengua latina. Tiene lugar además un hecho tan inaudito como que las Congregaciones 
romanas promulguen documentos para la Iglesia universal redactados en lengua inglesa 
(OR, 25 de junio de 1983). 


496 38. La reforma litúrgica 


eclesiásticos de gobierno son ahora plurilingúes; la enseñanza teológica se 
hace en lengua vulgar; el Papa en las ceremonias salutatorias se extiende en 
decenas y decenas de expresiones extranjeras. 

Incluso en el Consistorio el cardenal que habla por los nuevos elegidos 
se expresa en francés y Juan Pablo 11 le responde en siete idiomas (OR, 3 
de febrero de 1983). Y en septiembre de 1983 se dirigió a la Congregación 
general de los jesuitas en cinco lenguas modernas, mientras que Pablo VI en 
circunstancia análoga se había dirigido a ellos aún en latín. Y no es lo menos 
atípico de ese discurso plurilingúe de Juan Pablo II el orden en que fueron 
utilizadas esas lenguas, habiéndose concedido el primer lugar al italiano, la 
menos utilizada de todas. En los centros turísticos de Italia es hoy más fácil 
asistir a una Misa en alemán o en inglés que en latín. Cuando el Papa en 
mayo de 1982 visitó durante seis días Gran Bretaña, todas sus Misas fueron 
celebradas en el idioma del país. En el mismo Sínodo de los obispos los 
Padres se reúnen para sus trabajos en circuli minores francés, alemán, inglés, 
español, etc., uno de los cuales es el círculo latino. De este modo la asamblea se 
diferencia lingúísticamente, mientras en tiempos los trabajos se desarrollaban 
en el único y unificante idioma latino. 

El latín y su congénere el canto gregoriano no solamente están abandon- 
ados (no obstante los reclamos contradictorios y débiles de Pablo VI), sino 
que son despreciados y ridiculizados como cosa que no puede ya tener lugar 
más que en una sociedad de muertos *? . El estilo bustrofédico de Pablo VI 
aparece también en la fundación de la obra Latinitas, a la que destinó por 
sede el palacio de la Cancillería y que tiene por finalidad la restauración del 
latín como lengua usual y científica. Sería deseable que tal fundación no haya 
corrido la suerte del Instituto superior de latinidad fundado por Juan XXIII 
en ejecución de la Veterum sapientia. 

Este aspecto de rebajamiento religioso y del culto es sin embargo pasa- 
do por alto por el Consilium para la ejecución de la reforma litúrgica en 
la Instrucción de septiembre de 1964. Con el habitual estilo bustrofédico se 
prescribe que la recitación del Oficio divino en el coro se haga siempre en 
latín, pero inmediatamente después se abre la vía a las dispensas; y la razón 
de las dispensas es que el uso de la lengua latina constituye para algunos un 
grave impedimento para la recitación del oficio divino. Por tanto, según ese 
documento el latín no solamente es superfluo y anticuado, sino que directa- 
mente impide la oración. Sin embargo el Concilio, tratando de los estudios 


19Ver en Giornale nuovo, 13 abril 1982, el artículo de PIETRO BUSCAROLI. Buscando 
él en Venecia alguna celebración de la Semana Santa en latín y gregoriano, le espetó un 
sacerdote al que se diriga: ¿Latín? ¿Gregoriano? Es cosa para beatos, estetas y pietistas. 
Lo que era propio de la parte ladradora del anticlericalismo del siglo pasado, se convierte 
en un hábito mental del clero católico actual 


38.8. Derrota absoluta del Latín 497 


eclesiásticos, ordenaba aprender el latín necesario (decía) para comprender 
los documentos de la Iglesia (Optatam Totius 13). 


La inmensa calamidad provocada por la Iglesia con el rechazo del latín y 
del gregoriano fue percibida y luctuosamente deplorada en un memorable dis- 
curso de Pablo VI (OR, 27 de noviembre de 1969). Sin embargo, la gravedad 
de la desgracia no pude prevalecer sobre las esperadas ventajas de la desla- 
tinización, ni desligarla de la reforma, ni detenerla en su precipitada reali- 
zación, ni siquiera moderar mediante la antigua sabiduría romana sus efectos 
más funestos y malhadados. 


El Pontífice, por tanto, tratando del paso a la lengua hablada (como dice 
impropiamente, ya que el latín era lengua hablada, y en modo eminente, en 
la liturgia), reconoce ser la renuncia al latín un gran sacrificio y lamenta 
agudamente la ruptura de la tradición. El nuevo rito rechaza la antigúedad 
transmitida durante siglos para aferrarse fragmentariamente a lo antiguo que 
no fue transmitido, y así separa a unas generaciones de cristianos de otras. 


Tampoco se le escapa al Papa la inestimable riqueza de la latinidad litúrgi- 
ca. Perdemos, de este modo, el lenguaje de los siglos cristianos, nos conver- 
timos casi en unos intrusos y profanos en el recinto literario del lenguaje 
sagrado, perderemos incluso gran parte del estupendo e incomparable tesoro 
artístico y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos, pues, motivos para 
lamentarnos y hasta turbarnos. ¿Con qué sustituiremos esta lengua angeli- 
cal? Se trata de un sacrificio de inestimable valor. El Papa dice que el latín 
debería traer a nuestros labios la oración de nuestros antecesores y de nues- 
tros santos, y ofrecernos la seguridad de que permaneceremos fieles a nuestro 
pasado espiritual que continuamente actualizamos para transmitirlo después 
a las generaciones futuras. Pero si lo hacían actual (se puede observar) cae la 
necesidad de la reforma, que se dice introducida para actualizar la liturgia. 
En esta coyuntura conocemos mejor el valor de la tradición: estas palabras 
del Papa pueden querer decir solamente que comprendemos mejor, en el 
momento de abandonarla, que el valor de la tradición es menor de lo que 
pensábamos. Finalmente el Pontífice justifica el abandono de todos estos in- 
estimables valores. Este precio merece ser pagado porque vale mucho más 
entender el contenido de la plegaria que conservar los viejos y regios ropajes 
con los que se había revestido; vale mucho más la participación del pueblo, 
de este pueblo moderno ávido de la palabra clara, inteligible, traducible a la 
conversación profana. Y cita 1 Cor. 14, 19: pero en la Iglesia quiero más bien 
hablar cinco palabras con mi inteligencia, para instruir también a otros, que 
diez mil palabras en lenguas. 


498 38. La reforma litúrgica 


38.9. Crítica de los principios de la reforma 
litúrgica 


Crítica de los principios de la reforma litúrgica. La expresividad 
humana 

Antes de examinar los principios de la reforma conviene refutar el sofisma 
con el que se cree probar que la poliglotía garantiza igualmente la unidad 
litúrgica. Se afirma que la unidad está garantizada desde el momento en que 
en las diversas traducciones se encuentra el mismo sentido. Ciertamente se 
lo encuentra si éstas son legítimas, y ya se ha visto cuántas no lo son. 

Pero también en la pluralidad de traducciones legítimas las traducciones 
difieren una de otra por su expresión, construcción y sintaxis, y a causa de 
dicha pluralidad la poliglotía litúrgica resulta, en cuanto a la unidad, inferior 
al latín. La oración litúrgica se distingue de la oración mental precisamente 
por el hecho de ser exterior, sensible, comunitaria. Es una contradicción decir 
que la diversidad de lenguas expresa la unidad, porque esa unidad que se 
pretende expresada por la poliglotía no es visible ni audible, y por tanto 
pertenece a un orden distinto al litúrgico. 

Además, si la diversidad de lengua vale como expresión de unidad, ¿por 
qué detenerse y no llegar a la diversidad de gestos? 2% Pero esto sería la 
destrucción de la liturgia, que va más allá de la pura interioridad y procede 
de lo interno a lo externo; y así procede tanto más perfectamente cuanto más 
respuesta encuentra el unum del interior en el unum del exterior. Como se ha 
visto en el discurso de Pablo VI, la razón mayor y decisiva de la reforma es que 
la inteligencia de la oración vale más que los vestidos viejos y adornos de los 
que está revestida. Ahora bien, considerar que la intelección de las fórmulas 
litúrgicas valga más que éstas es como pretender que la intelección de una 
idea valga más que la idea: justo al contrario, el valor de la comprensión 
deriva de la idea comprendida. 

Tampoco parece que esta preeminencia del entendimiento se pueda de- 
ducir del anteriormente citado pasaje de San Pablo. El apóstol se refiere a 
la palabra didáctica (ut et alios instruam), que debe necesariamente resul- 
tar inteligible a quien la escucha. Pero la Iglesia ha pronunciado siempre 


20En realidad ya se ha llegado. En las capillas papales se celebraron liturgias de danza 
africana. En las exequias de un obispo se hizo bailar el ataúd por toda la ciudad. En el 
período experimental anterior a 1969 hubo Misas de todo género: en Turín el Card. Pel- 
legrino experimentó en su catedral y en cinco parroquias un nuevo rito para la Semana 
Santa; el Card. Colombo, en Milán, un nuevo rito para los funerales. En África las inno- 
vaciones litúrgicas han tomado como base los ritos tribales con el fin de hacer comprender 
que existe una continuidad entre el proyecto ancestral y el cristianismo (ICI, n. 577, p. 38, 


15 de agosto de 1982, y n. 279, p. 7, 1 de enero de 1967). 


38.9. Crítica de los principios de la reforma litúrgica 499 


esta palabra didáctica durante la Misa en las diversas lenguas vulgares: sea 
releyendo al pueblo el texto sagrado en lengua vernácula, sea reproponiéndolo 
y explicándolo en la homilía. Pero si se mantiene la distinción entre Liturgia 
de la Palabra y Liturgia del Sacrificio, jamás puede ocurrir que la percepción 
intelectual de las formas de oración (posible también para un no creyente) 
valga más que la elevación de la mente y del animus con que se realiza la 
oración. El Concilio ha puesto como fundamento la participación de los fieles 
consciente, activa y fructuosa (Sacrosanctum Concilium 11, y por partici- 
pación entiende que los cristianos no asistan a este misterio de fe como 
extraños y mudos ?! espectadores, sino comprendiéndolo bien a través de los 
ritos y oraciones (Sacrosanctum Concilium 48). 

En los motivos de la reforma se encuentran respecto a la tradición al- 
gunas variaciones importantes conectadas tendencialmente con variaciones 
dogmáticas. 

La primera variación proviene del supuesto de que la liturgia debe expre- 
sar los sentimientos de los hombres contemporáneos (Sacrosanctum Concil- 
ium 37-38) % , cuando por el contrario expresa el sentido intemporal de la 
Iglesia. 

Este sentido intemporal, precisamente por serlo, incluye también el sen- 
timiento de los contemporáneos, pero no esta circunscrito a él: no es un 
sentimiento histórico, sino suprahistórico, que abraza el discurrir de todas 
las generaciones cristianas. 

La liturgia, según la definición clásica retomada además por el Concilio 
(Sacrosanctum Concilium 7), es la acción sacerdotal de Cristo y de su Cuerpo 
Místico, que es la Iglesia: de donde resulta el culto público a Dios Padre. 

La operación sacerdotal de Cristo en la asamblea sólo tiene lugar mediante 
la acción del sacerdote ordenado, y el sacerdocio bautismal es radicalmente 
incapaz de consagrar el cuerpo del Señor, centro de la liturgia. Este punto 
de fe fue claramente fijado en el documento Sacerdotium ministeriale, de la 
Congregación para la Doctrina de la Fe, en septiembre de 1983. 

Sin sacerdote no tiene lugar ni Eucaristía ni oración pública de la Iglesia; 
por el contrario, el sacerdote que celebra la Misa incluso sine populo cumple 
un acto público y social (Sacrosanctum Concilium 27). 

Más que ser acción del sacerdote in persona Christi, la Misa se convierte 


21Es fácil responder que también con los labios mudos puede el hombre llenarse de 
pensamientos y de amor y que, al contrario, se puede honrar a Dios exclusivamente con 
los labios. Por otra parte, antes de la reforma el pueblo rezaba y cantaba una voce durante 
todas las funciones. 

22] OR, en una página especial del 15 de marzo de 1974, lo profesa incluso en el título: 
Celebremos lo que vivimos. No: en la liturgia no celebramos nuestra vida, sino el misterio, 
la vida y la gloria del Seor. 


500 38. La reforma litúrgica 


ahora tendencialmente en una acción de la comunidad: no sólo ofrece con el 
sacerdote el sacrificio ofrecido eficientemente por él, sino que co-ofrece con él 
y concelebra (Sacrosanctum Concilium 48). 

Aquí es patente el influjo que el nuevo rito ha sufrido por parte de las 
corrientes teológicas que quitan el nervio a la peculiaridad ontológica del 
sacerdote ordenado, intentan ampliar las competencias del pueblo de Dios 
respecto a la función sagrada del sacerdote, elevan la sinaxis por encima del 
acto consagratorio, y persiguen la subjetivización (y por tanto la variabilidad) 
de todo el culto. La esencia del culto divino ya no es la esencia inmutable del 
sacramento (con la consiguiente inmutabilidad del culto), sino la ductilidad 
de los sentimientos humanos, que apremian para expresarse e imprimen a la 
liturgia las diversas mentalidades y costumbres de las gentes. 

Por lo tanto, la Iglesia no aspira ya a una rígida uniformidad de los ritos, 
ni a su fijación en rúbricas, sino que más bien estudia con simpatía (...) lo 
que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente 
vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma 
liturgia (Sacrosanctum Concilium 37). 


38.10. El principio de creatividad 


La nueva liturgia es por consiguiente más psicológica que ontológica, y 
más subjetiva que objetiva; no expresa el misterio trascendente, sino los sen- 
timientos con los cuales lo perciben los fieles; es antropológica y no teológica 
23 Lo propio del culto es estimular el sentido de lo divino, más que llevar 
al hombre lo divino, por lo que la asamblea vale más que la Eucaristía y el 
pueblo de Dios prevalece sobre el sacerdote. 

Esta variación produce otra, convertida en teoría con la doctrina de la 
creatividad litúrgica: el pueblo de Dios vuelca su propia cultura y su propio 
genio en los ritos, y el sacerdote se expresa a sí mismo en la celebración 2 . 


23E] diario de los católicos franceses, La Croix, 11 y 12 de abril de 1982, expresaba abier- 
tamente el nuevo principio de la liturgia: las diversas generaciones, los diversos estamentos 
sociales, las diversas edades de la vida, indican a la Iglesia lo que ellos desean, y la Iglesia 
debe responder en la liturgia a tales expectativas. La diversificación de la liturgia se hace 
necesaria, y un ensayo de ella es la Missa cum pueris que despertó tanto rechazo. Y que la 
nueva liturgia esté impulsada por un movimiento de perpetuo cambio es declarado por la 
jerarquía; p. ej., en Présence et dialogue, boletín del arzobispado de París, de septiembre 
de 1969: Ya no es posible, en un momento en el que la evolución del mundo es rápida, 
considerar los ritos como definitivamente fijados. Son llamados a ser revisados regular- 
mente bajo la autoridad del Papa y de los obispos y con el concurso del pueblo cristiano, 
para significar mejor en un tiempo dado la realidad inmutable del don divino. 

24En un importante artículo de Esprit et Vie, 1977, p. 248, el benedictino GUY-MARIE 


38.10. El principio de creatividad 501 


La objetividad de la liturgia (encubrimiento del Objeto absoluto) debe 
ceder ante el valor del sujeto humano que quiere expresarse. Sacrosanctum 
Concilium 21 distingue la parte mutable de la liturgia de su parte inmutable, 
sin definir sin embargo cuál sea ésta. 

Realmente no se ve dónde puede colocarse la inmutabilidad si hasta se 
cambian las palabras de la Consagración. Evidentemente, siempre se cam- 
bió de facto la parte mutable de los ritos en el curso de los siglos cristianos; 
pero prudente, moderada, y sabiamente. La reforma habría encontrado sin 
duda muchas partes anticuadas y disonantes de los tiempos que merecían 
cambiarse. Me refiero por ejemplo al calendario de las Cuatro Témporas, 
inaplicable ahora para una Iglesia dilatada a países que conocen sólo dos 
estaciones; o las oraciones pro Christianissimo Imperatore en el oficio de 
Viernes Santo. Se debía sin duda suprimir (y fue suprimido) el juramento 
que en el rito de la consagración episcopal debía prestar el nuevo obispo, de 
no matar ni conspirar para matar al Papa. Sin embargo, una cosa es cambiar 
los ritos para acomodarlos a condiciones objetivas manifiestamente diferentes 
25 y otra establecer como principio que los ritos se deban acomodar a la psi- 
cología, las costumbres, o el genio de las naciones e incluso de los individuos. 
El principio de la creatividad es consecuencia del falso supuesto de que la 
liturgia debe expresar los sentimientos de los fieles y ser producida por ellos; 
por el contrario, lo que ella expresa es la realidad del misterio, y es una acción 
de Cristo. 

Hay aquí una implícita disolución de la liturgia en la poesía. La creativi- 
dad (que no es ni siquiera un principio en estética, pues en el fondo de las 
invenciones del arte hay algo de increado, o más bien de increable) es admi- 
tida y promovida por la nueva liturgia. Ante todo, ya casi no hay normas 
imperativas, y en muchísimos puntos se le propone al celebrante una diversi- 
dad de palabras o de actos entre los que escoger ad libitum. Ya no son posibles 
infracciones, porque la creación excluye condiciones y límites. 

Esta posibilidad de elegir hace que cada celebrante retoque, añada y omi- 
ta, creando las formas más adaptadas a su propia personalidad: como si 
se tratase de expresarse a sí mismo más que de adorar, o de dar forma al 
misterio más que de conformarse a él. De aquí la enorme multiplicidad de 
celebraciones de una Misa que debería, sin embargo, reconocerse única bajo 
todos los cielos del orbe católico. En el momento de la reforma en 1969 fue 


OURY constata que muchas revistas litúrgicas consideran superadas las preces del nuevo 
Misal y que por tanto no dudan en proponer para todas las fiestas del año litúrgico nuevos 
formularios más adaptados, y por lo tanto cada sacerdote se arroga el derecho a hacer lo 
mismo con su propia creatividad. 

25E] Concilio, en Sacrosanctum Concilium 21, prescribía una revisión, y no que se rehi- 
ciesen los ritos. 


502 38. La reforma litúrgica 


publicada la edición típica del Misal romano a la cual se debían conformar 
las traducciones en lengua moderna, que debían además ser aprobadas por 
la Santa Sede. 

Pero el principio de la expresividad ha quitado todo valor a la edición típi- 
ca. En OR, 20 de octubre de 1982, en un artículo conmemorativo del vigésimo 
aniversario del Concilio, un liturgista benedictino deplora que a menudo nos 
hemos contentado con una simple traducción de los textos romanos, cuan- 
do es necesaria la elaboración progresiva de un lenguaje litúrgico y de una 
eucología compuesta directamente en la lengua nacional. Esta variedad diso- 
nante responde a la variedad de los espíritus nacionales y de las culturas 
que se quieren expresar, pero es también efecto del carácter opcional de las 
rúbricas mismas ? de la inventiva personal de cada celebrante o finalmente de 
la transferencia de la autoridad en el campo litúrgico desde la Sede Apostóli- 
ca a las Conferencias Episcopales y a los obispos individuales. Este paso de 
la liturgia como forma estable de drama sagrado a la liturgia como drama 
poético nacido del arte inventivo de los individuos es una de las innovaciones 
más visibles de la reforma, y una de las más lamentadas. 

Se benefició de la desistencia de la autoridad mencionada en 836.8 y 6.14. 
El principio de creatividad elide totalmente el valor de las rúbricas, siguiendo 
el espíritu de independencia (respecto al misterio, que in aeternum stat) y 
el rechazo de las esencias, y transformando lo sagrado y trascendente en lo 
poético e inmanente al hombre. 

El principio de la creatividad, destinado a una liturgia más viva y partic- 
ipativa, produce dos efectos. 

Primero, transforma la acción sagrada en drama teatral. 

Segundo, transforma en privada la acción del celebrante (la cual tiene 
siempre sin embargo un carácter público y social, incluso cuando se hace en 
solitario); de este modo impide el consenso y la armonía de quienes participan 
en el culto, que deberían hacerse uno sensu ideoque una voce. 


38.11. Paso de lo sagrado a lo teatral 


Por espíritu de denigración se dijo que la Misa antigua era un espectáculo 
de sacerdotes ante los ojos de un pueblo mudo e inerte. Pero la acusación 
es temeraria e infundada. La nueva liturgia se ha convertido sin embargo en 
espectáculo escénico no sólo de facto, sino incluso doctrinalmente. El OR del 
15 de marzo de 1974, en una página especial bajo el título Por un nuevo 


26En el Rito della Messa de la Conferencia Episcopal italiana, que contiene sólo el 
commune del rito, en 6 puntos son dadas 3 opciones y en 9 puntos, 2. El cálculo matemático 
prueba que resulta un número enorme de Misas distintas. 


38.11. Paso de lo sagrado a lo teatral 503 


estilo de celebración, confiesa la teatralidad sustancial a la cual debe con- 
vertirse la liturgia. Celebrar la Misa se ha convertido ahora en un arte que 
supone desniveles de acentos y tonos, de puntuación, pausas, reposos y re- 
anudaciones, crecimientos y disminuciones como en una sinfonía. 

Pero todas estas modulaciones existían ya en el rito antiguo, que preveía 
partes para cantar, para hablar, para decir elata voce, submissa voce o secrete, 
y tonos comunes, solemnes y solemnísimos. 

La diferencia no consiste en la falta en el antiguo de esos desniveles, sino 
en que aquéllos estaban fijados, prescritos, regulados según el carácter sacro 
y objetivo del rito, mientras ahora son abandonados a la inventiva dionisíaca 
del celebrante principal y de la masa concelebrante. Del celebrante hácelo- 
todo del Misal anterior se debe pasar a la figura del celebrante-director que 
sabe hacer viva la acción litúrgica * . 

Además de ser injuriosas, hay en estas palabras una singular falta de 
lógica. El celebrante del rito antiguo no lo hace él todo (como pretende el 
artículo), sino que es ayudado por el monaguillo, y sobre todo no puede decir 
ni hacer ni más ni menos de lo prescrito imperativamente en las rúbricas: sin 
embargo aquí es llamado celebrante hácelo-todo. Al contrario, el rito nuevo, 
en el cual el celebrante hace verdaderamente todo lo que su inventiva excogita 
o improvisa sin regla ni límite ni discreción de medios (concurriendo también 
el pueblo irregularmente con su propia inventiva), es indicado aquí como el 
ideal del nuevo estilo litúrgico. A causa de la inventividad, resulta difícil 
la coincidencia exacta de dos celebraciones; y especialmente en ocasiones 
solemnes, es toda la comunidad quien prepara los gestos, la música y las 
lecturas litúrgicas, en vez de extraerlas de los libros oficiales. Se recomienda 
al sacerdote aprovechar todos los resortes instrumentales para hacerse aceptar 
como líderes capaces de crear contactos. 

La objetividad del misterio y la eficacia inherente a él son totalmente 
pasadas por alto, para reducir la liturgia a la impresión psicológica (más 
bien mecánicamente psicológica) de un mimo o de una commedia dell arte. 

Según el OR del 7 de octubre de 1978, los intentos de reforma están 
todavía en los primeros pasos. Un simple contacto con ciertas liturgias vivas 
celebradas en alguna iglesia africana o hispanoamericana podría sacudirnos 
de nuestro entumecimiento senil. 

Además, el arzobispo Magrassi, presidente de la comisión de la Confer- 
encia Episcopal Italiana que prepara la revisión del misal, en una entrevista 
al periódico /l regno, 15 de septiembre de 1981, deplora el estancamiento 


Será por consiguiente un pésimo celebrante quien no tenga la habilidad de director, 
y el rito ya no dependerá de lo sagrado objetivo que se opera, sino de la eficacia de lo 
subjetivo que se inventa. 


504 38. La reforma litúrgica 


de la liturgia, reacia a adoptar el principio de la creatividad, y escribe que 
si la liturgia es expresión de un pueblo que mamifiesta su sentido religioso, 
entonces se abre ante nosotros una liturgia que tiene vastísimos espacios de 
creatividad. 

La Misa se convierte por consiguiente en un espectáculo del que se hace 
cargo, como dicen los obispos franceses 28 , todo el pueblo de Dios. Se acomo- 
da a los tiempos y a las personas, expresa las emociones humanas, adopta la 
lectura de diarios y novelas, y lleva al culto todas las costumbres del mundo 
(lo vivido, lo cotidiano), desarrollándose todo bajo una dirección. La aco- 
modación adulatoria a las personas (idear un rito nuevo ad personam es ya 
adulación) se ve, por ejemplo, en la Misa celebrada en Poigny-Foréts para 
Giscard d'Estaing y Aldo Moro durante la cumbre de Ramboullet en abril 
de 1971. Habiendo juzgado el párroco que el Evangelio y la Epístola de aquel 
domingo no convenían a aquellos personajes y habrían podido contrariarles, 
eligió otras lecturas. Fue también un signo de reverencia ante los poderosos 
del mundo. La novedad que se estaba instaurando quedó mucho más clara- 
mente significada en la Misa de la televisión francesa del 20 de febrero de 
1972, ya sea por haber sido celebrada bajo la responsabilidad de la Confe- 
rencia Episcopal, ya por haber sido seguida por varios millones de fieles. 

No había altar, sino cinco mesas; los celebrantes no tenían ninguna de 
las vestimentas prescritas por la Institutio generalis en el n. 297 y ss.; eran 
distintas del texto tópico las oraciones de apertura, sustituidas por otras in- 
ventadas; antes de la invocación (Kyrie) varios asistentes tomaron la palabra 
para dar a conocer a la asamblea sus pensamientos personales; no se recitó el 
Credo; las palabras del ofertorio eran inventadas; el Canon (que fue el II) 
fue embutido entre cantos y textos inventados; antes del Pater, uno de los 
asistentes pronunció una admonición sobre la situación en Irlanda; a la Co- 
munión, un hombre y una mujer fueron a la mesa de los sacerdotes, cogieron 
un plato con las formas y comulgaron por sí mismos, y después pasaron el 
plato a los otros fieles, que lo hicieron igualmente, luego bajo las especies 
del vino, y pasaron la copa a los otros. Estas Misas de creatividad son ahora 
habituales en el orbe católico, diversificando la liturgia no por naciones, sino 
por diócesis, por parroquias e incluso por iglesias de la misma parroquia ”” . 

Se hace la elevación con la patena (anulando la ostensión); se elevan si- 
multáneamente la Hostia y el Cáliz; se muestran con los brazos abiertos; se 


28La perpetua mutación de la liturgia es exaltada como un valor por los obispos de 
Francia en el Missel des dimanches 1983, porque cada año, y ésa es la gozosa libertad de 
los cristianos, todo es siempre nuevo. 

22Entre mis cartas dispongo de algunos centenares de testimonios recogidos en Suiza e 
Italia. Ya se ve cuánto se ha observado la norma de Sacrosanctum Concilium 23, según la 
cual se deben evitar diferencias notables entre los ritos de regiones diversas. 


38.12. Paso de lo público a lo privado 505 


enseña la Hostia ya partida; se interpolan los textos a voluntad; se inventan 
nuevas preces eucarísticas %% ; se introducen lecturas de periódicos y de au- 
tores profanos en lugar de la Escritura (según la propuesta del Sínodo suizo 
de 1972); se omiten partes enteras del rito, sobre todo el Credo; se adopta 
cualquier indumentaria; se excluye toda luz; se consagra con pan de mesa (y 
por tanto inválidamente) en vez de ácimo y con un vino o licor cualquiera; 
se usan platos y vasos en vez de patena y cáliz; el sacerdote consagra en el 
altar el pan eucarístico, sostenido en sus propias manos por cada uno de los 
participantes. 

Y no hablemos de las danzas, los mimos, las músicas percusivas, y en suma 
de toda la emancipación de las normas, raras veces reprobada o reprimida 
por los obispos *! . De la irreverencia al Santísimo hemos hablado ya en el 
837.6. 


38.12. Paso de lo público a lo privado 


Descendiendo de lo sacro a lo poético, la liturgia cae también de lo comuni- 
tario a lo privado; y resulta curioso que la reforma, nacida para resaltar mejor 
los valores comunitarios, conceda luego tanto al principio del individualismo 
creativo antitético a ellos. Lo sagrado conduce por sí mismo a lo universal 
y a la subordinación del individuo a Dios y a la comunidad de comunión 
con Dios; al contrario, la creatividad agudiza el sentimiento individual y da 
carácter privado a la acción litúrgica. 

Cuando el celebrante crea una palabra o un gesto nuevo que no está en 
los libros litúrgicos, se separa de la Iglesia (si es que no se le opone); y si reza, 
su oración tiene carácter privado, como privado es el mérito de la oración. 

No se puede decir que actúe in persona Christi en el sentido estricto en- 
tendido por la liturgia, sino si acaso solamente en sentido lato: en cuanto, 
supuesto que esté en gracia, su oración reviste un valor sobrenatural cristi- 
forme. Y si la liturgia desciende a lo privado, no resulta impedido un consenso 
cualquiera, sino el consenso litúrgico, posible solamente si la celebración es 
celebración de Cristo mismo y de su Iglesia, y no simplemente de un indivi- 
duo. 


30En Francia se editaron libros con esas nuevas preces. Ver por ejemplo Ala recherche 
de priéres eucharistiques pour notre temps de AA.VV., París 1976. Como se desprende del 
título, lo que la Iglesia ha encontrado y fijado no está encontrado ni fijado, sino que debe 
aún encontrarse 

31Un compendio de las indecencias extraídas de la inventiva personal está publicado por 
JEAN-CHARLES DIDIER en Esprit et Vie, 1975, pp. II y ss., compendio tanto más digno 
de atención cuanto que la revista es en general favorable a la reforma. 


506 38. La reforma litúrgica 


Max Picard, el escritor que glosó tan altamente los valores-en-sí y la 
objetividad, me exaltaba en una conversación en 1942 la objetividad absoluta 
de lo sagrado; hacía notar justamente cómo el sacerdote celebrante debe 
perderse en la objetividad del rito, haciendo inadvertible su individualidad. 

Añadía pintorescamente que la Misa se celebraría incluso por sí misma: las 
campanas sonarían por sí mismas, y la Hostia se elevaría espontáneamente. 
La objetividad de lo sagrado es diametralmente opuesta a la liturgia viva 
que persigue la reforma (considerando vida la vivacidad, el movimiento y la 
variación). Vivir es al contrario durar en la identidad, suceder, conservarse 


en la sucesión, como hemos mostrado tratando del movilismo en $817.1-17.6 
32 


38.13. Biblia y liturgia 


Bastante relevante es la variación acaecida en la relación entre Biblia y 
liturgia, siguiendo Sacrosanctum Concilium 35 y 51: In celebrationibus sacras 
abundantior, varior et aptior lectio Sacrae Scripturae instauretur, es decir: 
establézcase en las celebraciones sacras una lectura de la Biblia más amplia, 
más variada y más adaptada. 

La variación, por un lado y en línea doctrinal, invierte la orientación hasta 
entonces mantenida por la Iglesia y sancionada por Pío VI contra el sínodo 
de Pistoya; y por otro y en línea de praxis pastoral y litúrgica, modifica los 
criterios mantenidos durante siglos. 

La Iglesia fundó sobre la explicación de la Escritura la predicación al 
pueblo, y así lo ordenó el Concilio de Trento ** . 

No solamente los sermones de los Padres antiguos (Agustín explicó a la 
plebe púnica todo el salterio), sino también la oratoria sagrada moderna 
desde Segneri a Bartoli, de Bossuet a Massillon y a los grandes predicadores 
de NotreDame, está fundada o bien expresamente en la exposición de un 


32La reforma fue exaltada en términos exorbitantes en muchos escritos por el padre 
BUGNINI, su principal autor; pero especialmente en la declaración recogida en Carrefour, 
22 de octubre de 1969, de que el nuevo Misal tiene una riqueza más grande de todo lo que 
se ha visto en veinte siglos. Y en Notitiae, órgano del Consejo para la reforma litúrgica, 
1969, p. 295: Ninguna sombra por consiguiente (en la reforma), sólo un mar de luces. 
Estas palabras no parecen signo de salud mental ni en cuestión de liturgia ni en cuestión 
de diplomacia. 

33 A este propósito debe notarse un hecho que atestigua la general decadencia intelectual 
del clero: me refiero al abandono de la costumbre de pronunciar la predicación, contenida 
en la memoria, prefiriendo al contrario leerla. Así, en la Misa moderna ya no hay lecturas 
y luego homilía, sino sólo lecturas. Ver Piccola apología della memoria, en ROMANO 
AMERIO, / giorni e le voci, Locarno 1980, p. 60. 


38.13. Biblia y liturgia 507 


texto bíblico, o bien (si el tema no es una perícopa del Evangelio) en un 
desarrollo homilético continuo a base de citas bíblicas, que los predicadores, 
incluso predicando en lengua vulgar, siempre hacían en el latín de la Vulgata 
traduciéndolo después a lengua vulgar. La disciplina de la Iglesia en esta 
materia se apoya sobre una cualidad innegable de la Biblia. La Biblia es un 
libro difícil y contiene y celebra hechos que exigen muchos conocimientos 
para ser reconocidos en su significado moral, y que llegan a ser escandalosos 
para el común de los hombres. 


Tales son los pasajes sobre la meretriz de Oseas, Oolla y Ooliba en Eze- 
quiel, la gesta traicionera de Judit, el incesto de Tamar, el adulterio de David, 
o los exterminios de los herem. 


El genio satírico de Voltaire tuvo su ápice en la Instruction du gardien des 
capucins de Raguse á frére Pediculosus partant pour la Tewrre Sainte. La burla 
es muy atroz, la ironía desbordante y fantástica: hiere no tanto a la Sagrada 
Escritura como al uso imprudente, vulgar y presuntamente educativo, que 
se quería hacer y al cual la Iglesia se negaba. El célebre agnóstico aporta 
con su pequeña obra maestra blasfema un sufragio importante a la disciplina 
restricitiva de la Iglesia sobre la lectura de la Biblia. 


Que la Biblia sea difícil por razones filológicas, históricas y morales, puede 
probarse abriendo un libro cualquiera, y lo atestigua la Biblia misma. En Ecl. 
1, 8, se anuncia la dificultad general del lenguaje: Cunctae res difficiles; non 
potest eas homo explicare sermone (Todas las cosas son afanes, más de cuan- 
to se puede decir). Pero II Pedr. 3, 16 afirma en particular la dificultad de 
algunos pasajes de San Pablo y en general de toda la Biblia, siempre posibles 
de falsear: im quibus sunt quaedam difficilia intellectu, quae indocti et insta- 
biles depravant sicut et caeteras Seripturas (en las cuales hay algunos pasajes 
difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman, como lo 
hacen, por lo demás, con las otras Escrituras, para su propia ruina). Por otra 
parte, la prueba perentoria de que la Escritura es difícil y no universalmente 
divulgable la proporciona paradójicamente la misma reforma actual. Ha he- 
cho en los textos bíblicos lo que hicieron los clásicos latinos en las ediciones 
expurgadas ad usum Delphini, y que jamás se había osado llevar a cabo con 
el texto sagrado. 


La reforma ha separado de los Salmos llamados imprecatorios los versícu- 
los que parecían incompatibles con la visión irenista del Concilio, mutilando 
el texto sagrado y sustrayéndolo furtivamente al conocimiento de clérigos y 
laicos. 


Ha expulsado además de la Misa versículos enteros de los textos del Evan- 
gelio en 22 puntos que tocan al juicio final, la condena del mundo, y el pecado 


508 38. La reforma litúrgica 


34 


A causa de las dificultades lingúísticas e históricas, de la multiplicidad de 
los significados (objeto del razonamiento teológico), y del principio católico 
de que la Iglesia posee las Escrituras y, a diferencia de la Sinagoga, tam- 
bién el sentido de las Escrituras, la disciplina de la Iglesia prescribió que 
la Biblia fuese entregada al pueblo de Dios por mediación del sacerdocio; 
que se discerniesen las partes que debían divulgarse de aquéllas que podían 
reservarse; que, en general, el conocimiento del texto sagrado tuviese lugar 
solamente a través de la liturgia, la catequesis y la homilética; que por tex- 
to oficial y auténtico fuese tenida sólo la Vulgata, y sobre ella se basasen 
las traducciones; y finalmente, que éstas fuesen todas autorizadas y acom- 
pañadas de notas interpretativas según el sentir de la Iglesia. Esta disciplina 
ha sido variada; en parte por la nueva dirección imprimida por el Concilio 
a la liturgia, y en parte por la sucesiva infracción de las normas conciliares. 
El Concilio superó los decretos antijansenistas y las prescripciones de Pío 
VI. Contra la popularización protestante y jansenista de la Escritura Pío VI 
establecía que la lectura de la Biblia no es necesaria ni conveniente a todos 
(DENZINGER, 1507 y 1429). 


Por el contrario, el Concilio, en Dei Verbum 25, recomienda encarecida- 
mente a todos los fieles la frecuente lectura de la Biblia. La Iglesia prescribía 
que las versiones fuesen autorizadas por la Santa Sede y acompañadas de 
elosas explicativas según la mente de la Iglesia, para que en medio del olea- 
je del pensamiento histórico y contra las interpretaciones privadas quedase 
fijada la inalterable verdad de fe (DENZINGER, 1603). 


El Concilio, por el contrario, aunque conserva la obligación de las glosas, 
confía a los obispos la vigilancia sobre las versiones. De aquí procede una 
multitud de traducciones, a veces conformes con el sentido auténtico y bien 
fundadas filológicamente, a menudo sin embargo viciadas de incertidumbre, 
tendencias heterodoxas o imprecisiones lingúísticas. 


Se verificó un fenómeno análogo al de los primeros tiempos cristianos, 
cuando según San Agustín circulaban innumerables traducciones: cualquier 
fiel que creyese conocer un poco de griego y latín se ponía a traducir (De doc- 
trina christiana II, 6, 8). Pero aquéllas eran traducciones parciales sugeridas 
por el fervor personal y a la medida de éste. 

Aquí sin embargo se trata a menudo de traducciones completas, llevadas 
a cabo por organismos a veces mixtos de católicos y no católicos, frecuente- 
mente desprovistas de glosas, y no siempre con aprobación eclesiástica. 


34Ver el estudio de R. KASCHEWSKY en Una voce Korrespondenz, 1982, n. 2-3. 


38.14. Exceso y diformidad de la neovulgata 509 


38.14. Exceso y diformidad de la neovulgata 


La exigencia formulada por el Concilio dio lugar a una útil revisión general 
de la Vulgata, iniciada ya por Pío XI con la fundación del monasterio de San 
Jerónimo de Urbe, dedicado precisamente a tal obra. Pero la diversificada 
multitud de sucesivas versiones, con o sin aprobación eclesiástica, produjo 
una confusión y una dispersión antes desconocida. 

Han cambiado las denominaciones tradicionales de algunos libros (Qoélet 
en vez de Eclesiastés, Siracide en vez de Eclesiástico, etc.); las lecciones 
bíblicas de la Misa han sido ampliadas hasta exigir para su desenvolvimiento 
completo tres ciclos anuales; las admoniciones, las instrucciones, los preludios 
y los comentarios interpuestos a los textos litúrgicos se multiplican desmedi- 
damente contra la expresa norma de Sacrosanctum Concilium 34; y en contra 
de las prescripciones, se leen ¿n capite los nombres de sus autores; las partes 
oficiales con las que reza la Iglesia están mezcladas con reflexiones privadas, 
con opiniones meteóricas, con citas de autores profanos antiguos y modernos 
y con las efusiones sociales de los compiladores. El Misal antiguo se pre- 
sentaba con caracteres de belleza y sobriedad y cabía todo en un volumen 
manejable, o en ediciones de bolsillo manejabilísimas. 

El Misal moderno, desmesuradamente engordado con lo sagrado y con lo 
inventivo y heterogéneo como una satura latina, se presenta como una obra 
semieclesiástica colectiva distribuida en varios volúmenes (entre parte festiva 
y ferial, un conjunto de cuatro mil páginas). 

El propósito de desarrollar para el pueblo de Dios durante el oficio divino 
la mayor parte posible del tesoro bíblico incurre en un inconveniente grave: 
ofende a la pedagogía de la memoria. 

Con el antiguo rito, en el curso de un año el pueblo oía en los días fes- 
tivos un cierto número de perícopas de los Evangelios (algunos en verdad 
aporéticos, como la del siervo infiel). Entonces el retorno anual, con la anexa 
memoria de la homilía, acababa por imprimir en el espíritu de los fieles una 
profunda huella de la enseñanza del Divino Maestro. 

La renovación de una misma impresión es el factor principal de la memo- 
ria. Con el nuevo leccionario, en el cual las mismas cosas retornan sólo después 
de tres años, éstas no pueden retenerse, y el conocimiento de la Biblia es casi 
nulo; no existe conocimiento en el hombre si no hay memoria. El pueblo de 
Dios, que conocía de memoria salmos, himnos, secuencias y preces litúrgicas, 
y las asimilaba (a veces estropeándolas) a su propio lenguaje, hoy no conoce 
casi nada, aparte de las pocas partes fijas de la Misa. 

Haber violado la regla de la pedagogía y de la psicología de la memoria 
hace que el conocimiento de las fórmulas litúrgicas y de la Biblia, que se 
quería ampliar, por el contrario se haya restringido. 


510 38. La reforma litúrgica 


Pero además del exceso material, hay en los nuevos libros litúrgicos dis- 
crepancias de interpretación. Daré un ejemplo. La segunda lectura de la Misa 
de Pascua está constituída por un pasaje de I Cor. 5, 7: kai gar to pascha 
hemon etuthe Christos que significa: porque ya nuestra Pascua, Cristo, ha si- 
do inmolada. Pero los nuevos misales traducen: Nuestra Pascua es el Cristo 
inmolado, o bien Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado; y en la misma 
Misa en el canto de comunión: Cristo, nuestra Pascua, es inmolado. Todas 
estas versiones dejan escapar el valor predicativo del vocablo to pascha en 
esa construcción. No es posible, en un libro como éste, perseguir todas las 
versiones insostenibles, cuya abundancia, por decirlo con el poeta, se asemeja 
a las arenas de la playa y las olas del mar. 


38.15. Altar y mesa en la reforma litúrgica 


Las mutaciones acaecidas en la estructura y en el lugar del altar como 
consecuencia de la reforma litúrgica demuestran las variaciones acaecidas en 
la mentalidad eclesial, sean conscientes o inconscientes. 

Como hemos señalado muchas veces, las ideas se mueven según una 
mecánica interna propia e inevitable. 

Una primera idea que anduvo descarriada es la del altar como base com- 
pacta, elevada y excelsa sobre la cual inmolar el sacrificio. El altar simbolizaba 
el monte de Yahvé (en el monte de Yahvé se verá), sobre el que Abraham de 
disponía a sacrificar a su hijo en obediencia al Señor, y representaba también 
la altura del Calvario del hombre-Dios. Al altar estaba conectada la idea 
de la estabilidad, eternidad y excelsitud del Numen. Del mismo modo, en 
Homero, al tálamo de Ulises, trabajado dentro de la cepa viva de un olivo, 
estaba conectada la idea de la perpetuidad de las bodas. El altar estaba ¿n 
excelsis, era el sitio del sacrificio y llevaba los signos de la inmutabilidad de 
Dios. Y puesto que era el lugar de la Eucaristía, le correspondía la posición 
más digna, más eminente y más visible de todo el templo. 

Sé bien que la estructura y el sitio del altar variaron a lo largo de los 
siglos, y que la actual disposición procede sustancialmente de Trento; pero 
no creo que solamente por probarse la preexistencia en la Iglesia de una opi- 
nión o una costumbre sucesivamente caducadas haya motivo para retornar 
a aquella modalidad ya pasada. Para resucitar una forma antiguamente ex- 
istente es necesario que ésta, al ser resucitada, realice más completamente 
que las actuales el sentido de la fe y las creencias de la Iglesia. De hecho 
muchas formas de vida en la Iglesia histórica representan un grado inferior 
de ese conocimiento de la fe y de ese sensus Christi que se desarrolla progre- 
sivamente en la Iglesia. Volver a ellas implicaría un paso retrógrado. Basta 


38.16. El altar cara al pueblo 511 


pensar en el culto y los dogmas marianos, en la conciencia misma del dogma 
trinitario, o en general en la superioridad actual de conocimientos sobre la 
verdad revelada en relación al pasado de la Iglesia (837.5). Ahora bien, la per- 
fecta comprensión del dogma eucarístico y la necesidad de venerar, adorar y 
custodiar con sumo cuidado el Sacramento está ciertamente menos presente 
en la reforma conciliar. 

En primer lugar se ha perdido la idea de la elevación del altar: habiendo 
prevalecido el significado asambleario de la Misa sobre su carácter sacrificial, 
la grácil, sencilla y móvil mesa ha eliminado el compacto, monumental, e 
inmóvil altar. 

Éste es abatido (si las autoridades civiles no lo defienden por razones 
artísticas), separado de la mesa, y reducido a frontal; o bien conservado, 
pero anulado funcionalmente detrás del nuevo. En segundo lugar, en vez de 
en un sitio elevado y dominante, el altar es colocado en el fondo del templo 
y dominado (como en un teatro es dominada la escena) por las gradas del 
patio destinado al pueblo. En tercer lugar, el Sacramento (otrora conservado 
en un tabernáculo sobre el altar) ha perdido el sitio central, el más digno, y es 
colocado al lado de la mesa o en una capilla secundaria no inmediatamente 
reconocible; o bien se lo deja en el tabernáculo central antiguo, que viene 
ahora a encontrarse a espaldas del celebrante. 


38.16. El altar cara al pueblo 


El altar cara al pueblo es la variación más importante ocurrida después 
del Concilio. La reforma misma lo declaraba no indispensable, y ordenaba 
la conservación del altar primitivo cuando razones históricas, artísticas oO 
religiosas lo aconsejasen; finalmente prohibía la constitución de dos altares, 
uno delante del otro, en un mismo presbiterio *% . 

Sin embargo en casi todas partes donde no lo impidió la autoridad civil, 
se demolieron los antiguos altares o cuando menos se duplicaron en el mismo 
presbiterio, plantando la mesa para poder celebrar cara al pueblo. 

El altar versus populum estaba admitido por la liturgia incluso antes de 
la reforma, pero al parecer subordinado a la orientación del edificio, ya que 
las rúbricas dicen: 9% altare sit ad orientem versus populum. Pero la posición 


35Ver la carta del presidente del Consilium LERCARO, 30 de junio 1965, en el volumen 
Orientamenti dellárte sacra dogo il Vaticano II, editado por la Comisión central para el 
arte sagrado en Italia, Ed. Minerva Italica, 1969. Sobre la prohibición de duplicar el altar 
en un mismo presbiterio, ver la respuesta de la Congregación para el Culto Divino, 19 de 
febrero de 1972, publicada en la Rivista de la archidiócesis de Génova, y por mí en Colloqui 
di S. Silvestro, Lugano 1974, p. 258. Allí se establece que los altares adjuntos deben ser 
abolidos. Es evidente por el contrario cómo en todas partes se los hace nuevos. 


512 38. La reforma litúrgica 


del celebrante debe respetar la preeminencia absoluta del Sacramento, tanto 
si la asamblea se reúne en torno al sacerdote como fue antiguamente (y es 
recordado todavía por el término omnium circunstantium del canon), como 
si el pueblo de Dios se agolpa detrás o delante. 

El altar cara al pueblo presenta graves inconvenientes. Si está plantado 
delante del altar antiguo (como a menudo sucede), que contiene el tabernácu- 
lo, es un agravio que el celebrante le dé la espalda al Sacramento para volver 
la cara al pueblo. Se verifica entonces la abominación execrada en Ez. 8, 16, 
cuando los sacerdotes sacrifican dando la espalda al Sancta Sanctorum. 

El agravio aparece más manifiesto si se tiene en cuenta que en la Ley 
Antigua se trataba de un Sancta Sanctorum prefigurado, y aquí del Santísimo 
real. 

Y más aún si se recuerda que para no volver la espalda al Santísimo los 
púlpitos se construían en el lateral de la nave; y durante la exposición del 
Santísimo, mientras se predicaba, el ostensorio era velado, considerándose 
irreverencia simplemente estar en presencia del Sacramento sin prestarle 
atención. 

Pero prescindiendo de la irreverencia al Sacramento, una celebración ver- 
sus populum padece otros inconvenientes. 

Los espacios en los cuales nos movemos son también espacios de emociones 
y de valores, porque el espacio universal base de todos los entes corpóre- 
os no sólo está diferenciado por sus términos físicos, sino por significados 
metafísicos que fundamentan su simbolismo (que a su vez constituye la cara 
inteligible de lo sagrado). 

Lo de delante, por ejemplo, es esperanza, y lo de detrás, sospecha; la 
derecha favor, la izquierda desventura; lo alto es lo divino, lo bajo es el mal; 
lo derecho es la verdad, lo oblicuo es la incertidumbre, etc. Así, en la liturgia, 
posiciones y disposiciones, tanto de los objetos como de las personas, tienen 
significados profundos que pueden convenir o no a la realidad de lo sagrado. 
Que el sacerdote vuelva la cara hacia el pueblo y el pueblo hacia el sacerdote 
crea una situación totalmente distinta respecto a cuando ambos tenían la 
misma orientación. 

La celebración cara al pueblo rompe la unanimidad de la asamblea. En 
el rito preconciliar de la Misa sacerdote y fieles están todos juntos vueltos 
hacia Dios, que está delante y por encima de todos. Están en disposición 
jerárquica y tienen una visión teotrópica. En la nueva Misa á l'envers (como 
decía Claudel), la asamblea y el sacerdote se vuelven hacia el hombre y hacia 
el rostro del hombre. 

Se corrompe así la unanimidad de la Iglesia, porque el Dios hacia el que 
se vuelve el pueblo está, por así decirlo, al revés de aquél hacia el que se 
vuelve el sacerdote. 


38.17. La nueva arquitectura sagrada 313 


La derecha del sacerdote es la izquierda del pueblo. El celebrante está en 
presencia de un Dios al cual el pueblo vuelve la espalda, y al revés, el pueblo 
está en presencia de un Dios al cual vuelve la espalda el celebrante. 

Ciertamente se puede prescindir de esta figuración y centrar los pen- 
samientos en la Hostia del sacrificio; pero la piedad natural humana procede 
por figuraciones e imagina personas. 

Se corrompe la unanimidad de la Iglesia, que no consiste en la consid- 
eración recíproca de sus miembros, sino en mirar a Dios todos juntos. Se 
reduce la Iglesia a comunidad de concentración, cuando en realidad es comu- 
nidad de proyección hacia un único punto trascendente. 


38.17. La nueva arquitectura sagrada 


También la nueva arquitectura sacra (con poca imaginación, en verdad) 
está marcada por la idea de que lo sagrado consiste solamente en lo sagrado 
del hombre y lo sagrado para el hombre, habiéndose perdido el sentimiento 
de lo sagrado en sí. 

La funcionalidad, convertida en principio de la arquitectura moderna 
y auténtico «fundamento» de la construcción, domina también los edificios 
sagrados, concebidos con vistas a la utilidad del hombre: religiosa, sin duda, 
pero también a la utilidad de géneros distintos; por lo cual la Iglesia llama- 
da polivalente sirve como lugar de asambleas profanas, sala de conciertos, 
refugio de huelguistas, etc. 

Aquí se pierden dos valores: el de lo sagrado (lo separado por excelencia) 
y el de la adoración. Lo sagrado, según la nueva arquitectura, está difuso 
en todo lo real, y por tanto el límite que lo circunscribe en las iglesias debe 
desaparecer. La nueva catedral de Taranto de Luigi Nervi, considerada una 
obra maestra, es totalmente contraria a los conceptos dogmáticos. Según el 
esquema antiguo, el altar está en alto (y si es posible también está en un 
alto la iglesia, que es simbólicamente un monte) y el pueblo alza la vista a él. 
En Taranto el altar está en lo profundo en vez de en la cima, como si Dios 
estuviese en el fondo y el hombre en la cumbre. 

Contrariamente a la idea sagrada de lo concluido, la bóveda está rasgada 
hacia el cielo para significar (dice el autor) que también el espacio externo es 
sagrado *% . 

Y así se destruye lo sagrado en general y lo sagrado peculiar del cristia- 
nismo, que es la Eucaristía. 


36La expansión de lo sagrado produce su aniquilación, al igual que el panteísmo es un 
ateísmo virtual. Un gran maestro del arte moderno, interrogado sobre qué es lo sagrado, 
respondió: todo es sagrado (GIACOMO MANZU, en OR, 23 de noviembre de 1978). 


514 38. La reforma litúrgica 


Finalmente, el altar del sacramento es lateral y totalmente igual al de los 
Santos, e incluso al de los caídos en la guerra *%” . 

A Pablo VI se le presentó el modelo de la nueva iglesia de Tagba, carente 
de paredes, totalmente abierta hacia la sagrada naturaleza que irrumpe con 
su belleza (OR, 10 junio 1968). 

San Carlino al Morti fue una iglesia del lazareto milanés totalmente abier- 
ta a los lados para que los apestados pudiesen desde sus cuartos seguir la 
Misa; pero no implicaba ciertamente la filosofía de la nueva arquitectura, 
que eclipsa la idea de lo sagrado, que es la idea del templum, del «espacio 
sagrado», del umbral, del limen; idea reforzada, como pronto diremos, por la 
de la presencia eucarística. 

También aquí con la expansión de lo sagrado fuera de lo sagrado se con- 
suma la destrucción de las esencias en el intento de ver todo en todo y de 
hacer todo de todo * . 

La tendencia a transfundir la realidad sagrada fuera del espacio sacro, co- 
mo si no se cayese en contradicción hablando de algo sacro que no esté separa- 
do, hace incurrir al catolicismo en una dificultad peculiar a causa del dogma 
eucarístico. Además de la presencia ubicua inherente a la divina naturaleza, 
según el dogma existe otra especialísima presencia de Dios en los lugares 
consagrados. 

Esa presencia está ligada a la presencia sacramental del cuerpo del hombre- 
Dios, quien solamente mediante el cuerpo, pasible o glorioso, entra en el es- 
pacio y en el tiempo de la criatura deviniente. No se introduce en ellos en 
el modo llamado por los teólogos definitivo o circunscriptivo (Summa theol. 
II1, q, 76, a. 5), sino que se manifiesta en un modo real, de modo que el 
Santísimo está en este espacio y no en este otro *% . 

La Eucaristía es lo sagrado esencial de donde fluye y a lo que se refiere todo 
espacio sagrado, tiempo sagrado, persona sagrada, o acto sagrado. Solamente 
por la Eucaristía es posible una localización de lo divino. Si se prescinde de 
tal creencia, encerrar al ser divino dentro de paredes es algo incompatible 
con la exacta noción de la Divina Majestad, y que tiende a la superstición. 


37No obstante el envilecimiento universal del altar, sustituido por la mesa, por el habitual 
eufemismo se llega a escribir que es un mérito de la reforma litúrgica el enaltecimiento del 
valor del altar, de su simbolismo e incluso de su misterio (Esprit et Vie, 1983, p. 457). 

38Debe también señalarse la innovación ocurrida en la construcción del via crucis. Los 
arquitectos contemporáneos, impulsados por el deseo de apartarse de la tradición, alinean 
casi contiguas, en un espacio de dos o tres metros, todas las estaciones; de modo que, sin 
moverse de una a otra, el devoto se encuentra al lado de todas. Ya no es un via crucis, 
sino una statio crucis. Caminar se ha convertido en estar. También aquí se da un caso de 
violación de las esencias. 

3%Teresa Neumann discernía, al pasar con el carruaje, las iglesias católicas (con 
Santísimo) de las evangélicas (sin Él). 


38.18. Resumen sobre la reforma litúrgica 315 


Entonces la lógica llevará a contemplar el templo solamente como el lugar 
donde los hombres realizan sus operaciones de culto, y no como la sede de lo 
sagrado esencial, de donde procede toda santificación. 

La sobre valoración de lo funcional lleva a una disminución de lo sagrado. 
La iglesia es ciertamente también el lugar donde los fieles se reúnen a rezar 
y participan de la liturgia, pero es lugar sagrado independientemente de tal 
función, porque como toda creación del arte religioso, el edificio sagrado 
subsiste en sí antes de toda intencionalidad y funcionalidad pragmática. Y a 
la arquitectura sagrada se aplican las palabras de Luc. 19, 40: si hic tacuerint, 
lapides clamabunt (si estas gentes se callan, las piedras se pondrán a gritar), 
a la cuales se asemejan las de Rouault, para quien las iglesias deberían ser 
maisons priantes no casas donde vengan los hombres a rezar, sino casas que 
rezan por sí mismas. 

Tal fue el carácter del arte medieval, cuando el artista escondía en lugares 
excelsos de agujas sin bautismo de luz formas de belleza que nadie veía, pero 
que cantaban por sí mismas la gloria divina para la cual el artista las había 
hecho (olvidando y anulándose a sí mismo en el anonimato, para que sólo el 
nombre de Dios fuese celebrado). 


38.18. Resumen sobre la reforma litúrgica 


La reforma tuvo un efecto que sobrepasó y contradijo el marco prescrito 
por el Concilio en Sacrosanctum Concilium 36 (conservación del latín) y 116 
(canto gregoriano) Y . 

Es el aspecto del periodo postconciliar en que el espíritu atribuido al Con- 
cilio pasó por encima de su realización auténtica. El efecto mayor fue la caída 
en la frecuencia de las celebraciones litúrgicas, que calculando la media de las 
medias nacionales puede cifrarse en un 40% respecto a la frecuencia anterior. 


10E] exterminio del gregoriano está atestiguado por el padre R. M. BARATTA, O.S.B., 
director del Coro gregoriano romano, en OR de 15 de abril de 1983: En los Seminarios y 
en los Institutos religiosos se ha perdido completamente su práctica. Del Liber usualis, que 
era el manual universalmente difundido, se han destruido incluso los clichés tipográficos; 
y quien quiera hoy iniciarse en el estudio del gregoriano ya no encuentra ni un ejemplar 
de las obras de Ferretti y de Suñol. Los últimos ejemplares del Usualis han sido vendidos 
como papel junto con Misales, y recuperados aquí en Roma, sólo en una mínima parte, 
casi exclusivamente por laicos, en Porta Paese. En 1974 se editó un Graduale romanum, 
pero se ha suprimido la parte introductoria, que al menos daba algunas nociones de base; 
y no hay nada de los tonos de los salmos, de las antífonas, de los himnos: nada. Y no 
se puede despreciar eso en la enseñanza. El gregoriano continúa siendo buscado por los 
aficionados a la música independientemente de su valor litúrgico, del que ha sido expoliado 
por la Iglesia; y se llenan las salas donde se dan conciertos de gregoriano, a la vez que los 
discos de gregoriano obtienen un gran éxito. 


516 38. La reforma litúrgica 


Ciertamente no puede esta deserción imputarse solamente a la nueva liturgia, 
ya que concurrió eficazmente la desafección del clero de su propio oficio sacer- 
dotal, la sobrevaloración de la función sagrada de los laicos, la degradación de 
la Eucaristía, el rebajamiento de la orientación teotrópica de toda la religión, 
y la conformación de la Iglesia a los sentimientos secularizantes del mundo. 
Y sin embargo en este compuesto de concausas la deformación de los ritos y 
la novedad general de las cosas de Iglesia forman una fracción conspicua. 

Que la variación litúrgica haya llegado a una variación de fondo, es común- 
mente negado por sus fautores, pero lo demuestran los hechos, que tienen en 
esto fuerza probatoria decisiva. Son verdaderamente numerosos los testimo- 
nios de protestantes que declaran encontrar la nueva Misa conforme a sus 
creencias y aceptable para la celebración de la Eucaristía en el seno de su 
comunidad. Max Thurian, del monasterio de Taizé, en el diario La Croix 
del 30 de mayo de 1969, declaró que uno de los frutos de la nueva Misa era 
probablemente que comunidades no católicas podrán celebrar la Santa Cena 
con las mismas oraciones que la Iglesia católica: teológicamente es posible *, 

Debe por tanto reconocerse que la reforma ha transformado una Misa 
católica inaceptable para los protestantes en una Misa católica aceptable 
para ellos. Y el juicio de aceptabilidad implica que ha acaecido una variación 
profunda: de ello son jueces precisamente los únicos que tienen competencia. 

Los testimonios en tal sentido son hoy innumerables y además las cele- 
braciones conjuntas de una misma Eucaristía por sacerdotes católicos y mi- 
nistros protestantes confirman la variación doctrinal, no obstante las débiles 
oposiciones de la jerarquía. 


24E] prior de Taizé, el hermano ROGER SCHUTZ, dijo en una conferencia: Las nuevas 
preces eucarísticas presentan una estructura que corresponde a la Misa luterana. Cit. en 
Itinéraires (n. 218, diciembre 1977, p. 116). Además, MICHAEL DAVIES, Pope Paul's 
New Mass, Dickinson 1980, ha demostrado que el nuevo rito romano se asemeja y a veces 
se identifica con la Misa anglicana de Cranmer del siglo XVI. 


Capítulo 39 


El sacramento del matrimonio 


39.1. Nuevo concepto del amor conyugal y 
del matrimonio 


Esta variación, aunque no esté formulada con todas sus letras en los textos 
conciliares, y aunque haya sido impugnada por los más diligentes defensores 
de la Tradición (el primero entre todos, el Card. Felici), ha impregnado la 
mentalidad eclesial y se ha convertido dentro de la Iglesia en una opinión 
común. El Concilio mismo la confiesa, enumerando entre las novedades de la 
Iglesia, que se va reformando continuamente, matrimonú spiritualitas (Uni- 
tatis Redintegratio 6) y declarando que las transformaciones de la sociedad 
moderna manifiestan cada vez más * de varias maneras la verdadera índole 
del matrimonio. Ciertamente el Concilio no pretendía negar que el matrimo- 
nio haya tenido siempre en el catolicismo una espiritualidad propia. Y por 
consiguiente se refiere a una nueva espiritualidad. Este anuncio de novedad 
va acompañado en Gaudium et Spes 47 del habitual eufemismo: se alaban 
diversas ayudas que la sociedad moderna aportaría al matrimonio y a la co- 
munidad familiar. Parece que ni el divorcio, adoptado en todos los Estados; 
ni el matrimonio a prueba, introducido en las costumbres; ni la anticoncep- 
ción, legitimada y a veces obligatoria; ni el aborto, universalmente legalizado, 
todos ellos fenómenos que incluso el Concilio deplora más adelante, tuviesen 
fuerza para hacer caer las escamas de los ojos de los Padres. La variación de 
la doctrina tradicional deja intacto el valor sobrenatural del matrimonio cris- 
tiano, que consiste en reproducir y significar la unión de Cristo con la Iglesia. 
Alcanza sin embargo al valor unitivo y procreativo de la unión conyugal. La 
diferencia anatómica y fisiológica entre los sexos atestigua desde un punto de 


'La locución saepe saepius significa cada vez más y no muy a menudo, como se traduce 
corrientemente. 


917 


518 39. El sacramento del matrimonio 


vista natural que la exacta coincidencia de las estructuras orgánicas (según 
la pintoresca imagen de Campanella, se corresponden como un guante del 
derecho con otro guante del revés) está ordenada a la coincidencia de las dos 
individualidades biológicas, que según la frase bíblica se convierten una caro. 
Está por tanto ordenada a la unión moral de las personas, que aunque no se 
transforman en una sola persona, entran por medio de esa coincidencia en 
una comunión tan completa como es posible. La unión conyugal es en reali- 
dad la más completa unión posible con la cual pueden ligarse dos criaturas 
racionales de distinto sexo. 


Ahora bien, esta unión perfecta no se consuma verdaderamente en la 
unión carnal. En su cima y esencia, ésta es un momento de división, per- 
diéndose en el abrazo la conciencia de sí mismo y del otro. La unión perfecta 
es de orden moral y pertenece a la esfera de la dilección de amistad, por la 
cual ninguno de los dos cónyuges quiere al otro ? , sino que por encima de ese 
amor de concupiscencia quiere para el otro y con el otro el perfeccionamiento 
personal. 


El efecto natural de la unión conyugal es la procreación, y la procreación 
es sin duda la finalidad intrínseca del matrimonio, ya que el hombre ama y la 
naturaleza genera. Pero precisamente según la metafísica del catolicismo, las 
naturalezas son (por así decirlo) palabras del Verbo divino lanzadas a la exis- 
tencia. Por tanto se convierten en principio de la ética, porque el oficio moral 
del hombre consiste en asumir su propia naturaleza, seguir la ley inmanente 
a ella, y cumplir su fin. 


Son dos los impulsos que llevan al hombre a buscar el matrimonio. El 
primero es el instinto natural de la filogonia, por el cual el hombre busca 
reproducirse a sí mismo en otro ser similar a sí y en el cual él en cierta 
manera siente que re-nace, y gracias al cual, al morir, le parece morir menos. 


El segundo es el propio perfeccionamiento en una donación de amor de la 
propia persona a la persona del cónyuge. 


El primer valor podría llamarse el valor natural del matrimonio, el segun- 
do su valor moral estando siempre entendido que el valor natural se convierte 
en valor moral cuando es moralmente asumido. 


2En las catequesis del invierno de 1980 sobre los primeros capítulos del Génesis en la 
audiencia general del miércoles, Juan Pablo II parece enseñar que desear al propio cónyuge 
sea un desorden. 


39.2. Lo primario y lo secundario en los valores del matrimonio 519 


39.2. Lo primario y lo secundario en los valo- 
res del matrimonio 


El fin procreador era llamado fin primario, y el fin de mutuo perfec- 
cionamiento se denominaba secundario. Este último término es versátil, pero 
en sustancia quería decir fin que sigue al primero, y en modo alguno fin de 
menor y accesoria importancia. 

En efecto, atendiendo a la obra de la generación las personas de los 
cónyuges se perfeccionan, pues si esa plenísima unión faltase se tendría unión 
moral de otro género, pero no ya del género conyugal. En la paridad teleológi- 
ca de lo procreativo y de lo unitivo, la Tradición se ha inclinado a favorecer 
al primero. ¿Atienden los cónyuges a la obra de la generación (y educación) 
de los hijos, y en esto ejercitan el amor recíproco y se perfeccionan como 
cónyuges? ¿O bien miran al recíproco amor espiritualmente perfeccionante, 
del cual se sigue la generación? Pareció prevalecer siempre la sentencia de 
que los padres son para los hijos, no los hijos para los padres: el matrimonio 
para la generación, no la generación para el matrimonio. 

Pero la relación entre el fin de la naturaleza (la generación) y el fin de 
la persona (la perfección personal) es difícil de definir. Que el fin propio del 
matrimonio es la propagación del género humano está atestiguado por Gén. 
1, 22: Crescite et multiplicamini ; pero que tal fin es igualmente el mutuo 
perfeccionamiento aparece en Gén. 2, 18, donde la creación de la mujer es 
creación de un adiutorium simile gracias al cual Adán sale de la soledad y 
entra en una sociedad de amor. 

De tal forma, en el orden sobrenatural el fin de la propagación del género 
humano prevalece sobre el otro, porque en última instancia la multiplicación 
de los individuos humanos está destinada a cumplir el número predestinado 
de los elegidos. 

La dificultad debe ser estudiada desde más cerca. ¿Debe ser consciente 
y querido por los cónyuges el fin generativo al realizar los actos específicos 
de la unión? ¿O bien pueden omitirlo en la intención y sólo atender al fin 
unitivo, la recíproca donación (con su ínsito complejo de valores), supuesto 
siempre que no se excluya el fin de la naturaleza, ni con la intención ni con 
hechos conformes a esa intención exclusiva? La controversia retorna, bajo 
otra especie, a la que separó a Antonio Fogazzaro de Alessandro Manzoni. 
Éste, en Fermo e Lucia, t. II, cap. I, mira el amor como un fenómeno humano 
cuya raíz es el impulso natural a la generación: su profundidad depende de su 
fin supraindividual, y su peligrosidad, de esa vehemencia que hace prevalecer 
el instinto sobre la razón. 

Para Fogazzaro, por el contrario, en el discurso Sopra un ópinione di 


520 39. El sacramento del matrimonio 


Alessandro Manzoni (Milán 1912), el amor no es sólo un maravilloso movimien- 
to de carácter pánico y vital, o un instinto de la especie: entre sus muchos 
fines prevalece el de unum fieri cum eo quod amas, como enseñan San Agustín 
y Santo Tomás. 

Incluso cuando la especie no tiene interés en ello, el amor está vigente 
en una aspiración indefectible de unidad, que lleva directamente a la esfera 
religiosa y a la exigencia de la inmortalidad * . 


39.3. Prevalencia del fin procreador en la doc- 
trina tradicional 


Prevalencia del fin procreador en la doctrina tradicional. Luc. 
20, 35-36 

La doctrina tradicional del matrimonio como unión ordenada por sí misma 
a la generación es doblegada en el Concilio, que lo considera primariamente 
como comunidad de vida y de amor (Gaudium et Spes 48), a la cual sigue 
la procreación. Si se toma el término secundario en el sentido mencionado 
(su sentido propio: secundum est quod sequitur) se puede advertir que, en la 
doctrina del Concilio, permaneciendo la igualdad esencial de los dos valores, 
el valor procreador se ha convertido de algún modo en secundario respecto 
al personalista. 

La igualdad de los dos fines es mantenida * y la doctrina permanece por 
tanto muy distante de la concepción puramente biológica del amor como 
fuerza pánica que esclaviza a los hombres como instrumento de la expansión 
vital del mundo. 

Tal concepción fue propia de Schopenhauer e inspiró los mitos platónicos 


Emparentada con la opinión de Fogazzaro está la tesis del padre EGIDIO MARTA 
GENTILE, £'amour dans le célibat, París 1968, que se hace eco de la de LOUISE RINSER, 
Une femme dáujourd hui et l"Eglise, París 1970. Sostiene la posibilidad de una relación 
casta y espiritual, y sin embargo relación verdadera de amor, entre personas consagradas 
al celibato. Aduce los ejemplos históricos de San Francisco y Santa Clara, Santa Teresa 
de Avila y el padre Gracián, San Francisco de Sales y Santa Juana Chantal. Se puede 
añadir el de Federico Borromeo con la dominica Catalina Vannini (ver el folleto publicado 
por Mons. CARLO MARCORA en Memorie storiche della Diocesi di Milano, vol. X1I, pp. 
177 y ss.) Pero va contra el dilema o huir o casarse, sostenido por toda la escuela moral 
católica. Es el uso espiritual de la carne de TEILHARD DE CHARDIN, en las tristes 
páginas publicadas póstumamente por su amiga Jeanne Mortier. Tal ascensión por parejas 
hacia el centro divino es un error psicológico, moral y teológico. 

4No así en la obra de DOMS, Sinn and Zweck der Ehe, donde el fin del mutuo per- 
feccionamiento es considerado primario. La obra fue reprobada con decreto de 1 abril 
1944. 


39.3. Prevalencia del fin procreador en la doctrina tradicional 521 


de Eros reciario y de Venus cazadora, que nos engañan con la voluntad 
haciéndonos servir al fin de la generación, por el cual nos lleva el amor de 
Dios a hacer un nuevo ser humano ? . 

Y como decía, resulta muy distinta porque el afecto conyugal está susci- 
tado y dirigido por la voluntad a persona in personam ( Gaudium et Spes 49): 
es una amistad y no una concupiscencia, y el matrimonio mismo es puesto 
en acto por un consentimiento de la voluntad. La tendencia de los tribunales 
eclesiásticos americanos a hacer consistir el matrimonio en la consistencia y 
duración de la comunión de vida y amor, más que en el acto irrevocable del 
consentimiento, recibió la condena de Pablo VI y Juan Pablo Il. 

La tendencia postconciliar a comparar la generación y el amor (tendencia 
convertida luego en pretexto para la escisión de los dos fines, la sobreposición 
del amor a la procreación y, en su evolución última, la legitimación de la 
práctica anticonceptiva) no sólo no consiente, sino que en nuestra opinión 
disiente de la conducta mantenida hasta el momento por la Iglesia. 

Todavía en la mente del Concilio, durante la elaboración de Gaudium et 
Spes (como demostró el Card. Felici en un gran artículo de OR, II octubre 
1972, nota 3), bonum prolis primum locum tenet. Esta prioridad objetiva 
del fin generativo parece incluso exigir una prioridad subjetiva en el orden 
intencional. 

Inocencio XI reprobó la sentencia de que los actos conyugales estén exen- 
tos de culpa si se ejercitan sin poner en ellos la intención generativa, por el 
único impulso del placer (DENZINGER, 1159). 

Si la bondad de la unión conyugal está comprometida por la falta de 
intencionalidad positiva en lo que respecta al efecto generador, parece que el 
matrimonio incluye obligatoriamente la intención procreadora. 

Por consiguiente, se varía la doctrina si se pone como intención suficiente 
para la bondad de la unión el fin del perfeccionamiento y de la recíproca 
donación. 

Parece además que la intención de generar (no el hecho de generar) es 
tan intrínseca al matrimonio que Jesús, respondiendo en Luc. 20, 35-36 a 
la capciosa objeción de los Saduceos en torno a la mujer con siete maridos, 
da explícitamente como causa de la existencia o inexistencia del matrimonio 
la posibilidad o imposibilidad de querer generar hijos como remedio de la 
mortalidad. 

En el cielo (dice) no tomarán mujer, y (las mujeres) no serán dadas en 
matrimonio, porque no pueden ya morir. Aquí el matrimonio se identifica 
con la obra de la generación, que es remedio a la mortalidad, y no se hace 
referencia en modo alguno a una comunión de vida y a una donación de amor 


BCAMPANELLA, Poesie, Bari 1955, p.22. 


522 39. El sacramento del matrimonio 


personal, que durarían necesariamente tanto cuanto duran las personas. Sin 
embargo, en el texto evangélico esta comunidad de vida se relega completa- 
mente, junto con la generación, a la esfera efímera del mundo terreno. 

Juan Pablo II, en la larga catequesis dedicada al sentido de la unión de 
los esposos, no ha citado jamás este pasaje de Lucas, que ciertamente quita 
fuerza a la doctrina de la paridad de los dos fines prevaleciente después del 
Concilio: cesando la mortalidad, cesa la generación, y cesando la generación 
cesa el matrimonio. 

Ciertamente se podrá conceder que los afectos conyugales, filiales y pa- 
renterales perseveran en la vida del cielo, y Dante cantó su poesía con altísima 
inspiración en el canto XIV del Paraíso; mas serán afectos sobrehumanos en 
personas con el mismo cuerpo, pero transfigurado; serán, por así decirlo, una 
memoria de afecto, gracias a la cual (como dice en otro lado el poeta) el 
mundo de arriba al bajo torna (Par. IX, 108). 

Pío XI en la Casti connubii 24-25, incluso concediendo el primer lugar 
entre los bienes del matrimonio a la prole, enseña que también el fin del 
mutuo perfeccionamiento se puede decir que es la razón primaria y motivo 
del matrimonio, pero no se puede olvidar que para el Pontífice la recíproca 
integración perfeccionante incluye también la recíproca donación conyugal 
de los cuerpos, causa natural de la prole. 

En ese acto de amor (se puede decir sin renovar el mito antiguo) los 
esposos son el hijo: como dirá Penélope a Ulises, el tálamo sobre el cual 
fuimos juntos nuestro hijo Telémaco. Que la función procreadora deba ser 
también subjetivamente asumida, o sea lícito asumir subjetivamente sólo la 
expresión del amor conyugal, es cosa que aquí no compete definir. 


39.4. Matrimonio y anticoncepción 


Si se pierde de vista la coexistencia esencial de los dos fines, que hace 
imposible la unión perfecta si no se consuma en ella la unión conyugal natu- 
ralmente procreadora, será posible separar el matrimonio de la procreación. 

Se supone así que esa unión plenísima en la cual consiste el matrimonio, 
puede separarse de su efecto natural: la generación. 

Esta posibilidad fue sostenida con fuerza también por la mayoría de los 
miembros de la comisión consultiva a la que Pablo VI había encomendado 
decidir y contra la cual, sin embargo, mantuvo la doctrina perpetua. Junto 
con Mysterium fidei, la Humanae vitae es el documento más significativo de 
Pablo VI: con la primera el Papa mantiene el núcleo del dogma sobrenatural, 
y con la segunda el núcleo de la ley natural, es decir, los dos órdenes de 
verdad que la Iglesia debe mantener. 


39.4. Matrimonio y anticoncepción 923 


La Humanae Vitae es el documento sobre el cual más ásperamente se 
manifestó la desunión de la Iglesia ($86.4-6.6), y por tanto el más doloroso y 
para el Papa el más glorioso acto de su pontificado. 


La licitud de la anticoncepción no podía suponerse mientras entre el fin 
unitivo y el fin procreador del matrimonio hubiese una relación de subordi- 
nación. 


Puede decirse legítimamente (y lo vimos en los documentos de Pío XI) que 
la comunión espiritual es fin primario del matrimonio, pero siempre indisolu- 
blemente con el fin procreador. 


Quizá sería léxicamente más exacto decir que es fin co-primario: primario 
pero siempre unido con el otro, sin el cual no alcanzaría ni el valor de fin ni 
el de fin primario. 


Por consiguiente, subyacen dificultades ante la dualidad de los fines. Es 
difícil mantener la paridad de los dos, ya que un mismo acto (el conyugal) no 
puede tener dos fines, salvo si uno es inferior y medio para el otro. Ahora bien, 
en la doctrina tradicional todo acto unitivo debe incluir implícitamente el fin 
generativo, ya que el amor conyugal es por su propia índole fecundo (Gaudium 
et Spes 50). Es en el amor como se genera y en la generación donde se ama. 
Esta estructura del acto conyugal queda desfigurada en la anticoncepción. Se 
supone que el amor y la generación pueden entrar en conflicto, y se enseña 
que el conflicto puede dirimirse rebajando y excluyendo el fin procreador a 
fin de que pueda celebrarse el fin de amor. 


La contracepción sería un caso de la colisión de los deberes que debería 
resolverse en cada caso concreto según la apreciación de los cónyuges dando 
prevalencia al amor, que debe mantenerse para que se mantengan la unión, 
la fidelidad, y el bien mismo de la comunidad familiar. Es por ejemplo la 
doctrina del episcopado de Francia y de muchos otros. 


En el discurso que pronunció a los sacerdotes del Congreso de pastoral 
de la familia (OR, 18 septiembre 1983), Juan Pablo II esbozó otro motivo 
doctrinal y profundo que vicia de ilicitud las prácticas anticonceptivas. 


Éstas violan no solamente la natural unidad entre fin unitivo y fin pro- 
creador, sino que corrompen el fin mismo de la unitiva y recíproca donación 
personal. El acto contraceptivo dice el Papa introduce una sustancial disminu- 
ción en el interior de esta recíproca donación y expresa un objetivo rechazo a 
dar al otro respectivamente todo el bien de la feminidad y de la masculinidad. 


En suma, aparte de al fin procreador, la contracepción ofende al fin de 
recíproca y total donación de las personas, sustrayendo una parte (la genera- 
tiva) de la humana naturaleza en la cual subsiste la persona. 


524 39. El sacramento del matrimonio 


39.5. Crítica de la teología de la anticoncep- 
ción 


En la defensa de la contracepción convienen más motivos de la nueva 
teología que ya hemos tratado y a los cuales podemos ahora remitir. 

La doctrina está viciada del subjetivismo de la moral de situación ($828.1- 
28.3), pues supone imposible pronunciar un juicio práctico objetivo y obliga- 
torio; y remite al mismo tiempo a la conciencia del agente el establecimiento 
de la situación que juzgar y el criterio con el cual juzgarla. 

La doctrina está viciada además por el falso concepto de la globalidad. 

La virtual fecundidad del acto, más que serlo de éste en sí mismo (es decir, 
de todos los actos) sería un deber de la vida conyugal globalmente conside- 
rada: del conjunto de los actos, y no de todos ellos. Ya he mostrado cómo esto 
supone una imposible superficialidad del tiempo y el desligamiento de toda 
concreción moral ($929.1-29.3). Finalmente la anticoncepción perpetra una 
disyunción entre el fin de la naturaleza y el fin de la voluntad, o como se dice 
usando la antigua y perspicua distinción, entre finis operis y finis operantis. 

Queda así implicada toda la filosofía católica, según la cual las esencias o 
naturalezas (también las del cuerpo humano) son formas y raíces de lo real 
(las madres de Goethe), que reflejan tipos del intelecto divino. 

Éstos son principios internos del devenir de la cosa, y participan de la 
inmutabilidad divina. Son además formas subsistentes: tanto la intelección 
como la volición del hombre son dependientes de la esencia; ésta, al contrario, 
es independiente. 

La libertad del hombre se sitúa frente a las naturalezas, pero no para 
deformarlas y modelarlas ad instar su, sino para conformarse a ellas, pues 
en la medida en que las naturalezas están enfrente de la libertad, adquieren 
ante ella razón de ley. 

Ante ésta, la libertad puede armonizarse y unificarse (y esto constituye el 
valor moral del acto), o bien rechazarla, desarmonizarse de ella y constituirse 
aparte (en esto constituye el antivalor moral). 

Como hemos citado en otro lugar, para que el obrar humano sea bueno 
debe reconocer las esencias y su orden y adherirse a ellas en su propia organi- 
cidad axiológica. Ahora bien, el acto sexual está por esencia ordenado a la 
generación: lo atestiguan la anatomía, la fisiología y la psicología del hombre 
sexuado, y lo confirma el sentimiento común del pueblo con su lenguaje y 
sus costumbres. 

Hay entre acto y fin una conjunción biológica que no puede escindirse 
de modo que se rechace el fin, y se escoja en el acto mismo su contenido 
eudemonológico, frustrando el destino de la naturaleza. La parte fisiológica 


39.5. Crítica de la teología de la anticoncepción 925 


del hombre (o vegetativa, como solía decirse) no es capaz de virtudes morales, 
que no tienen lugar en animales y plantas, pero es susceptible de virtud moral 
cuando el complejo fisiológico entra en un compuesto superior, como acaece 
en el hombre. 

Entonces la parte superior y hegemónica de ese compuesto se unifica con 
la función fisiológica: regulándola, refrenándola, o suscitándola. 

Así surge la virtud de temperanza, cuando se trate del apetito de la gula, 
o la de castidad cuando se trate de lo venéreo. Si la voluntad interviene 
para escindir el acto fisiológico de su fin, buscando el placer y rechazando 
el efecto natural del acto, tiene lugar en el hombre una disposición viciosa, 
más O menos grave según sea esa escisión más o menos estudiada. Si se 
quiere reencontrar un análogo de la contracepción, hace falta recurrir a la 
depravación antigua de la emética, cuando para renovar el placer de comer se 
provocaba el vómito, impidiendo el fin natural del acto de comer, la nutrición. 

Tampoco en los actos conyugales, dice Humanae Vitae 12, puede el hom- 
bre despreciar la finalidad natural, sino que debe respetar la conexión ine- 
scindible que Dios ha querido entre los dos significados del acto conyugal, el 
unitivo y el procreativo. 


526 39. El sacramento del matrimonio 


Capítulo 40 


Teodicea 


40.1. Nueva teodicea 


A las tendencias de la teodicea en el pensamiento innovador ya hemos 
hecho referencia, por necesaria conexión, cuando tratábamos de la habitual 
valoración de la presente crisis de la Iglesia ($91.10-1.11), de la autonomía 
de los valores mundanos ($830.3-30.4), del antropocentrismo y de la técnica 
(831.1), y del cristianismo secundario ($8932.3-32.4). 

La consecuencia generalizada de esas consideraciones era que la convicción 
propia de la mentalidad contemporánea es que el destino del hombre en el 
mundo es el mundo mismo; que el fin trascendente y ulterior es sólo un medio 
secundario y un modo para entender y perseguir la axiología inmanente al 
hombre; y que el papel de Dios en un mundo entregado a la energía del 
hombre, que lo corrige y promueve, es nula o (por decirlo así) co-eficiente y 
casi auxiliar de la del hombre. 

Por tanto la Iglesia va ocultando su específica quididad sobrenatural y 
confunde su misión con la función civilizadora, plegándose como cooperadora 
a la instauración de un mundo más justo y más fraterno. Se mira a la creación 
de una civitas hominica sobre la cual no se niega la civitas dominica, pero 
se alejan los nexos entre las dos ciudades, caminando hacia una ecumene 
puramente humanitaria. 

El papel de la religión en un mundo así renovado no le viene asignado 
por su posesión de verdades naturales y sobrenaturales, sino por la libertad 
común a todos. 

En el tratamiento del nuevo ecumenismo ($835.3-35.5) ha quedado claro 
cómo el ideal de una unidad católica del género humano (de la cual hemos 
presentado como tipo la eutopía de Campanella) ha sido sustituido por el 
de una ecumene puramente racional y natural, a la que sirven las religiones, 


827 


5928 40. Teodicea 


disueltas en una axiología humanitaria. 

La acción de la Iglesia (péndulo entre el cielo y la tierra) queda dividi- 
da entre una exigencia de encarnación en el mundo, que la conduciría a la 
ecumene humanitaria que impregna el mundo, y una exigencia de desencat- 
nación (tomada falazmente como purificación) con el abandono de todo lo 
temporal, que por el contrario debería ser investido por la religión. 

No se nos olvida que en el Congreso de la diócesis de Roma de 1974 sobre 
Expectativas de caridad y de justicia se propuso que la Iglesia cediese todos 
sus bienes al Estado para conquistar independencia, y no se construyesen más 
iglesias (OR, 15 febrero 1974). Pero la relación entre la Iglesia (con su núcleo 
sobrenatural) y el mundo concierne a una teodicea anómala que remite a la 
doctrina de la causalidad divina. 


40.2. Nueva concepción de la causalidad divi- 
na. Los obispos de Francia 


La variación sobre este punto fue profesada por el Episcopado francés en 
las Actas de su asamblea plenaria de 1968, contrariamente a la enseñanza, 
praxis moral y liturgia de la Iglesia. La Iglesia enseña que la acción de la 
criatura es causada (en el orden metafísico) por la divina causalidad univer- 
sal, de modo que toda acción es a la vez acción de la causa creada y de la 
causa increada. Los obispos de Francia enseñan sin embargo que las cosas 
naturales tienen una autosuficiencia para producir el efecto, y por tanto no 
se debe ascender a la causa causante, trascendente y divina que domina todo 
el devenir. 

Para la Iglesia, la oración de petición tiene como justificación metafísica y 
de fe el a Deo omnia de las didascalias de los pórticos en los grandes templos 
del Medioevo. 

Según los obispos de Francia, esta concepción es falsa y pagana. Sin duda 
una herencia pagana que viene del fondo de las edades ha sedimentado el alma 
cristiana, y las secuelas de esta herencia están de lejos de haber desapare- 
cido del todo, incluso de nuestro ritual. Para escándalo o burla del hombre 
moderno, una parte de nuestra liturgia continúa pidiendo a Dios lo que el 
campesino pide al estiércol, una salvación cósmica que convierte a Dios en 
la suplencia de nuestras insuficiencias. 

Y con la habitual denigración de la Iglesia histórica se continúa diciendo: 
San Pablo no ha transigido con las costumbres paganas. La Iglesia ha inten- 
tado hacerlo, pero tenía la excusa de no poder actuar de otra manera. Hoy el 
advenimiento de la civilización científico-técnica le da una oportunidad apre- 


40.3. Variación en la doctrina de la oración 929 


ciable para que trabaje en el mismo sentido y el cultivador cuente más con el 
estiércol que con las rogativas para que crezca su cosecha. 

Que la civilización cristiana fuese en realidad pagana y haya sido redimida 
por la actual civilización tecnológica, es una afirmación que pone en cuestión 
la verdad misma de la Iglesia Católica. 

Es además una paradoja, pues ¿acaso no conocían los campesinos de la 
era pretecnológica los abonos, y los esparcían en montones insensatamente, 
en vez de con conocimiento de aquello que hace laetas segetes? 

La tesis de los obispos de Francia contiene un error religioso y filosófico. 

Prejuzga la universalidad de la Providencia, que se extiende hasta los 
individuos y hasta los cabellos de la cabeza de los individuos (Mat. 10, 30). 
Prejuzgando la universalidad de la Providencia, prejuzga también el principio 
de Creación, principio mismo del Cristianismo: precisamente porque todo el 
ser del mundo es un efecto de la causalidad de Dios, todos y cada uno de los 
entes creados caen bajo la Providencia divina, como enseña el Vaticano 1 en 
el cap. I de la Constitución dogmática De fide catholica. 

Y es de reseñar cómo la posición de los obispos de Francia, más que un 
avance, es una regresión al aristotelismo griego, el cual haciendo de Dios 
una mente que sólo piensa en sí misma, sustraía las cosas del mundo al 
cuidado divino, abandonándolas al azar o a la fortuna. En último análisis, es 
la negación de la infinidad de la sabiduría y la potencia divinas, de las cuales 
desciende la teoría de la Providencia: es decir, se encontraría una entidad que 
no procede del ente primero, y una causalidad que no proviene de la causa 
primera. 


40.3. Variación en la doctrina de la oración 


La doctrina de la Iglesia no quita eficacia a las causas segundas y en 
particular a las acciones humanas: éstas operan bajo el influjo de la causa 
primera, que las hace ser y las hace ser causa. No se la quita, sino que se 
pone cada cosa en su orden: los actos del hombre son realmente causa de sus 
efectos, pero bajo el influjo del agente universal. No cambian la disposición 
de la Providencia, sino que la cumplen, ya que la acción y la oración humanas 
están incluidas en el designio divino. 

Ciertamente el campesino siembra y el campesino cosecha, pero el fruto 
es resultado de miles de causas concomitantes sobre las que ningún poder 
tienen ni el campesino ni la técnica, y que remiten a Dios. 

No es éste un libro para entrar en la disputa acerca de la relación entre 
causalidad divina y causalidad creada. Basta con saber diferenciar la causa 
trascendente de la causa natural, y no creer que sean similares y concurrentes; 


530 40. Teodicea 


en realidad están en órdenes distintos: el agricultor, el sol, y la lluvia producen 
como efecto la fertilidad, pero ese efecto nace de una acción condicionada a 
la acción de la causa trascendente. No hay ninguna dificultad en atribuir el 
efecto a la causa primera y a la causa segunda simultáneamente, aunque bajo 
aspectos distintos. 

La racionalidad de la oración impetratoria desciende del dogma de la 
Providencia. Sin perjuicio de la eficiencia real de las criaturas, fundada sobre 
la divina eficacia que da a todos los entes el ser y el obrar, el hombre puede 
pedir a Dios bienes temporales y morales. ¿Es que acaso la curación del 
enfermo no viene de Dios, aunque venga del médico? ¿Es acaso el médico 
una causa independiente, separada de su causa primera? 

La cuestión no se resuelve con un aut aut, sino con un el et. 

En 838.6 se señaló que mientras el Paganismo consideraba absurdo pedir 
a la divinidad la virtud y la buena voluntad, la religión cristiana pide en 
oración sobre todo la virtud y el mérito moral: Adesto, quaesumus Domine, 
supplicationibus nostris, ut esse, te largiente, mereamur et inter prospera 
humiles et inter adversa securi. 

Ahora bien, es evidente que si se pide a Dios buena voluntad, querer la 
cual es ya poseerla, se podrá a fortiori pedir los bienes temporales, menores 
que la virtud e independientes de ella. 

La doctrina de los obispos de Francia está desmentida por la misma 
oración dominical, en la cual se pide el pan nuestro de cada día, fruto de 
la tierra y del trabajo del hombre, como dice el Ofertorio de la nueva Misa: 
es fruto del trabajo del hombre, y sin embargo Cristo ordena solicitarlo del 
Padre; el pan es nuestro, pese a lo cual se nos ordena pedirlo. 

La liturgia preconciliar frecuentaba la petición de los bienes temporales 
con Misas votivas pro vitanda mortalitate, pro infirmis, temporale bella, y 
con oraciones especiales tempore famis, tempore terremotus, ad petendam 
pluviam, ad postulandam serenitatem, etc. Pero ciertamente, en una civi- 
lización que remite a la técnica las esperanzas del mundo y pretende borrar 
del Cristianismo presuntos restos del politeísmo antiguo, la oración de las 
Rogativas, tan religiosa, tan poética y tan auténtica, debe dejar su lugar a 
la utilización racional de los compuestos químicos. 

Cuando en el verano de 1976 gran parte de Italia y extensas regiones de los 
Estados Unidos fueron desertizadas por una gravísima sequía que incineró los 
campos y amenazaba una carestía mortal, Pablo VI en el discurso del Angelus 
exhortó a recurrir a aquel Dios, Padre nuestro, que domina incluso las leyes 
inexorables de la naturaleza y que quizá atiende la humildad y la fe de nuestra 
filial invocación para restituir el equilibrio de las estaciones, la fecundidad de 
la tierra, el caudal de los ríos y el refrigerio para la sed de los seres vivos 
(OR, 5-6 julio 1976, donde sigue una oración por la lluvia). 


40.4. Providencia y calamidades 531 


Pero la causa primera trascendente es siempre activa en las causas se- 
gundas y siempre implorable, aunque la invocación ut fructus terrae dare et 
conservare digneris haya sido expulsada de las letanías de los Santos. 


40.4. Providencia y calamidades 


Una variación afín a la propuesta por los obispos de Francia sobre la 
oración de peticiones, la propone el OR del 17 de enero de 1971 sobre el 
sentido del mal en el mundo, y máxime sobre las grandes desgracias que 
alcanzan a países enteros reuniendo a buenos y malos en una misma ruina. 

El problema del mal es el fondo de la teodicea, más bien el fondo de 
la humana reflexión sobre el destino. Aunque admite soluciones parciales y 
propedéuticas de modo racional, su plena solución (y ni aún así) se encuentra 
solamente en la religión. 

Constituye también la tentación por excelencia, ya que el mal que alcanza 
al inocente parece una injusticia de Dios, e incluso si alcanza al culpable. La 
filosofía intenta tranquilizar al intelecto con razones lógicas (la desproporción 
entre el intelecto humano y el intelecto divino, o la necesidad de conocer todo 
el sistema de lo real para poder juzgar sobre el mal de una de sus partes) y 
con razones metafísicas (la finitud lleva consigo la imperfección y el mal). Sin 
embargo, solamente la teología supera el escándalo combinando el misterio 
del dolor humano con el misterio del Cristo inocente y sin embargo sufriente. 

S. Galot, en OR, 17 de abril de 1981, intenta demostrar que los sufri- 
mientos del hombre no caen sobre él como un castigo. Pero después admite 
que Cristo ha tomado sobre sí el peso de los sufrimientos que los pecados 
del hombre habrían merecido. Debería decir habían, y no comprende que se 
trata precisamente de castigo lo que Cristo padeció por el género humano. 
También en Cristo el sufrimiento es pena del pecado, y no cambia en nada 
su sentido. 

La tesis mayor del sistema católico consiste en que todo mal de naturaleza 
es efecto del mal moral: la muerte, las enfermedades, y el dolor. No es que 
toda desventura que alcance a un individuo sea reconducible a una culpa 
personal: éste es el pragmatismo servil y material de Elifaz en Job 4 y 5: has 
sido castigado, luego has pecado. 

Pero el cristiano, al sentirse pecador y ser inconmensurable con cualquier 
dolor el precio de la virtud, puede razonablemente tomar cualquier desventura 
como expiación, pena y corrección: no sólo por sí mismo, sino por todos. 

El sufrimiento de los niños parece en ciertos aspectos producir una protes- 
ta dolorosa, como notó Juan Pablo II visitando el Hospital pediátrico del 
Niño Jesús (OR, 10 junio 1982). Sin embargo, también este escándalo se 


932 40. Teodicea 


puede relacionar desde la Fe con el dolor del hombre-Dios, con quien el cris- 
tiano com-padece (Rom. 8, 17); en sentido teológico, con la universalidad 
del pecado de Adán in quo omnes peccaverunt (por cuanto todos pecaron) 
(Rom. 5, 12); y quizá también en sentido filosófico, porque el hombre conoce 
el dolor en cuanto hombre, no en cuanto inocente o culpable. 

Pero más que la injusticia sentida sobre sí por el individuo (por la que 
Odoacres, al recibir la muerte por Teodorico, exclamaba: ¿dónde está Dios?), 
suscitan acerba protesta las grandes desgracias colectivas, como terremotos, 
inundaciones, hambrunas y pestes; en las cuales, por estar mezclados en la 
misma ruina culpables e inocentes, parece más provocador el desmentido 
infligido por los hechos a la idea de la justicia. 


40.5. Origen moral del dolor humano 


Sin embargo, sea cual sea el sentido del Dios vengador del Viejo Testamen- 
to, el castigo del Dios cristiano es una parte de la justicia y de la misericordia 
y tiene un elevado carácter moral: dispone a darse cuenta más vivamente de 
que la vida es un don de Dios; a emplearla en obras mediante las cuales el 
fin moral de la existencia sea cumplido; a ser menesteroso y compasivo con el 
prójimo; a expiar los pecados propios y los ajenos. Este oremus de la liturgia 
preconciliar ilumina bien la justicia y la misericordia del Dios que usa de los 
azotes: Parte Domine, parte populo tuo, ut dignis flagellationibus castigatus 
in tua misericorida respiret. 

Pío XII en el discurso a los romanos después del mortífero bombardeo del 
19 de julio de 1943, rezaba porque la desventura se transformase en fuerza de 
fe, donde cada uno cumpliese sus propios deberes de cristiano conformándose 
plenamente con la voluntad de Dios (OR, 21 julio 1983). 

El error del citado artículo La parte dell uomo es doble. Falta la noción 
metafísica de causalidad, no advirtiendo el autor que criatura y Creador no 
están como dos causas homogéneas y cooperantes a pari, sino que la causa 
creada opera en virtud de la increada. El autor cree además que la Provi- 
dencia guía al hombre a la felicidad temporal, y si ésta falla aquélla resulta 
imperfecta e injusta. La Providencia, sin embargo, es un orden universal que 
comprende el tiempo y la eternidad y obra la justicia (reunión de virtud y 
felicidad) sólo escatológicamente, en la otra vida. Sólo si el justo sufriese en 
la eternidad la Providencia sería imperfecta. 

La felicidad del justo en el presente es solamente una felicidad de esper- 
anza, que no tiene por objeto los bienes finitos, sino el bien infinito y último. 

Por ignorar la causalidad trascendente, el OR propone quitar a Dios una 
parte de la Providencia y asignársela al hombre, introduciendo una especie 


40.5. Origen moral del dolor humano 933 


de dualismo: Lo que debemos aprender es una verdad que ha sido descuidada 
por un descaminado discurso sobre lo que se ha llamado Providencia divina. 
Es el hombre, no Dios, quien tiene la responsabilidad del mundo, que Dios ha 
creado pero ha confiado al cuidado del hombre. Lo que llamamos Providencia 
se ejercita a través de las decisiones del hombre. 


Esta última sentencia, que tiene un sentido correcto si se entiende que 
la causa primera rige el mundo mediante las causas segundas situadas por 
debajo de ella, tiene un sentido incorrecto en el autor, para el cual las causas 
segundas están a pari con la primera: es decir, son causas primeras. 


Por tanto, llegado a la aporía de las grandes catástrofes naturales, el 
autor las atribuye todas a la causalidad humana y estima que terremotos, 
inundaciones, e incendios, podrán un día ser eliminados íntegramente. 


Es verdad que inmediatamente después el autor modera su providencia- 
lismo antropocéntrico hablando no de la eliminación de las catástrofes, sino 
de la eliminación de sus consecuencias. Sin embargo, son manifiestas las mu- 
tilaciones realizadas en el concepto católico de Providencia y la adopción 
implícita del regnum hominis de la técnica (8831.1 y 32.1). 


Por tanto, como ignora que el flagelo es propicia desventura ordenada 
a los fines morales de la Creación, el autor escribe muy confiadamente: La 
afirmación de que el sufrimiento humano es el castigo por el pecado del hom- 
bre difícilmente puede convencernos cuando pensamos en las terribles enfer- 
medades que golpean a la infancia. (...) Sean cuales sean las implicaciones 
de nuestra doctrina sobre el pecado, no nos consiente sostener que los niños 
hayan merecido tales sufrimientos. El autor prescinde, sin darse cuenta, del 
dogma del pecado original, ya que como enseña Santo Tomás, quaest. de pec- 
cato originali, art. 4, absque omni dubio secundum item catholicam tenendum 
est quod mors et omnis huismodi defectus praesentis vitae sunt poena peccati 
originalis. 


Y ésta no es una tesis de una particular escuela teológica, sino palabra 
de la Revelación: Stipendia... peccati mors (Porque el salario del pecado es la 
muerte, mas la gracia de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro) 
(Rom. 6, 23) y Corpus... mortuum est propter peccatum (Si, en cambio, Cristo 
habita en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto por causa del pecado, 
mas el espíritu es vida a causa de la justicia) (Rom. 8, 10). 


La teoría de los males que se desprende del escrito de OR peca de natura- 
lismo, atribuyendo a natura lo que deriva de un hecho moral, y desconociendo 
la existencia de un pecado de la naturaleza (el original) distinto del personal, 
y que explica los males del mundo y justifica la Providencia divina. 


534 40. Teodicea 


40.6. El mal de la muerte 


En la fe católica incluso la muerte tiene una causa, un significado, un 
fin moral, como moral es el fin de todo el universo y de sus defectos, que 
la Providencia reconduce en el orden de ese fin. El fenómeno significativo 
en la sociedad contemporánea es la degradación axiológica de la muerte y la 
remoción de esa base religiosa sobre la cual todas las civilizaciones la situaron. 
El epicureísmo hizo de la muerte el problema de fondo y de la mortalidad del 
alma la clave de la beatitud. Y puesto que el terror a la muerte invade toda la 
vida, en forma abierta o encubierta, turbándola desde lo profundo, la filosofía 
fue un combate perpetuo contra el terror de la muerte y una búsqueda de la 
serenidad que dominase ese terror. 

Conviene observar aquí que el combate contra el terror a la muerte tuvo 
en Epicuro un alto significado moral, porque era (en aquel estadio religioso de 
la humanidad) terror al más allá, y el más allá era concebido como una pura 
duración sin cumplimiento o conclusión de vida moral, y sin compensación 
de méritos o deméritos: abismo de vida inferior en el que se precipitan todas 
las sombras. Era por consiguiente lo contrario del más allá del Cristianismo, 
en el cual se consuma en la justicia el destino moral del hombre, o más bien el 
fin del universo. La celebración de la mortalidad, negando aquella eternidad 
insensata, puede por consiguiente contemplarse como una propedéutica a la 
doctrina y a la esperanza de la religión. 

La concepción cristiana de la muerte está marcada por dos ideas: la 
muerte es un acto del hombre; la muerte es un momento decisivo de todo 
el destino humano. Ambas ideas quedan anuladas y diluidas en la mentali- 
dad de nuestros contemporáneos. 

Como vimos en 840.5, la religión cristiana considera la muerte como pena 
del pecado, y por tanto no desconoce la tristeza subsiguiente a ella; esta 
tristeza ante la muerte se encuentra también en el hombre-Dios (Mat. 26, 38, 
y Luc. 22, 44). 

Pero la muerte es además el punto en el cual, cerrándose la vida de prue- 
ba, cesa el sincretismo de bien y de mal y se opera la justicia: es decir, la 
conjunción definitiva de la virtud y la felicidad; ésta no es por otra parte más 
que la consumación perfecta de aquélla. 


40.7. Preparación a la muerte y olvido de la 
muerte 


Puesto que la muerte es el punto decretorio de todo el destino del hombre, 
es un acto del hombre, más bien el supremo acto, y no un puro truncamiento 


40.7. Preparación a la muerte y olvido de la muerte 939 


o apoplejía por la cual se desciende del ser individual al indiferenciado no-ser, 
como ocurre con el buey que cae en el matadero bajo el golpe del carnicero. De 
la puntualidad de la vida moral ya hemos hablado en el 829.2 Aquí sólo hace 
falta señalar la soberana importancia que la religión asigna al acto de morir: 
como todos los demás actos morales, tal acto debe ser pensado, predispuesto 
en la conciencia. 

La preparación a la muerte no la ha enseñado solamente el Cristiansimo: 
los platónicos sabían que meditatio mortis, idest meditatio vitae, y estoicos 
y epicúreos consideraron la filosofía como un ejercicio que expolia al hombre 
de esa última túnica de la cual resulta difícil desembarazarse: el miedo a la 
muerte. No fueron las escuelas filosóficas, sino el pragmatismo de la vida, lo 
que indujo a los hombres a desprenderse a través del gozo del pensamiento 
de la muerte. 

Ahora bien, la preparación para la muerte como condición de la conciencia 
moral necesaria para el acto de la muerte fue durante siglos una parte desta- 
cada de la ascética: el ars bene moriendi dio origen a miles de libros y folletos 
divulgativos para el pueblo, constituyó un tema habitual de la predicación, 
y culminó en obras maestras como L'uomo al punto de Daniello Bartoli y la 
carta de Pascal a Madame Périer. 

La preparación para la muerte fue frecuente hasta el Vaticano Il en los 
manuales de piedad y en la práctica devota. En el Ordo vetus, entre las Misas 
votivas había una Missa ad petendam gratiam bene moriendi. 

Tener fija la atención sobre la idea de la muerte es un ejercicio arduo que 
exige una técnica difícil, ya que la muerte parece antinatural y al espíritu le 
repugna, repugnándole sus signos más evidentes: la inercia y la torpeza. Y sin 
embargo, la religión nos obliga a esta difícil preparación, porque la muerte 
del cristiano es un acto, y no solamente la cesación de los actos. 

Los epicúreos intentaron negar que la muerte fuese algo propio del hom- 
bre. 

Los jacobinos formularon el célebre dilema en el dístico: ¿Por qué tantas 
crisis superfluas a causa de la muerte? Mientras tú existas, ella no existe; 
cuando ella exista, tú ya no. Pero la idea de la muerte es inherente a la 
idea del destino total del hombre, y el adagio antiguo la esculpía en las 
mentes: memorare novissima tua et in aeternum non peccabis (Acuérdate de 
tus postrimerías, y nunca jamás pecarás) (Ecli. 7, 40). 

Y el acto preparatorio (o mejor, la disposición preparatoria) es tan- 
to más difícil cuanto que el acto de la muerte no es experimentable du- 
rante su preparación, sino solamente predisponible en el pensamiento; y por 
consiguiente, como observan los estoicos, es preparación a una cosa para la 
cual nunca se puede saber si se está o no preparado. 

Los escritores espirituales insisten sobre la dificultad del bien morir y 


536 40. Teodicea 


la necesidad de prepararse. La oscuridad del espíritu que suele preceder al 
tránsito, junto con las ilusiones que se hace el moribundo por sí mismo y por 
los demás, además de la tentación de desesperación por parte del Maligno, 
hacen difícil ponerse conscientemente ante la muerte. 

Ver todo el Razonamiento primero de la tercera parte de El cristiano ins- 
truido en su ley (Madrid 1897, 4 vol.; compendio en Sociedad Editora Ibérica, 
Madrid 1945), de Paolo Segneri. 


40.8. La muerte imprevista. Pío XI 


Sentiat se mori, darse cuenta de que se muere (exquisita crueldad en 
la orden de Calígula a los verdugos), se convierte en el Cristianismo en un 
imperativo moral y una gracia. La muerte es el supremo de los males para el 
animal, en el cual el principio sensitivo no va unido a un principio inmaterial 
e inmortal como es el intelecto. Pero no para el cristiano, para quien el sumo 
bien y el sumo mal están más allá de la destrucción obrada por la muerte. 

En este aspecto la mentalidad de los hombres de nuestro siglo ha sufrido 
una variación bastante notable: huye de la contemplación de la muerte y 
aparta toda imagen que la recuerde, porque la muerte es lo contrario de la 
vida (es el truncamiento, el no ser). 

Toda palabra, idea, símbolo (incluso la cruz, en cuanto que recuerda un 
suplicio), o gesto referente al fin, es apartado de la conversación social con 
una diligencia vigiladísima, alimentada por un secreto temor. 

El cuidado de morir, haciendo del acto postrero un acto consciente, es 
sustituido por el deseo de una muerte inconsciente. Esa muerte súbita e im- 
prevista que era aborrecida por los hombres, considerada a veces como un 
castigo y despreciada en las admirables letanías de los Santos, se ha conver- 
tido en la aspiración de los hombres, que no solamente la desean, sino que 
llegan a procurársela con la eutanasia activa y anestésica. 

En tiempos se preguntaba: ¿Recibió los sacramentos? ¿Se confesó? ¿Per- 
donó?; hoy, por el contrario: ¿Se dió cuenta de que se moría? ¿Ha sufrido? 

Este cambio de la mentalidad envuelve dos sentimientos: que esta vida es 
toda la vida y su valor consiste en la fruición del placer; y que esta vida no 
tiene el carácter de preparación y maduración para otra. Los dos sentimientos 
confluyen en uno: el de la Diesseitigkett. 

Pío XI manifestó a su Maestro de Cámara, Mons. Arborio Mella di 
Sant 'Elia, su deseo de una muerte imprevista. Aquel Pontífice pedía la gracia 
de tener una muerte imprevista rezando a San Andrés de Avellino; y es cu- 
riosa la devoción del Papa, porque ese santo suele por el contrario invocarse 
para ser preservado de la apoplejía. E igualmente curiosa resulta la razón 


40.9. La muerte como juicio 537 


con la que Pío XI defendía su devoción, oponiéndose vivamente a las obje- 
ciones de Mons. Arborio. El Papa decía que un cristiano debe estar siempre 
preparado ante la muerte, y no le hace falta prepararse. Decimos que es cu- 
riosa porque siendo la muerte un acto, se prepara uno para hacerlo, no para 
no hacerlo: se prepara uno para morir, no para estar muerto. 


40.9. La muerte como juicio 


Hay muchas razones por las cuales la muerte pierde su carácter terrible a 
los ojos del creyente. Aparte de las iluminadas por la filosofía de los Gentiles, 
las hay que son peculiares de la fe cristiana: la muerte del hombre-Dios, el 
ejemplo de los Santos, el mérito del consentimiento (en el cual consiste el 
bien morir), o la esperanza del Reino; por ello San Jerónimo aplicaba a la 
muerte las palabras de la Cantica 1,4: Nagra sum, sed formosa. 

Sin embargo, un especial espanto o por lo menos terribilidad es inherente a 
la muerte por el motivo esencialísimo de que es un juicio absoluto e inevitable 
sobre las obras del hombre y su fidelidad a la ley, ya se tome esta ley como 
idea impersonal y absoluta del orden axiológico, ya se la contemple como 
un precepto tras del cual está una Persona que lo ordena. Ahora bien, la 
conducta del cristiano en espera del juicio divino está fundada sobre todo 
en su esperanza, que en la doctrina católica es esperanza del difícil bien 
consistente en la perfecta justicia. 

A ésta se le acompaña la beatitud celeste. Sin embargo, la prevalencia de 
la esperanza (de una certísima esperanza) no impide esa porción de incer- 
tidumbre que nace de parte del hombre. Además, si bien coexisten en Dios 
justicia y misericordia, el punto de su coincidencia se le escapa al intelecto 
humano. Pero no se le escapa la necesidad de que la virtud se una a la felici- 
dad (y Kant fundamentó en ello el postulado de la inmortalidad del alma), 
ni tampoco la justicia y moralidad de la pena, ya que Dios, que instituye el 
orden moral, no puede ser indiferente al orden que instituye. Él no puede dar 
lugar a una equivalencia final entre la obediencia y la prevaricación. 

La esperanza cristiana es firmísima, y sin embargo admite la incertidum- 
bre sobre la propia salvación eterna. 

Calvino creía encontrar contradicción entre la firmísima esperanza y la 
incertidumbre, y enseñó que todo cristiano debe estar seguro por la miseri- 
cordia de Cristo de llegar salvado a la vida eterna: no es verdaderamente 
fiel sino quien, confiando en las promesas de la divina benevolencia hacia él, 
espera anticipadamente, con plena certeza, su eterna salvación. 

Pero la solución que intenta eliminar de la esperanza todo elemento de 
incertidumbre confunde las dos esencias: la fe, que es segura, y la esperanza, 


538 40. Teodicea 


que es incierta. Y son incompatibles, no pudiéndose esperar aquello de lo 
que se está seguro, ni creer conseguir infaliblemente los que solamente se 
espera. Que Dios premie a los justos con la vida eterna es certeza de fe, no 
objeto de esperanza; pero que Dios me premie a mí en particular es objeto de 
esperanza. Tal esperanza es firmísima, si contemplo la fidelidad y potencia de 
quien me promete la vida eterna; es sin embargo pura esperanza (expectación 
en suspenso) si contemplo mis obras buenas, que son la condición exigida para 
la promesa. 

El elemento de incertidumbre ínsito en la esperanza sobre el estado moral 
del hombre es una verdad de fe, hecha dogma en Trento (ses. VI, cap. II), 
que definió ser perpetuamente versátil durante la vida mortal la voluntad del 
hombre, y que por lo tanto nadie puede estar seguro de su propia salvación. 
La definición se apoya en Eccl. 9, 1: nadie sabe si es afecto o no a Dios. 

Naturalmente, examinando y consultando a su propia conciencia, el hom- 
bre puede aprehender su propio estado moral; pero deja incertidumbre sobre 
tal aprehensión la profundidad del alma, la cual como dicen los Padres scatet 
mysteriis, produce pensamientos de humildad que proceden de una raíz de 
soberbia, pensamientos de amor que disimulan el odio, pensamientos buenos 
que son demonios transfigurados en ángeles de luz. 

Esta profundidad del alma, por la que resulta difícil la autoconciencia, 
fue conocida mucho antes de Freud por los escritores espirituales, que sabían 
de la existencia en el hombre de pensamientos y voluntades inadvertidas que 
pueden envenenar y extraviar nuestra intención. De ahí el ejercicio de purifi- 
cación de los deseos tan común en la ascética católica. La preparación para 
la muerte incluye por consiguiente la esperanza y el temor en la prospectiva 
del juicio divino, y puesto que de éste depende la duración eterna de la feli- 
cidad o miseria del hombre, asume un carácter de acto a la vez esperanzado 
y tremendo. 


40.10. Justicia y misericordia en la muerte 
cristiana 


La moderna teología tiende a identificar el momento de la muerte con el 
encuentro con el Cristo Salvador, evitando hablar del Cristo juez. Así, de los 
dos motivos que hacen terrible la muerte (ser consecuencia del pecado y ser 
el instante del juicio), el segundo resulta pasado por alto. 

Sin embargo la Revelación no admite duda. No hace falta alegar el Viejo 
Testamento, completamente recorrido por la terribilidad de los juicios divinos 
antes y después de la muerte. 


40.10. Justicia y misericordia en la muerte cristiana 939 


Basta la revelación sobre el juicio final de gracia o de condena hecha por 
Cristo en el cap. 25 de Mateo, donde se encuentran palabras de rechazo de 
las vírgenes imprudentes y del siervo infiel. En él se establece la idea de la 
discriminación entre réprobos y elegidos: ovejas y cabras, misericordiosos y 
crueles, venite benedicti, discedite maledicti. 

No menos detallado está el juicio en Hebr. 10, 30-31: mihi vindicta et 
ego retribuam (Mía es la venganza; Yo daré el merecido) y : Horrendum est 
incidere in manus Dei viventis (Horrenda cosa es caer en las manos del Dios 
vivo). Y es cierto que mantener la balanza entre esperanza y temor siempre 
resultó difícil, puesto que las generaciones, fortalecidas por la desventura o 
reblandecidas por la prosperidad, fluctuaron siempre entre una tremebunda 
y alegre esperanza, y un esperanzado y vigilante terror. 

Pero los dos extremos de la cadena deben unirse para formar un círculo 
sólido. La idea del temor al juicio es esencial a la religión, agitó desde lo más 
profundo y desde lo más íntimo a los pueblos cristianos, y animó el arte con 
obras maestras como la Capilla Sixtina de Miguel Angel, el anónimo Dies 
Irae, y el arte fúnebre de los mausoleos barrocos. 

La liturgia de difuntos, antes de la reforma, estaba informada por la idea 
del juicio, que es en realidad primaria, puesto que el juicio por sí mismo no es 
misericordia ni castigo, sino precisamente juicio, y su carácter terrible nace de 
ser un juicio. Pero dentro de aquella mentalidad corría también la idea alegre 
de la esperanza, ya que en las Missae pro defunctis se rogaba de Dios para 
los difuntos la luz eterna, repitiendo la motivación quía plus es, se llamaba 
al Señor veniae largitor et humanae salutis amator, indulgentiarum dominus, 
el cui proprium est misereri semper et parcere, y cuius misericordiae non est 
nNUMETUS. 

En el fondo estaba sin embargo la idea del juicio, y en la primera de las 
tres Misas el Evangelio era el de Juan 5, 29 que anuncia el juicio escatológico: 
Et procedent qui bona fecerunt in resurrectionem vitae, qui vero mala egerunt 
in resurrectionem iudicii (y saldrán los que hayan hecho el bien, para resur- 
rección de vida; y los que hayan hecho el mal, para resurrección de juicio). 

Que la idea de la muerte cristiana contiene esperanza y temor aparece 
también en el Cántico de San Francisco, que alaba al Señor por nuestra her- 
mana muerte, pero añade súbitamente: ¡Ay de aquéllos que morirán en pecado 
mortal!, y al contrario Bienaventurados aquéllos a quienes encontrará hacien- 
do tu santísima voluntad . 

Incluso en el rito de las exequias se señalaba (aunque no más que la 
divina misericordia) la prospectiva del juicio, y en el oremus previo al Libera 
me Domine se proclamaba elevadamente que nadie es justificado si no es por 
la gracia absolutoria de Cristo, y se suplicaba: Non ergo eum tua ¿udicialis 
sententia premat, sed gratia tua illi succurrente mereatur evadere iudicium 


540 40. Teodicea 


ultionis. 

Después, en el Libera, la escena grandiosa del juicio final en el temblor 
de tierra y cielo dejaba atónitos a los corazones humanos e incluso a toda la 
naturaleza, pero no faltaba a dies magna et amara valde la consolación final 
de la luz eterna, incluso en el Dies ¿rae. 

La esperanza condujo no raramente a una especie de alegría. En el célebre 
Trionfo della morte de Clusone in Val Seriana, una de las manifestaciones 
más impresionantes del sentimiento de la muerte propio de las generaciones 
pasadas (siglo XV), uno de los elementos que componen la escena proclama: 
¡Oh tú que sirves a Dios con buen corazón! / No tengas miedo de venir a 
este baile. / Ven alegremente y no temas / porque a quien nace le conviene 
morir. 


40.11. Olvido de la idea del Juicio 


En la mentalidad postconciliar y en la reforma litúrgica la idea de la 
muerte como juicio y discrimen absoluto retrocede y desaparece detrás de la 
idea de salvación eterna: ya no se trata de una comparecencia judicial, sino 
de una continuidad inmediata de la vida terrena con la salvación eterna. Se 
expolia a la muerte de su carácter incierto y se la representa como un evento 
que nos introduce inmediatamente en la gloria de Cristo. Son generalmente 
expulsadas del nuevo rito las palabras que aluden al juicio, al infierno y al 
purgatorio, de las cuales no huían las preces por los difuntos. De las letanías 
de los Santos fue expulsada la invocación: In die tudicii libera nos Domine. 

La muerte resulta ser un evento unívoco, no un encuentro con Cristo juez 
(como se dice en el Credo: qui venturus est iudicare), sino con Cristo salvador. 

De ahí el carácter llamado pascual de la nueva liturgia de difuntos, el canto 
del alleluia, la expulsión del Dies irae, o la sustitución de los ornamentos 
negros por otros violetas o rosáceos. 

Toda esta variación no se realiza como una preocupación por iluminar 
mejor un aspecto dado de una verdad compleja, sino como el sentido auténtico 
y finalmente recobrado de la muerte cristiana. Tampoco falta la habitual 
denigración del pasado histórico de la Iglesia, pues no se contenta con colo- 
rear la esperanza (no suficientemente celebrada en la concepción judicial) y 
llega a afirmarse que contemplar la muerte cristiana como un juicio y por 
consiguiente con sentimientos de temor es un cristianismo bien lánguido. 

Es verdad que en la segunda Misa el nuevo rito incluye el Evangelio 
escatológico de Mat. 25, pero en la aclamación precedente se conserva sólo el 
Benedicti, y al interpretarlo el Messale del l'assemblea cristiana, editado por 
la Conferencia Episcopal italiana, el sentido del pasaje se reduce a la venida 


40.12. Dignidad de la sepultura en el rito católico 541 


de Jesús, otra vez Mesías, que hace pasar a sus elegidos de su reino al del 
Padre. 

El significado del término elegidos, que envuelve la idea de distinguir, 
preferir, extraer de una masa, y remite a la idea de la predestinación, es rec- 
hazado por la nueva tanatología. En la anterior instrucción, previa al citado 
Misal, en la liturgia de difuntos se define que la muerte es esencialmente 
no-muerte, vida, gloria, resurrección (p. 1300). 

Se establece así una ilegítima identidad entre dos conceptos: la resurrec- 
ción por la que reciben la vida los cuerpos (que es universal sin consideración 
del mérito moral) y la resurrección por la cual las almas fieles reciben la vida 
eterna. La primera resurrección no está causada por un juicio de méritos, pero 
la segunda sí, y tiene como alternativa la segunda muerte (no mencionada 
aquí de ninguna manera). 

Sí se cita de pasada la necesidad de la purificación para las almas que 
se salvan, y se expone una amorfa teoría del Purgatorio, sin usar en ningún 
momento el término usado por la Iglesia: pero no se menciona la alternativa 
de la perdición eterna. En fin, los cuatro novísimos parecen reducidos a dos: 
muerte y paraíso. La religión tiene sin embargo miles de ejemplos de muerte 
lúcida en la cual no exulta una insensata esperanza, ni inquieta o perturba 
el fin una desconfianza injuriosa para Dios. 

Rosmini y Enrichetta Manzoni prestaron en la hora de su muerte un 
homenaje a tal fe de la Iglesia. 


40.12. Dignidad de la sepultura en el rito 
católico 


No siendo la muerte un acto de consentimiento y ofrecimiento, y perdi- 
endo su carácter de crisis (juicio y separación, de donde viene el cribro en el 
arte de los mausoleos), también pierde solemnidad la sepultura. Y así como 
debilitándose la idea religiosa de la vida eterna decae igualmente la gravedad 
y solemnidad de la muerte, convertida en pura accidentalidad del mundo, 
los ritos y vestidos fúnebres deben igualmente decaer y dejar lugar a simples 
prácticas de levantamiento del cadáver. 

La locución mettere via un morto para decir que se le da sepultura, evi- 
dencia su trágica crueldad: sepultar a un hombre es quitarlo de en medio, 
separarlo totalmente de la sociedad humana. La civitas hominis, habiendo 
identificado la vida con la sensación placentera, repugna a toda perspectiva 
de muerte. Este sentido del quitar es ajeno completamente a la religión, que 
cree en la otra vida, o más bien en la continuidad de las dos vidas, una como 


542 40. Teodicea 


antesala de la otra. No hay entre esta vida y la otra esa contraposición tan 
vivamente sentida por los modernos, para quienes aquélla estropea ésta y es 
estropeada por ésta. 


Y precisamente por el sentido de esa continuidad, el acto de morir, im- 
plicando un destino sin fin, tenía grandeza y dignidad; precisamente por eso 
recibía los cuidados de la comunidad y de la Iglesia. 


No ocurría en todas partes como en ciertas diócesis de Francia, cuando 
toda la comunidad se reunía en torno al moribundo continuando durante días 
salmodias, oraciones, actos de piedad y de religión. Sin embargo la muerte, 
considerada un acto decisivo y difícil, no se abandonaba al hombre solitario. 


El admirable Ordo commendationis animae, en el cual a la ternura y a la 
compunción se unen las más audaces esperanzas, acompañaba al agonizante 
en todo momento con súplicas a Dios, con invocaciones a los ángeles y a los 
Santos, y con intimidaciones al Maligno. Este rito era eminentemente comu- 
nitario, ya que se asociaban en él la Iglesia angélica, la Iglesia triunfante, y la 
Ielesia viadora; se fundaba sobre la idea del juicio y de la misericordia, convo- 
caba en torno al moribundo todas las potencias y las bellezas de la religión; 
leía todo la Passio, celebraba y narraba todas las liberaciones del Señor en la 
extrema agonía del hermano. Y al llegar la expiración, la acción se hacía pre- 
sionante y afanosa: Cum vero, decía la rúbrica, tempus expirationis instirerit, 
tum maxime ab omnibus circumstantibus flexis genibus vehementer orationi 
instandum est. De tal modo, después del Proficiscere anima christiana, del 
Libera Domine, o del Agnosce, Domine, creaturam tuam, se consumaba el 
acto de la muerte en el seno de una comunidad verdaderamente unida ad 
convivendum et commoriendum. El rito era una acción de toda la Iglesia ce- 
leste y terrena, que socorre al moribundo, quien realizaba los actos que podía 
y era suplido en los que no podía. 


Las exequias eran después una expresión de piedad y sufragio, y el cadáver 
era honrado con luces, inciensos, y aspersiones de agua bendita. No pronun- 
ciaba el sacerdote ningún elogio del difunto, y más bien incluso les estaba 
prohibido quedarse a escuchar las oraciones fúnebres. La memoria y los sufra- 
gios por el difunto eran renovados in die septima e in die trigesima, y se 
celebraban los aniversarios cantándose también el oficio de los muertos. A 
este respecto, eran minuciosas las disposiciones del testamento, con funda- 
ciones para Misas, legados para obras pías, perdones y prescripciones para la 
tumba. 


40.13. Degradación de la sepultura 543 


40.13. Degradación de la sepultura 


El cuidado de los muertos está ligado a la creencia en la otra vida, a la 
certeza de que con la muerte el hombre se salva o se pierde en la eternidad, 
y por consiguiente a la persuasión de que todas las cosas relacionadas con 
la muerte son importantes para el hombre. Estos sentimientos dan valor a 
toda la vida y a cada una de sus partes, como se desprende del hecho de 
que las lápidas sepulcrales indicaban la medida de la existencia mortal en 
años, meses y días. La marginación del más allá ha causado una variación de 
costumbres que han estudiado muchos autores. 

La civilización de la técnica, oscuramente consciente de no poder romper 
el paño de la muerte (Vincenzo Monti), se arroga sin embargo el derecho a 
disipar de entre los hombres el tremendum de la muerte, aniquilando su valor 
y expulsándola de todo espacio axiológico como el único evento que no tiene 
consecuencias ni significado. Mientras en tiempos se ponía todo en marcha 
para que la muerte fuese preparada y advertida, hoy el arte médico multiplica 
las terapias que salvan la vida, pero ve su propia perfección en la eutanasia, 
y no pudiendo vencer a la muerte, la hace insensible. 

En siglos en que la ciencia médica era infantil y carecía de recursos re- 
finados, y el médico se desplazaba hasta el enfermo (hoy ocurre al revés), 
la enfermedad y la muerte tenían como lugar natural el propio hogar, y los 
familiares eran quienes auxiliaban al hombre en sus sufrimientos y en su 
muerte. Hoy, como exigencia de la prodigiosa diferenciación del arte médi- 
co, la enfermedad y la muerte se remiten al hospital, donde en tiempos sólo 
entraban los desvalidos. 

La solicitud por los cadáveres, considerada obligación primaria de la 
piedad familiar, se remite a las funerarias. Han caído en desuso los ritos 
con que la Iglesia manifestaba la importancia otorgada al destino eterno, a la 
inmortalidad y a la resurrección. La familia, celebrada por la nueva teología 
como la Iglesia doméstica, ya no conoce ningún culto a los muertos. 

En tiempos el hombre vivía su enfermedad en el seno de la familia, ag- 
onizaba en casa, moría en casa. Para recoger su último aliento los parientes 
acudían desde lejos con prisa piadosa. El cadáver era compuesto junto a los 
sagrados Penates, adornado con flores y luces, velado sin descanso noches 
enteras; a su lado se hablaba en voz baja, en la casa enlutada se cubrían los 
espejos. Hoy los cadáveres son evacuados del hospital al tanatorio del hospi- 
tal, y de allí al tanatorio público, donde yacen promiscuamente distinguidos 
por una ficha. 

Se ha abolido el levantamiento del cadáver de la casa obitual hacia la 
iglesia y el camposanto. En muchas grandes ciudades los cadáveres se acu- 
mulan en el obitorio público y allí, sin la presencia de familiares, tres o cuatro 


544 40. Teodicea 


veces al mes son todos rápidamente bendecidos por un sacerdote y después 
llevados a la inhumación o al crematorio. 


40.14. La cremación 


Las exequias no son siempre un signo de religión, y son a veces concedi- 
das por el clero (por razones de decencia o por consideraciones humanas y 
sociales) contra las disposiciones del derecho, que las reservan solamente a 
los cristianos que hayan cumplido el acto de morir con las disposiciones de 
consentimiento, fe y contrición que constituyen el bien morir. 

San Agustín, en el opúsculo De cura pro defunctis gerenda, enseña que 
las sepulturas son sólo indirectamente útiles a los muertos, que ignoran ya 
las cosas de este mundo, pues es visitando las tumbas como los vivos son 
llamados a recordarles y rezar por ellos. 

Sin embargo, hace falta cuidar de los cuerpos en cuanto que fueron com- 
pañía del alma en las obras buenas o malas de la vida, y sobre todo porque, 
después de haber integrado en el curso terreno la persona humana, volverán 
a integrarla en la resurrección final de la que es causa Cristo con su propia 
Resurrección. 

Pero si bien la inmortalidad del alma es dogma de todas las religiones, la 
resurrección de los cuerpos es dogma exclusivo del Cristianismo, y de todos el 
más hostil a la razón y objeto de pura fe, primera y última de las paradojas. 

Cuando San Pablo llega en el año 51 a Atenas, la capital de la teocrasia 
gentil, filósofos epicúreos y estoicos le llevaron del ágora al Areópago para 
escuchar mejor al hombre extraordinario, pero cuando el Apóstol pronunció el 
discurso de la resurrección de los muertos, le abandonaron diciendo: Sobre 
esto te oiremos otra vez (Hech. 17, 16-34). 

También en el paganismo se encuentra la creencia en la inmortalidad del 
alma, pero está completamente ausente su discriminación en función de los 
méritos: todos indistintamente caen en una condición lóbrega, que es una 
vida sin vida. 

Se encuentra igualmente en las religiones teosóficas algún vislumbre de 
discriminación moral y de vida perfecta y feliz. 

Pero en absolutamente ninguna creencia, aparte del Cristianismo, se en- 
cuentra claramente que los cuerpos resurjan un día retomando el hilo de la 
identidad de la persona reconstruida completa (Par. XIV, 45). Esta verdad 
tan hostil a la razón es el punctum saliens del sistema católico; y para ali- 
mentar la fe en ella, la Iglesia, incluso habiendo variedad de sepulturas, desde 
las interiores a las iglesias (costumbre que comenzó con los mártires) hasta 
las de los espacios sagrados alrededor de ellas, desde los cementerios fuera 


40.14. La cremación 545 


del lugar consagrado hasta los cementerios no consagrados, rechazó siempre 
sin embargo la incineración de los cadáveres. En la muerte el hombre ya no 
existe, pero el cuerpo (que fue hombre y será hombre en la resurrección final) 
es digno de respeto y de cuidado. 

La antiquísima y jamás abandonada costumbre de enterrar a los muertos 
deriva de la idea evangélica y paulina de la semilla enterrada y del cuerpo 
que se siembra corruptible y resurge inmortal (1 Cor. 15, 42). La sepultura 
imitaba sobre todo la sepultura de Cristo. La Iglesia no ha ignorado jamás 
que incluso esa reducción a ceniza resultante de la cremación no prejuzga la 
reconstitución de los cuerpos resucitados; pero una religión en la cual toda 
la realidad es signo, no podía desconocer que la cremación de los cadáveres 
en un anti-signo de la resurrección. No es que la incineración contradiga 
directamente la idea de la resurrección, pero ciertamente le roba todo el 
simbolismo de la inhumación y priva de significado incluso a los mismos 
admirables vocablos encontrados por los primeros cristianos: cementerio, es 
decir, dormitorio; camposanto, es decir, lugar consagrado a Dios; deposición, 
no en el sentido físico de poner bajo tierra, sino en el sentido legal por el cual 
el cadáver es dejado en depósito, que se restituirá el día de la resurrección. 

Estos valores simbólicos parecieron tan poderosos que la Iglesia los hizo 
pasar a valores dogmáticos: hacer incinerar el propio cadáver se conside- 
ró comúnmente un signo de incredulidad. 

Aunque muchas veces la preferencia por la cremación pudiese depender, 
más que de la irreligión, del miedo irracional a ser enterrado vivo, el canon 
1203 consideraba ilegítimas y como no puestas las disposiciones testamen- 
tarias para la incineración. El nuevo código (can. 1176) la ha admitido for- 
malmente en las exequias, confirmando la gran innovación de Pablo VI. 

En ciudades donde existe un horno crematorio el número de las incine- 
raciones ha superado rápidamente al de las inhumaciones. La pérdida de la 
originalidad de la Iglesia incluso en cosas de tradición inmemorial y alto senti- 
do religioso forma parte de este fenómeno general de acomodación al mundo, 
decoloración de lo sagrado, invasivo utilitarismo, y eclipse del primordial des- 
tino ultramundano del hombre. 


546 40. Teodicea 


Capítulo 41 


Escatología 


41.1. Consumación de la axiología. El infier- 
no 


En el sistema católico la vida o la muerte eterna constituyen la expresión 
suprema del carácter absoluto de la axiología; y como ya mencionamos al 
referirnos a la puntualidad de la vida moral, son también una paradoja hostil 
a la razón y hostilísima al sistema de la absoluta citerioridad. A ésta le 
repugna que los valores de este mundo abajo deban cumplirse en el más allá. 

El Vaticano II se olvidó del infierno casi totalmente, lo que lamentó algún 
Padre en la LXXX congregación al tratarse el carácter escatológico de la 
vocación cristiana. En los textos conciliares el infierno no se menciona nunca 
con su término léxico propio, y tan sólo una vez tangencialmente con la 
perífrasis fuego eterno * . A la doctrina misma del infierno no se encuentra 
dedicada ninguna perícopa. 

Pablo VI lamentó en uno de sus discursos que las palabras sobre el paraíso 
y sobre el infierno ya no se escuchan (OR, 29 de abril 1971). Pero lo que 
debería lamentar es que los responsables sean los sacerdotes: si éstos callan 
no pueden los fieles oir o escuchar ese discurso. Desaparecido de la enseñanza, 
el infierno ha desaparecido igualmente de las creencias de las multitudes ? , se 
lo niega en su esencia (la eternidad) por teólogos, o aparece reducido, como 
en el epicureísmo, a un puro mito alusivo a la pena inmanente padecida por 
la conciencia culpable. 


1Cfr. las citadas Concordantiae en esas voces. 

“Según una estadística publicada por el OR del 19 de noviembre de 1970 sobre la 
religiosidad del pueblo de Roma, resulta que el 50% de los que se declaran católicos no 
cree ni en el paraíso ni en el infierno. 


947 


548 41. Escatología 


Un episcopado entero, el de Francia * , se ha pronunciado contra el dogma 
del infierno, confirmando la catequesis corriente de los párrocos: El infierno es 
simplemente una manera de hablar de Cristo a hombres poco evolucionados 
religiosamente: posteriormente nosotros hemos evolucionado. 

Aquí se dibuja claramente el dogma del infierno como una forma mental 
propia de pueblo tosco e infantil y rechazado por el catolicismo contem- 
poráneo. 

Ciertamente no es reprensible (nos parece) el teólogo que lima de la noción 
del infierno todos los añadidos poéticos y fantásticos que le acompañan en 
las grandes obras maestras de la literatura y del arte. Quizá tampoco lo 
es incluso si lo borra de la categoría de lugar, convirtiéndolo en un estado 
puramente moral (p. 296). Sin embargo, identificar un dogma con un mito 
es una operación condenada por la teología católica. Ahora bien, los obispos 
de Francia no se recatan al rechazar frontalmente la axiología del infierno. 
Pese a ello, el infierno supone lo absoluto de la justicia, que se eleva en la 
eternidad sobre el polvo de las justicias humanas y mantiene en la eternidad 
el carácter absoluto de los valores. 

Para los obispos franceses, ver en el infierno un castigo que Dios infligiría 
a alguien que, consciente de sus faltas, no se arrepintiese, es inaceptable. 
Inaceptable también el temor engendrado por la enseñanza de que si la muerte 
nos sorprende en estado de pecado mortal, supone la condenación (p. 296). Sin 
embargo, esta enseñanza es ad litteram la de los Concilios, y su impugnación 
por parte de los obispos pone sobre el tapete el problema de la infalibilidad 
de la Iglesia. La existencia del infierno es de fe divina y catolica, y es de fe 
divina que existen condenados. Así lo insinúa Cristo sobre Judas, el hijo de 
perdición, que debe morir (cfr. Juan 17, 12 «y ninguno de ellos se perdió sino 
el hijo de perdición, para que la Escritura fuese cumplida»), así como en las 
clarísimas palabras sobre el juicio final en Mat. 25 y en la parábola de la 
cizaña. 

Incluso escritores considerados católicos han rechazado el infierno como 
algo incompatible con las leyes de la religión. Podría citarse El Diablo de 
Giovanni Papini si, como escribe el OR en un artículo titulado Una condena 
superflua, la sustancia doctrinal del libro no fuese nula y su autor, que cita 
al Evangelio creyendo citar a San Agustín, no debiese ser enviado a clases de 
catecismo. 

Más digna de consideración es la negación del infierno de Jacques Maritain 
en su obra póstuma Approaches sans entraves, París 1974, donde sostiene la 
amnistía final de Satanás, al ser enviado, gracias a la oración de Cristo, a 


3En el volumen Des évéques disent la foi de l'Eglise, París 1978. El capítulo sobre el 
infierno es de Mons. FAVREAU, auxiliar de La Rochelle. 


41.2. Apología del infierno 549 


la felicidad natural del Limbo junto con los párvulos muertos sin bautizar. 
Según Rahner, la negación de la eternidad de las penas y la universalidad de 
facto de la salvación son una novedad debida al Vaticano II, y una piedra 
miliar en la fe de la Iglesia. Es la fantasía de Víctor Hugo, La fin de Satan. 
Siguiéndole, dice Maritain: un día todos los habitantes de los Infiernos (...) 
todos los reprobados, serán perdonados (p. 30). 

Este Hosanna elevado a Dios desde el infierno tiene precedentes, aunque 
todos heréticos, incluída la célebre teoría de la apocarástasis de Orígenes, 
si tal es su sentido. Muchos teólogos profundizaron las razones teológicas y 
filosóficas del infierno y muchos se dedicaron, al contrario, a quitarle nervio 
al dogma. Campanella, en su opus magnum, sostiene la tesis ortodoxa y 
refuta los argumentos contrarios, que en su juventud le habían parecido con- 
cluyentes. No faltan pues en la literatura teológica las apologías del diablo; 
y las modernas, muy numerosas, tienen un antecedente en la curiosa obra de 
Bartolo da Sassoferrato (siglo XIV) Tractatus procuratorius ? . 


41.2. Apología del infierno 


Los errores que pululaban en la escatología impulsaron a la Congregación 
para la Doctrina de la Fe a dar a la luz pública un documento correcti- 
vo dirigido a las Conferencias episcopales (OR, 16-17 de junio de 1979). El 
documento señala una lenta corrupción y progresiva disolución de algunos 
artículos del Símbolo de la Fe en el pensamiento común de los fieles. En- 
cuentra la causa en la enorme libertad y publicidad de las disputas entre 
teólogos, pero el habitual eufemismo le hace callar sobre la connivencia de 
gran parte del episcopado. El documento reafirma el punto cardinal de la 
religión católica, la resurrección de los cuerpos; confirma la doctrina tradi- 
cional de la supervivencia tras la muerte de un principio de conciencia y de 
voluntad; defiende el término anima con que la Iglesia ha designado siempre 
tal principio, negando la existencia de motivos para cambiarlo; y recalca el 
dogma de la vida ultraterrena, en la cual reciben los justos un paraíso de 
vida eterna y los réprobos un infierno eterno de segunda muerte. 

La eternidad de la felicidad es razonable y aceptable para el espíritu 
humano. Es razonable porque la intuición de la Verdad infinita y la posesión 


“Paralela a la negación del infierno es la de la existencia del diablo. Es singular a 
este propósito la palinodia que en OR, 20 noviembre de 1982, hace el Card. SUENENS: 
después de haber callado largamente sobre la existencia del Maligno, hace ahora de la 
lucha sostenida por los espíritus del Mal contra el género humano una de las verdades 
principales de la religión: No dudo en confesar no haber puesto lo suficiente de relieve, en 
mi ministerio pastoral, el papel del Espíritu de las tinieblas. Me siento hoy en el deber de 
atraer la atención sobre él. 


5590 41. Escatología 


del infinito Bien excluyen la posibilidad de querer conocer algo fuera de la 
verdad, o querer ningún otro bien separadamente de ése que los incluye a 
todos. La repugnancia surge, al contrario, hacia la eternidad de las penas. 
Y aquí conviene anticipar la aguda observación de Abbadie en Traité de la 
vérité de la religion chrétienne, vol. 11, p. 402. El amor propio no encuentra 
desproporcionada la eternidad feliz, pero le disgusta la eternidad de las penas. 
¿Por qué (dice), sino porque quiere hacerse ilusiones? 

Sin embargo las aporías del infierno no son solamente la expresión de 
sentimientos superficiales: son profundas, y su solución debe buscarse en lo 
profundo; aquí más que nunca se verifican las palabras de Demócrito de que 
la verdad se encuentra en lo profundo. 

Según los obispos de Francia (op. cit., p. 292), el infierno es un escándalo 
para Dios mismo, un sufrimiento para Él, el fracaso de su amor salvífico. 
Esta objeción contra el infierno depende de concepciones metafísicas. 

Se cree que el sistema de la Providencia es malo porque contiene algún 
mal, y de este modo es incompatible con el amor divino, que todo aquello 
que quiere lo quiere hacer, y lo hace, bueno. Sin embargo, el infierno es obra 
de amor, y Dante no teme unir el eternal dolor con el amor primero: Fue la 
justicia quien movió a mi autor. / El divino poder se unió al crearme / con 
el sumo saber y el primo amor (Inf. III, 4-6). 

Todo ente, en cuanto constituído por su entidad, es un bien en sí mismo; 
pero la finitud y el enlace entre los entes hace que en su relación con los otros 
le pueda llegar algo bueno o malo. El acto de adulterio es algo positivo en 
cuanto ejercicio de una facultad vital y productiva de vida, pero es un mal 
considerado en relación con la ley moral y con las lesiones jurídicas hacia el 
prójimo. Puesto que el mal es relación, en Dios (que es infinito e irrelativo) 
no hay mal alguno: Él es bien por sí mismo y para todos los bienes creados. Y 
así como éstos se constituyen como entes gracias a su Ser y son verdades por 
su Verdad, igualmente son buenos por su Bondad. Y ni siquiera la muerte 
y el infierno son males en Dios, porque el infierno es bueno para castigar el 
mal, consumando la justicia; y la muerte es buena para hacer ser una cosa a 
partir de otra, hacer nacer y mantener la vida del mundo, y manifestar, en 
una cuasi-infinidad externa, la infinidad interna divina. 

Sería una derrota (un absurdo plantado en medio de la religión) si el 
infierno fuese algo fortuito que perjudicase el plano divino. Se trata sin em- 
bargo de una parte del universo, que es bueno en cuanto universo y cuya 
bondad resulta de partes que tomadas singularmente ríen o lloran una con la 
otra; pero que tomadas todas juntas forman un compuesto bueno, más bien 
óptimo, querido por Dios con voluntad óptima y perfecta. 

Me conviene concluir esta breve apología del infierno con una observación 
que puede (si es posible y en la medida en que lo sea) borrar el carácter hostil 


41.3. La eternidad de las penas dol 


con el que se presenta la idea del infierno en general. 

En una concepción católica, ésta debe restringirse al núcleo teológico que 
dijimos, abandonando al libre juego de las facultades extralógicas del espíritu 
la misión de hacerlo fantasioso. Tales facultades tienen grados elevados en el 
arte, bastando mencionar a Dante y a Miguel Angel. Pero el infierno católico 
no es el infierno paroxístico descrito a menudo en los catecismos (aunque 
no en el del cardenal Gasparri) como un estado en el que se sufre todo mal 
sin mezcla de bien alguno. Tal estado es metafísicamente un absurdo, pues 
excluye la misericordia divina (que sin embargo se ejercita también sobre 
las penas), así como el sentido de orden derivado de la justa ubicación del 
condenado en el desarrollo moral del mundo. La condición de los condenados, 
si se puede arriesgar una metáfora, debe asemejarse menos a un paroxismo 
que a una jornada infinita de oscuro y tétrico tedio. 


41.3. La eternidad de las penas 


Que el infierno sea una derrota y una irracionalidad se puede sostener 
solamente si se profesa el error antropocéntrico. Si el fin del mundo fuese el 
hombre, faltando el hombre a su fin la Creación misma faltaría al suyo, y 
sería un fracaso. Pero el fin del obrar divino en la producción ad extra no 
es distinto del de la producción ad intra: la gloria de Dios, no la gloria del 
hombre. Se puede ciertamente decir que el hombre es el fin del obrar divino, 
pero no el hombre-hombre, sino el hombre-Dios, Cristo, quien recapitula en 
sí toda la Creación (8830.1-30.5). 

La negación del infierno tiene una genealogía antropocéntrica, y como dice 
Abbadie su origen es el humano amor propio, que olvida que Dios no perece 
porque perezca el hombre. Además tampoco el hombre perece, siendo salvado 
en Cristo. El punto fundamental de la teodicea católica es la necesidad de 
una visión holística para hacer un juicio sobre una criatura individual y sobre 
su destino. La muerte es algo negativo en el orden del mundo, ya que todo 
ente es vida en Dios: y el infierno mismo, en la medida en que es, es vida en 
Dios. 

La liturgia expresa claramente esta verdad en la invitación del Oficio de 
difuntos: Regem cui omnia vivunt, venite adoremus, que retoma Luc. 20, 
38: omnes enim vivunt ei (pues todos para Él viven). Y que el individuo 
singular no es su propio centro, sitio que lo tiene fuera de sí mismo en Dios, 
lo enseña aún más claramente Rom. 14, 7: Nemo nostrum sibi vivit et nemo 
sibi moritur. Sive ergo vivimus, Domino vivimus, sive morimur, Domino 
morimur. Sive ergo vivimus, sive morimur, Dominí sumus? . 


Porque ninguno de nosotros vive para sí, ni nadie muere para sí; que si vivimos, 


992 41. Escatología 


La total y perpetua servidumbre del hombre hacia Dios excluye que donde 
el hombre no alcance su propio fin de felicidad cese su finalidad, que es pre- 
cisamente non sibiz, sed Deo. Retomando analogías agustinianas, en la unidad 
del universo las contrariedades, los males y el infierno son como semitonos en 
música y sombras en pintura: bellas en la armonía y en el cuadro, es decir, 
en la totalidad, aunque en sí mismas sean defectos de tono y de luz. 

Permanece con toda su fuerza la objeción contra la eternidad del infierno. 
Parece que una pena eterna y una infelicidad estacionaria del alma repugnan 
a la noción misma de pena * . Tanta eficacia tiene la pena, cuanto restablez- 
ca el orden de la justicia reequilibrando el desorden. No es justo, y así lo 
proclama la voz incansable de la conciencia universal, que el malvado sea 
feliz. Si la pena debiese ser siempre la misma, no operaría en ningún grado 
el restablecimiento de la justicia, y por tanto sería nula como pena. 

Podría permanecer en cuanto realidad causante de dolor, pero así degrada- 
da a un puro hecho sería irracional e indigna de la divina perfección. Debe 
responderse a esa objeción que incluso faltando la enmienda del condenado, 
no falta sin embargo el restablecimiento de la justicia. Aquí hay que remitir 
al arduo principio de la puntualidad de la vida moral (329.2). En todo mo- 
mento de la vida el hombre debe prestar a la ley de Dios un obsequio total. 
Ahora bien, en esa peculiar duración que es la participación en la eternidad 
del infierno, en cada momento de rechazo que la voluntad culpable reitera 
ante el infinito axiológico, se tiene una correspondiente cobranza de la pena. 

Por consiguiente no se trata de que la pena dure porque sea nula como 
pena en cada momento: al contrario, actúa en cada momento lo que le es 
propio actuar, pero en todo momento surge nuevamente el débito, y por eso 
la pena es perpetua. Así como en todo momento temporal el alma viadora 
está obligada a prestar a Dios un culto absoluto (pero incluso si lo presta no 
queda liberada de prestarlo en los momentos sucesivos), así el alma conde- 
nada satisface en todo momento a la divina juticia con la debida expiación, 
pero no por ello queda exonerada de prestarla en los momentos siguientes. 
En resumen, el principio de la eternidad de la condena es idéntico al de la 
eternidad de la beatitud: en ambos casos el infinito axiológico exige la in- 


vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Seor. Luego, sea que vivamos, sea 
que muramos, del Seor somos 

SLa tesis de que la pena es legítima solamente si se dirige a la reinserción del reo 
está haciéndose común en el derecho penal contemporáneo. Si se la acoge, no queda más 
que admitir la libranza de las penas infernales en el punto en que la purgación fuese 
cumplida, o bien imaginar una progresiva disminución de las penas in infinitum y por 
consiguiente un infierno eterno pero infinitamente decadente, como quiso GIOBERTI en 
Filosofia della Rivelazione, Turín 1856. Así como el paraíso es un acrecentamiento infinito 
y jamás consumado, así el infierno sería una disminucin infinita del dolor y de la culpa, 
que no se consumaría jamás. Op. cit., p. 351. 


41.4. El infierno como pura justicia 993 


finidad del obsequio, no sólo en un momento, sino en la totalidad de los 
momentos. 


41.4. El infierno como pura justicia 


En el infierno, por consiguiente, desaparecen todas las funciones secun- 
darias de la pena, quedando su única esencia: la justicia. Ni los condenados 
se enmiendan ni el Cielo tiene que defenderse de ellos, habiendo entrado 
a formar parte del orden supremo del mundo; y si se puede decir, aunque 
no por elección libre, tampoco estrictamente coaccionados. El juicio final es 
de hecho la manifestación del estado moral del mundo y la apertura de las 
conciencias, antes desconocedoras del mal mismo que las depravaba. 

Tal apertura es indicada en la Biblia con la metáfora de los libros abiertos. 
Pero es un hecho intelectual que se opera en la mente de los juzgados, sea 
mediante la reminiscencia de los actos propios, sea mediante la revelación 
de los actos ajenos; y es además un hecho espontáneo, ya que los impíos no 
serán rechazados por alguien externo, sino por los movimientos interiores de 
su conciencia, en conflicto consigo misma y en sí misma, según las profundas 
palabras de Rom. 2, 15: testimonium reddente illis conscientia ipsorum, et 
inter se invicem cogitationibus accusantibus aut etiam defendentibus ” . Es 
auténtico el infierno inmanente de aquí abajo cantado por Epicuro y Bossuet, 
pero es sólo la anticipación del infierno del más allá, y parte de él. Místicos, 
teólogos y poetas han señalado el elemento de espontaneidad que aparece 
en la condenación. Los condenados del Infierno de Dante muestran un ansia 
impaciente de lanzarse a la pena: y prontos son a atravesar el río, / porque 
el juicio eternal los espolea, / y les muda el temor en ansia y brío (Inf. III, 
124-126). Y la razón es la siguiente. Ellos aborrecen la perdición, porque es 
un desorden radical de su ser, desviado fuera de su fin. Sin embargo la desean, 
porque ordena al menos extrínsecamente ese desorden radical. Porque como 
observa profundamente Santa Catalina de Génova en el lugar citado por 
Cesari, si el alma no encontrase en ese punto esa ordenación procedente de 
la justicia de Dios, quedaría en un infierno mayor que cualquier otro, por 
encontrarse fuera de ella. Bajo este aspecto, el infierno es también una obra 
de misericordia. Que la impaciencia por entrar en la perdición prevalezca 
sobre el terror al tormento es la prueba última de que el fin del hombre 
está más allá del hombre: es el orden del mundo. 

Pero desaparecida también la acción de enmienda sobre el condenado, 
¿acaso desaparece toda acción mitigadora de la pena? Ni mucho menos. La 


"Por cuanto les da testimonio su conciencia y sus razonamientos, acusándolos o ex- 
cusándolos recíprocamente 


554 41. Escatología 


acción divina, mientras conserva, también perfecciona y promueve el ser: no 
puede no ejercer también sobre los condenados éste efecto suyo, disminuyendo 
el mal y acrecentando por tanto el bien. Y esto no es verdad porque todo ser 
progrese con su conservación, sino porque entre mal y bien progresa el ser en 
su totalidad universal. Ahora bien, a este respecto también el universo recibe 
perfección de los condenados, porque la pena eterna de los réprobos, como 
se ha visto, es una eterna renovación de la justicia. También los condenados 
dan significado al mundo; y aunque ellos mismos no mejoren, son útiles a 
los salvados, que ven en ellos y gozan de la justicia: Laetabitur iustus cum 
viderit vindictam (Sal. 57, 11); y también ven los males de los que han sido 
preservados por la divina misericordia. 

Permanece la objeción obvia de la desproporción entre un pecado de du- 
ración finita y una sanción de duración infinita. Se responde que la com- 
paración no debe hacerse entre duración finita del mal y duración infinita 
de la pena, sino entre el valor axiológico del acto y la infinidad de la pena. 
En la misma vida civil las penas no se imponen en función del tiempo de 
consumación de la culpa, sino de su relevancia axiológica. 

Es la respuesta clásica, siempre repetida y que siempre se va a repetir. 

Si contemplado como acto existencial encerrado dentro del tiempo el peca- 
do es finito, no lo es contemplado como aquello mediante lo cual la criatura 
realiza o niega su propia relación con el infinito axiológico. En este sentido, 
la voluntad más fugaz (siempre que sea verdadera volición) lleva junto a su 
valor de actualidad efímera un sobrevalor de realización axiológica por la cual 
se comunica con el mundo arquetípico y eterno. En esta relación está funda- 
da en el catolicismo la dignidad eminente del hombre, y en ella consiste la 
seriedad moral de la existencia. 

Es una especie de ucronía de la moralidad, ya barruntada por los estoicos 
y los epicúreos. Sin embargo ellos proclamaron ilegítimamente la irrelevancia 
de la duración en orden a la beatitud. No es irrelevante: es requerida por una 
especie de postulado. En Kant dicho postulado está fuera de la razón pura, 
en la esfera del sentimiento; pero en el catolicismo es una idea que expresa 
la relación entre criatura y Creador, entre valores y la fuente de los valores. 
Es el punto en el que el mundo trascendente y arquetípico se compatibiliza 
con el creado. 

La infinidad de la sanción ultraterrena es en último análisis la traduc- 
ción más allá del tiempo de la infinidad axiológica de la vida del espíritu. 
Se conecta profundamente con la diferencia entre las esencias tantas veces 
reiterada en este libro. Si el infierno acabase finalmente en paraíso, si no 
resistiese a la trasmutación escatológica, esta diferencia existiría solamente 
como arquetipo. 

El argumento es muy socorrido, pero tiene una fuerza inexpugnable. 


41.4. El infierno como pura justicia 999 


No se trata de responder a un pecado contra el Infinito con una pena 
al menos extensivamente infinita. Se trata de mantener la diferencia entre 
las cosas y de proclamar que no pueden ser abolidas por obra del tiempo. 
Si se diese la apocatástasis origeniana, después de unos siglos la virginidad 
y el prostíbulo serían lo mismo y el pasado resultaría negado, dado que no 
nos importa cómo fuimos, sino cómo seremos en la eternidad. Incluso en el 
orden escatológico del mundo el tiempo puede devorar las realidades de este 
mundo, pero no invertir los valores. Éstos están inalterablemente en Dios: si 
no estuviesen también impresos en el mundo y participados por el mundo, 
la Creación sería como si no fuese. Esto es tan cierto para los valores de 
justicia como para los valores de misericordia. El judío de Auschwitz será en la 
eternidad el judío de Auschwitz, y su verdugo Eichmann será en la eternidad 
su verdugo Eichmann. El infierno es la diferencia entre Eichmann y el judío 
de Auschwitz: es la conservación de las esencias. Lo único aniquilable es la 
culpa, anulada por obra de la misericordia divina mediante el perdón; pero 
previo arrepentimiento del hombre, y no sin él. 


996 41. Escatología 


Capítulo 42 


Epílogo 


42.1. La variación como «elección». Verdad 
concebida y verdad sentida 


Nuestro libro concluye retornando a su principio y retomando el motivo de 
sus primeros epígrafes: si el fenómeno examinado consiste en una variación de 
fondo o de superficie, en desarrollo o corrupción, en evolución o trasmutación 
catastrófica. En su célebre Historia de las variaciones de las Iglesias protes- 
tantes, Bossuet señalaba como síntoma de error la variabilidad y novedad 
de la doctrina, y refería la herejía es decir, a la elección subjetiva erigida 
en criterio de las cosas de fe ($82.3-2.7). Ahora bien, el espíritu subjetivo 
puede ejercitarse perfectamente sobre las verdades de fe sin alterarlas, antes 
al contrario, apropiándoselas de modo más profundo. ¿Qué es la inmensa 
floritura de la ascética, la mística y la estética religiosa, sino un efecto de 
tal apropiación? Por tanto resulta necesario afirmar que la elección no es un 
principio anticatólico sino en la medida en que pierde la inteligencia de las 
esencias, y al hacerlo pierde también el sentido último de la religión. Tratando 
en 8832.3-32.4 sobre el cristianismo secundario, hemos fundamentado nues- 
tro discurso sobre la distinción entre las esencias (reducible al principio de 
contradicción), mostrando cómo a la religión le compete un carácter último 
impropio de la civilización mundana. La presente inclinación del catolicismo 
hacia una axiología puramente terrestre constituye una mutación sustancial 
de la religión. Sin embargo, para que ésta llegue a plantearse hace falta que 
los valores de la vida terrena conquisten tal independencia respecto de los 
valores de la vida ultramundana, que sean afirmados a la par con ellos. 

Aquí conviene ser cauteloso. Una verdad puede concebirse e ir acom- 
pañada su concepción de más o menos sentimiento, pues una cosa es concebir 
y otra sentir una verdad; es falso decir que no puede concebirse una verdad si 


997 


998 42. Epílogo 


se la siente poco. La amplitud de un ente congnoscible es demasiado grande 
como para que todas las partes de un sistema, aunque igualmente concebidas, 
sean también igualmente sentidas. De este modo, el sistema católico de la de- 
pendencia de lo mundano respecto a lo ultramundano puede colorearse con 
un sentimiento de los valores mundanos más vivo que en el pasado, pero no 
puede compatibilizarse con la afirmación de la consistencia intrínseca de los 
valores mundanos. No se puede volcar el Cielo en el mundo y llegar a una 
completa Diesseitigkett. 


42.2. La invariabilidad del dogma 


La invariabilidad del dogma. San Vicente de Lehrins y el Card. 
Newman 

La imposibilidad para el catolicismo de variar en su esencia coexiste con 
su necesidad de variar en las accidentalidades existenciales y en su discurrir 
a través de la historia. Pero tampoco este discurrir, en el cual se actualiza su 
vida, puede afectar su esencia. Y no sólo porque las esencias, incluso según la 
filosofía natural, son increadas e inmutables, sino más aún porque a la cabeza 
de la religión revelada se sitúa el Verbo divino introduciéndose en la Historia: 
revistiéndose de humanidad, pero sin alteración de su indevenible divinidad. 
Tal distinción entre lo devenible y lo indevenible de la religión fue enseñada 
desde el siglo V por San Vicente de Lehrins, pero después fue progresando 
su sentido histórico (al ser asumido como criterio para juzgar el desarrollo 
del dogma) en la obra del card. Newman. 

Fue además planteada en la prospectiva inicial del Concilio por Juan XXI- 
IT (884.1-4.3), pero no fue retomada por el Concilio mismo. Éste, sintiendo 
más vivamente el aspecto deviniente y dinámico de la Iglesia, no insistió sobre 
el principio inmóvil subyacente en el dinamismo de la verdad religiosa. 

San Vicente de Lehrins, en el Commonitorium, formula primeramente un 
criterio extrínseco para reconocer lo que constituye la fe católica y separarlo 
de las concreciones puramente accidentales añadidas en el proceso histórico. 
Estas concreciones participan del valor suprahistórico de las verdades de fe, 
y son esenciales a la historia, no a ellas. Por consiguiente, católica es aquella 
creencia por la cual se tiene quod ubique, quod semper, quod ab omnibus 
creditum est | . Pero ya Newman observaba lo difícil que es verificar en 
algunos artículos de fe ese ubique, ese semper y ese ab omnibus. 

En realidad, el criterio es aproximativo. ¿¡Ubique quiere decir en todas 
partes de la Iglesia, o del mundo? ¿Semper significa en todo momento en 


Lo que fue creído en todas partes, siempre, por todos 


42.3. La sustancia transcrita por los innovadores como modalidad 5999 


todas partes, o en un sitio concreto? Y ab omnibus, que significa cierta- 
mente a plerisque (por una mayoría), ¿se refiere a una mayoría numérica, 
o de sabiduría y autoridad? El criterio se deduce claramente de una visión 
angosta de las dimensiones de la Iglesia, del espacio humano, y de la histo- 
ria. Cuando en el siglo XIV el hombre comenzó a conocer nuevos mundos y 
nuevos cielos (como dice Campanella), el ubique, el semper y el ab omnibus 
se hicieron imposibles de verificar. El verdadero criterio de San Vicente de 
Lebhrins es por tanto el segundo expuesto por él, a saber: el desarrollo genuino 
de los principos revelados, depositados en el principio histórico de la Iglesia 
y custodiados en la Tradición apostólica. 

Ciertamente, según la fe católica, la garantía de los desarrollos genuinos 
está colocada en la potestad didáctica del supremo magisterio; sin embargo la 
legitimidad de un desarrollo puede deducirse también de un examen accesible 
para los principios de la lógica y para la razón histórica. La cuestión retorna 
en último extremo a las esencias, que no son transmutables de cualquier 
forma, al contrario de sus accidentalidades, que se desenvuelven dentro del 
flujo histórico. La preservación del tipo es un concepto más filosófico que 
biológico. Toda la cuestión sobre el estado actual de la Iglesia se encierra en 
estos términos: ¿se ha preservado la esencia del catolicismo? Las variaciones 
introducidas ¿mantienen lo mismo en las vicisitudes circunstanciales, o bien 
lo transforman ad aliud? La clarificación de un concepto no consiste en pasar 
a otro concepto: intelligitur illustrius, dice San Vicente de Lehrins, quod ante 
obscurius credebatur. Eadem tamen quae didicisti, doce, et cum ditas nove, 
ne ditas nova ? . El desarrollo de una idea se tiene cuando ésta se amplifica 
dentro de sí misma; la mutación, sin embargo, cuando sale de sus propios 
confines fuera de sí misma para convertirse en otra cosa. Hace falta por 
tanto que de un modo histórico gradual crezca el conocimiento de la fe en 
los individuos y en la Iglesia sed ¿in suo dumtaxat genere, in eodem scilicet 
dogmate eodem sensu eademque sententia *? . 


42.3. Lasustancia transcrita por los innovado- 
res como modalidad 


El desarrollo de las verdades de fe supone que los elementos iluminados 
en la forma desarrollada del dogma se contienen verdaderamente en la forma 


2Se entiende más claramente lo que se creía más oscuramente. Tú sin embargo enseña 
lo que has aprendido y aunque lo digas de modo nuevo, no digas cosas nuevas 

3Pero solamente dentro del mismo género, es decir, en el mismo dogma tomado en el 
mismo sentido y con el mismo contenido 


560 42. Epílogo 


inicial del desarrollo. Por tanto, no hay desarrollo sin conservación, y el desar- 
rollo consigue que en la mente de la Iglesia el dogma resulte más firmemente 
identificado (es decir, conocido) con nuevas relaciones y nuevas consecuencias 
antes no advertidas: la Inmaculada estaba contenida en la maternidad divina, 
y la Asunción en la Inmaculada. Por tanto, como hemos citado varias veces, 
la inteligencia de la fe se perfecciona, y el cristiano del siglo XX tiene mayor 
conocimiento de la verdad que los Apóstoles mismos y la Iglesia primitiva. 

En este punto debe rechazarse la opinión según la cual haría falta volver 
a las fuentes y a un ressourcement de la Iglesia. Ante todo, como observa el 
Card. Newman, el verdadero ser de un río se recoge de su totalidad, y no 
sólo del manantial. Es al llegar a la desembocadura cuando el río cumple su 
destino de río, actúa su potencia, y revela su propio carácter. Además, los 
hombres no fundan ciudades en el manantial, sino en la desembocadura. Por 
otro lado, planteando el ressourcement que pretende saltarse el desarrollo 
histórico de la Iglesia y enjamber (como dice el padre Congar) quince siglos, 
los innovadores no se dan cuenta de estar proponiendo puentear por amor a 
la pureza precisamente los ressourcements operados a lo largo de los siglos 
por la Iglesia viviente. De éstos no se deben conservar las cortezas, sino la 
médula que las originaba. La idea es adaptable porque es universal. Se podría 
objetar que esta historicidad en la adaptación del dogma degrada la religión 
hacia lo humano. La objeción no es válida. El primer principio del catolicismo 
es la degradación, condescendencia o humillación del Verbo en la historia; y 
esta degradación no ataca lo divino, sino que lo hace descender al grado de la 
historia, manifestándolo. Solamente la preservación del tipo y la continuidad 
del principio aseguran la identidad histórica del catolicismo. Si la actual crisis 
tiende a invertir la esencia de la Iglesia, y esa tendencia es interna a la Iglesia, 
sin provenir como otras veces de una agresión externa, entonces la prospectiva 
del mundo es un abismo monocolor que hace imposible el diagnóstico y el 
pronóstico: y frente al cual el único refugio del hombre es el silencio. 

Incluso los innovadores que promueven la mutación de fondo están obliga- 
dos a sostener de algún modo la continuidad histórica de la Iglesia; confesar 
un cambio sustancial equivaldría a la apostasía y produciría confusión de las 
lenguas, dejando los nuevos predicados de referirse al mismo sujeto. Se busca 
por tanto disimular el salto ad aliud poniéndolo bajo otra categoría, la de la 
modalidad. 

Se avanza que la nueva idea de la religión es solamente un modo nuevo 
de la idéntica religión, y no el tránsito a una quididad heterogénea que im- 
plique la corrupción y pérdida de la primera. Pero todo nuestro libro es una 
recolección de pruebas de tal tránsito. 


= La presencia puramente simbólica de Cristo en la Eucaristía se presenta 


42.3. La sustancia transcrita por los innovadores como modalidad 561 


como un modo nuevo de concebir la Presencia Real. 


= La presencia viva del Resucitado, conservada por la fe de los discípulos, 
es propuesta como un modo (nuevo, pero fiel al dogma) de afirmar la 
vida del Resucitado en el orden real del mundo histórico. 


= La Ascensión del Señor, considerada como una simbólica y espiritual 
ascensión del cristiano en la fe, sustituye como proposición equivalente 
a la ascensión corporal del Resucitado. 


= El pecado original, contemplado como un estado solidario del género 
humano que dejaría a la persona humana en una perfecta inocencia, se 
propone como doctrina que continúa sin ruptura el dogma católico de 
la corrupción transmitida a cada individuo. 


= La asunción del cuerpo glorioso, que tendría lugar ¿n ¿ctu moros con 
abandono irreparable del cuerpo mortal, se configura como una nueva 
presentación del dogma de la resurrección de los cuerpos. 


Todas estas doctrinas, aparte de no tener apoyo en el Magisterio, están 
viciadas de debilidad lógica: suponen por ejemplo que decir Cristo no ha 
ascendido corporalmente es solamente un modo nuevo de decir Cristo ha 
ascendido corporalmente, ¡no se trata de un modo, sino de la proposición 
contradictoria! Sólo puede sostenerse esta equivalencia si se supone que el 
intelecto humano puede concebir los contradictorios como una identidad, y 
decirse a sí mismo que el ser coincide con el no-ser. 

Es el pirronismo mencionado en 8815.1-15.4. A causa del ímpetu fatal de 
la vis lógica, este pseudorracionalismo (insinuado victoriosamente en las es- 
cuelas teológicas postconciliares) tiende a mortificar y aniquilar la sobrenatu- 
ralidad específica del Cristianismo. 

Lo hemos iluminado de modo especial a propósito de la transformación 
acaecida en el ideal ecuménico, analizando los textos del secretario del Secre- 
tariado para las religiones no cristianas, en 8835.1-35.10; pero se puede ex- 
trapolar de un modo general de todos nuestros análisis. En fin, no debe 
pasarse por alto que la corrupción de los dogmas católicos se expande en el 
pueblo por obra del clero y de la prensa católica. El Vicario general de la 
diócesis de Lugano, que predicaba contra la Ascensión y había sido pública- 
mente impugnado por un laico que le recordaba el dogma católico, encon- 
tró el patrocinio del obispo, Mons. Ernesto Togni. Éste, en una declaración 
publicada por el Giornale del popolo del 23 de diciembre de 1982, le ase- 
guró solidaridad y confianza. 


562 42. Epílogo 


42.4. La pérdida de la unidad en la Iglesia 


Siendo la unidad el signo del ser de una cosa, la condición en que se 
encuentre aquélla permite deducir la de éste, pues la cosa se deshace al de- 
shacerse su unidad. Ens et unum convertuntur es una exigencia no sólo de 
los entes físicos, sino también de los entes morales. La molécula pierde su ser 
al disgregarse sus átomos integrantes. El animal deja de ser en el momento 
en que la masa de células pierde el vínculo vital que las constituía como un 
organismo. Del mismo modo, un ente moral pierde su ser si pierde su unidad. 
Ahora bien, la Iglesia es una pluralidad de personas indivisas en sí mismas y 
divididas de todas las otras, pero en cuanto comunidad (es decir, en cuanto 
Iglesia) es un unum. 

Este unum está constituído por un principio unitivo merced al cual los 
individuos se convierten en miembros sociales: precisamente partes de un todo 
en el cual los individuos son una unidad. El grado del ser de una comunidad 
como la Iglesia se deduce del grado de su unidad. Sin embargo, en el estado 
presente la unidad está rota bajo un triple aspecto: doctrinal, de culto, y de 
gobierno. 

La doctrina enseñada y predicada por los ministros de la Iglesia era una 
voz unísona. Ahora varía en la misma nación de una diócesis a otra, dentro 
de la diócesis de una parroquia a otra, y en la misma parroquia dependiendo 
de quién sea el predicador. La variación, más que ser (como exige el habla 
misma) de color, de presentación, o de percepción de una misma verdad de fe, 
es sin embargo alteración dogmática, encubierta por el propósito de adaptar 
la fe a las disposiciones y a las expectativas del hombre contemporáneo. El 
espíritu privado es quien la anima. Y la corrupción doctrinal del orden de los 
presbíteros precede o sigue a la del orden episcopal. 

Los superiores, con pronunciamientos propios distintos de los pronuncia- 
dos por sus iguales, y más a menudo tolerando o autorizando las desviaciones 
de los presbíteros, han provocado en la Iglesia un generalizado extravío de las 
certezas de fe y una creciente debilidad del consenso entre los fieles. Tal con- 
senso fue un carácter peculiar de la Iglesia romana, reconocido y admirado 
siempre por los de fuera; y remite además al orden de la procesión trinitaria, 
ya que ¿n principio erat Verbum y nada se hace en la Iglesia sin el Verbo. 

La debilitación de la unidad doctrinal, ya manifiesta en el Concilio (aunque 
allí como síntoma de libertad y de vitalidad), apareció claramente con ocasión 
de la Humanae Vitae (886.5-6.6), y después en multitud de documentos, los 
cuales recibían como mínimo la autoridad derivada del disimulo del Superior, 
cuando no de su intervención cubriendo con su autoridad, contra la protesta 
de los laicos, el error de sus presbíteros. Es un derecho de los fieles confrontar 
la enseñanza de un ministro particular con la enseñanza de los otros ministros 


42.5. Oposición al dogma e indiferentismo 563 


y en último análisis con el del Magisterio supremo. Este derecho desciende de 
la participación en el oficio didáctico de Cristo producida por el bautismo, y 
supone la obligación de rechazar las enseñanzas erróneas en el fuero interno, 
y dado el caso, de impugnarlo también en el foro público. 

Conviene observar, como ya hemos notado en 8813.1-14.3, que la corrup- 
ción doctrinal ha dejado de ser un fenómeno de pequeños círculos esotéricos 
y práctica de una disciplina arcani: se ha convertido en una acción pública en 
el cuerpo eclesial en homilías y libros, en la escuela y en la catequesis (con- 
fiada a laicos poco instruídos y muy ansiosos de novedades). A esta elisión 
de la dogmática católica no son ajenas ni la nueva disciplina de la Congre- 
gación para la Doctrina de la Fe, trasladando la vigilancia de la Santa Sede 
a instancias inferiores menos adoctrinadas y menos firmes, ni la escasa aten- 
ción prestada en la provisión de las diócesis a las cualidades culturales de los 
candidatos. 


42.5. Oposición al dogma e indiferentismo 


Oposición al dogma e indiferentismo. Etudes. Mons. Le Bour- 
geois 

Existe hoy en la Iglesia una general propensión a trasladar la orientación 
de la vida cristiana desde el Cielo hacia la tierra, y a atribuir a la ley evangéli- 
ca (que anuncia el primado de Dios) el primado del hombre. Por tanto las 
verdades de fe son sujetas a una desalación que las expolia de todo cuan- 
to tienen de sobrenatural y hostil al sentido del hombre, haciendo insípida 
la sal de la tierra. Y la profundidad del mal, introducida en la mentalidad 
del pueblo de Dios, se arguye también por el escaso sentimiento y por las 
débiles protestas del pueblo de Dios contra la seducción doctrinal. No debe 
sorprender este indiferentismo. Las defecciones de pueblos enteros fueron pre- 
cedidas por la defección de los clérigos: desde las de Alemania e Inglaterra 
del siglo XVI hasta las recentísimas de las Iglesias rumana (1945), rutena 
(1947) y china (1957). Y no debe preterirse que la extinción en la multitud 
del resentimiento contra la depravación doctrinal es indicio de la gravedad 
del daño. 

En los estratos intelectuales de la Iglesia la desdogmatización es profe- 
sada teóricamente, y no es únicamente una diseminación popular del error. 
Por ceñirme a alguna alegación autorizada, Mons. Le Bourgeois, Obispo de 
Autun, escribe en ICI, n. 586 (1983), p. 19: Hoy yo manifiesto en voz alta 
mi alegría de ver a mi Iglesia, demasiado a menudo percibida como siempre 
segura de sí misma, propietaria y juez de la verdad total, romper esa ima- 
gen para abrirse, comprender, acoger el pensamiento de los demás, reconocer 


564 42. Epílogo 


sus propios límites, llevar a cabo finalmente una «operación verdad», algo 
totalmente distinto de exponer y defender «verdades». 

La revista de los jesuitas franceses Etudes (octubre de 1977), a través 
de la pluma del padre Varillon en Abregé pour la foi catholique, articulaba 
crudamente el nuevo principio: La fe de hoy en estado adulto puede prescindir 
de los dogmas, es lo bastante grande como para poder descubrir a Dios por 
contacto personal. La fe no debe fundarse sobre las verdades reveladas, sino 
a través de los acontecimientos de la historia. La genealogía, o más bien 
la sustancia modernista de esta doctrina, es evidente. Se llama grande a 
la fe porque se empequeñece y se desvanece; todo es referido al sentimiento 
(definido como experiencia de Dios); la base de la religión no son las verdades 
reveladas en un acto histórico de Revelación, sino la experiencia humana 
transcrita en mutables categorías intelectuales; la mediación de la Iglesia 
cede lugar al espíritu privado, es decir, al principio de la innovación luterana 
y de toda la filosofía moderna. 

El espíritu de la filosofía moderna, ya acogido por el modernismo, presi- 
dió la imponente variación operada en la exégesis católica desde dentro de su 
órgano oficial (el Pontificio Instituto Bíblico). El cambio está también mar- 
cado por la decadencia de la Pontificia Comisión Bíblica. De esta variación, 
unas veces encubierta y otras abierta, se pueden extraer tres puntos capitales. 

El primero es la inversión de la relación entre Antiguo y Nuevo Testamen- 
to: los hechos y dichos del Viejo no son ya una prefiguración de los hechos 
y de los dichos del Nuevo (no tiene ya un sentido profético), sino que por el 
contrario el Nuevo está construído y modelado sobre los hechos y dichos del 
Viejo. Así por ejemplo, la maternidad prodigiosa y las anunciaciones angéli- 
cas recogidas en la historia del pueblo elegido no son signos anticipatorios 
de los eventos análogos del Evangelio; por el contrario, estos últimos son fic- 
ciones elaboradas por la fe sobre el modelo paleoescriturario. La intención 
prospectiva esencial a la Biblia es invertida por una intención puramente 
retrospectiva. De este modo, el Evangelio de la infancia se convierte en una 
elaboración de motivos veterotestamentarios y ya no contiene acontecimien- 
tos, sino estadios de la experiencia religiosa. 

El segundo punto es el paso de lo histórico a lo poético. Se enseña aho- 
ra habitualmente que el Nuevo Testamento expresa la fe de la comunidad 
cristiana primitiva. Esta enseñanza es nueva y está desmentida por toda la 
doctrina de la Iglesia desde los primeros tiempos, según la cual los Evangelios 
no anuncian la fe, sino los hechos creídos. Antes de existir en el orden de la fe, 
los hechos y dichos de Cristo existen en el orden real e histórico, y solamente 
de aquí pasan a la fe: pueden pasar porque ya existen. 

La nueva exégesis queda crudamente desmentida por las afirmaciones de 
los evangelistas, que jamás afirman predicar lo que creen, sino lo que han oído 


42.5. Oposición al dogma e indiferentismo 965 


o visto. Baste por todos ellos I Juan 1, 1: ... lo que hemos oído, lo que hemos 
visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y lo que han palpado 
nuestras manos os anunciamos (...). Resulta pues reconocible en esta exégesis 
innovadora la vena modernista: la religión no está fundada sobre la verdad, 
sino sobre lo vivido; no sobre el conocimiento, sino sobre el sentimiento. 

El tercer punto es la equiparación de la Sagrada Escritura con cualquier 
otro testimonio: por consiguiente no se debe recoger la sucesión de los eventos, 
sino el estado cultural de un pueblo y su mitología. Se viene así a disolver 
en el mito toda la historia mosaica y a interpretar la inspiración como la 
intensidad del consenso popular en torno a una creencia infundada. Se niega 
igualmente todo lo prodigioso de la historia sagrada y sobre todo el valor 
como prueba (traducido en dogmas en muchos Concilios) de los milagros de 
Cristo. 

Por ejemplo, así lo declara en OR del 7 de diciembre de 1984 el Card. 
Gantin: No somos llamados a creer en virtud del poder de Cristo de hacer 
milagros, sino que es la fe en Él, Hijo de Dios, la que nos hace capaces de 
creer también en sus milagros. 

Debería ser digna de admiración la tranquilidad del cardenal al hablar 
contra un dogma expreso de la Iglesia (DENZINGER, 1790); pero la existen- 
cia de tantos casos admirables similares corrobora que, por ser tantos, no son 
tales. Para medir, además de la profundidad, la velocidad de las variaciones, 
es útil en este punto recordar los engañosos diagnósticos y pronósticos for- 
mados en los años del Concilio en torno a la unidad de la fe. El Cardenal 
Montini, arzobispo de Milán, en la pastoral de Cuaresma de 1962, afirmaba 
que no existen hoy en la Iglesia errores, escándalos, abusos o desviaciones 
que corregir y ya convertido en Papa confirmaba en la encíclica Ecclesiam 
suam: Actualmente ya no se trata de extirpar de la Iglesia esta o aquella 
herejía determinada o ciertos desórdenes bien determinados. Gracias a Dios 
no existen en la Iglesia. Las declaraciones de Pablo VI en sentido opuesto, 
confesando la grave crisis de la Iglesia, que hemos recogido principalmente 
en 881.7-1.9 y 6.20-6.21, no sólo abren una cuestión de psicología, sino tam- 
bién de hermeneútica e incluso de teodicea. Aquí sin embargo pretendemos 
solamente señalar la pérdida de la unidad doctrinal. Si bien no es entera- 
mente verdadera la afirmación del Card. Suenens acerca de la existencia de 
un número impresionante de tesis que se enseñaban en Roma antes del Con- 
cilio como las únicas verdaderas y que el Concilio ha eliminado, sigue siendo 
verdad que la voz unísona se ha convertido en múltiple y disonante. 

Esto depende bastante más de la pérdida del principio, que consiste en 
la fe, que de accidentales disentimientos sembradores de variedad. Es cierto, 
como escribía Pablo VI, que no hay más errores particulares que deban ser 
condenados: el error a condenar es un error de principio, porque los errores 


566 42. Epílogo 


particulares no están ligados a una máxima secundaria cualquiera de la re- 
ligión, sino que fluyen de un antiprincipio: el condenado resueltamente por 
San Pío X en el modernismo. 


42.6. Pérdida de la unidad de culto 


Sobre esta materia nos hemos extendido en el capítulo sobre la refor- 
ma litúrgica ($838.1-38.18). La fragmentación, nacionalización e individua- 
lización de la liturgia es algo generalizado. 

Se alteran los ritos de diócesis en diócesis, no sólo en la lengua (según el 
principio de la vulgarización), sino también en los gestos (según el principio 
de la expresividad nacional). 

Esta variedad, debida a una especie de participación creativa de los laicos 
y presbíteros en el poder de la Iglesia para determinar la liturgia, se hace de 
modo que los ritos vayan poco a poco conformándose a los gustos y preferen- 
cias de los celebrantes y de aquéllos para quienes se celebra. Esta deformación 
es frecuente en los ritos fúnebres y en los nupciales, donde a las personas en 
situación de duelo y a los esposos se les concede poder asumir el rito como 
expresión de su religiosidad personal. Las exequias, por ejemplo, se desarro- 
llan a veces con elogio del difunto y otras veces sin él. La variedad ritual se 
hace de tal forma que en las exequias resulta difícil reconocer uniformidad. 
El anuncio de San Pablo: fiat aequalitas (haya igualdad) (11 Cor. 8, 14) casi 
ha desaparecido, al menos en la muerte. 

No vamos a repetir aquí lo dicho en 8838.2-38.8 sobre la abolición del 
latín como lengua de la Iglesia: se ha conseguido que precisamente cuando la 
conciencia del género humano ha conseguido fatigosamente ir reuniendo a las 
gentes por encima de las fronteras nacionales, la liturgia católica alce estas 
barreras * en contradicción con los impulsos ecuménicos y universalistas de 
la conciencia contemporáneas ? . Contra la disformidad litúrgica nacida del 
principio de creatividad protesta Juan Pablo II en todas las alocuciones a 
los obispos venidos a Roma para la visita ad limina. Renueva continuamente 
la admonición a fin de que la liturgia se haga en estrecha conformidad con 


“Los scouts católicos de Lugano que fueron de visita a Canadá no oyeron nunca Misa 
(ni siquiera en día festivo), porque en aquel país la Misa se celebra en inglés, lengua 
ininteligible para ellos. 

5El abandono de la unidad de culto es abiertamente propugnado en OR, 20 octubre 
1982, que aplaude la progresiva elaboración de un lenguaje litúrgico y de una eucología 
compuesta directamente en la lengua nacional. Este paso progresivo es necesario en todos 
los pases. El artículo lamenta que tal adaptación de la liturgia al espíritu nacional no se 
haya impulsado demasiado hacia adelante y que ha menudo se haya contentado con una 
simple traducción de los libros romanos. Parece que el autor desee ese demasiado. 


42.6. Pérdida de la unidad de culto 567 


las reglas romanas; pero la asiduidad misma de la admonición, además de 
atestiguar la amplitud del desorden, arguye igualmente la ineficacia de la 
advertencia. Tampoco el Papa cree contrarrestar la desobediencia con ac- 
tos imperativos generales, porque éstos van contra la dirección exhortatoria 
seguida por la Iglesia postconciliar, y además contradirían a la creatividad, 
convertida en principio de la acción litúrgica. 

A los prelados de la nación helvética, por ejemplo, el Papa les habló el 
9 de julio de 1982 deplorando los arbitrarios experimentos litúrgicos a los 
que los fieles son a veces obligados a asistir, y la unilateralidad con la que 
se tratan en las parroquias los temas de la predicación. Pidió fidelidad a 
las prescripciones litúrgicas promulgadas por la Santa Sede proclamando tal 
fidelidad como un signo de la reverencia misma debida a la Eucaristía, pues 
la reverencia al Sacramento se mide también, y no en último lugar, por la 
fidelidad y la obediencia prestada a la Iglesia y sobre todo por la observación 
concienzuda de las normas promulgadas por la Santa Sede sobre la liturgia * 


Una inesperada confirmación de la disolución litúrgica introducida en la 
Iglesia viene del Indulto de 3 de octubre de 1984 con el cual el Papa readmite 
la celebración de la Misa según el rito preconciliar, eliminado por Pablo VI 
en 1969 al hacer obligatorio el nuevo Misal. 

El Indulto provocó malestar en quien lo creía un paso atrás y una re- 
tractación de la reforma, siendo aplaudido por quien veía reconocida una 
reivindicación nada irracional. Es sorprendente la contradicción entre el In- 
dulto y la encuesta practicada en 1981 para conocer la acogida del pueblo a 
los nuevos ritos y al abandono del latín. 

La conclusión, como hemos referido en 838.8, había sido que latín y rito 
antiguo habían dejado de utilizarse en todas partes sin lamentaciones, excepto 
raros y débiles grupos destinados a una rápida extinción. La conclusión venía 
unida a un pronóstico: el uso y la petición del latín habrían desaparecido 
completamente de la Iglesia en pocos años. 

El Indulto recuerda expresamente que después de la encuesta de 1981 
no existía ya ningún problema en torno al latín y a la Iglesia postconcil- 
iar: Attentis eorum responsionibus fere im totum solutum visum est problema 
eorum sacerdotum et christifidelium qui ritui Tridentino nuncupato inhaer- 
entes manserant (Vistas las respuestas de los obispos pareció casi totalmente 
resuelto el problema de aquellos sacerdotes y fieles que habían proseguido 
ligados al rito Tridentino). 


SEsta alocución del Papa sobre el estado de la Iglesia en Suiza fue ocultada por la 
prensa católica al pueblo católico. Sólo después de que la Gazetta ticinese del 4 de agosto 
difundiese profusamente su traducción, el diario católico de Lugano no pudo dispensarse 
de hacer conocer a los católicos el discurso papal que concernía a su Iglesia. 


568 42. Epílogo 


Y sin embargo, después de haber hecho estas afirmaciones, el indulto 
continúa: Cum autem problema idem perduret, etc. ¿Cómo puede perdurar un 
problema que por el contrario estaba totalmente resuelto? Se podría dar razón 
de tal mutación conjeturando que la encuesta de 1981 estaba mal planteada 
o mal descifrada, o era poco fiel; pero es manifiesto que independientemente 
del modo en que se explique la variación, la Sante Sede ha dado marcha 
atrás precisamente en un punto sobre el cual se había ejercitado la firmeza 
de Pablo VI. 

Debe reconocerse además que en una liturgia diversificada en todas las 
peculiaridades nacionales, que hacen irreconocible para los católicos de un 
pueblo la liturgia católica celebrada en otro pueblo; y en un sistema que ha 
sustituido un rito unívoco, unicorde y unicordo por uno polícromo, polifónico 
y atípico, la unicidad de la exclusión del rito tridentino era una ofensa al 
celebrado pluralismo, por sustraer uno de los elementos más excelentes de la 
variedad. 

El Indulto se promulgó en el mismo momento en que se celebraba, convo- 
cado por la Congregación para el Culto Divino, el Congreso de los presidentes 
de las comisiones litúrgicas de las diversas naciones, reunidos en Roma para 
recordar el vigésimo aniversario de la Constitución Conciliar Sacrosanctum 
Concilium. 

Fueron exaltados con el habitual estilo eufemístico los frutos de la reforma. 
Se habló de nuevo Pentecostés, primavera, nueva Epifanía; se proclamó que 
la reforma ha ofrecido la posibilidad de madurar una relación personal y 
comunitaria con Dios, que no era ofrecida antes del Concilio. Precisamente en 
el momento en que la liturgia católica se convierte en un agregado multicolor 
y en polifonía discorde, se anuncia la existencia de no ya dos voces (sacerdote 
y pueblo) sino un único coro (OR, 24 de octubre de 1984). 

La exaltación no llegó sin embargo a oscurecer del todo la visión del 
verdadero estado de las cosas. El pro-prefecto de la Congregación para el 
Culto Divino, el benedictino Mayer, puso en duda (más bien inclinándose 
hacia la negación) que con la reforma la participación interior de los fieles 
hubiese realmente crecido; señaló una disminución del sentido de lo sagrado 
y de la reverencia hacia la liturgia; denunció la incongruencia de la frecuencia 
eucarística en un pueblo que abandona el sacramento de la penitencia. 

Pero en realidad todos los informes de las diversas naciones han probado 
que ubicuamente en la Iglesia está en acto una rápida diferenciación de los ri- 
tos informada por los dos principios tratados en 3938.9-38.10: el de expresivi- 
dad humana (moldeando el rito según la índole nacional) y el de creatividad 
(buscando la autenticidad litúrgica en los recursos del sujeto y expulsando la 
objetividad absoluta de lo sagrado). Estos dos principios son después dados 
para su administración a las Conferencias Episcopales. Es a éstas en reali- 


42.7. Pérdida de la unidad de régimen. Desromanización del Sacro Colegio 569 


dad a quienes compete en primer lugar establecer y desarrollar sus propias 
formas de culto, y frente a ellas el deber de la Santa Sede es confirmarlas. 
Se invierte así la norma preconciliar por la que sólo la Sede Romana tenía 
potestad legistativa en materia de liturgia (OR especial, 1 noviembre 1984). 

De la unidad litúrgica garantizada por la unidad de lengua, de actos y 
de objetos, se ha pasado a un sincretismo en el que todo es diversificado: 
lengua, gesto, vestido o canto. Se sigue afirmando la unidad, pero queda sin 
expresión y es por tanto nula. La autoridad romana, garante de la unidad, 
se pliega y se diluye bajo los impulsos centrífugos de la nueva eclesiología 
democratizante. 


42.7. Pérdida de la unidad de régimen. Desro- 
manización del Sacro Colegio 


Generalmente, ningún género de sociedad recibe el ser mediante el acto 
con el que surge la autoridad; sin embargo, la autoridad es ciertamente la que 
hace de la multitud de individuos una unidad, reuniendo las múltiples vol- 
untades hacia un único fin. Pero en la Iglesia la autoridad tiene una esencia 
especial, porque existe a priori de la asamblea. Mientras las otras sociedades 
tienen primero el ser y después expresan por sí mismas su propio gobierno, la 
Ielesia ni tiene el ser por sí misma, ni se formó su propio gobierno, sino que 
recibió de Cristo uno y otro: más bien, el gobierno (la Cabeza) es anterior a la 
Iglesia y la Iglesia es un efecto de una expansión de la Cabeza. Ciertamente, 
lejos de identificarse con la Iglesia, la autoridad es sólo una parte orgánica 
de ella: como se dice hoy, un servicio dentro de ella. Pero por la razón que 
dijimos, formulada claramente por Cristo en Luc. 10, 16 (quien a vosotros 
escucha, a Mí me escucha), la referencia a la autoridad está implícita en el 
catolicismo. Se convierte en condición de la unidad de la Iglesia. La preemi- 
nencia de Pedro y del ministerio petrino fue siempre considerada fundamento 
y centro de la unidad: todo declive de la fidelidad a Roma va acompañado 
de un resquebrajamiento de la unidad social de la Iglesia. 

La llaga de la desunión de los obispos lamentada por Rosmini en las 
célebres Cinque piaghe está vistosamente abierta en el cuerpo de la Iglesia 
contemporánea. E incluso se ha agravado. Entonces era un desorden pura- 
mente negativo, faltando entre los obispos comunicación y correspondencia 
frecuentes: la concordia estaba sin embargo producida por el nexo común con 
el Romano Pontífice. 

Hoy la discordia tiene el carácter de una disensión y contrariedad en acto. 
Se multiplican los encuentros, las asambleas, los simposios, las reuniones de 


570 42. Epílogo 


las Conferencias episcopales; pero los organismos de gobierno en cada nación 
están escindidos en su seno, como se ve en Holanda, en Estados Unidos, o 
en Brasil; y unos documentos episcopales se oponen a otros, como si en la 
Iglesia faltase ahora un sensus communis. Tal disenso intestino es el efecto 
necesario de la separación respecto al Pontífice romano, a quien se continúa 
profesando lealtad voce tenus, pero cuyas enseñanzas se someten a examen y 
a juicio: como ocurrió con la Humanae vitae (386.5-6.6) y como se desprende 
del tratamiento continuo en sínodos paticulares de puntos ya solemnemente 
decididos por la Santa Sede. Hemos descrito en 886.3-6.7, y siempre alegan- 
do exclusivamente hechos y actos oficiales, la debilitación de la autoridad 
eclesial, sea por efecto de su desistencia, sea por efecto del espíritu de in- 
dependencia insuflado en el pueblo de Dios. Prescindamos de las grandes y 
recentísimas escisiones de la Iglesia rutena, de la rumana y de la Iglesia china, 
motivadas por el rechazo a la autoridad de Roma y con el propósito falaz 
de mantener la dogmática y la ética católicas desvinculándose de la autori- 
dad papal (pretendiendo conservar la unidad después de haber rechazado el 
principio de la unidad). Prescindamos también de los graves síntomas de in- 
depedencia manifestados en muchos episcopados con ocasión de la Humanae 
vitae (886.5-6.6) y en la crisis precismática de los holandeses, que no pudo 
detener el Sínodo extraordinario de aquel episcopado reunido en Roma por 
el Papa en enero de 1980 (86.7). La desunión emergente por las desviaciones 
teológicas individuales y de escuelas enteras, la disolución de la catequesis, 
o las disparidades disciplinares de una diócesis a otra, no necesitan ya ser 
mencionadas. 

Callamos también la desistencia de la autoridad y la breviatio manus 
tratada en 886.8-6.9 y 6.14. Puesto que el declive de la autoridad se presenta 
siempre en la Iglesia Católica en forma de declive de la autoridad papal me 
referiré a una importante modificación en la que se evidenció el debilitamiento 
de la autoridad romana cediendo a las instancias de las Iglesias particulares, 
que quieren alejar el vínculo de la unidad. La transformación se refiere al 
gobierno papal y altera el carácter del Sacro Colegio. 

Como recordó Juan Pablo II precisamente en la investidura de dieciocho 
cardenales en el Consistorio del 2 de febrero de 1983, el Colegio cardenalicio 
fue antiguamente el presbyterium del obispo de Roma; y continúa siéndolo, 
ya que todo cardenal se convierte en titular de una iglesia de Roma y con 
la asunción de su propio título viene a formar parte, en cierta medida, del 
clero de la diócesis de Roma (OR, 3 de febrero de 1983). Ahora bien, esta 
incorporación a la Iglesia de Roma comenzó a impugnarla la Iglesia Católica 
oriental, y a rechazarla después del Concilio. 

Tras los lamentables conflictos de precedencia entre Patriarcas orientales 
no cardenales y los cardenales, Pablo VI creyó su deber ceder al espíritu 


42.8. Sinopsis de la Iglesia en el mundo contemporáneo 571 


de independencia y a las reivindicaciones igualitarias de los Orientales y 
estableció que sus cardenales no debían ya, para entrar en el sacro Colegio, 
entrar en el clero romano asumiendo el título de alguna iglesia de Roma ” 
. La variación (casi inobservada) es de gran calado, ya que posterga la base 
histórica de la institución y altera su estructura dejando de lado el signo de 
la romanidad como rasgo principal. El Sacro Colegio ya no se presenta como 
un cuerpo ligado a la Sede romana e integrado en el clero de Roma, sino 
simplemente como un consejo de obispos que forman parte de él en virtud 
de su episcopalidad o patriarcalidad. Aquí no señalamos la incongruencia del 
discurso papal, que hablaba del título romano como razón de la pertenencia 
al Sacro Colegio, en el mismo momento en que otros entraban en él en virtud 
de su título patriarcal: sólo queremos mencionar una prueba perspicua del 
alejamiento de los vínculos que mantienen unidas a las Iglesias locales, bajo 
el régimen de la primacía papal, con la Iglesia una y católica. 

La debilidad de la autoridad papal unificadora comenzó con la transfer- 
encia a los obispos de facultades antes reservadas a la Santa Sede, sancionada 
en 1966 por el decreto De episcoporum muneribus. El poder de legislar de los 
obispos fue después ampliado con progresiva restricción del romano, recibien- 
do por último una sistematización definitiva en el nuevo Código de Derecho 
Canónico. 


42.8. Sinopsis de la Iglesia en el mundo con- 
temporáneo 


8 


Esta sinopsis se intentó de otra forma en el vigésimo aniversario del Vati- 
cano II. Como de costumbre, el diapasón de las valoraciones fue recorrido 
completamente, renovando el sic et non y el alterno movimiento de la Iglesia 
postconciliar. Dejamos de lado las formas victoriosas del OR del 20 de octubre 
de 1982, que en un titular proclama: Somos el siglo más evangélico de la 
historia, siendo retomado por el padre Congar en OR, 21 de agosto de 1983: 
Nuestra época es una de las más evangélicas de la historia. 


7En la creación del 2 de febrero de 1983 del cardenal Antonio Prieto Khoraiche, Patriar- 
ca de Antioquía de los Maronitas, no le fue asignado ningún título romano. La marcha 
atípica e irregular de las cosas romanas apareció tambin en el hecho de que el Card. De 
Lubac (del orden de los diáconos) consiguió permanecer siendo sacerdote, contra la ley de 
Juan XXIII de que todos los cardenales estuviesen consagrados con los tres órdenes. 

SPor necesidades tipográficas abreviamos el título de esta sección, que completo es: 
Sinopsis de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Card. Siri. Card. Wyszynski. Episco- 
pado de Francia 


572 42. Epílogo 


Omitimos igualmente las afirmaciones denigratorias según las cuales para 
renovarse la Iglesia debe reencontrar el Evangelio, es decir, ser más evangéli- 
ca. En el pasado hizo política e hizo la guerra. 

Ni siquiera hace falta refutar a quien, mientras se registra la decadencia 
de la práctica religiosa, pretende que esta deserción se correponde con un 
crecimiento del espíritu evangélico. Nos detenemos sin embargo sobre el juicio 
formado, tras una observación tranquila de los hechos, por el Card. Siri en 
Renovatio (1982, p. 325). Él reconoce que en el Concilio algunos tuvieron el 
propósito de llevar a la Iglesia a vivir al modo protestante, sin Tradición y 
sin primado del Papa: para el primer fin hizo falta mucha confusión, para el 
segundo se intentó jugar con el argumento de la colegialidad. 

Siri distingue entre el Concilio, que fue un gran obstáculo contra el princi- 
pio de la disgregación, y las preocupantes vicisitudes del Postconcilio, durante 
la cual comenzó la triste costumbre de avalar ideas particulares con afirma- 
ciones del Concilio. La distinción es adoptada comúnmente en los discursos 
papales y en los análisis de los estudiosos; entienden mantener así la con- 
tinuidad histórica de la Iglesia y su interna unidad. Hasta qué punto vale 
y hasta qué punto no tal interpretación, es algo que se desprende de todo 
nuestro libro. La distinción es además rechazada por los que son a menudo 
acusados de unilateralidad pesimista; en realidad no padecen tal vicio, ya 
que son los únicos que captan el significado profundo de la actual evolución 
de la Iglesia. Ellos se atienen a la esencia y captan el espíritu del siglo, que 
como dijimos en 82.14 no es un compuesto resultante de partes separables 
y cualificables una a una, sino el principio que da lugar a la entidad y a la 
unidad espiritual de una época. No precisamente analítico, sino sintético, es 
el diagnóstico que del estado de la Iglesia Católica hizo el Card. Wyszyns- 
ki, primado de Polonia, en la homilía del 9 de abril de 1974 en la catedral 
de Varsovia. Él describe una iglesia postconciliar cuya vida se aleja sensi- 
blemente del hecho del Calvario; una Iglesia que disminuye sus exigencias y 
que ya no resuelve los problemas según la voluntad de Dios, sino según las 
posibilidades humanas; una Iglesia cuyo Credo se ha hecho elástico y cuya 
moral se ha hecho relativista; una Iglesia en la niebla y sin las Tablas de la 
Ley; una Iglesia que cierra los ojos ante el pecado, que teme ser reprendida 
como poco moderna. Incluso el Card. Ugo Poletti, vicario de Su Santidad 
para la Urbe, fautor y ensalzador de las reformas conciliares, se encontró re- 
cientemente forzado a ceder ante la verdad de los hechos y escribió en OR 
del 7 de octubre de 1984: En los años del postconcilio (quizás es inevitable 
después de todo Concilio importante) se ha producido en la Iglesia Católi- 
ca una enorme confusión doctrinal y pastoral que ha llevado a un estudioso 
fuera de toda sospecha, como Rahner, a hablar de criptoherejía. Lamentable- 
mente este clima genera una profunda desorientación en los mismos fieles. 


42.8. Sinopsis de la Iglesia en el mundo contemporáneo 573 


Es necesario salir de esta situación siguiendo la invitación de San Pablo de 
actuar la verdad en la caridad. 

Analizando después los detalles de la decadencia doctrinal, el Card. Polet- 
ti concreta la explicación en el cambio eclesiológico: la concepción de la Igle- 
sia como agregación de las Iglesias locales (concepción, añadimos nosotros, 
promovida por la elevación indiscriminada de la potestad de los obispos en 
su propia diócesis y por la consiguiente debilitación de Pedro). Es también 
digno de observación que la consideración parentética del cardenal sobre el 
origen de la confusión doctrinal no es concluyente. En realidad la confusión 
precedía a los Concilios, que precisamente se hacían para disiparla (aunque 
a veces no lo consiguieran, como ocurrió en Nicea). A Trento, por ejemplo, 
sucedió una época de absoluta claridad doctrinal y de firme condena de los 
errores. No hay auténtica reforma de la Iglesia si los esquemas doctrinales 
son inciertos. Es una peculiaridad del Vaticano II haber generado confusión, 
más que haberla disipado; y la peculiaridad desciende del discurso inaugural 
(84.3), que sustituye el principio de la confutación del error por el del diálogo 
basado en la mutua confianza. 

La retractación de los himnos de victoria con los que fue solemnizado el 
vigésimo aniversario del Concilio culminó últimamente con las declaraciones 
del Card. Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 
concedidas para una entrevista y reproducidas en OR del 9 de noviembre de 
1984. 

Que las escamas comienzan a caer de los ojos de los más avisados se 
desprendía de muchos indicios, pero aunque convenga separar la opinión del 
cardenal como persona privada de la autoridad que las revestiría si hablase 
ex officio, las declaraciones arrancan todo velo a la verdad: Los resultados del 
Concilio parecen oponerse cruelmente a las expectativas de todos, empezando 
por las de Juan XXIII y siguiendo por Pablo VI: se esperaba una nueva 
unidad católica y sin embargo se ha llegado a un disentimiento que ha parecido 
pasar de la autocrítica a la autodestrucción (...) se esperaba un salto hacia 
adelante y sin embargo nos hemos encontrado ante un proceso regresivo de 
decadencia que se ha desarrollado en gran medida precisamente bajo el signo 
de una apelación al Concilio, y por tanto ha contribuido a desacreditarlo para 
muchos. Por consiguiente el saldo parece negativo (...) Es innegable que este 
periodo ha sido decididamente desfavorable para la Iglesia Católica. No creo 
que el Concilio pueda realmente ser considerado responsable de evoluciones 
e involuciones que, por el contrario, contradicen el espíritu o la letra de sus 
documentos. Mi impresión es que los daños a los que se ha enfrentado la 
Iglesia en estos veinte años son debidos más que al auténtico Concilio, al 
desencadenamiento en su interior de fuerzas latentes agresivas, polémicas, 
centrífugas. 


574 42. Epílogo 


El cardenal cifra la crisis en cuatro causas: se ha perdido la fe en Dios, 
en la Iglesia, en el dogma y en la Escritura interpretada por la Iglesia. Es 
chocante la afirmación de Ratzinger sobre la alteración de la eclesiología, 
merced a la cual la autoridad de Pedro ha sido debilitada por el indebido 
reforzamiento de las conferencias Episcopales, que además han destruído la 
autoridad personal de los obispos: Es necesario volver a conceder a los obispos 
plena responsabilidad personal. 

Es llamativo que esta desautorización de los obispos tenga lugar precisa- 
mente en el momento mismo en que se exalta la Iglesia local y cuando en las 
celebraciones papales el obispo local precede al Nuncio del Papa, a quien en 
tiempos seguía. Asimismo, el pensamiento del Prefecto de la Congregación 
para la Doctrina de la Fe está en consonancia bajo este aspecto con el que 
vimos en el Card. Poletti. 

Para aportar una prueba de la desunión de la Iglesia en el sentimiento 
acerca de su propio ser mencionaremos la obra concerniente a la Iglesia de 
Francia, editada por Desclée en 1982, a cargo de G. Defois, secretario general 
de la Conferencia Episcopal francesa, y titulada: Le Concile: vingt ans de 
notre histotre. 

Está escrita en gran parte por cardenales y obispos. En la primera parte 
se contempla la Iglesia postconciliar como un retorno a las fuentes y una 
refundación sobre su base auténtica y original. La idea del padre Congar de 
que hace falta enjamber quince siglos, retorna combinada con la aspiración 
a esa variación de fondo tratada en 885.7-5.8, y con la implícita denigración 
de la Iglesia histórica (85.9). La raíz de tal tesis se encuentra en la imper- 
fecta noción del desarrollo de las ideas. Se identifica la idea con uno de sus 
desarrollos históricos: el de la Iglesia coexistente con el paganismo y de la 
religión llamada preconstantiniana. Pero, como hemos dicho varias veces, la 
evolución histórica de un principio es cosa distinta del principio: éste se mani- 
fiesta históricamente en una sucesión de momentos, siempre reducido a ellos 
y trascendiéndolos. 

Para demostrar las equivocaciones del catolicismo en los siglos que se 
quiere enjamber, haría falta demostrar que dichos momentos contradicen al 
principio en vez de conformarse a él y realizarlo, y que hubo durante aquellos 
momentos un vacuum de Cristianismo: la continuidad histórica de aquellos 
siglos sería del todo inexplicable. 

No pudiendo apoyar la valoración positiva del Postconcilio sobre la es- 
tadística de los hechos, el libro calla completamente los hechos ? e intenta 


“Según el censo de 1980 Francia ha crecido en diez años en tres millones de habitantes; 
pero el número de católicos, según las estadísticas vaticanas, que registran como católicos 
a todos los bautizados, ha permanecido invariante, y por consiguiente proporcionalmente 
disminuído. Según BARRET, en la Enciclopedia estadística mundial, que no censa a los 


42.9. Crisis de la Iglesia y crisis del mundo moderno 575 


recoger lo positivo de la multiplicidad de intentos incluso fallidos, contem- 
plados siempre como indicio de vitalidad. 

Es la semiótica descendiente del movilismo propio de la edad moderna 
($817.1-17.6), para el cual vale más moverse que llegar y buscar que conseguir, 
y el valor de la vida se sitúa dentro de la vida misma. 

Como se presupone que el movimiento postconcilar es conforme al sen- 
tido de la historia, este dictamen arbitrario consiente a los autores del libro 
imbricar los hechos negativos de la general desalación de la religión y de la 
interna descomposición de la Iglesia en una corriente de optimismo irrealista 
(833.4). Así, en lugar de una inducción histórica, se tiene una proyeción de 
la esperanza humana tras de la cual se cree reconocer el impulso del Espíritu 
Santo (que ya no es alma de la Iglesia, sino alma del mundo entero). 


42.9. Crisis de la Iglesia y crisis del mundo 
moderno 


Crisis de la Iglesia y crisis del mundo moderno. Paralelismo 
entre la decadencia del paganismo y la actual decadencia de la 
Iglesia 

La crisis de la Iglesia moderna se hace evidente en el hecho de no haber 
tenido lugar ese influjo sobre el mundo en el cual había hecho consistir su 
propia renovación. La contradicción entre la realidad y las intenciones con- 
ciliares despunta en todos los campos. 

La condición del mundo en este articulus temporum se asemeja a la de la 
declinante civilización del siglo IV. Muchos son los fenómenos recurrentes y 
paralelos: 


= la disolución de la sociedad 

= el encendido erotismo 

= el delirio por los circenses y los actores 
= el divorcio 

= el aborto 


= el gigantismo de la Administración 


bautizados sino a los practicantes, hay en Francia tres millones de ateos, que eran dos 
millones y medio en 1970 y ciento treinta mil en 1925. Hay sin embargo un gran incremento 
del islamismo, al que se pasan muchos católicos. 


576 42. Epílogo 


la inflación monetaria 


la sodomía 


el abandono de la agricultura 


la urbanización de las masas 


la delincuencia, etc. 


Solamente le faltaban a la crisis del siglo IV los fenómenos debidos al 
dominio de la técnica, que entonces era nula y ahora ha conducido la vida 
del hombre a una artificialidad generalizada que suplanta gradualmente todos 
los procesos naturales: desde el amor hasta la generación y la muerte. 

Pero incluso más que esta serie de fenómenos particulares resulta relevante 
la semejanza entre las dos grandes transiciones en ambos momentos. El pa- 
ganismo languideciente, en el momento mismo en que defendía la presencia 
del ara de la diosa Victoria en la Curia, experimentaba la misma modificación 
sufrida ahora por la Iglesia Católica. 

Se pierde lo específico de la religión y se disuelve el catolicismo en una 
teocracia universal de la cual todas las religiones, hoy equiparadas a la civi- 
lización, son formas válidas. 

La semilla de esta igualación de todas las religiones está ciertamente con- 
tenida en el discurso de Pablo VI comentado en 86.2. La religión católica no es 
un principio de división entre los hombres, porque (decía el Papa) distingue 
como lo hacen las lenguas, las costumbres, o las razas; pero no se opone. 

El ecumenismo postconciliar ($835.8-35.16) se resuelve en una axiología 
mundana, presente según las visicitudes históricas en todas las culturas. No 
se puede atribuir al catolicismo una singularidad de excelencia: también las 
otras religiones participan como el catolicismo de la exigencia religiosa del 
hombre, aunque siempre con adecuación a la contingencia histórica y con 
inadecuación al arcano que se desea expresar. El catolicismo no trasciende a 
las otras religiones, sino que entra en su misma categoría: es un valor que se 
distingue de los otros y su diferencia respecto a las otras religiones es como 
la que suponen la lengua, la cultura, el arte o la profesión (Pablo VI, 86.2). 
Ahora bien, éste es el motivo de la célebre Relatio Symmachi refutada por 
San Ambrosio: Aequum est quidquid omnes colunt, unum putari. Eadem scru- 
tamur astra, idem nos mundus involvit. Quid interest qua quisque prudentia 
verum inquirat? Uno itinere non potest perveniri ad tam grande secretum * 


l10Es justo considerar que sea un único y mismo ente ése al que todos adoran. Todos 
vemos los mismos astros, estamos envueltos en el mismo mundo. ¿Qué importancia tiene 
la filosofía con la que cada uno va buscando la verdad? No se puede llegar a tan grande 
arcano recorriendo una sola vía. 


42.9. Crisis de la Iglesia y crisis del mundo moderno 977 


. Aquí se percibe el fondo común a la crisis del paganismo y a la crisis del 
cristianismo: es el espíritu pirronista que rehúye toda certeza de la verdad, 
o bien el pluralismo de las religiones procedente del pirronismo y que las 
considera a todas igualmente inadecuadas al inmenso arcano del universo. 

Si éste es el aspecto teórico de la crisis, su efecto en la vida es la universal 
descomposición de las costumbres, cuya fenomenología ya hemos tratado; 
está bastante diversificada, pero su origen absoluto es la opinión dominante, 
que no mide las acciones humanas según la ley natural y divina sino según 
el criterio de la utilidad en la vida de este mundo (y en último término, por 
el placer). 

Juan Pablo II ha definido exactamente la situación y la causa. La situación 
puede sintetizarse en dos direcciones de fondo: la agresión continua y sis- 
temática a los principios morales, por una parte; y por otra, la táctica de mul- 
tiplicar principios y modelos de corrupción. La causa es de orden metafísico: 
rechazada u obnubilada la idea de Dios, toda axiología se derrumba. Debe- 
mos reconocer en el hombre un «ser» que exige un «deber ser» en virtud de 
una ley que está por encima suyo: la ley natural atestiguada por el sentido 
interior de la conciencia (OR, 2930 de noviembre de 1982). 

Como hemos mostrado en 8820.4-21.3, el hombre moderno considera la 
ley natural como un inconsistente y supersticioso tabú que hay que abatir, 
o más bien ya abatido. De tal negación hemos derivado toda la etiología 
de las corrupciones particulares de la sociedad contemporánea. En el dis- 
curso mencionado, el Papa repropone la doctrina perpetua de la Iglesia y 
reivindica el carácter no adventicio, sino innato a la criatura humana, de tal 
ley. Por tanto, sobrepasando la filosofía natural, demuestra que referir la ley 
moral a Dios no es aún suficiente para determinar de modo absoluto los con- 
tenidos de la moralidad. La moral filosófica es cumplida y perfeccionada por 
la moral teológica: debemos decir que sólo Jesucristo, Revelador del Padre, es 
el paradigma seguro, por ser divino, de la moralidad (OR, 29-30 de noviembre 
de 1982). 

Dignidad humana y derechos del hombre son uno de los temas más fre- 
cuentes de la predicación del Papa, pero es imposible mantener con fuerza la 
verdad de esos derechos si no se establece antes que esos valores derivan del 
carácter absoluto y de la inviolabilidad del fin último. 

Los derechos son secundarios y correlativos a los deberes. Incluso Maz- 
zoni escribió / doveri dell úomo (Los deberes del hombre), y no los derechos 
del hombre. Pero el mundo moderno ha invertido la secuencia haciendo del 
derecho el valor primigenio, y pretendiendo que los deberes subsisten sólo al 
servicio de los derechos. 

Y aquí se puede observar que resulta perniciosa la predicación de ciertas 
verdades independientemente de la religión, porque faltándoles su fundamen- 


578 42. Epílogo 


to se rigen mal por sí mismas, y también porque se arrebata a la Iglesia su 
ejercicio primario, consistente en la enseñanza de toda verdad moral. Ver lo 
que dice a este propósito Manzoni en la Morale cattolica, ed. cit., vol. 11, pp. 
577-578. 


42.10. Decadencia del influjo social de la Igle- 
sia en el mundo 


La pérdida de la especificidad del catolicismo debilita el influjo social de la 
Iglesia (influjo unificante, moral y salvífico). En cuanto a la unidad, ya vimos 
cómo los cismas rumano, ruteno y chino la han roto y cómo está amenazada 
por la crisis precismática de Holanda. Añádase el recentísimo cisma de la 
Islesia de Nicaragua, donde una Iglesia llamada popular, inspirada en la 
teología de la transformación radical de este mundo, ha repudiado a cara 
descubierta la autoridad del Papa Y . 

La autoridad religiosa del Papa, pretendidamente creciente y poderosa en 
el mundo contemporáneo (seducido en apariencia por una expansión inaudita 
de la diplomacia pontificia), mengua en realidad continuamente, y no sólo por 
la difusión en las masas del espíritu moderno y secular, sino también por la 
desistencia de la autoridad misma: desistencia ya no contingente y prudencial, 
como fue en un tiempo, sino de principio y sistemática. 

Esto se hace patente, como hemos observado en 886.8-6.9 y 6.11, en el 
interior de la Iglesia, donde las órdenes de la Santa Sede son ignoradas o 
desobedecidas por las masas y desconocidas o desatendidas por el episcopado 
(886.4-6.7). 

El mundo civil, que llevaba la impronta de la religión en las costumbres y 
en la legislación, ha borrado en casi todas partes la huella cristiana: adopción 
del divorcio y el aborto (excepto en Portugal e Irlanda); legalización de la 
sodomía y de las relaciones incestuosas; iniciación a las prácticas anticoncep- 
tivas introducida por el Estado en la escuela +? , progresivo desconocimiento 


MSacerdotes comprometidos con la lucha revolucionaria y ministros de ese gobierno 
marxista opusieron su rechazo a Juan Pablo II, que les invitaba a dimitir de sus tareas 
políticas y a volver a sus deberes pastorales. Es significativa la declaración del padre 
D'Escoto, ministro de Asuntos Exteriores: No estaré en Managua el 5 de marzo, en la visita 
del Papa, sino en Nueva Delhi para la cumbre de los no alineados, que es infinitamente 
más importante que la visita de un Papa (RI, 1983, p. 126). 

12] Card. SUENENS, en OR del 17 de febrero de 1983, señala el escándalo producido 
por un opúsculo sobre el amor difundido en los liceos franceses por obra del Ministerio de 
la juventud y el Deporte. El opúsculo ilustra los métodos anticonceptivos y constituye una 
verdadera y oficial incitación a la lujuria, con la abolición de todos los frenos morales. El 
cardenal deplora la ausencia de protestas enérgicas contra tal obra de corrupción, pero las 


42.11. Decadencia del influjo vital de la Iglesia en el mundo internacional 579 


de los derechos nacidos de las desigualdades entre los hombres; secularización 
total de los colegios, la educación, la prensa, el calendario * y las obras en 
tiempos llamadas de misericordia; profesión constitucional del indiferentismo 
religioso y del ateísmo como base de la comunidad civil; o reducción de los 
actos públicos de religión a una ritualidad meramente civil frecuentada por 
creyentes y no creyentes ** , 

No referiré esta desreligionización al ¿diotropion de Pablo VI, quien según 
juicio de Jean Guitton (tal vez el laico que más íntimamente conversó con 
aquel Papa y penetró en la mente del Pontífice), tenía una mentalidad de 
tipo laico Y. 

No es en realidad posible, en una teodicea católica, asignar a un individuo 
tal causalidad. Pero que la descristianización y el paso de una civilización aún 
dominica a una enteramente hominica se haya acentuado como secuela del 
pontificado de Pablo VI, no puede negarlo quien sepa detener la propensión 
demasiado natural del hombre a encontrar verdadero lo agradable y a apartar 
de aquello que le disgusta los ojos de la mente. La crisis además es reconocida 
por Pablo VI, sea en discursos públicos ( 81.7), sea en los coloquios privados 
con Guitton. 

A dicho miembro de la Academia Francesa el Papa le hablaba con horror 
(op. cit., p. 149) y señalaba que en el interior del catolicismo un pensamiento 
de tipo no católico parece a veces tener primacía, y es posible que este pen- 
samiento no católico en el interior del catolicismo se convierta mañana en 
el más fuerte (op. cit., p. 168). Tampoco en este caso la prevalencia de la 
heterodoxia llegará nunca a identificarse con el pensamiento de la Iglesia. 


42.11. Decadencia del influjo vital de la Igle- 
sia en el mundo internacional 


Por influjo vital entendemos una acción productiva con efectos visibles en 
el orden internacional. Estos efectos fueron importantes en el pasado, aunque 
la acción de la Iglesia fuese teórica y políticamente debatida, combatida y 
frustrada por las diversas razones de Estado. Ciertamente no negamos (más 


causas de tal ausencia son amplísimas y la Iglesia tienen en ellas un peso notable. 

13No debe escapar al observador la progresiva sustitución de las fiestas litúrgicas por 
fiestas puramente civiles: fiesta de la madre, día del enfermo, día del inválido, día de los 
medios de comunicación social, jornada por la paz, etc. 

lMEste último hecho se verifica también en las Capillas papales, después de que los 
embajadores acreditados ante la Santa Sede comenzaran a ser no católicos o no cristianos. 

15 Paul VI secret, París 1979, p. 17: Con él no se estaba en presencia de un clérigo, sino 
de un laico que hubiese sido de pronto elevado al Papado. 


580 42. Epílogo 


bien afirmamos con fuerza) la importancia del oficio doctrinal que la Iglesia 
continúa ejerciendo, y no desestimamos su eficacia; pero los valores, pre- 
cisamente en cuanto tales, existen independientemente de la aceptación que 
reciban de los indiviuos y de la sociedad. Se sigue reverenciando una axio- 
logía considerada por otros superada y muerta: es aquí donde reconocemos 
precisamente la ineficacia del magisterio del Papa en la vida contemporánea. 
No nos repetiremos acerca de la separación progresiva de las masas respecto 
a la ética cristiana: apareció de modo claro en el referendum italiano sobre el 
aborto en 1981, cuando en Roma (sede de Pedro y centro de la Cristiandad) 
sólo el 22% de los votantes votó contra el aborto. 

En algunos países las leyes laicistas impulsan a los jóvenes a presen- 
tarse ante los párrocos exigiendo formalmente ser expulsados de los libros 
bautismales, queriendo borrar de sí mismos el carácter cristiano ** . 

Tampoco insistiremos sobre las execrables violaciones de los derechos de 
la persona consumados en naciones como China y la India, donde la reproduc- 
ción es regulada represivamente por un Estado despótico. Este despotismo 
es considerado como democracia y solicitud del bien nacional. 

La soberanía absoluta del Estado es en realidad el dogma de la filosofía 
política moderna, condenado en la proposición 39 del Syllabus Reipublicae 
status, utpote omnium ¿urium origo et fons, iure quodam pollet nullus cir- 
cumscripto limitibus * . 

Pero ese absolutismo está vigente de modo incondicional y es reconocido 
incluso en los estatutos de la ONU. Por tanto, desde el punto de vista de 
los hechos, la Asamblea de la ONU, órgano de la ideología humanitaria que 
preside la actual etnarquía, es del todo ineficaz: las relaciones entre los Es- 
tados miembros se ejercitan siempre en razón de las fuerzas contrapuestas, 
las deliberaciones de condena son desatendidas, y el Consejo de seguridad 
(órgano del realismo político) gobierna bajo el principio maquiavélico de los 
hechos consumados. 

La desautorización del Papado es patente en ciertos actos de Juan Pablo 
II. Su enseñanza sobre la dignidad humana y sobre la paz y los derechos 
del hombre es infatigable, pero ineficaz. No consiguió interponerse entre los 
contendientes y detener las armas durante la preparación y realización de la 
visita a Gran Bretaña y Argentina, que se encontraban en guerra; no pudo 
hacer valer la incompatibilidad de una visita del predicador de paz con el 
estado de guerra de las naciones visitadas, como si la diferencia entre paz y 
guerra ante la conciencia de los pueblos cristianos no tuviese importancia. 


16 Esprit et vie, 1982, p. 615. 
17El Estado, comoquiera que es la fuente y origen de todos los derechos, goza de un 
derecho no circunscrito por límite alguno 


42.11. Decadencia del influjo vital de la Iglesia en el mundo internacional 581 


La visita hecha por el Papa Wojtyla a América Central a primeros de 
marzo de 1983 dio lugar a la más grave humillación infligida al Papado en 
nuestro siglo. El mismo día en que tomaba tierra el Pontífice, predicador y 
fautor de paz y de clemencia, el Gobierno de Guatemala fusilaba a cinco opos- 
itores sin tener en cuenta las repetidas intercesiones del Papa. El presidente 
de aquella República, general Rios Montt, que acogió al jefe de la Iglesia, era 
un católico renegado que se había adherido a una secta protestante. 


En Belice, habitado por una mayoría de negros protestantes, el Papa 
tocó con la mano el fenómeno nuevo de la regresión de la religión católica, 
agredida por un proselitismo de sectas que definió como equivocado e indigno 
(RI, 1983, p. 354). El desprecio mayor lo sufrió el Pontífice en la visita a 
Nicaragua. Allí se le opusieron los sacerdotes y laicos de la Iglesia popular. 
Estos católicos contumaces a la condena de Roma fueron descritos benigna- 
mente en el OR del 2 de marzo de 1982 como cristianos que optan por la 
revolución entendida como un modo concreto de realizar los valores éticos 
del mensaje evangélico. 


La celebración de la Misa en la plaza mayor de la capital se convirtió en 
una protesta popular contra el Papá, impedido de hablar y ahogado por gritos 
irreligiosos y revolucionarios. El OR del 6 de marzo habló de profanación de la 
Misa, y el Secretario Episcopal de América Central publicó una declaración 
para condenar enérgicamente la inaudita vejación y el incalificable despre- 
cio cometido contra la persona del Santo Padre (OR, 7-8 marzo de 1983). 
Conviene además observar que tanto la petición de San Salvador para la me- 
diación del Papa con objeto de poner fin a la lucha con la guerrilla, como la 
de Nicaragua para que impulsase a Estados Unidos al diálogo, no pudieron 
ser aceptadas, siendo el viaje del Papa, como declaró el portavoz papal emi- 
nentemente religioso. La desunión interna de la Iglesia, su retraimiento ante 
el combate del proselitismo protestante, la ineficacia política y moral de la 
religión en aquellos países de antigua tradición católica, sobresalieron do- 
lorosamente en el viaje apostólico del Papa Wojtyla. 


Se nos contraargumentará con las inmensas masas que suele congregar; 
pero ¿quién no conoce lo superficiales, mudables y falaces que son los impulsos 
concurrentes en cada momento para mover ese gran corpachón en que consiste 
la masa, y lo poco que se puede argúir sobre la profunda disposición mental 
de un pueblo?” 


582 42. Epílogo 


42.12. La Iglesia, desbordada por el cristianis- 
mo secundario 


La Iglesia, desbordada por el cristianismo secundario. La Pop- 
ulorum progressio 

En 8832.3-32.4 hemos atribuído el presente declive del catolicismo al ale- 
jamiento de su propio fin primario para aplicarse a la perfección mundana del 
hombre. La religión redunda ciertamente en una perfección también tempo- 
ral, y éste es el punto principal de las filosofías de Campanella y de Gioberti; 
pero no puede, sin desnaturalizarse, tomar tal perfección como fin primario 
O co-primario. 

La variación afecta realmente a toda la teoría de los valores mundanos, 
tratada en 8830.1-31.1 y presupuesta en nuestro razonamiento. La Iglesia 
maduró la civilización europea como un efecto natural de la religión, pero 
secundario; ha desarrollado las virtualidades civilizadoras del mundo pro- 
fano; ha asumido con el Vaticano II la toma directa de partido en el per- 
feccionamiento temporal, y así ha intentado hacer entrar el progreso de los 
pueblos en la finalidad del Evangelio. 

La Populorum progressio explicita la doctrina. Se presenta como un de- 
sarrollo de la Rerum novarum: ésta enseñaba la armonización de las clases 
(ricas y pobres) en el ámbito de los Estados individuales; la encíclica de Pablo 
VI promueve sin embargo la armonización de los diversos pueblos (ricos y 
pobres) entre sí, ahora que la semejanza entre las gentes se ha hecho más 
conocida, más sentida y más estrecha, y son los pueblos (y no los individuos 
hambrientos) los que se presentan ante la solicitud de los pueblos opulentos. 

También Juan Pablo II, en el discurso al Bureau international du travanl, 
afirma ser el bien común mundial el problema social que hoy nos incumbe 
(OR, 16 junio 1982). 

No entro a observar cómo en la Populorum progressio llega a su con- 
sumación un deslizamiento desde el orden de la beneficencia, que es un de- 
ber moral, al orden de la justicia, convertido en un derecho exigible. Este 
deslizamiento se justifica en el sistema católico: como dije, las circunstancias 
históricas no sólo pueden cambiar el grado, sino incluso las especies de una 
conducta moral, hacer de una culpa leve una culpa grave, y convertir un acto 
de beneficencia en un acto jurídicamente obligatorio. Prescindimos aquí de 
las propuestas concretas de la encíclica, como la constitución de un fondo 
mundial para socorrer a los países pobres, propuesta impugnada por sociólo- 
gos y economistas, movidos quizá por una visión demasiado unilateral. Más 
relevante es la variación de prospectiva por la cual se invierte la teleología, 
convirtiendo al progreso técnico y crematístico no exactamente en el fin, pero 


42.12. La Iglesia, desbordada por el cristianismo secundario 583 


sí al menos en la condición previa de la perfección espiritual y de la obra de 
la Iglesia, según la orientación doctrinal del padre Montuclard ($11.10). 


Ciertamente, el término al que se dirige el desarrollo es un crecimiento in- 
tegral: un humanismo destinado a integrarse con Cristo, convirtiéndose así en 
un humanismo trascendente. Pero la relación entre ese todo que es el hombre 
humanamente desarrollado y ese otro que es el hombre sobrenaturalizado no 
resulta determinada. 


Pablo VI auspicia un mundo en el cual la parábola de Lázaro y de Epulón 
sea corregida, la libertad no sea una palabra vana y donde el pobre Lázaro 
pueda sentarse a la misma mesa que el rico (n. 47). Se invierte así el sentido 
de la parábola. En el Evangelio el rico accepit bona in vita sua (recibe bienes 
durante su vida), y por esta razón cruciatur. Lázaro, al contrario, recepit 
mala et nunc consolatur (recibe males y ahora es consolado) (cfr. Luc. 16, 
25). Querer que Lázaro goce como el rico significaría igualar esos bienes 
mundanos a la consolación celeste y hacer de la fruición de los bienes del 
mundo un valor conectado con la fruición de Dios e incluído en ella. 


Además, como enseña solemnemente el Sermón de la Montaña, hay una 
contraposición entre el llanto y la consolación, entre la sed de justicia y la 
saciedad de justicia +$ . Sin embargo no se puede sostener que el llanto sea 
una consolación incipiente (ésta consiste en la cesación del llanto) o que 
estar sediento sea un incipiente no tener sed. El preámbulo de una cosa 
no es la cosa. La fórmula del cristianismo es aut aut, no et et. Se puede 
quizá legitimar también et et, pero no a la par, porque las cosas del mundo 
se quieren solamente hipotéticamente y como medio, mientras las del cielo 
absolutamente y como fin de todos los fines. 


Pero el pensamiento de la encíclica de Pablo VI está bien aventurado por 
su difusor, el padre Lebret *? : el oficio de la Iglesia en la transformación 
del mundo no es ni supletorio ni secundario, sino más bien esencial a la 
predicación del Evangelio, que es la misión de la Iglesia (dice el Sínodo de 
obispos de 1971) para la redención de la Humanidad y la liberación de toda 
situación opresora. La dualidad de redención y liberación repropone el et et 
sofístico; en realidad redención y liberación no son dos, sino una, porque la 
redención coincide con la liberación: pero una liberación en Cristo, espiritual 
y escatológica. 


ISEsta contraposición es hoy debilitada y eludida. 
19%Ver V. COSMAO, Transformar el mundo: una tarea para la Iglesia, Ed. Sal Terrae, 
Santander 1981. El autor es el director del Centre Lebret. 


584 42. Epílogo 


42.13. Oscurecimiento de la escatología. La 
ecumene humanitaria 


Haber integrado la civilización terrena en el Evangelio lleva a un oscureci- 
miento de los fines ultraterrenos de la religión. La justicia, que consiste en 
que el hombre se vuelva totalmente a Dios 2 , se convierte en un volverse el 
hombre hacia el hombre, y la ética religiosa confluye con la ética humanitaria: 
el reino de Dios cuaja en el reino del hombre. De aquí se derivan la conso- 
nancia cada vez más grande entre la empresa de la civilización (ordenando 
la vida sin referencia a lo divino) y la acción de la Iglesia contemporánea, ya 
no imbuída de los valores cristianos sino, como siempre se dice, en busca de 
los valores humanos y cristianos. 

El generalizado sincretismo de las religiones se encuentra así inscrito en 
un sincretismo humanitario, alma del mundo moderno. De esta suerte, las 
máximas, principios y persuasiones últimas propias del catolicismo son elu- 
didas, rebajadas, o calladas, iluminándose sólo lo que es común a todas las 
opiniones e igualando así todo con todo: apoyando el ideal humano sobre la 
naturaleza pura y sobre una protología meramente humanitaria. 

Hoy ya no hay en el mundo una sola Constitución civil que tenga una 
base religiosa cristiana. La visión escatológica del catolicismo está eclipsada 
y el razonamiento teológico de la predestinación desaparece de la doctrina. El 
fin, el interés, la res que admite un discurso universal, son dados solamente 
por el mundo de aquí abajo y es por la prospectiva de este mundo por lo que 
la Iglesia se pone al servicio de los hombres; en esta prospectiva es aceptada 
e incluso invitada como amiga ? . 

El antagonismo del aut aut pone aún contra la Iglesia a la mayor parte 
del género humano, animada y dirigida por el comunismo. Resulta encima 
curioso tener que observar cómo dicho antagonismo es mejor advertido por 
esta parte que por la Iglesia misma, la cual lo atenúa y decolora. 

El humanismo llamado laico reconoce en el ideal de la Iglesia su mis- 
mo ideal y se asocia a él, como si hubiese coincidencia entre Cielo y tierra: 
como si estuviese en acto en el Cristianismo ese cambio radical, que es sin 
embargo imposible (85.7). Para no desviarnos de nuestra norma metódica, 
mostramos esa asociación en las declaraciones de Sandro Pertini, presidente 
de la República Italiana, en el OR del 27 de enero de 1983: Estoy firmemente 
convencido de que el verdadero progreso para nuestro país no vendrá de una 


20Ec]. 12, 13: Deum time et mandata eius observa: hoc est enim omnis homo. 

21E] Papa en el discurso a los pescadores de Flutrock: Hombres y mujeres nacen para 
contribuir con su trabajo a la edificación de la comunidad humana y para realizar así su 
completa estatura humana de co-creadores con Dios y constructores con Él de su Reino. 


42.13. Oscurecimiento de la escatología. La ecumene humanitaria 5989 


contraposición entre creencias diversas, sino de su capacidad de compren- 
derse y estimarse mutuamente. Europa e Italia nacen del esfuerzo común de 
católicos y laicos: de la contribución de toda la tradición cultural cristiana 
y conjuntamente de los valores laicos, como la valoración de lo distinto, el 
respeto mutuo o la tolerancia, que forman parte también del cristianismo. 
Ciertamente ya no es momento de contraposiciones, sino de integraciones 
recíprocas en bien del hombre. Sobre este campo, creyentes y no creyentes 
pueden hacer juntos un largo recorrido. 

Prescindamos de la debilidad del análisis histórico, que supone activos 
los valores laicos cuando los valores laicos no existían, pues en realidad son 
hijos de la era moderna. La prospectiva del Presidente es aquí claramente 
un sincretismo humanitario. Éste se compagina perfectamente con el ideal 
profesado por Comunión y Liberación en el gran Meeting de Rimini de 1983, 
que en el mensaje a Pertini declaraba comprometerse por la construcción 
de una sociedad cuyo centro sea el hombre, por el diálogo entre culturas e 
identidades distintas, por los derechos de todo hombre, por la paz (OR, 31 de 
agosto de 1983). 

Pero comprensión e integración suponen un valor anterior y común a los 
valores comprendidos (es decir: tomados juntos e integrados), y este valor es 
el hombre en sí mismo como fin del mundo, y no los valores trascendentes de 
la religión. 

El ideal humanitario reivindica la religión y mira a la instauración del 
regnum hominis, último estadio, según Comte, de la madurez humana, en el 
cual está enmascarada una especie de era del Espíritu Santo inmanente al 
mundo. 

El presidente Pertini fue más allá en el discurso pronunciado durante la 
visita del Papa al Quirinal el 2 de junio de 1984. Profesó la irrelevancia de las 
religiones en el progreso del género humano. Son para él formas posibles del 
espíritu humanitario, que se desarrolla independientemente de ellas. El Presi- 
dente cree que no pueden impedir la comunidad entre los hombres, pero no 
las considera como factores privilegiados, de tal comunidad: Las confesiones 
religiosas, la elección filosófica o la militancia política, no pueden constituir 
obstáculo en el camino de la comprensión (OR, 4 de junio de 1984). 

El Papa además dedicó su propia respuesta al motivo de la ecumene 
humanitaria, y hablando del pueblo italiano identificaba la índole nacional 
de los italianos con el espíritu humanitario, haciendo nacer de éste y no de 
la religión las obras de San Camilo de Lelis y de San José Cottolengo. 

Las semejanzas que se pueden encontrar entre la acción inspirada por 
la religión y la acción laica son (como decían los escolásticos) semejanzas 
materiales, pero no formales: no conciernen a la esencia de la cosa, que es 
radicalmente distinta en los dos casos. La unidad universal, según el catoli- 


586 42. Epílogo 


cismo, es compatible con la diversidad, puesto que ésta deja subsistir por 
encima de las diferencias el reconocimiento común del fin trascendente, que 
es el principio auténtico de la unidad. En el universalismo humanitario, sin 
embargo, no se deja subsistir ese fin trascendente, y en su lugar se convierte 
al hombre en centro y en fin. 

También en la axiología humanitaria se puede dar un lugar a la religión, 
pero sólo como una especie más de la humanidad pura. En la Homilía de 
Pentecostés de 1983 (OR, 26 mayo 1983) Juan Pablo II celebró la acción 
unificante de la Iglesia en el mundo, e intentó atribuirle un importante con- 
curso en la formación de la ecumene humanitaria y civil a la cual se vuelcan 
las naciones. Después de Pentecostés la reconciliación ya no es un sueño con- 
fiado a un futuro lejano. Se ha convertido en una realidad destinada a crecer 
incesantemente con la expansión universal de la Iglesia. El Papa distinguía 
dos aspectos de tal razón unificadora. Primero, haciendo que los hombres se 
adhieran a Cristo, el Espíritu Santo los liga en la unidad de un solo cuerpo 
(la Iglesia), y reconcilia así en una misma amistad a personas lejanísimas 
entre sí por ubicación geográfica y cultural. Además, el Espíritu Santo ejerci- 
ta su acción incluso fuera de la Iglesia, inspirando a los hombres el deseo de 
una más grande unidad de todas las naciones. 

La conmoción utópica que sugiere al Pontífice ese modo de hablar es 
manifiesta. La expansión universal de la Iglesia Católica está hoy detenida, 
sea por la intestina descomposición lamentada por Pablo VI, sea por un 
nuevo concepto de ecumenismo que ha esterilizado las misiones. Además, la 
moción extraeclesial del Espíritu Santo es un dogma de fe, pero constituye 
precisamente un orden extraordinario sobre el cual no se puede fundar una 
visión y una previsión histórica. 

La debilidad de la Iglesia en su operación de promoción humana responde 
a una ley: suus quisque officium agat. La naturaleza de todos los entes, físicos 
o morales, es el principio del movimiento de ese ente; por tanto la naturaleza 
sobrenatural de la Iglesia se manifiesta primariamente en un movimiento 
sobrenatural. Cualquier otro movimiento, y sobre todo el de la promoción 
humanitaria, está destinado a tener éxito (y la historia de la civilización 
lo prueba), pero como corolario y mantisa del otro. Al progreso del mundo 
puede indudablemente concurrir la Iglesia, pero no en la dirección que tal 
progreso ha tomado, sino más bien enderezándolo y contrastándolo. 

Ella no puede, como parece querer hacer hoy, situarse de cualquier man- 
era a su cabeza, porque el verdadero origen de tal progreso es una naturaleza 
distinta de la suya. La ambigiedad, la incertidumbre y la ineficacia del so- 
cialismo cristiano son una prueba de este hecho. Ciertamente la Iglesia, al 
situar fuera de sí misma su virtud sobrenatural, defiende a la vez las bases 
naturales del orden humano, y no puede defender aquélla si no tiene firme 


42.14. Leyes del espíritu del siglo. Lo agradable. El olvido 587 


éste. Hoy de hecho, la Iglesia es la única defensora de los derechos naturales, 
pero su defensa aparece mezclada con todas las violaciones posibles, como 
hemos mostrado en 3520.3-21.3 y articuladamente en los siguientes epígrafes. 
Además, el orden moral y el escatológico se reclaman mutuamente, porque la 
ley moral es el orden de la vida humana que tiene su fin y su cumplimiento en 
la realidad escatológica: non contemplantibus nobis quae videntur, sed quae 
non videntur. Quae enim videntur temporalia sunt, quae autem non videntur 
aeterna sunt (II Cor. 4, 18) 2 . 


42.14. Leyes del espíritu del siglo. Lo agrada- 
ble. El olvido 


El aspecto más vistoso del mundo contemporáneo es la convulsa vivacidad 
de su espíritu, el continuo movimiento de las opiniones, la variación rápida de 
las cosas, la ininterrumpida discusión y problematización total (sobre todo y 
por todos), el incesante pulular de congresos, encuentros de estudio, o grupos 
de investigación. En esto consiste el fenómeno profundo del pirronismo y del 
movilismo, que corrompen profundamente la mentalidad. Pero este fenómeno 
no tiene noúmeno, y responde a una ley que ya hemos citado: cuanto más 
dejan de existir las cosas en el mundo real, más pasan al orden verbal; y la 
palabra (el fenómeno, la apariencia del ente) se convierte en un quid en sí y 
sustitutiva del ente. 

Por ejemplo, cuando la vida monástica languidece, entonces abundan los 
escritos sobre la renovación y sobre el descubrimiento o redescubrimiento 
de los valores monásticos, convirtiéndose todo en problemática y verborrea. 
Y cuando la adoración eucarística es rebajada a lo más profundo, entonces 
el Sacramento se convierte en sujeto de discusiones, congresos de estudio y 
libros, como jamás se vio en épocas de profunda piedad eucarística. El Sacra- 
mento se pone en relación con todas las cosas: con el turismo, el deporte, el 
teatro, etc.; en definitiva, todo con todo. Más que de vitalidad, tal sobreabun- 
dancia es indicio de vaciamiento: cuando la cosa subsiste, no tiene necesidad 
de ser problematizada e invadir el mundo verbal. La transferencia de lo real 
a lo verbal no se explica adecuadamente si no se medita esa arcana facultad 
de la mente de reconocer o desconocer lo que le está presente, de proponerse 
a sí misma una cosa y creerla, o viceversa: apartarla y no advertirla, como si 
no existiese. Es el arcano tocado varias veces en la Biblia y máxime en Luc. 


22Por donde no ponemos nosotros la mirada en las cosas que se ven, sino en las que no 
se ven; porque las que se ven son temporales, mas las que no se ven, eternas. 


588 42. Epílogo 
8, 10: ut videntes non videant et audientes non intelligant Y . 

De esta facultad de clarificar y oscurecer unas partes u otras de lo real 
conocido proviene el gran hecho individual y social del olvido. El olvido es el 
gran motor de la historia y configura el espíritu del siglo. 

No estoy tratando de ese olvido intencional que no está en la memoria, 
sino sólo en la representación mental o vocal que nos hacemos de la realidad. 
Aquí me refiero al olvido que no quita de la conciencia el hecho, pero hace 
que no sea advertido, ni se crea en él: que, por decirlo con Leibniz, se lo 
perciba sin percibirlo. 

La dirección del espíritu del siglo está determinada por imponentes fenóme- 
nos de tal olvido. No menos que los impulsos de la pasión y de la voluntad 
explícita, es el gran motor de la historia. Ciertamente el espíritu humano es 
incapaz de contener simultáneamente varios valores, y el olvido es aquéllo 
gracias a lo cual el mundo antiguo se hace siempre nuevo. Al igual que las 
Danaides, la historia, que recibe su misma sustancia de la memoria, vierte 
incesantemente en el tonel un evento tras otro; pero no lo llena jamás, y los 
eventos colman y desbordan el vaso de la memoria, fútil y permeable. El 
estado del mundo es a cada momento un compuesto de memoria y de olvido. 
Como escribe Virgilio Malvezzi ? , el espacio de cien años es la longitud 
que tiene el lecho del río del olvido: ya han muerto los hombres que, no sin 
peligro y con grandísimo daño, conocieron que las rebeliones son inútiles; ya 
no se perciben las aldeas quemadas, los árboles incinerados, las tierras es- 
terilizadas, las ciudades desiertas, destruídas, deshechas; no se cree en los 
daños causados, o si se cree en ellos no se los valora porque se los conoce 
como reparables, porque se los ve reparados. 

He dicho que la historia es como el tonel de las Danaides. A causa de la 
memoria, cada generación recapitularía el mundo; a causa del olvido, cada 
una lo recomienza. Así, los siglos se reciclan en la idéntica miseria, curada 
(como dice Francesco Chiesa en el Martire) por el piadoso olvido de los hijos. 

Tampoco sirven de nada los esfuerzos de una generación para fijar la 
memoria y abolir el olvido. Los griegos, después de las guerras persas, dejaron 
en pie los templos incendiados para perpetuar en las mentes la crueldad impía 
de los bárbaros. Después de 1945 los americanos dudaron si reconstruir o no 
las ciudades alemanas, a fin de que no cayese el pueblo germano en el olvido 
de su culpa y de la desventura siguiente. Pero luchar contra el olvido es chocar 
con la fatalidad, porque el olvido es la ley de la historia; más bien es lo que 
constituye la historia, consistente en las vicisitudes de muertos y de vivos 
(es decir: de comparecencias y desapariciones de las cosas del espíritu). Por 


23Para que mirando no vean y oyendo no entiendan 
24 Politiei e moralisti del Seicento, Bari 1930, p. 233. 


42.14. Leyes del espíritu del siglo. Lo agradable. El olvido 589 


tanto el olvido es algo benéfico en la vida del tiempo, incluso instituciona- 
lizado en el derecho mediante la prescripición, la usucapión o la perención, 
contempladas en todas las legislaciones. Y no me adentro en el acto moral del 
perdón, especie de voluntario olvido que si bien no puede deshacer el hecho 
pretérito, lo anula en la memoria de quien perdona. 

El olvido tiene una parte importante en la historia de las naciones y en la 
de la Iglesia. La damnatio memoriae es característica de todos los regímenes 
que se alzan sobre las ruinas de los anteriores. Pero aquí es conveniente tocar 
solamente el olvido como fenómeno de la Iglesia contemporánea. A lo largo de 
todo este libro, que indaga las variaciones experimentadas por el catolicismo 
en el siglo XX, se ha visto que todo cambio es correlativo a un olvido, a 
una agustiniana inadvertentia. Las novedades del Vaticano II son iluminadas 
por parte de la doctrina católica, lo que se corresponde con la obliteración 
correspondiente de otras partes. 


= El olvido cubre el dogma de la predestinación bajo la verdad de la 
vocación universal 


= el del infierno, bajo la verdad de la misericordia divina 


= el de la Presencia Real, bajo la verdad de la presencia espiritual de 
Cristo en la asamblea 


= el de la obediencia absoluta a la ley divina, bajo la verdad del perfec- 
cionamiento personal que se sigue de ella 


= el del fin escatológico de la humanidad, bajo la verdad de los deberes 
temporales del hombre 


= el de la infalibilidad de Pedro, bajo la verdad del magisterio colegial de 
los obispos 


= el de la inmutabilidad de la ley moral, bajo la verdad del devenir históri- 
co de sus aplicaciones 


= el del sacerdocio ministerial, bajo la verdad del sacerdocio de los fieles 


= el de la enseñanza del dogma divino, bajo la verdad de la búsqueda 
dialéctica. 


El Vaticano II es un imponente fenómeno de innovación cuyos efectos se 
han imprimido en todo orden doctrinal y práctico de la vida eclesial; pero la 
emergencia de la novedad es menos significativa que el fenómeno de olvido 
que subyace. Y la genuina renovación de la moderna Iglesia deberá consistir 


590 42. Epílogo 


en una restauración de la memoria, conservando siempre (se entiende) la 
diferencia entre esa memoria esencial que se identifica con el ser mismo de la 
Islesia, y la memoria de sus mutables concreciones históricas necesarias para 
la conservación de la esencia. 


42.15. Los olvidos de la Iglesia contemporá- 
nea 


Si queremos buscar fenómenos de olvido en la Iglesia contemporánea, 
muchos de los cuales son hoy contemplados como rectificaciones de una visión 
que solamente en nuestro tiempo sería clara y desapasionada, encontramos 
abundantes y llamativos ejemplos. 

Paso por alto el difundido olvido de las dificultades sufridas por la Iglesia 
en el siglo pasado por obra del Estado liberal y en el presente por obra 
de los totalitarismos. Se genera este olvido merced a una propensión a la 
renuncia, a la remisión y al aborrecimiento de toda enemistad, incluso las 
del injusto y el ofensor. Juan XXIII dio ejemplo en el mensaje al presidente 
Fanfani en el centenario de la unidad nacional de Italia. El Papa niega haber 
existido conflicto entre la nación italiana y el Papado durante las luchas del 
Risorgimento y dice que tal conflicto es fruto de cierta literatura descabellada. 
Llega a ilustrar qué astro benéfico y signo luminoso, que invitaba al triunfo de 
tan magnífico ideal (la unidad nacional) fue el Papa Pío IX, quien lo captó en 
su significación más noble. 

Juan XXITI, en su fervor benévolo e irenizante, ponía en olvido los rec- 
hazos, las condenas, los anatemas opuestos por aquel Pontífice a los ideales 
del Risorgimento; arrancaba de raíz de la historia la hostilidad anticatólica 
de gran parte del movimiento de emancipación, y hacía desaparecer comple- 
tamente el drama de los problemas de la conciencia católica de entonces. 

Pablo VI fue a este respecto bastante más parco, y no teniendo la índole 
eutímica de su antecesor, se mantuvo en esto y en otros puntos históricos en 
los términos que prescriben a un mismo tiempo la verdad y la dignidad. 

Juan Pablo II abundó varias veces en el sentido de la obliteración, pero no 
sabemos a qué propensión psicológica, visión doctrinal o intención política 
reconducir los hechos. Citaremos solamente dos que condenarían al río del 
olvido eventos decisivos de la historia europea del último medio siglo. 

En la visita a Polonia de junio de 1979, acercándose al lugar donde 
estuvo el campo de concentración de Auschwitz, el Papa celebró con voz 
solemne el martirio de millones de inocentes bajo el martillo de una tiranía 
impía, y llamó al lugar santuario del sufrimiento humano y Gólgota del mun- 


42.15. Los olvidos de la Iglesia contemporánea 591 


do contemporáneo. Pero después, en un súbito impulso del corazón, prot- 
rumpió praeter exspectatum en un ardiente homenaje al enorme tributo de 
sangre entregado por Rusia en la lucha por la libertad de los pueblos en la 
última y tremenda guerra 2 . La esclavización de Letonia, Estonia, Lituania, 
Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y de la misma Polonia por obra del despo- 
tismo soviético, que determinó el destino de media Europa y provocó graves 
angustias a la religión, es aquí inmolada al río del olvido. 


No menos peculiar es el olvido en el que Juan Pablo II envolvió los 
padecimientos de la Iglesia de España durante la guerra de 1936-1939, en 
los discursos pronunciados durante su visita en noviembre 1982. Sé bien, y 
soy el primero en asegurarlo, que en aquella sangrienta revolución nacional 
convergieron y divergieron impulsos heterogéneos de contrapuestas concep- 
ciones políticas: pero también de contrapuestas ideas de fondo, religiosas e 
irreligiosas; y sé también lo difícil que es discernir los unos de los otros en las 
masas que combatieron. En aquel compuesto de motivos mezclados los casos 
de martirio religioso en estado puro deben haber sido menos frecuentes de lo 
que parece. 


Sin embargo, es imposible desconocer que en aquel cruel enfrentamiento 
en el que fueron cruelmente asesinados trece obispos, cuatro mil sacerdotes 
y tres mil religiosos y religiosas, al menos una fracción de aquellas víctimas 
haya caído (como además fue confesado por los de la otra parte) in odium 
fider, verificándose así la razón auténtica del martirio católico. Además aquel 
conflicto fue entonces contemplado, sobre todo por Pío XI en una solemne 
alocución, como un gran hecho religioso; y sólo de modo reflejo, también de 
régimen político. No obstante, en los muchos discursos pronunciados por el 
Papa durante la visita en España, no se encuentra la más leve reminiscencia 
de aquellos padecimientos de la Iglesia. 


Sin embargo, pocas semanas antes del viaje papal el OR incluía un gran 
artículo del padre Isidoro de Villapadierna acerca de Noventa y cuatro ca- 
puchinos víctimas de la Revolución de España; sobre ellos está incoada la 
causa de reconocimiento del martirio en la congregación romana para la bea- 
tificación de los Santos. 


La potencia del olvido tiene también otro nombre: potencia de la oportu- 
nidad; y aún otro: potencia del tiempo. Conviene intentar averiguar, en este 
epílogo de todos nuestros discursos, su etiología y su significado. 


25La perícopa falta en el texto polaco y fue pronunciada ex abrupto. Figura sin embargo 
en la traducción italiana del discurso. Los corresponsales de la helvética ATS y de la 
italiana ANSA, testigos de auditu, la relataron en sus servicios. Ver por ejemplo Giornale 
del popolo, 8 de junio de 1979. 


5992 42. Epílogo 


42.16. Deducción metafísica de la crisis 


Prescindiendo de alguna voz discorde entonada al dicite nobis placentia 
y que queda descalificada y ridiculizada por la misma exageración de sus 
afirmaciones, la crisis de la Iglesia, paralela a la del mundo, es admitida 
universalmente; como también lo es que la crisis se manifiesta en el desequi- 
librio entre el desarrollo material (como sumariamente se dice) y el desarrollo 
espiritual del género humano. En realidad el desequilibrio nace de la inca- 
pacidad de contener el desarrollo técnico dentro del moral, y por consiguiente 
de poner las cosas en orden. 

El fondo del extravío en el cual han entrado los siglos de la era moderna 
es la falta de unidad, la ausencia de un principio que coordine y unifique 
todos los valores. La unidad es la condición de todo ente y también de su 
perfección. Es cierto que el valor, que por sí mismo es suma unidad, se refleja 
en la criatura de modo múltiple; pero la multiplicidad con la cual se refleja 
entra en un orden (es decir, en una unidad), ya que orden es la conspiración 
de varios en uno: es la razón por la cual los valores reflejados son copia de 
un único valor primordial y eterno. Ahora bien, ¿cuál es la razón por la cual 
se ha perdido la unidad del mundo contemporáneo? En este punto debería 
demostrar cómo el principio unificante no puede jamás ser alguno de los 
elementos que se deben unificar, sino un quid externo y superior a ellos; y 
por tanto los problemas del hombre no se resuelven en el hombre. 

El mundo moderno, al contrario, intenta unificar sus valores sobre alguno 
de los valores internos a él. Éstos no tienen sin embargo virtud unificante, 
porque son parciales y a veces incompatibles: la economía, el placer, el de- 
sarrollo de la persona, o la libertad. 

El valor que da unidad a los valores múltiples es ese valor último por 
el cual todas las cosas son hechas y al cual convergen. Este valor último 
es externo al orden de los valores que unifica. De las cosas de la vida, que 
configuran una serie desordenada (cosas no conexas), hace una serie ordenada 
(cosas conexas), y así una llama a la otra y todas se disponen en un camino 
gradual hacia el fin. 

Retomemos la cuestión: ¿por qué el mundo moderno no consigue operar 
esa conexión y disponer todo en un orden? Como se dijo (incluso demasiadas 
veces) en este libro, la razón es que ha oscurecido el concepto del fin último 
cerrándose en una Diesseitigkeit absoluta. Sin embargo, una de las causas 
de este olvido del valor escatológico no es necesaria, sino dispositiva: la limi- 
tación del espíritu creado. A causa de ella el espíritu del hombre no puede 
realizar las Operaciones necesarias para concebir el orden del mundo y fun- 
damentar su axiología. Dichas operaciones son: primera, percibir los valores 
individuales; segunda, percibir la relación de cada uno de ellos con el valor 


42.16. Deducción metafísica de la crisis 593 


primero, que es idénticamente causa primera y fin último del mundo; tercera, 
a la luz de aquella primera relación, concebir la conexión sintética de todos 
los valores unos con otros y comprenderlos todos bajo un único valor. 

Ahora bien, mientras los conocimientos fueron pocos y poco especializa- 
dos, los valores eran concebidos confusamente y en conjunto como informados 
por un único valor: precisamente el valor religioso. La idea de la relación al 
fin último tenía primacía sobre todo y era la forma universal que todo lo 
unifica. 

Pero si bien la mente del hombre, como dijimos, puede ciertamente con- 
tener todos los valores mientras son indistintos y confusos, ya no puede ha- 
cerlo cuando son distintos y desplegados cada uno en su propia esfera. El 
espíritu no puede entonces ver lo uno y lo otro a la vez (como lo veía cuando 
eran indistintos), sino solamente discurrir del uno al otro. Por tanto resulta 
frecuente en el mundo moderno el fenómeno de vivir algún determinado valor 
separadamente, como si fuese autónomo y pudiese subordinar a sí todos los 
otros valores: en suma, este valor se arroga el papel propio y exclusivo del va- 
lor primero ultramundano. Por tanto se derrama sobre los valores mundanos 
una religiosidad parangonable a la idolatría. Los valores son sofísticamente 
secuestrados los unos por los otros, desligados de sus ataduras, y separados 
del primero (que los mantiene unidos): la universal figura de este nudo (Par. 
XXXIII, 91) resulta extraviada. 

Los valores, ya no confusos e indistintos sino distintos y separados, tien- 
den a tomar cada uno de ellos el completo dominio del hombre, y puesto que 
se desvanece su relación con el valor primero, su constitución en autonomía 
y su crecimiento fuera de la armonía religiosa conquistan un carácter de 
oposición a la religión, o cuando menos de extrañeza a la religión: incluso la 
religión cristiana se convierte en un elemento del mundo, y en esto consiste 
el cristianismo secundario. El finalismo ultramundano es primeramente con- 
finado en la incierta conciencia individual, protegida por el principio de la 
libertad; y después se disuelve en una consumada mundanidad, pues la vis 
logica concluye con su completa disolución en la Diesseitigkeit absoluta. 

Esta disolución de la religión en el mundo es considerada como la novedad 
propia del Vaticano II por el arzobispo de Avignon en OR, 3 de septiembre de 
1976: La Iglesia ha buscado una nueva definición de sí misma y ha comen- 
zado a amar al mundo, a abrirse a él, a hacerse diálogo. Es el intento de 
retornar a la pluralidad o polivalencia de los valores, que así distintos no 
pueden ser contenidos por la mente en la unidad del valor. Pero este retorno 
no tiene lugar, como debería ocurrir, restaurando la idea del valor ultra- 
mundano unificante, sino estableciendo un pseudoprincipio inmanente que 
rechaza encontrar fuera del mundo las razones del mundo y fuera de la vida 
temporal el destino del hombre. La aporía contra la cual se estrella es la del 


594 42. Epúlogo 


dependiente independiente, clave de todos nuestros razonamientos. 

La pluralidad de los valores desconectados es una especie de politeísmo. 
Simone Weil (La prima radice, Milán 1954, p. 268) concreta en términos 
precisos el vicio de la axiología pluralista: El pecado del politeísmo consiste en 
creer que hay varios bienes independientes entre sí, como la verdad, la belleza 
o la virtud; no consiste en dejar que la imaginación juegue con Apolo y con 
Diana. Ya Nicole Malebranche había reconocido como error del politeísmo 
la existencia de una pluralidad de valores independientes. En el lib. VI, cap. 
3 De la recherche de la vérité, quita toda causalidad a las cosas creadas, 
afirmando que si tuviesen una causalidad verdadera (es decir, independiente) 
serían causas primeras y se convertirían en dignas de adoración. El paso de 
la metafísica a la axiología es obvio. No existe una pluralidad de valores 
desconectados, independientes y no derivados de su valor primero, sino que 
cada uno de ellos es un valor primero y puede convertirse en principio de 
religión 2 . Entonces el orgullo de los valores del mundo estimados como 
autónomos se corresponde con la desautorización de toda fe religiosa. 


42.17. Diagnóstico y pronóstico. Dos conje- 
turas finales 


Resulta difícil, o más bien imposible, concluir el análisis extendido a lo 
largo de este libro con una adivinación o pronóstico de lo que ocurrirá. La 
elevación de la conjetura al grado de ciencia (llamada, con mal formado vo- 
cablo, futurología) es cosa inconsistente, vulgar, teatral y vana. Ciertamente 
existe una ley general según la cual en el orden del mundo, causas iguales 
producen efectos iguales; pero esta ley expresa el comportamiento del mundo 
precisamente generale, y no consiente silogismos y conclusiones individuales; 
se pueden enunciar verosimilitudes, pero no verdades. 

Existe todavía el juego de la voluntad libre, el contingente defecto de 
las naturalezas finitas, o el carácter extraordinario de la intervención divina, 
tanto en el orden de la naturaleza como en el orden de la gracia. Es por tan- 
to irrefragable la proposición: de futuris contingentibus non est determinata 
veritas. 

En la Fe católica hay en torno a los acontecimientos una sola certidumbre: 
la creación y el correr del mundo discurren bajo la divina Providencia y tienen 


26 Mons. F. OLGIATI, en sus obras de historia de la filosofía, reconocía en la concreción, 
es decir, en la perfección distinta de lo real, el carácter de la era moderna, y en la abstrac- 
ción el de la Edad Media. Nos parece sin embargo que la concreción es la que capta todas 
las relaciones, y que sin conciencia de la relación con lo trascendente se llega a lo abstracto 
y lo sofístico. 


42.17. Diagnóstico y pronóstico. Dos conjeturas finales 595 


por fin la gloria divina. Pero el sentido de la evolución del mundo no aparece 
manifiesto en las articulaciones singulares de la historia. Se capta solamente 
en la totalidad de su devenir, y de este modo, mientras el devenir esté en acto 
y no haya concluído escatológicamente, puede ser solamente vislumbrado. 
Pero arriesguémonos con las conjeturas. 

La primera conjetura es que el proceso de disolución de la religión católi- 
ca en la sustancia mundana continúe, y el género humano camine hacia una 
igualación total de las formas políticas, de las creencias religiosas, de las 
estructuras económicas, de las instituciones jurídicas, y de los géneros cul- 
turales. Esto ocurriría bajo el imperio de la técnica al servicio del desarrollo 
del hombre en cuanto hombre y solamente mediante los elementos del mundo. 
La instauración del regnum hominis con la baconiana prolatio terminorum 
humani imperii ad omne possibile 2 constituiría esa novedad catastrófica 
anunciada tanto por la nueva teología como por la filosofía marxista. Las 
coloraciones religiosas con las cuales la teología de la liberación todavía se 
presenta están destinadas a desvanecerse y dejar desnuda la esencia humana 
de la teoría. Ver 8832.1 y 35.11. Esta primera conjetura supone la absolu- 
ta historícidad del Cristianismo, la caída de la Revelación divina a ser un 
momento del deviniente espíritu humano, y la eliminación de todo Absoluto 
de la razón y de la religión. Puede considerarse al comunismo ateo como 
principio activo de la desreligionización, pero también cooperan con él las 
doctrinas que lo han dado a luz históricamente. 

Algunos pensadores de los siglos XVIII y XIX, lúcidos por agudeza del in- 
genio o exaltación ideal, realizaron anticipaciones informes y confusas, pero 
sin embargo notables, de esta adivinación sobre la crisis del mundo. Juan 
Jacobo Rousseau, en el Contrato Social, lib. Il, cap. 8, escribe: El imperio 
ruso querrá subyugar a Europa y será él mismo subyugado. Los Tártaros, sus 
súbditos, se convertirán en sus amos y en los nuestros. Giacomo Leopardi, 
en Zibaldone, 867: No dudo en pronosticarlo. Europa, completamente civi- 
lizada, será presa de esos medio bárbaros que la amenazan desde el fondo del 
Septentrión; y cuando estos conquistadores se civilicen, el mundo volverá a 
equilibrarse. 

Aún más preciso es Jaime Balmes afirmando que quienes creen que Eu- 
ropa no podrá conocer ya conflictos similares a los de la invasión de los 
bárbaros y de los árabes no han reflexionado sobre lo que podría producir en 
el orden de la Revolución un Asia gobernada por Rusia % . 

Tal mutación de civilización, que implica mutación de religión o negación 


27Extender los límites del poder del hombre y desarrollar infinitamente todas sus posi- 
bilidades. 

28 El protestantismo comparado con el catolicismo, O.C. tomo IV, B-A.C, Madrid 1949, 
cap. 13, págs. 125 y ss. 


596 42. Epílogo 


de toda religión, está prefigurada también en las grandiosas páginas con que 
Vico concluye la Ciencia Nueva: Pero si los pueblos se pudren en esa última 
languidez civil, que no consiente ni un monarca nativo, ni que vengan na- 
ciones mejores a conquistarles y conservarles desde fuera, entonces la Provi- 
dencia, ante este su extremo mal, adoptará este extremo remedio: que (...) 
hagan selvas de las ciudades, y de las selvas madrigueras para el hombre; y de 
tal suerte, dentro de muchos siglos de barbarie, se enmohezcan las sutilezas 
malnacidas del ingenio malicioso, que les había convertido en fieras más fe- 
roces con la barbarie de la reflexión Y que con la barbarie del sentido. Esta 
primera conjetura profética es incompatible con la Fe católica. En realidad, 
como dijimos en 885.7-5.8, no hay en el hombre otra raíz distinta de aquélla 
con la que fue creado y en la cual está injertado lo sobrenatural: no es posible 
un cambio radical. No hay en el hombre otra novedad aparte de la que causa 
en él la gracia, y esta novedad continúa (sin pasar por un estado intermedio) 
en el estado escatológico. Éste es el estatuto primero y último del hombre y 
no se dan cielos nuevos ni tierra nueva bajo este cielo y bajo esta tierra. La 
segunda conjetura acerca del futuro de la Iglesia es la expresada por Montini 
como obispo y confirmada después como Papa, y de la cual hemos trata- 
do en 83.8. La Iglesia continuará abriéndose y conformándose al mundo (es 
decir, desnaturalizándose), pero su sustancia sobrenatural será preservada 
restringiéndose a un residuo mínimo, y su fin sobrenatural continuará siendo 
perseguido fielmente por una avanzadilla del mundo. 

A la engañosa expansión de una Iglesia diluída en el mundo corresponde 
una progresiva contracción y disminución en un pequeño número de hombres, 
una minoría en apariencia insignificante y moribunda pero que contiene la 
concentración de los elegidos, el testimonio indefectible de la Fe. 

La Iglesia será un puñado de vencidos, como preanunció Pablo VI en el 
discurso del 18 de febrero de 1976. Tal inanición y anulación de la Iglesia no 
invalida, más bien verifica, lo expresado por 1 Juan 5, 4: haec est victoria, 
quae vincit mundum, Fides nostra (y ésta es la victoria que ha vencido al 
mundo: nuestra fe). 

Esta inanición de la Iglesia permanece inexplicable en línea histórica pura 
y tiene estrecha relación con el arcano de la predestinación. La fe no está acos- 
tumbrada al triunfo, y no hay jamás para la Iglesia victorias definitivas, sino 
victorias en curso de realizarse: es decir, combate perpetuo en el cual ella no 
sucumbe, pero jamás puede dejar de combatir. Y en el oscurecimiento de la 
fe, indicado en Luc. 18, 8, pueden tener lugar inversiones de la civilización 
que sin embargo no invierten la realidad de ese avance de la Iglesia: la ruina 


29La barbarie de la reflexión es el desarrollo de la razón, cuando se separa de su principio 
trascendente y de su fin moral, como ocurre en el mundo de la técnica. 


42.17. Diagnóstico y pronóstico. Dos conjeturas finales 597 


de Roma (tan recurrente en las profecías extracanónicas), la emigración de 
la Iglesia de levante a poniente (quizá a las Américas, quizá a Africa), trasla- 
ciones de imperios (según el esquema bíblico), o destrucción y reconstrucción 
de pueblos Y . La Iglesia, semimoribunda en la pobreza, en la persecución y 
en el desprecio por parte del mundo, tendrá el destino del Elegido de Thomas 
Mann: mientras el mundo se lanza a la barbarie, él se refugia con espíritu de 
penitencia y religión en la inhumana soledad de un inalcanzable escondite; 
allí se hace montaraz, diminuto, se nutre de hierba y de tierra, se convierte en 
una heredad orgánica donde habita el hombre, pero en la que el hombre resul- 
ta irreconocible. Sin embargo, en un momento decisivo para la Cristiandad, 
la Providencia reencuentra al pequeño monstruo semihumano y los legados 
romanos lo traen a Roma, lo alzan a la cumbre pontifical, y lo consagran a 
la renovación de la Iglesia y a la salvación del género humano. 

De la inanición a la exaltación hay ciertamente un camino preconizado 
por la Fe. De la muralla de Is. 30, 14, derrumbada en fracciones de minutos 
y entre cuyos escombros no se encontrará ni siquiera un tiesto para trans- 
portar un tizón, se llega (en el orden de las cosas esperadas) a la edificación 
de la Jerusalén celeste, y no sólo de la terrenal. Este pasaje contradice las 
leyes de la historia humana, pero encuentra apoyo en las paradójicas resur- 
recciones históricas de la Iglesia: después de la crisis arriana, en la cual peli- 
eró la trascendencia, y después de la crisis luterana, en la cual igualmente 
corrió peligro. Y el volverse a levantar de la perdición sin que a oponerse 
basten los humanos (Inf VII, 81) responde a las leyes según las cuales opera 
la Providencia %! en el gobierno del mundo. 

La acción divina transcurre de un extremo al otro, por lo que la criatura 
alcanza el fondo del mal y después se eleva a la cima del bien. Así, el combate 
moral empuja al universo hacia su fin: la realización de la cantidad predes- 
tinada de bien moral, o como se dice en teología, la consecución del número 
de los elegidos. Solamente este combate puede dar lugar al completo desen- 
volvimiento de la criatura en todos los grados posibles. No se trata de que el 
mal sea requerido por ese desenvolvimiento, sino de que también la victoria 
sobre el mal está incluída en el destino y en las virtualidades de la criatura 
intelectiva. La fe en la Providencia anuncia por consiguiente la posibilidad de 
una recuperación y sanación del mundo mediante una metanoia cuyo impul- 
so inicial él no puede proporcionar, pero de la que es capaz cuando lo haya 
recibido. La exigencia de la Iglesia en esta situación ya no es leer los signos 
de los tiempos, porque non est vestrum nosse tempora vel momenta (no os 


30Me refiero sobre todo a las Revelationes de Santa BRIGIDA, así como a la síntesis del 
profetismo medieval hecha por CAMPANELLA en los Articuli prophetales, editados por 
G. ERNST, Florencia 1976. 

3lInvestigadas por Rosmini en el tercer libro de la Teodicea. 


598 42. Epúlogo 


corresponde conocer tiempos y ocasiones que el Padre ha fijado con su propia 
autoridad) (Hech. 1, 7), sino leer los signos de la eterna voluntad, presentes 
en cualquier tiempo y patentes para todas las generaciones que fluyen a lo 
largo de los siglos. 

Pero lo cierto es que la trama de la historia es el arcano de la predes- 
tinación, y ante esto, como decía elevadamente Manzoni, al pensamiento 
humano le conviene torcer las alas y estrellarse contra la tierra. 


42.18. El Oráculo contra Duma 


Parecerá que nuestro discurso ha llegado a una conclusión que tiene el 
carácter del conocimiento negativo, hipotético, sombrío y vespertino, incluso 
nocturno. Así es. Sólo puede traspasarse el velo palpando y vislumbrando. 
Custos, quid de nocte? Custos, quid de nocte? Dixit Cutos: Venit mane et 
noz. Si quaeritis, quaerite, convertimini, venite . (Is. 21, 11-12). 


32Centinela, ¿qué hay de la noche? Centinela, ¿qué hay de la noche? Responde el cen- 
tinela: Viene la mañana y también la noche. Si queréis preguntar, preguntad. Volved a 
venir